Swain: el Gran General Noxiano
La presentación oficial de Swain como Gran General de Noxus.
Historias y presentaciones de personajes ambientadas en Runaterra.
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Historia regional · Noxus
Los secretos, la magia antigua y el poder detrás del trono.
Las espinas de la Rosa Negra es la historia de Riot LeBlanc de la intriga Noxiana. · Riot Games
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La presentación oficial de Swain como Gran General de Noxus.
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La Rosa Negra no es simplemente un servicio de espionaje que responda a los gobernantes actuales de Noxus. Sus raíces se remontan más allá del imperio, hasta el poder antiguo que rodeaba a Mordekaiser y al Bastión Inmortal. El relato de LeBlanc relaciona a una hechicera pálida con la rebelión contra el aparecido, mientras mantiene deliberadamente incierta la continuidad de sus identidades. La importancia de la orden nace de su capacidad de sobrevivir a cambios que parecen decisivos para quienes están fuera de ella.
Esa supervivencia también significa que sus miembros y objetivos no pueden reducirse a una sola generación de nobles. Las personas ricas y ambiciosas pueden ser atraídas mediante promesas de milagros, influencia o conocimiento prohibido. Pueden creer que se acercan al centro del poder mientras siguen siendo herramientas de personas cuyas vidas y planes se extienden mucho más allá de las suyas.
La magia de LeBlanc vuelve poco fiables las suposiciones corrientes sobre la identidad. Verla morir no significa necesariamente que haya desaparecido quien dirige los acontecimientos. Encontrarla en un lugar no demuestra que no pueda actuar en otro. Esas capacidades convierten la incertidumbre en una ventaja: sus adversarios deben dedicar esfuerzos a determinar qué amenazas, ofertas y victorias son reales antes de poder responder eficazmente.
La orden, sin embargo, depende de algo más que de dobles mágicos. Los favores, la información y las vulnerabilidades personales le dan acceso a instituciones difíciles de controlar mediante la fuerza bruta. La larga vida y la influencia aristocrática de Vladimir ofrecen otro modelo de esa continuidad oculta. La Rosa Negra actúa mediante personas con deseos propios, y esos deseos la vuelven poderosa sin convertirla en una mente perfectamente unificada.
Boram Darkwill quería escapar de la muerte. LeBlanc utilizó ese miedo para acercarlo a promesas de longevidad y a una búsqueda de poder mágico cada vez más destructiva. Swain había creído que exponer una conspiración había roto la influencia de la orden. La manipulación posterior de Darkwill reveló lo incompleta que había sido aquella victoria. Un enemigo podía parecer derrotado mientras encontraba una vía más eficaz para llegar al gobernante.
Las consecuencias alcanzaron a soldados muy lejos de la capital. Las campañas cambiaron por la búsqueda de reliquias y rumores, mientras los recursos imperiales se repartían entre numerosos frentes. La intriga de la Rosa Negra forma parte, por tanto, de la historia militar, no de un juego separado sin víctimas fuera de la corte. Sus acuerdos privados pueden cambiar el destino de los ejércitos y decidir qué vidas se consideran prescindibles.
El regreso de Swain alteró ese equilibrio. Utilizó un poder prohibido propio, derrocó a Darkwill y estableció un gobierno pensado para impedir que una sola persona mandara sin oposición. LeBlanc se enfrentaba ahora a un dirigente cuyas prioridades declaradas se centraban en el imperio y no en preservar su dinastía personal. Eso volvía menos fiables los métodos habituales, aunque no lo hacía invulnerable.
El conflicto resultante no tiene una resolución sencilla en los relatos centrales. La Rosa Negra sigue activa y el peligro antiguo relacionado con Mordekaiser no ha desaparecido. Los esfuerzos de sus miembros contra amenazas ancestrales no borran su manipulación ni su crueldad. La orden se entiende mejor mediante esa tensión: el conocimiento que podría servir contra una catástrofe está en manos de personas dispuestas a provocar otras para conservar el control.
