The Mageseeker: avance de lanzamiento
El avance oficial del juego sigue a Sylas y la rebelión contra los cazadores de magos de Demacia.
Tráilers de historias contadas en libros y juegos narrativos.
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Historia regional · Demacia
Cómo el miedo a la magia deja de ser un secreto individual y divide al reino.
Tumulto sigue las tensiones que rodean a Sylas y la rebelión demaciana. · Riot Games
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El avance oficial del juego sigue a Sylas y la rebelión contra los cazadores de magos de Demacia.
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La rebelión de los magos no empezó con la primera cadena rota. Mucho antes de la fuga de Sylas, Demacia había creado una contradicción dentro de su promesa de seguridad. El reino recordaba la magia como la fuerza que había expulsado a sus fundadores, pero las capacidades mágicas seguían apareciendo entre su propia gente. Un niño nacido con ese don podía convertirse en sospechoso sin haber elegido hacer daño a nadie. Las familias aprendieron que ocultarse podía ser necesario para sobrevivir.
Los Buscadores de Magos dieron forma institucional a ese miedo. Investigaban, identificaban y detenían magos, convirtiendo la diferencia entre ciudadano protegido y extraño peligroso en parte del gobierno cotidiano. Su autoridad no se experimentaba de manera igualitaria. La riqueza y la posición familiar podían proteger a algunos y dejar expuestos a otros. La rebelión nació de esos encuentros repetidos entre vidas privadas y un sistema público que consideraba sus capacidades un problema que debía controlar.
Sylas creció en Dregbourne con la capacidad de percibir magia en otras personas. Los Buscadores de Magos reconocieron su utilidad y lo incorporaron a su trabajo. Le permitían utilizar un don que convertía a otros en objetivos, siempre que la institución pudiera aprovecharlo. Aquel acuerdo le ofrecía un lugar dentro de Demacia, pero lo hacía condicional. Su valor dependía de ayudar a imponer una diferencia que también podía condenarlo a él.
Su servicio durante la infancia lo expuso a las consecuencias humanas de aplicar aquellas normas. Más adelante, el contacto con una joven maga asustada provocó una liberación de poder incontrolable que la mató junto a dos Buscadores de Magos. La institución respondió condenando a Sylas. El niño que había ayudado a localizar sus objetivos se convirtió en uno de sus prisioneros, cargando tanto con lo que había visto como con la certeza de que ser útil nunca había garantizado pertenecer.
Quince años de encierro volvieron íntima la jerarquía del reino. Sylas no podía escapar del material que lo rodeaba y sujetaba, mientras personas de mayor posición disfrutaban de protecciones que él nunca había tenido. Su ira se dirigía contra algo más que sus carceleros. La monarquía, el privilegio nobiliario y los Buscadores de Magos formaban parte de un orden que parecía decidir qué sufrimiento importaba y cuál podía permanecer oculto.
Lux llegó a ese encierro desde el extremo opuesto de la sociedad demaciana. Era una Crownguard con un secreto mágico y buscaba una comprensión que no podía pedir en público con seguridad. Sylas podía orientarla; Lux podía llevar libros y contacto con un mundo exterior a la celda. Su relación unió una simpatía real con necesidades desiguales. La confianza que ella ofrecía se entrelazó con la oportunidad de escapar que él veía.
Los escritos que Lux llevó ayudaron a Sylas a entender la petricita de otra manera. En lugar de limitarse a hacer desaparecer la magia, podía absorber y conservar su poder. El descubrimiento cambió el significado de sus grilletes. Un material que parecía garantizar su indefensión podía contener los medios para actuar. El conocimiento importaba tanto como la fuerza: necesitaba entender lo que las cadenas podían hacer antes de volverlas contra quienes se las habían colocado.
Durante su ejecución, Sylas recurrió a la magia de Lux y utilizó ese poder para liberarse. El momento destruyó la posibilidad de mantener su relación como un asunto privado. También hizo visible un fallo en la pretensión del reino de controlar a su población mágica. Las cadenas siguieron con Sylas como armas y como recordatorio público del lugar donde había comenzado su revuelta.
Otros magos perseguidos podían ver ahora a alguien que había resistido a la institución que los encerraba. Sylas reunió seguidores y atacó las estructuras de autoridad en lugar de buscar una vida tranquila al otro lado de la frontera. Su causa unió la liberación con la represalia. Esa combinación le dio urgencia y fuerza, pero también creó un peligro: quienes no compartieran sus métodos podían convertirse en obstáculos que debía apartar.
La respuesta de Lux siguió otra prioridad. Proteger a los vulnerables no la obligaba a aceptar cada decisión tomada en nombre de la revolución. Garen afrontó una crisis en la que servir al reino y preocuparse por su hermana ya no podían mantenerse cómodamente separados. La muerte de Jarvan III desestabilizó aún más la monarquía y dejó a Jarvan IV ante el duelo y la responsabilidad al mismo tiempo. El levantamiento cambió relaciones por toda Demacia, no solo las vidas de sus rebeldes más visibles.
El recluta muestra cómo el movimiento alcanza a personas apartadas por el antiguo orden. Los grilletes de la fe lleva a Sylas hacia el norte, a Freljord, donde busca aliados y una magia desconocida. El viaje amplía las posibilidades de la revuelta, pero también sus consecuencias. Introducir guerreros y poderes de otra región en una crisis civil puede cambiar quién paga el coste de la lucha.
The Mageseeker desarrolla el conflicto con la institución a la que Sylas había servido. Da a la rebelión compañeros, pérdidas y consecuencias políticas posteriores a la fuga inicial. Su desenlace incluye la disolución de los Buscadores de Magos. Una historia que termina al escapar de la prisión pierde, por tanto, un cambio institucional importante. La organización que había convertido el miedo en un sistema de control no continúa intacta después de ser desafiada.
Disolver a los Buscadores de Magos cambia el panorama político, pero no elimina de inmediato los prejuicios, restaura la confianza ni resuelve todas las diferencias entre quienes los resistieron. Las personas dañadas por las antiguas leyes siguen viviendo con sus consecuencias. Quienes apoyan la monarquía deben decidir si los ideales que defienden permiten reconocer lo que se hizo en su nombre. Los logros de la rebelión y sus costes humanos permanecen dentro de la misma historia.
Sylas obligó a Demacia a enfrentarse a una contradicción que había intentado contener entre piedra y secretos. Lux mostró que amar al reino podía incluir negarse a aceptar sus injusticias. Sus caminos no se vuelven idénticos por reconocer el mismo sufrimiento. La pregunta que permanece es qué significará la libertad después de vencer: la ausencia de las viejas cadenas o una sociedad capaz de proteger a las personas sin decidir que algunas deben vivir encadenadas.
Fin de esta lectura
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Estas ediciones conservan el texto del editor. Sus acontecimientos y contextos de publicación pueden ser distintos.
Phillip Vargas · Relato completo
Publicado 2018-12-28
El chico admiró la raíz de dormis amarilla que se asomaba por el suelo congelado. Era una de los cientos que crecían en una minúscula área de color vívido en lo que, de otra forma, habría sido un terreno baldío. Se puso en cuclillas junto a la flor e inhaló profundamente. El aire fresco de la mañana y un aroma débil inundaron su nariz. Se estiró para tomar la flor silvestre.
''Déjala ahí'', dijo Vannis.
El hombre mayor se irguió sobre el chico, su abrigo azul se agitaba con la suave brisa. Marsino se paró junto a él sosteniendo una antorcha apagada. Los tres habían estado aguardando durante algún tiempo sin obtener respuesta.
El hombre más joven le dirigió una sonrisa al chico y asintió.
El niño arrancó la flor y la guardó en su bolsillo.
Vannis negó con su cabeza y frunció el ceño. ''El tiempo que has pasado con el chico le ha inculcado malos hábitos''.
Marsino se ruborizó ante la observación y se desdibujó su sonrisa. Carraspeó y preguntó: ''¿Ves algo?''.
El chico se puso de pie y analizó la hilera de casas que se encontraba en el campo congelado; las moradas desgastadas no eran más que cabañas deterioradas dispersas en la ladera. Formas y sombras se movían a través de las ventanas de vidrio laminado.
''Hay personas en el interior'', dijo él.
''Todos podemos ver eso'', dijo Vannis, con un tono mordaz. ''¿Ves lo que estamos buscando?''.
El chico buscó la más mínima pista o huella, pero no encontró más que el gris apagado de los tablones desgastados y las piedras talladas.
''No, señor''.
Vannis rezongó en voz baja.
''Tal vez si nos acercamos un poco más'', dijo Marsino.
El hombre mayor negó con la cabeza. ''Estos son hombres de la montaña. Te atravesarán con una lanza antes de que pudieras acercarte a veinte pasos de su puerta''.
El chico se estremeció con estas palabras. La brutal reputación de los montañeses era conocida en la Gran Ciudad. Vivían en los indómitos bordes del reino, en las cercanías de los territorios en conflicto. Miró de reojo sobre su hombro y se acercó un poco más a Marsino.
''Enciende la antorcha'', dijo Vannis.
Marsino golpeó su pedernal bañando con chispas el cordel empapado en aceite. La brea estalló en llamas y el aire fresco de la mañana se desvaneció.
No necesitaron aguardar mucho.
Varias puertas de las cabañas se abrieron y una decena de hombres y mujeres marcharon hacia el grupo. Traían consigo hachas y piquetas.
La mano del niño se deslizó rápidamente a la daga que tenía a su costado. Dirigió la mirada hacia Marsino, pero sus ojos estaban centrados en los aldeanos.
''Mantén la calma, chico'', dijo Vannis.
La multitud se detuvo en el borde del terreno, sus vestimentas desgastadas contrastaban con la ropa de gala color azul y blanco que vestían Vannis y Marsino. Incluso la ropa del chico estaba en mejor estado.
Un débil cosquilleo recorrió su espalda. Tocó el brazo de Marsino para atraer su atención y asintió. El hombre reconoció la señal y le indicó que retrocediera. Había un proceso que debía seguirse.
Una mujer anciana salió por detrás de la multitud. ''¿Ahora los cazadores de magos queman aldeas?'', preguntó.
''¡Aquí no hay nada, sigan con su camino!'', gritó un joven de cabello desaliñado que se encontraba al lado de la mujer. Los demás se unieron en abucheos y reclamos.
''¡Silencio!'', estalló la mujer, dándole un codazo en las costillas al hombre.
Él se estremeció de dolor e inclinó su cabeza. La multitud enmudeció.
Los montañeses no se parecían a nada que el chico hubiera visto en la Gran Ciudad. No les intimidaba la presencia de los cazadores de magos con sus tradicionales abrigos azules y sus medias máscaras de bronce forjadas a martillazos. Por el contrario, se mantenían firmes y desafiantes. Unos pocos comenzaron a juguetear con sus armas, con los ojos puestos sobre el chico. Él se percató de sus miradas.
Marsino dio un paso al frente. ''Una fanega de raíces de dormis llegó a Muroviejo hace seis días'', dijo señalando las flores con su antorcha.
''La gente vende cosas y la gente compra cosas. ¿Acaso es distinto en la ciudad?'', preguntó la anciana.
Los montañeses se rieron.
El chico se unió a ellos con nerviosismo. Incluso Marsino esbozó una débil sonrisa. Vannis permaneció inmóvil. Contemplaba a la multitud con la mano sobre su bastón.
''Por supuesto que no'', contestó Marsino. ''Pero la flor es muy inusual en esta época del año''.
''Somos buenos agricultores, también somos buenos cazadores'', dijo la mujer, y su sonrisa se desvaneció.
Vannis fijó su mirada en la anciana. ''Sí, pero el suelo está congelado y ninguno de ustedes ha usado un arado en su vida''.
La anciana se encogió de hombros. ''Las cosas crecen donde les place. ¿Quiénes somos nosotros para contradecirlas?''.
Vannis hizo una mueca. ''Sí, las plantas crecen'', dijo y desenganchó el Marcagrís de su abrigo. Se puso en cuclillas y sostuvo el disco de piedra labrada sobre una raíz de dormis.
Los pétalos se marchitaron y se secaron.
''Pero no mueren en la presencia de la petricita'', añadió Vannis poniéndose de pie. ''A menos que usen magia para hacerlas crecer''.
Las sonrisas desaparecieron de los rostros de los aldeanos.
''El uso de la magia está prohibido'', dijo Marsino. ''Todos nosotros somos demacianos. Estamos obligados desde que nacemos a honrar sus leyes...''
''Aquí arriba no puede comerse el honor'', dijo la anciana.
''E incluso si pudiera hacerlo, su barriga quedaría vacía'', se burló Vannis.
La multitud se agitó ante el insulto y se aproximaron más a ellos quedando a tan solo unos pasos de los cazadores de magos.
Marsino carraspear y levantó una mano. ''Los montañeses siempre han honrado las costumbres de Demacia. Siempre en armonía con las leyes y la tradición'', dijo. ''Solo pedimos que lo hagan de nuevo hoy. ¿La persona involucrada puede dar un paso al frente?''.
Nadie se movió ni dijo una sola palabra.
Después de un momento, Marsino volvió a hablar. ''Si el honor no los obliga, entonces deben saber que tenemos aquí a un chico que descifrará quién es el culpable''.
La multitud se concentró en el niño. El reproche inundó los ojos de los aldeanos, mientras que susurros severos recorrieron sus filas.
''Entonces, ¿el enano puede utilizar magia sin censura pero nosotros no?'', preguntó el hombre que había gritado con anterioridad.
El chico se encogió ante la acusación.
''Él trabaja para servir a Demacia'', contestó Marsino antes de dirigirse al chico. ''Está bien, adelante''.
El niño asintió, frotó su mano sudorosa en sus pantalones y procedió a dirigirse a los montañeses. Entre los rostros manchados de suciedad había una presencia particular y radiante. Una corona de luz vibraba y resplandecía alrededor del mago.
Solo el chico era capaz de ver esta luz, y así había sido durante toda su vida. Este era su don: su desgracia.
El resto de los aldeanos observaba con desprecio. En todos lados ocurría lo mismo, estas personas lo odiaban por su don. Todos... menos la anciana. Su suave mirada le imploraba que no hablara.
El chico inclinó su cabeza y bajó la mirada al suelo.
Todos aguardaban mientras que el momento se volvía infinito en el silencio. Podía sentir cómo Vannis tomaba medidas y lo juzgaba severamente.
''Está bien'', dijo Marsino colocando una mano alentadora sobre su hombro. ''Nosotros mantenemos el orden. Defendemos la ley''.
El chico alzó la mirada, listo para señalar al mago.
''No lo digas, niño'', dijo la anciana sacudiendo su cabeza.''Yo lo aceptaré. ¿Me escuchas?''.
''Suficiente'', gritó de repente Vannis haciendo al chico a un lado con el Marcagrís en su mano.
La luz radiante alrededor del mago se atenuó momentáneamente cuando la multitud se compactó.
''¡Espera!''.
''Silencio, niño. Tuviste tu oportunidad''.
Pero no era la mujer la que estaba afligida.
El chico se dirigió a Marsino. ''¡No es ella! ¡Es el otro!'', dijo señalando al hombre de cabello desaliñado parado junto a la anciana.
Marsino apartó su mirada de los montañeses intentando seguir el gesto del niño, pero antes de que pudiera identificar la amenaza, el hombre arremetió contra los cazadores de magos.
''¡Mamá!'', gritó mientras iba por Vannis. Sus manos brillaron con un lustre esmeralda, mientras que unas enredaderas espinosas brotaron de las puntas de sus dedos.
Vannis giró para quitarse de su camino, mientras balanceaba su báculo en un gran arco y golpeó al mago en la sien con la pesada pértiga de madera.
El mago tropezó con Marsino agarrándolo del brazo. Unas espinas afiladas perforaron su manga. Marsino retrocedió del dolor y empujó hacia el suelo al hombre herido, soltando la antorcha en medio de la conmoción.
Las llamas rozaron la túnica del hombre e incendiaron sus harapos.
La anciana gritó y corrió apresuradamente hacia su hijo.
Algunos brazos la tomaron y la retuvieron conteniéndola mientras ella forcejeaba. El resto de los montañeses se movió hacia adelante, pero Vannis se mantuvo firme y con el báculo listo.
''¿Te tocó?''.
Marsino buscó a tientas su arma logrando por fin desenganchar su cetro, sus ojos estaban vidriosos y no podían enfocar bien.
''¡Marsino!''.
''¡Estoy bien!''.
''¿Hay más?''. Vannis gritó.
El niño no respondió. Permaneció congelado, mirando al agonizante mago que se retorcía de dolor en las llamas. La amargura le colmó la garganta, pero optó por pasar el trago amargo, negándose a tener arcadas.
''¡Niño!''.
