DARIUS: MIEDO
Darius encarna la amenaza de la fuerza noxiana en esta animación oficial.
Historias y presentaciones de personajes ambientadas en Runaterra.
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Historia regional · Noxus
Caminos, puertos y memoria imperial en la expansión noxiana.
Los puertos de Noxia en el norte de Shurima muestran el alcance del imperio a través del comercio y la protección militar. · Riot Games
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Darius encarna la amenaza de la fuerza noxiana en esta animación oficial.
Historias y presentaciones de personajes ambientadas en Runaterra.
Ver en el canal oficial ↗Darius se enfrenta a un gobernante derrotado, lo que ilustra la conquista de Noxia, no la invasión histórica de Jonia.
Ver en el canal oficial ↗Obra oficial relacionada con la región o sus personajes. Es una publicación independiente y puede mostrar otra época.
Estas cinemáticas reúnen distintos personajes y momentos. El orden de estreno no es el orden de los acontecimientos.
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Historias y presentaciones de personajes ambientadas en Runaterra.
Ver en el canal oficial ↗The Rune · Historia regional
La expansión noxiana conecta la capital con asentamientos conquistados, ejércitos fronterizos y campañas lejanas. Su alcance depende de algo más que de las victorias. Los caminos, los puertos, el reclutamiento y los acuerdos locales permiten transformar la fuerza militar en un dominio duradero. La promesa de ascender mediante las capacidades personales da a algunos habitantes un motivo para participar en el orden que los derrotó.
La historia de Darius comienza en Basilich, una ciudad incorporada a ese sistema. Otros relatos llevan hasta la frontera del norte, el desierto shurimano o la invasión marítima de Jonia. Son escenarios diferentes con historias propias, no etapas de un único camino que deba confundirse con un mapa preciso de campañas.
La distancia también revela los límites de la autoridad central. Bajo Darkwill, las tropas fueron destinadas a guerras cada vez más subordinadas a ambiciones destructivas. El ascenso de Swain incluyó la retirada de ejércitos de conflictos que consideraba imposibles de ganar. Un cambio de gobierno podía reconsiderar, redirigir o limitar la expansión, aunque el imperio conservara su orientación hacia el exterior.
Para seguir un relato noxiano, conviene ubicar primero su frontera y su periodo. Un soldado al servicio de Darkwill, un comandante bajo el Trifarix y un habitante que afronta una ocupación pueden describir circunstancias políticas muy distintas. Ese contexto permite comprender la escala imperial sin fingir que las fuentes ofrecen un itinerario completo y fijo de cada conquista.
La campaña del norte enfrentó a Darius con el clima, un terreno difícil y tribus cuya resistencia no encajaba en el asedio sencillo de una capital. En Shurima, la autoridad imperial alcanzó asentamientos y rutas dentro de una región inmensa con culturas propias. Cruzar el mar hacia Jonia añadió otra clase de distancia y un paisaje espiritual que los invasores malinterpretaron con frecuencia. Un método exitoso en un frente podía convertirse en una desventaja en otro.
Los noxtoraa levantados en las tierras conquistadas hacen visible la presencia imperial. Esos monumentos expresan una reivindicación que va más allá de un ejército de paso: este lugar pertenece ahora a la historia que Noxus cuenta sobre sí mismo. Pero un símbolo no abastece cada guarnición, resuelve cada agravio ni asegura una lealtad permanente. Entre una conquista declarada y una provincia estable se desarrollan muchas de las luchas menos celebradas del imperio.
La expansión también desplaza a individuos entre regiones. Reclutas, familias desplazadas, comerciantes y personas que buscan una nueva trayectoria entran en la misma red por motivos distintos. Darius y Samira ofrecen caminos personales a través de ella, mientras Riven muestra el coste de perder la fe en ese sistema. Leer esas vidas juntas vuelve visible la escala imperial mediante decisiones humanas. El mapa registra hasta dónde llega Noxus; las historias explican lo que ese alcance provoca en quienes quedan dentro.
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Estas ediciones conservan el texto del editor. Sus acontecimientos y contextos de publicación pueden ser distintos.
Ian St Martin · Relato completo
Publicado 2018-12-05
''Siete veces'', dijo Ysard Tomyri, conteniéndose para no subir el volumen de su voz y mantener una expresión neutra.
El Capitán Oditz no respondió a su primer oficial con inmediatez, ya que su atención estaba centrada en los mapas e informes que cubrían su mesa, o al menos simulaba estarlo. Había sido Oditz quien la había llamado y, al igual que muchas otras cosas que habían ocurrido durante su breve servicio juntos, hacer que se parara en firmes en sus aposentos a bordo del Kironya era, sobre todas las cosas, una demostración de poder.
''Solicito una audiencia con el alto mando'', dijo Ysard, esta vez no estaba dispuesta a participar en el juego del capitán.
''Yo hablo por el alto mando aquí, Comandante Tomyri'', contestó Oditz sin levantar la mirada. ''Un hecho que parece ignorar o que simplemente se niega a aceptar''.
''Siete veces'', repitió Ysard. ''Solicité una audiencia, no para pedir ni para rogar, sino para prometer''.
''¿Para prometer?'' el Capitán alzó la vista de los pergaminos extendidos, finalmente mirando a Ysard.
''Así es'', contestó ella. ''Para prometerles la gloria de la victoria que obtendré para ellos, las tierras y las personas que traeré al imperio, ya sea por palabra o por la espada. Todos los días se están movilizando expansiones, se envían representantes fuera de nuestras fronteras para asegurar nuevas tierras para Noxus. Puedo ganarlas para ellos. Lo único que requiero es un comando bajo mis órdenes''.
''Ya hemos discutido al respecto'', murmuró Oditz. ''Siete veces, como bien lo sabe. Es el alto mando quien decide cómo interpretar la voluntad de la Trifarix, no sus subordinados''.
Ysard se tensó. La frustración desgastaba su paciencia. ''Cuando el Capitán Hurad cayó ante los piratas en la costa de Ruug, fui yo quien llevó a la tripulación del Kironya a la victoria, no usted. Fui yo quien lideró el abordaje de la embarcación de los corsarios y, cuando el último de ellos cayó, fue mi nombre el que se vitoreó. Se sintió bien. Después de semejante victoria, yo esperaba...''
