Sylas y la crisis de Demacian — ilustración oficial de Riot

Historia regional · Demacia

Sylas y la crisis de Demacia

Sylas y los conflictos que Demacia intentaba mantener ocultos.

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Ilustración · Riot Games

El recluta, la historia de Riot Sylas, sigue la causa de la reunión en torno al mago desencadenado. · Riot Games

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The Mageseeker: avance de lanzamiento

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The Rune · Historia regional

Sylas y la crisis de Demacia

Una rebelión revela una fractura anterior

La rebelión de Sylas vuelve visible una crisis que ya existía en Demacia. Él no creó el miedo a la magia, el sufrimiento de los prisioneros ni la protección desigual de las leyes. Su fuga llevó esas tensiones al enfrentamiento abierto y dio a las personas perjudicadas una figura alrededor de la cual organizarse.

Su relación con Lux conecta el conflicto público con un acto privado de confianza. Ella reconoció a una persona en la prisión donde el estado había colocado una amenaza. Sylas vio tanto el poder que poseía como los límites del mundo que quería transformar. La compasión y los objetivos políticos no los condujeron a las mismas decisiones.

Un corazón de Demacia regresa a la juventud de Sylas y a la institución que utilizó su habilidad para sentir magia.Riot Games

Cuando el levantamiento se extendió, Demacia afrontó preguntas que no podían resolverse mediante un duelo o un arresto. Las responsabilidades de Jarvan quedaron unidas al duelo y a la ira. Lux intentó proteger a quienes estaban entre la represión y la revuelta. Sylas emprendió una campaña en la que liberar a los magos podía entrar en conflicto con otras vidas y lealtades.

La crisis continúa en el cómic Lux y en The Mageseeker, donde las instituciones y las relaciones avanzan más allá de sus posiciones iniciales. Leer a Sylas únicamente como villano o libertador reduce ese desarrollo. La historia regional trata de un reino obligado a reconocer daños normalizados; su biografía, de la persona cuyo sufrimiento, descubrimientos y decisiones ayudaron a forzar ese enfrentamiento.

La libertad y la venganza pueden separarse

La ira de Sylas tiene una historia concreta, pero no vuelve igualmente defendibles todas las estrategias que nacen de ella. Liberar prisioneros y dañar a personas relacionadas con el antiguo orden son acciones distintas, aunque las realice el mismo movimiento. Esa diferencia es central para entender su conflicto con Lux. Coincidir en que la persecución es injusta no produce un acuerdo automático sobre a quién se puede poner en peligro para terminarla.

La última luz sigue a Lux y las difíciles elecciones que rodean su magia oculta.Riot Games

La rebelión también tiene que convertirse en algo más que la biografía de su líder. Sus seguidores llevan necesidades propias y la sociedad que esperan construir deberá responder a preguntas que la venganza no resuelve. The Mageseeker desarrolla esa tensión mediante el movimiento más amplio que se enfrenta a la institución. Su desenlace político importa porque una revuelta cambia el mundo mediante lo que deja en pie, no solo mediante los enemigos que derrota.

La respuesta del reino también cuenta

Demacia no puede entender la crisis preguntándose solo cómo detener a Sylas. También debe preguntarse por qué tantas personas reconocían su sufrimiento en aquella revuelta. Los cambios en los Buscadores de Magos abordan una fuente de violencia institucional, mientras la monarquía y sus ciudadanos siguen afrontando la tarea más larga de reconstruir la confianza. Ese es el significado regional de su historia: una fuga individual obligó a un país a reconocer un problema que trataba como una suma de personas aisladas a las que castigar.

Fin de esta lectura

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3 lecturas

Riot Games · Relato completo

El recluta

Publicado 2019-01-25

El sol estaba en su punto más alto, lo suficiente como para iluminar los campos de exiliados que estaban ocultos en la profundidad del cañón. Desde la sombra de su cobertizo, Sylas de Dregbourne aguardaba pacientemente el regreso de su centinela. Finalmente, la vio rodeando el espiral de piedra en la boca de la grieta, conduciendo a un joven desconocido de ojos muy abiertos hacia el campamento.

''Él es Happ'', dijo la centinela. ''Quiere unirse''.

Sylas salió de su refugio, dedicando una mirada casual al chico. ''Ah, ¿sí?''

''Lo conozco del subsuelo. Los cazadores acabaron con su familia. Logró escapar por muy poco''.

Sylas asintió y evaluó al joven en silencio. Podía sentir cómo el chico había sido bendecido con una magia muy poderosa; un manto oscuro y letal. En cuanto a lo demás sobre él, Sylas no veía nada.

''Es un buen chico'', aseguró la centinela. ''Y proviene de Dregbourne''.

El ceño de Sylas se frunció por una grata sorpresa, como si estuviera conociendo a un pariente del que no sabía sobre su existencia.

El joven tartamudeó para presentarse. ''Yo... yo pensé que tal vez... me podría unir a su causa... señor''.

El campamento entero de fugitivos rompió en risas. La mirada del niño se desplazó por los rostros sonrientes, buscando algo que le indicara qué había hecho mal.

''Aquí no hay ningún señor'', dijo Sylas riendo. ''A menos que quieras dirigirte a todos los que estamos aquí de esa manera''.

''Sí, señ... sí'', dijo el joven, por poco repitiendo su error.

El recluta, avergonzado, parecía estarse cuestionando si había tomado la decisión correcta al venir al campamento. Sylas colocó un pesado brazo con grilletes sobre el hombro del chico, con la esperanza de aminorar su vergüenza.

''Tranquilo, Happ. Aquí nadie te juzgará. Estamos muy lejos de Dregbourne''.

Sylas sintió cómo la postura del chico se relajaba.

''Conozco tu lucha. Ellos siempre te observan, te persiguen y te hacen sentir inferior. Eso no pasa aquí. Aquí, tú perteneces''.

Happ sonrió mirando sus pies, como si se sintiera indigno de esta alegría recién descubierta.

''¿Sabes por qué uso estas cadenas?'', preguntó Sylas.

El recluta negó con la cabeza, demasiado tímido como para intentar adivinar.

''No solo son armas. Son un recordatorio de donde venimos, de todo lo que somos capaces y de nuestra próxima liberación. ¿Estás conmigo?''

''Sí. Sí, quiero ser libre''.

''Muy bien'', contestó Sylas. ''Esta noche, romperás tus propias cadenas''.




La oscuridad comenzaba a caer y el arbusto sombrío que estaba junto al camino era perfecto para una emboscada. Ahí, Sylas aguardó junto con doce magos de su entera confianza. A su lado, el recluta desquitaba sus nervios con sus uñas.

''No te preocupes'', le dijo Sylas, ofreciéndole una sonrisa. ''Yo estaba nervioso en mi primera vez. Después de un tiempo, se convierte en algo tan natural como respirar''.

Antes de que los nervios del recluta pudieran disiparse, el estruendo de los cascos y las ruedas de una carreta resonaron a la distancia, como una tormenta que se avecina. En cuestión de segundos, el carruaje apareció en el sendero ante los bandidos acechantes.

Un instante antes de que los caballos llegaran, Sylas les dio la señal a sus camaradas y la emboscada comenzó.

Con un movimiento de su muñeca, un anciano mago desaliñado invocó un grueso cordel de enredaderas de hierro que se esparcieron a lo largo del camino, aprisionando las rodillas de los caballos al galope. El alboroto era ensordecedor: los caballos cayeron de cabeza al suelo y el carruaje a toda velocidad sobre ellos.

Los magos salieron de su escondite y sometieron a los aturdidos ocupantes del carruaje, haciendo uso de múltiples hechizos y armas. Sylas saltó, se colocó encima del carruaje volcado, ansioso por apoderarse de los pasajeros del desprotegido vagón.

''Vamos, recluta'', dijo llamando a Happ con señas para que el chico se uniera a él.

Happ lo siguió hasta la cima del vagón y comenzó a ayudar a abrir la puerta. Se abrió de golpe, revelando a un hombre de la nobleza bastante golpeado. Los ojos de Sylas destellaron con un brillo malicioso.

''Vaya, vaya... mire quién está arrodillado ahora, mi señor'', dijo Sylas, extendiendo su mano.

El noble se enfureció. A pesar de estar herido de gravedad, su odio hacia Sylas permanecía intacto.

''No me inclinaré ante los tuyos''.

''Bien'', le dijo Sylas. ''Porque no me gustaría que se perdiera esto''.

En minutos, todos los guardias del noble y el resto de la dotación formaban una fila en el camino, con las manos atadas. Sylas caminaba recorriendo la fila para reconocer individualmente a cada uno de los prisioneros.

''Siento dolor por todos ustedes. En verdad'', dijo Sylas. ''Son solo piezas en su rueda''.

Sylas hizo una pausa y su tono cambió drásticamente, señalando al noble que estaba atado.

''Pero ustedes eligieron servirles... y por lo tanto, servir a su causa''.

Sylas · ilustración de personaje de Riot GamesRiot Games

Se giró para hablar con su grupo de exiliados, formulándoles una pregunta con una fuerte voz.

''Hermanos y hermanas, estas personas trabajan para servir a los cerdos. ¿Eso en qué los convierte?''.

''¡En cerdos!'', contestaron los marginados.

''¿Debemos dejarlos en libertad?''.

''¡No!'', gritaron los magos.

''¿Qué ocurre si cambian de parecer? ¿Y si prometen jamás volver a molestarnos?'', preguntó Sylas, con una tímida sonrisa dibujándose en los bordes de su boca.

''¡Estarían mintiendo!'', gritó el desaliñado mago anciano que se encontraba en el arbusto.

''¡No podemos confiar en ellos!'', dijo otro miembro del grupo.

''Entonces, ¿qué se supone que hagamos con ellos?'', preguntó Sylas.

''¡Deben morir!'', vociferó un mago joven, haciendo patente que su odio rebasaba su edad.

Otros gritaron expresando su consentimiento, hasta que la frase resonó extendiéndose en la tierra: ''¡Los cerdos deben morir!''.

Sylas asintió, como si lentamente estuviera siendo persuadido por esas palabras.

''Entonces, así será''.

Con suavidad, Sylas tocó el hombro de su recluta. Sus cadenas de petricita comenzaron a expulsar humo oscuro. Cerró los ojos, deleitándose con el poder que había tomado.

Al ver eso, los cautivos se estremecieron de miedo. Muchos se pusieron de rodillas y lloraron, rogando ser salvados. El único que se erguía con orgullo era el noble, desafiando sus circunstancias, mientras que Sylas se dirigía a su dotación con una finalidad sombría.

''Me causa dolor saber que no puedo mostrarles la belleza del mundo que está por venir''.

Las palabras provocaron en el joven recluta un escalofrío.

''No, Sylas'', protestó Happ. ''Ellos son solo... personas''.

