Demacia — ilustración oficial de Riot

Historia regional

Demacia

Un reino orgulloso, marcado por el deber, las casas nobles y el temor a la magia.

Ilustración · Riot Games

Demacia · ilustración regional oficial · Riot Games

Mira antes de leer

Demacia en movimiento

Videos oficiales · reproduce aquí

Animación · Riot Games

LUX: LUZ VINCULANTE

La luz de Lux en una animación oficial del personaje que acompaña las historias sobre su magia.

Historias y presentaciones de personajes ambientadas en Runaterra.

Ver en el canal oficial ↗

Avance · Riot Games

The Mageseeker: avance de lanzamiento

El avance oficial del juego sigue a Sylas y la rebelión contra los cazadores de magos de Demacia.

Tráilers de historias contadas en libros y juegos narrativos.

Ver en el canal oficial ↗

Cine · Riot Games

Relatos de Runaterra: Demacia

Una breve historia demaciana sobre jóvenes imaginando a los protectores del reino; contextual al ideal nacional.

Ver en el canal oficial ↗
Más videos oficiales (3)

Avance · Riot Games

Shyvana, la Medio Dragón

Obra oficial relacionada con la región o sus personajes. Es una publicación independiente y puede mostrar otra época.

Historias y presentaciones de personajes ambientadas en Runaterra.

Ver en el canal oficial ↗

Cine · Riot Games

SALVACIÓN: cinemática de la primera temporada de 2026

Obra oficial relacionada con la región o sus personajes. Es una publicación independiente y puede mostrar otra época.

Estas cinemáticas reúnen distintos personajes y momentos. El orden de estreno no es el orden de los acontecimientos.

Ver en el canal oficial ↗

Avance · Riot Games

Terror en Demacia — Fiddlesticks

Obra oficial relacionada con la región o sus personajes. Es una publicación independiente y puede mostrar otra época.

Historias y presentaciones de personajes ambientadas en Runaterra.

Ver en el canal oficial ↗

The Rune · Historia regional

Demacia

Un refugio se convierte en reino

Demacia comenzó con personas que huían de la devastación de las Guerras Rúnicas. Los extraños bosques claros que las acogieron ofrecían protección contra la magia destructiva, y el refugio se convirtió en los cimientos de un reino. Sus murallas posteriores, tradiciones defensivas e ideales públicos conservan la memoria de ese comienzo. La seguridad no era una virtud abstracta para sus fundadores: habían atravesado un mundo roto para encontrarla.

La petricita se volvió esencial para su arquitectura e identidad. Su relación con la magia la hacía parecer una defensa fiable, aunque acontecimientos posteriores revelaron que almacena energía mágica en lugar de hacerla desaparecer. Galio encarna esa complejidad. Construido como un protector colosal, puede despertar gracias al mismo poder que las instituciones del reino han temido con frecuencia.

Murallas y defensas monumentales de Demacia, ilustradas para Un corazón de Demacia. Esta vista regional oficial aporta contexto sobre las instituciones del reino y su trato a los magos.Riot Games

Deber, familia y protección desigual

La corona, las casas nobles y las órdenes militares dan a la sociedad demaciana un fuerte sentido del servicio. La dedicación de Garen a la Vanguardia Valerosa vuelve personal ese ideal, mientras la posición de los Guardias de la Corona conecta lealtad y privilegio. El valor y el sacrificio son partes reales de la historia del reino, pero el acceso a la protección nunca se ha repartido por igual entre todos sus habitantes.

La magia oculta de Lux revela la presión dentro de una familia prominente. El reclutamiento y encierro de Sylas muestran el mismo sistema desde una posición mucho menos protegida. Los cazadores de magos clasificaban, perseguían y encerraban a personas por capacidades que no necesariamente habían elegido. Un Estado fundado para proteger refugiados podía hacer que algunos de sus propios niños temieran ser descubiertos en casa.

La rebelión expone la contradicción

La huida de Sylas convirtió la injusticia acumulada en una rebelión abierta. Su uso del poder almacenado en la petricita desafió las defensas del reino y su explicación de la magia. La muerte de Jarvan III durante la crisis dejó a Jarvan IV ante el duelo, la guerra y las responsabilidades del gobierno. Distintos personajes buscaron protección, venganza o reforma, y ninguna intención representaba a todas las personas atrapadas en el conflicto.

The Mageseeker continúa esta historia más allá del levantamiento inicial e incluye la disolución de los cazadores de magos. Muchas biografías antiguas se detienen antes, por lo que sus descripciones no deben confundirse con el final de la historia política del reino. Terminar con una institución cambia la ley y el equilibrio inmediato del poder; no elimina al instante el miedo, las pérdidas y los hábitos que produjo.

Lo que debe proteger ahora el escudo

Demacia sigue afrontando amenazas exteriores, incluida la presión noxiana, mientras sus habitantes deben decidir cómo funciona la protección dentro de sus fronteras. El servicio de Shyvana complica una división sencilla entre seguridad humana y peligro mágico. El futuro regional depende de que los ideales de deber y defensa mutua puedan incluir a quienes antes se trataba como excepciones. Sus mejores relatos mantienen esa posibilidad junto al daño real cometido en nombre del reino.

Fin de esta lectura

Riot Games · Descripción regional completa

Demacia

Al pertenecer a un reino poderoso y aferrado a la ley con una prestigiosa historia militar, los habitantes de Demacia valoran ante todo los ideales de justicia, de honor y del deber, al tiempo que se enorgullecen acérrimamente de su herencia cultural. Pero, a pesar de sus principios nobles, esta gran nación autónoma se ha vuelto cada vez más insular y aislacionista durante los últimos siglos.

Ahora, Demacia es un reino sumido en el caos.

Su capital, la gran ciudad de Demacia, fue fundada como un refugio frente a la hechicería tras la pesadilla de las Guerras Rúnicas, y construida a partir del enigma de la petricita, una peculiar roca blanca que disminuye la energía mágica. Es desde aquí que la familia real ha velado por la defensa de las aldeas y pueblos cercanos, las tierras de cultivo, los bosques y las montañas ricas en recursos minerales.

No obstante, tras la repentina muerte del rey Jarvan III, el resto de las familias nobles no ha aprobado aún la sucesión al trono de su único heredero, el joven príncipe Jarvan.

Quienes viven más allá de las fronteras sumamente resguardadas son vistos cada vez más con sospecha, mientras que varios antiguos aliados comenzaron a recurrir a otros en busca de protección en medio de estos tiempos inciertos. Algunos se atreven a murmurar que la edad de oro de Demacia ya pasó y, a menos que sus habitantes estén dispuestos a adaptarse al mundo cambiante (algo de lo que algunos no se creen capaces), el declive del reino parece inevitable.

Ni toda la petricita en su territorio podrá proteger a Demacia de sí misma.

Fin de esta lectura

Lee las historias originales

Textos oficiales completos

Estas ediciones conservan el texto del editor. Sus acontecimientos y contextos de publicación pueden ser distintos.

2 lecturas

Graham McNeill · Relato completo

Por Demacia

Publicado 2017-03-24

¿Cuánto tiempo había transcurrido desde que Lux había ido al norte a Monteadarve?

No estaba segura. Años, sin lugar a duda. La familia había viajado al norte para presentar sus respetos en la tumba del bisabuelo Fossian y Lux recuerda haberse quejado de la incesante lluvia mientras se abrían paso a través de los riscos y barrancos del bosque hacia su lugar de descanso. Ella había esperado un gran mausoleo, pero se decepcionó al descubrir que era poco más que un montículo de pasto situado al pie del elevado acantilado. Una placa de mármol colocada en la base del montículo describía la leyenda de su ilustre antepasado: Fossian y el demonio cayendo por el acantilado, su bisabuelo herido de muerte, la horripilante entidad con una espada demaciana perforando su negro corazón.

Había llovido en ese momento y estaba lloviendo ahora. Un diluvio helado del norte había recién salido de las montañas caninas que separaban Demacia del Fréljord. Una tormenta se avecinaba a ese reino helado, caía en el lado lejano de las cimas sobre frondosas extensiones de pinos demacianos, doblados por los vientos hostiles. Hacia el este y el oeste, las montañas se desvanecieron en una niebla azul, el cielo se tornó oscuro y amenazador, como cuando su hermano se ponía de mal humor. Al norte, las ancas boscosas de las sierras estaban escarpadas con acantilados y profundos abismos. Tierras peligrosas, hogar de criaturas letales y bestias salvajes de todo tipo.

Lux había salido hacia el norte hacía dos semanas; de Demacia a Edessa, después a Pinara y a Lissus. De Lissus a Velorus y, finalmente, a Lago Plateado, la Ciudad de los Dagarracos. Una noche con su familia en su casa al pie de la Roca del Caballero y después hacia las ciénagas al noroeste de Demacia. Casi de inmediato, el carácter de la gente y de las aldeas comenzó a cambiar a medida que el centro de Demacia quedaba atrás como un banderín rasgado del mango de un poste de estandarte.

Planicies fértiles y verdes dieron lugar al interior barrido por el viento, moteado con aulaga y cardo. Dagarracos plateados chillaban en el cielo, invisibles mientras peleaban en las nubes. El aire se volvió más frío, cargado con el profundo hielo del Fréljord y los muros de cada asentamiento se volvieron más altos con cada kilómetro que avanzaba. Había sido un viaje largo y cansado hasta Monteadarve, pero había llegado y Lux se permitió esbozar una sonrisa pequeña.

''Llegaremos al templo pronto, Estrella de Fuego'', dijo, estirándose para acariciar la crin de su caballo. ''Tendrán cereal y un establo cálido para ti, lo prometo''.

El caballo sacudió la cabeza y resopló, pateando con impaciencia. Lux dio una patada con los talones y dirigió a su cansado corcel por la ruta llena de baches que llevaba a la puerta principal de Monteadarve.

El pueblo estaba asentado sobre la ribera del Serpentrión, un río estruendoso que nacía en las montañas y bajaba por la costa oeste. Los muros de granito pulido del pueblo seguían la línea de las colinas y los edificios dentro se habían construido con piedra, madera estacionada y tejas color verde botella. La torre de un templo de los Iluminadores se elevaba en el este, el brasero dentro del campanario proveía una luz acogedora a la hora del crepúsculo.

Lux se quitó la capucha de su capa azul y soltó su cabello. Largo y dorado, enmarcaba un rostro juvenil de pómulos marcados y ojos azules como el océano que brillaban con determinación. Dos hombres aparecieron en la torre sobre el portal blindado, cada uno armado con un poderoso arco largo de fresno y tejo.

''Alto ahí, viajera'', dijo uno de los guardias. ''El portal está cerrado hasta la mañana''.

''Mi nombre es Luxanna Guardia de la Corona'', dijo ella. ''Como usted dice, es tarde, pero he venido desde muy lejos para rendir homenaje a mi bisabuelo. Estaré en deuda con usted si me permite entrar''.

El hombre miro de reojo en la penumbra y sus ojos se agrandaron cuando la reconoció. Habían pasado muchos años desde que había ido a Monteadarve, pero Garen siempre decía que una vez que la gente había visto a Lux, jamás la olvidaba.

''¡Dama Guardia de la Corona! ¡Discúlpeme!'', dijo, antes de girar para dirigirse a los hombres de abajo. ''Abran las puertas''.

Lux hizo avanzar a Estrella de Fuego mientras los troncos macizos se levantaban hacia la piedra de la barbacana con el traqueteo de las pesadas cadenas de hierro. En cuanto se levantó lo suficiente, Lux pasó por debajo y se encontró con una guardia de honor recién reunida esperándola, diez hombres con petos de cuero y capas azules aseguradas con distintivos plateados con la forma de espadas aladas. Eran orgullosos soldados demacianos, aunque sus hombros estaban curiosamente desplomados y los ojos llenos de cansancio.

''Bienvenida a Monteadarve'', dijo el mismo hombre que le había hablado desde la torre. ''Este es un gran honor, mi señora. La magistrada Giselle estará aliviada al saber que está aquí. ¿Puedo ofrecerle un destacamento de soldados para que la escolten hasta su casa?''.

''Gracias, pero eso no será necesario'', dijo Lux, preguntándose por qué el hombre había dicho aliviada. ''Arreglé para quedarme con la señora Pernille en el templo de los Iluminadores''.

Se alistó para cabalgar, pero sintió el deseo del guardia de decir algo y gentilmente jaló las riendas de Estrella de Fuego.

''Dama Guardia de la Corona'', dijo el guardia. ''¿Está aquí para terminar con nuestra pesadilla?''.




El templo de los Iluminadores era cálido y seco y, con Estrella de Fuego en los establos, Lux había hablado durante un largo rato con la señora Pernille en el salón principal. Lux había escuchado los rumores acerca de una magia en los bosques y riscos cercanos a Monteadarve y se había propuesto ver qué podía aprender... aunque no le había dicho nada de eso a la señora Pernille. El poder latente que Lux sentía en su interior era atemorizante por su creciente intensidad. Esperaba que hubiera alguna manera de aprender más sobre su naturaleza. ¡Y siempre era mejor aprender esas cosas lejos de los ojos de su familia!

Lux había percibido algo oscuro en cuanto entró a la aldea, una sensación insidiosa de ser observada desde las sombras. Los pocos habitantes que había visto en las calles caminaban con pasos apelmazados y con los cuerpos cansados.

Una nube de miedo cubría Monteadarve. No necesitaba magia para darse cuenta de eso.