''¿Qué?'', preguntó Oditz. ''¿Su propio comando? ¿Tras derrotar a una turba de freljordianos desnutridos y enviarlos de vuelta al mar? Usted cree que debería estar sentada en este puesto, y no yo. Y debido a que no lo está, ignoró mi autoridad y solicitó una audiencia con el alto mando''.
Con calma, el Capitán Oditz dejó su pluma y se levantó de su asiento. Se irguió ante Ysard. La luz dejaba ver unas viejas cicatrices en sus rasgos, consecuencia de una vida de guerra. ''Yo me habría encargado de que usted fuera despojada de su rango y arrojada a los fosos por su falta de respeto, Comandante Tomyri'', dijo tenso. ''Pero tal parece que el destino intervino a su favor''.
Presentó un pergamino y lo extendió hacia ella.
El sello del pergamino estaba roto, por lo que el contenido ya era conocido para Oditz o para sus asistentes, como su derecho lo estipulaba.
''Tómelo. Y salga de aquí''.
Tras un instante de duda por la sorpresa, Ysard tomó el mensaje. Se despidió y se dirigió hacia sus aposentos, desenrollándolo y leyendo rápidamente su contenido.
Era como si una corriente de acero fundido se hubiera vertido desde un crisol hasta su corazón. Ysard sintió fortuna en el viento por primera vez en su espalda. Por fin sus habilidades podrían aprovecharse al máximo.
La habían llamado a la capital. Por fin, un comando le pertenecía.
El puerto estaba rebosante de actividad. Mercaderes, comerciantes y trabajadores portuarios se amontonaban junto a las tripulaciones en un flujo constante de embarque y desembarque de navíos. Extrañas bestias dejaban escapar lamentos desde sus jaulas de hierro, destinadas a estar en las arenas para las competencias o en los hogares de la élite para unirse a sus colecciones exóticas. Cargamentos con alimentos de todos los rincones de Runaterra eran descargados de embarcaciones comerciales y distribuidos para alimentar al sinnúmero de ciudadanos de la infértil tierra natal de Ysard. Era una escena asombrosa: un estuario viviente donde nuevos bienes, culturas e ideas llegaban al imperio, expandiéndolo, enriqueciéndolo y haciéndolo cada vez más fuerte.
Todo esto, junto con la ciudad en crecimiento constante, estaba a la sombra del Bastión Inmortal. Ysard contempló la majestuosidad de la antigua estructura desde una calle del puerto, sus altos e inmensos muros y torres estaban cubiertos con los estandartes del imperio. No existía una mejor manifestación del poder noxiano; el poder mismo que surgía dentro de su corazón.
Ysard se tomó unos breves minutos para absorber la vibrante escena que tomaba lugar a su alrededor, antes de que su rostro adoptara una expresión brusca y la mente eficiente de una comandante se apoderara de sus pensamientos.
Una gran expedición la aguardaba y se desplazó rápidamente hacia donde su embarcación estaba atracada.
El Ardentius le daba la impresión a Ysard de ser una nave de una época pasada con cicatrices que le hacían juego. Las heridas acumuladas a lo largo de décadas de servicio se extendían y picaban el casco como si fueran telarañas, desde la maltratada punta de lanza de la proa hasta la madera crujiente de su castillo de popa. Estas fragatas de menor tamaño fungieron como escoltas para los navíos de guerra más grandes, como el Kironya. Estaban diseñadas para convertirse en astillas contra las estacas enemigas, para absorber impactos como interceptores y para ser útiles hasta el último momento antes de ser destruidas o hundidas. Ante los ojos de Ysard, ambos escenarios parecían muy probables en el caso del Ardentius.
La tripulación en su cubierta era apenas mejor. Una variedad de hombres y mujeres mugrientos trabajaban juntos en una turba desordenada, y pasaban más tiempo intercambiando insultos que acarreando provisiones o cargamento. No eran más de sesenta personas, apenas suficiente para considerarse una tripulación. Ysard hizo una mueca de desagrado.
Se obligó a desalojar el desprecio de su rostro. Las herramientas que le habían proporcionado eran modestas, pero no tenía importancia. Eso haría aún mejores las victorias que obtendría.
''Tú'', llamó al capataz provocando que se apartara de la tripulación reunida a la que estaba dando órdenes. Este se giró, se alisó el cuello de su desgastado impermeable de piel y se acercó con una sonrisa de calma y seguridad que hizo que Ysard rechinara sus dientes.
''Asegúrate de que el cargamento y la tripulación estén preparados para partir de inmediato'', dijo Ysard secamente. ''No pretendo que mi navío zarpe con retrasos''.
''¿Tu navío?'' La voz del hombre tenía un timbre barítono áspero. Frunció el ceño por un instante antes de caer en cuenta. ''Ah, así que tú eres la pródiga noxiana con la que estoy atrapado. Puedes manejar tu navío como quieras, y si dejas de molestar, podremos zarpar tan pronto tenga preparado el resto de mis cosas''.
''¿Cómo te atreves?'', dijo Ysard enrojecida por su impertinencia y con la mano cerrándose en la empuñadura de la ornamentada espada en su cadera. ''Dime tu nombre''.
''Ordylon'', contestó el hombre aparentemente despreocupado. ''Aunque mis amigos me llaman Niander''.
''Niander Ordylon'', Ysard repitió su nombre. Observó los pesados contenedores que se cargaban en el Ardentius, marcados como arneses de carga, redes y carcasas de jaulas. ''¿El Amo de las bestias?''
''Ah, entonces sí has oído hablar de mí''.
Eran pocos en la capital los que no habían escuchado sobre él. A pesar de que había pasado muy poco de su preciado tiempo en las arenas (después de todo, había un imperio por el que luchar), Ysard sabía que el nombre ''Ordylon'' era sinónimo de demostraciones teatrales de criaturas letales peleando, acompañadas del rugido de la multitud.
¿Qué hacía él aquí?
Ysard recuperó la compostura. ''No me informaron que también estarías a bordo''.
''Bueno, pues aquí estoy''. Le entregó a Ysard un pergamino con el emblema del Capitán Oditz. Ordylon se percató de su ceño fruncido y le dirigió una sonrisa conspiratoria mostrando todos sus dientes. ''Parece que seremos camaradas''.
