Shurima: el regreso de los Ascendidos
El retorno de Azir y Shurima capital. Lugar después del colapso antiguo, no al lado de la fundación original.
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Historia regional · Shurima
Cuatro personajes esenciales para comprender el auge, la traición y el regreso de Shurima.
Con dientes, la historia de Riot Renekton, ofrece una vista del guerrero dios sobreviviente después de la caída de Shurima. · Riot Games
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El retorno de Azir y Shurima capital. Lugar después del colapso antiguo, no al lado de la fundación original.
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Azir y Xerath fueron amigos separados por la institución de la esclavitud. Nasus y Renekton fueron hermanos unidos por el servicio militar y una Ascensión compartida. Sus relaciones atravesaban formas distintas de desigualdad y obligación. El choque posterior destruyó la capital, pero cada pareja tenía una larga historia anterior al ritual. Leer las cuatro vidas evita reducir la catástrofe a una lucha entre dioses intercambiables.
Azir pretendía terminar con la esclavitud, pero aplazó repetidamente el acto público mientras disfrutaba de la autoridad de su posición. La dependencia y el resentimiento de Xerath crecieron junto a una búsqueda oculta de poder mágico. Cuando Azir concedió por fin la libertad el día de la Ascensión, su amigo ya había preparado el robo del ritual. La liberación fue real, pero no deshizo los años que habían hecho imaginable la traición.
La decisión de Xerath destruyó a Azir y a la capital mientras convertía al traidor en energía arcana. Comprender la injusticia que sufrió no elimina su responsabilidad por las personas muertas a causa de su ambición. Del mismo modo, la proclamación final de Azir no vuelve justo el sistema anterior. Su conflicto tiene fuerza porque tanto el vínculo personal como la violencia estructural siguen formando parte de lo sucedido.
Nasus y Renekton regresaron demasiado tarde para impedir el desastre. Al no poder destruir a Xerath, Renekton lo arrastró a la Tumba de los Emperadores y exigió a Nasus que la cerrara. El hermano mayor obedeció con dolor. Dentro, Xerath pasó siglos sustituyendo el significado de aquel sacrificio por una historia de abandono deliberado y convirtió el amor de Renekton en un deseo deformado de venganza.
Nasus sobrevivió fuera como un testigo cargado de culpa mientras desaparecía el mundo al que habían servido. Su conservación de la memoria contrasta con la manipulación sufrida por Renekton en la oscuridad. Ninguno permaneció intacto hasta la reapertura de la tumba. El tiempo entre los relatos antiguos y actuales forma parte de la herida que dificulta tanto su reencuentro.
La expedición de Sivir ayudó a liberar a los prisioneros y despertar a Azir, llevando las cuatro historias a la Shurima actual. Xerath busca poder; Azir, restauración; Renekton persigue a su hermano mediante un recuerdo envenenado; Nasus espera que la orientación y el reconocimiento todavía importen. Sus objetivos afectan ahora a personas que nunca sirvieron al antiguo imperio. El futuro regional depende tanto de esas comunidades vivas como de las figuras antiguas que regresaron para reclamarlo.
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Publicado 2016-05-05
Azir caminaba sobre los dorados adoquines del Camino del Emperador. Las inmensas estatuas de los primeros señores de Shurima —sus antepasados— lo contemplaban.
La luz suave y umbría del primer amanecer envolvía la ciudad. Las estrellas más grandes seguían brillando en el cielo, aunque la salida del sol no tardaría en enmascarar su luz. El firmamento nocturno no era como Azir lo recordaba. Las estrellas y las constelaciones no estaban en su sitio. Habían pasado milenios.
A cada paso que daba, la gruesa vara imperial repicaba con una solitaria nota, cuyo eco resonaba entre las vacías calles de la capital.
La última vez que recorriese aquel camino, una guardia de honor de 10 000 guerreros de élite lo seguía y los gritos de aliento de la multitud habían sacudido la ciudad. Iba a ser su gran momento de gloria… y se lo habían arrebatado.
Ahora era solo una ciudad de fantasmas. ¿Qué había sido de su pueblo?
