Thresh, Hecarim, Kalista, Yorick y Maokai — ilustración oficial de Riot

Historia regional · Islas de la Sombra

Thresh, Hecarim, Kalista, Yorick y Maokai

Los personajes que encarnan las islas después de la caída.

24 min de lectura ◆ Explicación + textos oficiales completos

Ilustración · Riot Games

Tierra a la vista es la historia de Riot Kalista, emparejada aquí con la historia de la corte del rey arruinado. · Riot Games

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El juramento

El pacto y la venganza de Kalista, un compañero centrado en el carácter de los espíritus sobrevivientes.

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Relatos de Runaterra: Islas de la Sombra

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El ascenso

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The Rune · Historia regional

Thresh, Hecarim, Kalista, Yorick y Maokai

Cinco vidas, una catástrofe

Las Islas de la Sombra se comprenden mejor al distinguir los papeles que desempeñaban sus habitantes más conocidos antes de la caída. Thresh era un custodio dentro de la sociedad isleña. Hecarim y Kalista llegaron con la expedición del rey extranjero. Yorick pertenecía a una orden religiosa, mientras la relación de Maokai con la tierra precedía a la civilización humana. No comenzaron como aliados ni compartieron una misma responsabilidad por el desastre.

Quienes recibieron la violencia

La crueldad oculta de Thresh encontró libertad en la Ruina. Guiar a Viego hacia las aguas sagradas ayudó a eliminar las restricciones de un hombre que ya disfrutaba con el tormento. Su posterior linterna y su colección de almas prolongan ese apetito mediante recursos sobrenaturales. Resulta aterrador porque el sufrimiento es su propósito, no una consecuencia desafortunada de otro objetivo.

Con el infierno frente a ellos sigue la crueldad de Thresh a través de una historia de persecución y tormento.Riot Games

Hecarim eligió la ambición y la matanza frente a la llamada de Kalista al honor. Su traición permitió el ataque a Helia, y su existencia espectral prolongó la violencia de la Orden de Hierro. Leerlo junto a Thresh distingue dos formas de crueldad: la carga que destruye lo que encuentra y el cautiverio deliberado que se niega a dejar terminar el dolor de una víctima.

La traicionada y el guardián

Kalista murió porque no quiso obedecer una orden de asesinar inocentes. Su existencia posterior quedó ligada a la venganza, incluso mientras perdía el recuerdo claro del suceso que la originó. Quienes la invocan no reciben una salvación sencilla: sus espíritus pasan a formar parte del suyo. Una vida honorable sobrevive como una respuesta terrible y absorbente a la traición.

El Expoliador de Altofuerte centers Hecarim’s violence y the terror of the Neblina negra.Riot Games

Yorick también reúne a los muertos, pero busca liberarlos. Protegido por su frasco de agua sagrada, lleva los antiguos deberes funerarios de los Hermanos del Crepúsculo a un mundo donde el descanso adecuado se ha vuelto casi imposible. La semejanza entre sus métodos y los horrores que lo rodean oculta una intención opuesta: quiere que la maldición termine.

La memoria conservada en madera viva

Maokai lucha por la propia tierra. En su madera interior permanecen Aguas de la Vida sin corromper, que conectan el primer florecimiento de las islas con la posibilidad de renovarlas. Su ira es inmensa, pero nace de la destrucción de algo que había cuidado. Estas cinco historias muestran la amplitud de la región: cómplices voluntarios, una víctima traicionada y supervivientes cuyas formas aterradoras todavía sostienen deberes de cuidado.

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Textos oficiales completos

Estas ediciones conservan el texto del editor. Sus acontecimientos y contextos de publicación pueden ser distintos.

5 lecturas

Rayla Heide · Relato completo

La recolección

Publicado 2015-09-10

Un espantoso chirrido metálico se extendió sobre los campos. En el exterior, una niebla antinatural ocultó la luna y las estrellas, y el zumbido de los insectos se sumió de pronto en un completo silencio.

Thresh se acercaba a una destartalada cabaña. Levantó su linterna, no para ver lo que lo rodeaba sino para mirar en el interior del cristal. Más allá de este se veía algo que parecía un firmamento estrellado, con millares de minúsculos orbes ardientes. Cada uno de ellos zumbó frenéticamente, como si quisieran escapar a la mirada de Thresh. Los labios de este se retorcieron en una grotesca sonrisa y su dentadura resplandeció a la luz. Cada uno de aquellos orbes le era muy preciado.