Ysard se paró en la proa de su fragata examinando el horizonte. Luego de zarpar, la embarcación se había formado en la fila de naves que buscaban atravesar por la boca del río hacia el océano. Las horas de espera desembocaron en una inspección áspera y meticulosa por parte de los soldados encargados de las instalaciones fortificadas que protegían la entrada a Noxus por vía marítima. Después de haber revisado cada centímetro del Ardentius y tras escudriñar las órdenes de Ysard al menos en seis ocasiones, le otorgaron la autorización para partir.
Ysard había visto el océano varias veces, pero nunca desde una embarcación a su cargo. Siempre le resultaba tanto impactante como hermoso: un plano ilimitado de azul profundo, separado del cielo por un delicado vapor proveniente del calor del sol de mediodía.
Y ahora, en algún lugar frente a ellos, aguardaba el destino de Ysard. Una nueva tierra a explorar, conquistar e incorporar al imperio noxiano.
Había probado la gloria, la cual ganó con el filo de su espada, pero ese episodio difícilmente sería una hazaña que resonara eternamente. Y aunque tratara de olvidarlo, Ysard siempre llevaba consigo los recuerdos de ser una solitaria niña de la calle, jamás entregándose del todo a la colectividad y nunca confiando en nadie, salvo en ella misma.
Mientras ella cargara con eso, no se detendría.
Miró hacia atrás, por encima de su hombro, al escuchar unas fuertes pisadas sobre la cubierta. Al ver que se acercaba el Amo de las bestias, se apresuró a escribir una última anotación en un diario con una cubierta de cuero gastado, antes de cerrarlo y guardarlo en el bolsillo de su abrigo.
''Qué vista, ¿eh?'' dijo Ordylon, apoyando sus nudillos contra el barandal.
Ysard se enfureció. ''¿Por qué estás aquí?''
''Necesitaba un barco''.
''Este es mi barco'', dijo Ysard. ''Y mi expedición. Mientras no lo olvides, no tendremos problemas''.
Ordylon se encogió de hombros. ''Juega al soldado todo lo que quieras. Lo único que me importa es que lleguemos allá sin percances, así que mantente fuera de mi camino mientras encuentro lo que estoy buscando''.
Ysard lo miró. ''¿Y eso es?''
''Un monstruo, querida''. Él sonrió. ''Uno espectacular. Algo que me alejará de mi lecho de muerte''.
Tres semanas en mar abierto, por fin los llevaron al borde más alejado del Delta Sinuoso. Decenas de masas continentales salpicaban el área, desde pequeños montones de arena y barro apenas resistentes para pararse sobre ellos, hasta islas lo suficientemente grandes como para albergar aldeas enteras. El archipiélago era la puerta de entrada hacia el continente austral de Shurima, así como a las regiones inexploradas en sus límites orientales.
Los canales estaban repletos de botes pequeños y balsas. Los pescadores y los comerciantes locales intentaban hacer negocios. La llegada de un buque noxiano, incluso uno de escolta como el Ardentius, era un acontecimiento extraño que causaba gran conmoción. Muy pocos habitantes de los ríos del archipiélago dejarían pasar una oportunidad de hacer negocios como esta.
Al caminar de su camarote a la cubierta principal, Ysard notó que el casco de su barco estaba rodeado por lugareños. Hombres y mujeres clamaban de pie desde el vaivén de sus botes, sostenían manojos de pescados y un sinfín de baratijas para incitar a los soldados navales y a la tripulación a mirar hacia abajo desde las barandas. Ordylon estaba abajo con ellos hablando en su lengua nativa mientras sus cazadores negociaban y cotejaban el conocimiento local con sus mapas.
''No tenemos tiempo para esto'', dijo Ysard. Por un breve momento pensó en dirigir las armas del barco hacia los botes y sampanes que bloqueaban el camino, pero pronto desechó la idea. Habría sido un gasto innecesario de recursos de la expedición, que ya de por sí eran escasos, y los lugareños le eran más valiosos vivos.
''Relájate'', le dijo Ordylon al inspeccionar una pieza de madera intrincadamente tallada, antes de lanzarla de vuelta a un comerciante desilusionado. ''Las aguas se tornan peligrosas después de este punto. No te apresures a rechazar un rostro amigable''.
Ysard no cedería. ''Nos abastecemos de provisiones, agua fresca y un guía. Nadie irá hacia la orilla''.
Ordylon le envió un saludo irritantemente sincero antes de retomar su conversación con los lugareños. Ysard dejó de pensar en el Amo de las bestias para observar el cuadro de soldados navales noxianos a bordo, asegurándose de que vigilaran algunos puntos a lo largo de la embarcación. Cuando terminó de inspeccionar los cañones del barco y a sus artilleros, miró cómo Ordylon le gritó a un hombre en un sampán que subiera a la cubierta.
''Ya tenemos un guía'', dijo él, reclinándose mientras el hombre le hablaba en la lengua local. ''Nos da la bienvenida al Delta Sinuoso y dice que nos puede llevar río arriba''.
''Bien'', dijo rápidamente Ysard, ansiosa de ponerse en marcha.
El guía volvió a dirigirse a Ordylon. ''Pero él pregunta, ¿por qué vamos río arriba?'' dijo el maestro cazador. ''¿Por qué quieren ir para allá?''
''Dile'', dijo Ysard, ''que una vez que terminemos, esto le pertenecerá a Noxus''.
Después de reabastecer sus provisiones con una atípica selección de frutas locales y de conserva de pescado, la expedición zarpó dejando atrás el centro comercial flotante. El archipiélago se condensó y los caminos laberínticos entre las islas se estrecharon hasta que la única ruta disponible para el Ardentius fue un río ancho y oscuro que los adentraba más hacia la jungla.
Los días transcurrieron en un tramo sin novedades mientras la naturaleza impoluta los confrontaba. El corazón de Ysard se hinchaba de orgullo al pensar que ella y su tripulación eran los primeros noxianos en ver esta jungla indómita. Aquí había belleza, la vibrante flora explotaba con árboles gigantescos y frondosos envueltos en deslumbrantes flores multicolores.
Había algo más aquí.
Mientras el guía del río los conducía renuentemente hacia las profundidades, señalando los puntos de referencia y manteniendo la embarcación lejos de los arrecifes y de las aguas poco profundas, un mal presentimiento se apoderó de Ysard: primero como una fantasía para luego tornarse en algo más real e insistente. Una oscuridad permeaba cada centímetro alrededor del río, como si estuviera ahogado en una sombra que no podía verse, solo sentirse.