Con un gesto autoritario, ordenó a las arenas que había junto al camino que se alzaran y formaran estatuas vivientes. Era una visión del pasado, los ecos de Shurima dotados de forma.
Las figuras de arena miraban hacia delante, hacia el inmenso disco solar que flotaba sobre el Estrado de la Ascensión, a media legua de distancia. Seguía allí, proclamando la gloria y el poder del imperio de Azir aunque no quedara nadie para verlo. La hija de Shurima que lo había despertado, última custodia de su linaje, había desaparecido. La sintió en el desierto. Estaban unidos por la sangre.
Mientras seguía avanzando por el Camino del Emperador, las réplicas de arena de sus súbditos señalaron el disco solar y sus expresiones de dicha se transformaron en muecas de terror. Sus bocas se abrieron en mudos gritos. Se volvieron y echaron a correr, atropellándose y tropezando unas con otras. Azir asistió a los últimos instantes de su pueblo sumido en un silencio desesperado.
Una oleada de energía invisible los aniquiló y los redujo a polvo, arrastrado por el viento. ¿Qué había salido mal en el ritual de Ascensión para que se desencadenase aquella catástrofe?
Azir afianzó su determinación. Su paso se tornó más decidido. Al llegar a la base de la Escalera de la Ascensión comenzó a subir los peldaños de cinco en cinco.
Solo sus soldados de más confianza, los sacerdotes y los miembros de la familia real podían poner el pie en la Escalera. El camino estaba jalonado por réplicas de arena de sus súbditos más fieles, cuyos rostros alzados, encogidos en una mueca, sollozaban en silencio antes de que también a ellos se los llevara el viento.
Azir echó a correr con inhumana celeridad mientras sus garras, hundidas en la piedra, dejaban surcos allí donde se posaban. A ambos lados se alzaban figuras de arena que se destruían a su paso.
Llegó a la cima. Allí estaba el último grupo de testigos: sus sirvientes personales, sus consejeros y los sumos sacerdotes. Su familia.
Azir cayó de rodillas. Su familia, recreada con perfecto y desgarrador detalle, se encontraba frente a él. Su esposa, encinta. Su tímida hija, cogida a la mano de su madre. Su espigado hijo, ya a las puertas de la edad adulta.
Horrorizado, Azir vio cómo cambiaban sus rostros. Aunque sabía lo que iba a suceder, no fue capaz de apartar la mirada. Su hija ocultó el rostro entre los pliegues del vestido de su esposa. Su hijo echó mano a la espada mientras profería un grito de desafío. Su esposa… abrió los ojos de par en par, llena de pesar y desesperación.
Una fuerza invisible los convirtió en polvo.
Era demasiado, pero ni una sola lágrima acudió a los ojos de Azir. Su forma Ascendida le había privado para siempre de esta sencilla demostración de pesar. Con el corazón apesadumbrado, se obligó a ponerse en pie. La pregunta seguía siendo cómo había logrado sobrevivir su linaje, pues sin duda así era.
El eco final aguardaba.
Avanzó hasta encontrarse a un paso del estrado y contempló la escena, recreada para él por las arenas.
Se vio a sí mismo en forma mortal, elevado en el aire bajo el disco solar, con los brazos abiertos de par en par y la espalda arqueada. Recordó aquel momento. El poder lo atravesó, imbuyó su ser y lo inundó de fuerza divina.
Una nueva figura se formó en la arena. Su consejero más próximo, su mago, Xerath.
Su amigo musitó una palabra. Azir se vio estallar en mil pedazos, como si estuviera hecho de cristal, y transformarse en infinitos granos de arena.
—Xerath —dijo con un hilo de voz.
La expresión del traidor era insondable, pero Azir no pudo ver otra cosa que la cara de un asesino.
¿De dónde procedía tanto odio? Azir nunca había reparado en su existencia.
La imagen de arena de Xerath se elevó en el aire mientras el disco solar canalizaba las energías hacia su ser. La guardia de élite del emperador se abalanzó sobre él, pero ya era demasiado tarde.
Un brutal estallido de poder disolvió el último instante de Shurima. Azir quedó solo entre los ecos agonizantes de su pasado.
Eso era lo que había destruido a su pueblo.