''Un asunto terrible'', le explicó la señora Pernille, una mujer de cabello rubio vestida con el atuendo blanco de una Iluminadora sanadora. ''Es el hijo de la magistrada Giselle, Luca. Pobre muchacho''.

''¿Qué pasa con él?'', preguntó Lux.

''Desapareció hace dos días'', replicó Pernille. ''Y algunos están seguros de que lo secuestró un mago oscuro con un terrible propósito''.

''¿Por qué piensan eso?''.

''Pregúntame de nuevo por la mañana'', contestó Pernille.




Lux se despertó con un grito, el corazón desbocado dentro del pecho y la respiración acelerada. El terror invadió su mente: una pesadilla en la que ganchos la arrastraban debajo de la tierra, la boca se le llenaba de fango pútrido y la oscuridad sofocaba su luz para siempre. Lux parpadeó para borrar las últimas imágenes y vislumbró cómo las sombras se retiraban. Tenía sabor a leche rancia en la boca, una señal clara de magia residual, y un resplandor espectral brilló en sus palmas. La luz inundó la habitación y así desaparecieron los últimos rastros de la pesadilla.

Se llenó de calor, la piel brillante con un halo de iridiscencia, y rápidamente apretó los puños en un intento por asimilarla de nuevo antes de que se saliera de control.

Escuchó voces en el piso de abajo. Por suerte, la luz se desvaneció, dejando solo los pálidos rastros del alba que iluminaban la habitación a través de la ventana cerrada. Lux presionó las manos contra el costado de su cabeza, como si buscara alejar las horribles visiones de su mente. Intentó recordar momentos específicos de la pesadilla, pero lo único que pudo recapitular fue el hedor del aliento agrio y una oscuridad sin rostro ejerciendo presión sobre ella.

Con la boca seca, Lux se vistió rápidamente y bajó a la cocina del templo. Aunque tenía muy poco apetito, preparó un desayuno de pan y queso. Tras la primera mordida, la boca se le llenó de sabor a tierra de tumba e hizo a un lado la comida.

''¿Cómo dormiste?'', preguntó Pernille, entrando a la cocina y sentándose a su lado.

La tez debajo de los ojos de Pernille estaba morada por la falta de sueño; su piel estaba pálida ahora que no había luz de una fogata para darle algo de color. Recién en ese momento Lux se percató de lo agotada que estaba Pernille.

''A juzgar por lo que veo, casi tan bien como tú'', dijo Lux. ''¿Soñaste?''.

''Sí, pero no es nada que quiera revivir diciéndolo en voz alta''.

Lux asintió lentamente. ''Algo muy malo pasa en este pueblo''.




Estrella de Fuego relinchó apenas la vio, las orejas presionadas contra el cráneo y los ojos grandes. La acarició con el hocico y Lux frotó su cuello y hombros blancos.

''¿Tú también?'', preguntó y el caballo sacudió la crin.

Lux ensilló su montura rápidamente y cabalgó hacia la puerta norte de Monteadarve. El amanecer había pasado una hora antes, pero el pueblo aún no había cobrado vida del todo. No salía humo de las forjas ni había aroma a pan fresco inundando las panaderías, solo unos cuantos comerciantes de apariencia sombría habían abierto las puertas de sus negocios. Los demacianos eran trabajadores diligentes, disciplinados y laboriosos, así que ver un pueblo fronterizo comenzar la jornada de trabajo tan tarde era muy inusual. Pero si la gente de Monteadarve había soportado noches como la de ella, no podía culparlos por tomarse su tiempo para levantarse.

Atravesó la puerta hacia el terreno abierto delante del pueblo y dejó que Estrella de Fuego corriera para aliviar la rigidez de sus músculos antes de regresar al camino lodoso. El semental se había roto una pata hacía muchos años, pero eso no había deteriorado la velocidad de su galope.

''Tranquilo, chico'', dijo Lux mientras cabalgaban en el bosque.

El olor a pino y a flores silvestres llenaba el aire. Lux saboreó el embriagador aroma natural de los climas del norte. Los rayos de sol perforaban el frondoso follaje en columnas anguladas de luz y el tufo del barro húmedo la hizo estremecer al recordarle por un momento su pesadilla. Se adentró más en el bosque, siguiendo el rastro mientras avanzaba por el camino hacia el norte. Lux retiró una de las manos de las riendas, la llevó hacia un brillante rayo de sol y sintió la magia avivarse ante su calidez. Era emocionante sentir cómo surgía dentro de ella, pero se esforzó por hacerla brotar lentamente, ya que temía no poder controlarla.

Su mundo se iluminó en cuanto la magia inundó sus sentidos, los colores del bosque eran extrañamente brillantes y llenos de vida. Vio lunares de luz flotando en el aire, la respiración de los árboles y los suspiros de la tierra. Qué increíble era ver el mundo de esa manera, vivo por todas las energías que fluían a través de todos los seres vivientes. Desde las hojas de hierba hasta las majestuosas hojas de abedul cuyas raíces se decía que llegaban hasta el núcleo del mundo. Si esto era solo una demostración de lo que una pizca de magia podía lograr, ¿qué maravillas podría conseguir si fuera capaz de controlarla?

Después de cabalgar por una hora a través del bosque iridiscente, el sendero se bifurcó en un cruce: un camino conducía al este, a un pueblo maderero, si recordaba bien, y el otro se dirigía al oeste, hacia una comunidad construida alrededor de una próspera mina de plata. Su padre tenía una inversión en la mina y su insignia favorita de su abrigo había sido forjada con metal extraído de sus profundidades. Entre los dos caminos principales había un sendero más pequeño, casi invisible y apropiado solo para los viajeros solitarios o para aquellos que iban a pie.

Recordaba haber seguido ese sendero en el pasado. Lux se preguntaba por qué estaba tan reacia a guiar a Estrella de Fuego en esa dirección. No tenía ninguna necesidad de tomar ese camino, ya que la historia de rendir homenaje a su bisabuelo era solo eso, una historia. Lux cerró los ojos y levantó los brazos hacia un lado, dejando que la magia brotara de sus dedos. Inhaló, se llenó los pulmones de aire frío y dejó que la luz del bosque le hablara. Todavía no entendía mucho sobre esas cosas, pero con seguridad valía la pena arriesgarse para descubrir qué estaba atormentando a esta región de Demacia.

La luz habló en tonalidades contrastantes, colores centelleantes e iluminación vibrante. Sintió que la luz de las estrellas lejanas bajaba como rocío, luz que bañaba a otros reinos y pueblos, casi insoportable. Donde la luz de Demacia se convertía en sombras, se estremecía. Donde alimentaba a un ser vivo, se calmaba. Lux se movió en la montura, gozando de esta nueva sensación. El sol estaba casi en su cenit y Lux frunció el ceño al ver que la calidad de la luz en el bosque temblaba, escurriéndose de ella. Sentía sombras donde ninguna sombra debía morar y oscuridad escondida donde solo la luz debía existir. Se quedó sin aliento, como si algo la estuviera tomando por el cuello, y de repente se sintió mareada. Sus párpados se tornaron pesados y comenzaron a cerrarse, como si la estuvieran arrastrando hacia un sueño de vigilia.

A su alrededor, el bosque se volvió súbitamente silencioso. No había viento que sacudiera las hojas de los árboles ni alborotara siquiera una brizna de hierba. Los aliplatas no hacían ruido alguno y el parloteo de los animales cesó. Lux escuchó el susurro suave de una mortaja cerrándose.

Duerme…

''No'', dijo Lux, pero el cansancio sobrenatural la cubrió como una cobija cómoda, cálida y envolvente. Lux ladeó la cabeza y cerró los ojos durante un breve instante.

El ruido seco de una rama rompiéndose y el chirrido del metal hicieron que Lux abriera los ojos. Tomó una gran bocanada de aire, el frío en sus pulmones la despertó de golpe. Parpadeó para alejar las sombras de sus ojos y dejó salir un hálito frío mientras la magia se escabullía de su alcance y desaparecía. Escuchó jinetes a caballo, el tintineo de riendas, el chirrido del metal sobre el metal. Soldados, armados para la guerra. Al menos cuatro, tal vez más.

Lux no les tenía miedo. No exactamente. No en esta parte tan profunda de Demacia. La oscuridad que merodeaba en algún lugar del bosque era una amenaza más urgente. Su fuerza era incierta, como un niño que explora hasta dónde puede llegar. Lux tiró de las riendas de Estrella de Fuego, lo hizo girar para que se quedara parado en el medio de los caminos.

La vegetación frente a ella se abrió y aparecieron cinco jinetes.

Guerreros poderosos, con armaduras de placas resplandecientes que los cubrían de pies a cabeza. Montaban corceles grises de pecho amplio, todos ellos grandes, enjaezados en azul cobalto. Cuatro de ellos llevaban las espadas desenvainadas, mientras el quinto llevaba su espada con empuñadura dorada enfundada en una vaina barnizada en azul que rodeaba su espalda.

''¿Luxanna?'', preguntó el jinete, la voz amortiguada por el visor del casco.

Lux suspiró mientras el caballero se quitaba el casco para revelar su cabello oscuro y las facciones esculpidas; tan características de Demacia que le sorprendía que no estuvieran grabadas en una moneda.

''Garen'', suspiró Lux.

Su hermano había traído cuatro jinetes de la Vanguardia Valerosa.

Si hubieran pertenecido a otro ejército, los cuatro guerreros habrían sido una fuerza insignificante, pero cada guerrero de la Vanguardia Valerosa era un héroe, una leyenda con historias de valor grabadas en el metal de sus espadas. Sus hazañas se contaban una y otra vez en las mesas de las tabernas y chimeneas por toda Demacia.

Diadoro, de cabello oscuro y ojos agudos, era el espadachín barbudo que había defendido las Puertas del Duelo contra la multitud armada de la Legión Trifariana durante un día entero. A su lado estaba Sabator de Jandelle, el asesino de la repugnante sierpe que despertaba cada cien años para comer, pero ahora no despertaría jamás. Sus colmillos se colgaron en el salón del trono del rey Jarvan, junto al cráneo de dragón recién montado que habían llevado su hijo y su enigmática acompañante.

Varya, más pequeña, pero no menos impresionante, había liderado la carga en las cubiertas de la flotilla lobo de mar en Baluarte del Alba. Incendió sus embarcaciones e incluso estando herida casi de muerte eliminó a su desquiciado líder. Rodian, su hermano mellizo, había navegado al norte, hacia Frostheld, y había quemado la ciudad portuaria freljordiana hasta reducirla a cenizas, para que nadie se atreviera a navegar hacia el sur para causar estragos otra vez.

Lux los conocía a todos, pero puso los ojos en blanco ante la posibilidad de tener que escuchar sus leyendas en una mesa por la noche. Sí, todos eran héroes de Demacia, dignos de respeto, pero escuchar sobre cómo Sabator bajó de la garganta de la sierpe por décima vez o cómo Varya golpeó hasta la muerte a un Grelmorn con un remo astillado era demasiado para Lux.




Garen cabalgó a su lado mientras seguían el camino de vuelta a Monteadarve. Habían rodeado la ciudad hasta que la luz comenzó a desvanecerse en búsqueda del hijo de la magistrada o de cualquier señal de los acontecimientos perversos que estaban sucediendo, pero no habían encontrado nada. Aunque cualquier siervo de la oscuridad habría tenido suficiente tiempo para correr y esconderse, dado el ruido que hacían Garen y la Vanguardia Valerosa.

''¿En serio viniste a visitar la tumba del bisabuelo Fossian?''.

''Eso dije, ¿no?''.

''Sí'', contestó Garen. ''Eso dijiste. Solo estoy sorprendido. Creo recordar que nuestra madre me dijo que odiaste venir aquí la última vez''.

''Me sorprende que lo haya recordado''.

''Ah, lo recuerda'', dijo Garen sin mirarla. ''Cuando la joven Luxanna Guardia de la Corona no disfruta algo, el cielo se oscurece, las nubes descargan toda la lluvia y los animales del bosque se esconden''.

''Me haces quedar como una malcriada''.

''Un poco lo fuiste'', dijo Garen, su ligera sonrisa apenas lograba que el comentario no fuera tan cáustico. ''Siempre te salías con la tuya con cosas por las que a mí me hubieran dado una bofetada. Madre siempre estaba diciéndome que no prestara atención a las cosas que hacías''.

Las palabras quedaron suspendidas entre ellos y Lux desvió la mirada, recordando no subestimar a su hermano. La gente lo conocía como alguien honesto y directo, con un buen conocimiento de tácticas y estrategias de guerra, pero pocos lo veían como perspicaz o astuto.

Lux sabía que eso era un error. Sí, Garen era un guerrero simple, pero simple no significaba estúpido.

''Así que, ¿qué piensas que le ocurrió al chico?'', preguntó Lux.

Garen se pasó una mano por el cabello.

''Si tuviera que adivinar, diría que huyó de casa'', contestó. ''O decidió tener una aventura y se perdió en alguna parte del bosque''.

''¿No crees que un mago oscuro lo haya secuestrado?''.

''Ciertamente es posible, pero Varya y Rodian cabalgaron por este camino hace solo seis meses y no encontraron pruebas de hechicería sobrenatural''.

Lux asintió y preguntó: ''¿Has pasado la noche en Monteadarve?''.

''No'', contestó Garen, mientras se acercaban al pueblo. ''¿Por qué preguntas?''.

''Por curiosidad''.

''Algo está ocurriendo ahí abajo'', dijo Sabator, su mano cubría los ojos del sol poniente.