Ysard se dio cuenta de que su mano se acercaba a la espada que pendía de su cadera sin siquiera pensarlo. Alejaba su mano antes de cruzar deliberadamente los brazos sobre su pecho y forzar a su mente a concentrarse.
Pero el horror mudo seguía allí saturando todo aquello que podía ver.
Ysard se encargó de que su comando se mantuviera alerta, consultaba al timonel del barco mientras él trabajaba trazando el curso del río, seguido por una inspección de los depósitos de la embarcación. Se encaminó de nuevo hacia la cubierta principal sacando un gusano roedor de su porción de galletas Acantilados Sangrientos, cuando escuchó unos gritos.
''¿Qué sucede?'' preguntó mientras subía a la cubierta principal.
Ordylon estaba escuchando al guía. ''Dice que no continuará más''.
Ysard frunció el ceño. ''¿Por qué aquí?”, miró a su alrededor. El río y la jungla no aparentaban ser diferentes a nada de lo que hubiera visto durante los últimos días. No obstante, el hombre del río estaba aterrorizado, como si hubieran atravesado una barrera invisible que nunca debieron haber cruzado.
El hombrecillo gesticuló frenéticamente hacia la tripulación que lo rodeaba. Señaló las manchas rojas de carne viva que brotaban en sus cuerpos. Ysard ya había notado que este padecimiento se esparcía entre su tripulación, a pesar de sus esfuerzos por adivinar su causa. Incluso encontró señales de eso en ella misma.
''Es la jungla'', tradujo Ordylon mientras el guía pataleaba. ''Dice que nos está castigando. No nos dejará entrar''.
Pequeño cobarde, pensó Ysard.
Miró a Ordylon. ''Que así sea. Expúlsalo de mi barco ahora mismo, arrójalo por la borda si es necesario. No daremos marcha atrás''.
El Ardentius continuó navegando, ahora por más de una semana de viaje hacia el interior. Durante los días anteriores el viento no sopló para hinchar sus velas, ni hubo una pequeña brisa que lo impulsara. Bajo las órdenes de Ysard, algunos equipos de la tripulación habían desembarcado, vadeando hasta sus hombros mientras batallaban para arrastrar la fragata con cuerdas y pesadas cadenas. El esfuerzo fue enorme y, por culpa de la traición de las riberas movedizas del río, la tripulación continuó después de encontrar la corriente con nueve almas menos.
La bruma envolvía el río bloqueando la visión. La línea de árboles primordiales aumentaba expandiéndose sobre el agua para unir las riberas opuestas a través de las profundas copas de los árboles que se cerraban y robaban el más mínimo rastro de luz. Ysard tenía la clara sensación de que la embarcación se movía cuesta abajo y no hacia delante, adentrándose en el corazón oscuro de esta tierra inexplorada.
La jungla se los estaba tragando.
La lluvia llegó sin aviso y prosiguió durante días perforando, de alguna manera, el impenetrable dosel arbóreo de la jungla para empapar al Ardentius y a su tripulación. Era como si este lugar buscara activamente desarmarlos castigando a los intrusos por atreverse a allanar su territorio. La tripulación creía lo mismo.
La partida del guía del río repercutió sobre ellos con la fuerza opresora de un nubarrón. Los más supersticiosos murmuraban, veían presagios oscuros en cada árbol y en la forma de cada ola que creaba el casco de la fragata al atravesar las sombrías aguas del río. Incluso los soldados navales más incrédulos estaban nerviosos, capaces de escuchar tales divagaciones hasta el punto de comenzar a ver patrones ellos mismos.
En su corazón, Ysard sabía que no faltaba mucho para que la tensión quebrara a algunos de ellos, por lo que tendría que sentar el ejemplo. Antes de lo que pensaba y esperaba, sus predicciones se hicieron realidad.
''¡Haz que el barco dé la vuelta!'”, irrumpió un grito lleno de pánico. ''¡Ahora!'”.
''Tranquilo, Kross'', dijo Ordylon, esforzándose por no alzar la voz.
''Esta es una embarcación de la muerte. Un barco maldito''. El cazador avanzó hacia Ordylon tomándolo por las solapas de su impermeable. ''Todos escucharon al hombre del río: nada regresa de esta jungla. ¡Nada ni nadie!''
Ordylon echó un vistazo sobre la tripulación circundante, grandes gotas de condensación caían de la ancha visera deshilachada de su sombrero. Lo vio en sus ojos, las palabras de Kross se reflejaban en cada uno de ellos.
''Nada de eso'', gritó mientras hacía retroceder a Kross de un empujón. ''Aquí no hablaremos de maldiciones. Contrólate''.
''Tenemos que regresar'', rogaba el cazador delirante con una mirada de locura mientras repetía la súplica una y otra vez. ''Tenemos que...'”.
Kross nunca terminó su oración. Resopló fuerte mientras la punta de una espada emergía de sus costillas. Luego se desplomó sobre la cubierta.
Ysard limpió su espada. En ocasiones, tener la razón era una carga pesada a soportar.
''He cazado junto a ese hombre por más tiempo del que tú llevas viva'', gruñó Ordylon. ''Qué te da el derecho...'”.
''No nos detendremos'', dijo Ysard fríamente. ''Por nada ni por nadie''.
Un chirriante choque tiró a Ysard de su litera. Se puso de pie enseguida, ajustó sus armas y se apresuró hacia la cubierta.
El fin del río había llegado abruptamente. La ensenada parecía como si las marañas de enredaderas y de árboles escurridizos hubieran sepultado el agua, alimentados por un abanico de corrientes que chorreaban de la jungla o que emergían de las profundidades del suelo lodoso.
''El río está obstruido'', dijo Ordylon, señalando el muro de árboles frente a la embarcación. ''Tendremos que dar la vuelta. Encontrar otra vía''.
Ysard elevó su catalejo revisando el horizonte. Arrastrar el Ardentius para encontrar otra ruta requería una cantidad de tiempo que ella no tenía. Al mirar a sus soldados reunidos y a la tripulación experimentada, Ysard dudó que sus sobrevivientes, desgastados y alterados, fueran capaces de mover la embarcación de esa manera.