Por fin reaccionó. El fuego se expandía por el campo creando un muro entre ellos y la multitud. Buscó las caras asesinas detrás de las crecientes flamas, con el calor abrumando sus sentidos.
''No''.
''¡Entonces, sube a tu montura!''.
El chico montó su poni. Marsino y Vannis lo siguieron rápidamente en sus propios corceles y los tres se alejaron de la aldea. El chico se dio la vuelta para mirar hacia atrás. El fuego rugía y el campo de flores ya se estaba marchitando.
Se detuvieron poco después del anochecer. El terreno rocoso era demasiado peligroso para continuar a ciegas. El niño sintió alivio al poner sus pies sobre el suelo. Los chicos de Dregbourne rara vez montaban a caballo, a menos que los robaran de una caballeriza, y él nunca había sido un ladrón.
Asumió la primera guardia sentándose en la base de un roble imponente, adolorido y tieso de la espalda y del trasero por haber montado a caballo tanto tiempo. Movió su cuerpo buscando una posición cómoda. Tras unos pocos minutos, se paró y se recargó contra el antiguo árbol. Un lobo solitario aulló en algún lugar arriba en las colinas y un coro de los suyos le respondió. O tal vez eran sabuesos, aún no podía distinguirlos.
Unas nubes distantes de tormenta centelleaban en el cielo nocturno y sus estruendos estaban tan retirados que no llegaban a sus oídos. Arriba, las estrellas luchaban por atravesar unas nubes grises a la deriva. Una capa de niebla espesa se asentó sobre las llanuras.
Lanzó otro manojo de madera al fuego. Avivó una ráfaga de brasas que se consumió pronto.
Voces fantasmales llenaban la quietud de su mente. Suplicaban y negaban una verdad resplandeciente, mientras los recuerdos del mago en llamas daban vueltas en la fogata. Se estremeció y desvió la mirada.
Había sido una muerte terrible, pero cada vez que esos pensamientos invadían su mente, él los apartaba y los reemplazaba con toda la belleza que había visto desde que se unió a Vannis y a Marsino.
Llevaba meses viajando con los cazadores de magos, conociendo el mundo por fuera de las atiborradas calles de Dregbourne por primera vez. Había explorado las colinas y las montañas lejanas que alguna vez vio desde el techo de su vivienda. Ahora había montañas nuevas frente a él y quería ver más.
La magia lo había hecho posible.
La aflicción que alguna vez lo había llenado de miedo al descubrimiento ahora era un don, le permitía andar como un verdadero demaciano. Incluso vestía de azul. Tal vez algún día él también podría usar la media máscara y un Marcagrís propios, a pesar de ser un mago.
Un débil susurro lo sacó de sus pensamientos.
Se dio la vuelta y miró cómo Marsino murmuraba mientras dormía. Junto a él yacía una manta enrollada vacía. El corazón del chico se aceleró al ver esto. Inspeccionó los árboles en busca del viejo cazador de magos.
Vannis estaba parado bajo un roble cercano observándolo.
''Hoy dudaste'', le dijo mientras se alejaba de la sombra. ''Montaste un mal espectáculo. ¿Fue miedo o algo más?''.
El niño apartó la mirada y permaneció en silencio buscando una respuesta que pudiera satisfacer al cazador de magos.
Vannis frunció el ceño impacientándose. ''Anda, dilo''.
''No entiendo... ¿qué tiene de malo cultivar raíces de dormis?''
Vannis refunfuñó y sacudió su cabeza. ''Cada centímetro cedido es un centímetro perdido'', dijo. ''Esto es cierto tanto en el campo de batalla como con los magos''.
El chico asintió. Vannis lo miró por un momento.
''¿En dónde está tu corazón, niño?''.
''En Demacia, señor''.
Marsino se agitó nuevamente. Sus murmullos se convirtieron rápidamente en lamentos, hasta que el hombre terminó por pelear contra su manta.
El niño se le acercó y lo sacudió por el hombro. ''Marsino, despierta'', susurró.
El joven cazador de magos se retorció con el contacto el niño. Los gemidos incrementaron hasta que el hombre comenzó a sollozar. Sacudió de nuevo a Marsino, solo que esta vez con más fuerza.
''¿Qué pasa?'', preguntó Vannis acercándose a él. ''No lo sé. No se despierta''.
Vannis hizo al chico a un lado y le dio la vuelta a Marsino. El sudor corría por su frente y por su sien opacando su cabello oscuro. Los ojos de Marsino estaban abiertos y vacíos, tenían un turbio brillo blanquecino.
Vannis le quitó la pesada manta y abrió la capa de Marsino. Zarcillos oscuros de plaga deterioraban su brazo. Ante los ojos del niño, una flor radiante pulsaba bajo la piel podrida.
Habían estado cabalgando desde antes de que apareciera la primera luz.
Vannis y el niño lograron subir a Marsino a su caballo y atarlo a su montura. El joven cazador de magos había permanecido en un sueño febril mientras Vannis ataba su caballo al suyo y arrancaba.
El poni del niño batalló para seguir el paso que había marcado Vannis; el Castillo de Muroviejo aún estaba a un día de viaje.
Vio cómo Marsino se sacudía con cada zancada. El hombre herido amenazó con caerse en varias ocasiones, pero Vannis ralentizaba el paso y ajustaba el amarre de Marsino a su montura. Cada vez que el viejo cazador de magos hacía eso, le fruncía el ceño al chico antes de continuar.
Llegaron a Paso Corvo al medio día. Sus monturas escalaron las curvas estrechas talladas en la ladera de la montaña. Esta ruta reduciría medio día del tiempo de su viaje, pero el peligroso camino estaba en mal estado, y la maleza espesa retrasó su avance.
El niño apretó sus piernas y se agarró de las riendas observando nerviosamente la precaria caída hacia abajo del profundo barranco. Su poni solamente seguía el recorrido manteniéndolos lejos de la muerte de forma instintiva.
Atravesaron los matorrales para desembocar en un terreno plano. Vio cómo Vannis espoleó a los caballos para hacerlos galopar; Marsino comenzó a desplazarse hacia la derecha, recargándose mucho más de lo que lo había hecho antes.
''¡Vannis!''.
El cazador de magos se estiró, pero era demasiado tarde. Marsino cayó y se golpeó contra el suelo.
El niño refrenó su montura y descendió de ella para correr hacia el hombre caído. Vannis hizo lo mismo.
La sangre brotaba de la frente de Marsino.
''Necesitamos contener la hemorragia'', dijo Vannis.
Desenfundó su daga y, sin preguntar, se estiró y cortó una larga tira de tela de la capa del niño.
''Agua'', dijo Vannis.
El chico tomó su bolsa de agua y vertió un chorro sobre el profundo tajo, mientras Vannis limpiaba la herida.
Marsino se movió y murmuró algo incoherente en su estado febril. El niño trató de prestarle atención a las divagaciones del hombre, pero solo pudo comprender unas cuantas palabras.
''Bebe'', dijo vertiendo gotas de agua sobre los labios secos del hombre.
El joven cazador de magos se despertó con su lengua lamiendo la humedad. Abrió los ojos. Unas manchas rojizas teñían el blanco vidrioso.
''¿Ya... llegamos?'', preguntó Marsino, su pecho resollaba con cada palabra.
Vannis le lanzó una mirada al niño. Supo que no debía decir nada. Aún estaban lejos de la ayuda.
''Ya casi, hermano'', dijo Vannis.
''¿Por qué construir... Muroviejo... tan lejos, en la cima de una montaña?''.
''Se supone que llegar ahí debe ser difícil'', mencionó Vannis, con una frágil sonrisa.
Marsino cerró sus ojos y se rio un poco. Pronto la risa se convirtió en tos.
''Tranquilo, hermano'', dijo Vannis observando al hombre por un momento antes de girar hacia el niño. ''La raíz de dormis, ¿aún la tienes?''.
''Sí''.
El chico hurgó en su bolsillo sacando un caballo hecho de paja, una piedra de río pulida y una flor amarilla. Sonrió al verla, sabiendo que la flor ayudaría a Marsino.
Vannis la arrancó de la mano del chico. ''Por lo menos hiciste algo bien, niño''.
Sintió un hueco en el estómago al escuchar esas palabras. Vannis tenía razón. Él había flaqueado y su amigo había pagado por ello.
Marsino negó con la cabeza. ''No es... su culpa... yo debí... ser más cuidadoso''.
El viejo cazador de magos permaneció en silencio mientras retiraba algunos pétalos de la raíz de dormis.
''Mastica esto. No es refinada, pero ayudará con el dolor''.
''¿Y qué pasa con... la magia?'', preguntó Marsino.
''Aceleró el crecimiento y la mantuvo fuerte, pero la planta está inmaculada'', dijo Vannis mientras colocaba los pétalos en la boca de Marsino. Se inclinó hacia delante y susurró algo en el oído del joven, acariciando con suavidad su cabello. Marsino sonrió, aparentemente perdido en un recuerdo.
El niño tomó un trago de su bolsa de agua. Un ligero escalofrío se deslizó por su espalda. Los finos vellos de sus brazos se erizaron.
Se dio la vuelta y caminó hacia el extremo del terreno plano, un conjunto de copas de pinos verdes cubría la planicie de abajo.
''¿Qué pasa?, preguntó Vannis.
''No lo sé''. Bajó la mirada hacia el valle. Nada parecía estar fuera de lugar, incluso la sensación se había desvanecido.
''Pensé...''.
Se detuvo en seco. Unas columnas de humo negro se elevaron en la distancia.
El niño miró los cuerpos carbonizados y llameantes tirados en el pasto. El aroma a piel animal quemada flotaba en el aire. Su estómago retumbó.
''¿Qué crees que hizo eso?'' preguntó, cuidando a Marsino. El joven cazador de magos yacía en una camilla improvisada hecha con una manta y pedazos de cuerda.
''No lo sé'', dijo Vannis. ''Quédate aquí y vigila''.
El viejo cazador de magos inspeccionó el ganado muerto. Todos los animales tenían heridas como perforaciones del tamaño de un puño en sus gruesas pieles. Vannis pinchó una de las cavidades quemadas con la punta de su báculo para medir su profundidad. Un tercio de la vara desapareció.
''Tal vez debamos irnos'', dijo el niño.
Vannis volteó a verlo. ''¿Sientes algo?''.
El chico inspeccionó el ganado. Restos de magia irradiaban bajo la carne chamuscada. Lo que sea que los hubiera matado era lo suficientemente poderoso como para mutilar a las inmensas criaturas. Un hombre no tendría mejor suerte. Incluso uno con un báculo.
El niño redirigió su atención hacia la granja. Contaba con una pequeña cabaña de madera, un granero desgastado y una letrina en el otro lado. La propiedad estaba metida entre las montañas rodeada por un bosque tupido. Nunca la hubieran visto si no fuera por el humo.
El sonido de pisadas se aproximó.
Vannis se dio la vuelta y levantó su báculo.
Un viejo rodeó la esquina del granero. Se detuvo al ver a los visitantes inesperados. Vestía una túnica y unos pantalones confeccionados para un hombre más grande. Llevaba consigo una alabarda vieja y golpeada con una hoja brillante y afilada.
''¿Qué están haciendo en mi granja?'', preguntó el hombre cambiando la manera en la que agarraba su arma y permaneciendo fuera del alcance de Vannis.
''Mi amigo está herido'', dijo el niño. ''Por favor, necesita ayuda, señor''.
Vannis miró de reojo al niño, pero no dijo nada.
El granjero observó a Marsino. El joven cazador de magos se movió en su camilla, absorto en un sueño febril.
''En Muroviejo tienen sanadores'', dijo el granjero.
''Está a un día de distancia. No sobreviviría'', contestó Vannis.
''Una bestia acecha estos bosques. Será mejor que se pongan en marcha'', dijo el viejo, señalando el ganado muerto.
El chico miró los espesos árboles. No sintió nada en ese momento, pero recordó el escalofrío que experimentó antes. A esa distancia, tenía que ser una criatura inmensa.
''¿Qué clase de bestia? ¿Es un dragón?''.
''Calma, niño'', dijo Vannis, mientras se acercaba al granjero. ''Es su deber darle resguardo a un soldado demaciano''.
El granjero se mantuvo firme. ''Ustedes portan el color azul... pero un cazador de magos no es un soldado''.
''Cierto, pero una vez lo fui. Al igual que usted''.
La mirada del granjero se estrechó, al tiempo que inclinó la punta de la lanza de su alabarda hacia Vannis.
''Es la cuchilla de esa pértiga'', dijo Vannis. ''Una destripadora de los antiguos Alabarderos de Muroespina, si mal no recuerdo. Por lo que veo, ni el arma ni este viejo soldado han perdido su filo''.
El granjero miró su arma con una leve sonrisa. ''Eso fue hace mucho tiempo''.
''Los hermanos son de por vida'', dijo Vannis, esta vez mucho más suave. ''Ayúdenos y cazaremos a su bestia después de que hayamos terminado''.
El niño miró a Marsino. Los ojos del cazador de magos aún estaban cerrados, mientras jadeaba superficialmente.
El granjero miró a Vannis considerando su oferta. ''No será necesario'', dijo finalmente. ''Llevemos adentro a su hombre''.
Vannis y el granjero cargaron a Marsino hacia el interior de la cabaña. Un pequeño fuego ardía en la chimenea, y la modesta habitación olía a cedro y a tierra. El niño despejó una mesa ubicada en medio del cuarto aventando platos de madera y galletas a un catre que estaba cerca. Los hombres depositaron a Marsino sobre los tablones de madera.
''¿Quién más está aquí?'', preguntó Vannis, cortando con su daga la túnica de Marsino.
''Vivo solo'', dijo el viejo, examinando la herida. El niño pudo ver que la plaga se había extendido. Los zarcillos oscuros se acercaban hacia el cuello y al corazón de Marsino.
''Tendremos que extirparla'', dijo Vannis.
Marsino empezó a convulsionarse a punto de caerse de la mesa.
''Sosténganlo'', exclamó Vannis. El chico inmovilizó las piernas de Marsino valiéndose de su peso para mantenerlas en su lugar. El hombre se azotaba resistiéndose a la inmovilización. Soltó una patada y su pesada bota golpeó en la boca al niño. Se tambaleó y se sobó la mandíbula.
''¡Dije que lo sujeten'', gritó Vannis mientras le pasaba un trapo al filo de su daga.
El niño trató de controlar las piernas de Marsino de nuevo, pero el granjero intervino.
''Está bien, hijo'', dijo el hombre. ''Mejor trata de hablarle''.
Se movió alrededor de la mesa. Los temblores de Marsino habían cesado, pero su pecho repiqueteaba con cada respiración desigual.
''¿Marsino?''.
''Sostén su mano, hazle saber que estás aquí'', dijo el granjero. ''Funciona con los animales lastimados. Los hombres no son tan diferentes''.
El chico sujetó la mano de Marsino. Se sentía tibia al tacto y resbaladiza por el sudor. ''Todo va a estar bien. Conseguimos ayuda''.
Parecía que Marsino se concentraba en su voz, girando hacia el sonido, su mirada de turbio brillo blanquecino ahora era de un color rojo profundo.
''¿Estamos en Muroviejo?''.
El niño miró a Vannis, el cazador de magos asintió.
''Sí, los sanadores se están haciendo cargo de ti'', dijo el chico.
''La raíz de dormis... me ayudó... a ganar tiempo'', dijo Marsino, apretando su mano. ''Hiciste bien... hiciste bien...''.
El niño apretó sus dientes reprimiendo la pena que invadía su garganta. Apretó aún más la mano de Marsino sin deseos de soltarla.
''Lo siento, Marsino. Yo debí...''.
''No... no fue... tu culpa'', dijo Marsino, cada palabra llena de pena y dolor. Se esforzó por levantar la cabeza. Intentaba inspeccionar la habitación con unos ojos que ya no podían ver.
''¿Vannis?''.
''Aquí estoy, hermano''.
''Diles... diles que no fue su culpa''.
Vannis clavó su mirada en el niño. ''Sí, fue mala suerte'', dijo finalmente.
''Ves...'', respondió Marsino con una pálida sonrisa. ''No tienes que... cargarla''.
Vannis sujetó el hombro de Marsino y se acercó para hablarle al oído. ''Tenemos que extirparla, hermano'', dijo Vannis.
Marsino asintió con la cabeza.
''Va a necesitar algo que pueda morder'', dijo el granjero.
El niño desenfundó su daga, el mango de madera tallada era perfecto para esa tarea. La colocó en la boca de Marsino.
''Bien'', dijo Vannis, sosteniendo su propia cuchilla a unos cuantos centímetros del brazo herido.
Los zarcillos serpentearon bajo la piel. Ante la mirada del niño irradiaban una luz sutil y palpitante, imperceptible para los otros.