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L J Goulding · Relato completo
Publicado 2019-05-29
''No entiendo'', murmura el General Granth, tratando nerviosamente de apagar la luz de su lámpara. ''Aquí no hay nada, es un callejón sin salida''.
Se encuentra de pie en el umbral, enmarcado por la mampostería oscura, que destaca frente a la oscuridad aún más profunda que va más allá. No ve el portal abierto frente a él, ni las inscripciones angulares Ochnun que lo rodean. No ve los fragmentos de hueso que ensucian las baldosas bajo sus botas.
Sonrío, actúo el papel que me corresponde. ''Es de lo más sencillo'', le digo, ''esconderse a simple vista''.
El general se da la vuelta; en su rostro se dibujan con claridad la confusión y la frustración. ''¡No juegues conmigo, primo! ¿Tienes alguna idea de lo que estoy arriesgando al estar aquí abajo? ¿O de lo que ocurriría si nos descubren? Estos son los distritos prohibidos por orden del consejo... ¡hay patrullas de la Legión por todas partes!''.
Al menos eso sí es cierto. Desde que el usurpador Swain tomó el control, ha mantenido el Bastión Inmortal en estado de sitio. Según el discurso oficial, esto sucede para proteger a la Trifarix de las represalias de las casas nobles que se opusieron a su creación.
De manera extraoficial, está desafiando a hombres como Brannin Granth para que se muestren como sus enemigos.
''Pero ellos jamás dudarían de tu lealtad'', le aseguro. ''Un héroe de las Puertas del Duelo, nada menos. Serás honrado por órdenes directas del propio Gran General. ¿Qué podrían decir al respecto? Si nos descubrieran, ni siquiera tendrías la necesidad de correr''.
Su expresión se ensombrece. ''Oh, de la Legión Trifariana no se huye...''.
No tengo tiempo para escuchar esta propaganda mal disimulada de nuevo. En poco más de un año, Swain ha construido una mística particular alrededor de sí mismo y de la Mano de Noxus, así como de aquellos que le sirven a ambos. Es un plan brillante, aunque admitirlo llena mi corazón de odio.
Aun así, le permito a Granth que disfrute su momento. Es por esta razón que estamos aquí.
Baja la mirada. ''No ganamos las Puertas del Duelo... fue la Legión. Es por ello que Swain no asistirá al triunfo. Ese maldito sabe que no teníamos que estar ahí. ¡Nos insulta con esta pomposa ceremonia, frente a todo Noxus!''.
Asiento y coloco mi mano sobre el hombro de Granth. ''Y es por ello que haremos que pague por todo lo que ha hecho. Eres un noxiano verdadero, nadie puede negarlo. Le hablé a los otros sobre ti, quieren conocerte. Ella desea conocerte''.
''No podré encontrarme con nadie, primo, si no podemos entrar''. Él mira a sus alrededores. ''No se supone que la Rosa Ne...''.
Me detengo. ''No uses ese nombre. Te hace sonar como... bueno, como dijiste. Como si no entendieras''.
Haciéndolo a un lado, avanzo hacia el portal, que parece una boca bostezando. Al ver por primera vez la entrada, por fin, casi deja caer la linterna de la sorpresa. Trastabillando detrás de mí, Granth se cerciora de que no nos estén siguiendo, para después mirar de reojo las sombras del callejón.
''¿Es cierto?'', dice entre dientes. ''¿Es cierto lo que dicen sobre ella?''.
No aminoro mi marcha. ''Vamos. Averígualo por ti mismo''.
Contrario a la creencia de la mayoría de los noxianos, el Bastión Inmortal no es un monumento. Tampoco es simplemente una fortaleza, en el sentido en el que las tribus antiguas lo concebían.
La piedra a nuestro alrededor casi vibra de poder, aunque Granth no se da cuenta de ello. Lo he visto en incontables ocasiones a través de los siglos. Él sabe que algo no está bien, pero solo lo percibe como el arrastre letárgico de sus extremidades y una comezón susurrante en la nuca. Muy pocos mortales logran mantenerse vivos cuando están así de cerca de la fuente. En su defensa, aún cuenta con suficientemente agudeza como para sacar su daga cuando una figura encapuchada emerge de la penumbra.