Tras la puerta sollozaba un hombre. Thresh percibió su dolor y se sintió atraído por él. Conocía el sufrimiento del hombre como si fuera un viejo amigo.

Solo se había aparecido al hombre en una ocasión, décadas antes, pero desde entonces le había arrebatado todo aquello que amaba: de su caballo favorito a su madre, su hermano y, en los últimos tiempos, un criado que se había convertido en su confidente. El espectro no se había molestado en fingir que las muertes habían tenido causas naturales. Quería que el hombre supiera quién era el responsable de cada una de ellas.

Atravesó las puertas, acompañado por el chirrido de las cadenas que arrastraba. Las paredes estaban llenas de humedades y cubiertas por años de mugre. Y el hombre tenía un aspecto aún peor: el pelo crecido y enredado, y la piel salpicada de costras en carne viva, abiertas por sus propias uñas. Su ropa, antaño un traje de buen terciopelo, no era ahora más que un montón de andrajos.

El hombre se apartó dando un respingo del fulgor verde y se tapó los ojos. Con un violento estremecimiento, retrocedió hasta el rincón de la cabaña.

La recolección · ilustración de la publicación originalRiot Games

'Por favor. Por favor, tú no', susurró.

'Hace tiempo te reclamé como mío', siseó Thresh con una voz tan cascada como si llevara una eternidad sin pronunciar palabra alguna. 'Es la hora de la recolección…'

'Me estoy muriendo', respondió el hombre con un hilo de voz. 'Si has venido a matarme, más vale que te apresures. Hizo un esfuerzo por mirar directamente a Thresh'.

El espectro sonrió aún más. 'No es tu muerte lo que deseo'.

Dejó entreabierta la portilla de cristal de su linterna. Unos sonidos extraños salían de su interior, como una cacofonía de gritos.

El hombre no reaccionó, al menos al principio. Las voces eran tan numerosas que se fundían como el chirrido de infinitos fragmentos de cristal. Pero el hombre abrió los ojos de par en par al oír que salían de la linterna las súplicas de algunas que reconocía. Oyó a su madre, a su hermano, a su amigo del alma y, por fin, lo que más temía: las voces de sus hijos, aullando como si los estuvieran quemando vivos.

Thresh · ilustración de personaje de Riot GamesRiot Games

'¿Qué has hecho?', exclamó. Sus manos buscaron a tientas hasta encontrar algo, una silla rota, y se la lanzaron a Thresh con todas sus fuerzas. Pero la silla atravesó al espectro sin tocarlo y Thresh respondió con una carcajada desprovista de toda alegría.

El hombre se abalanzó sobre él con los ojos inflamados de furia. Las cadenas del espectro se pusieron en movimiento como serpientes. Los garfios alcanzaron al mortal en el pecho, le abrieron las costillas de par en par y atravesaron su corazón. El hombre cayó de rodillas, con el rostro contraído de deliciosa agonía.

'Los abandoné para mantenerlos a salvo', sollozó. Un reguero de sangre cayó de su boca.

Thresh tiró con fuerza de las cadenas. Durante un instante, el hombre no se movió. Entonces comenzó el desgarro. Como una sábana de hilo convertida lentamente en trapos, fue arrancado de sí mismo. Su cuerpo se convulsionó con violencia y su sangre regó las paredes.

'Empecemos, pues', dijo Thresh. Tiró del alma cautiva, que brillaba con palpitante intensidad a un extremo de la cadena, y la introdujo en la linterna. El cadáver del hombre, ya vacío, se desplomó al tiempo que Thresh se marchaba.

El espectro se alejó de la choza en compañía de la ensortijada Niebla Negra, con la linterna en lo alto. Solo después de que se hubiera ido, una vez disipada la niebla, reanudaron los insectos su nocturno coro y volvieron a brillar las estrellas en el firmamento.