''Alto'', dijo.
Vannis miró al chico. ''¿Qué pasa?''.
Marsino mordió el mango de la daga y emitió un grito ahogado. Apretó la mano del niño y se azotó contra la mesa hasta que el movimiento bajo su piel se sosegó.
La plaga se expandió a través del cuello de Marsino.
''Está demasiado profunda'', dijo Vannis. ''No la puedo extirpar''. El cazador de magos dio un paso atrás, sin saber qué hacer a continuación.
''¿Y si la quemas?'', preguntó el niño.
''No se puede cauterizar tan cerca de la arteria'', dijo Vannis. Miró al anciano. ''¿Tienes alguna medicina?''.
''Nada que pueda servir para esto''.
Vannis observó a su compañero herido, sopesando algo en su mente. ''¿Qué tal un sanador?'' susurró.
''Tendría medicinas, pero el más cercano...''.
''No esa clase de sanador''.
El anciano se quedó callado un momento. ''No conozco a nadie así''.
Parecía que Vannis quería insistir en eso, pero se mordió la lengua y decidió inspeccionar la cabaña.
El niño siguió la mirada del cazador de magos. Encontró una pila de pieles en una esquina, una hamaca tejida en otra y una banca de trabajo de un tallador retacada con decenas de patos de madera contra una pared. No había nada que pudiera ayudar.
''El ganado'', dijo Vannis.
El granjero palideció con la sola mención de los animales muertos. ''¿Qué hay con eso?''.
''¿Alguna vez padecieron el gusano de la tiña?''.
''Sí. Lo quemamos con un pulverizado de cáustico lunar''.
''Si cortamos la fuente y usamos una delgada venda del pulverizado para el resto, tal vez funcione'', dijo Vannis. ''¿Dónde está?''.
El granjero se asomó por la ventana. Parecía dudar, tal vez trataba de recordar dónde buscarlo en medio de todo ese desorden.
Un profundo sonido gutural emergió de la garganta de Marsino. Se convulsionó violentamente y se balanceó hacia el borde de la mesa, con la daga apretada entre sus dientes.
Vannis retuvo por los hombros al hombre herido. ''¿Dónde está el pulverizado?''.
Las piernas de Marsino se sacudían y el granjero batallaba con ellas. ''Está en el granero, pero...''.
Marsino gimió.
''¡Yo lo traeré!'', dijo el chico mientras daba media vuelta y corría hacia fuera.
Se detuvo en seco.
El bosque a su alrededor se mostraba oscuro y silencioso. Buscó entre la densa maleza hasta el más mínimo indicio de magia, pero no encontró nada. El vapor y el humo aún se elevaban de entre las ardientes pilas en la pastura. La sensación del cosquilleo se extendió por toda su espalda... aquí había algo cerca.
Tenía que prevenir a Vannis, pero sabía que no debía gritar.
¿Debía regresar?
Otro grito agonizante brotó de la cabaña. Marsino necesitaba que él fuera valiente.
Inhaló profunda y solemnemente, y corrió a toda velocidad hacia el anexo. Sus temblorosas manos lidiaron con el cerrojo hasta que finalmente consiguió abrir la puerta, entró y la cerró de un golpe.
Una descarga recorrió su espalda.
Se tropezó y cayó en un estante de herramientas abandonadas. Palas y piquetas golpearon estruendosamente el suelo.
Eso estaba dentro del granero.
El chico buscó su daga, pero solo encontró su funda vacía. Se la había entregado a Marsino. Un destello plateado irradiaba desde uno de los establos.
Intentó ponerse en pie, pero sus piernas se rehusaban a hacerlo. El brillo se intensificó cuando una forma salió del establo y dobló la esquina. Nunca había visto una luz tan cegadora. Distorsionaba el mismísimo aire generando oleadas de colores.
La figura se acercó.
Un zumbido llenó sus oídos como un ejército de abejas revoloteando dentro de su cabeza. El chico retrocedió rápidamente con una mano protegiendo sus ojos y con la otra buscando un arma en el suelo. No encontró nada.
El mundo se desvaneció detrás de un haz de luz y de color.
Un sonido intentó atravesar el zumbido mientras que la forma cruzaba el brillo radiante. Su mente luchaba por encontrarle sentido a lo que estaba sucediendo hasta que una sola palabra dejó todo claro...
''¿Papá?''.
Con esa palabra el mundo recobró todo el sentido.
Era una niña pequeña.
Lo miró fijamente con la mirada llena de miedo. La corona a su alrededor volvió a brillar con más intensidad. Tiró del niño, obligándolo a acercarse y a tocar su resplandor.
''¿Quién... quién eres?'', preguntó la niña.
''Soy… Sylas''. Se puso de pie y extendió su mano. ''No te haré daño... si tú tampoco a mí''.
La chica cerró sus manos y las presionó contra su pecho. ''Yo nunca le haría daño a nadie...'', contestó ella, bajando la mirada. ''Al menos no a propósito''.
El chico recordó al ganado de la pastura. Hizo a un lado el pensamiento y se concentró en la niña de cabello dorado. Lucía pequeña y perdida, incluso estando en su propio hogar.
''Te creo'', dijo el chico. ''No siempre es... sencillo''.
La luz alrededor de la niña se debilitó y la presión sobre él menguó.
Ella levantó la mirada hacia el niño. ''¿Has visto a mi papá?''.
''Él está en la cabaña. Está ayudando a un amigo mío''.
Con timidez, ella extendió su mano para tomar la del chico. ''Llévame con él''.
Él retrocedió. ''No puedes entrar'', le dijo.
''¿Algo malo le ocurre a papá?''.
''No. Es solo que... él está ayudando a un cazador de magos''.
La pequeña se estremeció al escuchar la palabra y el interior del granero se iluminó nuevamente. Ella comprendía el peligro.
''¿Tú eres un cazador de magos?””, preguntó con voz temblorosa.
La pregunta hizo que algo se retorciera en lo más profundo del chico.
''No'', contestó. ''Yo soy como tú''.
La niña sonrió. Era una sonrisa genuina que llenó su corazón de una manera en la que ningún elogio proveniente de un cazador de magos lo había hecho.
Otro grito surgió de la cabaña principal.
''¿Papá?''.
''Es mi amigo. Debo regresar'', dijo él. ''¿Puedes ocultarte hasta que nos marchemos? ¿Puedes hacerlo?''.
La niña asintió.
''Bien'', contestó el niño. ''¿Sabes dónde está el cáustico lunar?''.
Ella señaló una vasija de arcilla que se encontraba en un estante angosto.
El chico tomó el recipiente y salió a toda velocidad del granero. Al acercarse a la cabaña, escuchó otro gemido agonizante. Se esforzó para apresurarse más e irrumpió por la puerta.
''Lo encontré'', dijo, con el recipiente en sus manos como si fuera un trofeo.
El silencio inundó el recinto.
Vannis observaba fijamente el cuerpo sin vida de Marsino. Solo el granjero se giró hacia la puerta.
Los ojos del anciano reflejaban miedo y rencor. Era el mismo reflejo que el chico había visto en los ojos de las almas que desesperadamente intentaban ocultar su dolor.
El anciano tomó su alabarda lentamente, su mirada iba del chico a Vannis, quien aún no había pronunciado palabra alguna y permanecía inmóvil.
El chico negó con la cabeza, implorando silenciosamente al hombre que parara.
El granjero se detuvo y miró hacia el granero antes de devolver la mirada al chico.
Él le ofreció al padre una sonrisa tranquilizadora.
El anciano lo consideró por un momento y después apoyó su arma contra el muro.
Vannis finalmente despertó del trance. ''¿Por qué tardaste tanto?'', preguntó el cazador de magos.
''No es culpa del chico. No había manera de salvar a su amigo''.
Vannis retrocedió del cuerpo y se sentó en el catre.
''Él es la razón del porqué estamos aquí'', dijo con desdén. ''¿Sabe? Él es uno de ellos''. Haciéndose pasar por alguien normal''.
''Su amigo no creía eso'', dijo el granjero. ''Honre ese recuerdo''.
Vannis retiró la mirada del cuerpo de Marsino. Fijó su atención en las decenas de herramientas para tallar y en las figuras de madera que estaban esparcidas por el suelo debajo de la hamaca.
''Él era un joven tonto que sentía las cosas con demasiada profundidad'', dijo finalmente. Después de eso, Vannis permaneció en profundo silencio, aparentemente con su mente en otro lugar.
El granjero y el chico se unieron a él en la incómoda inmovilidad, sin saber qué más hacer.
''Así que, ¿usted y yo cazaremos a la bestia?'', preguntó Vannis al anciano.
''No es necesario'', contestó el granjero. ''Ocúpese de su amigo. Tengo una carreta. Es suya''.
''No me parece apropiado dejarlo aquí... solo'', dijo Vannis. ''Estaría abandonando a un hermano''.
La voz del cazador de magos tenía una sutil agudeza que hizo que el niño se sintiera intranquilo. Era pena transformada en sospecha. El apesadumbrado mentor se había convertido nuevamente en el interrogador.
''Me las arreglaré'', dijo el granjero. ''Lo he hecho desde los días en que vestía de azul''.
''Por supuesto'', dijo Vannis sonriendo.
El cazador de magos saltó desde el camastro, se abalanzó sobre el granjero y lo azotó contra el muro; la punta de su daga estaba a centímetros de la garganta del hombre.
''¿Dónde está?''.
''¿Qué?'', preguntó el granjero, con la voz temblorosa y con un tono de confusión.
''¿Su bestia?''.
''E-está en el bosque''.
''¿Se refugia en la cabaña por las noches?''.
''¿Qué?'',
''La hamaca'', dijo Vannis señalando el cordón entretejido. ''Cuando pasas suficiente tiempo en combate, se convierte en tu mejor amiga''.
Vannis presionó la daga contra la carne del hombre. ''Así que, ¿por qué el catre?''
''Le... pertenecía a mi hija'', contestó el granjero, su mirada se desvió momentáneamente hacia el chico. ''Falleció el invierno pasado''.
El niño observó el catre. Lo habían construido para un niño.
Pero no solo estaba el catre. También había un tazón y una cuchara de madera, y una espada de práctica demasiado pequeña para un adulto. Si él podía distinguir que todo era mentira, entonces...
''Visitemos su tumba'', dijo Vannis.
''No podemos'', dijo el granjero avergonzado, apartando la mirada. ''La bestia se la llevó''.
''¿Al igual que a su ganado?'', dijo Vannis con desprecio. ''Le apuesto a que si hacemos una búsqueda meticulosa, la encontraremos en su granja''.
''Aquí no hay nada'', dijo el chico. ''Deberíamos partir''.
''¿Qué es lo que ves en sobre esa mesa, niño?''.
Miró fijamente al cuerpo de Marsino. Inerte y con los ojos abiertos llenos de sangre. La plaga de tentáculos lo había ahorcado y había cubierto su rostro.
''¿Qué es lo que ves!''.
''A Marsino... veo a Marsino'', dijo el chico, con las palabras ahogándose en su garganta.
''A un cazador de magos, chico. Uno de los míos'', dijo Vannis derramando enojo y dolor en cada palabra. ''¿Qué es él para ti?''.
Marsino había sido el único cazador de magos que lo había tratado con amabilidad. A pesar de su condición, lo había aceptado como verdadero demaciano.
''Él era mi amigo''.
''Sí... y lo asesinó un mago'', dijo Vannis. ''Este hombre nos está ocultando a uno de ellos. A un mago peligroso''.
El chico recordó el intenso brillo de la pequeña niña y la carne calcinada del ganado muerto.
''¿Qué hacemos?'', le preguntó Vannis.
El chico limpió los bordes de sus ojos con su manga. ''Nosotros mantenemos el orden. Defendemos la ley''.
Vannis llevó al chico y al granjero al exterior, conduciéndolos con su báculo. Los tres permanecieron en el prado observando el granero y la letrina. Golpeó al hombre en las costillas con el báculo.
''Llama a tu hija''.
El granjero hizo una mueca por el golpe. ''Ella no está aquí'', dijo. ''Falleció''.
''Eso lo veremos''.
El anciano observó al chico, rogándole en silencio.
''Inspeccionaré el granero'', dijo el chico.
''No. Deja que ella venga a nosotros''. Vannis golpeó la cabeza del granjero con el borde de su báculo, derribándolo.
''¡Sal! ¡Tenemos a tu padre!''.
No hubo respuesta. Tampoco movimiento. Y después el hombre gimió de dolor.
El chico giró para encontrarse con el granjero tambaleándose sobre una rodilla, sujetándose la sien. La sangre se derramaba debajo de los dedos del hombre, manchando sus manos. Vannis se irguió sobre él, preparado para atacar de nuevo.
''¿Qué estás haciendo?''
''Lo que debe hacerse'', dijo Vannis con el rostro contorsionado por la furia y el dolor.
Un escalofrío recorrió la espalda del niño. Y una vez más, los finos vellos de sus brazos y de su cuello se erizaron.
La puerta del granero crujió abriéndose.
''Eso es, ven'', dijo Vannis.
La oscuridad enmarcó la puerta. Pequeñas pisadas se acercaron. La pequeña niña atravesó el umbral y salió. Sus ojos llenos de pánico se centraron en su padre herido.
''Papá...'', dijo, con lágrimas cayendo por su rostro.
''Todo está bien'', tartamudeó el granjero ensangrentado. ''Papá solo está hablando con estos hombres''.
Todos vieron cómo la chica se acercó a ellos, pero los hombres no estaban conscientes de lo que solo el niño podía ver.
Ella brillaba como el sol de mediodía.
El poder de su interior palpitaba y modificaba los colores. Brillaba con tal resplandor que parecía doblar a la luz misma. Era como un arcoíris viviente.
Esta era su desgracia: su don.
Solo él podía ver la belleza fundamental y la naturaleza de la magia. Vivía dentro de esa aterrada niña al igual que vivía en todos los magos de Demacia, y posiblemente en todo el mundo. ¿Cómo podía él traicionar eso? El chico había visto todo lo que necesitaba ver.
''Ella es... normal''.
''¿Estás seguro? ¡Vuelve a mirar!''.
Él se giró hacia el cazador de magos. Para Demacia, Vannis era un baluarte venerado, un protector contra la amenaza de la magia, pero para el chico, él era un simple hombre aferrándose a la tradición.
''Te equivocaste. Deberíamos partir''.
Vannis lo miró por un instante, intentando percibir un engaño. El cazador de magos negó con la cabeza y frunció el ceño.
''Veremos si pasa las pruebas'', dijo sacando su Marcagrís de su capa.
Los ojos del granjero se abrieron más al ver el emblema de petricita.
''¡Corre, niña! ¡Corre!'', gritó el anciano mientras se incorporaba y se abalanzaba sobre Vannis.
El cazador de magos se movió rápidamente, enterrando su báculo en el abdomen del hombre. El hombre se tambaleó por el golpe, generando distancia entre los dos. Vannis se lanzó hacia delante y dirigió el báculo a la cabeza del hombre. Su cabeza se destrozó, brotando de ella un color carmesí.
La pequeña gritó. De sus manos chisporrotearon chispas de luz, y en esta ocasión, eran visibles para todos.
Vannis sostuvo su Marcagrís capturando los arcos resplandecientes en la piedra, suprimiendo la magia. Pero rápidamente la petricita se oscureció y se quebró, superada por el poder de la niña. Vannis dejó caer el disco arruinado y se dio la vuelta, balanceando su báculo de madera hacia la cabeza de la pequeña.
''¡No!''.
El niño corrió hacia la niña, lanzándose entre el pesado báculo y los estallidos de torrentes de luz. Los vellos de sus brazos se chamuscaron y de sus dedos surgieron ampollas al tocar a la pequeña maga.
Un arco retorcido de relámpagos perforó su mano y una corriente abrasadora recorrió su piel, provocando que todo su cuerpo se contorsionara. El corazón del chico se tensó y todo el aire de su interior abandonó su cuerpo. Jadeó intentando respirar, pero solo atrajo un vacío.
Los bordes de su visión se nublaron y los colores desaparecieron conforme una magia letal lo inundaba. Vannis lucía inmóvil, con el báculo a medio movimiento, como una estatua antigua representando a un héroe del pasado. La pequeña también estaba petrificada, sus lágrimas eran cristales opacos mientras que el brillo radiante de su alrededor se atenuaba y se desvanecía...
Y entonces, los pulmones del chico se llenaron de aire.
Su corazón se aceleró bombeando una calma ensordecedora por todo su cuerpo. La llamarada en su interior permaneció, pero no amenazaba más con consumirlo. Por el contrario, fluía y lo atravesaba con tranquilidad, y por breves instantes, se sintió maleable a sus pensamientos. De pronto, se encendió y resplandeció de una manera tan abrasadora que no pudo contenerla más en su interior.