Ignorando las súplicas, Sylas extendió sus brazos y dedos, y liberó toda la magia que estaba contenida en sus guanteletes. Una oscura nube densa surgió en ondas desde sus dedos y se acumuló sobre las cabezas de la dotación del noble. Casi a la par, comenzaron a arañar sus gargantas mientras se asfixiaban. Instantes después, todos cayeron muertos sobre el suelo.

Un silencio sepulcral invadió a los magos, testigos diligentes de la ejecución. El noble lloraba en silencio; las gotas caían por sus tensos labios. El único sonido provenía del recluta.

''No... ¿Por qué?'', dijo Happ, cayendo sobre sus rodillas.

Sylas tranquilizó al chico e hizo que se pusiera nuevamente de pie, consolándolo con un gesto paternal.

''Happ, tú querías ayudar a la causa. ¡Esta es! Esta es nuestra liberación...''.

Guio al recluta con gentileza hacia el noble y lo instó a avanzar.

''...un señor muerto a la vez''.

Happ observó al noble a través de sus ojos llorosos. Extendió su mano temblorosa, preparándose para terminar con la vida que se encontraba ante él. Después, dejó caer su brazo.

''No... puedo hacerlo''.

La paciencia afectuosa de Sylas comenzó a desaparecer.

''Este hombre no es tu amigo. Los cimientos de su fortuna son tu sufrimiento. Él preferiría verte colgado que mostrarte cualquier indicio de bondad''.

El recluta no estaba dispuesto a ceder. Finalmente, el noble habló.

''Eres un monstruo'', dijo, con la voz quebrantada.

''Sí'', contestó Sylas. ''Lo mismo dijeron los tuyos cuando me encerraron en la oscuridad''.

Sylas extendió su mano, su grillete resplandecía débilmente. La magia que había tomado de Happ reunía un último suspiro de oscuridad. La pequeña nube oscura cubrió el rostro del noble, extrayendo el aire de sus pulmones. Mientras el hombre se retorcía, Sylas miró al recluta, no con enojo, sino con dolor.

''Lo siento, Happ, pero no estás listo para ser liberado. Vete. Regresa a tus cadenas''.

Sylas observó cómo Happ se giró para marcharse, sus ojos reflejaban vergüenza. El recluta miró el carruaje descarriado frente a él, y hacia el largo sendero de tierra que lo llevaría de vuelta a la capital. Sylas casi podía sentir lo que el chico pensaba, temiendo la miseria que le aguardaba en su antigua vida.

Happ se agachó, tomó una daga de la mano del cochero muerto, y regresó con el noble, quien yacía en el suelo, aún luchando por respirar.

''Estoy listo''.

Mientras el joven levantaba la daga sobre el noble, la tristeza de Sylas se convirtió en absoluta felicidad. Sin importar a cuántos liberaba, esto siempre lo hacía sonreír.

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Anthony Reynolds · Relato completo

Las cadenas de la fe

Publicado 2019-11-09

Thorva, una Hermana de la Escarcha, tiró de las riendas y, como respuesta, su gigantesco drüvask se detuvo junto a la Madre Vrynna Pielmarcada de la Garra Invernal. La bestia peluda y desaliñada resopló a modo de protesta, su respiración tibia se convertía en vapor en el aire.

''Calla, Diente Helado'', dijo Thorva. Los amuletos y los tótems de hueso que envolvían su muñeca tintinearon cuando le dio unas suaves palmadas a su testaruda montura.

Un viento que calaba los huesos recorría el paisaje desolado. No obstante, entre los miembros del grupo de asalto, Thorva era la única que no portaba pieles pesadas ni indumentaria de cuero. Sus brazos, tatuados con una tinta índigo en espiral, estaban descubiertos, pero ella no mostraba ninguna señal de incomodidad, puesto que el frío había desistido en reclamarla hacía ya mucho tiempo.

La imponente figura de la Madre Vrynna Pielmarcada estaba sentada a horcajadas sobre otro jabalí drüvask, un coloso colmilludo aún más grande que el que montaba Thorva. Gruñó y pisoteó el suelo con su gigantesca pezuña hendida mientras le dedicaba a Thorva una mirada amenazante. Bastó una patada de Vrynna para acallarlo.

La madre marcada era una veterana despiadada. Sus victorias eran muchas, todas ellas sangrientas, pero Thorva se negaba a ser intimidada. Aunque su nombre aún no era conocido a lo largo del Fréljord como el de la madre marcada, ella era una shamanka, alguien que soñaba con la voluntad de los dioses. En ese sentido, incluso las matriarcas más poderosas del Fréljord sabían que debían de respetar la fe ancestral.

El resto del grupo de asalto de la Garra Invernal detuvo sus monturas, esperando a su madre pielmarcada y a su shamanka. Habían mantenido un ritmo constante a lo largo del día, dirigiéndose al este, a las profundidades del territorio avarosano. Este era el primer alto que hacían en muchas horas, por lo que aprovecharon la oportunidad para desmontar, estirar la espalda y sacudir las piernas entumecidas.

El viento aumentó, cubriendo a Thorva con nieve y hielo.

''Se avecina una tormenta'', dijo.

Vrynna, cuyo rostro estaba recubierto de cicatrices antiguas, no respondió y siguió mirando hacia el sur. El ojo derecho de Vrynna estaba nublado y ciego, y tenía un mechón blanco en medio de su cabellera oscura. Lo que sea que le hubiera provocado esas heridas, definitivamente dejó su marca. Para los miembros de la Garra Invernal, esas cicatrices eran causa de orgullo y devoción, eran la marca de una sobreviviente.

''¿Ves algo?'', preguntó Thorva.

Vrynna asintió y sostuvo su mirada en lontananza.

Thorva entrecerró los ojos, pero era poco lo que podía ver en medio del clima que empeoraba cada vez más.

''No veo nada''.

''Tus dos ojos están buenos, pero estás más ciega que yo, niña'', respondió Vrynna.

La escarcha comenzó a formarse alrededor de los nudillos de Thorva mientras apretaba sus manos, sus ojos se tornaban azul hielo. Sin embargo, ella sabía cómo controlar su furia, por lo que se forzó a respirar profundo.

Estaba claro que ni la madre marcada Vrynna ni la mayor parte de la Garra Invernal tenían tiempo suficiente como para dedicárselo a ella o a sus creencias. Tampoco ayudaba que Thorva hubiera decidido unirse al grupo de asalto sin invitación. Sin duda, Vrynna pensó que la figura de la shamanka podría distraer a los más supersticiosos, socavando su objetivo y su autoridad.

En realidad, fue un instinto difuso pero convincente lo que motivó a Thorva a unirse al grupo de asalto, a pesar de las protestas iniciales de la madre pielmarcada. Hacía mucho tiempo que había aprendido a confiar en esos impulsos, eran un don. Los dioses la querían aquí, pero desconocía el propósito.

''Allá, a un kilómetro hacia el sur'', señaló Vrynna. ''Cerca de esa saliente rocosa. ¿Ves?''.

Thorva asintió, por fin. Era posible distinguir a una figura solitaria, apenas un poco más visible que una sombra sobre la nieve. La idea de cómo Vrynna había visto a la figura era algo que la sobrepasaba. Frunció el ceño al sentir una sensación de picazón en la nuca. Había algo extraño en quienquiera que fuese esa silueta...

El viento sopló y la figura fue oscurecida una vez más; no obstante, la incomodidad que ella sintió permaneció ahí.

''¿Un explorador avarosano?''.

''No'', dijo Vrynna, negándolo con la cabeza. ''Está caminando contra un ventisquero cada vez más intenso. Ni siquiera un niño del Fréljord cometería un error como ese''.

''Un forastero, entonces. ¿Pero tan al norte?''.

La madre marcada Vrynna se encogió de hombros. ''Los avarosanos no siguen las viejas costumbres. Ellos comercian con los sureños, en vez de arrebatarles sus cosas. Tal vez es un comerciante que perdió su camino''.

Vrynna escupió despectivamente y condujo a su drüvask para que girara y pudieran continuar. Los otros guerreros atendieron a su señal y enfilaron a sus pesadas y colmilludas monturas de nuevo a lo largo de la montaña para dirigirse hacia el este. Thorva fue la única que permaneció allí, mirando atentamente hacia la tormenta.

''Tal vez nos haya visto. Si avisa de nuestra presencia, los avarosanos estarán preparados para nuestra llegada''.

''Ese tonto no le dirá nada a nadie, excepto, tal vez, a cualesquiera que sean los dioses que adoran en el más allá'', contestó Vrynna. ''La tormenta está empeorando. Habrá muerto al anochecer. Vamos, ya perdimos demasiado tiempo''.

Aun así, había algo que incomodaba a Thorva. Permaneció en el borde de la cresta, volteando a ver hacia el lugar en el que estaba el forastero solitario, a pesar de que, en realidad, no podía ver más allá de doce pasos adelante de ella. ¿Fue por esto que la trajeron aquí?

''¡Niña!'', gritó Vrynna. ''¿Vienes?''.

Thorva miró a Vrynna y después al sur.

''No''.

Con un empujón, Thorva condujo a su drüvask hacia el descenso de la cresta y se permitió sonreír con satisfacción al escuchar cómo Vrynna maldecía detrás suyo.


''Iremos tras ella, ¿cierto?''.

Quien hablaba era Brokvar Puño de Acero, un inmenso guerrero Hijo del Hielo que había sido su campeón y, en algún momento, su amante, por casi una década.

''Los dioses traerán la ruina a nuestra tribu si algo llegase a ocurrirle'', añadió Brokvar.

Si Vrynna se viera forzada a elegir solo a una persona en todo el Fréljord para pelear a su lado, escogería a Brokvar. Más alto por media cabeza que el siguiente guerrero más grande bajo su mando, Brokvar era tan fuerte que podía levantar a un drüvask, y también completamente confiable. Vivía para pelear, algo que hacía muy bien, y llevaba consigo el mandoble Lamento Invernal.

Esa espada era legendaria en la Garra Invernal y había pasado por varias generaciones de Hijos del Hielo durante siglos. Una esquirla de Hielo Puro incapaz de derretirse estaba incrustada en la empuñadura de Lamento Invernal y una escarcha crepitante recubría su filo. Cualquiera que no fuese un Hijo del Hielo y que intentara tomarla, incluida Vrynna, sufriría un gran dolor e incluso la muerte.

El único defecto de Brokvar era su superstición. Él veía presagios y profecías en todo, desde los patrones de vuelo de los cuervos hasta la sangre regada por la nieve y, para la mala suerte de Vrynna, prácticamente adoraba el suelo por donde caminaba esa shamanka engreída. Aun peor, al parecer otros guerreros bajo su mando habían adoptado su evidente devoción. Ella vio cómo varios de ellos asentían y hablaban en voz baja.

Contra su mejor criterio, Vrynna dio la señal y el grupo de asalto giró para seguir a la Hermana de la Escarcha.


La madre pielmarcada Vrynna tenía razón en una cosa: quienquiera que fuera el forastero solitario, poseía una noción sobre el Fréljord peor que la de un niño.