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Riot Games · Relato completo

Que nadie sobreviva

Publicado 2015-09-10

El gélido oleaje rompía sobre una costa desolada, teñida de rojo por la sangre de los hombres a los que ya había matado Hecarim. Los mortales que le quedaban por matar huían por la playa, presa del terror. Una lluvia negra caía sobre ellos mientras las hinchadas nubes de la tormenta acudían desde el enlutado corazón de la isla. Hecarim oyó los gritos que se lanzaban unos a otros. Sus palabras eran un gutural canto guerrero que no entendía, pero cuyo significado era evidente: Creían que podían vivir para alcanzar su nave. Sí, poseían cierta destreza. Se movían al unísono, con los escudos de madera entrelazados. Pero eran mortales y el sombrío centauro podía saborear el hedor de su miedo.

Los rodeó, sorteando las ruinas desmoronadas, oculto en la neblina que se alzaba desde las arenas cenicientas. El eco de sus cascos hizo saltar chispas desde las negras piedras y horadó el valor de los hombres que huían. Observó a los mortales a través del fino visor de su yelmo. Las débiles luces de sus retorcidos espíritus parpadeaban como fuegos fatuos en su carne. Le repugnaban, pero al mismo tiempo las codiciaba.

'Que nadie sobreviva', dijo.

El hierro de su yelmo amortiguó su voz, que sonó como la postrera exhalación de un ahorcado. El sonido crispó los nervios de los mortales como el chirrido de una hoja oxidada. Hecarim, embriagado por su terror, sonrió al ver que uno de ellos soltaba el escudo y, desesperado, se echaba a correr en dirección al barco.

Con un rugido, salió galopando de las ruinas infestadas de maleza y aprestó la guja de hoja curva mientras sentía la vieja emoción de la carga. Un recuerdo apareció durante un instante fugaz: Él, cabalgando a la cabeza de una hueste de plata, conquistando gloria y honor. Volvió a esfumarse mientras el hombre, al llegar al negro oleaje de los bajíos, volvía un instante la cabeza.

'¡Por favor! ¡No!', exclamó.

Hecarim lo partió en dos de un golpe atroz.

Hecarim · ilustración de personaje de Riot GamesRiot Games

La hoja de ébano de la guja palpitó al bañarse en la sangre. La frágil voluta del espíritu del hombre trató de escapar revoloteando, pero la voracidad de la niebla no se dejó engañar. Hecarim observó cómo el alma, retorcida, se transformaba en un siniestro trasunto de la vida del hombre.

Convocó el poder de la isla y el ensangrentado oleaje comenzó a rebullir mientras del agua salía una hueste de caballeros siniestros, revestidos por una fina luz. Encerrados en las arcaicas placas de fantasmal hierro, desenvainaron unas espadas de color negro que resplandecieron con sombrío fulgor. Tendría que haber conocido a aquellos hombres. Lo habían servido una vez, y aún lo servían, pero no guardaba el menor recuerdo sobre ellos. Se volvió de nuevo hacia los mortales de la playa. Ordenó a las nieblas que se abrieran y disfrutó del terror que los embargaba al verlo con claridad por primera vez.

Su colosal figura era un híbrido de pesadilla de hombre y caballo, una monstruosa quimera de hierro forjado. Las placas de su cuerpo estaban cubiertas de humedad y grabados cuyo significado apenas recordaba vagamente. Un fuego espectral ardía detrás de su visor, la llama de un espíritu frío y muerto pero dotado a la vez de una odiosa vitalidad.

Se alzó sobre los cuartos traseros mientras una tracería múltiple de relámpagos partía el cielo. Bajó la guja y, seguido por sus caballeros, se lanzó a la carga, levantando enormes terrones de arena ensangrentada y fragmentos de hueso. Los mortales gritaron y levantaron sus escudos, pero la carga de los caballeros espectrales era imparable. Hecarim golpeó primero, como era su derecho por su condición de señor de la hueste, y el atronador impacto abrió un agujero astillado en el muro de escudos. Sus cascos revestidos de hierro pisotearon a los hombres hasta pulverizarlos. La guja golpeó a diestra y siniestra con mortífera precisión. Los caballeros fantasmales aplastaron todo cuanto se les oponía y masacraron a los vivos en una furia de cascos, lanzas y hojas letales. Entre el crujido de los huesos y la sangre derramada, los espíritus escapaban de los cuerpos rotos, atrapados ya entre la vida y la muerte por la magia negra del Rey Arruinado.