La luz brotó de sus manos y el mundo desapareció.
Sylas abrió los ojos. Tres cadáveres carbonizados yacían esparcidos sobre el suelo chamuscado. Uno de ellos sostenía un báculo deformado y astillado con su mano. Los otros dos habían caído uno cerca del otro con los brazos extendidos para alcanzarse, pero separados para siempre. Sus ojos se humedecieron al ver su fracaso y el arrepentimiento se apoderó de su corazón. Se puso de espaldas y se estremeció.
Innumerables estrellas se extendían por un firmamento sin nubes. Las vio pasar a través de la oscuridad y desaparecer detrás de un dosel oscuro de árboles.
El cielo nocturno se tornó de color púrpura antes de que finalmente se pusiera de pie.
Sus piernas se estremecieron mientras cojeaba para alejarse de la carnicería. Se detuvo a una corta distancia, pero no miró hacia atrás.
No tenía necesidad de hacerlo. Aquellas imágenes permanecerían con él por el resto de su vida. Los apartó de sus pensamientos y observó las cimas de las montañas que se extendían en el horizonte.
No tenía intención alguna de cabalgar hacia Muroviejo, o hacia alguna de sus fortalezas. Ninguna oración ni plegaria lo salvarían de su castigo. Con el tiempo lo buscarían y no se detendrían hasta llevarlo ante la justicia. Después de todo, la ley se debe defender.
Pero él conocía sus formas, y Demacia era vasta.
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Publicado 2019-01-25
El sol estaba en su punto más alto, lo suficiente como para iluminar los campos de exiliados que estaban ocultos en la profundidad del cañón. Desde la sombra de su cobertizo, Sylas de Dregbourne aguardaba pacientemente el regreso de su centinela. Finalmente, la vio rodeando el espiral de piedra en la boca de la grieta, conduciendo a un joven desconocido de ojos muy abiertos hacia el campamento.
''Él es Happ'', dijo la centinela. ''Quiere unirse''.
Sylas salió de su refugio, dedicando una mirada casual al chico. ''Ah, ¿sí?''
''Lo conozco del subsuelo. Los cazadores acabaron con su familia. Logró escapar por muy poco''.
Sylas asintió y evaluó al joven en silencio. Podía sentir cómo el chico había sido bendecido con una magia muy poderosa; un manto oscuro y letal. En cuanto a lo demás sobre él, Sylas no veía nada.
''Es un buen chico'', aseguró la centinela. ''Y proviene de Dregbourne''.
El ceño de Sylas se frunció por una grata sorpresa, como si estuviera conociendo a un pariente del que no sabía sobre su existencia.
El joven tartamudeó para presentarse. ''Yo... yo pensé que tal vez... me podría unir a su causa... señor''.
El campamento entero de fugitivos rompió en risas. La mirada del niño se desplazó por los rostros sonrientes, buscando algo que le indicara qué había hecho mal.
''Aquí no hay ningún señor'', dijo Sylas riendo. ''A menos que quieras dirigirte a todos los que estamos aquí de esa manera''.
''Sí, señ... sí'', dijo el joven, por poco repitiendo su error.
El recluta, avergonzado, parecía estarse cuestionando si había tomado la decisión correcta al venir al campamento. Sylas colocó un pesado brazo con grilletes sobre el hombro del chico, con la esperanza de aminorar su vergüenza.
''Tranquilo, Happ. Aquí nadie te juzgará. Estamos muy lejos de Dregbourne''.
Sylas sintió cómo la postura del chico se relajaba.
''Conozco tu lucha. Ellos siempre te observan, te persiguen y te hacen sentir inferior. Eso no pasa aquí. Aquí, tú perteneces''.
Happ sonrió mirando sus pies, como si se sintiera indigno de esta alegría recién descubierta.
''¿Sabes por qué uso estas cadenas?'', preguntó Sylas.
El recluta negó con la cabeza, demasiado tímido como para intentar adivinar.
''No solo son armas. Son un recordatorio de donde venimos, de todo lo que somos capaces y de nuestra próxima liberación. ¿Estás conmigo?''
''Sí. Sí, quiero ser libre''.
''Muy bien'', contestó Sylas. ''Esta noche, romperás tus propias cadenas''.
La oscuridad comenzaba a caer y el arbusto sombrío que estaba junto al camino era perfecto para una emboscada. Ahí, Sylas aguardó junto con doce magos de su entera confianza. A su lado, el recluta desquitaba sus nervios con sus uñas.
''No te preocupes'', le dijo Sylas, ofreciéndole una sonrisa. ''Yo estaba nervioso en mi primera vez. Después de un tiempo, se convierte en algo tan natural como respirar''.
Antes de que los nervios del recluta pudieran disiparse, el estruendo de los cascos y las ruedas de una carreta resonaron a la distancia, como una tormenta que se avecina. En cuestión de segundos, el carruaje apareció en el sendero ante los bandidos acechantes.
Un instante antes de que los caballos llegaran, Sylas les dio la señal a sus camaradas y la emboscada comenzó.
Con un movimiento de su muñeca, un anciano mago desaliñado invocó un grueso cordel de enredaderas de hierro que se esparcieron a lo largo del camino, aprisionando las rodillas de los caballos al galope. El alboroto era ensordecedor: los caballos cayeron de cabeza al suelo y el carruaje a toda velocidad sobre ellos.
Los magos salieron de su escondite y sometieron a los aturdidos ocupantes del carruaje, haciendo uso de múltiples hechizos y armas. Sylas saltó, se colocó encima del carruaje volcado, ansioso por apoderarse de los pasajeros del desprotegido vagón.
''Vamos, recluta'', dijo llamando a Happ con señas para que el chico se uniera a él.
Happ lo siguió hasta la cima del vagón y comenzó a ayudar a abrir la puerta. Se abrió de golpe, revelando a un hombre de la nobleza bastante golpeado. Los ojos de Sylas destellaron con un brillo malicioso.
''Vaya, vaya... mire quién está arrodillado ahora, mi señor'', dijo Sylas, extendiendo su mano.
El noble se enfureció. A pesar de estar herido de gravedad, su odio hacia Sylas permanecía intacto.
''No me inclinaré ante los tuyos''.
''Bien'', le dijo Sylas. ''Porque no me gustaría que se perdiera esto''.
En minutos, todos los guardias del noble y el resto de la dotación formaban una fila en el camino, con las manos atadas. Sylas caminaba recorriendo la fila para reconocer individualmente a cada uno de los prisioneros.
''Siento dolor por todos ustedes. En verdad'', dijo Sylas. ''Son solo piezas en su rueda''.
Sylas hizo una pausa y su tono cambió drásticamente, señalando al noble que estaba atado.
''Pero ustedes eligieron servirles... y por lo tanto, servir a su causa''.
Se giró para hablar con su grupo de exiliados, formulándoles una pregunta con una fuerte voz.
''Hermanos y hermanas, estas personas trabajan para servir a los cerdos. ¿Eso en qué los convierte?''.
''¡En cerdos!'', contestaron los marginados.
''¿Debemos dejarlos en libertad?''.
''¡No!'', gritaron los magos.
''¿Qué ocurre si cambian de parecer? ¿Y si prometen jamás volver a molestarnos?'', preguntó Sylas, con una tímida sonrisa dibujándose en los bordes de su boca.
''¡Estarían mintiendo!'', gritó el desaliñado mago anciano que se encontraba en el arbusto.
''¡No podemos confiar en ellos!'', dijo otro miembro del grupo.
''Entonces, ¿qué se supone que hagamos con ellos?'', preguntó Sylas.
''¡Deben morir!'', vociferó un mago joven, haciendo patente que su odio rebasaba su edad.
Otros gritaron expresando su consentimiento, hasta que la frase resonó extendiéndose en la tierra: ''¡Los cerdos deben morir!''.
Sylas asintió, como si lentamente estuviera siendo persuadido por esas palabras.
''Entonces, así será''.
Con suavidad, Sylas tocó el hombro de su recluta. Sus cadenas de petricita comenzaron a expulsar humo oscuro. Cerró los ojos, deleitándose con el poder que había tomado.
Al ver eso, los cautivos se estremecieron de miedo. Muchos se pusieron de rodillas y lloraron, rogando ser salvados. El único que se erguía con orgullo era el noble, desafiando sus circunstancias, mientras que Sylas se dirigía a su dotación con una finalidad sombría.
''Me causa dolor saber que no puedo mostrarles la belleza del mundo que está por venir''.
Las palabras provocaron en el joven recluta un escalofrío.
''No, Sylas'', protestó Happ. ''Ellos son solo... personas''.
Ignorando las súplicas, Sylas extendió sus brazos y dedos, y liberó toda la magia que estaba contenida en sus guanteletes. Una oscura nube densa surgió en ondas desde sus dedos y se acumuló sobre las cabezas de la dotación del noble. Casi a la par, comenzaron a arañar sus gargantas mientras se asfixiaban. Instantes después, todos cayeron muertos sobre el suelo.
Un silencio sepulcral invadió a los magos, testigos diligentes de la ejecución. El noble lloraba en silencio; las gotas caían por sus tensos labios. El único sonido provenía del recluta.
''No... ¿Por qué?'', dijo Happ, cayendo sobre sus rodillas.
Sylas tranquilizó al chico e hizo que se pusiera nuevamente de pie, consolándolo con un gesto paternal.
''Happ, tú querías ayudar a la causa. ¡Esta es! Esta es nuestra liberación...''.
Guio al recluta con gentileza hacia el noble y lo instó a avanzar.
''...un señor muerto a la vez''.
Happ observó al noble a través de sus ojos llorosos. Extendió su mano temblorosa, preparándose para terminar con la vida que se encontraba ante él. Después, dejó caer su brazo.
''No... puedo hacerlo''.
La paciencia afectuosa de Sylas comenzó a desaparecer.
''Este hombre no es tu amigo. Los cimientos de su fortuna son tu sufrimiento. Él preferiría verte colgado que mostrarte cualquier indicio de bondad''.
El recluta no estaba dispuesto a ceder. Finalmente, el noble habló.
''Eres un monstruo'', dijo, con la voz quebrantada.
''Sí'', contestó Sylas. ''Lo mismo dijeron los tuyos cuando me encerraron en la oscuridad''.
Sylas extendió su mano, su grillete resplandecía débilmente. La magia que había tomado de Happ reunía un último suspiro de oscuridad. La pequeña nube oscura cubrió el rostro del noble, extrayendo el aire de sus pulmones. Mientras el hombre se retorcía, Sylas miró al recluta, no con enojo, sino con dolor.
''Lo siento, Happ, pero no estás listo para ser liberado. Vete. Regresa a tus cadenas''.
Sylas observó cómo Happ se giró para marcharse, sus ojos reflejaban vergüenza. El recluta miró el carruaje descarriado frente a él, y hacia el largo sendero de tierra que lo llevaría de vuelta a la capital. Sylas casi podía sentir lo que el chico pensaba, temiendo la miseria que le aguardaba en su antigua vida.
Happ se agachó, tomó una daga de la mano del cochero muerto, y regresó con el noble, quien yacía en el suelo, aún luchando por respirar.
''Estoy listo''.
Mientras el joven levantaba la daga sobre el noble, la tristeza de Sylas se convirtió en absoluta felicidad. Sin importar a cuántos liberaba, esto siempre lo hacía sonreír.
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Publicado 2019-01-25
''¿Por qué nos enviaron a todos aquí?'', dijo el soldado recargado contra el muro de la garita, los brazos cruzados sobre su pecho. ''Hay sangre derramándose en las calles de la Gran Ciudad, ¿y nos envían a la frontera?''.
Se llamaba Bakker y Cithria nunca había estado entusiasmada con él: Bakker se empeñaba en ver lo malo de cada situación, aunque, para ser justos, en este caso en particular sus palabras tenían algo de verdad.
El resto de sus camaradas permaneció cerca. Ninguno de ellos lucía precisamente feliz sobre su predicamento.
Cithria permaneció en silencio. Ella era la más joven de los soldados demacianos, pero no por ello una recluta menos digna. En el año que había sido parte de sus filas, había demostrado ser una soldado capaz y una de las más veloces con la espada. Aun así, había ocasiones como esta, en las que se sentía fuera de lugar e insegura.
Al igual que todos, portaba una brillante armadura plateada. Llevaba un escudo en su espalda y su casco bajo un brazo, dejando libre una larga trenza de cabello oscuro.
Los soldados permanecían ante la inmensa Puerta Gris; resguardando la frontera noreste de Demacia. El nombre era anómalo, ya que el bastión estaba construido con piedra blanca inmaculada. Por lo general, se sobreentendía que el nombre provenía de los acantilados de lutitas grises que estaban cerca, aunque los soldados acuartelados ahí (particularmente los que provenían del sur o de la costa de Demacia) insistían que tenía más que ver con los cielos del norte, constantemente nublados.
A ambos extremos de la torre de la puerta se erguían altos muros de piedra blanca. Los banderines revoloteaban con la brisa que se filtraba por los relieves, y los centinelas hacían guardia en el frío viento, con la mirada hacia el este.
''Deberían desplegarnos con el resto del batallón, recorriendo los bosques en busca de ese traidor y su gentuza'', dijo otro soldado.
''Magos'', dijo Bakker, con un tono que denotaba repugnancia. ''Deberíamos deshacernos de la mayor parte de ellos''.
La conversación incomodaba a Cithria. Jamás se había enfrentado a la magia, o al menos no que ella supiera, pero le habían inculcado un gran miedo y desconfianza hacia quienes fueran capaces de portarla. Las noticias de la capital hacían parecer que ese miedo tenía fundamentos.
Apenas había transcurrido un mes desde que Sylas, el mago corrupto, había escapado de la prisión, destrozando por completo el corazón de Demacia. Ese rebelde demencial y sumamente poderoso había desatado una oleada de disturbios en todo el reino, e incluso ahora la gran ciudad estaba en estado de sitio y la milicia controlaba las avenidas para asegurar el orden.
Cithria coincidía en que ellos serían más útiles en otro sitio, pero el veneno que emanaba de la voz de su camarada la perturbaba.
''Yo digo que no solo a la mayoría, sino que a todos...'', comenzó a decir Bakker, pero Cithria lo interrumpió.
''Atentos. El sargento escudo volvió''.
La figura bajita y robusta del Sargento-Escudo Gunthar se dirigía hacia ellos a paso rápido. Un par de hombres encapuchados caminaban junto a él; uno a cada lado.
''¿Quiénes son ellos?''.
''No lo sé'', contestó Cithria.
Los soldados se pusieron en firmes abruptamente en cuanto el sargento y sus misteriosos acompañantes se aproximaron.
''Muy bien, todos'', dijo Gunthar. ''Sé que se están preguntando por qué en nombre del Protector nos enviaron hasta aquí''.
El sargento dirigió la mirada entre sus filas.
''Un enviado extranjero desde la Pergomarca llegará pronto aquí a la frontera y nos asignaron la tarea de escoltarlo hasta la capital y mantenerlo a salvo''.
¿Labor de escolta?
Incluso a Cithria le parecía una tarea extrañamente trivial. Sin embargo, tanto ella como el resto de los soldados permanecieron en silencio, con la mirada fija hacia delante.
''La protección del emisario es nuestra prioridad'', continuó Gunthar. ''Aunque solo se dañara uno de los cabellos de su cabeza bajo nuestra guardia, el honor de Demacia quedaría manchado. La región Pergomarca ha sido nuestra aliada durante mucho tiempo y no debemos permitir que nada dañe esa relación. Se espera que llevemos a cabo esta tarea con honor, elegancia y buena fe''.
La expresión de Gunthar se endureció. ''Incluso si eso va en contra de nuestro mejor criterio'', añadió.
Los soldados tenían una gran disciplina, así que no dejaron ver reacción alguna ante las palabras finales del sargento, pero Cithria sentía y reflejaba su malestar. ¿Qué significaba eso?
Gunthar le hizo una seña a sus acompañantes, quienes dieron un paso al frente y descubrieron sus rostros.
Los ojos de Cithria se abrieron más.
El mayor de ellos era un hombre de mediana edad con apariencia seria, su cabello corto comenzaba a tornarse grisáceo y en su piel se notaban arrugas profundas y múltiples cicatrices. El otro era un hombre más joven: de constitución esbelta y de aspecto nervioso, con un mechón de cabello oscuro atravesando un lado de su rostro.
Ambos portaban medias máscaras doradas a la medida, así como discos de piedra grabada color gris en los hombros, los cuales mantenían sus capas en su lugar.
Cithria dejó escapar un lento suspiro, sin haberse percatado antes que estaba conteniéndolo.
Cazadores de magos.