Diez de ellos habían muerto en los últimos días; uno fue ejecutado cuando se negó a encargarse de su puesto y seis más debido a una enfermedad extraña y contagiosa que los aquejaba. Los otros tres habían desaparecido durante la noche; sus relevos no encontraron rastro alguno de ellos a la mañana siguiente.
''Mantendremos una tripulación mínima a bordo y nos aventuraremos a partir de aquí'', les dijo Ysard a sus filas. ''O encontraremos algo valioso para reclamar para el imperio o estableceremos un puesto de avanzada para iniciar expediciones posteriores tierra adentro. Armero Starm, distribuya espadas al grupo de la costa''.
Starm dudó. ''Comandante... ¿Y las ballestas? ¿Y las bombas de pólvora?'”.
Ysard desenvainó su espada y se dirigió al grupo entero. ''Esas armas serán inútiles en los matorrales. Lo haremos a la antigua usanza''. Miró a Ordylon, quien había reunido a su grupo de caza alrededor suyo. ''A esto viniste, ¿no es así, Amo de las bestias?'”.
El maestro cazador seguía mostrándose seguro y bullicioso, incluso después de la mala experiencia del paso del río. ''Estamos tras uno grande, muchachos'', dijo. ''Traigan todo lo necesario para capturarlo y resguardarlo. Repartan la carga entre todos y alístense para moverse cuando los hombres de la comandante desciendan. Nos mantendremos cerca de ellos''.
Cuando sus hombres se dispersaron, Ysard se acercó a Ordylon. ''Me sorprende que por fin estemos de acuerdo en algo''.
La jungla era brutal. Ninguna otra palabra se le ocurría a Ysard. Todos los problemas del río no fueron nada comparados con esto.
Tuvieron que pelear para atravesarla macheteando y cortando la masa sólida de enredaderas y vegetación espesa. No había aire para respirar, solo una niebla densa y húmeda que escocía la garganta y los ojos. El agotamiento apareció rápidamente.
Ysard tenía una terrible sensación de ser observada desde todos y desde ningún lado a la vez. Uno a uno, los hombres comenzaron a desaparecer de la retaguardia y de los flancos. La mayoría de ellos se desvaneció en silencio, pero unos cuantos gritaron cuando fueron destrozados por la maleza pidiendo ayuda. En tan solo unas horas, la fuerza de treinta soldados navales y cazadores había sido menguada a la mitad. ''¡Manténganse juntos!'' gritó, secándose el sudor chorreante que caía hacia sus ojos.
Batalló por mantener la concentración, su cabeza zumbaba y su piel ardía por las manchas rojas que recubrían por completo su torso y sus extremidades. No podía detenerse ahora. No se detendría ahora. tenían que seguir avanzando.
El explorador que iba al frente emitió un llamado, por lo que Ysard se encaminó arduamente hacia la vanguardia de la fila. Delante de ellos había un pequeño claro dentro de la jungla con una charca superficial de aguas negras y turgentes al centro. Todo estaba muy encimado, pero igual era una bendición comparado con su travesía hasta ese momento.
''No toquen esa agua'', Ysard les ordenó a sus soldados, a pesar de su propia sed. ''Descansaremos por ahora, pero estén preparados para continuar''.
Al sentarse, Ysard alzó la cabeza para ver a Ordylon ofrecerle una golpeada botella de aluminio. Tras un momento, la aceptó a regañadientes mientras él se sentaba junto a ella. Ysard lo miró percatándose de que el aplomo que había sostenido a lo largo de todo su viaje comenzaba a flaquear.
''No te pongas muy sentimental'', dijo el cazador. ''Contigo o sin ti, yo estaría aquí en este lugar maldito. No me queda otra alternativa''.
Ysard frunció su ceño hacia él. Tras cerciorarse de que sus hombres no pudieran escucharlo, Ordylon se le acercó.
''Estoy en bancarrota'', susurró. ''Gasté hasta la última moneda que tenía para venir aquí, es la última oportunidad que tengo para salvar mi reputación. O regreso con una bestia que llene todas las arenas de espectáculos y liquide mis deudas, o mejor no vuelvo más''.
Ordylon suspiró quitándole su botella y tomando un trago corto.
''¿Y tú? ¿Qué te trajo aquí?'”.
''El deber'', respondió Ysard contemplando la jungla. ''Una vez que regrese de aquí llevándole este lugar a Noxus, lo nombrarán en mi honor. El nombre noble de Tomyri solía significar algo... antes del Gran General Swain y de sus purgas. Mi conquista pasará a la historia, será un legado para la eternidad''.
''Dijeron que eras vanidosa'', se rio entre dientes Ordylon. ''Supongo que se hartaron y organizaron esta misión imposible. Ahora veo a lo que se referían'', dijo con una curiosa suavidad. ''Y por eso lo siento''.
''Espera'', Ysard frunció el ceño mientras buscaba el significado de sus palabras, antes de que el sonido de un chapuzón de agua interrumpiera su descanso. ''¡Dije que se mantuvieran alejados de ahí!'' gritó.
''No somos nosotros'', dijo Ordylon, mirando hacia la jungla.
Ysard miró el estanque, observó en su reflejo cómo los árboles de arriba se sacudían. Las ramas se desprendían y caían sobre el suelo y el agua.
Fue entonces cuando lo escuchó.
Unas pisadas palpitantes, acompañadas por el sonido de árboles quebrándose y un retumbo grave y húmedo. Una forma comenzó a vislumbrarse desde la jungla, abriéndose paso entre la densa vegetación para asomar una enorme cabeza con colmillos.
Ysard se paralizó. Había visto basiliscos antes: como monturas de jinetes o bestias de carga. Había visto adultos tan grandes que podían demoler los muros de ciudades fortificadas.
Este era más grande.
La criatura los miró con furia y emitió un rugido tan fuerte que derribó a los que estaban de pie.
''¡Sí!'”.
La voz triunfal sobresaltó a Ysard sacándola de su estado de shock. Se dio la vuelta para ver al Amo de las bestias, quien golpeaba un arpón y unas boleadoras entre sí mientras le sonreía al monstruo.
''¡Anda, ven, hermosura!'”. Ordylon gritaba, la locura se apoderaba de su voz mientras blandía las herramientas de su oficio. ''¡Veamos quién es más grande, tú o yo!'”.