Se volvió al mismo tiempo que, sobre él, los primeros rayos del nuevo día recaían sobre el disco solar. Había visto suficiente. La imagen de arena del transformado Xerath se desmoronó a su espalda.
Los rayos del sol se reflejaban sobre la inmaculada armadura dorada de Azir. En aquel instante, supo que el traidor aún vivía. Sintió la esencia del mago en el mismo aire que respiraba.
Levantó una mano y un ejército de guerreros de élite se alzó de las arenas, al pie de la Escalinata de la Ascensión.
—Xerath —dijo con voz teñida de rabia—. Tus crímenes no quedarán sin castigo.
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Publicado 2016-05-06
Este era el momento.
Ese momento excepcional que le había costado tanto, que le había llevado una vida planear. Un imperio corrupto y su pomposo príncipe quedarían sepultados por el estúpido símbolo solar en el que tanto confiaban. La clave para la inmortalidad, protegida con recelo y ofrecida a unos pocos, sería solo para él. La robaría delante del mundo entero. Un momento único de venganza perfecta que por fin liberaría al esclavo llamado Xerath.
Aunque el yelmo de su maestro no revelaba expresión humana, y sabiendo que el metal tallado con cariño no podría responder del mismo modo, Xerath sonrió igual al rostro desalmado del halcón con auténtico deleite. Una vida de servidumbre, primero para un emperador desquiciado y ahora para uno vanidoso; manipulaciones interminables por y contra el trono; una misión casi funesta para conseguir un conocimiento que apenas recordaba y que casi lo había consumido; todo ello había conducido a esta farsa grotesca de la Ascensión.
Las mismísimas palabras eran una ofensa cuando se decían en voz alta: Nosotros ascenderemos y, en cambio, ustedes se quedarán encadenados a la piedra quebrada mientras las arenas del tiempo los engullen. No. Ya no, y nunca más. Los señores dorados elegidos no recibirán el abrazo del sol para convertirse en dioses. Será un esclavo quien lo haga. Un simple esclavo, un niño que tuvo la desgracia hace tiempo de salvar a un chico noble de las arenas.
Y debido a este pecado, Xerath fue castigado con una horrible y exasperante promesa: Libertad. Inalcanzable. Prohibida. Si tan solo el pensamiento cruzase por la mente de un esclavo, sería castigado con la muerte, ya que los Ascendidos podía mirar a través de la carne y los huesos, en lo más hondo del alma, para ver su tenue resplandor de traidor. Y aun así, allí estaban, salidas de la boca del joven príncipe que él había arrastrado del abrazo de la cambiante madre desierto. Azir, el Sol Dorado, prometió que liberaría a su salvador y nuevo amigo.
Una promesa no cumplida hasta este día. Las palabras de un niño agradecido, ajeno en su inocencia al impacto que tendrían. ¿Cómo podía Azir cambiar de repente un gobierno de miles de años? ¿Cómo podía luchar contra la tradición, su padre, su destino?
Al final, el joven emperador lo perdería todo por no hacer honor a su palabra.
Y así, Xerath progresó y se formó hasta convertirse en la mano derecha de Azir, pero nunca un hombre libre. La amarga promesa lo carcomió, lo que era y lo que podría haber sido. La negación de algo insignificante, el derecho a vivir su vida, llevó a Xerath a tomar la decisión de tomarlo todo, todas las cosas que les habían sido negadas, todas las cosas que merecía: el imperio, la Ascensión y la forma más pura posible de libertad.
Con cada paso que daba hacia el ofensivamente grandioso Estrado de la Ascensión, siempre situado con respeto detrás de su emperador y flanqueado por los centinelas ineptos que supuestamente protegían Shurima, Xerath sintió una desconocida ligereza que le dejó genuinamente sorprendido. ¿Era alegría? ¿La venganza conduce a la alegría? La repercusión fue casi física.
En ese mismo momento, la recargada armadura dorada, fuente de su tormento, se detuvo de golpe. Y se giró. Y caminó hacia Xerath.
¿Lo sabía? ¿Cómo podía saberlo? ¿Este chico consentido y egocéntrico? ¿Este emperador de falsa benevolencia, cuyas manos estaban tan manchadas de sangre como las de Xerath? Incluso si lo supiera, no podría detener el golpe final que estaba ya en movimiento.