... Paso a los dos, viniendo desde la otra dirección. Mi cansancio es evidente.
No importa. Esto terminará muy pronto.
Granth me mira con sospecha hasta que desaparezco de su vista; después, anda sin prisa hasta llegar al lado de aquella persona a la que llama primo.
''Hadrion, ¿quiénes son estas personas?'', pregunta Granth, mientras más figuras anónimas vienen y van. ''No reconozco a ninguna. ¿Son los aliados de los que hablaste, los de las demás casas?''.
Suspiro. Es decepcionante presenciar que ni siquiera las mejores mentes militares puedan ver lo que está justo frente a sus narices. ''Simpatizan con las dificultades de nuestra familia'', respondo, tratando de ocultar el desdén en mi voz. ''Nosotros, todos nosotros, estamos comprometidos con la caída del usurpador y la restauración del trono. Lo mejor será que no conozcas sus nombres ni mires sus rostros''.
Se ríe, burlonamente. ''Pero cómo podremos trabajar juntos si nosotros...''.
Las palabras se apagan entre sus labios mientras giramos en la última esquina.
Estamos de pie frente al borde del gran pozo de las almas, que se sumerge hacia los cimientos de Noxus, mucho más allá de las dimensiones físicas que el Bastión debería permitir. Un miasma agitado de azules fríos y verdes celosos se arremolina a la distancia, debajo de nosotros, alumbrando por los tres puentes que abarcan la brecha.
Ahí, entre ellos, suspendida contra la locura, hay una silueta enorme y aterradora que todo noxiano conoce demasiado bien. La cáscara de una armadura inerte representada en cada libro de historia, y mil estatuas arruinadas y desperdigadas a lo largo de la antigua ciudad.
Granth da medio paso hacia atrás. ''No puede ser...'', murmura. ''No... no puede...''.
Su voz se quiebra. Sus ojos brillan con lágrimas. Me acerco a su hombro y le susurro al oído:
''¿Ahora puedes ver la verdad? ¿La verdad detrás del gran imperio de Noxus? Así ha sido durante siglos, desde los días de los primeros reyes: ningún gran general, emperador o tirano puede mantener su posición a menos que la señora del Bastión Inmortal lo permita. Son muchos quienes le servirían, pero pocos demuestran ser dignos de ella''.
Sutilmente, desprendo la linterna de sus dedos temblorosos y lo aparto del paisaje que lo paralizó, para llevarlo hacia los rincones velados que se alinean a ambos lados del pasaje.
''Swain debe caer. Nuestro grupo está sumamente comprometido con ello, sobre todas las cosas, y sacrificaremos lo que sea necesario para lograrlo''.
De alguna forma, Granth sabe lo que está por observar, incluso antes de que retire el sudario.
Es el cuerpo disecado de su primo, Hadrion. Las facciones del joven están congeladas en un rictus mortal, aunque hay una inconfundible sensación de paz en ello.
''Tu casa fue señalada de manera injusta durante el golpe, Brannin Granth. Tu padre y tus hermanos fueron despojados de todo aquello que poseían, solo por permanecer fieles a Boram Darkwill hasta el final. Hadrion dio su vida con gusto en busca de la venganza. ¿Honrarás esa deuda y también te unirás a nosotros?''.
Granth se desploma sobre sus rodillas, alzando la vista y observándome con una mirada fresca. ''Tú... tú eres ella. Tú eres la mujer pálida''.
No vacila cuando una segunda mujer pálida aparece a mi lado. Hablamos con la misma voz. ''Soy omnipresente. Soy todos. Solo sabes lo que necesitas saber y ves lo que yo quiero que veas''.
Jericho Swain no es el único que puede exagerar respecto a su propia leyenda.
Una tercera mujer pálida emerge detrás de Granth, y luego una cuarta. Aun así, inclina su cabeza frente a mí, sin duda convencido de que por fin ha entendido. No necesita que nosotras le señalemos el rincón vacío junto al de su primo.