Ysard sentía cómo el suelo bajo sus pies temblaba con cada paso que el monstruo daba, era tan fuerte que le costaba mantenerse de pie. Escuchó el rugido primordial del basilisco, así como los gritos de los hombres, sabiendo que entre ellos estaba el del famoso Amo de las bestias.
Pero no volteó a ver lo que le había sucedido. Estaba demasiado ocupada corriendo en la dirección contraria.
Finalmente, Ysard se derrapó hasta detenerse en la orilla de un claro en la jungla. Colocó la mano contra un árbol para apoyarse mientras recuperaba el aliento. Ya no podía escuchar el alboroto de Ordylon ni al basilisco, pero imaginaba lo que había pasado al final. Tras varias bocanadas de aire, miró a su alrededor para constatar qué quedaba de su comando.
Había seis personas en total, ella incluida. Harapientos, agotados y aterrorizados, solo tres de ellos aún llevaban armas. Los cazadores de Ordylon se quedaron con su jefe hasta el final. La desolación se apoderó de Ysard como un golpe físico, por lo que batalló para no desplomarse sobre sus rodillas.
''¡Miren!'', exclamó uno de sus soldados, apuntando con su espada. Ysard miró por el claro y lo vio. Una forma arqueada cubierta por enredaderas, pero totalmente ajena a este ambiente sofocante.
Era una estructura de piedra. Se apresuraron hacia ella. Enredaderas y arbustos espinosos los golpearon mientras cruzaban el paso de la maleza.
El edificio era simple, una construcción austera completamente invadida por la jungla. Las gruesas enredaderas penetraban a través de la piedra derruida, probablemente eran lo único que la mantenía de pie. El crecimiento desmedido parecía antinatural, como si el lugar estuviera buscando intencionalmente subsumirlo y reducirlo a polvo.
Los sobrevivientes se dividieron y examinaron por todos lados el cubo bajo de piedra recubierto por plantas. Ysard se detuvo frente a él con una sensación que brotó de su garganta y no supo cómo definir. Arrancó el racimo de enredaderas que cubría la superficie para mirar la inscripción tallada en la piedra. Estaba en un idioma que había conocido toda su vida.
''Esto...'', su lengua se tornó gruesa y seca mientras batallaba por formar las palabras. ''Esto... esto es una Noxtoraa''.
Las revelaciones llegaron a Ysard como una marea revuelta. No eran los primeros del imperio en venir aquí. Hubo otros y, a juzgar por la experiencia de su propio viaje y el estado de este puesto de avanzada, su destino estaba claro. Como el de ella. La habían enviado aquí a morir.
Le otorgaron un comando que desesperadamente tomó llevándola al fin del mundo y a un lugar del cual nadie había regresado. Ysard había entregado cada fibra de su ser para forjar un legado.
En cambio, ahora estaba al borde del precipicio para tachar el nombre Tomyri de la historia en esta naturaleza sofocante.
No había nada para ellos en ese puesto de avanzada abandonado. Ysard guio al resto de los sobrevivientes de vuelta a la jungla macheteando un nuevo camino a través de la espesa maleza. Para sus mentes febriles, parecía como si las raíces frescas y las enredaderas se reacomodaran en su lugar tras su paso.
Cuando se encontraron con el Ardentius fue casi por accidente. Prácticamente corrieron hacia su proa.
La vegetación había consumido la fragata, incluso acaparando la ensenada que la rodeaba. Parecía como si la propia embarcación hubiera emergido de la jungla. Ysard observó formas que sobresalían de la cubierta como pilares rotos.
Su sangre se heló.
La tripulación había sido devorada y cubierta por la vegetación, al igual que el barco. Hombres y mujeres estaban de pie como estatuas cubiertas por enredaderas. ''La jungla'', tartamudeó. ''Lo ha tomado''.
El pánico se apoderó de los soldados restantes. ''¿Qué hacemos?'', gritó el armero Starm. ''¿Qué hacemos?'”.
''Vamos por el río'', murmuró Ysard. “Encontraremos una manera de volver a la ribera y la seguiremos hasta el delta''.
''No hay manera de que lo logremos a pie. Usted vio lo que les sucedió a los otros, comandante. La jungla...'”.
''¡Al diablo con la jungla!'' gritó. ''Son árboles y enredaderas, insectos y bestias. Tú eres un soldado de Noxus, no hay nada aquí que pueda derrotarte''.
Ysard no estaba segura de que ella misma creyera en lo que estaba diciendo. Había algo diferente en este lugar. Había una presencia oscura e imposible aquí, algo que ni siquiera el esplendor del imperio podía domar, pero ella no se rendiría ante la desolación.
''Si quieren morir aquí, solos y olvidados, que así sea''. Reunió lo último que quedaba de su fuerza. ''No aceptaré ese destino. Quien tenga la fuerza de seguirme, adelante. Este lugar no será el fin de Ysard Tomyri''.
El rugido grave de su estómago y los pensamientos sobre su familia esperándolo en casa, en la aldea, habían hecho que el chico atara su concentración a su cuerda de pescar mientras se acuclillaba junto a la ribera.
Como recompensa, sintió con un tirón firme. Exclamó un grito de triunfo aliviado al sacar al pez del agua, sacudiéndose y brillando con la luz. No se dio cuenta de la forma que flotaba hacia él hasta que estuvo a la distancia de un remo.
El chico frunció el ceño olvidando el pescado en su cubeta mientras el objeto se aproximaba. Anduvo por el agua hacia el suave lecho del río, tomándolo y llevándolo consigo hasta la ribera. La madera que arrastraban las corrientes tenía varios usos en la aldea y se podía comerciar... si lograba llevarla de vuelta a casa.
Pero no era madera. El muchacho se quedó sin aliento al ver que un rostro lo miraba a través de las capas de plantas trepadoras y musgo. Era una persona muerta, aunque no podía determinar si era hombre o mujer. Le recordó a los ancianos preservados que la aldea exhibía cada año para las fiestas de los ancestros. Estaba recubierta con trozos de una armadura oscura y golpeada, cuyos bordes eran de un rojo manchado, adornada con un símbolo oxidado que no significaba nada para él.
Había algo sujeto en sus manos enjutas y sin vida. Haciendo un esfuerzo, logró liberarlo.
Era un libro pequeño, envuelto ceñidamente en cuero desgastado y anegado.