Xerath se había preparado para cualquier imprevisto. Había sobornado, matado, maniobrado más allá de sus posibilidades y conspirado durante décadas, incluso había engañado a los monstruosos hermanos, Nasus y Renekton, para que permanecieran lejos de este acontecimiento. Pero no estaba preparado para esto...
El Emperador de Shurima, el Sol Dorado, el Amado de la Madre Desierto, que pronto sería Ascendido, se quitó el yelmo, dejando al descubierto su frente orgullosa y sus ojos sonrientes, y se giró hacia su más leal y viejo amigo. Habló sobre el amor de hermanos, el amor de amigos, de las duras disputas, algunas ganadas y otras perdidas, de la familia, del futuro y, por fin... de la libertad.
Al pronunciar estas palabras, los guardias se acercaron a Xerath y lo flanquearon, desenvainando las armas.
Así que el príncipe lo sabía. ¿Se habían deshecho los planes de Xerath?
Pero los necios de las armaduras solo lo estaban saludando. No suponían ninguna amenaza, lo estaban honrando. Lo estaban felicitando.
Por su libertad.
Su odiado amo acababa de liberarlo; los había liberado a todos. Nadie volvería a llevar cadenas en Shurima. La última acción de Azir como humano fue romper las cadenas de su pueblo.
El rugido de la gente congregada hizo temblar los cimientos y ahogó cualquier respuesta que Xerath pudiera ofrecer. Azir se colocó el yelmo y avanzó hacia el Estrado, mientras sus ayudantes lo preparaban para una divinidad que nunca llegaría.
Xerath se mantuvo en la sombra del monolítico disco solar, a sabiendas de que quedaban tan solo unos segundos para una fatalidad que destruiría el imperio.
Demasiado tarde, amigo. Demasiado tarde, hermano. Demasiado tarde para todos nosotros.
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Ryan Verniere · Relato completo
Publicado 2016-05-07
Nasus caminaba de noche, reticente a mirar el sol de cara. El muchacho lo seguía de cerca.
¿Cuánto tiempo habrá estado ahí?
Todo mortal que alcanzaba a ver al monstruoso vagabundo huía, todos salvo el muchacho. Juntos, forjaron un sendero por las antiguas tierras de Shurima. El aislamiento autoimpuesto hacía mella en la conciencia de Nasus. Los vientos del desierto aullaban en torno a sus cuerpos malnutridos.
—Nasus, mira allá, sobre el mar de dunas —dijo el muchacho.
Las estrellas guiaron a los caminantes en su travesía por aquellos secos páramos. El viejo chacal ya no portaba la armadura de los Ascendidos. Los monumentos dorados yacían enterrados en el pasado. Ahora, como un ermitaño vestido con harapos, Nasus se rascaba el pelaje apelmazado antes de elevar lentamente su cabeza para observar el cielo nocturno.
—El Gaitero —dijo Nasus, con una voz baja y áspera—. Pronto cambiará la estación.
Nasus posó su mano sobre el pequeño hombro del muchacho y bajó la mirada para observar su rostro quemado por el sol. En él pudo ver las suaves líneas y curvas del linaje shurimano, curtido por los viajes incesantes.
¿Cuándo comenzaste a preocuparte? Pronto te encontraremos un hogar. Deambular entre las ruinas de un imperio caído no es vida para un niño.
Tal era la naturaleza del universo. Momentos breves desplegados en los eternos ciclos de la existencia. La embriagadora filosofía le afectaba, pero solo se trataba de otra piedra en su interminable camino de culpa autoimpuesta. Si le permitía seguir sus pasos, el niño inevitablemente cambiaría para siempre. La sombra del remordimiento pesaba sobre el ceño de Nasus como una tormenta. Su compañía saciaba algo arraigado en lo más profundo del héroe ancestral.
—Podemos llegar a la Torre del Astrólogo antes del amanecer. Pero tendremos que escalar— dijo el muchacho.