Garen fijó la mirada en la dirección que el guerrero señalaba y su rostro perdió toda la ligereza. Su postura cambió por completo, sus músculos se tensaron, listos para la acción, y sus ojos estaban completamente concentrados. Los guerreros de la Vanguardia Valerosa se formaron junto a él, listos para moverse en un instante.

''¿Qué sucede?'', dijo Lux.

Una multitud enojada estaba hostigando a un hombre tambaleante en las calles hacia la plaza del mercado. No podía escuchar qué era lo que gritaban, pero no necesitaba escuchar las palabras para sentir el enojo y el miedo.

''¡Vanguardia! Vamos'', dijo Garen, golpeando con sus espuelas.

Estrella de Fuego era un caballo veloz, pero no se comparaba con un corcel de guerra demaciano alimentado con trigo. Para cuando Lux atravesó las puertas, el sonido de las voces gritando retumbaba por todo el pueblo. Los costados de Estrella de Fuego estaban cubiertos con sudor y las herraduras de sus cascos de hierro sacaban chispas del pavimento. Lux detuvo su cabalgar en cuanto entró a la atestada plaza del mercado y se bajó del caballo mientras veía una escena que había presenciado demasiadas veces en toda Demacia.

''No, no, no..'', murmuró al ver a dos guardias arrastrando a un hombre hacia la plataforma de subastas que normalmente se usaba para la compra y venta de ganadería. La ropa del hombre estaba cubierta en sangre y él gemía lastimosamente. Una mujer con una túnica adornada con armiño y las alas de bronce de un magistrado de Demacia se paró ante él. Al parecer era la magistrada Giselle. Cientos de habitantes de Monteadarve llenaron la plaza, vociferando contra el hombre. La intensidad de su odio era palpable y Lux sintió su magia surgir a la superficie de su piel. Se esforzó para reprimir la luz creciente y se abrió paso entre la multitud para ver a Garen al pie de los peldaños que llevaban a la plataforma de subastas.

''Aldo Dayan'', dijo la magistrada Giselle, su voz marcada por la emoción. ''¡Te nombro asesino y colaborador de un mago oscuro!''.

Por Demacia · ilustración de la publicación originalRiot Games

''¡No!'', gritó el hombre. ''¡No lo entienden! ¡Eran monstruos! ¡Yo los vi, vi sus verdaderos rostros! ¡Oscuridad, solo oscuridad!''.

''¡Confesión!'', gritó Giselle.

La multitud gritó en respuesta, el ansia creciente por venganza surgía de todas las gargantas. Se veían preparados para correr hacia la plataforma de subastas y arrancar todas las extremidades de Aldo Dayan y seguro lo habrían hecho si no hubieran estado los cuatro guerreros de la Vanguardia Valerosa parados con sus espadas desenfundadas en el borde.

''¿Qué está sucediendo? ¿Qué pasó?'', preguntó Lux mientras llegaba al lado de Garen.

Garen no la miró, sus ojos estaban fijos en el hombre arrodillado.

''Asesinó a su esposa e hijos mientras dormían, después corrió hacia las calles y atacó a sus vecinos. Partió a tres personas con un hacha antes de que pudieran contenerlo''.

''¿Por qué haría eso?''.

Garen finalmente volteó para mirarla. ''¿Por qué crees? Debe haber un mago cerca. El poder de la oscuridad tiene dominio aquí. Solo la influencia oscura de un hechicero podría llevar a un ciudadano leal de Demacia a cometer actos tan atroces''.

Lux se tragó una réplica furiosa y empujó a Garen para pasar. Subió los escalones de la plataforma y se dirigió hacia el hombre arrodillado.

''¿Dama Guardia de la Corona? ¿Qué está haciendo?'', demandó Giselle.

Lux la ignoró y levantó la cabeza del hombre. Su rostro estaba moreteado, un ojo estaba completamente hinchado debido al golpe de un garrote o de un puño. Sangre y moco caían de su nariz e hilos de saliva colgaban de su labio partido.

''Mírame'', dijo ella y el ojo intacto del hombre intentó enfocarse en ella. La parte blanca del ojo estaba enrojecida y tenía los bordes morados; era el ojo de un hombre que no había dormido en días.

''Dayan, buen hombre, dime por qué mataste a tu familia'', dijo Lux. ''¿Por qué atacaste a tus vecinos?''.

''No eran ellos. No. Yo vi. No eran ellos, eran... monstruos...'', sollozó el hombre. ''La oscuridad enmascarada bajo la piel. ¡Entre nosotros, todo el tiempo! ¡Desperté y vi sus rostros reales! ¡Así que los maté! Tenía que hacerlo. ¡Tenía que hacerlo!''.

Lux levantó la mirada cuando la magistrada Giselle apareció sobre su hombro, y percibió el dolor apremiante grabado en el rostro de la mujer. Los últimos dos días la habían envejecido diez años. La magistrada miró con aversión a Aldo Dayan, tensando los puños.

''¿Asesinaste a mi Luca?'', preguntó, la voz quebrada por la pena. ''¿Mataste a mi hijo? ¿Solo porque era diferente?''.

Aullidos exigiendo venganza se levantaron de la multitud, el sol se hundía en el oeste y las sombras se extendieron. Puñados de barro y estiércol golpearon a Aldo Dayan mientras sus antiguos amigos y vecinos pedían su muerte. Intentó soltarse del agarre de los guardias con violencia, la boca llena de espuma y saliva sangrienta.

''¡Tenía que matarlos!'', gritó, mirando desafiante a sus acusadores. ''No eran ellos. Solo oscuridad, completa oscuridad. ¡Podría ser uno de ustedes también!''.

Lux fue hacia la magistrada Giselle.

''¿A qué se refirió cuando dijo que su hijo era diferente?''.

El dolor de Giselle la consumía, pero Lux vio más allá y descubrió una vergüenza oculta. Los ojos de la magistrada estaban rojizos y rodeados con manchas oscuras de agotamiento. Aun así, no podía ocultar la misma mirada que había visto en los ojos de su madre cuando Lux había aceptado sus poderes. Era la misma mirada que veía algunas veces en los ojos de su hermano, cuando creía que ella no estaba viendo.

''¿A qué se refería?'', preguntó de nuevo.

''A nada'', dijo Giselle. ''No me refería a nada''.

''¿Diferente cómo?''.

''Solo diferente''.

Lux había escuchado esas evasiones antes y de pronto ella supo exactamente por qué el hijo de la magistrada era diferente.

''Ya escuché suficiente'', dijo Garen mientras avanzaba hacia la plataforma y desenvainaba su larga espada plateada. La hoja brillaba en el crepúsculo, increíblemente afilada.

''Garen, no'', dijo Lux. ''Algo más pasa aquí. Déjame hablar con él''.

''Es un monstruo'', espetó Garen, levantando la espada sobre su hombro. ''Si no es un siervo de la maldad, es un asesino. Solo puede haber un castigo. ¿Magistrada?''.

Giselle desvió sus ojos llorosos de Lux. Asintió.

''Aldo Dayan, te declaro culpable e invoco a Garen Guardia de la Corona de la Vanguardia Valerosa para administrar justicia demaciana''.

El hombre levantó la cabeza y los ojos de Lux se estrecharon cuando percibió una sensación de... algo que lo atravesó. El susurro de una presencia al acecho. La presencia se desvaneció antes de que pudiera estar segura, pero una corriente de aire frígido la estremeció.

Las extremidades de Dayan tuvieron un espasmo, como un perturbado merodeador al borde del camino afligido con malestar y temblores. Susurró algo, con voz áspera y débil, mientras Garen levantaba la espada para llevar a cabo la ejecución. Las últimas palabras de Dayan se perdieron entre los rugidos de aprobación de la multitud, pero Lux pudo descifrarlas al tiempo que la espada de Garen caía.

La luz se está desvaneciendo...

''¡Espera!'', gritó.

La espada de Garen separó la cabeza del hombre de su cuerpo con un golpe titánico. La multitud bramó en aprobación. El cuerpo cayó sobre la plataforma y de su cuello surgieron chorros de sangre que formaron un arco. La cabeza rodó hasta los pies de Giselle mientras salían espirales de humo del cadáver de Aldo Dayan, como bilis negra supurante en una morgue. La magistrada se quedó conmocionada al ver cómo surgía una forma fantasmal malvada de garras y ojos ardientes del cráneo del hombre muerto.

La oscuridad espectral se lanzó hacia la magistrada, soltando una carcajada maliciosa. Ella gritó mientras la atravesaba antes de disiparse como cenizas esparcidas en el viento. Lux sintió el aliento de la cosa desaparecer, una energía tan vil, tan llena de odio y tan inhumanamente maligna, que era difícil de creer. La magistrada Giselle colapsó, su piel estaba pálida y lloraba aterrorizada.

Lux se hincó en una rodilla cuando innumerables visiones horribles surgieron en su interior; miedos abrumadores de ser enterrada viva, de ser expulsada de Demacia por su hermano, de cientos de formas de morir lenta y dolorosamente. La luz dentro de ella peleó contra estas terribles visiones y su respiración resplandeció con motas de luz mientras escupía el sabor a muerte de su boca.

''Lux...''.

Garen habló en un susurro; a ella le tomó un momento descifrar cómo era posible que pudiera escucharlo entre los gritos de la multitud que celebraba. Lux se alejó de la magistrada sollozante y sintió la magia fluir alrededor de su cuerpo en una oleada.

La multitud guardó silencio por completo.

''Lux, ¿qué sucede?'', preguntó Garen.

Lux alejó las aberrantes imágenes que ardían en su cabeza y siguió la mirada de Garen mientras los guerreros de la Vanguardia Valerosa corrían para apostarse junto a su líder.

Entonces, una tras otra, las personas de Monteadarve cayeron al suelo, como si sus vidas simplemente hubieran abandonado sus cuerpos.

Lux apretó los dientes y se impulsó para ponerse de pie.

El sol se había ocultado detrás del muro oeste de Monteadarve y ella quedó boquiabierta al ver las oscuras formas vaporosas que surgían de los habitantes inconscientes del pueblo. Eran todas diferentes. Comenzaba a formarse una horda de sombras en armaduras noxianas, arañas inmensas, serpientes de varias cabezas, enormes guerreros sombríos con hachas congeladas, grandes dragones con dientes parecidos a dagas de obsidiana y montones de cosas que no tenían una descripción racional.

''Hechicería'', declaró Garen.

Las criaturas de las sombras se acercaron a la plataforma, deslizándose por el aire sin producir ningún sonido. Una oleada de pesadillas.

''¿Qué son?'', preguntó Varya.

''Las pesadillas más oscuras de la gente de Monteadarve materializadas'', dijo Lux.

''¿Cómo puedes saberlo?'', preguntó Sabator.

''No lo sé con certeza, pero siento que es así'', dijo Lux, sabiendo que no podía quedarse a pelear. Además, la Vanguardia Valerosa podía arreglárselas aquí por su cuenta. Colocó su pulgar y su dedo índice contra su labio inferior y silbó una nota invocadora, antes de dirigirse a Garen.

''Creo que sé cómo detener esto'', dijo ella. ''Tal vez...''.

''¿Cómo?'', preguntó Garen, sin apartar la vista de la horda sombría que se acercaba.

''No te preocupes del cómo'', dijo Lux. ''Solo... intenta no morir antes de que vuelva''.

Lux corrió hacia el borde de la plataforma mientras Estrella de Fuego galopaba entre las criaturas. Su corcel atravesó sin ningún inconveniente, puesto que sus sueños y pesadillas no le interesaban al poder que se cernía sobre Monteadarve. Lux saltó desde la plataforma, sujetó la crin de Estrella de Fuego para balancearse y subió a su lomo en un movimiento ágil.

''¿Adónde vas?'', preguntó Garen.

El caballo relinchó y Lux giró sobre la montura para contestarle a su hermano.

''Ya te lo dije'', gritó. ''¡Voy a rendir homenaje a mi bisabuelo Fossian!''.

Garen observó a su hermana galopar a través de la horda oscura, navegando cuidadosamente por un camino entre los habitantes caídos del pueblo. Las garras de las criaturas de las sombras intentaron capturarla, pero ella y Estrella de Fuego evadieron todos los ataques. Lux cabalgó hasta alejarse de la horda de monstruos y se detuvo un momento para saludarlo con la mano.

''¡Por Demacia!'', gritó.

Los guerreros de la Vanguardia Valerosa chocaron sus espadas contra los escudos.

''¡Por Demacia!'', contestaron al unísono.

Lux hizo girar a su caballo y galopó hacia las afueras del pueblo.




Garen giró los hombros, preparándose para la batalla que transcurriría en un espacio reducido y levantó la espada.

''¡Alineación!'', gritó y sus guerreros adoptaron su posición de batalla. Varya y Rodian se colocaron a su izquierda, Sabator y Diadoro a su derecha.

''Somos la Vanguardia Valerosa'', dijo Garen, bajando la espada para que las crucetas enmarcaran su mirada penetrante. ''Que el coraje y ojos agudos guíen sus espadas''.

Los sabuesos sombríos negros fueron los primeros en alcanzar la plataforma, saltando con colmillos desgarradores y dientes centellantes. Garen y la Vanguardia Valerosa los enfrentaron con un bloqueo de escudos y espadas descubiertas. Un muro de hierro los hizo retroceder. Aunque sus enemigos procedían de la oscuridad y de la maldad, pelearon con fuerza brutal y habilidad. Garen intervino y clavó su espada en la cadera de una bestia serpenteante, desgarrando el lugar donde su médula debía estar. La forma monstruosa explotó en polvo negro con un aullido de angustia.