Los espíritus de los muertos rodearon a Hecarim, esclavos de quien los había matado, mientras él gozaba de la atropellada dicha de la batalla. Hizo caso omiso de sus aullidos. No tenía el menor interés en esclavizarlos. Dejaría estas mezquinas crueldades en manos del Carcelero Implacable.

A él solo le importaba una cosa: Matar.

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Riot Games · Relato completo

Invocación

Publicado 2015-09-10

Ahí estaba ella, la esposa guerrera, parada entre las ruinas de su hogar carcomido por las llamas. Todo lo que ella alguna vez quiso, sus pertenencias, sus seres amados, todo lo había perdido para no verlo nunca jamás. Una de esas tristezas que escapan a la razón, eso era todo lo que tenía ahora. Y odio, un odio profundo también, un odio ahogado que sin embargo la mantenía en pie.

Volteó a ver otra vez la cara del hombre aquel, en el momento justo cuando daba la orden. Se suponía que él estaba ahí para protegerlos, pero lo único que hizo fue escupir sobre sus votos. No, su familia no era la única que había sido destruida por su traición.

Todo lo que ella quería era desquitarse, ir por él y hacerlo pagar. Deseaba tomar su espada y hundirla en el pecho del asesino para ver cómo la vida se le escurría desde los ojos... pero sabía que ni siquiera podría acercársele. Día y noche los guardias lo seguían a donde fuera, y ¿qué era ella? Una guerrera y nada más. Nunca podría pasar a través del batallón entero, peleando hasta la última gota de sangre, sí, pero ella y nadie más, sola y su alma triste. Morir así, sería en vano.

Un escalofrío la recorrió. Respiró profundamente y supo que jamás regresaría.

Sobre una cómoda ennegrecida por el fuego, yacía la efigie tosca de un hombre formada por palillos y cordeles. La figurilla estaba sujeta con un trozo de tela arrancado de la capa del traidor. La esposa guerrera lo había tomado del puño muerto de su marido. A un lado había un martillo y tres clavos oxidados.

Lo recogió todo y se dirigió hasta el umbral donde antes del asalto había una puerta, donde hoy sólo quedaba un reguero de astillas. Afuera, alcanzó a entrever, la luz de la luna se derramaba sobre la oscuridad de los sembradíos.

Se estiró para alcanzar el dintel de madera y sobre él colocó la pequeña efigie de palos.

'Yo te invoco, Señora de la Venganza', dijo la esposa guerrera, en una voz leve y temblorosa que dejaba sentir la profundidad de su ira. 'Detrás de tu velo, escucha mi súplica. ¡Yo te invoco, Señora de la Venganza!'

Aprestó el martillo y clavó el primero de los clavos.

'Proclamo el nombre del traidor una vez', dijo y en voz alta pronunció el nombre del maldito. Al mismo tiempo, colocó la punta del primer clavo sobre el pecho de la figurilla y de un solo golpe la hundió contra la dura madera para fijarla en el marco superior de la puerta.

De pronto, un escalofrío le recorrió la espalda. El cuarto se había vuelto más frío. ¿O acaso lo estaba imaginando?

'Proclamo su nombre dos veces', dijo mientras otro golpe de martillo hundía el segundo clavo a un lado del primero.

Algo la estremeció en ese momento, obligándola a apartar la mirada. Una presencia oscura había aparecido entre los sembradíos iluminados por la luna, a unos cien metros de distancia, donde la aparición permanecía por completo inmóvil. La esposa guerrera comenzó a respirar agitadamente. Se esforzó por concentrar su atención nuevamente en la tarea inacabada.

'Proclamo su nombre tres veces', dijo y volvió a pronunciar el nombre del asesino de su marido y sus hijos, justo antes de hundir el último de los clavos.

Un antiguo espíritu de la venganza se plantó frente a ella en el umbral de la puerta. No pudo evitar tambalearse ni dejar escapar un grito ahogado.

La criatura ultraterrena estaba enfundada en una armadura arcaica, su piel era traslúcida y su carne traslúcida despedía un fulgor espectral. La Niebla Negra la envolvía como si fuera un sudario viviente.