****
La torre estaba cerca. Nasus trepó por la pared del acantilado, mano sobre mano; era tal su dominio de aquella ascensión que se permitía escalar con gran imprudencia, tentando a la muerte. El niño trepaba a su lado, ágil en el uso de cada saliente y recoveco que ofrecía aquella pared de piedra gastada.
¿Qué le ocurriría a esta vida inocente si me rindo ante la muerte? La idea perturbó a Nasus.
Hilos de niebla surgían entre los riscos del acantilado, enhebrando las estrechas rocas como si fueran pequeños senderos en la montaña. El muchacho fue el primero en alcanzar la cima. Nasus lo seguía.
A lo lejos, a través de la bruma podía oírse al metal golpeando la piedra... y también voces hablando en un dialecto familiar. De repente, Nasus despertó de su trance.
El pozo situado en la Torre del Astrólogo solía atraer a los nómadas, pero nunca tan cerca del equinoccio como ahora. El muchacho se quedó quieto del temor que sentía.
—¿Dónde están las hogueras? —preguntó.
El relincho de un caballo perforó la noche.
—¿Quién anda ahí? — volvió a preguntar. Sus palabras recorrieron la oscuridad.
Un farol cobró vida e iluminó a un grupo de jinetes. Mercenarios. Saqueadores.
Los ojos del chacal se abrieron de par en par.
Vio que eran siete. Sus curvas espadas seguían enfundadas, pero sus ojos delataban astucia y entrenamiento marcial.
—¿Dónde está el guardia? —preguntó Nasus.
—Está durmiendo junto a su mujer. La noche fresca invitaba a retirarse temprano —replicó uno de los jinetes.
—Viejo chacal, mi nombre es Malouf —dijo otro—. Nos envía el emperador.
Nasus dio un paso al frente, desvelando fugazmente un atisbo de ira.
—¿Acaso busca reconocimiento? Entonces, se lo daré. En esta era impía no hay emperador —dijo Nasus.
El muchacho, desafiante, dio un paso al frente. Los oscuros mensajeros se alejaron del farol. Las largas sombras velaron sus posturas defensivas.
—Entreguen su mensaje y váyanse —dijo el niño.
Malouf desmontó y caminó hacia adelante. Introdujo una mano encallecida entre los pliegues de su ropa y extrajo un oscuro amuleto engarzado en una gruesa cadena negra. La geometría del metal destellaba recuerdos de magia y destrucción en la mente de Nasus.
—El emperador Xerath envía sus ofrendas. Nosotros seremos siervos para ustedes. Quiere darles la bienvenida a la nueva capital de Nerimazeth.
Las palabras del mercenario golpearon a Nasus como un martillo sobre una copa de vidrio.
Rápidamente, el niño se arrodilló para agarrar una piedra pesada.
—¡Muere! —exclamó.
—¡Sujétalo! —ordenó Malouf.
El chico tomó impulso y arrojó la piedra al aire, cuya perfecta parábola amenazaba con destrozar los huesos de un mercenario al impacto.
—¡Renekton, no! —rugió Nasus.
Los jinetes dejaron de fingir. Nasus sabía que el cuidador y su esposa estaban muertos. La bienvenida de Xerath llegaría en la forma del frío acero. La verdad comenzó a nublar la ilusión.
Nasus se estiró para alcanzar al muchacho. El niño se perdió en las sombras de un recuerdo, que acto seguido se disipó sobre aquel terreno iluminado por estrellas.
—Adiós, hermano —susurró Nasus.
Los emisarios de Xerath se dispersaron mientras sus caballos corcoveaban y bufaban. Flanquearon al ascendido por tres lados. Malouf no vaciló, desenfundó su espada y la hundió en el costado de Nasus. El dolor se extendió por el cuerpo del curador ancestral. El jinete intentó extraer su espada, pero esta no se movía. Una zarpa sostenía el sable, manteniéndolo agónicamente hundido en la carne del Ascendido.
—Debiste haberme dejado a solas con mis fantasmas —dijo Nasus.
Acto seguido, Nasus arrancó la espada de la mano de Malouf, destrozando dedos y desgarrando ligamentos.
El semidiós se abalanzó sobre su agresor. El cuerpo de Malouf cedió bajo el enorme peso del chacal.