Al ver su cansado progreso a través de la nieve profunda, Thorva supo que el forastero moriría en una hora si ella se decidiera por dar la vuelta y alejarse. En realidad, era un milagro que hubiera llegado tan lejos, puesto que no estaba equipado para la brutalidad de la tundra ni contaba con el sentido de orientación más básico para andar seguro.

Mientras se acercaba, sin inmutarse por el viento penetrante que azotaba el paisaje desolado, vio cómo trastabillaba. Una y otra vez, el forastero luchó en vano por ponerse de pie, pero era obvio que no tenía más fuerzas.

No se percató de la presencia de Thorva. Ella se acercaba desde fuera de su campo de visión, por el flanco, detrás de él; sin embargo, él no giró para mirar atrás ni una sola vez.

Thorva revisó sus alrededores. Si hubiera lobos colmillofríos u otras bestias merodeando al forastero, ese sería el momento idóneo para atacar. Al ver que no pasaba nada, prosiguió.

Estaba lo suficientemente cerca como para apreciar la apariencia del forastero. Era un hombre, podía confirmarlo, ataviado con pieles y cueros, aunque no los portaba acorde al estilo del Fréljord. El insensato no llevaba consigo una lanza, un hacha, una espada o un arco. Thorva negó con la cabeza. En la Garra Invernal, los niños siempre llevan una espada consigo, desde que aprenden a caminar. Si bien ella misma tenía otras armas más arcanas a su disposición, siempre llevaba consigo tres cuchillas.

Algo aún más extraño eran las cadenas que el forastero arrastraba, soldadas a unos grilletes gigantescos con un diseño peculiar, alrededor de sus muñecas...


Ya era demasiado tarde ahora, pero Sylas de Dregbourne se dio cuenta de que había subestimado burdamente la hostilidad cruda y abrumadora del paisaje freljordiano. Tenía entendido que había un gran poder mágico aquí, en el norte, y ahora que había llegado, podía sentirlo prácticamente en sus huesos, pero también parecía un error el haber venido hasta acá.

Había escogido a una decena de magos para que lo acompañaran hacia el gélido norte, pero todos perecieron, uno tras otro, víctimas de tormentas de nieve, barrancos ocultos y bestias salvajes. Pensó que la amenaza más grande provendría de los bárbaros freljordianos, pero, hasta ese momento, no había visto ni una sola alma a lo largo de las semanas de su travesía.

No entendía cómo alguien podría vivir aquí.

Pensó que se habían preparado correctamente: se habían envuelto en pieles y lana, y habían cargado los grandes y peludos bueyes con comida, madera para hacer fogatas, armas y monedas con las cuales hacer negocios, provenientes de los cofres y baúles de los recaudadores de impuestos y de la nobleza de su tierra natal, Demacia.

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Ni siquiera los bueyes lograron sobrevivir y ahora Sylas caminaba solo.

Lo único que lo impulsaba eran su fuerza de voluntad y el deseo ardiente por ver destruidas a la monarquía y a las casas de los nobles demacianos.

De hecho, ya había gestado una resistencia considerable dentro de los límites de Demacia. Encendió los fuegos de la rebelión, pero se dio cuenta de que necesitaba más combustible para que ardiera en verdad. En su celda demaciana había devorado cada libro, crónica y tomo que pudo conseguir. En varios de ellos había referencias sobre la gran y terrible hechicería y magia ancestral de las lejanías del norte. Ese era el poder que él necesitaba. Incluso ahora, de frente a la muerte, creía que el poder que buscaba estaba cerca...

Sin embargo, ni siquiera su terquedad era suficiente como para superar el frío implacable. Sus manos y dedos de los pies estaban volviéndose negros y hacía ya algún tiempo que estaban completamente entumecidos. Llevaba a cuestas un pesado letargo, una carga que lo jalaba hacia el suelo.

Pensó haber visto a una columna de jinetes sobre una montaña distante hace un tiempo, pero no estaba seguro de si era real o el fruto de un delirio febril provocado por el agotamiento y la temperatura helada.

Sin embargo, detenerse significaba morir, eso lo sabía muy bien. Encontraría el poder que buscaba en el norte o estaría condenado.

Así es que se mantuvo andando a punta de esfuerzo, un pie adelante del otro, pero solo pudo caminar algunos pasos más antes de caer de bruces y permanecer inmóvil en la nieve.


Thorva negó con la cabeza al ver cómo caía y apresuró el paso de Diente Helado. El hombre no hizo ningún intento de levantarse esta vez. Ella pensó que estaba muerto, reclamado por los implacables elementos que ella ya no podía sentir.

Una vez que estuvo cerca, desmontó y se hundió casi hasta las rodillas al aterrizar. Se aproximó cuidadosamente al hombre boca abajo; cada pisada crujía a través de la nieve.

De nuevo, miró sus cadenas con curiosidad.

Si era un prisionero que había escapado, ¿de dónde provendría?

Si bien la Garra Invernal no tomaba prisioneros, en ocasiones sí los esclavizaban, aunque uno que no pudiera ser domado o golpeado para que sirviera era solo otra boca más que alimentar. Thorva no creía que los avarosanos fueran capaces de encadenar a alguien de esa manera. ¿Podría haberse escapado de las tierras del sur y cruzado las montañas distantes?

Tomó su báculo con las dos manos y lo usó para empujar al forastero. Al no obtener una reacción, Thorva colocó la base del báculo por debajo de su cuerpo y trató de usarlo como palanca para darle la vuelta. Era una tarea difícil, puesto que los gigantescos grilletes que llevaba el hombre consigo cubrían casi la totalidad de sus antebrazos y eran muy pesados. Gruñendo del esfuerzo, por fin logró darle la vuelta.

Giró inerte y su capucha de piel cayó hacia atrás. Sus ojos estaban cerrados y hundidos, sus labios teñidos de azul. Había escarcha en sus cejas, en sus pestañas y en sus mejillas sin afeitar. Su cabello oscuro, atado en una coleta suelta, estaba igualmente congelado.

La mirada de Thorva se vio atraída por las cadenas alrededor de sus muñecas. Si bien la Hermana de la Escarcha había viajado mucho, pues los deberes de su fe la habían llevado a diferentes tribus a lo largo de los años, estas ataduras hechas con una piedra pálida desconocida no se parecían a nada que hubiera visto con anterioridad. Había algo profundamente desconcertante en ellas. Incluso mirarlas resultaba incómodo; estaban fabricadas de tal forma que nunca podrían removerse. ¿Qué habría hecho este extraño para que lo controlaran con esas cosas alrededor de las muñecas? Se convenció a sí misma de que debió ser un crimen terrible.

Mientras se arrodillaba sobre la nieve a su lado, Thorva trató de comprender por qué fue guiada hasta aquí. Los dioses claramente la trajeron aquí, tal y como la habían guiado en el pasado, pero, ¿por qué? El hombre aún estaba inconsciente, si no es que muerto. ¿La habían enviado hasta acá para salvarlo? ¿O era lo que llevaba consigo lo importante?

La mirada de Thorva volvió a posarse en los grilletes del extraño. Decidió acercarse a uno de ellos.

Antes de tocar siquiera la pálida roca, las puntas de sus dedos comenzaron a hormiguear.

De pronto, los ojos del hombre se abrieron.

Sorprendida, Thorva retrocedió, pero no fue suficientemente rápida. El hombre desgarró uno de sus guantes y la tomó por el brazo. Mientras Thorva trataba de invocar el poder que le habían otorgado los dioses, sintió cómo se lo arrebataban, drenándola desde el centro de su ser. Su cuerpo se sacudió a causa de un frío repentino y paralizante. Era una sensación que no había experimentado en años. Cayó al suelo, incapaz de respirar, de moverse, de hacer nada.

Mientras el frío se apoderaba de ella, vio cómo el color regresaba tenuemente al rostro del extraño, como si hubiera sido calentado de repente por una fogata.

La intención de una sonrisa se dibujó en sus labios.

''Gracias'', dijo él.

Después, la soltó y Thorva cayó sobre la nieve, vacía, drenada.


Vrynna maldijo al ver cómo la shamanka caía y pateó a su drüvask para que avanzara más rápido.

''¡Conmigo!'', rugió, y el resto del grupo de asalto se puso en marcha. La tierra se estremeció bajo su carga relampagueante, el sonido era similar al de una avalancha.

El forastero estaba arrodillado junto a la Hermana de la Escarcha mientras la Garra Invernal se aproximaba hacia él con fuerza a través de la nieve. Extrañamente, vio cómo el hombre se despojaba de su abrigo de piel y lo colocaba sobre la shamanka caída en un gesto casi tierno.

Se puso de pie para enfrentar la llegada atronadora de la Garra Invernal, arrastrando tras de sí sus cadenas. Vrynna apretó con fuerza su lanza.

Al ver la fuerza que se avecinaba sobre él, el extraño se apartó de la shamanka caída, quien yacía inmóvil sobre la nieve. Alzó sus manos para demostrarles que no tenía consigo ningún arma, pero eso a Vrynna no le importó. Ya había matado a enemigos desarmados en el pasado.

Sin haber tenido que darles la señal, los guerreros de Vrynna se dispersaron hasta rodearlo, impidiéndole cualquier posibilidad de escape. Sabiamente, no trató de correr. Después de todo, no había adónde correr.

Giraba sobre su propio eje, como el miembro más débil de una manada, aislado por los lobos. Su mirada recorría a los freljordianos que lo rodeaban. Era cauteloso, aunque no mostraba ninguna señal de miedo, lo cual Vrynna podía respetar, por lo menos.

Tras quitarse el abrigo, sus brazos musculosos quedaron expuestos a la intemperie, pero parecía no sentir nada de frío.

Curioso, pensó Vrynna.

Era un hombre alto y ligeramente jorobado: el peso de las inmensas cadenas atadas a sus brazos lo jalaban hacia delante.

''Encárguense de la Hermana'', ordenó, sin quitarle los ojos de encima al extraño.

Él se paró frente a ella, mientras uno de los jinetes se deslizaba de su montura y se acercaba al lado de la shamanka.

''Soy Vrynna'', dijo ella. ''Madre Pielmarcada de la Garra Invernal. Quiebraescudos. Invocadora de calamidades. Soy el aullido del drüvask. ¿Quién eres tú y por qué estás aquí?''.

El hombre inclinó su cabeza hacia un lado y respondió en una lengua que ella no podía entender. Vrynna maldijo.

''No me entiendes, ¿verdad?''.

De nuevo, el hombre la miró perplejo.

''Sylas'', respondió, golpeando su pecho.

''¿Sylas?'”, repitió Vrynna. ''¿Ese es tu nombre? ¿Sylas?''.

El hombre simplemente repitió la palabra, golpeando su pecho una vez más y mostrándole una sonrisa perversa.