''Él es Cadstone, un experto perteneciente a la orden de cazadores de magos, y su compañero Arno'', dijo Gunthar, presentándolos. Los cazadores de magos hicieron una ligera reverencia. ''Ellos nos acompañarán mientras escoltamos al emisario hasta la capital''.
Las trompetas sonaron desde la cima de la garita.
''¡Se acercan jinetes con el estandarte de Pergomarca!'', vociferó uno de los centinelas que se encontraba arriba.
El Sargento-Escudo Gunthar asintió hacia los guardias, y las gigantescas puertas se abrieron con fuerza, las bisagras crujieron por el peso. La compuerta de rejas de hierro se elevó, las cadenas rechinaron y el inmenso puente levadizo descendió hacia el suelo. Resonó tan fuerte como un trueno. La luz de la mañana se filtró a través de la puerta abierta.
''Conmigo'', ordenó Gunthar, avanzando a la par de los cazadores de magos. Cithria y los otros soldados se movilizaron detrás de ellos, moviéndose con gran precisión.
Cithria no estaba segura de qué estaba esperando en cuanto al emisario, pero definitivamente no era el hombre gigantesco de piel oscura que aguardaba por ellos. Estaba cubierto en pieles de oso y portaba un báculo de madera pesada. En su rostro se dibujó una gran sonrisa conforme los demacianos marchaban a su encuentro.
Cithria lo observó con cautela.
El hombre montaba al caballo más grande que Cithria había visto jamás: negro azabache y con gruesas plumas que cubrían sus herraduras de hierro. Lo acompañaban veinte jinetes, todos ellos usando grandes cotas de malla y empuñando hachas y escudos. Uno de ellos portaba un estandarte con dos hachas cruzadas, representando la heráldica de la Pergomarca, reflejándose en los escudos de los guerreros.
El emisario desmontó su caballo y avanzó hacia Gunthar y su séquito, portando aún una gran sonrisa. Tenía la constitución musculosa de un soldado o de un herrero; definitivamente no era lo que se esperaba de un mago. Cithria siempre los había imaginado como tipos furtivos y astutos que preferían esconderse y engañar a utilizar la fuerza física.
Se detuvo frente a los demacianos, tocó la palma de su mano izquierda con su frente y la extendió apuntando al cielo. Ella colocó su mano alrededor de la empuñadura de su espada, pensando que él estaba ejecutando alguna especie de conjuro arcano, pero se percató de que probablemente era un saludo propio de Pergomarca. Sintiendo que sus mejillas se habían sonrojado, se maldijo a sí misma por actuar como una tonta.
El Sargento-Escudo Gunthar saludó al hombre como los suyos lo hacían.
''Mi nombre es Arjen y me presento en nombre del Señor de Pergomarca'', dijo el emisario, inclinando la cabeza.
''Bienvenido. Soy el Sargento-Escudo Gunthar, del séptimo batallón. Y él'', añadió, ''es Cadstone, perteneciente a la orden de los cazadores de magos''.
''Ya lo habían invitado anteriormente a las fronteras de Demacia, ¿no es así?'', dijo Cadstone, sin intención alguna por tener una charla trivial. ''¿Está al tanto de las Leyes de Piedra?''.
''Sí, ya he estado aquí antes, buen cazador'', contestó Arjen, ''y estoy al tanto de las reglas y normas de su reino. Honraré las Leyes de Piedra y no haré uso de mis... talentos... mientras permanezca en su reino. Le doy mi palabra''.
''Bien'', dijo Cadstone. ''El cazador de magos Arno y yo estaremos con usted, desde ahora hasta el momento en que se retire de Demacia. Nuestro deber es asegurarnos de que cumpla con su palabra. Sepa que habrá repercusiones si no actúa conforme a nuestras leyes. Pero si se abstiene de usar sus... talentos, como usted les llama... entonces todo saldrá bien''.
Arjen ofreció una profunda reverencia, aún sonriendo.
''Entonces pongámonos en marcha'', dijo Gunthar. ''Su guardia personal deberá permanecer afuera de la frontera, claro está''.
''Por supuesto, por supuesto'', dijo Arjen, dio la vuelta y le indicó al resto de sus jinetes que se marcharan. ''¡Shu!'', dijo. ''¡Márchense!''.
Cithria reprimió la sonrisa que le provocaba el extraño comportamiento del hombre. Los estoicos jinetes se dieron la vuelta, uno de ellos tomó las riendas del caballo del emisario y se alejaron galopando sin decir una sola palabra.
''¡Pongámonos en marcha!'', dijo Arjen, juntando sus palmas.
Caminaron durante tres horas a un ritmo constante hasta llegar a la Cordillera Deshielo, un pequeño pueblo junto al río, donde abordarían una embarcación que los aguardaba para navegar hasta la capital. A Cithria le asombraba el hecho de que el emisario proveniente de Pergomarca no los retrasara, sino que era capaz mantener el ritmo castigador que había establecido Gunthar, con su pesado báculo golpeando el suelo con firmeza a cada paso.
El andar los llevó por valles y senderos azotados por el viento. Los vendavales que provenían del norte helado hacían que Cithria sintiera que el frío calaba hasta los huesos. Los demacianos continuaron avanzando, abrochándose las capas alrededor de sus cuellos para abrigarse lo mejor posible. Al emisario, envuelto en pieles de oso, no parecían afectarle las condiciones climáticas.
A pesar del recelo de Cithria, Arjen era un hombre bastante afable y que agradaba con facilidad. Sin embargo, ella se obligó a no dejarse llevar por un falso sentido de seguridad. El actuar de los arcanos estaba lleno de engaños y trampas. Si bien los demacianos permanecían estoicos y en silencio, evidentemente incómodos con la presencia del mago, Arjen no paraba de contar historias sobre su tierra natal. La mayoría de ellas involucraba mucha cerveza, proezas de fuerza y un heroísmo inverosímil, pero Arjen tenía un gran talento para narrar historias y definitivamente el tiempo transcurría de manera más amena, contrario a que si hubieran permanecido en silencio.
''... y entonces, la gran bestia rugió. 'No viniste aquí a cazar, ¿verdad?', dijo''.
El gigantesco hombre reía a carcajadas por su propia broma de mal gusto, golpeando uno de sus carnosos muslos con alegría. Cithria, quien marchaba al costado del emisario, se encontró sonriendo a su pesar, incluso mientras negaba con la cabeza por lo inapropiado de la historia.
''¿Lo entendiste, muchacha?'', preguntó Arjen, dirigiéndose directamente a Cithria. ''Él dice eso porque piensa que el hombre...''.
''Ah, sí lo entendí'', contestó Cithria, levantando su mano apresuradamente para detener la explicación de Arjen.
La nieve comenzó a caer a la mitad de su trayecto. Al principio, los copos eran pequeños y ligeros, pero rápidamente aumentaron su tamaño hasta que la visibilidad se redujo drásticamente. Pronto, el suelo y el camino quedaron completamente cubiertos. La caída de la nieve atenuaba los sonidos. Cithria caminaba cerca del emisario, quien estaba en el centro de una columna de soldados que lo custodiaba. Mirando por encima de su hombro, ella pudo ver que los dos cazadores de magos se habían rezagado un poco, lo suficiente como para que no pudieran escucharlos. Ambos habían colocado sus capuchas sobre sus cabezas para resguardarse del frío.
''Tengo curiosidad'', dijo Cithria en voz baja, con la esperanza de que solo el emisario la escuchara.
''La curiosidad es algo muy poderoso'', dijo Arjen. ''Y, a veces, peligroso''.
Un soldado cercano le dirigió una mirada, como si deseara que guardara silencio. Cithria hizo una pausa, cuestionándose si debía terminar la idea o dejarla ir. La curiosidad se apoderó de ella.
''Has escuchado hablar sobre las Leyes de Piedra y, por lo menos, algo sobre los... desafíos que actualmente asolan Demacia'', dijo ella.
''Así es'', contestó Arjen. Toda la ligereza lo abandonó y su expresión se tornó lúgubre. ''Es por esa razón que estoy aquí, por lo que me envió mi señor. Es por esa razón que hay emisarios viniendo desde todas las naciones aliadas''.
''Pero sabiendo todo eso, ¿por qué tu señor te envió a ti?''
Arjen la miró, alzando una ceja. ''Soy el consejero principal del concejo de Pergomarca, así que me corresponde venir'', dijo. Arjen pudo ver la sorpresa en su rostro y sonrió con ironía. ''Las cosas son distintas más allá de tus fronteras. Si quisieras discutir asuntos de una fragua, llamarías a un herrero, ¿no es verdad? En momentos como este, ¿quién sería mejor que un mago?''.
Cithria abrió la boca para decir algo, pero la cerró inmediatamente.
Solo llevémoslo hasta la capital a salvo, se dijo a sí misma.
Mientras más pronto completaran la misión, mejor.
Conforme se acercaban a Cordillera Deshielo, un pueblo de muros blancos, el sol comenzaba a ponerse. Los guardias de la puerta saludaron y los habitantes del lugar se mantuvieron respetuosamente a un costado mientras el grupo avanzaba por la avenida principal.
''Iremos hacia el noroeste en la siguiente intersección'', dijo Cadstone. La caída de nieve comenzaba a disminuir, por lo que Cadstone bajó su capucha y señaló. ''Los muelles yacen al pie de esa colina''.
''¿Entonces ya ha estado aquí, señor cazador?'', preguntó Cithria, justo después de que Gunthar les ordenó a los soldados seguir las indicaciones del cazador de magos. El cazador asintió.
''Una pequeña niña vivía aquí'', respondió. ''Una poderosa maga''.
''Usted... ¿la capturó?'', preguntó Cithria, abriendo mucho los ojos.
''Ella se entregó'', intervino Arno. ''Ella era benévola. Estaba registrada. En general, no habríamos aprehendido a alguien como ella, pero desde que...''
''¡Arno!'' chistó Cadstone.
Escarmentado, el joven cazador de magos guardó silencio.
''Prosigamos'', dijo Cadstone. ''Será mejor que no nos detengamos''.
A esa hora de la tarde, el estrecho camino hacia los muelles estaba abarrotado.
Los barqueros que terminaban el trabajo del día ascendían por la colina, encaminándose a sus casas o a una de las tabernas que había por el rumbo. Los niños iban y venían, corriendo y persiguiéndose entre ellos a través de la nieve, seguidos por un par de sabuesos inquietos que mantenían su ritmo. Los comerciantes estaban de pie frente a las puertas de sus negocios, mientras que los vendedores ambulantes gritaban los precios de sus mercancías en medio de la calle.
Los soldados no habían llegado ni a una tercera parte del camino colina abajo cuando Cithria percibió cómo cambió el ambiente de la calle.
En un principio, fueron solo unas miradas oscuras y unas cuantas palabras murmuradas por transeúntes. Cúmulos de vecinos se agolpaban en puertas y callejones, hablando en voz baja y señalando. Un pescador escupió al suelo, sus ojos estallaban de furia.
''Muévase, ciudadano'', gruñó Gunthar. Renuente, el hombre se hizo a un lado.
Cithria estaba conmocionada. No esperaba ese tipo de hostilidad descarada por parte de los demacianos, a pesar de que todo eso ya sucedía en la capital.
''Cierren filas'', ordenó Gunthar, y los soldados respondieron de inmediato, resguardando en el centro de la columna al mago y a los cazadores.
Una roca golpeó a uno de los soldados en el costado de su casco. Otra roca, proveniente de otra dirección, golpeó a Cadstone en la frente, sacándole sangre.
Cithria maldijo en voz baja la estrechez de la calle. El espacio para maniobrar era reducido y ya habían avanzado demasiado como para retroceder. Tenían que continuar hacia los muelles.
''¡Escudos arriba!'', gritó Gunthar; el sargento-escudo había llegado a la misma conclusión que ella. ''¡Hacia delante, redoblen el paso!''.
Los soldados apresuraron su marcha, disparándose hacia delante a lo largo de la calle.
''¡En nombre de la corona, despejen el camino! ¡Muévanse!'', gritó Gunthar. La mayoría de los ciudadanos obedeció, retirándose del camino de los soldados, pero, más adelante, Cithria vio algo que le heló la sangre.
Un par de carretas bloqueaba su paso, a tan solo unos callejones de donde estaban. Una turba furiosa de habitantes se amontonó frente a ellos. Cithria miró hacia la izquierda y hacia la derecha. Los muros de piedra blanca de las fachadas de las tiendas los acorralaban, como si fueran los extremos de un desfiladero. Se percató de que todas las puertas estaban cerradas y enrejadas, al igual que las ventanas.
''¡Es una trampa!'', dijo entre dientes.
''Sí'', respondió Gunthar. Maldijo en voz baja.
''¡Alto! ¡Media vuelta!'', vociferó el sargento-escudo. Los soldados acataron la orden de inmediato, girando sobre sus pies. Todos tenían sus escudos levantados; no obstante, ninguno había desenfundado sus armas.
Los cazadores de magos permanecieron cerca del emisario, uno a cada lado. Los tres estaban protegidos en el centro de la formación de los soldados.
''¡No sirve!'', gritó Cithria. ''Este camino también está bloqueado''.
Mirando el camino por el que vinieron, pudieron ver cómo los habitantes se habían apresurado a empujar otra carreta, bloqueando su ruta de escape.
''¡Entréguenlo a nosotros y nadie saldrá herido!'', gritó un hombre fornido desde lo alto de la carreta. Parecía ser el herrero local, ataviado con un delantal de cuero grueso y sosteniendo un martillo en la mano.
''¡Despejen la calle!'', ordenó Gunthar.
El herrero, quien fungía como el portavoz de la turba enojada, no se inmutó.
''Ni lo sueñes, muchacho'', dijo mientras golpeaba suavemente la palma de su mano libre con el martillo, a modo de amenaza.
Mientras algunas personas corrían, apartándose de la tensa pelea, más vecinos se sumaron a los reunidos en ambos lados de la calle. La mayoría llevaba consigo herramientas agrícolas, hachas de leñador y otras armas improvisadas, pero algunos tenían espadas enfundadas en la cintura. A pesar de que los soldados a quienes enfrentaban los aventajaban, no estaban dispuestos a dejarse intimidar.
''Repito, despejen el camino'', dijo Gunthar.
Una piedra golpeó el escudo de Cithria como respuesta. Bakker, el soldado que estaba junto a ella, hizo el intento de desenvainar su espada, la hoja siseando mientras la extraía de su funda.
''¡Sin espadas!'', gritó Cithria, colocando su mano sobre la empuñadura. ''¡Son demacianos, aquellos a los que juramos proteger!''
Bakker, quien era mayor y contaba con más experiencia que Cithria, frunció el ceño y la hizo a un lado, pero el sargento-escudo lo detuvo con una orden cortante.
''Ella tiene razón'', gruñó Gunthar. ''No desenfundarán ninguna espada a menos que yo lo ordene''.
La multitud se tornó más agresiva, gritando y acorralándolos de forma amenazadora.
Entre el escándalo, Cithria alcanzó a distinguir algunas voces individuales.
''¡Pagarás por ello, cerdo!'', gritó una mujer.
''¡Atrápenlo, atrápenlo!'' clamaba un hombre ya más bien anciano que parecía ser un exsoldado.
''Deberíamos entregárselo'', masculló Bakker.
Cithria le lanzó una mirada fulminante. ''¡El emisario Arjen está bajo nuestra protección jurada!'', chistó. ''¿Dónde está tu honor?''.
''No es más que un mago'', dijo otro soldado, a quien Cithria no alcanzó a ver.
Una pesada jarra de barro colisionó contra la formación de los soldados, haciéndose añicos contra un escudo. Un pesado trozo de mampostería, lanzado desde arriba, golpeó a un soldado en su hombrera, tumbándolo sobre sus rodillas. Sus compañeros lo ayudaron rápidamente a ponerse de pie y, al alzar la mirada, Cithria vio gente que aparecía en los techos que los rodeaban.
Observó cómo un hombre encapuchado lanzaba algo. De forma instintiva, Cithria levantó su escudo por lo alto para proteger al emisario, quien estaba parado detrás de ella. Una herradura oxidada golpeó su superficie curva antes de rebotar, sin causar daños. Si hubiera golpeado en el lugar correcto, habría sido letal.
El mago asintió a modo de agradecimiento. Ya no sonreía.
''Te sacaremos de aquí ileso, lo juro por mi honor'', dijo Cithria.
Los habitantes los habían acorralado, aún gritando, aunque ninguno de ellos daba señales de querer acercarse demasiado. No obstante, Cithria sabía que solo era cuestión de tiempo antes de que alguien fuera a la carga, y temía lo que podía suceder una vez que eso pasara.
''¡Tenemos que salir de aquí!'', gritó, mientras más piedras, ladrillos y escombros rebotaban contra la armadura de los soldados.