''Con todo mi corazón'', jura, ''y con cada gota de mi sangre noble, le serviré, mi señora. No descansaré hasta que el farsante de Swain esté muerto''.
Este tonto ingenuo piensa que será él quien aseste el golpe final. Para fines de mi propósito, le permitiré que piense eso, puesto que él solo sirve para indagar en las defensas del Gran General.
Delineo el sello del grupo en el aire, sobre la cabeza de Granth, marcándolo como mío. Nadie que pueda verlo podrá interferir en la conspiración que pronto trazaremos. ''Levántate, hijo orgulloso de los Noxii. Tu plegaria es escuchada y aceptada. Juntos, seremos victoriosos, y tu nombre será celebrado como el salvador de un imperio''.
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L J Goulding · Relato completo
Publicado 2025-03-05
Para mi sorpresa, el general jamás dio ni un solo quejido por el dolor.
Los apotecarios y sanadores aún temen que pierda el brazo. Ningún mortal sobrevive al Hielo Puro, pero Darius ha soportado este sufrimiento inimaginable; lo único que hace es apretar los dientes y gritar un torrente de creativos insultos a todos en el campamento. Está doblado sobre un catre forrado de piel de animal cerca del fogón; las gotas de sudor por la fiebre cubren su cuerpo.
Es curioso que los sacerdotes freljordianos hayan ofrecido tan poca asistencia. Solo parecían interesados en vigilar al batallón como cuando nos adentramos en las tierras norteñas (como "invitados de la Guardia de Hielo") hace muchos meses. Aunque las marcas en sus armadura delatan que son guerreros y no embajadores, nos aconsejaron sobre qué rutas eran seguras y qué costumbres de las tribus de troles podíamos explotar durante la campaña. Justo ahora, los tres sacerdotes están arrinconados hablando en susurros. De vez en cuando echan alguna mirada furtiva hacia el general y a quienes lo atienden.
El mayor de los Sacerdotes, un hombre de cabellos grises llamado Hjolfr, se gira para mirarme con su único ojo.
Ve lo que los demás ven, lo que cualquiera vería: un humilde escudero, sencillo y ordinario.
Vacila por un momento, como si estuviera tratando de discernir algo a través de una neblina gélida. Sus dedos tamborilean sobre el mango del hacha que cuelga de su cintura. A algunas de mis hermanas podría costarles mantener el engaño ante esa mirada escudriñadora, pero para mí es tan simple como respirar.
Proyecto el pensamiento, hábil y sutilmente.
No hay nada raro.
Hjolfr entrecierra el ojo. Luego regresa con sus compañeros y retoma su debate confidencial.
Fingiendo que voy a rellenar el vaso de agua del general, me levanto y me dirijo a la salida de la tienda. Me desharé de esta apariencia y, cuando levantemos el campamento, fabricaré otra.
Nadie notará la ausencia de este joven escudero ni recordará su nombre. Pocos siquiera recordarán que alguna vez estuvo aquí.
El señor Vladimir no es de los que andan bajo la luz matutina, al menos no sin una buena razón. A juzgar por sus mejillas rosadas, debió haber pasado la noche de incógnito en un lujoso salón de la aristocracia, donde seguro el anfitrión era el bufón Edvin Cortain o uno de los Noradi.
Con su capucha puesta, cruza el mercado, atento a las torres ubicadas en el centro del Bastión Inmortal.
Ah. Ah, no. ¿Acaso trata de ser sigiloso? Qué adorable.
Sin embargo, no cometeré el mismo error que muchas de mis hermanas. No subestimaré a un hemomante... ni a sus habilidades. Mantengo una buena distancia entre nosotros y, cada vez que mira hacia atrás, apunto mi rostro robado a los precios del mercader más cercano.
¿Adónde vas, Vlad?
¿Y por quién, me pregunto, mantienes tanta "discreción"...?
Las campanas resuenan por todo Fae'lor.