Garen agitó la espada hacia arriba y la retrajo en un giro oblicuo. Su espada paró la mandíbula de otra bestia. Giró las muñecas y bajó los hombros para atacar. Derribó a la cosa con un empujón. Pisó su pecho y la bestia rugió mientras explotaba. Garen hizo un movimiento rápido con la espada para bloquear un golpe aplastante de algo que parecía la silueta de un gigantesco guerrero freljordiano. El impacto lo hizo caer de rodillas.

''¡Pelearé mientras siga en pie!'', bramó con los dientes apretados. Se incorporó con un rugido y aplastó su empuñadura contra el cráneo corneado del guerrero salvaje. De la sombra brotaron cenizas y Garen giró para guiar su espada hacia el estómago de otra bestia.

Sabator decapitó a un sabueso que salivaba mientras que Diadoro estrelló su escudo contra una sibilante serpiente, partiendo su cuerpo por la mitad. Varya golpeó con la empuñadura de su espada los colmillos de un guerrero de las sombras sin rostro, mientras que Rodian clavaba su espada en el enemigo de su melliza.

Con cada golpe asesino, las criaturas de las sombras se convertían en cenizas ámbar. La espada de Garen destelló y la hoja plateada atravesó el cuerpo de un monstruo con apariencia de escorpión.

Unas cortantes garras oscuras se dirigieron a la cabeza de Garen. El escudo de Sabator contrarrestó el ataque. Varya enterró su espada en las piernas del monstruo y este explotó. Una horrible criatura coja se lanzó hacia Rodian, quien clavó su espada tan fuerte como pudo en su rostro anodino. Chilló al morir. Pero por cada sombra que destruían, más sombras tomaban su lugar.

''¡Espalda con espalda!'', gritó Garen y las hombreras de los cinco guerreros chocaron. Pelearon hombro con hombro en un círculo de acero, un rayo de luz contra la oscuridad.

''¡Muéstrenles la fuerza de Demacia!''.




Lux cabalgó por el bosque, los árboles se desdibujaban a su alrededor por lo rápido que iba. Era imprudente galopar por el bosque a esa velocidad, incluso con su luz como guía, pero las pesadillas que atacaban a Garen y a la Vanguardia Valerosa seguirían llegando. Las imaginaciones humanas eran un pozo sin fondo de pesadillas: miedo a la muerte, miedo a la debilidad o miedo a perder a alguien amado.

Siguió la ruta que había tomado esa misma mañana, deseando que Estrella de Fuego recordara el camino mejor que ella. Juntos, cabalgaron durante la noche y finalmente llegaron al cruce donde los caminos divergían. Ignorando los senderos hacia el este y el oeste, Estrella de Fuego saltó por encima de la maleza que oscurecía el camino del norte.

El camino hacia la tumba del bisabuelo Fossian.

Aún con el paso firme de su corcel, Lux se vio forzada a reducir su velocidad cuando en su camino aparecieron barrancos empinados y cañadas rocosas. Mientras más se acercaba a la tumba, más comenzaba a cambiar el paisaje, hasta tomar otro carácter completamente distinto; parecía salido de un relato que se contaba para asustar a los niños. Los árboles supuraban savia negra, sus ramas se anudaban y se retorcían formando manos con garras que sujetaban su cabello y su capa. Los agujeros en los troncos de los árboles se asemejaban a bocas colmilludas y arañas tejían redes en las ramas altas. El suelo se tornó esponjoso y húmedo con charcos salobres de agua estancada, como un bosquecillo abandonado por un hada.

Estrella de Fuego se detuvo a la entrada de un claro envuelto en sombras y echó hacia atrás la cabeza, resoplando de miedo.

''Tranquilo, chico'', dijo Lux. ''La tumba de Fossian está muy cerca. Solo unos pasos más''.

Pero el caballo no quería avanzar ni un centímetro más.

''Bien'', dijo Lux. ''Iré sola''.

Se deslizó del lomo del caballo y entró al claro. La luz de la luna que se colaba a través de las nubes le daba la cantidad justa de iluminación para que pudiera ver.

El túmulo en la tumba de Fossian era un monte de césped que parecía negro en la penumbra, su cima estaba coronada con un montículo de piedras apiladas. Humo negro se elevaba hacia un cielo lleno de imágenes de horrores antiguos esperando su momento para reclamar el mundo. Líneas negras atravesaban la enorme placa de piedra que relataba las hazañas de Fossian.

Un chico joven, no tendría más de doce o trece años, estaba sentado cruzado de piernas delante de la piedra, su delgado cuerpo se balanceaba como si estuviera en un trance. Bucles de humo negro formaban espirales desde la tumba y envolvían su cuello como enredaderas estranguladoras.

''¿Luca?'', preguntó Lux.

El balanceo del chico se detuvo ante el sonido de su voz.

Giró para ver a Lux y ella se quebró al ver sus desalmados ojos negros. Una cruel sonrisa se plasmó en su rostro.

''Ya no'', respondió él.

Retrato de Lux · ilustración del personaje; no representa esta escenaPublicado en Universo de Riot




Una araña amenazadora con ganchos afilados en sus patas se dirigió hacia Garen. Su abultado estómago se estremecía con ojos dilatados y mandíbulas chasqueantes. Garen le partió el tórax y pateó a la criatura agitada de la plataforma mientras su cuerpo se desintegraba.

Con las piernas apuntaladas, Garen sintió un frío agudo en el músculo de su hombro, causado por una garra negra que se hundía en él y atravesaba su hombrera. El metal no se dobló ni se quebró. La garra lo atravesó sin obstáculos y Garen sintió un mareo repulsivo expandiéndose en él. Olió tierra de tumba: el hedor de tierra fétida después de siglos de sepulcro. Peleó contra el dolor, tal como le habían enseñado.

Rodian cayó cuando una espada se deslizó debajo de su armadura, perforando su costado. Gritó adolorido y bajó el escudo.

''¡De pie!'', gritó Garen. ''Aparta el dolor''.

Rodian se enderezó, avergonzado por su momento de flaqueza, mientras las criaturas de las sombras chocaban entre sí en su frenesí por alcanzar a la Vanguardia Valerosa.

''¡No dejan de aparecer!'', gritó Varya.

''¡Entonces no dejaremos de pelear!'', replicó Garen.




Aunque lo único que quería era huir del claro embrujado, Lux caminó hacia el chico mientras su mano se deslizaba hacia la daga en su cadera. Sus ojos estaban llenos de oscuridad; las pesadillas aguardaban para surgir de la tierra fértil que era la fragilidad humana. Sintió una fría y calculadora inteligencia evaluándola.

Luca asintió y con delicadeza se puso de pie. Sombras murmurantes se juntaron al borde del claro, monstruos y horrores apenas invisibles se acercaban para rodearla.

''Tú tienes pesadillas en abundancia'', dijo él. ''Creo que quebraré tu cráneo con una roca para sacarlas''.

''Luca, no eres tú'', dijo ella.

''Dime, ¿quién crees que soy?''.

''El demonio de la tumba'', dijo Lux. ''Creo que no estaba muerto como la gente pensaba cuando enterraron a Fossian''.

Luca sonrió. Sus labios se estiraron tanto que la piel de las comisuras se desgarró. Riachuelos de sangre escurrían de su barbilla.

''Para nada muerto'', dijo él. ''Solo dormía. Sanaba. Se renovaba. Se preparaba''.

''¿Para qué?'', preguntó Lux, obligándose a dar otro paso al frente.

El chico chasqueó la lengua y agitó un dedo en advertencia. Lux se paralizó, incapaz de dar otro paso. Sus dedos se cerraron alrededor de la empuñadura de la daga.

''Bueno, ya'', dijo él, agachándose para recoger una piedra afilada. ''Déjame extraer una pesadilla primero''.

''Luca'', dijo Lux, incapaz de moverse pero aún capaz de hablar. ''Tienes que pelear contra él. Sé que puedes. Tienes magia en tu interior. Sé que la tienes, es la razón por la que huiste, ¿cierto? Es por eso que viniste aquí, para estar al lado de alguien que venció a un demonio''.

La cosa dentro de la carne del niño rio y el pasto se marchitó a su alrededor por el sonido.

''Sus lágrimas eran como agua en el desierto'', dijo, acercándose y rodeándola como si buscara el mejor lugar para partirle el cráneo. ''Me despertaron, me alimentaron. Había dormido tanto tiempo que había olvidado el dulce sabor que tenía el sufrimiento de los mortales''.

El chico estiró la mano y le acarició la mejilla. El contacto fue como una espina fría de terror que atravesó a Lux. Retiró su dedo y un hilo humeante lo siguió. Lux sintió náuseas mientras el miedo a ahogarse la inundaba. Una lágrima recorrió su mejilla.

''Hice que durmiera y sus sueños estaban llenos de horrores listos para volverse reales'', dijo el chico. ''Su poder es débil, una brasa brillante comparada con la caldera que arde en tu carne. Me brindó muy poco en cuanto a substancia, pero los miedos infantiles son un banquete después de pasar tanto tiempo sin ellos. Demacia es una pesadilla para los que son como él. Como tú''.

Lux sintió cómo su magia retrocedía ante esta criatura. La oscuridad que llenaba el claro oprimía su luz hasta reducirla a poco más que una chispa. Intentó resistirse, sabiendo que incluso una sola chispa descontrolada podía comenzar un incendio que devoraría un bosque completo.

''Lo odiaban. Luca lo sabía. Ustedes los mortales siempre le temen a las cosas que no comprenden. Es muy sencillo avivar esas llamas y dar lugar a las exquisitas visiones de terror''.

Lux flexionó los dedos sobre el cuero de la empuñadura de su daga y sintió dolor. Pero el dolor significaba que tenía el control. Lo utilizó. Alimentó la creciente chispa en su interior, la alejó del terror y dejó que reapareciera lentamente en su cuerpo.

''Luca, por favor'', dijo ella, forzando cada palabra. ''Tienes que pelear contra él. No permitas que te use''.

El chico rio. ''Él no puede escucharte. E incluso si pudiera, sabes que está en lo correcto al temer lo que su propia gente le haría si descubrieran la verdad. Que él es justo lo que odian. Un mago. Tú, entre toda la gente, sabes cómo se siente eso''.

El dolor se extendió en los brazos de Lux y se movió por su pecho. Los ojos negros del chico se estrecharon en cuanto sintió el aumento de magia.

''Lo sé demasiado bien'', dijo ella. ''Pero no permito que el miedo me defina''.

Lux empujó su daga hacia el chico con un grito de dolor. No pretendía lastimarlo, sino permitir que el metal de la cuchilla entrara en contacto con él para transmitirle un poco de su luz. Sus extremidades ardían y el golpe fue torpe. El chico retrocedió, demasiado lento. La hoja plana de la cuchilla rozó la piel de su mejilla.

El momento de conexión fue fugaz, pero más que suficiente.




La Vanguardia Valerosa peleaba con cortes de espada brutalmente eficientes y fuertes golpes de sus escudos, pero no podían pelear para siempre.

Al final, las sombras se los llevarían.

Una manada de criaturas retorcidas con garras afiladas atacaron por la izquierda y se echaron contra la espada de Diadoro. Un golpe rebotó en su escudo y lo golpeó en la hombrera de su armadura. Gruñó y clavó la espada en el estómago de una bestia de piel negra que tenía cabeza de dragón.

''¡Intervén!'', exhortó Sabator. ''¡Mantenlos alejados!''.

Garen lanzó una estocada hacia esa oscuridad retorcida, un contragolpe hacia las entrañas y embistió contra su pecho. La espada a lo más profundo y luego un giro. No dejes de moverte. Movimiento a la derecha: un cráneo que parecía un insecto con colmillos como dagas. Le propinó un corte en los ojos. La criatura gritó y se convirtió en humo y cenizas.

Dos más se lanzaron hacia él. Sin espacio para blandir la espada. Otro golpe con la empuñadura en el pecho del primero. Estocada en el estómago para el otro, espada afuera. Los monstruos se retiraron. Garen retrocedió y se colocó junto a Varya y Rodian. Ambos estaban cubiertos en ceniza, desde el casco hasta las grebas.

''Debemos resistir'', dijo Garen.

''¿Por cuánto tiempo?'', preguntó Diadoro.

Garen miró hacia el norte, donde una luz distante brillaba en el bosque.

''Tanto como Lux necesite'', respondió Garen con una mirada de alerta.

Y las sombras los atacaron otra vez.




La luz brotaba de Lux hacia Luca. Una radiación cegadora y por demás descontrolada explotó en el claro. El monstruo dentro del chico había sido separado de su cuerpo con un aullido de furia y desesperación. Un fuego feroz y blanco envolvió a Lux, arrollando todo a su alrededor, terriblemente poderoso a su manera, como la oscuridad. Su poder era magnífico, pero a duras penas podía aferrarse a su radiación huracanada mientras la atravesaba. La oscuridad huyó ante su grandioso poder, su sombra se desvaneció por la incandescencia de la luz. El fulgor siguió aumentando hasta que el bosque y la tumba dejaron de verse. Solo quedó una extensión infinita de vacío blanco. Sentado frente a ella había un chico con las rodillas retraídas hacia el pecho. Levantó la mirada y sus ojos eran los de un pequeño y atemorizado niño.

''¿Puedes ayudarme?'', preguntó.

''Sí'', respondió Lux, acercándose y sentándose a su lado. ''Pero debes regresar conmigo''.