La madre marcada murmuró entre dientes. Miró hacia donde estaba la shamanka, quien yacía sin vida y pálida sobre la nieve. Uno de los guerreros de Vrynna se arrodilló junto a Thorva y bajó su cabeza hasta su pecho para ver si seguía respirando.

''¿Está muerta?'', preguntó.

''Está semicongelada, pero viva'', fue la respuesta. ''Al menos por ahora''.

Los guerreros freljordianos mascullaron algo en voz baja. ¿Semicongelada? Se sabía que la Hermana de la Escarcha era inmune al frío, un regalo de los dioses antiguos... pero ahora se estaba congelando y este ser ajeno al Fréljord, Sylas, estaba de pie frente a ellos, semidesnudo.

Vrynna frunció el ceño y evaluó las posibilidades. No creía en muchas otras cosas salvo en el acero, el fuego y la sangre, pero sabía que sus guerreros, especialmente Brokvar, verían esto como una especie de presagio.

''Esto es una pérdida de tiempo'', murmuró.

Tras tomar su decisión, tomó con fuerza su lanza y apresuró a su montura hacia delante. El hombre, Sylas, alzó la mano y gritó algo en su lengua débil y sureña, pero ella lo ignoró. Mataría a este tonto y seguiría con su camino.

''Déjame hacerlo'', gruñó Brokvar, quien cabalgaba a un costado de la madre marcada.

Las cejas de Vrynna se alzaron.

''Le hizo esto a la venerada hermana'', respondió Brokvar a su pregunta silenciosa, señalando con un carnoso dedo hacia donde estaba la shamanka caída. ''Será un honor castigarlo ante la mirada de los dioses''.

Las cadenas de la fe · ilustración de la publicación originalRiot Games

El forastero miró entre Vrynna y Brokvar. ¿Entendía que su destino estaba por definirse?

Vrynna alzó los hombros. ''Todo tuyo''.

Brokvar descendió de su montura, desplegando su gran altura. El hombre, Sylas, no era pequeño, pero Brokvar así lo hacía parecer. El Hijo del Hielo desenfundó a Lamento Invernal de la vaina que cruzaba por su espalda y comenzó a caminar sombríamente hacia el forastero.


La última vez que Thorva sintió el frío en verdad fue cuando era una niña, no había cumplido ni seis inviernos.

Había perseguido risueñamente a una liebre de la nieve hasta un lago congelado. No se había percatado de lo delgado que era el hielo bajo sus pies hasta que escuchó un horrible crujido, poco antes de resquebrajarse. Con un grito ahogado, cayó a las oscuras y heladas profundidades. El frío que caló sus huesos fue tan repentino que expulsó todo el aire que tenía dentro de sus pulmones y sus extremidades dejaron de funcionar de inmediato, endureciéndose con unos calambres de agonía.

Había estado muerta por unos minutos demasiado largos antes de que pudieran sacarla de debajo del hielo y el chamán de la tribu pudiera insuflarle la vida de nueva cuenta. Esa noche, manifestó por vez primera el poder que le habían otorgado los dioses.

''A veces, cuando una persona es traída de vuelta del reino del más allá, regresa cambiada'', explicó el chamán, encogiéndose de hombros. ''Los dioses, en su inescrutable sabiduría, te han bendecido''.

Durante los días siguientes, se dio cuenta de que era inmune al frío, capaz de caminar descubierta por tormentas de nieve sin sufrir ningún daño..

Ahora, ella volvía a ser la pequeña niña asustadiza de aquel día, hundiéndose lentamente mientras el hueco en el hielo se alejaba cada vez más y más... solo que esta vez miraba al cielo, sin parpadear.

Paralizada y sin aliento, Thorva yacía sobre el suelo, sin escuchar ni sentir nada. El frío la invadía. Era ella.

¿Esta era la razón por la cual había sido traída hasta aquí? ¿Para darle su vida al forastero? ¿Para que pudiera cumplir con lo que fuera que los dioses hubiesen decretado?

No obstante, un miedo inefable ralentizaba su descenso hacia el olvido.

Aun si era la voluntad de los dioses el que ella muriera en vez del forastero, Thorva sabía en su corazón que Vrynna no le permitiría vivir, por lo que comenzó a luchar para emerger a la superficie.


Brokvar Puño de Hierro fue directo a asestar el golpe mortal y arremetió con Lamento Invernal cortando el aire y dejando un halo de neblina helada a su paso.

Ese golpe habría partido a un trol de hielo por la mitad si hubiera acertado, pero el forastero era sorprendentemente rápido a pesar del peso de sus cadenas. Había esquivado el golpe letal y ahora agitaba sus cadenas a su alrededor en un arco circular. Pasaron muy cerca del rostro de Brokvar, sin golpear al guerrero Hijo del Hielo, quien gritaba furioso.

Aun así, no se tambaleó, como el forastero habría esperado. Era duro como las montañas y excepcionalmente rápido para ser un hombre tan grande. Golpeó a su oponente en la cabeza con un poderoso puñetazo al revés. Vrynna hizo un gesto de dolor cuando el hombre de menor tamaño salió disparado por el aire.

El forastero batalló para reincorporarse mientras el Hijo del Hielo se abalanzaba sobre él, pero, finalmente, logró recomponerse. En realidad, a Vrynna le sorprendió que pudiera ponerse de pie. Aun así, solo prolongaba el desenlace inevitable.

El rostro de Brokvar denotaba una determinación sombría: estaba dispuesto a matarlo.


Sylas entrecerró los ojos mientras trataba de concentrarse en el arma del bárbaro.

La esquirla de hielo pálido en su empuñadura brillaba con fuerza mientras que la escarcha crepitante recubría la espada.

La magia proveniente de aquel trozo de hielo era diferente a cualquier otro tipo con el que se hubiera cruzando antes. Era primigenia, peligrosa y no tenía restricciones. Sylas podía sentirla en su piel, un escalofrío de poder casi intoxicante.

El poder de aquella mujer lo revivió, retirando el frío de sus extremidades y la oscuridad de sus dedos, pero esta fuerza era mucho más antigua. Si tan solo pudiera tocar el cristal con sus manos...

Con un gruñido, Sylas arremetió contra el freljordiano.


El forastero atacó a Brokvar, balanceando sus cadenas por el aire en una ráfaga de arcos. Golpeó en la cabeza al Hijo del Hielo, con una cadena en cada lado. Los pesados eslabones daban vueltas y, de un tirón, removió el casco del Hijo del Hielo.

Brokvar sacudió su larga y suelta cabellera, escupió sangre sobre la nieve y continuó con su ataque.

Las cadenas lo buscaron nuevamente, pero el inmenso guerrero estaba preparado esta vez. Evitó el primero de los golpes antes de dar un paso adelante y alzar un brazo, permitiendo que la cadena se enredara en su gigantesco antebrazo. Después, agarró los eslabones de metal y jaló con una fuerza brutal. El movimiento terminó con su codo impactando directamente al forastero.

El golpe lo desplomó y cayó a los pies de Brokvar. El Hijo del Hielo se irguió sobre él, con Lamento Invernal en su mano alzada, listo para asestar el golpe final.

''¡Espera! ¡No lo mates!'', alguien gritó, por lo que Brokvar se detuvo.

Vrynna giró su cabeza y frunció el ceño. Vio cómo la Hermana de la Escarcha, Thorva, se ponía de pie, tambaleante. Su piel había palidecido tanto que parecía muerta, sus labios eran azules, pero dio un paso hacia adelante, sosteniéndose de su báculo.

''¿Qué clase de locura es esta?'', se quejó Vrynna.

''No es ninguna locura'', respondió Thorva, apoyándose con esfuerzo sobre su báculo. ''Es la voluntad de los dioses''.


El bárbaro gigantesco se distrajo momentáneamente. Sobre su rostro salvaje se dibujó una mirada de confusión. Fue entonces que Sylas vio su oportunidad.

Tras erguirse sobre una rodilla, atacó con una de sus cadenas. Envolvió la espada de su oponente y, de un tirón, la arrancó de la mano del guerrero.

El arma aterrizó cerca, sobre la nieve, y Sylas saltó para tomarla, ansioso.

Sonriendo, levantó el mandoble... y la agonía se apoderó de su ser.


Vrynna sacudió la cabeza al avistar su insensatez. Solo un Hijo del Hielo puede sostener un arma de Hielo Puro. Para todos los demás, era una sentencia de muerte.

El forastero soltó a Lamento Invernal y rugió mientras el frío calaba por todo su brazo. Cayó de rodillas, aferrándose a su brazo, incluso a pesar de que ya comenzaba a congelarse. El poder asesino del Hielo Puro comenzó en su mano, pero siguió trabajando efectivamente por toda su extremidad, hacia su corazón.

''¿Los dioses querían esto?'”, se burló Vrynna, gesticulando hacia el forastero.

La shamanka frunció el ceño, pero no dijo nada.

''Si es así, los dioses son caprichosos y crueles'', añadió Vrynna, encogiéndose de hombros. ''Tal vez solo querían que él sufriera''.

Brokvar recuperó a Lamento Invernal, blandiéndola sin daño alguno. El forastero lo miró, la angustia y la confusión se dibujaron en su rostro mientras el poder letal del Hielo Puro lo consumía.

''Termina con su sufrimiento'', ordenó Vrynna.

La mirada de hierro de Brokvar se dirigió hacia la shamanka, en busca de su aprobación. La furia brotó de Vrynna.

''Si los dioses lo quieren salvar, entonces ellos pueden intervenir'', gritó.


Thorva servía y veneraba a los dioses antiguos del Fréljord, pero no afirmaba conocer su voluntad. Tampoco había presenciado una intervención suya en asuntos mortales.

Y, aun así, parecía imposible que lo que sucedería después fuera mera coincidencia.

El forastero yacía en la nieve, temblando y convulsionándose. El Hielo Puro ya casi se apoderaba de todo su ser, pero él resistía, estirando su mano hacia el guerrero Hijo del Hielo.

Thorva sabía de lo que el demaciano era capaz, puesto que la había despojado de todo su poder con un toque ínfimo. Pudo haber prevenido al Hijo del Hielo veterano, pero no lo hizo.


Sylas estaba muriendo, pero incluso en la muerte, su deseo por seguir peleando era fuerte.

Desesperado, se acercó al inmenso bárbaro que se cernía sobre él. Tomó la bota del guerrero, pero el bárbaro pateó su mano.

El gigante barbudo lo miró con lástima, como suele verse a los perros callejeros moribundos. Era la misma mirada de desprecio que los nobles dedicaban a los más humildes de Demacia. La furia de Sylas resurgió.

Esa furia lo alimentaba y, con una última explosión de su fuerza agonizante, se levantó del suelo y tomó al gigante freljordiano por la garganta. La magia ancestral, cruda y elemental comenzó a infundirlo inmediatamente.

Tal vez Sylas haya sido incapaz de tocar el arma de hielo freljordiana, pero aún podría usar la carne del bárbaro como canal para extraer su poder.