La ocupación de Jonia llegó a su fin, por orden del nuevo Gran General. Noxus se retira.
¡Maldigo el nombre de Jericho Swain! Deberíamos haberlo matado cuando tuvimos la oportunidad, pero mis hermanas consideraron que ya no era una amenaza para nuestros planes...
Las maldigo a ellas también.
Corro por las almenas de la fortaleza hacia el castillo frente al océano mientras me hago pasar por un ayudante canoso con el uniforme mal acomodado.
Atravieso las puertas. Saludo secamente a tres oficiales navales que vienen en dirección opuesta, sosteniendo una pila de mapas que bien podrían usarse para una guerra. Reconozco a uno de ellos: la capitana del Emberdrake, pero no me presta atención.
Me escabullo y tomo su apariencia. Para los hombres que embalan desesperados los archivos del Alto Mando, tan solo soy la capitana que regresó para realizar una tarea que acaba de recordar. Ante la amenaza expresa de una flagelación pública, uno de ellos se dispone a abrir las puertas pesadas que llevan a las cámaras subterráneas.
Abajo. A la izquierda.
Hacia el Dael'eh Ahira, el Estanque de las Ilusiones de Fae'lor.
Con esta apresurada retirada de las fuerzas noxianas de las Tierras Originarias, esta puede ser mi última oportunidad de...
No importa. En la oscuridad del túnel, otra de mis hermanas se encuentra sobre el cuerpo de un centinela, quien tiene una daga entre sus hombros. Levanto la mano y dibujo en el aire un sello arcano, que ella responde con la seña adecuada, indicando nuestro origen.
Satisfecha, regreso a la superficie, donde me espera la litera del buque de guerra.
La serenidad de los jardines del reino es reconocida por todos en Demacia. Todo lo que ocurre afuera de sus muros altos pareciera suceder a miles de kilómetros, porque nada interrumpe jamás el suave mecer de los árboles ni el dulce canto matutino de los pájaros.
Arrodillada sobre un almohadón sucio, hundo la pala de jardinería entre los arbustos de rosas, actuando como un jardinero, mientras miro al senescal pasear por el camino de grava, con sus manos detrás de la espalda.
Mi presencia no es extraña para nadie. ¿Por qué lo sería? Es impensable que un intruso lograra adentrarse hasta esta parte del palacio sin ser descubierto, y mucho menos ante la presencia del gran senescal. Es un animal de costumbres: se levanta una hora antes del amanecer, que también marca el comienzo de sus tareas diarias. Me pregunto si mira hacia el este para ver el amanecer o por nostalgia a su hogar.
Me sonríe al pasar, asiente gentilmente con la cabeza. Cualquiera de mis hermanas quedaría desarmada frente a la calidez genuina que le demuestra a un viejo sirviente anónimo, pero yo tengo una voluntad más fuerte.
Entonces se detiene de forma bastante abrupta debajo de las ramas resplandecientes de un abedul cercano y se encorva para arrancar algo de la tierra.
Una semilla. Una simple semilla.
La inspecciona por un largo rato antes de meterla en su bolsillo y seguir su camino.
Los muros de la cámara están cubiertos de glifos, que se funden y se mezclan entre sí. Aquí, en el corazón de mi falso imperio, determinaré el camino a seguir.
Mis hermanas pueden infiltrarse en todos los países y reinos del mundo, esparciendo incontables estrategias y maquinaciones de un momento a otro. Cada una de ellas cree que es la verdadera LeBlanc.
Supongo que debería preguntarme a mí misma, ¿qué es lo que creo yo?
No importa. Soy omnipresente.
Soy todos.
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Jared Rosen · Relato completo
Publicado 2020-12-10
Rell pensaba en los vacuos con frecuencia.
No quería hacerlo, por supuesto. Pero los pensamientos eran invasivos y el camino era largo, y por lo general, no tenía otra cosa que hacer más que dejarse llevar por esos recuerdos infelices mientras cabalgaba en su corcel de metal cambiante, de un rumor al otro. Horas y horas de silencio, y después, siempre, la matanza.