Kalista · ilustración de personaje de Riot GamesRiot Games

Con un chirrido de metal torturado, la figura espectral se sacó del peto de su coraza la lanza ennegrecida que la atravesaba, el arma funesta que le había arrancado la vida.

La arrojó al suelo, por delante de la esposa guerrera. Ninguna de las dos dijo palabra; no era necesario. La esposa guerrera sabía cuál era la oferta: venganza a cambio de un precio terrible: su alma.

El espíritu la observó con rostro imperturbable y unos ojos envueltos por la llama de una gélida furia, unos ojos punzantes que vieron cómo la esposa guerrera recogía del suelo el arma traicionera.

'Juro lealtad a la venganza', dijo la esposa guerrera con voz temblorosa. Colocó la punta de la lanza contra su pecho, apuntando a su corazón. 'Sello mi juramento con mi sangre. Sello mi juramento... con mi alma'.

Se detuvo por un segundo. Su esposo habría ofrendado su propia alma pidiendo que ella, su amada mujer, jamás tuviera que emprender un camino como este. Le habría rogado que no condenara su alma tomando una decisión tan terrible. Por un instante la duda la carcomió, mientras el espectro no muerto la contemplaba en silencio.

Los ojos de la esposa guerrera se fijaron entonces en una imagen imborrable: su esposo yaciendo muerto, despedazado por hachas y espadas, y sus hijos regados por el suelo, empapados en su propia sangre. El corazón de la esposa guerrera comenzó a endurecerse hasta quedar convertido en una piedra fría de la que sólo emanaba coraje y determinación. Con mano firme, apretó entre sus puños la lanza.

'Ayúdame', imploró, libre ya de toda duda. 'Por favor, ayúdame a matarlo'.

Y la esposa guerrera hundió la lanza contra su pecho, hasta lo más profundo.

En su último suspiro, abrió los ojos grandes y cayó de rodillas contra el suelo. Trató de hablar, pero de sus labios sólo brotaba el rojo silencio de la sangre.

El ser fantasmagórico la vio morir, impávido.

Conforme la última gota de vida abandonaba su cuerpo, la sombra de la mujer se puso en pie. Se miró con asombro las manos insustanciales y luego desvió la mirada al cadáver de ojos vacíos que yacía sobre un creciente charco de sangre. El semblante de la sombra se endureció y una espada fantasmal apareció en su mano.

Un lazo etéreo, un hilillo de luz apenas, se extendió entre la sombra recién nacida y el espíritu vengador al que había invocado. A través de ese lazo, la mujer pudo ver al misterioso ser de otro modo. Pudo entrever a la noble guerrera que había sido en vida: alta, orgullosa y de reluciente armadura. Su porte transmitía confianza, pero no arrogancia; nacida para ser líder, nacida para ser soldado. Aquella mujer era una comandante por la que de buena gana habría derramado su propia sangre.

Más allá de la ira que envolvía al espíritu vengativo, el alma atada pudo sentir un dejo de empatía, pudo ver cómo el dolor ante la traición las unía más allá del juramento.

'Tu causa es nuestra causa', dijo Kalista, el Espíritu de la Venganza, y su voz era fría como una tumba. 'Ahora caminamos juntas por el sendero de la venganza'.

La esposa ensangrentada asintió con la cabeza.

Y así partieron juntas el espíritu vengativo y la sombra de la esposa guerrera para perderse en la oscuridad.

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Riot Games · Relato completo

Extremaunción

Publicado 2016-09-10

“Ayúdame”, suplicó el náufrago.

Yorick no sabía cuánto tiempo llevaba allí, con los huesos rotos, desangrándose sobre los restos de su barco pesquero. Gimoteaba con fuerza, pero sus gritos se perdían bajo las voces de la multitud de espíritus que moraba en la isla. Un remolino de espectros, atraídos por su agonizante fuerza vital como si fuera una luz, se habían reunido a su alrededor deseando segar un alma fresca. El hombre, espantado, abrió los ojos de par en par.