No fue más que un solo momento.

El bárbaro retrocedió, sin saber qué es lo que había pasado. Sylas sonrió y sus ojos comenzaron a brillar con una luz pálida y fría.

Miró su brazo congelado, sosteniéndolo frente a él. Con el impulso de su poder recién adquirido, consiguió que el hielo revirtiera su curso. Se deslizó por su brazo hasta abandonarlo por completo, dejando su carne intacta.

Después, miró al horrorizado guerrero que estaba de pie frente a él.

''Entonces'', dijo. ''¿En qué estábamos?''.


Brokvar dio un paso hacia atrás, tratando de alejarse del forastero, boquiabierto y sorprendido.

''¿Qué es él?'', gritó Vrynna. ''¿Un Hijo del Hielo?''.

''No'', intervino Thorva, sus ojos brillaban con fe. ''Es algo más...''.

Vrynna ya había visto suficiente. Con un ligero movimiento bien practicado, le dio la vuelta a su lanza y, de pie sobre la silla de montar, la lanzó hacia el forastero, con toda su grandeza y su peso.

El arma se dirigió hacia él, pero el hombre estiró una mano, desplegó sus dedos y la tierra que tenía enfrente explotó. En medio de una serie de crujidos, un muro protector de imponentes estacas de hielo emergió desde el suelo. La lanza de Vrynna se clavó en la barrera, pero no pudo penetrarla. Se quedó temblando en un lugar, incrustada medio metro en el hielo, sin haber tocado siquiera al forastero.

Vrynna se quedó boquiabierta frente a la barrera mágica, incluso cuando esta se derrumbó instantes después, desvaneciéndose tan pronto como había aparecido.

El forastero se erguía ante su descubrimiento. Se reía y miraba sus manos con sorpresa: ahora estaban bordeadas con escarcha e irradiaban una pálida luz azul, como el fondo de un témpano. Miró a Vrynna con ojos que ahora emanaban una neblina congelada. Comenzó a reunir el poder primigenio del frío dentro de su ser una vez más. Un orbe giratorio de magia, como una tormenta autocontenida, comenzó a formarse entre sus manos.

La Garra Invernal tocaba con incomodidad sus armas, dudosos de sí mismos frente a lo que claramente era magia freljordiana.

Thorva gritó algo, pero Vrynna no logró entender sus palabras. Sorprendida, miró a la shamanka.

¿Hablaba la lengua del forastero?

Al parecer, había muchas cosas que desconocía de la Hermana de la Escarcha, por lo que su desconfianza aumentó.


La shamanka y el extraño hablaron por un momento, mientras Vrynna los miraba, rechinando los dientes.

''¿Qué dice el forastero?'', gritó, perdiendo la paciencia.

''Dice que compartimos a un enemigo en común'', le explicó Thorva. ''Dice que podemos ayudarnos mutuamente''.

Vrynna frunció el ceño. ''¿Quiénes? ¿Los avarosanos? Los asediamos, como siempre lo hemos hecho, pero no estamos en guerra con ellos''.

''Me parece que se refiere a los suyos. Los demacianos, al otro lado de las montañas''.

''¿Entonces es un traidor?'', preguntó Vrynna. ''¿Por qué confiaríamos en alguien que traiciona a los suyos?''.

''La madre marcada quiere saber cómo ayudarías a nuestra tribu'', dijo Thorva, dirigiéndose al forastero en su propia lengua. ''Haz tu oferta. Si no, tu alma irá al más allá, aquí y ahora''..

Sylas le habló directamente a Vrynna para darle su respuesta. Thorva lo miraba con atención mientras hablaba, pidiéndole en varias ocasiones que explicara las palabras que ella no lograba comprender inmediatamente.

''Dice que conoce caminos secretos hacia sus tierras, información que solo él posee'', dijo Thorva. ''Cuenta que ahí hay muchas riquezas a la espera de ser reclamadas. Campos que no conocen la nieve, repletos de ganado robusto, calles en las que fluyen el oro y la plata''.

Los guerreros de la Garra Invernal sonrieron y se rieron entre ellos al escuchar esas palabras, e incluso los ojos de Vrynna se iluminaron. Al haber vivido siempre bajo condiciones extremas, la promesa de las ganancias fáciles era tentadora.

Pero aún había una duda en el aire.

''¿Cómo podemos saber que no nos conducirá a una trampa?'', indagó Vrynna. ''No podemos confiar en él. Será mejor que lo matemos, aquí y ahora, y que no nos dejemos llevar por su astuta persuasión''.

''Él...'', comenzó a decir Thorva, eligiendo con cuidado su mentira. ''Él dice que tuvo una visión. Un sueño que llegó a él, de tres hermanas freljordianas. Fueron ellas quienes lo instaron a venir aquí''.

''¡Las Tres!'', dijo Brokvar en voz baja, en un tono reverencial. ''¡Está hablando de Avarosa, Serylda y Lissandra!''.


Sorprendidos e intimidados, los demás guerreros de la Garra Invernal comenzaron a murmurar. Algunos incluso tocaron los tótems sagrados que pendían de sus cuellos.

Las Tres Hermanas eran legendarias, las más grandes y más honradas guerreras del Fréljord. Fueron las primeras Hijas del Hielo y vivieron en la era de los héroes, hace mucho tiempo atrás. A lo largo de una gran parte del norte congelado, habían sido concebidas como las elegidas, y muchos recurrieron a su sabiduría en tiempos de lucha o imploraron su gracia antes de la batalla.

Vrynna miró a Thorva con furia y desazón. ¿Acaso la madre pielmarcada sospechaba de su mentira?

Al ver cómo la sorpresa arrebatadora de Brokvar se diseminaba entre el resto de los guerreros reunidos, se dio cuenta de que eso no importaba. Thorva sabía que el campeón Hijo del Hielo de Vrynna se prendería de esas palabras. Inspirarían su asombro y su fe; además, su influencia entre el resto de los guerreros era potente. Jamás le permitirían asesinar al forastero a estas alturas, sin importar lo que Vrynna les ordenara.

Thorva sonrió tenuemente en señal de victoria, aunque fue cuidadosa de que Vrynna no la viera, mientras evaluaba al forastero.

Fue la voluntad de los dioses que él viviera, Thorva estaba convencida de ello. No sentía ninguna culpa por mentir para asegurar que eso pasara.

''Será puesto a prueba antes de que consideremos confiar en él''.

''Una sabia decisión, madre pielmarcada'', asintió Thorva. ''¿Qué sugieres?''.

''Nos acompañará en nuestro ataque'', confirmó Vrynna. ''Si pelea bien y demuestra ser de valía, entonces tal vez escuchemos más de aquello que nos propone. Más acerca de esos caminos ocultos hacia Demacia. Pero él será responsabilidad tuya. Dependerá de ti controlarlo y, si se pone en nuestra contra, tú pagarás el precio''.

Thorva asintió y volteó a ver al forastero.

''Pelea con nosotros. Demuéstrale a la madre marcada tu valía'', dijo ella. ''Pelea con fuerza y vivirás para conseguir tu alianza''.

Esas últimas palabras provocaron una gran sonrisa en el forastero.

Thorva lo miró de arriba a abajo. Para ser del sur, era bien parecido. Un poco delgado para su gusto, pero era inteligente y en él había poder.

Alzó el dedo en señal de advertencia

''Pero nunca más volverás a tocarme''.

El forastero sonrió sarcásticamente.

''No sin tu permiso'', respondió. Thorva se dio la vuelta para que no pudiera ver su sonrisa.

''¿Qué es lo que dice?'', preguntó Vrynna.

''Está de acuerdo con tus condiciones, madre pielmarcada'', respondió Thorva.

"Bien. Prosigamos'', dijo Vrynna. ''Atacaremos''.

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Tumulto

Publicado 2019-01-25

''¿Por qué nos enviaron a todos aquí?'', dijo el soldado recargado contra el muro de la garita, los brazos cruzados sobre su pecho. ''Hay sangre derramándose en las calles de la Gran Ciudad, ¿y nos envían a la frontera?''.

Se llamaba Bakker y Cithria nunca había estado entusiasmada con él: Bakker se empeñaba en ver lo malo de cada situación, aunque, para ser justos, en este caso en particular sus palabras tenían algo de verdad.

El resto de sus camaradas permaneció cerca. Ninguno de ellos lucía precisamente feliz sobre su predicamento.

Cithria permaneció en silencio. Ella era la más joven de los soldados demacianos, pero no por ello una recluta menos digna. En el año que había sido parte de sus filas, había demostrado ser una soldado capaz y una de las más veloces con la espada. Aun así, había ocasiones como esta, en las que se sentía fuera de lugar e insegura.

Al igual que todos, portaba una brillante armadura plateada. Llevaba un escudo en su espalda y su casco bajo un brazo, dejando libre una larga trenza de cabello oscuro.

Los soldados permanecían ante la inmensa Puerta Gris; resguardando la frontera noreste de Demacia. El nombre era anómalo, ya que el bastión estaba construido con piedra blanca inmaculada. Por lo general, se sobreentendía que el nombre provenía de los acantilados de lutitas grises que estaban cerca, aunque los soldados acuartelados ahí (particularmente los que provenían del sur o de la costa de Demacia) insistían que tenía más que ver con los cielos del norte, constantemente nublados.

A ambos extremos de la torre de la puerta se erguían altos muros de piedra blanca. Los banderines revoloteaban con la brisa que se filtraba por los relieves, y los centinelas hacían guardia en el frío viento, con la mirada hacia el este.

''Deberían desplegarnos con el resto del batallón, recorriendo los bosques en busca de ese traidor y su gentuza'', dijo otro soldado.

''Magos'', dijo Bakker, con un tono que denotaba repugnancia. ''Deberíamos deshacernos de la mayor parte de ellos''.

La conversación incomodaba a Cithria. Jamás se había enfrentado a la magia, o al menos no que ella supiera, pero le habían inculcado un gran miedo y desconfianza hacia quienes fueran capaces de portarla. Las noticias de la capital hacían parecer que ese miedo tenía fundamentos.

Apenas había transcurrido un mes desde que Sylas, el mago corrupto, había escapado de la prisión, destrozando por completo el corazón de Demacia. Ese rebelde demencial y sumamente poderoso había desatado una oleada de disturbios en todo el reino, e incluso ahora la gran ciudad estaba en estado de sitio y la milicia controlaba las avenidas para asegurar el orden.

Cithria coincidía en que ellos serían más útiles en otro sitio, pero el veneno que emanaba de la voz de su camarada la perturbaba.

''Yo digo que no solo a la mayoría, sino que a todos...'', comenzó a decir Bakker, pero Cithria lo interrumpió.

''Atentos. El sargento escudo volvió''.

La figura bajita y robusta del Sargento-Escudo Gunthar se dirigía hacia ellos a paso rápido. Un par de hombres encapuchados caminaban junto a él; uno a cada lado.

''¿Quiénes son ellos?''.