Esta vez, se encontraba en las afueras del territorio noxiano, siguiendo los rumores de otro niño vacuo que era escondido cerca de la frontera.
''Vacuo''. Rell hizo una mueca de dolor. Incluso la forma de esa palabra le dolía, y se maldijo en silencio mientras se mentalizaba y se sacudía el peso de esa palabra. Luego, el dolor se convirtió en ira. Y la ira se convirtió en furia.
Noxus había creado a los vacuos... y la había creado a ella. Ahora, en su inmensa cobardía, los noxianos no soportaban mirar. Era mejor llevarse lejos, muy lejos, a los vacuos, para que Noxus volviera a recuperar su gloria.
Rell odiaba este país horrible, lleno de sus estúpidos y feos habitantes. Odiaba sus montañas lúgubres con minas a cielo abierto, sus minerales consumidos en las guerras extranjeras de Boram Darkwill. Odiaba su suelo podrido y agrietado, usado hasta el cansancio para las plantaciones de racionamiento y luego dejado a merced del viento. Ahora, lo único que crecía era el musgo verdoso y amarronado que parecía cubrir cada centímetro de tierra desierta, poblada en su mayoría por lagartos carnívoros del tamaño de una casa.
Qué lugar horrendo y primitivo, pensó Rell. Tan obsesionado con sus meritocracias, tan consumido por la expansión constante que no podía y no quería ver en lo que se había convertido. La Rosa Negra y sus experimentos eran tan solo un síntoma de una enfermedad mayor. Rell lo destrozaría todo... Salvaría a los vacuos y luego destruiría al imperio ladrillo por ladrillo, aunque tuviera que hacerlo sola. Tal y como había hecho con la Academia.
Entonces el pedrusco la golpeó y, por un momento, todo estuvo en silencio.
Rell no había conocido a sus compañeros por mucho tiempo. La mayoría de los más prometedores fueron obligados a luchar contra ella en ''enfrentamientos de exhibición'' para ''probar su fuerza''. No se dio cuenta sino hasta mucho, mucho tiempo después de que, sin importar la forma en la que hubieran quedado, los instructores se los llevaban rápidamente para extraerles su magia con sellos con forma de piedra que absorbían su esencia y los dejaban vacuos para siempre.
Recordaba a algunos de los niños, pero el resto era una mezcla de rostros surcados por un dolor extremo, desde las propias peleas hasta el largo proceso horroroso de injerto de sellos que le transferían su poder a ella.
Los otros estudiantes muy pronto comenzaron a temerle... incluso a odiarla... y, por eso, Rell siempre estaba sola.
Todos excepto uno.
Gabriel era un chico cuyos ojos dulces y voz suave no eran un producto de Noxus, sino de otro lejano lugar que Rell apenas podía imaginar. Él la comprendía y tenía una magia extraña que le permitía convertir la tierra en pequeños animales y aves de su tierra natal, que bailaban y jugaban para divertir a Rell. Aunque él parecía triste por estar tan lejos de su familia, ambos se refugiaron en su amistad, y Gabriel pasó muchas noches consolando a Rell mientras ella se recuperaba de los abusos sufridos en la Academia.
Era cuestión de tiempo hasta que los enfrentaran en combate, y, aunque Rell parecía tener esperanzas, Gabriel sabía lo que se avecinaba. Pero, por lo menos por un tiempo, los dos pudieron fingir.
Rell se despertó con el estrépito de un batallón que se había acercado con cuidado a ella para comprobar si estaba muerta.
Por desgracia para ellos, no lo estaba.
Rell se levantó con las placas de metal fragmentado de su corcel y su titánica lanza en la mano mientras minerales crudos y fundidos emergían del suelo para integrarse a la monstruosa arma. Su montura cobró su forma, latiendo con el calor de mil hornos. El crudo hierro se contorsionó, adoptando la silueta afilada de un semental, y Rell saltó a su lomo.