Nasus saltó sobre el siguiente jinete, arrancándolo de su montura; bastaron dos golpes para perforar órganos y dejar sus pulmones sin aire. Su cuerpo desfigurado, una masa agónica, huyó hacia el desierto. Su caballo se encabritó y desapareció entre las dunas.
—¡Está demente! —gritó uno de los jinetes.
—Ya no lo estoy —dijo Nasus, mientras se acercaba al líder de los mercenarios.
Una extraña fragancia inundó el aire. Flores de lavanda muertas colorearon el sendero por donde pasaba. Malouf se retorcía en el suelo con los dedos de la mano derecha rotos y debilitados, con la piel flácida como si fuera un pergamino humedecido. Su caja torácica se había hundido como la cáscara de una fruta podrida.
El terror se apoderó del resto de los mercenarios. Lucharon por mantener el control de sus monturas, aunque solo fuera para batirse en retirada. El cuerpo de Malouf yacía abandonado en la arena.
Nasus miró al este, hacia las ruinas de Nerimazeth.
—Díganle a su ''emperador'' que su ciclo está por terminar.
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Publicado 2016-05-08
¿Soy un dios?
Ya no lo sabe. Tal vez lo fue, cuando el disco solar brillaba como el oro en lo alto del Palacio de los Diez Mil Pilares. Recuerda cómo llevó a un ser ancestral en brazos, y cómo ambos se elevaron hacia el cielo, transportados por los rayos del sol. Todo el dolor y el sufrimiento que albergaba fue limpiado por aquella luz que había de transformarlo. Si este recuerdo es suyo, ¿acaso ha sido mortal? Cree que sí, pero es incapaz de recordarlo. Sus pensamientos no son más que una nube de moscas del desierto, el zumbido irritante de recuerdos fragmentados que retumban en su alargado cráneo.
¿Qué es real? ¿Qué soy ahora?
Este lugar, esta caverna bajo la arena. ¿Es real? Eso cree, pero no está seguro de poder confiar en sus sentidos. Solo alcanza a recordar las tinieblas, una terrible e infinita oscuridad aferrada a él como una mortaja. Pero entonces la oscuridad se desvaneció, arrojándolo de vuelta a la luz. Recuerda haber trepado entre la arena mientras la tierra se desplomaba a su alrededor, y el rugir de la piedra viva mientras algo sepultado y olvidado largo tiempo emergía de nuevo hacia la superficie.
Colosales estatuas de aspecto vasto y terrible brotaron de la arena. Sobre el héroe se cernían guerreros con armadura y cabeza diabólica, dioses ancestrales de una cultura extinta tiempo ha. Huyó de la ira de los espectros beligerantes que emergían de la arena, y logró escapar de aquella ciudad que ascendía entre llamas bajo la luna y las estrellas. Recuerda haber deambulado por el desierto, su mente encendida por visiones de sangre y traición, de palacios colosales y templos dorados derribados en un abrir y cerrar de ojos. Siglos de progreso desmantelados por el orgullo y la vanidad de un solo hombre. ¿Acaso fue suyo el orgullo? No lo sabe, pero teme que así fuera.
Aquella luz que lo había transformado ahora le provocaba un gran dolor. Quemaba su alma hasta la médula mientras vagaba por el desierto, solo y perdido, atormentado por un odio que no alcanzaba a entender. Buscando refugio de su despiadada luz, halló cobijo en una húmeda caverna; y así, encogido y entre lágrimas, el Susurrante lo encontró. Aquella sombra se deslizaba por las paredes que lo rodeaban, balbuceando y conspirando incesantemente para alimentar su amargura. Apretaba sus retorcidas manos, coronadas por negras zarpas, contra las sienes, pero era incapaz de silenciar a su eterno acompañante en aquella oscuridad. Nunca lo consiguió.
El Susurrante le contó historias de vergüenza y culpa. Habló de los miles de inocentes que murieron por su culpa, que jamás tuvieron ocasión de vivir gracias a su fracaso. Una parte de él cree que no son más que falacias edulcoradas, historias tergiversadas y repetidas tantas veces que se hace imposible distinguir verdad y mentira. El Susurrante le recuerda la luz extinguida en su encierro, le muestra el rostro de chacal de su traidor, que contempla la escena mientras lo condena a la oscuridad eterna del abismo. Las lágrimas brotan de sus ojos ajados y él las enjuga con ira. El Susurrante conoce cada senda, cada camino oculto hacia su mente, y distorsiona todas las certezas a las que alguna vez se aferró, todas las virtudes que lo convirtieron en un héroe endiosado y reverenciado por toda... ¡Shurima!