''No lo sé'', contestó Cithria.

Los soldados se pusieron en firmes abruptamente en cuanto el sargento y sus misteriosos acompañantes se aproximaron.

''Muy bien, todos'', dijo Gunthar. ''Sé que se están preguntando por qué en nombre del Protector nos enviaron hasta aquí''.

El sargento dirigió la mirada entre sus filas.

''Un enviado extranjero desde la Pergomarca llegará pronto aquí a la frontera y nos asignaron la tarea de escoltarlo hasta la capital y mantenerlo a salvo''.

¿Labor de escolta?

Incluso a Cithria le parecía una tarea extrañamente trivial. Sin embargo, tanto ella como el resto de los soldados permanecieron en silencio, con la mirada fija hacia delante.

''La protección del emisario es nuestra prioridad'', continuó Gunthar. ''Aunque solo se dañara uno de los cabellos de su cabeza bajo nuestra guardia, el honor de Demacia quedaría manchado. La región Pergomarca ha sido nuestra aliada durante mucho tiempo y no debemos permitir que nada dañe esa relación. Se espera que llevemos a cabo esta tarea con honor, elegancia y buena fe''.

La expresión de Gunthar se endureció. ''Incluso si eso va en contra de nuestro mejor criterio'', añadió.

Los soldados tenían una gran disciplina, así que no dejaron ver reacción alguna ante las palabras finales del sargento, pero Cithria sentía y reflejaba su malestar. ¿Qué significaba eso?

Gunthar le hizo una seña a sus acompañantes, quienes dieron un paso al frente y descubrieron sus rostros.

Los ojos de Cithria se abrieron más.

El mayor de ellos era un hombre de mediana edad con apariencia seria, su cabello corto comenzaba a tornarse grisáceo y en su piel se notaban arrugas profundas y múltiples cicatrices. El otro era un hombre más joven: de constitución esbelta y de aspecto nervioso, con un mechón de cabello oscuro atravesando un lado de su rostro.

Ambos portaban medias máscaras doradas a la medida, así como discos de piedra grabada color gris en los hombros, los cuales mantenían sus capas en su lugar.

Cithria dejó escapar un lento suspiro, sin haberse percatado antes que estaba conteniéndolo.

Cazadores de magos.

''Él es Cadstone, un experto perteneciente a la orden de cazadores de magos, y su compañero Arno'', dijo Gunthar, presentándolos. Los cazadores de magos hicieron una ligera reverencia. ''Ellos nos acompañarán mientras escoltamos al emisario hasta la capital''.

Las trompetas sonaron desde la cima de la garita.

''¡Se acercan jinetes con el estandarte de Pergomarca!'', vociferó uno de los centinelas que se encontraba arriba.

El Sargento-Escudo Gunthar asintió hacia los guardias, y las gigantescas puertas se abrieron con fuerza, las bisagras crujieron por el peso. La compuerta de rejas de hierro se elevó, las cadenas rechinaron y el inmenso puente levadizo descendió hacia el suelo. Resonó tan fuerte como un trueno. La luz de la mañana se filtró a través de la puerta abierta.

''Conmigo'', ordenó Gunthar, avanzando a la par de los cazadores de magos. Cithria y los otros soldados se movilizaron detrás de ellos, moviéndose con gran precisión.




Cithria no estaba segura de qué estaba esperando en cuanto al emisario, pero definitivamente no era el hombre gigantesco de piel oscura que aguardaba por ellos. Estaba cubierto en pieles de oso y portaba un báculo de madera pesada. En su rostro se dibujó una gran sonrisa conforme los demacianos marchaban a su encuentro.

Cithria lo observó con cautela.

El hombre montaba al caballo más grande que Cithria había visto jamás: negro azabache y con gruesas plumas que cubrían sus herraduras de hierro. Lo acompañaban veinte jinetes, todos ellos usando grandes cotas de malla y empuñando hachas y escudos. Uno de ellos portaba un estandarte con dos hachas cruzadas, representando la heráldica de la Pergomarca, reflejándose en los escudos de los guerreros.

El emisario desmontó su caballo y avanzó hacia Gunthar y su séquito, portando aún una gran sonrisa. Tenía la constitución musculosa de un soldado o de un herrero; definitivamente no era lo que se esperaba de un mago. Cithria siempre los había imaginado como tipos furtivos y astutos que preferían esconderse y engañar a utilizar la fuerza física.

Se detuvo frente a los demacianos, tocó la palma de su mano izquierda con su frente y la extendió apuntando al cielo. Ella colocó su mano alrededor de la empuñadura de su espada, pensando que él estaba ejecutando alguna especie de conjuro arcano, pero se percató de que probablemente era un saludo propio de Pergomarca. Sintiendo que sus mejillas se habían sonrojado, se maldijo a sí misma por actuar como una tonta.

El Sargento-Escudo Gunthar saludó al hombre como los suyos lo hacían.

''Mi nombre es Arjen y me presento en nombre del Señor de Pergomarca'', dijo el emisario, inclinando la cabeza.

''Bienvenido. Soy el Sargento-Escudo Gunthar, del séptimo batallón. Y él'', añadió, ''es Cadstone, perteneciente a la orden de los cazadores de magos''.

''Ya lo habían invitado anteriormente a las fronteras de Demacia, ¿no es así?'', dijo Cadstone, sin intención alguna por tener una charla trivial. ''¿Está al tanto de las Leyes de Piedra?''.

''Sí, ya he estado aquí antes, buen cazador'', contestó Arjen, ''y estoy al tanto de las reglas y normas de su reino. Honraré las Leyes de Piedra y no haré uso de mis... talentos... mientras permanezca en su reino. Le doy mi palabra''.

''Bien'', dijo Cadstone. ''El cazador de magos Arno y yo estaremos con usted, desde ahora hasta el momento en que se retire de Demacia. Nuestro deber es asegurarnos de que cumpla con su palabra. Sepa que habrá repercusiones si no actúa conforme a nuestras leyes. Pero si se abstiene de usar sus... talentos, como usted les llama... entonces todo saldrá bien''.

Arjen ofreció una profunda reverencia, aún sonriendo.

''Entonces pongámonos en marcha'', dijo Gunthar. ''Su guardia personal deberá permanecer afuera de la frontera, claro está''.

''Por supuesto, por supuesto'', dijo Arjen, dio la vuelta y le indicó al resto de sus jinetes que se marcharan. ''¡Shu!'', dijo. ''¡Márchense!''.

Cithria reprimió la sonrisa que le provocaba el extraño comportamiento del hombre. Los estoicos jinetes se dieron la vuelta, uno de ellos tomó las riendas del caballo del emisario y se alejaron galopando sin decir una sola palabra.

''¡Pongámonos en marcha!'', dijo Arjen, juntando sus palmas.




Caminaron durante tres horas a un ritmo constante hasta llegar a la Cordillera Deshielo, un pequeño pueblo junto al río, donde abordarían una embarcación que los aguardaba para navegar hasta la capital. A Cithria le asombraba el hecho de que el emisario proveniente de Pergomarca no los retrasara, sino que era capaz mantener el ritmo castigador que había establecido Gunthar, con su pesado báculo golpeando el suelo con firmeza a cada paso.

El andar los llevó por valles y senderos azotados por el viento. Los vendavales que provenían del norte helado hacían que Cithria sintiera que el frío calaba hasta los huesos. Los demacianos continuaron avanzando, abrochándose las capas alrededor de sus cuellos para abrigarse lo mejor posible. Al emisario, envuelto en pieles de oso, no parecían afectarle las condiciones climáticas.

A pesar del recelo de Cithria, Arjen era un hombre bastante afable y que agradaba con facilidad. Sin embargo, ella se obligó a no dejarse llevar por un falso sentido de seguridad. El actuar de los arcanos estaba lleno de engaños y trampas. Si bien los demacianos permanecían estoicos y en silencio, evidentemente incómodos con la presencia del mago, Arjen no paraba de contar historias sobre su tierra natal. La mayoría de ellas involucraba mucha cerveza, proezas de fuerza y un heroísmo inverosímil, pero Arjen tenía un gran talento para narrar historias y definitivamente el tiempo transcurría de manera más amena, contrario a que si hubieran permanecido en silencio.

''... y entonces, la gran bestia rugió. 'No viniste aquí a cazar, ¿verdad?', dijo''.

El gigantesco hombre reía a carcajadas por su propia broma de mal gusto, golpeando uno de sus carnosos muslos con alegría. Cithria, quien marchaba al costado del emisario, se encontró sonriendo a su pesar, incluso mientras negaba con la cabeza por lo inapropiado de la historia.

''¿Lo entendiste, muchacha?'', preguntó Arjen, dirigiéndose directamente a Cithria. ''Él dice eso porque piensa que el hombre...''.

''Ah, sí lo entendí'', contestó Cithria, levantando su mano apresuradamente para detener la explicación de Arjen.

La nieve comenzó a caer a la mitad de su trayecto. Al principio, los copos eran pequeños y ligeros, pero rápidamente aumentaron su tamaño hasta que la visibilidad se redujo drásticamente. Pronto, el suelo y el camino quedaron completamente cubiertos. La caída de la nieve atenuaba los sonidos. Cithria caminaba cerca del emisario, quien estaba en el centro de una columna de soldados que lo custodiaba. Mirando por encima de su hombro, ella pudo ver que los dos cazadores de magos se habían rezagado un poco, lo suficiente como para que no pudieran escucharlos. Ambos habían colocado sus capuchas sobre sus cabezas para resguardarse del frío.

''Tengo curiosidad'', dijo Cithria en voz baja, con la esperanza de que solo el emisario la escuchara.

''La curiosidad es algo muy poderoso'', dijo Arjen. ''Y, a veces, peligroso''.

Un soldado cercano le dirigió una mirada, como si deseara que guardara silencio. Cithria hizo una pausa, cuestionándose si debía terminar la idea o dejarla ir. La curiosidad se apoderó de ella.

''Has escuchado hablar sobre las Leyes de Piedra y, por lo menos, algo sobre los... desafíos que actualmente asolan Demacia'', dijo ella.

''Así es'', contestó Arjen. Toda la ligereza lo abandonó y su expresión se tornó lúgubre. ''Es por esa razón que estoy aquí, por lo que me envió mi señor. Es por esa razón que hay emisarios viniendo desde todas las naciones aliadas''.

''Pero sabiendo todo eso, ¿por qué tu señor te envió a ti?''

Arjen la miró, alzando una ceja. ''Soy el consejero principal del concejo de Pergomarca, así que me corresponde venir'', dijo. Arjen pudo ver la sorpresa en su rostro y sonrió con ironía. ''Las cosas son distintas más allá de tus fronteras. Si quisieras discutir asuntos de una fragua, llamarías a un herrero, ¿no es verdad? En momentos como este, ¿quién sería mejor que un mago?''.

Cithria abrió la boca para decir algo, pero la cerró inmediatamente.