Contó cinco oponentes, incluyendo un minotauro posado sobre una pila de grandes piedras puntiagudas —probablemente del mismo tipo del pedrusco que la golpeó—, y luego uno más. Un hombre delgado con una capa blanca y polvorienta intentó escapar torpemente a través de la vasta nada de las tierras noxianas.
El instructor Lukas. El hombre que había traído a Gabriel a la Academia, y el hombre que se lo había llevado.
Aunque Rell lucharía contra cualquiera que se interpusiera en su camino, tenía una regla especial para sus antiguos instructores: sin preguntas y sin respuestas. No haría una excepción con este.
El semental de Rell cargó hacia adelante como si hubiera escapado de una oscura y distante pesadilla, y, como el martillo de un dios despechado, la lanza de Rell chocó contra el primer soldado que se puso en su camino. El arma estaba diseñada para aplastar, no para perforar, y mientras los ojos del soldado se abrían de terror, la última cosa que pasó por su cabeza fue su casco.
Una segunda luchadora intentó empalar la montura de Rell, pero su lanza se quebró entre las placas humeantes de la armadura, y Rell la lanzó hacia atrás con fuerza... un bulto deforme de chatarra metálica y carne aterrizó a varios metros de distancia.
Dos ballesteros, ahora mucho menos confiados que antes, intentaron batirse en una rápida retirada. Rell saltó por los aires, su propio corcel transformándose a su alrededor en un grueso traje de impenetrable armadura, y cayó sobre ellos mientras la tierra se abría bajo su furia infinita.
Las rocas del minotauro podrían haber funcionado en otra ocasión, pero ahora, incluso los pedazos gigantes de piedra volcánica se hicieron añicos contra la armadura de Rell mientras ella caminaba lentamente hacia él. Una guerrera oscura, totalmente imparable, que derribó a la gran criatura de un solo golpe.
Giró para dirigir su atención a su antiguo instructor.
Lukas sintió el suave llamado de su antigua estudiante antes de que trozos de escoria sobrecalentada lo arrancaran de la tierra musgosa hacia un torbellino de escombros irregulares alrededor de Rell. Era una tormenta de metal, calor y odio, y todo lo que pudo mascullar con pánico antes del final fue: ''¡Gabriel está en el campamento!''. Rell aplastó a Lukas de inmediato, su cuerpo roto se hundió tanto en la tierra que incluso los basiliscos tendrían problemas para desenterrar su cadáver.
Luego la tormenta terminó, la escoria se dispersó y todo estuvo tranquilo una vez más.
Tal como había dicho el instructor en sus últimas palabras, Gabriel estaba oculto dentro de una tienda en un barranco herboso donde la tierra había cedido y se había formado una hendidura ancha y profunda en el terreno. El lugar perfecto para ocultar un campamento.
Había muerto mucho antes de que Rell lo descubriera. Desnutrición.
El proceso de vacuidad no solo le sacaba la magia a la víctima, sino que cercenaba su alma, dejando tan solo una cáscara con ojos vidriosos sin voluntad, que apenas hablaba, sin la capacidad de recordar ni de soñar. Unos pocos debían ser alimentados, pero algunos batallones adscritos a la Rosa simplemente decidían desatender esta función debido al rencor que sentían por el trabajo.
Rell contempló a Gabriel... a esa forma envuelta en lienzos que alguna vez hizo pequeños animales de tierra para que ella se riera y se olvidara del dolor. Hundiendo su lanza en la tierra, forzó su oscuro metal a través de sus manos, luego hacia arriba y, por último, alrededor de Gabriel hasta que su cuerpo estuvo cubierto por completo. Una tumba simple para marcar la sepultura de su amigo, pero a la vez indestructible y decorada con animales toscos congelados para siempre en metal.
Cerró los ojos mientras se alejaba cabalgando, intentando recordar a Gabriel como era antes, pero todo lo que Rell podía ver eran los basiliscos alimentándose de los muertos, y su puño cerrado alrededor de la garganta de una mujer pálida.
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El relato original de The Rune, con ilustraciones oficiales con subtítulos separados. Fuentes distingue la historia regional de las biografías individuales.
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