Luca negó con la cabeza. ''No puedo. Tengo mucho miedo. El hombre de las pesadillas está ahí fuera''.

''Sí, pero juntos podemos derrotarlo'', dijo ella. ''Yo te ayudaré''.

''¿Lo harás?''.

''Si tú me dejas'', dijo Lux con una sonrisa. ''Sé por lo que estás pasando, sé que te asusta lo que podría ocurrir si la gente supiera lo que puedes hacer. Créeme, me pasa a mí también. Pero no debes tener miedo. ¿Lo que hay dentro de ti? No es maldad. No es oscuridad. Es luz. Tal vez es una luz que podemos aprender a controlar juntos''.

Lux extendió una mano.

''¿Lo prometes?'', preguntó Luca.

''Lo prometo'', respondió Lux. ''No estás solo, Luca''.

El chico tomó su mano con fuerza, como si su vida dependiera de ello.

La luz se expandió por voluntad propia, un resplandor increíble, y cuando se desvaneció, Lux vio que el claro estaba exactamente igual a como lo recordaba en su visita años atrás. Césped verde, un monte con un montículo de piedras y una placa describiendo las hazañas de Fossian. La oscuridad que había transformado el bosque estaba ahora ausente. Los árboles con garras no eran más que árboles normales, el cielo era una bóveda azul de medianoche con estrellas titilantes. El sonido de los pájaros nocturnos cazando resonaba entre el follaje del bosque.

Luca aún sujetaba su mano y le sonrió.

''¿Se fue? ¿El hombre de las pesadillas?''.

''Eso creo'', dijo ella, sintiendo el agrio sabor de la magia oscura disminuyendo. ''Al menos por ahora. Creo que no está más en la tumba, pero se fue de aquí. Eso es lo que importa en este momento''.

''¿Podemos volver a casa?'', preguntó Luca.

''Sí'', dijo Lux. ''Podemos volver a casa''.




Un frío adormecedor inundó a Garen. Sus extremidades parecían hechas de plomo, perforadas por garras de sombras. Por sus venas corría hielo y el frío llegó hasta su corazón mientras la vista se le empezaba a nublar.

Sabator y Diadoro habían caído, su piel se oscurecía. Rodian estaba arrodillado, una garra sobre la garganta. Varya seguía peleando, el brazo que sujetaba su escudo colgaba inútilmente a su lado, pero el brazo que sostenía su espada seguía fuerte.

Garen saboreó cenizas y desesperanza. Nunca había conocido la derrota. No de esta manera. Incluso cuando creyó que Jarvan estaba muerto, encontró la voluntad para continuar. Ahora, su vida estaba siendo socavada con cada respiración.

Una enorme figura se posó ante él, una sombra cornuda con un hacha de oscuridad. Se parecía a un guerrero salvaje al que había asesinado hace algunos años. Garen levantó su espada, listo para morir con un grito de guerra demaciano en sus labios.

Sintió una brisa de verano. Una extraña luminosidad brilló en el cielo del norte como un amanecer.

Las criaturas de las sombras se desvanecieron hasta extinguirse por completo, como humo en el viento.

Garen exhaló, sin poder creer que aún podía hacerlo. Rodian inhaló una bocanada de aire al tiempo que Sabator y Diadoro se levantaban del suelo. Miraron a su alrededor, asombrados, mientras las últimas sombras eran expulsadas y la gente del pueblo comenzaba a despertar.

''¿Qué ocurrió?'', preguntó Varya.

''No lo sé'', respondió Garen.




Con Luca reunido con su madre agradecida, Lux y Garen cabalgaron hacia la puerta sur de Monteadarve al frente de la Vanguardia Valerosa. Su humor estaba apagado, la culpa invadía a todas las personas con las que se cruzaban. Los habitantes de Monteadarve no recordaban nada después de la ejecución, pero todos sabían que habían jugado un papel en la muerte de un hombre.

''Que la Dama del Velo te arrope en su regazo'', dijo Lux mientras pasaban junto a la procesión del entierro de Aldo Dayan.

''¿Realmente crees que se merece tanta compasión?'', preguntó Garen. ''Mató a inocentes''.

''Es verdad'', concedió Lux, ''pero, ¿entiendes por qué?''.

''¿Acaso importa? Era culpable de un crimen y pagó el precio''.

''Por supuesto que importa. Aldo Dayan era su amigo y vecino'', dijo Lux. ''Bebían cerveza con él en la taberna, compartían bromas con él en la calle. Sus hijos e hijas jugaban con sus niños. Por haber juzgado precipitadamente, cualquier oportunidad de comprender lo que había provocado los asesinatos se perdió''.

Garen mantenía la mirada fija en el camino delante.

''Ellos no quieren comprender'', dijo él al fin. ''No lo necesitan''.

''¿Cómo puedes decir eso?''.

''Vivimos en un mundo que no permite matices, Lux. Demacia es asediada desde todas direcciones por terribles enemigos: tribus salvajes al norte, un imperio rapaz en el este y el poder de los magos oscuros que amenazan la estructura de nuestro reino. Tratamos con absolutos por necesidad. Permitir que la duda nuble nuestro juicio nos deja vulnerables. Y yo no puedo permitir que nos volvamos vulnerables''.

''¿Incluso a este precio?''.

''Así es'', contestó Garen. ''Es la razón por la que hago lo que hago''.

''¿Por Demacia?''.

''Por Demacia'', dijo Garen.

Fin de esta lectura

Abrir esta lectura por separado · Publicación original · Riot Games ↗

Phillip Vargas · Relato completo

Un corazón de Demacia

Publicado 2018-12-28

El chico admiró la raíz de dormis amarilla que se asomaba por el suelo congelado. Era una de los cientos que crecían en una minúscula área de color vívido en lo que, de otra forma, habría sido un terreno baldío. Se puso en cuclillas junto a la flor e inhaló profundamente. El aire fresco de la mañana y un aroma débil inundaron su nariz. Se estiró para tomar la flor silvestre.

''Déjala ahí'', dijo Vannis.

El hombre mayor se irguió sobre el chico, su abrigo azul se agitaba con la suave brisa. Marsino se paró junto a él sosteniendo una antorcha apagada. Los tres habían estado aguardando durante algún tiempo sin obtener respuesta.

El hombre más joven le dirigió una sonrisa al chico y asintió.

El niño arrancó la flor y la guardó en su bolsillo.

Vannis negó con su cabeza y frunció el ceño. ''El tiempo que has pasado con el chico le ha inculcado malos hábitos''.

Marsino se ruborizó ante la observación y se desdibujó su sonrisa. Carraspeó y preguntó: ''¿Ves algo?''.

El chico se puso de pie y analizó la hilera de casas que se encontraba en el campo congelado; las moradas desgastadas no eran más que cabañas deterioradas dispersas en la ladera. Formas y sombras se movían a través de las ventanas de vidrio laminado.

''Hay personas en el interior'', dijo él.

''Todos podemos ver eso'', dijo Vannis, con un tono mordaz. ''¿Ves lo que estamos buscando?''.

El chico buscó la más mínima pista o huella, pero no encontró más que el gris apagado de los tablones desgastados y las piedras talladas.

''No, señor''.

Vannis rezongó en voz baja.

''Tal vez si nos acercamos un poco más'', dijo Marsino.

El hombre mayor negó con la cabeza. ''Estos son hombres de la montaña. Te atravesarán con una lanza antes de que pudieras acercarte a veinte pasos de su puerta''.

El chico se estremeció con estas palabras. La brutal reputación de los montañeses era conocida en la Gran Ciudad. Vivían en los indómitos bordes del reino, en las cercanías de los territorios en conflicto. Miró de reojo sobre su hombro y se acercó un poco más a Marsino.

''Enciende la antorcha'', dijo Vannis.

Marsino golpeó su pedernal bañando con chispas el cordel empapado en aceite. La brea estalló en llamas y el aire fresco de la mañana se desvaneció.

No necesitaron aguardar mucho.

Varias puertas de las cabañas se abrieron y una decena de hombres y mujeres marcharon hacia el grupo. Traían consigo hachas y piquetas.

La mano del niño se deslizó rápidamente a la daga que tenía a su costado. Dirigió la mirada hacia Marsino, pero sus ojos estaban centrados en los aldeanos.

''Mantén la calma, chico'', dijo Vannis.

La multitud se detuvo en el borde del terreno, sus vestimentas desgastadas contrastaban con la ropa de gala color azul y blanco que vestían Vannis y Marsino. Incluso la ropa del chico estaba en mejor estado.

Un débil cosquilleo recorrió su espalda. Tocó el brazo de Marsino para atraer su atención y asintió. El hombre reconoció la señal y le indicó que retrocediera. Había un proceso que debía seguirse.

Una mujer anciana salió por detrás de la multitud. ''¿Ahora los cazadores de magos queman aldeas?'', preguntó.

''¡Aquí no hay nada, sigan con su camino!'', gritó un joven de cabello desaliñado que se encontraba al lado de la mujer. Los demás se unieron en abucheos y reclamos.

''¡Silencio!'', estalló la mujer, dándole un codazo en las costillas al hombre.

Él se estremeció de dolor e inclinó su cabeza. La multitud enmudeció.

Los montañeses no se parecían a nada que el chico hubiera visto en la Gran Ciudad. No les intimidaba la presencia de los cazadores de magos con sus tradicionales abrigos azules y sus medias máscaras de bronce forjadas a martillazos. Por el contrario, se mantenían firmes y desafiantes. Unos pocos comenzaron a juguetear con sus armas, con los ojos puestos sobre el chico. Él se percató de sus miradas.

Marsino dio un paso al frente. ''Una fanega de raíces de dormis llegó a Muroviejo hace seis días'', dijo señalando las flores con su antorcha.

''La gente vende cosas y la gente compra cosas. ¿Acaso es distinto en la ciudad?'', preguntó la anciana.

Los montañeses se rieron.

El chico se unió a ellos con nerviosismo. Incluso Marsino esbozó una débil sonrisa. Vannis permaneció inmóvil. Contemplaba a la multitud con la mano sobre su bastón.

''Por supuesto que no'', contestó Marsino. ''Pero la flor es muy inusual en esta época del año''.

''Somos buenos agricultores, también somos buenos cazadores'', dijo la mujer, y su sonrisa se desvaneció.

Vannis fijó su mirada en la anciana. ''Sí, pero el suelo está congelado y ninguno de ustedes ha usado un arado en su vida''.

La anciana se encogió de hombros. ''Las cosas crecen donde les place. ¿Quiénes somos nosotros para contradecirlas?''.

Vannis hizo una mueca. ''Sí, las plantas crecen'', dijo y desenganchó el Marcagrís de su abrigo. Se puso en cuclillas y sostuvo el disco de piedra labrada sobre una raíz de dormis.

Los pétalos se marchitaron y se secaron.

''Pero no mueren en la presencia de la petricita'', añadió Vannis poniéndose de pie. ''A menos que usen magia para hacerlas crecer''.

Las sonrisas desaparecieron de los rostros de los aldeanos.

''El uso de la magia está prohibido'', dijo Marsino. ''Todos nosotros somos demacianos. Estamos obligados desde que nacemos a honrar sus leyes...''

''Aquí arriba no puede comerse el honor'', dijo la anciana.

''E incluso si pudiera hacerlo, su barriga quedaría vacía'', se burló Vannis.

La multitud se agitó ante el insulto y se aproximaron más a ellos quedando a tan solo unos pasos de los cazadores de magos.

Marsino carraspear y levantó una mano. ''Los montañeses siempre han honrado las costumbres de Demacia. Siempre en armonía con las leyes y la tradición'', dijo. ''Solo pedimos que lo hagan de nuevo hoy. ¿La persona involucrada puede dar un paso al frente?''.

Nadie se movió ni dijo una sola palabra.

Después de un momento, Marsino volvió a hablar. ''Si el honor no los obliga, entonces deben saber que tenemos aquí a un chico que descifrará quién es el culpable''.

La multitud se concentró en el niño. El reproche inundó los ojos de los aldeanos, mientras que susurros severos recorrieron sus filas.

''Entonces, ¿el enano puede utilizar magia sin censura pero nosotros no?'', preguntó el hombre que había gritado con anterioridad.

El chico se encogió ante la acusación.

''Él trabaja para servir a Demacia'', contestó Marsino antes de dirigirse al chico. ''Está bien, adelante''.

El niño asintió, frotó su mano sudorosa en sus pantalones y procedió a dirigirse a los montañeses. Entre los rostros manchados de suciedad había una presencia particular y radiante. Una corona de luz vibraba y resplandecía alrededor del mago.

Solo el chico era capaz de ver esta luz, y así había sido durante toda su vida. Este era su don: su desgracia.

El resto de los aldeanos observaba con desprecio. En todos lados ocurría lo mismo, estas personas lo odiaban por su don. Todos... menos la anciana. Su suave mirada le imploraba que no hablara.

El chico inclinó su cabeza y bajó la mirada al suelo.

Todos aguardaban mientras que el momento se volvía infinito en el silencio. Podía sentir cómo Vannis tomaba medidas y lo juzgaba severamente.

''Está bien'', dijo Marsino colocando una mano alentadora sobre su hombro. ''Nosotros mantenemos el orden. Defendemos la ley''.

El chico alzó la mirada, listo para señalar al mago.

''No lo digas, niño'', dijo la anciana sacudiendo su cabeza.''Yo lo aceptaré. ¿Me escuchas?''.

''Suficiente'', gritó de repente Vannis haciendo al chico a un lado con el Marcagrís en su mano.