Hacía bien en tener miedo. Yorick había visto la suerte que corrían los espíritus perdidos que se llevaba la Niebla Negra, y aquello... aquello era carne fresca, algo muy poco habitual en las Islas de la Sombra. Hacía mucho tiempo —¿cien años?— que no veía un ser viviente. Podía sentir la Niebla a su espalda, temblando, ávida por envolver a aquel desconocido en su frío abrazo. Pero la visión del hombre había despertado en él algo que creía olvidado, y decidió que no estaba dispuesto a permitirles tomar aquella vida. El fornido monje se cargó al malherido marinero sobre los hombros y se lo llevó consigo ladera arriba, en dirección al viejo monasterio.

Yorick estudió el rostro del herido, que a cada paso que daba el monje se contorsionaba con un gemido de agónica protesta. ¿A qué has venido, ser viviente?

Tras completar su ascenso, llevó al invitado por los pasillos de la abadía y se detuvo ante la vieja enfermería. Depositó al náufrago sobre una enorme mesa de piedra y comenzó a examinar sus órganos vitales. Tenía la mayoría de las costillas rotas y uno de sus pulmones había colapsado.

“¿Por qué pierdes el tiempo?”, preguntó un coro de voces al unísono desde el interior de la Niebla, detrás de Yorick.

Este guardó silencio. Dejó al hombre donde estaba y se dirigió a una pesada puerta, en la parte trasera de la enfermería. La puerta se negó a abrirse y la mano de Yorick no logró más que dejar una huella sobre la gruesa capa de polvo que la cubría. Apoyó el hombro sobre la madera y empujó con todas sus fuerzas.

“Tanto esfuerzo para nada”, se burló la Niebla. “Deja que nos lo quedemos”.

Una vez más, Yorick respondió con un silencio desdeñoso hasta que, finalmente, logró abrir la puerta. El pesado roble se arrastró sobre las baldosas de piedra del monasterio. Al otro lado había una cámara llena de pergaminos, hierbas y cataplasmas. Yorick se quedó mirando las reliquias de su antigua vida por un instante, tratando de recordar cómo se usaban. Recogió algunas que le resultaban familiares —vendas, frágiles y amarilleadas por el tiempo, y un ungüento que se había secado hacía tiempo— y volvió con el hombre.

“Déjalo”, dijo la Niebla. “Es nuestro desde el mismo momento en que arribó a tierra”.

“¡Silencio!”, replicó Yorick.

Extremaunción · ilustración de la publicación originalRiot Games

El hombre de la mesa parecía falto de aliento. Yorick, consciente de que no tenía mucho tiempo para salvarlo, trató de vendarle las heridas, pero la tela putrefacta se deshacía en cuanto conseguía aplicarla.

El aliento del hombre se entrecortó más y más, y empezó a tener convulsiones. Impulsado por una agónica desesperación, agarró al monje del brazo. Yorick sabía que solo había una cosa que pudiera hacer para salvarle la vida. Destapó el frasco de cristal que llevaba al cuello y observó el agua reparadora que contenía. Quedaba muy poca. No tenía la certeza de que hubiera suficiente para salvarlo. Y aunque fuera así...

Debía afrontar la verdad. Al tratar de salvar al hombre, solo estaba persiguiendo el fantasma de su antigua vida, cuando aquel lugar maldito se llamaba aún las Islas Bendecidas. Los espíritus de la Niebla se habían burlado de él, pero lo habían hecho con la verdad. El hombre estaba condenado, y si Yorick usaba las Lágrimas de la Vida, se condenaría también. Tapó el frasco y lo dejó descansar contra su cuello.

Se apartó de la mesa y vio subir y bajar el pecho del hombre una última vez. La Niebla Negra inundó la habitación y los espíritus que albergaba extendieron las garras con impaciencia. Con un último estremecimiento de avidez, le arrancaron el alma del cuerpo. El alma exhaló un débil y fugaz grito antes de ser devorada.

Yorick permaneció inmóvil y recitó una plegaria casi olvidada. Miró el cadáver sin alma de la mesa, amargo recuerdo de una tarea todavía inconclusa. Mientras siguiera existiendo la maldición de la Ruina, cualquiera que acudiera a las islas sufriría la misma suerte. Tenía que llevar la paz a aquellas islas malditas, pero después de años de búsqueda, lo único que había encontrado eran susurros sobre un rey arruinado.

Necesitaba respuestas.