''Si arremetemos contra ellos, habrá víctimas civiles'', dijo el sargento-escudo Gunthar.
''Puede que no tengamos otra opción'', dijo Cadstone. A regañadientes, Cithria estuvo de acuerdo. A menos que...
''¡Esa puerta!'', gritó, señalando una fachada cerrada y enrejada cercana.
''Vale la pena intentarlo'', dijo Gunthar. ''¡Semicírculo, a mi señal!''
Los demacianos cambiaron su formación sutilmente, ensamblando una barrera de escudos curva, con sus espaldas contra la fachada.
''¡Cithria! ¡Bakker!'', ordenó Gunthar. ''¡Derriben esas puertas!''.
El par rompió filas. Los cazadores de magos y Arjen permanecieron dentro del cordón de protección de los soldados, mientras Bakker empujaba impacientemente al emisario.
''Quítate, mago'', gruñó.
Cithria vio cómo Arjen respiró hondo para mantener la calma y no responderle. Se apresuró hacia las puertas, rodeando al mago, y le hizo un gesto afirmativo a Bakker.
''A la cuenta de tres'', dijo él. ''Uno, dos, ¡tres!''
Al unísono, patearon la puerta doble con fuerza.
''¡De nuevo!''.
Golpearon tres veces más, poniendo todo su peso en las patadas, hasta que hubo un crujido agudo y las puertas se abrieron hacia dentro.
''¡Vayan!'', gritó Gunthar. ''¡Llévense al emisario y a los cazadores, y encuentren una salida! ¡Los retendremos aquí!''.
Al ver cómo el objeto de su furia estaba por escapar, la turba se abalanzó contra la barrera de escudos.
''¡Ven conmigo!'', ordenó Cithria, entrando a la tienda oscura, con el escudo arriba frente a ella. ''Tiene que haber una puerta trasera''.
Al parecer, la tienda le pertenecía a un fabricante de velas. Cientos de velas de cera estaban alineadas en los estantes, y un amplio surtido de esencias florales bombardeó a Cithria.
''¡Aquí!'', gritó Bakker, desapareciendo hacia el fondo de la tienda.
''Quédate cerca'', dijo Cithria, y el emisario de Pergomarca, flanqueado por los cazadores de magos, pasó tras ella mientras seguía a Bakker, quien se adentraba en la tienda.
Encontró una puerta que llevaba a un depósito lleno de barriles, pilas de cajas y costales. Estaba tan oscuro que Cithria apenas podía ver la silueta de Bakker a solo unos metros frente a ella.
''Si tan solo tuviéramos una vela...'', mencionó Arjen afablemente, provocando que Cithria resoplara de la risa; tuvo que cubrirse la boca para contenerse. No era momento para ligerezas.
Entonces, se escuchó un sonido de madera crujiendo y la luz entró de repente al depósito, mientras Bakker abría la puerta trasera de una patada. El callejón que se vislumbraba estaba despejado.
Bakker le abrió paso a Cithria y a los demás.
''¡Muévanse!'', dijo. ''¡Yo cubriré la retaguardia!''
Cithria asintió y avanzó hacia delante, guiando a Arjen y a los cazadores de magos. No había dado ni diez pasos cuando alguien salió de las sombras de un callejón lateral, bloqueando su camino.
Era una mujer pelirroja con una pesada ballesta entre sus brazos. En cuanto Cithria se detuvo, con una mano en alto para alertar a los que venían detrás, la mujer alzó el arma en su dirección.
El tiempo pareció detenerse.
La nieve caía de nuevo, los copos pesados descendían silenciosamente. Aquí, en el callejón detrás de la avenida principal, el clamor de la multitud y los gritos de sus compañeros soldados apenas eran audibles.
Cithria vio que los ojos de la mujer estaban rojos, como si hubiera estado llorando, su semblante delataba su desesperación.
¿Qué había conducido a este pueblo a este estado? La gente de la tierra natal de Cithria era honesta y estoica. ¿Por qué en este pueblo todos estaban tan enojados?
''Hazte a un lado'', dijo la mujer a Cithria, implorando con su mirada. Su voz se quebraba y se ahogaba por el sentimiento. ''Por favor''.
''Este hombre es un emisario proveniente de una nación aliada'', dijo Cithria tranquila, de la misma manera en que le hablaría a un corcel asustadizo. ''No puedo permitir que le ocurra algo malo''.
''¿Qué?'', preguntó la mujer, frunciendo el ceño.
''No lo hagas'', contestó Cithria. ''Este hombre está bajo la protección de Demacia''.
Fue entonces que la mujer rio; el sonido era desesperado y casi maníaco.
''No es él a quien quiero'', dijo ella. ''Es al cazador. A él''.
Ese fue el instante en que Cithria se percató de que la ballesta apuntaba a Cadstone.
''¡Mi hija nunca hizo nada malo!'', dijo la mujer, con lágrimas cayendo por sus mejillas. ''Kyra eligió dar un paso adelante, para advertir a los cazadores de magos sobre su poder. Ella no quería meter a nadie en problemas, ni quería causarle dolor a su familia ni a la ciudad. ¡Todos la querían! Todos estos problemas... ¡Ustedes los causaron!''.
''Te llevaste a su hija...'', exclamó profundamente Cithria, mirando a Cadstone.
El cazador de magos asintió sombríamente.
''Tuvimos que hacerlo'', dijo él. ''La ley fue modificada. Todo ciudadano con poderes mágicos conocidos, ya sean benignos o malignos, ahora tiene que someterse a juicio. Todos los magos del reino''.
''¡Ella era apenas una niña!'', gritó la mujer, con la ballesta dirigida hacia el cazador de magos. ''¡Usted la encerró! ¡Con todos esos criminales! ¡O probablemente fue exiliada y ahora se encuentra más allá de las fronteras, sola! ¡Usted la condenó!''.
Cithria inhaló sorprendida, convencida de que dispararía una flecha... pero no fue así. Al menos no por el momento.
''¡Kyra no era amenaza para nadie!'', lloró la mujer. ''Solía llorar hasta quedarse dormida, deseando haber nacido como los demás. Y usted se la llevó. Es un monstruo''.
''La ley es la ley'', dijo Cadstone.
''Entonces la ley está mal'', dijo la mujer. ''Ella era mi vida y usted me la arrebató. Ahora le arrebataré la suya''.
Su dedo se tensó en el gatillo... pero dudó en el instante en que Cithria se interpuso entre ella y el cazador de magos.
''Hazte a un lado, por favor'', dijo la mujer, llorando. ''No quiero ver a nadie afectado más que al responsable de esto''.
''No puedo dejar que hagas esto'', dijo Cithria. ''Baja la ballesta''.
''Mi vida se terminó'', dijo la mujer. ''La de él también debería terminar''.
''Si haces esto, ya no habrá marcha atrás'', dijo Cithria. ''¿Qué ocurrirá cuando tu hija regrese a casa, pero tú no estés aquí por la decisión que tomes ahora?''.
''Nunca se ha vuelto a ver a alguien que los cazadores de magos se hayan llevado'', dijo la mujer. ''Kyra jamás regresará a casa''.
La profundidad que tenía la desesperación en su voz era desgarradora, y Cithria podía sentir cómo la hería en sus adentros.
''Eso no lo sabes'', le rogó Cithria. ''Ella merece que estés aquí si regresa. Te necesitará''.
El rostro de la mujer se arrugó por el dolor, sus ojos se cerraron y las lágrimas no paraban de correr por sus mejillas. Pero no bajó la ballesta.
Cithria avanzó un paso, llegando hasta ella.
''Yo te ayudaré'', le dijo a la mujer. ''Te prometo que haré todo lo que esté en mi poder para averiguar dónde está tu hija''.
Cithria sabía que su intento por llegar hasta la mujer estaba fracasando. A esa distancia, la potencia de una ballesta grande perforaría directamente su armadura.
''Por favor'', dijo. ''Debes ser fuerte. Por Kyra''.
La mujer colapsó sobre sus rodillas, la fuerza la abandonó por completo. Pero al dejarse caer, finalmente cediendo ante el dolor y el agotamiento, su dedo apretó el gatillo.
Se escuchó un clic, seguido de un chasquido agudo y la ballesta disparó.
La flecha cruzó los aires y rebotó en uno de los muros blancos de piedra del callejón. Cithria giró cuando la letal flecha pasó siseando junto a Cadstone y Arno, sin atinarle al joven y nervioso cazador de magos por unos pocos centímetros; no obstante, se dirigía directamente contra Bakker.
Cithria observó cómo el emisario de Pergomarca hizo un ligero movimiento con sus dedos, un giro sutil de su mano. La flecha cambió de rumbo, como si se hubiera estrellado contra un muro angulado invisible que estaba justo frente a Bakker, y giró inofensivamente sobre su hombro.
La piel de la nuca de Cithria se erizó por lo que acababa de presenciar.
Bakker estaba atónito. La flecha debió haberlo herido en el cuello y Cithria pudo ver en su expresión que él lo sabía. El gigantesco emisario cubierto con pieles de oso le dirigió un ligero guiño.
El joven cazador de magos yacía en el suelo, respirando con dificultad. Cadstone estaba apoyado contra uno de los muros del callejón. La mujer estaba arrodillada en el suelo cubierto de nieve, su cuerpo estaba destrozado de tanto sollozar.
Cithria se apresuró hacia ella y, con gentileza, le quitó de sus temblorosas manos la ballesta. Después, abrazó a la mujer.
''No la arresten'', dijo Cithria, mirando a Cadstone. ''Solo fue un accidente''.
Atribulado, el cazador de magos dudó.
''Nadie resultó herido'', continuó Cithria. ''Ella ya ha sufrido demasiado. Por favor''.
Cadstone suspiró y se talló los ojos.
''Este no es un asunto que le concierna a mi orden'', dijo finalmente. ''Como no hubo magia involucrada, te dejo esa decisión a ti''.
Cithria cruzó miradas con Bakker... pero él no dijo nada.
La turba de gente se abalanzó contra la barrera de escudos demaciana, pateando y subiendo la intensidad de su embestida. Botellas y rocas se estrellaban contra los escudos y cascos, pero los soldados no desenfundaron sus armas.
Hubo un grito cuando Cithria salió una vez más de la tienda de velas, conduciendo a la mujer de cabello rojo con un brazo sobre su hombro; en ese momento, los vecinos retrocedieron.
''¿Rosalyn?'', exclamó el corpulento herrero.
''Kyra no querría esto'', dijo la mujer. ''No querría que nadie saliera lastimado por su culpa''.
Su aparición repentina provocó que la multitud se detuviera por un momento. Algunos de ellos siguieron luchando, embistiendo contra la barrera de escudos, pero otros retrocedieron, abruptamente inseguros de sí mismos.
''¡Despejen la calle!'', rugió Gunthar. ''¡Márchense ahora y no habrá repercusiones!''
Los habitantes observaron al herrero.
''Hagan lo que él dice'', dijo finalmente. ''Se terminó''.
La furia y el rencor de la multitud se disiparon como la neblina del amanecer bajo los rayos del sol. Al poco tiempo, lucían nuevamente como ciudadanos normales, sus rostros ya no estaban retorcidos por el enojo y la furia. Varios murmuraron y bajaron la mirada, avergonzados.
A la señal de Gunthar, los soldados abrieron filas para permitir que el herrero pasara entre ellos y tomara a la mujer entre sus brazos.
''¡El resto de ustedes, váyanse a casa!'', le ordenó Gunthar a la multitud ambulante. Pudo haberlos reunido y encerrado con cadenas, pero a Cithria le alegró que él optara por ser indulgente.
Cithria miró a su alrededor. Milagrosamente, además de algunos rasguños y moretones, nadie había resultado realmente herido, ni los soldados ni los ciudadanos de Cordillera Deshielo. La gente del pueblo se alejó, llevándose las carretas con ellos.
Su sargento-escudo, Gunthar, miró a Cithria con alivio.
''No sé qué fue lo que hiciste'', dijo, sacudiendo su cabeza, ''pero lo que haya sido, ayudaste a evitar el desastre hoy, soldado''.
Cithria se sintió cansada de golpe, y no tuvo la energía suficiente para responder. Asintió aturdida y se dejó caer con fuerza en un escalón cercano.
Los soldados aún vigilaban a los últimos habitantes de la aldea con recelo. Bakker permaneció cerca, su expresión se nubló. La mirada de Cithria se desvió hacia el par de cazadores de magos, cuyas expresiones eran sombrías. Después miró a la mujer, Rosalyn, quien lloraba en los brazos del herrero.
Todos ellos eran demacianos y todos eran de buen corazón, pero las acciones recientes los habían puesto unos en contra de otros.
Tiempos difíciles se avecinaban para Demacia, pensó.
No, se corrigió a sí misma.
Ya estaban aquí.
Fin de esta lectura
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Anthony Reynolds · Relato completo
Publicado 2019-11-09
Thorva, una Hermana de la Escarcha, tiró de las riendas y, como respuesta, su gigantesco drüvask se detuvo junto a la Madre Vrynna Pielmarcada de la Garra Invernal. La bestia peluda y desaliñada resopló a modo de protesta, su respiración tibia se convertía en vapor en el aire.
''Calla, Diente Helado'', dijo Thorva. Los amuletos y los tótems de hueso que envolvían su muñeca tintinearon cuando le dio unas suaves palmadas a su testaruda montura.
Un viento que calaba los huesos recorría el paisaje desolado. No obstante, entre los miembros del grupo de asalto, Thorva era la única que no portaba pieles pesadas ni indumentaria de cuero. Sus brazos, tatuados con una tinta índigo en espiral, estaban descubiertos, pero ella no mostraba ninguna señal de incomodidad, puesto que el frío había desistido en reclamarla hacía ya mucho tiempo.
La imponente figura de la Madre Vrynna Pielmarcada estaba sentada a horcajadas sobre otro jabalí drüvask, un coloso colmilludo aún más grande que el que montaba Thorva. Gruñó y pisoteó el suelo con su gigantesca pezuña hendida mientras le dedicaba a Thorva una mirada amenazante. Bastó una patada de Vrynna para acallarlo.
La madre marcada era una veterana despiadada. Sus victorias eran muchas, todas ellas sangrientas, pero Thorva se negaba a ser intimidada. Aunque su nombre aún no era conocido a lo largo del Fréljord como el de la madre marcada, ella era una shamanka, alguien que soñaba con la voluntad de los dioses. En ese sentido, incluso las matriarcas más poderosas del Fréljord sabían que debían de respetar la fe ancestral.
El resto del grupo de asalto de la Garra Invernal detuvo sus monturas, esperando a su madre pielmarcada y a su shamanka. Habían mantenido un ritmo constante a lo largo del día, dirigiéndose al este, a las profundidades del territorio avarosano. Este era el primer alto que hacían en muchas horas, por lo que aprovecharon la oportunidad para desmontar, estirar la espalda y sacudir las piernas entumecidas.
El viento aumentó, cubriendo a Thorva con nieve y hielo.
''Se avecina una tormenta'', dijo.
Vrynna, cuyo rostro estaba recubierto de cicatrices antiguas, no respondió y siguió mirando hacia el sur. El ojo derecho de Vrynna estaba nublado y ciego, y tenía un mechón blanco en medio de su cabellera oscura. Lo que sea que le hubiera provocado esas heridas, definitivamente dejó su marca. Para los miembros de la Garra Invernal, esas cicatrices eran causa de orgullo y devoción, eran la marca de una sobreviviente.
''¿Ves algo?'', preguntó Thorva.
Vrynna asintió y sostuvo su mirada en lontananza.
Thorva entrecerró los ojos, pero era poco lo que podía ver en medio del clima que empeoraba cada vez más.
''No veo nada''.
''Tus dos ojos están buenos, pero estás más ciega que yo, niña'', respondió Vrynna.
La escarcha comenzó a formarse alrededor de los nudillos de Thorva mientras apretaba sus manos, sus ojos se tornaban azul hielo. Sin embargo, ella sabía cómo controlar su furia, por lo que se forzó a respirar profundo.
Estaba claro que ni la madre marcada Vrynna ni la mayor parte de la Garra Invernal tenían tiempo suficiente como para dedicárselo a ella o a sus creencias. Tampoco ayudaba que Thorva hubiera decidido unirse al grupo de asalto sin invitación. Sin duda, Vrynna pensó que la figura de la shamanka podría distraer a los más supersticiosos, socavando su objetivo y su autoridad.
En realidad, fue un instinto difuso pero convincente lo que motivó a Thorva a unirse al grupo de asalto, a pesar de las protestas iniciales de la madre pielmarcada. Hacía mucho tiempo que había aprendido a confiar en esos impulsos, eran un don. Los dioses la querían aquí, pero desconocía el propósito.