La luz radiante alrededor del mago se atenuó momentáneamente cuando la multitud se compactó.

''¡Espera!''.

''Silencio, niño. Tuviste tu oportunidad''.

Pero no era la mujer la que estaba afligida.

El chico se dirigió a Marsino. ''¡No es ella! ¡Es el otro!'', dijo señalando al hombre de cabello desaliñado parado junto a la anciana.

Marsino apartó su mirada de los montañeses intentando seguir el gesto del niño, pero antes de que pudiera identificar la amenaza, el hombre arremetió contra los cazadores de magos.

''¡Mamá!'', gritó mientras iba por Vannis. Sus manos brillaron con un lustre esmeralda, mientras que unas enredaderas espinosas brotaron de las puntas de sus dedos.

Vannis giró para quitarse de su camino, mientras balanceaba su báculo en un gran arco y golpeó al mago en la sien con la pesada pértiga de madera.

El mago tropezó con Marsino agarrándolo del brazo. Unas espinas afiladas perforaron su manga. Marsino retrocedió del dolor y empujó hacia el suelo al hombre herido, soltando la antorcha en medio de la conmoción.

Las llamas rozaron la túnica del hombre e incendiaron sus harapos.

La anciana gritó y corrió apresuradamente hacia su hijo.

Algunos brazos la tomaron y la retuvieron conteniéndola mientras ella forcejeaba. El resto de los montañeses se movió hacia adelante, pero Vannis se mantuvo firme y con el báculo listo.

''¿Te tocó?''.

Marsino buscó a tientas su arma logrando por fin desenganchar su cetro, sus ojos estaban vidriosos y no podían enfocar bien.

''¡Marsino!''.

''¡Estoy bien!''.

''¿Hay más?''. Vannis gritó.

El niño no respondió. Permaneció congelado, mirando al agonizante mago que se retorcía de dolor en las llamas. La amargura le colmó la garganta, pero optó por pasar el trago amargo, negándose a tener arcadas.

''¡Niño!''.

Por fin reaccionó. El fuego se expandía por el campo creando un muro entre ellos y la multitud. Buscó las caras asesinas detrás de las crecientes flamas, con el calor abrumando sus sentidos.

''No''.

''¡Entonces, sube a tu montura!''.

El chico montó su poni. Marsino y Vannis lo siguieron rápidamente en sus propios corceles y los tres se alejaron de la aldea. El chico se dio la vuelta para mirar hacia atrás. El fuego rugía y el campo de flores ya se estaba marchitando.




Vannis los había forzado a montar hasta muy tarde, distanciándose cuanto fuera posible de los montañeses. Les llevaría tres días llegar al Castillo de Muroviejo. Vannis pretendía ensamblar una cohorte de cazadores de magos y volver. La ley debe mantenerse, decía.

Se detuvieron poco después del anochecer. El terreno rocoso era demasiado peligroso para continuar a ciegas. El niño sintió alivio al poner sus pies sobre el suelo. Los chicos de Dregbourne rara vez montaban a caballo, a menos que los robaran de una caballeriza, y él nunca había sido un ladrón.

Asumió la primera guardia sentándose en la base de un roble imponente, adolorido y tieso de la espalda y del trasero por haber montado a caballo tanto tiempo. Movió su cuerpo buscando una posición cómoda. Tras unos pocos minutos, se paró y se recargó contra el antiguo árbol. Un lobo solitario aulló en algún lugar arriba en las colinas y un coro de los suyos le respondió. O tal vez eran sabuesos, aún no podía distinguirlos.

Unas nubes distantes de tormenta centelleaban en el cielo nocturno y sus estruendos estaban tan retirados que no llegaban a sus oídos. Arriba, las estrellas luchaban por atravesar unas nubes grises a la deriva. Una capa de niebla espesa se asentó sobre las llanuras.

Lanzó otro manojo de madera al fuego. Avivó una ráfaga de brasas que se consumió pronto.

Voces fantasmales llenaban la quietud de su mente. Suplicaban y negaban una verdad resplandeciente, mientras los recuerdos del mago en llamas daban vueltas en la fogata. Se estremeció y desvió la mirada.

Había sido una muerte terrible, pero cada vez que esos pensamientos invadían su mente, él los apartaba y los reemplazaba con toda la belleza que había visto desde que se unió a Vannis y a Marsino.

Llevaba meses viajando con los cazadores de magos, conociendo el mundo por fuera de las atiborradas calles de Dregbourne por primera vez. Había explorado las colinas y las montañas lejanas que alguna vez vio desde el techo de su vivienda. Ahora había montañas nuevas frente a él y quería ver más.

La magia lo había hecho posible.

La aflicción que alguna vez lo había llenado de miedo al descubrimiento ahora era un don, le permitía andar como un verdadero demaciano. Incluso vestía de azul. Tal vez algún día él también podría usar la media máscara y un Marcagrís propios, a pesar de ser un mago.

Un débil susurro lo sacó de sus pensamientos.

Se dio la vuelta y miró cómo Marsino murmuraba mientras dormía. Junto a él yacía una manta enrollada vacía. El corazón del chico se aceleró al ver esto. Inspeccionó los árboles en busca del viejo cazador de magos.

Vannis estaba parado bajo un roble cercano observándolo.

''Hoy dudaste'', le dijo mientras se alejaba de la sombra. ''Montaste un mal espectáculo. ¿Fue miedo o algo más?''.

El niño apartó la mirada y permaneció en silencio buscando una respuesta que pudiera satisfacer al cazador de magos.

Vannis frunció el ceño impacientándose. ''Anda, dilo''.

''No entiendo... ¿qué tiene de malo cultivar raíces de dormis?''

Vannis refunfuñó y sacudió su cabeza. ''Cada centímetro cedido es un centímetro perdido'', dijo. ''Esto es cierto tanto en el campo de batalla como con los magos''.

El chico asintió. Vannis lo miró por un momento.

''¿En dónde está tu corazón, niño?''.

''En Demacia, señor''.

Marsino se agitó nuevamente. Sus murmullos se convirtieron rápidamente en lamentos, hasta que el hombre terminó por pelear contra su manta.

El niño se le acercó y lo sacudió por el hombro. ''Marsino, despierta'', susurró.

El joven cazador de magos se retorció con el contacto el niño. Los gemidos incrementaron hasta que el hombre comenzó a sollozar. Sacudió de nuevo a Marsino, solo que esta vez con más fuerza.

''¿Qué pasa?'', preguntó Vannis acercándose a él. ''No lo sé. No se despierta''.

Vannis hizo al chico a un lado y le dio la vuelta a Marsino. El sudor corría por su frente y por su sien opacando su cabello oscuro. Los ojos de Marsino estaban abiertos y vacíos, tenían un turbio brillo blanquecino.

Vannis le quitó la pesada manta y abrió la capa de Marsino. Zarcillos oscuros de plaga deterioraban su brazo. Ante los ojos del niño, una flor radiante pulsaba bajo la piel podrida.




Habían estado cabalgando desde antes de que apareciera la primera luz.

Vannis y el niño lograron subir a Marsino a su caballo y atarlo a su montura. El joven cazador de magos había permanecido en un sueño febril mientras Vannis ataba su caballo al suyo y arrancaba.

El poni del niño batalló para seguir el paso que había marcado Vannis; el Castillo de Muroviejo aún estaba a un día de viaje.

Vio cómo Marsino se sacudía con cada zancada. El hombre herido amenazó con caerse en varias ocasiones, pero Vannis ralentizaba el paso y ajustaba el amarre de Marsino a su montura. Cada vez que el viejo cazador de magos hacía eso, le fruncía el ceño al chico antes de continuar.

Llegaron a Paso Corvo al medio día. Sus monturas escalaron las curvas estrechas talladas en la ladera de la montaña. Esta ruta reduciría medio día del tiempo de su viaje, pero el peligroso camino estaba en mal estado, y la maleza espesa retrasó su avance.

El niño apretó sus piernas y se agarró de las riendas observando nerviosamente la precaria caída hacia abajo del profundo barranco. Su poni solamente seguía el recorrido manteniéndolos lejos de la muerte de forma instintiva.

Atravesaron los matorrales para desembocar en un terreno plano. Vio cómo Vannis espoleó a los caballos para hacerlos galopar; Marsino comenzó a desplazarse hacia la derecha, recargándose mucho más de lo que lo había hecho antes.

''¡Vannis!''.

El cazador de magos se estiró, pero era demasiado tarde. Marsino cayó y se golpeó contra el suelo.

El niño refrenó su montura y descendió de ella para correr hacia el hombre caído. Vannis hizo lo mismo.

La sangre brotaba de la frente de Marsino.

''Necesitamos contener la hemorragia'', dijo Vannis.

Desenfundó su daga y, sin preguntar, se estiró y cortó una larga tira de tela de la capa del niño.

''Agua'', dijo Vannis.

El chico tomó su bolsa de agua y vertió un chorro sobre el profundo tajo, mientras Vannis limpiaba la herida.

Marsino se movió y murmuró algo incoherente en su estado febril. El niño trató de prestarle atención a las divagaciones del hombre, pero solo pudo comprender unas cuantas palabras.

''Bebe'', dijo vertiendo gotas de agua sobre los labios secos del hombre.

El joven cazador de magos se despertó con su lengua lamiendo la humedad. Abrió los ojos. Unas manchas rojizas teñían el blanco vidrioso.

''¿Ya... llegamos?'', preguntó Marsino, su pecho resollaba con cada palabra.

Vannis le lanzó una mirada al niño. Supo que no debía decir nada. Aún estaban lejos de la ayuda.

''Ya casi, hermano'', dijo Vannis.

''¿Por qué construir... Muroviejo... tan lejos, en la cima de una montaña?''.

''Se supone que llegar ahí debe ser difícil'', mencionó Vannis, con una frágil sonrisa.

Marsino cerró sus ojos y se rio un poco. Pronto la risa se convirtió en tos.

''Tranquilo, hermano'', dijo Vannis observando al hombre por un momento antes de girar hacia el niño. ''La raíz de dormis, ¿aún la tienes?''.

''Sí''.

El chico hurgó en su bolsillo sacando un caballo hecho de paja, una piedra de río pulida y una flor amarilla. Sonrió al verla, sabiendo que la flor ayudaría a Marsino.

Vannis la arrancó de la mano del chico. ''Por lo menos hiciste algo bien, niño''.

Sintió un hueco en el estómago al escuchar esas palabras. Vannis tenía razón. Él había flaqueado y su amigo había pagado por ello.

Marsino negó con la cabeza. ''No es... su culpa... yo debí... ser más cuidadoso''.

El viejo cazador de magos permaneció en silencio mientras retiraba algunos pétalos de la raíz de dormis.

''Mastica esto. No es refinada, pero ayudará con el dolor''.

''¿Y qué pasa con... la magia?'', preguntó Marsino.

''Aceleró el crecimiento y la mantuvo fuerte, pero la planta está inmaculada'', dijo Vannis mientras colocaba los pétalos en la boca de Marsino. Se inclinó hacia delante y susurró algo en el oído del joven, acariciando con suavidad su cabello. Marsino sonrió, aparentemente perdido en un recuerdo.

El niño tomó un trago de su bolsa de agua. Un ligero escalofrío se deslizó por su espalda. Los finos vellos de sus brazos se erizaron.

Se dio la vuelta y caminó hacia el extremo del terreno plano, un conjunto de copas de pinos verdes cubría la planicie de abajo.

''¿Qué pasa?, preguntó Vannis.

''No lo sé''. Bajó la mirada hacia el valle. Nada parecía estar fuera de lugar, incluso la sensación se había desvanecido.

''Pensé...''.

Se detuvo en seco. Unas columnas de humo negro se elevaron en la distancia.




El niño miró los cuerpos carbonizados y llameantes tirados en el pasto. El aroma a piel animal quemada flotaba en el aire. Su estómago retumbó.

''¿Qué crees que hizo eso?'' preguntó, cuidando a Marsino. El joven cazador de magos yacía en una camilla improvisada hecha con una manta y pedazos de cuerda.

''No lo sé'', dijo Vannis. ''Quédate aquí y vigila''.

El viejo cazador de magos inspeccionó el ganado muerto. Todos los animales tenían heridas como perforaciones del tamaño de un puño en sus gruesas pieles. Vannis pinchó una de las cavidades quemadas con la punta de su báculo para medir su profundidad. Un tercio de la vara desapareció.

''Tal vez debamos irnos'', dijo el niño.

Vannis volteó a verlo. ''¿Sientes algo?''.

El chico inspeccionó el ganado. Restos de magia irradiaban bajo la carne chamuscada. Lo que sea que los hubiera matado era lo suficientemente poderoso como para mutilar a las inmensas criaturas. Un hombre no tendría mejor suerte. Incluso uno con un báculo.

El niño redirigió su atención hacia la granja. Contaba con una pequeña cabaña de madera, un granero desgastado y una letrina en el otro lado. La propiedad estaba metida entre las montañas rodeada por un bosque tupido. Nunca la hubieran visto si no fuera por el humo.

El sonido de pisadas se aproximó.

Vannis se dio la vuelta y levantó su báculo.

Un viejo rodeó la esquina del granero. Se detuvo al ver a los visitantes inesperados. Vestía una túnica y unos pantalones confeccionados para un hombre más grande. Llevaba consigo una alabarda vieja y golpeada con una hoja brillante y afilada.

''¿Qué están haciendo en mi granja?'', preguntó el hombre cambiando la manera en la que agarraba su arma y permaneciendo fuera del alcance de Vannis.