Mientras el chico le daba la vuelta al diario entre sus manos, el cadáver estalló y de su interior se deslizaron lentamente enredaderas de un verde brillante. Una nube de esporas brillantes se elevó de la cavidad y el chico retrocedió tosiendo.
Con el libro en la mano, corrió rascándose por una insistente comezón que había comenzado en la parte trasera de su cuello; todos los pensamientos sobre el pescado quedaron en el olvido mientras huía a su casa.
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Anthony Reynolds · Relato completo
Publicado 2018-02-05
Me llamo Alyssa Roshka Gloriana val-Lokan. Durante casi dos milenios, mis ancestros fueron los reyes gobernantes de la Alcazaba Ahondada.
Los caudillos, las naciones y los imperios en desarrollo, envidiosos por las riquezas que las Montañas de Hierro nos ofrecían, intentaron derrocarnos, pero ninguno pudo quebrantar nuestra resistencia. Se lanzaron contra nuestros muros como olas de océano furiosas, encontrándose con la fatalidad de nuestras hojas poderosas.
Todos fallaron... hasta que llegaron los noxianos.
Y el mandato de mi familia terminó.
Ella mantuvo su cabeza en alto mientras subían las Escaleras del Triunfo. Soldados uniformados hacían guardia cada doce escalones, pero su mirada dura permanecía fija hacia el horizonte, inquebrantable. Podía ser la primera vez que Alyssa estaba en la capital, pero ella se rehusaba a dejarse intimidar; no se comportaría como una provinciana humilde boquiabierta ante el lugar. Ella provenía de la Alcazaba Ahondada y la sangre de reyes fluía por sus venas.
Los escalones estaban flanqueados por guardias cubiertos por acero oscuro. El metal utilizado para forjar sus armaduras procedía de las profundidades de la montaña que era su hogar. Los mejores recubrimientos de Noxus provenían de allí, debajo de las montañas. Había sido así durante cinco generaciones, desde que su reino había sido conquistado por Noxus e incorporado al imperio.
Los estandartes rojos ondeaban ante el viento seco del atardecer durante su ascensión. El aroma a carbón industrial flotaba sobre la brisa cálida. En Noxus, las forjas se enfriaban en contadas ocasiones.
El Bastión Inmortal se cernía sobre ellas, oscuro y amenazante.
''Alardean sus riquezas y decadencias, mientras que nosotros vivimos como mendigos'', dijo su hermano Oram. Ella lo miraba de reojo, caminando a su lado.
Oram Arkhan val-Lokan. De hombros anchos, brazos fuertes y con una innegable habilidad para empuñar su espada, Alyssa lo consideraba arrogante y de inteligencia limitada, pero ocultaba su desdén hacia él bajo una expresión impasible e inexpresiva. Era su hermano mayor, aunque solo fuera por unos minutos, y estuvo muy cerca de ser el gobernante de la Alcazaba Ahondada. Alyssa sabía muy bien cuál era su lugar.
Aparentemente, el hecho de que eran mellizos era muy evidente. Ambos eran altos y atléticos, y tenían la mirada fría de su linaje familiar, así como el comportamiento orgulloso de aquellos que nacen en la nobleza. También ataban sus largos cabellos oscuros ingeniosamente en trenzas firmes, tenían tatuajes en su rostro y usaban capas grises sobre sus armaduras.
Llegaron a la cima de las escaleras. Hubo un batir de alas y un cuervo sobrevoló sus cabezas.
Alyssa casi se estremeció, pero se controló a sí misma. ''¿Debemos considerar esto como un mal augurio, hermano?''
Observó que las manos de Oram se cerraban en puños.
''Hemos llenado las arcas y armado a los soldados de Noxus por demasiado tiempo'', gruñó, haciendo el menor esfuerzo de evitar ser escuchado por los guardias. ''¿Y para qué?''
Para sobrevivir, pensó Alyssa, aunque no lo dijo en voz alta.
Un par de guerreros en armadura de placas los esperaron fuera de las grandes puertas metálicas del palacio. Permanecieron firmes y en silencio, sujetando grandes alabardas constituidas de grandes hachas con sus guantes. Las tres hendiduras en sus corazas y sus capas y tabardos de color rojo oscuro le indicaron a Alyssa que no eran guardias normales.
''Legionarios'', susurró Oram, dejando de lado su habitual arrogancia y fanfarronería.
En una nación de asesinos, la Legión Trifariana era la más temida y respetada de todos, tanto aliados como enemigos. Se decía que su mera presencia había logrado que ciudades y naciones completas se arrodillaran para evitar enfrentarlos en batalla.
''Nos honran'', dijo Alyssa. ''Vamos, hermano. Es momento de que conozcamos al 'Concejo de Tres' personalmente''.
Sin embargo, el trono estaba vacío, tal como había permanecido desde que el Gran General de Noxus había muerto.
No había muerto, se corrigió Alyssa a sí misma. Lo habían ejecutado.
Noxus yacía sin emperador, sin un tirano ocupando el trono. Pero no por mucho tiempo.
Antes de haberse marchado de la Alcazaba Ahondada, Alyssa había sido asesorada sobre este nuevo liderazgo.
''La Trifarix'', lo había denominado el consejero en jefe de su padre. ''Los tres elementos, cada uno representando uno de los principios de la fuerza fundamentales: Visión, Poder y Astucia. La teoría dice que, si uno de los elementos pudiera condenar a Noxus por su incompetencia, locura o corrupción, siempre habría otros dos elementos para detenerlo''.
Para Alyssa, era un concepto intrigante, pero que nunca se había puesto en práctica.
La sala daba una sensación cavernosa: era lo suficientemente grande para albergar hasta mil peticionarios, pero en ese momento estaba casi vacía, salvo por tres figuras que estaban sentadas en una mesa simple de piedra jaspeada, al pie de la plataforma elevada del trono.
Los dos guerreros siniestros de la Legión Trifariana escoltaron en silencio a Alyssa y a su hermano hacia el trío; sus pisadas resonaban bruscamente en el suelo frío. Los tres estaban sumergidos en una discusión, pero dejaron de hablar en cuanto los hermanos de la Alcazaba Ahondada se acercaron a ellos. Estaban sentados en hilera, observando a los emisarios como un jurado en silencio.
Ella conocía a dos de ellos por su reputación. En cuanto al tercero... bueno, realmente nadie sabía nada sobre él.