''Allá, a un kilómetro hacia el sur'', señaló Vrynna. ''Cerca de esa saliente rocosa. ¿Ves?''.
Thorva asintió, por fin. Era posible distinguir a una figura solitaria, apenas un poco más visible que una sombra sobre la nieve. La idea de cómo Vrynna había visto a la figura era algo que la sobrepasaba. Frunció el ceño al sentir una sensación de picazón en la nuca. Había algo extraño en quienquiera que fuese esa silueta...
El viento sopló y la figura fue oscurecida una vez más; no obstante, la incomodidad que ella sintió permaneció ahí.
''¿Un explorador avarosano?''.
''No'', dijo Vrynna, negándolo con la cabeza. ''Está caminando contra un ventisquero cada vez más intenso. Ni siquiera un niño del Fréljord cometería un error como ese''.
''Un forastero, entonces. ¿Pero tan al norte?''.
La madre marcada Vrynna se encogió de hombros. ''Los avarosanos no siguen las viejas costumbres. Ellos comercian con los sureños, en vez de arrebatarles sus cosas. Tal vez es un comerciante que perdió su camino''.
Vrynna escupió despectivamente y condujo a su drüvask para que girara y pudieran continuar. Los otros guerreros atendieron a su señal y enfilaron a sus pesadas y colmilludas monturas de nuevo a lo largo de la montaña para dirigirse hacia el este. Thorva fue la única que permaneció allí, mirando atentamente hacia la tormenta.
''Tal vez nos haya visto. Si avisa de nuestra presencia, los avarosanos estarán preparados para nuestra llegada''.
''Ese tonto no le dirá nada a nadie, excepto, tal vez, a cualesquiera que sean los dioses que adoran en el más allá'', contestó Vrynna. ''La tormenta está empeorando. Habrá muerto al anochecer. Vamos, ya perdimos demasiado tiempo''.
Aun así, había algo que incomodaba a Thorva. Permaneció en el borde de la cresta, volteando a ver hacia el lugar en el que estaba el forastero solitario, a pesar de que, en realidad, no podía ver más allá de doce pasos adelante de ella. ¿Fue por esto que la trajeron aquí?
''¡Niña!'', gritó Vrynna. ''¿Vienes?''.
Thorva miró a Vrynna y después al sur.
''No''.
Con un empujón, Thorva condujo a su drüvask hacia el descenso de la cresta y se permitió sonreír con satisfacción al escuchar cómo Vrynna maldecía detrás suyo.
''Iremos tras ella, ¿cierto?''.
Quien hablaba era Brokvar Puño de Acero, un inmenso guerrero Hijo del Hielo que había sido su campeón y, en algún momento, su amante, por casi una década.
''Los dioses traerán la ruina a nuestra tribu si algo llegase a ocurrirle'', añadió Brokvar.
Si Vrynna se viera forzada a elegir solo a una persona en todo el Fréljord para pelear a su lado, escogería a Brokvar. Más alto por media cabeza que el siguiente guerrero más grande bajo su mando, Brokvar era tan fuerte que podía levantar a un drüvask, y también completamente confiable. Vivía para pelear, algo que hacía muy bien, y llevaba consigo el mandoble Lamento Invernal.
Esa espada era legendaria en la Garra Invernal y había pasado por varias generaciones de Hijos del Hielo durante siglos. Una esquirla de Hielo Puro incapaz de derretirse estaba incrustada en la empuñadura de Lamento Invernal y una escarcha crepitante recubría su filo. Cualquiera que no fuese un Hijo del Hielo y que intentara tomarla, incluida Vrynna, sufriría un gran dolor e incluso la muerte.
El único defecto de Brokvar era su superstición. Él veía presagios y profecías en todo, desde los patrones de vuelo de los cuervos hasta la sangre regada por la nieve y, para la mala suerte de Vrynna, prácticamente adoraba el suelo por donde caminaba esa shamanka engreída. Aun peor, al parecer otros guerreros bajo su mando habían adoptado su evidente devoción. Ella vio cómo varios de ellos asentían y hablaban en voz baja.
Contra su mejor criterio, Vrynna dio la señal y el grupo de asalto giró para seguir a la Hermana de la Escarcha.
La madre pielmarcada Vrynna tenía razón en una cosa: quienquiera que fuera el forastero solitario, poseía una noción sobre el Fréljord peor que la de un niño.
Al ver su cansado progreso a través de la nieve profunda, Thorva supo que el forastero moriría en una hora si ella se decidiera por dar la vuelta y alejarse. En realidad, era un milagro que hubiera llegado tan lejos, puesto que no estaba equipado para la brutalidad de la tundra ni contaba con el sentido de orientación más básico para andar seguro.
Mientras se acercaba, sin inmutarse por el viento penetrante que azotaba el paisaje desolado, vio cómo trastabillaba. Una y otra vez, el forastero luchó en vano por ponerse de pie, pero era obvio que no tenía más fuerzas.
No se percató de la presencia de Thorva. Ella se acercaba desde fuera de su campo de visión, por el flanco, detrás de él; sin embargo, él no giró para mirar atrás ni una sola vez.
Thorva revisó sus alrededores. Si hubiera lobos colmillofríos u otras bestias merodeando al forastero, ese sería el momento idóneo para atacar. Al ver que no pasaba nada, prosiguió.
Estaba lo suficientemente cerca como para apreciar la apariencia del forastero. Era un hombre, podía confirmarlo, ataviado con pieles y cueros, aunque no los portaba acorde al estilo del Fréljord. El insensato no llevaba consigo una lanza, un hacha, una espada o un arco. Thorva negó con la cabeza. En la Garra Invernal, los niños siempre llevan una espada consigo, desde que aprenden a caminar. Si bien ella misma tenía otras armas más arcanas a su disposición, siempre llevaba consigo tres cuchillas.
Algo aún más extraño eran las cadenas que el forastero arrastraba, soldadas a unos grilletes gigantescos con un diseño peculiar, alrededor de sus muñecas...
Ya era demasiado tarde ahora, pero Sylas de Dregbourne se dio cuenta de que había subestimado burdamente la hostilidad cruda y abrumadora del paisaje freljordiano. Tenía entendido que había un gran poder mágico aquí, en el norte, y ahora que había llegado, podía sentirlo prácticamente en sus huesos, pero también parecía un error el haber venido hasta acá.
Había escogido a una decena de magos para que lo acompañaran hacia el gélido norte, pero todos perecieron, uno tras otro, víctimas de tormentas de nieve, barrancos ocultos y bestias salvajes. Pensó que la amenaza más grande provendría de los bárbaros freljordianos, pero, hasta ese momento, no había visto ni una sola alma a lo largo de las semanas de su travesía.
No entendía cómo alguien podría vivir aquí.
Pensó que se habían preparado correctamente: se habían envuelto en pieles y lana, y habían cargado los grandes y peludos bueyes con comida, madera para hacer fogatas, armas y monedas con las cuales hacer negocios, provenientes de los cofres y baúles de los recaudadores de impuestos y de la nobleza de su tierra natal, Demacia.
<Ni siquiera los bueyes lograron sobrevivir y ahora Sylas caminaba solo.
Lo único que lo impulsaba eran su fuerza de voluntad y el deseo ardiente por ver destruidas a la monarquía y a las casas de los nobles demacianos.
De hecho, ya había gestado una resistencia considerable dentro de los límites de Demacia. Encendió los fuegos de la rebelión, pero se dio cuenta de que necesitaba más combustible para que ardiera en verdad. En su celda demaciana había devorado cada libro, crónica y tomo que pudo conseguir. En varios de ellos había referencias sobre la gran y terrible hechicería y magia ancestral de las lejanías del norte. Ese era el poder que él necesitaba. Incluso ahora, de frente a la muerte, creía que el poder que buscaba estaba cerca...
Sin embargo, ni siquiera su terquedad era suficiente como para superar el frío implacable. Sus manos y dedos de los pies estaban volviéndose negros y hacía ya algún tiempo que estaban completamente entumecidos. Llevaba a cuestas un pesado letargo, una carga que lo jalaba hacia el suelo.
Pensó haber visto a una columna de jinetes sobre una montaña distante hace un tiempo, pero no estaba seguro de si era real o el fruto de un delirio febril provocado por el agotamiento y la temperatura helada.
Sin embargo, detenerse significaba morir, eso lo sabía muy bien. Encontraría el poder que buscaba en el norte o estaría condenado.
Así es que se mantuvo andando a punta de esfuerzo, un pie adelante del otro, pero solo pudo caminar algunos pasos más antes de caer de bruces y permanecer inmóvil en la nieve.
Thorva negó con la cabeza al ver cómo caía y apresuró el paso de Diente Helado. El hombre no hizo ningún intento de levantarse esta vez. Ella pensó que estaba muerto, reclamado por los implacables elementos que ella ya no podía sentir.
Una vez que estuvo cerca, desmontó y se hundió casi hasta las rodillas al aterrizar. Se aproximó cuidadosamente al hombre boca abajo; cada pisada crujía a través de la nieve.
De nuevo, miró sus cadenas con curiosidad.
Si era un prisionero que había escapado, ¿de dónde provendría?
Si bien la Garra Invernal no tomaba prisioneros, en ocasiones sí los esclavizaban, aunque uno que no pudiera ser domado o golpeado para que sirviera era solo otra boca más que alimentar. Thorva no creía que los avarosanos fueran capaces de encadenar a alguien de esa manera. ¿Podría haberse escapado de las tierras del sur y cruzado las montañas distantes?
Tomó su báculo con las dos manos y lo usó para empujar al forastero. Al no obtener una reacción, Thorva colocó la base del báculo por debajo de su cuerpo y trató de usarlo como palanca para darle la vuelta. Era una tarea difícil, puesto que los gigantescos grilletes que llevaba el hombre consigo cubrían casi la totalidad de sus antebrazos y eran muy pesados. Gruñendo del esfuerzo, por fin logró darle la vuelta.
Giró inerte y su capucha de piel cayó hacia atrás. Sus ojos estaban cerrados y hundidos, sus labios teñidos de azul. Había escarcha en sus cejas, en sus pestañas y en sus mejillas sin afeitar. Su cabello oscuro, atado en una coleta suelta, estaba igualmente congelado.
La mirada de Thorva se vio atraída por las cadenas alrededor de sus muñecas. Si bien la Hermana de la Escarcha había viajado mucho, pues los deberes de su fe la habían llevado a diferentes tribus a lo largo de los años, estas ataduras hechas con una piedra pálida desconocida no se parecían a nada que hubiera visto con anterioridad. Había algo profundamente desconcertante en ellas. Incluso mirarlas resultaba incómodo; estaban fabricadas de tal forma que nunca podrían removerse. ¿Qué habría hecho este extraño para que lo controlaran con esas cosas alrededor de las muñecas? Se convenció a sí misma de que debió ser un crimen terrible.
Mientras se arrodillaba sobre la nieve a su lado, Thorva trató de comprender por qué fue guiada hasta aquí. Los dioses claramente la trajeron aquí, tal y como la habían guiado en el pasado, pero, ¿por qué? El hombre aún estaba inconsciente, si no es que muerto. ¿La habían enviado hasta acá para salvarlo? ¿O era lo que llevaba consigo lo importante?
La mirada de Thorva volvió a posarse en los grilletes del extraño. Decidió acercarse a uno de ellos.
Antes de tocar siquiera la pálida roca, las puntas de sus dedos comenzaron a hormiguear.
De pronto, los ojos del hombre se abrieron.
Sorprendida, Thorva retrocedió, pero no fue suficientemente rápida. El hombre desgarró uno de sus guantes y la tomó por el brazo. Mientras Thorva trataba de invocar el poder que le habían otorgado los dioses, sintió cómo se lo arrebataban, drenándola desde el centro de su ser. Su cuerpo se sacudió a causa de un frío repentino y paralizante. Era una sensación que no había experimentado en años. Cayó al suelo, incapaz de respirar, de moverse, de hacer nada.
Mientras el frío se apoderaba de ella, vio cómo el color regresaba tenuemente al rostro del extraño, como si hubiera sido calentado de repente por una fogata.
La intención de una sonrisa se dibujó en sus labios.
''Gracias'', dijo él.
Después, la soltó y Thorva cayó sobre la nieve, vacía, drenada.
Vrynna maldijo al ver cómo la shamanka caía y pateó a su drüvask para que avanzara más rápido.
''¡Conmigo!'', rugió, y el resto del grupo de asalto se puso en marcha. La tierra se estremeció bajo su carga relampagueante, el sonido era similar al de una avalancha.
El forastero estaba arrodillado junto a la Hermana de la Escarcha mientras la Garra Invernal se aproximaba hacia él con fuerza a través de la nieve. Extrañamente, vio cómo el hombre se despojaba de su abrigo de piel y lo colocaba sobre la shamanka caída en un gesto casi tierno.
Se puso de pie para enfrentar la llegada atronadora de la Garra Invernal, arrastrando tras de sí sus cadenas. Vrynna apretó con fuerza su lanza.
Al ver la fuerza que se avecinaba sobre él, el extraño se apartó de la shamanka caída, quien yacía inmóvil sobre la nieve. Alzó sus manos para demostrarles que no tenía consigo ningún arma, pero eso a Vrynna no le importó. Ya había matado a enemigos desarmados en el pasado.
Sin haber tenido que darles la señal, los guerreros de Vrynna se dispersaron hasta rodearlo, impidiéndole cualquier posibilidad de escape. Sabiamente, no trató de correr. Después de todo, no había adónde correr.
Giraba sobre su propio eje, como el miembro más débil de una manada, aislado por los lobos. Su mirada recorría a los freljordianos que lo rodeaban. Era cauteloso, aunque no mostraba ninguna señal de miedo, lo cual Vrynna podía respetar, por lo menos.
Tras quitarse el abrigo, sus brazos musculosos quedaron expuestos a la intemperie, pero parecía no sentir nada de frío.
Curioso, pensó Vrynna.
Era un hombre alto y ligeramente jorobado: el peso de las inmensas cadenas atadas a sus brazos lo jalaban hacia delante.
''Encárguense de la Hermana'', ordenó, sin quitarle los ojos de encima al extraño.
Él se paró frente a ella, mientras uno de los jinetes se deslizaba de su montura y se acercaba al lado de la shamanka.
''Soy Vrynna'', dijo ella. ''Madre Pielmarcada de la Garra Invernal. Quiebraescudos. Invocadora de calamidades. Soy el aullido del drüvask. ¿Quién eres tú y por qué estás aquí?''.
El hombre inclinó su cabeza hacia un lado y respondió en una lengua que ella no podía entender. Vrynna maldijo.
''No me entiendes, ¿verdad?''.
De nuevo, el hombre la miró perplejo.
''Sylas'', respondió, golpeando su pecho.
''¿Sylas?'”, repitió Vrynna. ''¿Ese es tu nombre? ¿Sylas?''.
El hombre simplemente repitió la palabra, golpeando su pecho una vez más y mostrándole una sonrisa perversa.
La madre marcada murmuró entre dientes. Miró hacia donde estaba la shamanka, quien yacía sin vida y pálida sobre la nieve. Uno de los guerreros de Vrynna se arrodilló junto a Thorva y bajó su cabeza hasta su pecho para ver si seguía respirando.
''¿Está muerta?'', preguntó.
''Está semicongelada, pero viva'', fue la respuesta. ''Al menos por ahora''.
Los guerreros freljordianos mascullaron algo en voz baja. ¿Semicongelada? Se sabía que la Hermana de la Escarcha era inmune al frío, un regalo de los dioses antiguos... pero ahora se estaba congelando y este ser ajeno al Fréljord, Sylas, estaba de pie frente a ellos, semidesnudo.
Vrynna frunció el ceño y evaluó las posibilidades. No creía en muchas otras cosas salvo en el acero, el fuego y la sangre, pero sabía que sus guerreros, especialmente Brokvar, verían esto como una especie de presagio.
''Esto es una pérdida de tiempo'', murmuró.
Tras tomar su decisión, tomó con fuerza su lanza y apresuró a su montura hacia delante. El hombre, Sylas, alzó la mano y gritó algo en su lengua débil y sureña, pero ella lo ignoró. Mataría a este tonto y seguiría con su camino.
''Déjame hacerlo'', gruñó Brokvar, quien cabalgaba a un costado de la madre marcada.
Las cejas de Vrynna se alzaron.
''Le hizo esto a la venerada hermana'', respondió Brokvar a su pregunta silenciosa, señalando con un carnoso dedo hacia donde estaba la shamanka caída. ''Será un honor castigarlo ante la mirada de los dioses''.
El forastero miró entre Vrynna y Brokvar. ¿Entendía que su destino estaba por definirse?
Vrynna alzó los hombros. ''Todo tuyo''.