''Mi amigo está herido'', dijo el niño. ''Por favor, necesita ayuda, señor''.

Vannis miró de reojo al niño, pero no dijo nada.

El granjero observó a Marsino. El joven cazador de magos se movió en su camilla, absorto en un sueño febril.

''En Muroviejo tienen sanadores'', dijo el granjero.

''Está a un día de distancia. No sobreviviría'', contestó Vannis.

''Una bestia acecha estos bosques. Será mejor que se pongan en marcha'', dijo el viejo, señalando el ganado muerto.

El chico miró los espesos árboles. No sintió nada en ese momento, pero recordó el escalofrío que experimentó antes. A esa distancia, tenía que ser una criatura inmensa.

''¿Qué clase de bestia? ¿Es un dragón?''.

''Calma, niño'', dijo Vannis, mientras se acercaba al granjero. ''Es su deber darle resguardo a un soldado demaciano''.

El granjero se mantuvo firme. ''Ustedes portan el color azul... pero un cazador de magos no es un soldado''.

''Cierto, pero una vez lo fui. Al igual que usted''.

La mirada del granjero se estrechó, al tiempo que inclinó la punta de la lanza de su alabarda hacia Vannis.

''Es la cuchilla de esa pértiga'', dijo Vannis. ''Una destripadora de los antiguos Alabarderos de Muroespina, si mal no recuerdo. Por lo que veo, ni el arma ni este viejo soldado han perdido su filo''.

El granjero miró su arma con una leve sonrisa. ''Eso fue hace mucho tiempo''.

''Los hermanos son de por vida'', dijo Vannis, esta vez mucho más suave. ''Ayúdenos y cazaremos a su bestia después de que hayamos terminado''.

El niño miró a Marsino. Los ojos del cazador de magos aún estaban cerrados, mientras jadeaba superficialmente.

El granjero miró a Vannis considerando su oferta. ''No será necesario'', dijo finalmente. ''Llevemos adentro a su hombre''.




Vannis y el granjero cargaron a Marsino hacia el interior de la cabaña. Un pequeño fuego ardía en la chimenea, y la modesta habitación olía a cedro y a tierra. El niño despejó una mesa ubicada en medio del cuarto aventando platos de madera y galletas a un catre que estaba cerca. Los hombres depositaron a Marsino sobre los tablones de madera.

''¿Quién más está aquí?'', preguntó Vannis, cortando con su daga la túnica de Marsino.

''Vivo solo'', dijo el viejo, examinando la herida. El niño pudo ver que la plaga se había extendido. Los zarcillos oscuros se acercaban hacia el cuello y al corazón de Marsino.

''Tendremos que extirparla'', dijo Vannis.

Marsino empezó a convulsionarse a punto de caerse de la mesa.

''Sosténganlo'', exclamó Vannis. El chico inmovilizó las piernas de Marsino valiéndose de su peso para mantenerlas en su lugar. El hombre se azotaba resistiéndose a la inmovilización. Soltó una patada y su pesada bota golpeó en la boca al niño. Se tambaleó y se sobó la mandíbula.

''¡Dije que lo sujeten'', gritó Vannis mientras le pasaba un trapo al filo de su daga.

El niño trató de controlar las piernas de Marsino de nuevo, pero el granjero intervino.

''Está bien, hijo'', dijo el hombre. ''Mejor trata de hablarle''.

Se movió alrededor de la mesa. Los temblores de Marsino habían cesado, pero su pecho repiqueteaba con cada respiración desigual.

Sylas · ilustración de personaje de Riot GamesRiot Games

''¿Marsino?''.

''Sostén su mano, hazle saber que estás aquí'', dijo el granjero. ''Funciona con los animales lastimados. Los hombres no son tan diferentes''.

El chico sujetó la mano de Marsino. Se sentía tibia al tacto y resbaladiza por el sudor. ''Todo va a estar bien. Conseguimos ayuda''.

Parecía que Marsino se concentraba en su voz, girando hacia el sonido, su mirada de turbio brillo blanquecino ahora era de un color rojo profundo.

''¿Estamos en Muroviejo?''.

El niño miró a Vannis, el cazador de magos asintió.

''Sí, los sanadores se están haciendo cargo de ti'', dijo el chico.

''La raíz de dormis... me ayudó... a ganar tiempo'', dijo Marsino, apretando su mano. ''Hiciste bien... hiciste bien...''.

El niño apretó sus dientes reprimiendo la pena que invadía su garganta. Apretó aún más la mano de Marsino sin deseos de soltarla.

''Lo siento, Marsino. Yo debí...''.

''No... no fue... tu culpa'', dijo Marsino, cada palabra llena de pena y dolor. Se esforzó por levantar la cabeza. Intentaba inspeccionar la habitación con unos ojos que ya no podían ver.

''¿Vannis?''.

''Aquí estoy, hermano''.

''Diles... diles que no fue su culpa''.

Vannis clavó su mirada en el niño. ''Sí, fue mala suerte'', dijo finalmente.

''Ves...'', respondió Marsino con una pálida sonrisa. ''No tienes que... cargarla''.

Vannis sujetó el hombro de Marsino y se acercó para hablarle al oído. ''Tenemos que extirparla, hermano'', dijo Vannis.

Marsino asintió con la cabeza.

''Va a necesitar algo que pueda morder'', dijo el granjero.

El niño desenfundó su daga, el mango de madera tallada era perfecto para esa tarea. La colocó en la boca de Marsino.

''Bien'', dijo Vannis, sosteniendo su propia cuchilla a unos cuantos centímetros del brazo herido.

Los zarcillos serpentearon bajo la piel. Ante la mirada del niño irradiaban una luz sutil y palpitante, imperceptible para los otros.

''Alto'', dijo.

Vannis miró al chico. ''¿Qué pasa?''.

Marsino mordió el mango de la daga y emitió un grito ahogado. Apretó la mano del niño y se azotó contra la mesa hasta que el movimiento bajo su piel se sosegó.

La plaga se expandió a través del cuello de Marsino.

''Está demasiado profunda'', dijo Vannis. ''No la puedo extirpar''. El cazador de magos dio un paso atrás, sin saber qué hacer a continuación.

''¿Y si la quemas?'', preguntó el niño.

''No se puede cauterizar tan cerca de la arteria'', dijo Vannis. Miró al anciano. ''¿Tienes alguna medicina?''.

''Nada que pueda servir para esto''.

Vannis observó a su compañero herido, sopesando algo en su mente. ''¿Qué tal un sanador?'' susurró.

''Tendría medicinas, pero el más cercano...''.

''No esa clase de sanador''.

El anciano se quedó callado un momento. ''No conozco a nadie así''.

Parecía que Vannis quería insistir en eso, pero se mordió la lengua y decidió inspeccionar la cabaña.

El niño siguió la mirada del cazador de magos. Encontró una pila de pieles en una esquina, una hamaca tejida en otra y una banca de trabajo de un tallador retacada con decenas de patos de madera contra una pared. No había nada que pudiera ayudar.

''El ganado'', dijo Vannis.

El granjero palideció con la sola mención de los animales muertos. ''¿Qué hay con eso?''.

''¿Alguna vez padecieron el gusano de la tiña?''.

''Sí. Lo quemamos con un pulverizado de cáustico lunar''.

''Si cortamos la fuente y usamos una delgada venda del pulverizado para el resto, tal vez funcione'', dijo Vannis. ''¿Dónde está?''.

El granjero se asomó por la ventana. Parecía dudar, tal vez trataba de recordar dónde buscarlo en medio de todo ese desorden.

Un profundo sonido gutural emergió de la garganta de Marsino. Se convulsionó violentamente y se balanceó hacia el borde de la mesa, con la daga apretada entre sus dientes.

Vannis retuvo por los hombros al hombre herido. ''¿Dónde está el pulverizado?''.

Las piernas de Marsino se sacudían y el granjero batallaba con ellas. ''Está en el granero, pero...''.

Marsino gimió.

''¡Yo lo traeré!'', dijo el chico mientras daba media vuelta y corría hacia fuera.




El fresco aire de la montaña chocaba contra su cara mientras se apresuraba al granero, la temperatura subía en sus piernas y pulmones. La puerta del granero estaba a menos de veinte pasos cuando sintió un escalofrío en su espalda.

Se detuvo en seco.

El bosque a su alrededor se mostraba oscuro y silencioso. Buscó entre la densa maleza hasta el más mínimo indicio de magia, pero no encontró nada. El vapor y el humo aún se elevaban de entre las ardientes pilas en la pastura. La sensación del cosquilleo se extendió por toda su espalda... aquí había algo cerca.

Tenía que prevenir a Vannis, pero sabía que no debía gritar.

¿Debía regresar?

Otro grito agonizante brotó de la cabaña. Marsino necesitaba que él fuera valiente.

Inhaló profunda y solemnemente, y corrió a toda velocidad hacia el anexo. Sus temblorosas manos lidiaron con el cerrojo hasta que finalmente consiguió abrir la puerta, entró y la cerró de un golpe.

Una descarga recorrió su espalda.

Se tropezó y cayó en un estante de herramientas abandonadas. Palas y piquetas golpearon estruendosamente el suelo.

Eso estaba dentro del granero.

El chico buscó su daga, pero solo encontró su funda vacía. Se la había entregado a Marsino. Un destello plateado irradiaba desde uno de los establos.

Intentó ponerse en pie, pero sus piernas se rehusaban a hacerlo. El brillo se intensificó cuando una forma salió del establo y dobló la esquina. Nunca había visto una luz tan cegadora. Distorsionaba el mismísimo aire generando oleadas de colores.

La figura se acercó.

Un zumbido llenó sus oídos como un ejército de abejas revoloteando dentro de su cabeza. El chico retrocedió rápidamente con una mano protegiendo sus ojos y con la otra buscando un arma en el suelo. No encontró nada.

El mundo se desvaneció detrás de un haz de luz y de color.

Un sonido intentó atravesar el zumbido mientras que la forma cruzaba el brillo radiante. Su mente luchaba por encontrarle sentido a lo que estaba sucediendo hasta que una sola palabra dejó todo claro...

''¿Papá?''.

Con esa palabra el mundo recobró todo el sentido.

Era una niña pequeña.

Lo miró fijamente con la mirada llena de miedo. La corona a su alrededor volvió a brillar con más intensidad. Tiró del niño, obligándolo a acercarse y a tocar su resplandor.

''¿Quién... quién eres?'', preguntó la niña.

''Soy… Sylas''. Se puso de pie y extendió su mano. ''No te haré daño... si tú tampoco a mí''.

La chica cerró sus manos y las presionó contra su pecho. ''Yo nunca le haría daño a nadie...'', contestó ella, bajando la mirada. ''Al menos no a propósito''.

El chico recordó al ganado de la pastura. Hizo a un lado el pensamiento y se concentró en la niña de cabello dorado. Lucía pequeña y perdida, incluso estando en su propio hogar.

''Te creo'', dijo el chico. ''No siempre es... sencillo''.

La luz alrededor de la niña se debilitó y la presión sobre él menguó.

Ella levantó la mirada hacia el niño. ''¿Has visto a mi papá?''.

''Él está en la cabaña. Está ayudando a un amigo mío''.

Con timidez, ella extendió su mano para tomar la del chico. ''Llévame con él''.

Él retrocedió. ''No puedes entrar'', le dijo.

''¿Algo malo le ocurre a papá?''.

''No. Es solo que... él está ayudando a un cazador de magos''.

La pequeña se estremeció al escuchar la palabra y el interior del granero se iluminó nuevamente. Ella comprendía el peligro.

''¿Tú eres un cazador de magos?””, preguntó con voz temblorosa.

La pregunta hizo que algo se retorciera en lo más profundo del chico.

''No'', contestó. ''Yo soy como tú''.

La niña sonrió. Era una sonrisa genuina que llenó su corazón de una manera en la que ningún elogio proveniente de un cazador de magos lo había hecho.

Otro grito surgió de la cabaña principal.

''¿Papá?''.

''Es mi amigo. Debo regresar'', dijo él. ''¿Puedes ocultarte hasta que nos marchemos? ¿Puedes hacerlo?''.

La niña asintió.

''Bien'', contestó el niño. ''¿Sabes dónde está el cáustico lunar?''.

Ella señaló una vasija de arcilla que se encontraba en un estante angosto.




El chico tomó el recipiente y salió a toda velocidad del granero. Al acercarse a la cabaña, escuchó otro gemido agonizante. Se esforzó para apresurarse más e irrumpió por la puerta.

''Lo encontré'', dijo, con el recipiente en sus manos como si fuera un trofeo.

El silencio inundó el recinto.

Vannis observaba fijamente el cuerpo sin vida de Marsino. Solo el granjero se giró hacia la puerta.

Los ojos del anciano reflejaban miedo y rencor. Era el mismo reflejo que el chico había visto en los ojos de las almas que desesperadamente intentaban ocultar su dolor.

El anciano tomó su alabarda lentamente, su mirada iba del chico a Vannis, quien aún no había pronunciado palabra alguna y permanecía inmóvil.

El chico negó con la cabeza, implorando silenciosamente al hombre que parara.

El granjero se detuvo y miró hacia el granero antes de devolver la mirada al chico.

Él le ofreció al padre una sonrisa tranquilizadora.

El anciano lo consideró por un momento y después apoyó su arma contra el muro.

Vannis finalmente despertó del trance. ''¿Por qué tardaste tanto?'', preguntó el cazador de magos.

''No es culpa del chico. No había manera de salvar a su amigo''.

Vannis retrocedió del cuerpo y se sentó en el catre.