En respuesta a un ademán de Yorick, un fino jirón de Niebla penetró en el cadáver del hombre. Un instante después se puso en pie. Apenas era consciente, pero podía ver, oír y caminar.

“Ayúdame”, dijo Yorick.

El cuerpo salió tambaleándose de la enfermería, con pasos lentos y pesados que resonaron por los pasillos del monasterio. Continuó hasta llegar a la pestilente atmósfera del cementerio y se alejó entre las hileras de las vacías tumbas.

Yorick lo vio caminar hacia el centro de la isla hasta que se lo tragó la Niebla. Puede que este sí regresara con la respuesta.

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Rayla Heide · Relato completo

Flor nocturna

Publicado 2016-09-10

El frío viento azota las grietas de mi corteza con un sonido hueco y silbante. Estoy tiritando. Mis extremidades hace tiempo que olvidaron la calidez del verano.

Las largas figuras que me rodean se quiebran y caen ante el vendaval. Las vidas en su interior hace tiempo que murieron; ahora son mis compañeros silenciosos. Sus frágiles troncos ya son solo carcasas vacías, bosquejos irregulares y grises que nada tienen que ver con el bosque exuberante que brotó aquí.

Un espíritu serpentea entre los árboles frente a mí, pálido y espectral contra el aire nocturno. Un nudo se tensa en mi corteza. Normalmente, atravesaría su corazón azotándolo con mis raíces, pero hoy no me muevo, no quiero que el espectro se percate de mi presencia. Estoy cansado de aguantar. Mi mera existencia es un acto de desafío contra la maldición que infesta estas tierras.

Sus ojos de luna están vacíos. No hay nada vivo que aliente su fría amargura en esta isla de muerte, nada que cazar o consumir. El espíritu se escabulle entre los árboles y me deja solo.

Miro a través del bosque de sombras y mis ramas vacilan. Alcanzo a ver una pequeña llama roja que se alza entre el gris infinito. En un montículo de tierra negra, un capullo de flor surge del suelo; sus pétalos son tan brillantes que me queman los ojos.

Es una flor nocturna. Hace mucho tiempo, solían cubrir el suelo de las Islas Bendecidas y florecían la noche del solsticio de verano. Por la mañana, las flores se marchitaban y solo quedaban los pétalos ennegrecidos, y hasta el año siguiente no volvían a florecer. Pero, durante una noche, iluminaban el bosque de un carmesí tan intenso que parecía que la tierra estaba en llamas.

Miro a mi alrededor y, durante un brevísimo instante, pienso que si encontré una flor tal vez haya más. Pero solo encuentro el gris sombrío de estas islas muertas.

Mis ramas crujen al dar un paso tembloroso hacia delante. Me acerco a la flor, cautivado, pisando y convirtiendo en polvo las hojas cenicientas. Mi enorme estructura se impone sobre su delicada forma. Me inclino hasta que mi cara casi toca los pétalos de dulce aroma. Las potentes aguas de mi duramen se agitan, despiertan al reconocer lo que tengo ante mí. Vida.

El cuello de la flor está ladeado como con curiosidad. Hay venas bermellón intenso recorriendo cada pétalo, y su tallo verde pálido está cubierto con cientos de pelillos plateados y aterciopelados. Podría pasar una eternidad disfrutando de cada una de sus partes.

Crece en todo momento y cambia sutilmente, su tallo cada vez es más alto y sus pétalos se abren lentamente. Me hechiza cada movimiento, por insignificante que sea. Observo cómo el capullo se abre para mostrar los filamentos extendiéndose desde dentro; su aroma embriagador me inunda la mente de color. Durante un instante me olvido del frío, del viento vacío y de mi propia amargura.

Una pálida luz titila y me encojo. Una figura brillante se acerca. Siento un hormigueo en la corteza. No hay aliados en estos bosques sin sangre.

Vuelve el espíritu maldito, atraído por el movimiento. La vida no se está tan quieta como la muerte.

Flexiono las extremidades con furia, ya no eludo la violencia. Me gusta.

Durante una noche, existirá en estas islas yermas un ser viviente inmune a las fuerzas corruptas.

El espíritu planea hacia nosotros. Una vez fue humano, pero ahora es translúcido y blanco como los huesos. Su falta de expresión se transforma en un gesto voraz cuando ve la flor roja como la sangre.