Brokvar descendió de su montura, desplegando su gran altura. El hombre, Sylas, no era pequeño, pero Brokvar así lo hacía parecer. El Hijo del Hielo desenfundó a Lamento Invernal de la vaina que cruzaba por su espalda y comenzó a caminar sombríamente hacia el forastero.
La última vez que Thorva sintió el frío en verdad fue cuando era una niña, no había cumplido ni seis inviernos.
Había perseguido risueñamente a una liebre de la nieve hasta un lago congelado. No se había percatado de lo delgado que era el hielo bajo sus pies hasta que escuchó un horrible crujido, poco antes de resquebrajarse. Con un grito ahogado, cayó a las oscuras y heladas profundidades. El frío que caló sus huesos fue tan repentino que expulsó todo el aire que tenía dentro de sus pulmones y sus extremidades dejaron de funcionar de inmediato, endureciéndose con unos calambres de agonía.
Había estado muerta por unos minutos demasiado largos antes de que pudieran sacarla de debajo del hielo y el chamán de la tribu pudiera insuflarle la vida de nueva cuenta. Esa noche, manifestó por vez primera el poder que le habían otorgado los dioses.
''A veces, cuando una persona es traída de vuelta del reino del más allá, regresa cambiada'', explicó el chamán, encogiéndose de hombros. ''Los dioses, en su inescrutable sabiduría, te han bendecido''.
Durante los días siguientes, se dio cuenta de que era inmune al frío, capaz de caminar descubierta por tormentas de nieve sin sufrir ningún daño..
Ahora, ella volvía a ser la pequeña niña asustadiza de aquel día, hundiéndose lentamente mientras el hueco en el hielo se alejaba cada vez más y más... solo que esta vez miraba al cielo, sin parpadear.
Paralizada y sin aliento, Thorva yacía sobre el suelo, sin escuchar ni sentir nada. El frío la invadía. Era ella.
¿Esta era la razón por la cual había sido traída hasta aquí? ¿Para darle su vida al forastero? ¿Para que pudiera cumplir con lo que fuera que los dioses hubiesen decretado?
No obstante, un miedo inefable ralentizaba su descenso hacia el olvido.
Aun si era la voluntad de los dioses el que ella muriera en vez del forastero, Thorva sabía en su corazón que Vrynna no le permitiría vivir, por lo que comenzó a luchar para emerger a la superficie.
Brokvar Puño de Hierro fue directo a asestar el golpe mortal y arremetió con Lamento Invernal cortando el aire y dejando un halo de neblina helada a su paso.
Ese golpe habría partido a un trol de hielo por la mitad si hubiera acertado, pero el forastero era sorprendentemente rápido a pesar del peso de sus cadenas. Había esquivado el golpe letal y ahora agitaba sus cadenas a su alrededor en un arco circular. Pasaron muy cerca del rostro de Brokvar, sin golpear al guerrero Hijo del Hielo, quien gritaba furioso.
Aun así, no se tambaleó, como el forastero habría esperado. Era duro como las montañas y excepcionalmente rápido para ser un hombre tan grande. Golpeó a su oponente en la cabeza con un poderoso puñetazo al revés. Vrynna hizo un gesto de dolor cuando el hombre de menor tamaño salió disparado por el aire.
El forastero batalló para reincorporarse mientras el Hijo del Hielo se abalanzaba sobre él, pero, finalmente, logró recomponerse. En realidad, a Vrynna le sorprendió que pudiera ponerse de pie. Aun así, solo prolongaba el desenlace inevitable.
El rostro de Brokvar denotaba una determinación sombría: estaba dispuesto a matarlo.
Sylas entrecerró los ojos mientras trataba de concentrarse en el arma del bárbaro.
La esquirla de hielo pálido en su empuñadura brillaba con fuerza mientras que la escarcha crepitante recubría la espada.
La magia proveniente de aquel trozo de hielo era diferente a cualquier otro tipo con el que se hubiera cruzando antes. Era primigenia, peligrosa y no tenía restricciones. Sylas podía sentirla en su piel, un escalofrío de poder casi intoxicante.
El poder de aquella mujer lo revivió, retirando el frío de sus extremidades y la oscuridad de sus dedos, pero esta fuerza era mucho más antigua. Si tan solo pudiera tocar el cristal con sus manos...
Con un gruñido, Sylas arremetió contra el freljordiano.
El forastero atacó a Brokvar, balanceando sus cadenas por el aire en una ráfaga de arcos. Golpeó en la cabeza al Hijo del Hielo, con una cadena en cada lado. Los pesados eslabones daban vueltas y, de un tirón, removió el casco del Hijo del Hielo.
Brokvar sacudió su larga y suelta cabellera, escupió sangre sobre la nieve y continuó con su ataque.
Las cadenas lo buscaron nuevamente, pero el inmenso guerrero estaba preparado esta vez. Evitó el primero de los golpes antes de dar un paso adelante y alzar un brazo, permitiendo que la cadena se enredara en su gigantesco antebrazo. Después, agarró los eslabones de metal y jaló con una fuerza brutal. El movimiento terminó con su codo impactando directamente al forastero.
El golpe lo desplomó y cayó a los pies de Brokvar. El Hijo del Hielo se irguió sobre él, con Lamento Invernal en su mano alzada, listo para asestar el golpe final.
''¡Espera! ¡No lo mates!'', alguien gritó, por lo que Brokvar se detuvo.
Vrynna giró su cabeza y frunció el ceño. Vio cómo la Hermana de la Escarcha, Thorva, se ponía de pie, tambaleante. Su piel había palidecido tanto que parecía muerta, sus labios eran azules, pero dio un paso hacia adelante, sosteniéndose de su báculo.
''¿Qué clase de locura es esta?'', se quejó Vrynna.
''No es ninguna locura'', respondió Thorva, apoyándose con esfuerzo sobre su báculo. ''Es la voluntad de los dioses''.
El bárbaro gigantesco se distrajo momentáneamente. Sobre su rostro salvaje se dibujó una mirada de confusión. Fue entonces que Sylas vio su oportunidad.
Tras erguirse sobre una rodilla, atacó con una de sus cadenas. Envolvió la espada de su oponente y, de un tirón, la arrancó de la mano del guerrero.
El arma aterrizó cerca, sobre la nieve, y Sylas saltó para tomarla, ansioso.
Sonriendo, levantó el mandoble... y la agonía se apoderó de su ser.
Vrynna sacudió la cabeza al avistar su insensatez. Solo un Hijo del Hielo puede sostener un arma de Hielo Puro. Para todos los demás, era una sentencia de muerte.
El forastero soltó a Lamento Invernal y rugió mientras el frío calaba por todo su brazo. Cayó de rodillas, aferrándose a su brazo, incluso a pesar de que ya comenzaba a congelarse. El poder asesino del Hielo Puro comenzó en su mano, pero siguió trabajando efectivamente por toda su extremidad, hacia su corazón.
''¿Los dioses querían esto?'”, se burló Vrynna, gesticulando hacia el forastero.
La shamanka frunció el ceño, pero no dijo nada.
''Si es así, los dioses son caprichosos y crueles'', añadió Vrynna, encogiéndose de hombros. ''Tal vez solo querían que él sufriera''.
Brokvar recuperó a Lamento Invernal, blandiéndola sin daño alguno. El forastero lo miró, la angustia y la confusión se dibujaron en su rostro mientras el poder letal del Hielo Puro lo consumía.
''Termina con su sufrimiento'', ordenó Vrynna.
La mirada de hierro de Brokvar se dirigió hacia la shamanka, en busca de su aprobación. La furia brotó de Vrynna.
''Si los dioses lo quieren salvar, entonces ellos pueden intervenir'', gritó.
Thorva servía y veneraba a los dioses antiguos del Fréljord, pero no afirmaba conocer su voluntad. Tampoco había presenciado una intervención suya en asuntos mortales.
Y, aun así, parecía imposible que lo que sucedería después fuera mera coincidencia.
El forastero yacía en la nieve, temblando y convulsionándose. El Hielo Puro ya casi se apoderaba de todo su ser, pero él resistía, estirando su mano hacia el guerrero Hijo del Hielo.
Thorva sabía de lo que el demaciano era capaz, puesto que la había despojado de todo su poder con un toque ínfimo. Pudo haber prevenido al Hijo del Hielo veterano, pero no lo hizo.
Sylas estaba muriendo, pero incluso en la muerte, su deseo por seguir peleando era fuerte.
Desesperado, se acercó al inmenso bárbaro que se cernía sobre él. Tomó la bota del guerrero, pero el bárbaro pateó su mano.
El gigante barbudo lo miró con lástima, como suele verse a los perros callejeros moribundos. Era la misma mirada de desprecio que los nobles dedicaban a los más humildes de Demacia. La furia de Sylas resurgió.
Esa furia lo alimentaba y, con una última explosión de su fuerza agonizante, se levantó del suelo y tomó al gigante freljordiano por la garganta. La magia ancestral, cruda y elemental comenzó a infundirlo inmediatamente.
Tal vez Sylas haya sido incapaz de tocar el arma de hielo freljordiana, pero aún podría usar la carne del bárbaro como canal para extraer su poder.
No fue más que un solo momento.
El bárbaro retrocedió, sin saber qué es lo que había pasado. Sylas sonrió y sus ojos comenzaron a brillar con una luz pálida y fría.
Miró su brazo congelado, sosteniéndolo frente a él. Con el impulso de su poder recién adquirido, consiguió que el hielo revirtiera su curso. Se deslizó por su brazo hasta abandonarlo por completo, dejando su carne intacta.
Después, miró al horrorizado guerrero que estaba de pie frente a él.
''Entonces'', dijo. ''¿En qué estábamos?''.
Brokvar dio un paso hacia atrás, tratando de alejarse del forastero, boquiabierto y sorprendido.
''¿Qué es él?'', gritó Vrynna. ''¿Un Hijo del Hielo?''.
''No'', intervino Thorva, sus ojos brillaban con fe. ''Es algo más...''.
Vrynna ya había visto suficiente. Con un ligero movimiento bien practicado, le dio la vuelta a su lanza y, de pie sobre la silla de montar, la lanzó hacia el forastero, con toda su grandeza y su peso.
El arma se dirigió hacia él, pero el hombre estiró una mano, desplegó sus dedos y la tierra que tenía enfrente explotó. En medio de una serie de crujidos, un muro protector de imponentes estacas de hielo emergió desde el suelo. La lanza de Vrynna se clavó en la barrera, pero no pudo penetrarla. Se quedó temblando en un lugar, incrustada medio metro en el hielo, sin haber tocado siquiera al forastero.
Vrynna se quedó boquiabierta frente a la barrera mágica, incluso cuando esta se derrumbó instantes después, desvaneciéndose tan pronto como había aparecido.
El forastero se erguía ante su descubrimiento. Se reía y miraba sus manos con sorpresa: ahora estaban bordeadas con escarcha e irradiaban una pálida luz azul, como el fondo de un témpano. Miró a Vrynna con ojos que ahora emanaban una neblina congelada. Comenzó a reunir el poder primigenio del frío dentro de su ser una vez más. Un orbe giratorio de magia, como una tormenta autocontenida, comenzó a formarse entre sus manos.
La Garra Invernal tocaba con incomodidad sus armas, dudosos de sí mismos frente a lo que claramente era magia freljordiana.
Thorva gritó algo, pero Vrynna no logró entender sus palabras. Sorprendida, miró a la shamanka.
¿Hablaba la lengua del forastero?
Al parecer, había muchas cosas que desconocía de la Hermana de la Escarcha, por lo que su desconfianza aumentó.
La shamanka y el extraño hablaron por un momento, mientras Vrynna los miraba, rechinando los dientes.
''¿Qué dice el forastero?'', gritó, perdiendo la paciencia.
''Dice que compartimos a un enemigo en común'', le explicó Thorva. ''Dice que podemos ayudarnos mutuamente''.
Vrynna frunció el ceño. ''¿Quiénes? ¿Los avarosanos? Los asediamos, como siempre lo hemos hecho, pero no estamos en guerra con ellos''.
''Me parece que se refiere a los suyos. Los demacianos, al otro lado de las montañas''.
''¿Entonces es un traidor?'', preguntó Vrynna. ''¿Por qué confiaríamos en alguien que traiciona a los suyos?''.
''La madre marcada quiere saber cómo ayudarías a nuestra tribu'', dijo Thorva, dirigiéndose al forastero en su propia lengua. ''Haz tu oferta. Si no, tu alma irá al más allá, aquí y ahora''..
Sylas le habló directamente a Vrynna para darle su respuesta. Thorva lo miraba con atención mientras hablaba, pidiéndole en varias ocasiones que explicara las palabras que ella no lograba comprender inmediatamente.
''Dice que conoce caminos secretos hacia sus tierras, información que solo él posee'', dijo Thorva. ''Cuenta que ahí hay muchas riquezas a la espera de ser reclamadas. Campos que no conocen la nieve, repletos de ganado robusto, calles en las que fluyen el oro y la plata''.
Los guerreros de la Garra Invernal sonrieron y se rieron entre ellos al escuchar esas palabras, e incluso los ojos de Vrynna se iluminaron. Al haber vivido siempre bajo condiciones extremas, la promesa de las ganancias fáciles era tentadora.
Pero aún había una duda en el aire.
''¿Cómo podemos saber que no nos conducirá a una trampa?'', indagó Vrynna. ''No podemos confiar en él. Será mejor que lo matemos, aquí y ahora, y que no nos dejemos llevar por su astuta persuasión''.
''Él...'', comenzó a decir Thorva, eligiendo con cuidado su mentira. ''Él dice que tuvo una visión. Un sueño que llegó a él, de tres hermanas freljordianas. Fueron ellas quienes lo instaron a venir aquí''.
''¡Las Tres!'', dijo Brokvar en voz baja, en un tono reverencial. ''¡Está hablando de Avarosa, Serylda y Lissandra!''.
Sorprendidos e intimidados, los demás guerreros de la Garra Invernal comenzaron a murmurar. Algunos incluso tocaron los tótems sagrados que pendían de sus cuellos.
Las Tres Hermanas eran legendarias, las más grandes y más honradas guerreras del Fréljord. Fueron las primeras Hijas del Hielo y vivieron en la era de los héroes, hace mucho tiempo atrás. A lo largo de una gran parte del norte congelado, habían sido concebidas como las elegidas, y muchos recurrieron a su sabiduría en tiempos de lucha o imploraron su gracia antes de la batalla.
Vrynna miró a Thorva con furia y desazón. ¿Acaso la madre pielmarcada sospechaba de su mentira?
Al ver cómo la sorpresa arrebatadora de Brokvar se diseminaba entre el resto de los guerreros reunidos, se dio cuenta de que eso no importaba. Thorva sabía que el campeón Hijo del Hielo de Vrynna se prendería de esas palabras. Inspirarían su asombro y su fe; además, su influencia entre el resto de los guerreros era potente. Jamás le permitirían asesinar al forastero a estas alturas, sin importar lo que Vrynna les ordenara.
Thorva sonrió tenuemente en señal de victoria, aunque fue cuidadosa de que Vrynna no la viera, mientras evaluaba al forastero.
Fue la voluntad de los dioses que él viviera, Thorva estaba convencida de ello. No sentía ninguna culpa por mentir para asegurar que eso pasara.
''Será puesto a prueba antes de que consideremos confiar en él''.
''Una sabia decisión, madre pielmarcada'', asintió Thorva. ''¿Qué sugieres?''.
''Nos acompañará en nuestro ataque'', confirmó Vrynna. ''Si pelea bien y demuestra ser de valía, entonces tal vez escuchemos más de aquello que nos propone. Más acerca de esos caminos ocultos hacia Demacia. Pero él será responsabilidad tuya. Dependerá de ti controlarlo y, si se pone en nuestra contra, tú pagarás el precio''.
Thorva asintió y volteó a ver al forastero.
''Pelea con nosotros. Demuéstrale a la madre marcada tu valía'', dijo ella. ''Pelea con fuerza y vivirás para conseguir tu alianza''.
Esas últimas palabras provocaron una gran sonrisa en el forastero.
Thorva lo miró de arriba a abajo. Para ser del sur, era bien parecido. Un poco delgado para su gusto, pero era inteligente y en él había poder.
Alzó el dedo en señal de advertencia
''Pero nunca más volverás a tocarme''.
El forastero sonrió sarcásticamente.
''No sin tu permiso'', respondió. Thorva se dio la vuelta para que no pudiera ver su sonrisa.
''¿Qué es lo que dice?'', preguntó Vrynna.
''Está de acuerdo con tus condiciones, madre pielmarcada'', respondió Thorva.
"Bien. Prosigamos'', dijo Vrynna. ''Atacaremos''.
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El relato original de The Rune, con ilustraciones oficiales con subtítulos separados. Fuentes distingue la historia regional de las biografías individuales.
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