''Él es la razón del porqué estamos aquí'', dijo con desdén. ''¿Sabe? Él es uno de ellos''. Haciéndose pasar por alguien normal''.

''Su amigo no creía eso'', dijo el granjero. ''Honre ese recuerdo''.

Vannis retiró la mirada del cuerpo de Marsino. Fijó su atención en las decenas de herramientas para tallar y en las figuras de madera que estaban esparcidas por el suelo debajo de la hamaca.

''Él era un joven tonto que sentía las cosas con demasiada profundidad'', dijo finalmente. Después de eso, Vannis permaneció en profundo silencio, aparentemente con su mente en otro lugar.

El granjero y el chico se unieron a él en la incómoda inmovilidad, sin saber qué más hacer.

''Así que, ¿usted y yo cazaremos a la bestia?'', preguntó Vannis al anciano.

''No es necesario'', contestó el granjero. ''Ocúpese de su amigo. Tengo una carreta. Es suya''.

''No me parece apropiado dejarlo aquí... solo'', dijo Vannis. ''Estaría abandonando a un hermano''.

La voz del cazador de magos tenía una sutil agudeza que hizo que el niño se sintiera intranquilo. Era pena transformada en sospecha. El apesadumbrado mentor se había convertido nuevamente en el interrogador.

''Me las arreglaré'', dijo el granjero. ''Lo he hecho desde los días en que vestía de azul''.

''Por supuesto'', dijo Vannis sonriendo.

El cazador de magos saltó desde el camastro, se abalanzó sobre el granjero y lo azotó contra el muro; la punta de su daga estaba a centímetros de la garganta del hombre.

''¿Dónde está?''.

''¿Qué?'', preguntó el granjero, con la voz temblorosa y con un tono de confusión.

''¿Su bestia?''.

''E-está en el bosque''.

''¿Se refugia en la cabaña por las noches?''.

''¿Qué?'',

''La hamaca'', dijo Vannis señalando el cordón entretejido. ''Cuando pasas suficiente tiempo en combate, se convierte en tu mejor amiga''.

Vannis presionó la daga contra la carne del hombre. ''Así que, ¿por qué el catre?''

''Le... pertenecía a mi hija'', contestó el granjero, su mirada se desvió momentáneamente hacia el chico. ''Falleció el invierno pasado''.

El niño observó el catre. Lo habían construido para un niño.

Pero no solo estaba el catre. También había un tazón y una cuchara de madera, y una espada de práctica demasiado pequeña para un adulto. Si él podía distinguir que todo era mentira, entonces...

''Visitemos su tumba'', dijo Vannis.

''No podemos'', dijo el granjero avergonzado, apartando la mirada. ''La bestia se la llevó''.

''¿Al igual que a su ganado?'', dijo Vannis con desprecio. ''Le apuesto a que si hacemos una búsqueda meticulosa, la encontraremos en su granja''.

''Aquí no hay nada'', dijo el chico. ''Deberíamos partir''.

''¿Qué es lo que ves en sobre esa mesa, niño?''.

Miró fijamente al cuerpo de Marsino. Inerte y con los ojos abiertos llenos de sangre. La plaga de tentáculos lo había ahorcado y había cubierto su rostro.

''¿Qué es lo que ves!''.

''A Marsino... veo a Marsino'', dijo el chico, con las palabras ahogándose en su garganta.

''A un cazador de magos, chico. Uno de los míos'', dijo Vannis derramando enojo y dolor en cada palabra. ''¿Qué es él para ti?''.

Marsino había sido el único cazador de magos que lo había tratado con amabilidad. A pesar de su condición, lo había aceptado como verdadero demaciano.

''Él era mi amigo''.

''Sí... y lo asesinó un mago'', dijo Vannis. ''Este hombre nos está ocultando a uno de ellos. A un mago peligroso''.

El chico recordó el intenso brillo de la pequeña niña y la carne calcinada del ganado muerto.

''¿Qué hacemos?'', le preguntó Vannis.

El chico limpió los bordes de sus ojos con su manga. ''Nosotros mantenemos el orden. Defendemos la ley''.




Vannis llevó al chico y al granjero al exterior, conduciéndolos con su báculo. Los tres permanecieron en el prado observando el granero y la letrina. Golpeó al hombre en las costillas con el báculo.

''Llama a tu hija''.

El granjero hizo una mueca por el golpe. ''Ella no está aquí'', dijo. ''Falleció''.

''Eso lo veremos''.

El anciano observó al chico, rogándole en silencio.

''Inspeccionaré el granero'', dijo el chico.

''No. Deja que ella venga a nosotros''. Vannis golpeó la cabeza del granjero con el borde de su báculo, derribándolo.

''¡Sal! ¡Tenemos a tu padre!''.

No hubo respuesta. Tampoco movimiento. Y después el hombre gimió de dolor.

El chico giró para encontrarse con el granjero tambaleándose sobre una rodilla, sujetándose la sien. La sangre se derramaba debajo de los dedos del hombre, manchando sus manos. Vannis se irguió sobre él, preparado para atacar de nuevo.

''¿Qué estás haciendo?''

''Lo que debe hacerse'', dijo Vannis con el rostro contorsionado por la furia y el dolor.

Un escalofrío recorrió la espalda del niño. Y una vez más, los finos vellos de sus brazos y de su cuello se erizaron.

La puerta del granero crujió abriéndose.

''Eso es, ven'', dijo Vannis.

La oscuridad enmarcó la puerta. Pequeñas pisadas se acercaron. La pequeña niña atravesó el umbral y salió. Sus ojos llenos de pánico se centraron en su padre herido.

''Papá...'', dijo, con lágrimas cayendo por su rostro.

''Todo está bien'', tartamudeó el granjero ensangrentado. ''Papá solo está hablando con estos hombres''.

Todos vieron cómo la chica se acercó a ellos, pero los hombres no estaban conscientes de lo que solo el niño podía ver.

Ella brillaba como el sol de mediodía.

El poder de su interior palpitaba y modificaba los colores. Brillaba con tal resplandor que parecía doblar a la luz misma. Era como un arcoíris viviente.

Esta era su desgracia: su don.

Solo él podía ver la belleza fundamental y la naturaleza de la magia. Vivía dentro de esa aterrada niña al igual que vivía en todos los magos de Demacia, y posiblemente en todo el mundo. ¿Cómo podía él traicionar eso? El chico había visto todo lo que necesitaba ver.

''Ella es... normal''.

''¿Estás seguro? ¡Vuelve a mirar!''.

Él se giró hacia el cazador de magos. Para Demacia, Vannis era un baluarte venerado, un protector contra la amenaza de la magia, pero para el chico, él era un simple hombre aferrándose a la tradición.

''Te equivocaste. Deberíamos partir''.

Vannis lo miró por un instante, intentando percibir un engaño. El cazador de magos negó con la cabeza y frunció el ceño.

''Veremos si pasa las pruebas'', dijo sacando su Marcagrís de su capa.

Los ojos del granjero se abrieron más al ver el emblema de petricita.

''¡Corre, niña! ¡Corre!'', gritó el anciano mientras se incorporaba y se abalanzaba sobre Vannis.

El cazador de magos se movió rápidamente, enterrando su báculo en el abdomen del hombre. El hombre se tambaleó por el golpe, generando distancia entre los dos. Vannis se lanzó hacia delante y dirigió el báculo a la cabeza del hombre. Su cabeza se destrozó, brotando de ella un color carmesí.

La pequeña gritó. De sus manos chisporrotearon chispas de luz, y en esta ocasión, eran visibles para todos.

Vannis sostuvo su Marcagrís capturando los arcos resplandecientes en la piedra, suprimiendo la magia. Pero rápidamente la petricita se oscureció y se quebró, superada por el poder de la niña. Vannis dejó caer el disco arruinado y se dio la vuelta, balanceando su báculo de madera hacia la cabeza de la pequeña.

''¡No!''.

El niño corrió hacia la niña, lanzándose entre el pesado báculo y los estallidos de torrentes de luz. Los vellos de sus brazos se chamuscaron y de sus dedos surgieron ampollas al tocar a la pequeña maga.

Un arco retorcido de relámpagos perforó su mano y una corriente abrasadora recorrió su piel, provocando que todo su cuerpo se contorsionara. El corazón del chico se tensó y todo el aire de su interior abandonó su cuerpo. Jadeó intentando respirar, pero solo atrajo un vacío.

Los bordes de su visión se nublaron y los colores desaparecieron conforme una magia letal lo inundaba. Vannis lucía inmóvil, con el báculo a medio movimiento, como una estatua antigua representando a un héroe del pasado. La pequeña también estaba petrificada, sus lágrimas eran cristales opacos mientras que el brillo radiante de su alrededor se atenuaba y se desvanecía...

Y entonces, los pulmones del chico se llenaron de aire.

Su corazón se aceleró bombeando una calma ensordecedora por todo su cuerpo. La llamarada en su interior permaneció, pero no amenazaba más con consumirlo. Por el contrario, fluía y lo atravesaba con tranquilidad, y por breves instantes, se sintió maleable a sus pensamientos. De pronto, se encendió y resplandeció de una manera tan abrasadora que no pudo contenerla más en su interior.

La luz brotó de sus manos y el mundo desapareció.




Sylas abrió los ojos. Tres cadáveres carbonizados yacían esparcidos sobre el suelo chamuscado. Uno de ellos sostenía un báculo deformado y astillado con su mano. Los otros dos habían caído uno cerca del otro con los brazos extendidos para alcanzarse, pero separados para siempre. Sus ojos se humedecieron al ver su fracaso y el arrepentimiento se apoderó de su corazón. Se puso de espaldas y se estremeció.

Innumerables estrellas se extendían por un firmamento sin nubes. Las vio pasar a través de la oscuridad y desaparecer detrás de un dosel oscuro de árboles.

El cielo nocturno se tornó de color púrpura antes de que finalmente se pusiera de pie.

Sus piernas se estremecieron mientras cojeaba para alejarse de la carnicería. Se detuvo a una corta distancia, pero no miró hacia atrás.

No tenía necesidad de hacerlo. Aquellas imágenes permanecerían con él por el resto de su vida. Los apartó de sus pensamientos y observó las cimas de las montañas que se extendían en el horizonte.

No tenía intención alguna de cabalgar hacia Muroviejo, o hacia alguna de sus fortalezas. Ninguna oración ni plegaria lo salvarían de su castigo. Con el tiempo lo buscarían y no se detendrían hasta llevarlo ante la justicia. Después de todo, la ley se debe defender.

Pero él conocía sus formas, y Demacia era vasta.

Fin de esta lectura

Abrir esta lectura por separado · Publicación original · Riot Games ↗

Un mundo lleno de vida

Lugares y vida cotidiana · Demacia

Raptores de DemaciaRiot Games

Raptores de Demacia

Originarios de los altos desfiladeros, los raptores son depredadores voraces. Sin embargo, se sabe de individuos excepcionales capaces de generar un vínculo tan cercano con estas criaturas que incluso permiten que los cabalguen. Estos jinetes sirven a la milicia demaciana, explorando y hostigando a las líneas enemigas.

Universo de Riot · Archivo regional

Armas demacianasRiot Games

Armas demacianas

La filosofía del diseño de Demacia es elegante, aunque minimalista y austera. Ni sus armaduras ni armas están ornamentadas en exceso.

Universo de Riot · Archivo regional

Milicia de éliteRiot Games

Milicia de élite

Demacia posee un pequeño ejército permanente de élite. Tanto los capitanes como los generales lideran desde el frente y sus guerreros los siguen con una disciplina inquebrantable.

Universo de Riot · Archivo regional

Acero demacianoRiot Games

Acero demaciano

En ocasiones denominado como acero de plata o acero rúnico, esta aleación es codiciada en toda Runaterra. Se rumora que los armeros demacianos enfrían el metal en agua bendita para ofrecer protección contra la magia durante la batalla.

Universo de Riot · Archivo regional

La historia de la región

Descubre lo que pasó aquí

  1. Las Guerras Rúnicas y un nuevo refugioLa era de la fundación de Demacia
  2. Demacia y la rebelión de los magosHilo regional paralelo · la crisis real

Historias personales

Campeones · Demacia

Historias relacionadas · Demacia

Historias relacionadas con los personajes de la región; algunos viajes continúan más allá de sus fronteras.

Las publicaciones originales

Fuentes y lecturas relacionadas

El panorama regional de Riot y las descripciones de lugares se conservan con atribución. Los relatos regionales describen su período de publicación; las historias posteriores pueden cambiar la situación.

  1. demacia · Universo de Riot ↗
  2. lux · biografía ↗
  3. garen · biografía ↗
  4. sylas · biografía ↗
  5. jarvaniv · biografía ↗
  6. galio · biografía ↗
  7. El Magoseeker · Rebelión Forja ↗
  8. Murallas y defensas monumentales de Demacia, ilustradas para Un corazón de Demacia. Esta vista regional oficial aporta contexto sobre las instituciones del reino y su trato a los magos. ↗
  9. LUX: LUZ VINCULANTE ↗
  10. The Mageseeker: avance de lanzamiento ↗
  11. Cuentos de Runaterra: Demacia ↗
  12. Shyvana, la Medio Dragón ↗

El Círculo de las Runas

¿Qué pregunta te dejó esta historia?

Comparte una duda o una teoría con los lectores del Círculo.

Conversar sobre esta lectura ↗

Publicación oficial

Se abrirá el sitio del editor. Si no carga, utiliza el enlace directo. Abrir el original en otra pestaña ↗