El espectro corre hacia la flor e intenta inhalar su frágil vida. Antes de que la flor se marchite y se convierta en una sombra sin vida, lanzo mis extremidades hacia delante y las enrosco en las piernas del espíritu. Chilla, retrocede como si se hubiera quemado, y yo rujo. Los seres antinaturales detestan las aguas subterráneas de mi interior.

Maokai · ilustración de personaje de Riot GamesRiot Games

Se retuerce y consigue soltarse. Levanto las raíces y las golpeo contra el suelo. El impacto divide el suelo estéril y envía ondas por toda la tierra. Las reverberaciones golpean al espectro, que se tambalea de sufrimiento. Me río amargamente. Mientras se revuelve, lo atravieso con mis extremidades, y entonces se disuelve.

Una niebla oscura surge del suelo acompañada de una peste repugnante. El viento gime y decenas de espíritus se materializan ante mí; sus rostros estridentes observan boquiabiertos la escena. La flor nocturna y yo crecemos ante el muro de sombras. No permitiré que destruyan lo único puro que existe entre tanta oscuridad.

Golpeo con toda mi rabia y los repelo con una fuerza implacable. No puedo destruir a todos los espíritus de las islas, pero puedo contenerlos un tiempo. Un espectro intenta atravesarme. Aúllo al elevar mis raíces para perforar su corazón, y se disipa en la niebla.

Mis fuerzas se agotan con tantos espíritus cerca, pero me niego a ceder.

La flor crece brillante bajo la luz de la luna, ajena a esta batalla por su existencia. Un solo pétalo carmesí cae de la flor perfecta como una gota de sangre. Su ciclo se está acabando, trayendo la muerte y, con ella, el descanso. Pero no lo ansío. Siento que mi furia podría acabar completamente con la plaga que asola la isla.

La niebla maldita se ha elevado por encima de los árboles y se arremolina en grandes nubes. Una horda infinita de espíritus surge de la niebla con las bocas abiertas y un hambre malsana. Me alzo lo más que puedo y golpeo a los espíritus voraces con mis extremidades, convirtiéndolos uno a uno en polvo. Pero vienen más.

Aúllo al transformar el viento en una espiral retorcida, y alimento la tormenta con mi ira hasta que se convierte en un torbellino tempestuoso. Me deleito en el caos que genera el torbellino mientras gira en un círculo frenético alrededor de la flor y de mí. Manda violentamente a los espíritus más allá de los árboles. En medio de esta pesadilla, he creado un santuario en el que puede desarrollarse la vida.

Me giro hacia la flor. Estamos juntos y en silencio en el ojo de la tormenta, aún en medio de toda la locura. Un segundo pétalo ardiente cae de la flor nocturna, y luego otro. El torbellino me drena la energía, pero no flaqueo, y la tormenta sigue rugiendo. La flor se inclina por momentos hasta que mira hacia el suelo. Es perfecta en su lenta y natural decadencia. No puedo mirar a otro lado mientras pierde su corona de pétalos ardientes y se marchita del todo.

Está muerta.

Bajo las ramas y el torbellino se calma. Por encima de mí, el cielo es de un gris pizarroso, lo más brillante que puede estar en este sombrío lugar. La melancolía de la niebla lo invade todo de nuevo y los espíritus regresan. Sus caras no tienen expresión, ya no sienten la vida ilícita de la flor nocturna, ya no esperan el gozo de una nueva muerte.

Se retiran a los bosques vacíos. Atravieso a un espectro con mis raíces según pasa por mi lado, y esparzo su esencia en la niebla evanescente. Los otros se escapan a mi alcance en su vuelta a la pesadumbre.

Aunque parece que las islas no han cambiado, ya no son la misma tierra baldía que eran ayer. Las aguas de la vida se agitan en mi interior y el suelo bajo mis raíces vuelve a ser fértil.

Aunque sus pétalos se transformaron en polvo, la luminosa flor nocturna arde como el fuego en mi interior y prende mi furia. Del mismo modo que estas islas nacieron de una roca en llamas, yo las purificaré de su pestilencia con una llamarada ardiente.

Sigo a los espíritus rezagados mientras se escabullen por los árboles huecos.

Pagarán por su perversidad.

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