Solo llevémoslo hasta la capital a salvo, se dijo a sí misma.

Mientras más pronto completaran la misión, mejor.




Conforme se acercaban a Cordillera Deshielo, un pueblo de muros blancos, el sol comenzaba a ponerse. Los guardias de la puerta saludaron y los habitantes del lugar se mantuvieron respetuosamente a un costado mientras el grupo avanzaba por la avenida principal.

''Iremos hacia el noroeste en la siguiente intersección'', dijo Cadstone. La caída de nieve comenzaba a disminuir, por lo que Cadstone bajó su capucha y señaló. ''Los muelles yacen al pie de esa colina''.

''¿Entonces ya ha estado aquí, señor cazador?'', preguntó Cithria, justo después de que Gunthar les ordenó a los soldados seguir las indicaciones del cazador de magos. El cazador asintió.

''Una pequeña niña vivía aquí'', respondió. ''Una poderosa maga''.

''Usted... ¿la capturó?'', preguntó Cithria, abriendo mucho los ojos.

''Ella se entregó'', intervino Arno. ''Ella era benévola. Estaba registrada. En general, no habríamos aprehendido a alguien como ella, pero desde que...''

''¡Arno!'' chistó Cadstone.

Escarmentado, el joven cazador de magos guardó silencio.

''Prosigamos'', dijo Cadstone. ''Será mejor que no nos detengamos''.




A esa hora de la tarde, el estrecho camino hacia los muelles estaba abarrotado.

Los barqueros que terminaban el trabajo del día ascendían por la colina, encaminándose a sus casas o a una de las tabernas que había por el rumbo. Los niños iban y venían, corriendo y persiguiéndose entre ellos a través de la nieve, seguidos por un par de sabuesos inquietos que mantenían su ritmo. Los comerciantes estaban de pie frente a las puertas de sus negocios, mientras que los vendedores ambulantes gritaban los precios de sus mercancías en medio de la calle.

Los soldados no habían llegado ni a una tercera parte del camino colina abajo cuando Cithria percibió cómo cambió el ambiente de la calle.

En un principio, fueron solo unas miradas oscuras y unas cuantas palabras murmuradas por transeúntes. Cúmulos de vecinos se agolpaban en puertas y callejones, hablando en voz baja y señalando. Un pescador escupió al suelo, sus ojos estallaban de furia.

''Muévase, ciudadano'', gruñó Gunthar. Renuente, el hombre se hizo a un lado.

Cithria estaba conmocionada. No esperaba ese tipo de hostilidad descarada por parte de los demacianos, a pesar de que todo eso ya sucedía en la capital.

''Cierren filas'', ordenó Gunthar, y los soldados respondieron de inmediato, resguardando en el centro de la columna al mago y a los cazadores.

Una roca golpeó a uno de los soldados en el costado de su casco. Otra roca, proveniente de otra dirección, golpeó a Cadstone en la frente, sacándole sangre.

Cithria maldijo en voz baja la estrechez de la calle. El espacio para maniobrar era reducido y ya habían avanzado demasiado como para retroceder. Tenían que continuar hacia los muelles.

''¡Escudos arriba!'', gritó Gunthar; el sargento-escudo había llegado a la misma conclusión que ella. ''¡Hacia delante, redoblen el paso!''.

Los soldados apresuraron su marcha, disparándose hacia delante a lo largo de la calle.

''¡En nombre de la corona, despejen el camino! ¡Muévanse!'', gritó Gunthar. La mayoría de los ciudadanos obedeció, retirándose del camino de los soldados, pero, más adelante, Cithria vio algo que le heló la sangre.

Un par de carretas bloqueaba su paso, a tan solo unos callejones de donde estaban. Una turba furiosa de habitantes se amontonó frente a ellos. Cithria miró hacia la izquierda y hacia la derecha. Los muros de piedra blanca de las fachadas de las tiendas los acorralaban, como si fueran los extremos de un desfiladero. Se percató de que todas las puertas estaban cerradas y enrejadas, al igual que las ventanas.

''¡Es una trampa!'', dijo entre dientes.

''Sí'', respondió Gunthar. Maldijo en voz baja.

''¡Alto! ¡Media vuelta!'', vociferó el sargento-escudo. Los soldados acataron la orden de inmediato, girando sobre sus pies. Todos tenían sus escudos levantados; no obstante, ninguno había desenfundado sus armas.

Los cazadores de magos permanecieron cerca del emisario, uno a cada lado. Los tres estaban protegidos en el centro de la formación de los soldados.

''¡No sirve!'', gritó Cithria. ''Este camino también está bloqueado''.

Mirando el camino por el que vinieron, pudieron ver cómo los habitantes se habían apresurado a empujar otra carreta, bloqueando su ruta de escape.

''¡Entréguenlo a nosotros y nadie saldrá herido!'', gritó un hombre fornido desde lo alto de la carreta. Parecía ser el herrero local, ataviado con un delantal de cuero grueso y sosteniendo un martillo en la mano.

''¡Despejen la calle!'', ordenó Gunthar.

El herrero, quien fungía como el portavoz de la turba enojada, no se inmutó.

''Ni lo sueñes, muchacho'', dijo mientras golpeaba suavemente la palma de su mano libre con el martillo, a modo de amenaza.

Mientras algunas personas corrían, apartándose de la tensa pelea, más vecinos se sumaron a los reunidos en ambos lados de la calle. La mayoría llevaba consigo herramientas agrícolas, hachas de leñador y otras armas improvisadas, pero algunos tenían espadas enfundadas en la cintura. A pesar de que los soldados a quienes enfrentaban los aventajaban, no estaban dispuestos a dejarse intimidar.

''Repito, despejen el camino'', dijo Gunthar.

Tumulto · ilustración de la publicación originalRiot Games

Una piedra golpeó el escudo de Cithria como respuesta. Bakker, el soldado que estaba junto a ella, hizo el intento de desenvainar su espada, la hoja siseando mientras la extraía de su funda.

''¡Sin espadas!'', gritó Cithria, colocando su mano sobre la empuñadura. ''¡Son demacianos, aquellos a los que juramos proteger!''

Bakker, quien era mayor y contaba con más experiencia que Cithria, frunció el ceño y la hizo a un lado, pero el sargento-escudo lo detuvo con una orden cortante.

''Ella tiene razón'', gruñó Gunthar. ''No desenfundarán ninguna espada a menos que yo lo ordene''.

La multitud se tornó más agresiva, gritando y acorralándolos de forma amenazadora.

Entre el escándalo, Cithria alcanzó a distinguir algunas voces individuales.

''¡Pagarás por ello, cerdo!'', gritó una mujer.

''¡Atrápenlo, atrápenlo!'' clamaba un hombre ya más bien anciano que parecía ser un exsoldado.

''Deberíamos entregárselo'', masculló Bakker.

Cithria le lanzó una mirada fulminante. ''¡El emisario Arjen está bajo nuestra protección jurada!'', chistó. ''¿Dónde está tu honor?''.

''No es más que un mago'', dijo otro soldado, a quien Cithria no alcanzó a ver.

Una pesada jarra de barro colisionó contra la formación de los soldados, haciéndose añicos contra un escudo. Un pesado trozo de mampostería, lanzado desde arriba, golpeó a un soldado en su hombrera, tumbándolo sobre sus rodillas. Sus compañeros lo ayudaron rápidamente a ponerse de pie y, al alzar la mirada, Cithria vio gente que aparecía en los techos que los rodeaban.

Observó cómo un hombre encapuchado lanzaba algo. De forma instintiva, Cithria levantó su escudo por lo alto para proteger al emisario, quien estaba parado detrás de ella. Una herradura oxidada golpeó su superficie curva antes de rebotar, sin causar daños. Si hubiera golpeado en el lugar correcto, habría sido letal.

El mago asintió a modo de agradecimiento. Ya no sonreía.

''Te sacaremos de aquí ileso, lo juro por mi honor'', dijo Cithria.

Los habitantes los habían acorralado, aún gritando, aunque ninguno de ellos daba señales de querer acercarse demasiado. No obstante, Cithria sabía que solo era cuestión de tiempo antes de que alguien fuera a la carga, y temía lo que podía suceder una vez que eso pasara.

''¡Tenemos que salir de aquí!'', gritó, mientras más piedras, ladrillos y escombros rebotaban contra la armadura de los soldados.

''Si arremetemos contra ellos, habrá víctimas civiles'', dijo el sargento-escudo Gunthar.

''Puede que no tengamos otra opción'', dijo Cadstone. A regañadientes, Cithria estuvo de acuerdo. A menos que...

''¡Esa puerta!'', gritó, señalando una fachada cerrada y enrejada cercana.

''Vale la pena intentarlo'', dijo Gunthar. ''¡Semicírculo, a mi señal!''

Los demacianos cambiaron su formación sutilmente, ensamblando una barrera de escudos curva, con sus espaldas contra la fachada.

''¡Cithria! ¡Bakker!'', ordenó Gunthar. ''¡Derriben esas puertas!''.

El par rompió filas. Los cazadores de magos y Arjen permanecieron dentro del cordón de protección de los soldados, mientras Bakker empujaba impacientemente al emisario.

''Quítate, mago'', gruñó.

Cithria vio cómo Arjen respiró hondo para mantener la calma y no responderle. Se apresuró hacia las puertas, rodeando al mago, y le hizo un gesto afirmativo a Bakker.

''A la cuenta de tres'', dijo él. ''Uno, dos, ¡tres!''

Al unísono, patearon la puerta doble con fuerza.

''¡De nuevo!''.

Golpearon tres veces más, poniendo todo su peso en las patadas, hasta que hubo un crujido agudo y las puertas se abrieron hacia dentro.

''¡Vayan!'', gritó Gunthar. ''¡Llévense al emisario y a los cazadores, y encuentren una salida! ¡Los retendremos aquí!''.

Al ver cómo el objeto de su furia estaba por escapar, la turba se abalanzó contra la barrera de escudos.

''¡Ven conmigo!'', ordenó Cithria, entrando a la tienda oscura, con el escudo arriba frente a ella. ''Tiene que haber una puerta trasera''.

Al parecer, la tienda le pertenecía a un fabricante de velas. Cientos de velas de cera estaban alineadas en los estantes, y un amplio surtido de esencias florales bombardeó a Cithria.

''¡Aquí!'', gritó Bakker, desapareciendo hacia el fondo de la tienda.

''Quédate cerca'', dijo Cithria, y el emisario de Pergomarca, flanqueado por los cazadores de magos, pasó tras ella mientras seguía a Bakker, quien se adentraba en la tienda.

Encontró una puerta que llevaba a un depósito lleno de barriles, pilas de cajas y costales. Estaba tan oscuro que Cithria apenas podía ver la silueta de Bakker a solo unos metros frente a ella.

''Si tan solo tuviéramos una vela...'', mencionó Arjen afablemente, provocando que Cithria resoplara de la risa; tuvo que cubrirse la boca para contenerse. No era momento para ligerezas.