Ese nombre significa algo para él, pero se desvanece como un brillante espejismo, anclado a la prisión de su mente con las cadenas de la locura. Sus ojos, antaño astutos y penetrantes, están velados por los siglos de absoluta e insondable oscuridad. Su piel, que una vez fue fuerte como una armadura de bronce, ahora está opaca y resquebrajada; de su infinidad de heridas brota el polvo, como arena que cae en el reloj de un verdugo. Tal vez se esté muriendo. Cree que es posible, pero el pensamiento no le inquieta en demasía. Ha vivido y sufrido lo suficiente para no temer su propia desaparición.
Peor aún, no está seguro de poder morir. Contempla el arma ante él, un hacha con sable de medialuna sin mango. Perteneció a un rey guerrero de Icathia, y un fugaz recuerdo le ilumina, le muestra cómo rompió aquella empuñadura tras acabar con el ejército de su portador. Recuerda haberla vuelto a crear, pero no sabe por qué. Tal vez la utilice para rebanar su propio cuello y ver qué ocurre. ¿Brotará sangre o polvo? No, no piensa morir ahí. Todavía no. El Susurrante le informa de que es otro el destino que lo aguarda. Todavía queda sangre por derramar y una sed de venganza que saciar. El rostro de chacal de aquel que lo condenó a la oscuridad flota en su memoria y, cada vez que lo ve, hierve hasta la superficie el odio grabado a fuego en su corazón.
Contempla las paredes de la cueva mientras las sombras se disipan, revelando las rudas pinturas rupestres de los mortales. Imágenes atávicas y descascarilladas, tan desdibujadas que son casi invisibles, muestran la ciudad del desierto en todo su esplendor. Ríos de agua fresca y cristalina discurren entre las columnas de sus calles y los rayos revitalizantes del Sol alumbran la exuberante vegetación de un paisaje que ahora es fértil. Ve a un rey con yelmo de cabeza de halcón junto a una figura con vestiduras oscuras, ambos en lo alto de un palacio elevado. A sus pies, dos gigantes ataviados con armadura militar: uno es una bestia colosal con forma de cocodrilo y un hacha con hoja de medialuna; el otro es un guerrero erudito con cabeza de chacal. Reconoce en la criatura reptiliana la representación, exaltada por los mortales, de su encarnación ascendida. Entonces posa su mirada sobre el otro guerrero. El tiempo ya casi ha borrado la escritura angular bajo la imagen descolorida, pero sigue siendo lo suficientemente legible para que se adivine el nombre de su traidor.
—Nasus —pronuncia—. Hermano...
Y nombrada la fuente de su tormento, su propia identidad es revelada, como el sol que emerge tras una nube de tormenta.
—Soy Renekton —sisea entre dientes curvos—. El Carnicero de las Arenas.
Alza su filo de medialuna y se pone en pie, sacudiendo el polvo de los siglos de su cuerpo acorazado. Viejas heridas sanan, la piel agrietada recupera su tersura y el color vuelve a su verde y elástica forma reptiliana a medida que se imbuye de determinación. Hubo un día en el que el sol lo transformó, pero ahora la oscuridad es su aliada. La fuerza invade su monstruoso y poderoso cuerpo, los músculos se hinchan, y sus ojos arden de odio hacia Nasus. Oye cómo el Susurrante vuelve a hablar, pero ya no le presta atención. Empuña el hacha con sus poderosas garras y posa la punta del filo sobre la imagen de guerrero con cabeza de chacal.
—Me dejaste solo entre las tinieblas, hermano —dice—. Y ahora morirás por aquella traición.
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Sus vidas tienen su propia historia
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El relato original de The Rune, con ilustraciones oficiales con subtítulos separados. Fuentes distingue la historia regional de las biografías individuales.
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