Entonces, se escuchó un sonido de madera crujiendo y la luz entró de repente al depósito, mientras Bakker abría la puerta trasera de una patada. El callejón que se vislumbraba estaba despejado.

Bakker le abrió paso a Cithria y a los demás.

''¡Muévanse!'', dijo. ''¡Yo cubriré la retaguardia!''

Cithria asintió y avanzó hacia delante, guiando a Arjen y a los cazadores de magos. No había dado ni diez pasos cuando alguien salió de las sombras de un callejón lateral, bloqueando su camino.

Era una mujer pelirroja con una pesada ballesta entre sus brazos. En cuanto Cithria se detuvo, con una mano en alto para alertar a los que venían detrás, la mujer alzó el arma en su dirección.

El tiempo pareció detenerse.

La nieve caía de nuevo, los copos pesados descendían silenciosamente. Aquí, en el callejón detrás de la avenida principal, el clamor de la multitud y los gritos de sus compañeros soldados apenas eran audibles.

Cithria vio que los ojos de la mujer estaban rojos, como si hubiera estado llorando, su semblante delataba su desesperación.

¿Qué había conducido a este pueblo a este estado? La gente de la tierra natal de Cithria era honesta y estoica. ¿Por qué en este pueblo todos estaban tan enojados?

''Hazte a un lado'', dijo la mujer a Cithria, implorando con su mirada. Su voz se quebraba y se ahogaba por el sentimiento. ''Por favor''.

''Este hombre es un emisario proveniente de una nación aliada'', dijo Cithria tranquila, de la misma manera en que le hablaría a un corcel asustadizo. ''No puedo permitir que le ocurra algo malo''.

''¿Qué?'', preguntó la mujer, frunciendo el ceño.

''No lo hagas'', contestó Cithria. ''Este hombre está bajo la protección de Demacia''.

Fue entonces que la mujer rio; el sonido era desesperado y casi maníaco.

''No es él a quien quiero'', dijo ella. ''Es al cazador. A él''.

Ese fue el instante en que Cithria se percató de que la ballesta apuntaba a Cadstone.

''¡Mi hija nunca hizo nada malo!'', dijo la mujer, con lágrimas cayendo por sus mejillas. ''Kyra eligió dar un paso adelante, para advertir a los cazadores de magos sobre su poder. Ella no quería meter a nadie en problemas, ni quería causarle dolor a su familia ni a la ciudad. ¡Todos la querían! Todos estos problemas... ¡Ustedes los causaron!''.

''Te llevaste a su hija...'', exclamó profundamente Cithria, mirando a Cadstone.

El cazador de magos asintió sombríamente.

''Tuvimos que hacerlo'', dijo él. ''La ley fue modificada. Todo ciudadano con poderes mágicos conocidos, ya sean benignos o malignos, ahora tiene que someterse a juicio. Todos los magos del reino''.

''¡Ella era apenas una niña!'', gritó la mujer, con la ballesta dirigida hacia el cazador de magos. ''¡Usted la encerró! ¡Con todos esos criminales! ¡O probablemente fue exiliada y ahora se encuentra más allá de las fronteras, sola! ¡Usted la condenó!''.

Cithria inhaló sorprendida, convencida de que dispararía una flecha... pero no fue así. Al menos no por el momento.

''¡Kyra no era amenaza para nadie!'', lloró la mujer. ''Solía llorar hasta quedarse dormida, deseando haber nacido como los demás. Y usted se la llevó. Es un monstruo''.

''La ley es la ley'', dijo Cadstone.

''Entonces la ley está mal'', dijo la mujer. ''Ella era mi vida y usted me la arrebató. Ahora le arrebataré la suya''.

Su dedo se tensó en el gatillo... pero dudó en el instante en que Cithria se interpuso entre ella y el cazador de magos.

''Hazte a un lado, por favor'', dijo la mujer, llorando. ''No quiero ver a nadie afectado más que al responsable de esto''.

''No puedo dejar que hagas esto'', dijo Cithria. ''Baja la ballesta''.

''Mi vida se terminó'', dijo la mujer. ''La de él también debería terminar''.

''Si haces esto, ya no habrá marcha atrás'', dijo Cithria. ''¿Qué ocurrirá cuando tu hija regrese a casa, pero tú no estés aquí por la decisión que tomes ahora?''.

''Nunca se ha vuelto a ver a alguien que los cazadores de magos se hayan llevado'', dijo la mujer. ''Kyra jamás regresará a casa''.

La profundidad que tenía la desesperación en su voz era desgarradora, y Cithria podía sentir cómo la hería en sus adentros.

''Eso no lo sabes'', le rogó Cithria. ''Ella merece que estés aquí si regresa. Te necesitará''.

El rostro de la mujer se arrugó por el dolor, sus ojos se cerraron y las lágrimas no paraban de correr por sus mejillas. Pero no bajó la ballesta.

Cithria avanzó un paso, llegando hasta ella.

''Yo te ayudaré'', le dijo a la mujer. ''Te prometo que haré todo lo que esté en mi poder para averiguar dónde está tu hija''.

Cithria sabía que su intento por llegar hasta la mujer estaba fracasando. A esa distancia, la potencia de una ballesta grande perforaría directamente su armadura.

''Por favor'', dijo. ''Debes ser fuerte. Por Kyra''.

La mujer colapsó sobre sus rodillas, la fuerza la abandonó por completo. Pero al dejarse caer, finalmente cediendo ante el dolor y el agotamiento, su dedo apretó el gatillo.

Se escuchó un clic, seguido de un chasquido agudo y la ballesta disparó.

La flecha cruzó los aires y rebotó en uno de los muros blancos de piedra del callejón. Cithria giró cuando la letal flecha pasó siseando junto a Cadstone y Arno, sin atinarle al joven y nervioso cazador de magos por unos pocos centímetros; no obstante, se dirigía directamente contra Bakker.

Cithria observó cómo el emisario de Pergomarca hizo un ligero movimiento con sus dedos, un giro sutil de su mano. La flecha cambió de rumbo, como si se hubiera estrellado contra un muro angulado invisible que estaba justo frente a Bakker, y giró inofensivamente sobre su hombro.

La piel de la nuca de Cithria se erizó por lo que acababa de presenciar.

Bakker estaba atónito. La flecha debió haberlo herido en el cuello y Cithria pudo ver en su expresión que él lo sabía. El gigantesco emisario cubierto con pieles de oso le dirigió un ligero guiño.

El joven cazador de magos yacía en el suelo, respirando con dificultad. Cadstone estaba apoyado contra uno de los muros del callejón. La mujer estaba arrodillada en el suelo cubierto de nieve, su cuerpo estaba destrozado de tanto sollozar.

Cithria se apresuró hacia ella y, con gentileza, le quitó de sus temblorosas manos la ballesta. Después, abrazó a la mujer.

''No la arresten'', dijo Cithria, mirando a Cadstone. ''Solo fue un accidente''.

Atribulado, el cazador de magos dudó.

''Nadie resultó herido'', continuó Cithria. ''Ella ya ha sufrido demasiado. Por favor''.

Cadstone suspiró y se talló los ojos.

''Este no es un asunto que le concierna a mi orden'', dijo finalmente. ''Como no hubo magia involucrada, te dejo esa decisión a ti''.

Cithria cruzó miradas con Bakker... pero él no dijo nada.




La turba de gente se abalanzó contra la barrera de escudos demaciana, pateando y subiendo la intensidad de su embestida. Botellas y rocas se estrellaban contra los escudos y cascos, pero los soldados no desenfundaron sus armas.

Hubo un grito cuando Cithria salió una vez más de la tienda de velas, conduciendo a la mujer de cabello rojo con un brazo sobre su hombro; en ese momento, los vecinos retrocedieron.

''¿Rosalyn?'', exclamó el corpulento herrero.

''Kyra no querría esto'', dijo la mujer. ''No querría que nadie saliera lastimado por su culpa''.

Su aparición repentina provocó que la multitud se detuviera por un momento. Algunos de ellos siguieron luchando, embistiendo contra la barrera de escudos, pero otros retrocedieron, abruptamente inseguros de sí mismos.

''¡Despejen la calle!'', rugió Gunthar. ''¡Márchense ahora y no habrá repercusiones!''

Los habitantes observaron al herrero.

''Hagan lo que él dice'', dijo finalmente. ''Se terminó''.

La furia y el rencor de la multitud se disiparon como la neblina del amanecer bajo los rayos del sol. Al poco tiempo, lucían nuevamente como ciudadanos normales, sus rostros ya no estaban retorcidos por el enojo y la furia. Varios murmuraron y bajaron la mirada, avergonzados.

A la señal de Gunthar, los soldados abrieron filas para permitir que el herrero pasara entre ellos y tomara a la mujer entre sus brazos.

''¡El resto de ustedes, váyanse a casa!'', le ordenó Gunthar a la multitud ambulante. Pudo haberlos reunido y encerrado con cadenas, pero a Cithria le alegró que él optara por ser indulgente.

Cithria miró a su alrededor. Milagrosamente, además de algunos rasguños y moretones, nadie había resultado realmente herido, ni los soldados ni los ciudadanos de Cordillera Deshielo. La gente del pueblo se alejó, llevándose las carretas con ellos.

Su sargento-escudo, Gunthar, miró a Cithria con alivio.

''No sé qué fue lo que hiciste'', dijo, sacudiendo su cabeza, ''pero lo que haya sido, ayudaste a evitar el desastre hoy, soldado''.

Cithria se sintió cansada de golpe, y no tuvo la energía suficiente para responder. Asintió aturdida y se dejó caer con fuerza en un escalón cercano.

Los soldados aún vigilaban a los últimos habitantes de la aldea con recelo. Bakker permaneció cerca, su expresión se nubló. La mirada de Cithria se desvió hacia el par de cazadores de magos, cuyas expresiones eran sombrías. Después miró a la mujer, Rosalyn, quien lloraba en los brazos del herrero.

Todos ellos eran demacianos y todos eran de buen corazón, pero las acciones recientes los habían puesto unos en contra de otros.

Tiempos difíciles se avecinaban para Demacia, pensó.

No, se corrigió a sí misma.

Ya estaban aquí.

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Personajes de esta historia

Las publicaciones originales

Fuentes y lecturas relacionadas

El relato original de The Rune, con ilustraciones oficiales con subtítulos separados. Fuentes distingue la historia regional de las biografías individuales.

  1. Demacia · Universo de Riot ↗
  2. The Mageseeker ↗
  3. Universo de Riot · sylas ↗
  4. Universo de Riot · lux ↗
  5. Universo de Riot · garen ↗
  6. Universo de Riot · jarvaniv ↗
  7. El recluta ↗
  8. Un corazón de Demacia ↗
  9. La última luz ↗
  10. The Mageseeker: avance de lanzamiento ↗
  11. Relatos de Runaterra: Demacia ↗

El Círculo de las Runas

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