Al centro, con una mirada sagaz y sin parpadear, estaba sentado Jericho Swain, el famoso visionario, el nuevo Gran General. Algunas personas de las castas nobles aún lo consideraban un usurpador, pues él fue quien había sacado al demente de Boram Darkwill del trono de Noxus, pero ninguno se atrevía a decírselo a la cara. Su mirada, la cual parecía abarcar demasiado, primero se centró en Oram y después en Alyssa. Ella se resistió ante la tentación de mirar la manga de su brazo izquierdo, metida dentro de su abrigo oscuro. Se decía que había perdido esa extremidad durante la invasión fallida de Jonia y que la había cortado una hoja embrujada del archipiélago místico.
A su derecha estaba sentado Darius, la legendaria Mano de Noxus, líder de la Legión Trifariana, y ahora comandante de todos los ejércitos del imperio. Era la personificación del poder; mientras que Swain estaba sentado completamente erguido, Darius estaba inclinado hacia atrás. Sus dedos cubiertos por un guantelete repiqueteaban un tatuaje sobre la madera de su silla. Sus brazos eran enormes y su expresión era dura.
La tercera figura, a la que se referían como ''el Sin Rostro'', era un misterio. El individuo permanecía inmóvil, cubierto de la cabeza a los pies con una voluminosa túnica de varias capas. Traía puesta una máscara negra brillante e incluso los agujeros de los ojos estaban oscurecidos con tela negra, encubriendo su identidad. Sus manos también estaban ocultas debajo de mangas de tela gruesa. Alyssa pensó que percibía un toque femenino en la máscara, pero podría haber sido la luz de ese momento.
Una apenas perceptible inclinación de la barbilla de Darius fue la señal de retirada para los legionarios que los habían escoltado hasta allí. Los dos guerreros golpearon sus petos con los puños a modo de saludo y retrocedieron, dejando a Alyssa y a su hermano solos ante la Trifarix.
''Tomen asiento, por favor'', dijo Swain, señalando las sillas al frente.
''Prefiero estar de pie, Gran General'', contestó Oram.
''Como gusten''.
Había algo indudablemente amenazador y depredador en el Gran General, determinó Alyssa... considerando que era un lisiado entrando en sus últimos años...
''Oram y Alyssa val-Lokan, el tercer hijo y la cuarta hija del Gobernador de la Alcazaba Ahondada'', continuó. ''El viaje es largo desde las Montañas de Hierro. Supongo que no es una visita de cortesía''.
''Vengo por orden de mi padre'', dijo Oram, ''para hablar en su nombre''.
''Entonces, prosigue'', dijo Darius, su voz se asemejaba al gruñido de advertencia de un lóbrego. ''Al grano. Esto es Noxus, no una corte de la nobleza''.
Su acento era brusco y poco sofisticado, a diferencia del de Swain. La voz de un plebeyo. Alyssa podía percibir un dejo de sonrisa burlona en su hermano.
''Durante décadas, la Alcazaba Ahondada ha servido con lealtad'', comenzó Oram, enfatizando su refinado acento, tal vez una muestra imprudente de superioridad. ''Nuestro oro financia las campañas de conquista. Nuestro hierro reviste y arma a los ejércitos del imperio. También a la Legión Trifariana''.
Darius permanecía inmutable. ''El metal de las Montañas de Hierro hace las mejores armaduras. No tendría a la Legión protegida con nada más. Deberían sentirse orgullosos''.
''Estamos muy orgullosos, mi señor'', dijo Alyssa.
''Yo no soy un señor. Mucho menos el suyo''.
Swain sonrió, levantando su mano. ''Se refiere a que, en Noxus, ningún hombre o mujer nace siendo superior a otro. No es por el linaje como alguien se gana un lugar, sino por sus acciones''.
''Por supuesto'', contestó Alyssa, maldiciéndose a sí misma por su error.
''Trabajamos como esclavos en la oscuridad y profundidad de las minas, debajo de las montañas'', continuó Oram. ''Y todos los días observamos cómo nos arrebatan los frutos de nuestro esfuerzo y los transportan en grandes vagones que regresan completamente vacíos. Difícilmente estamos siendo capaces de alimentar a nuestra...''
''Oh, ¿de verdad?'', exclamó Swain, levantando una ceja. ''Enséñame tus manos, por favor.''
''¿Qué?'', dijo Oram, desconcertado.
''Muéstranos tus manos, chico'', dijo Darius, inclinándose en la brillante superficie de la mesa que estaba entre ellos. ''Muéstranos estas manos que trabajan en la roca, el polvo y la oscuridad debajo de la fortaleza de la montaña''.
Oram apretó la quijada, rehusándose a ser expuesto.
Darius se burló. ''Él no ha sufrido ni un día de su vida. Ella tampoco. Los únicos callos que ustedes dos poseen no son consecuencia de trabajar duro''.
''No permitiré que me hablen de esa forma, mucho menos...'', comenzó Oram, pero Alyssa puso su mano sobre su hombro. Furioso, él la quitó, pero acertadamente decidió no terminar el pensamiento. ''Están drenando las montañas'', dijo con un tono de voz más mesurado. ''Es insostenible y eso no es bueno para nadie... no lo es para nosotros ni definitivamente lo es para los ejércitos noxianos. Debe haber una concesión''.
''Dime, Oram Arkhan val-Lokan'', dijo Swain, ''¿Cuántos guerreros envía la Alcazaba Ahondada para pelear por Noxus? Aproximadamente. Al año''.
''Ninguno, señor. Pero eso es a propósito. Nuestra gente es más útil trabajando las minas y protegiendo las fronteras del norte de un ataque barbárico. Es ahí donde está nuestro valor primordial hacia Noxus está''.
Swain suspiró. ''De todas las provincias, ciudades y naciones que se remiten a Noxus, la Alcazaba Ahondada es el único lugar que no envía soldados a nuestros grupos de guerra. Ustedes no sangran por Noxus. Nunca han sangrado por Noxus. ¿No es esa una concesión suficiente?''
''No lo es'', contestó Oram, secamente. ''Estamos aquí por petición de nuestro padre para renegociar nuestro diezmo, o la Alcazaba Ahondada no tendrá otra opción más que la de reconsiderar su lugar dentro del imperio noxiano''.
La sala había quedado en silencio. Incluso Darius había detenido el incesante repiquetear de sus dedos.
El rostro de Alyssa empalideció y miró fijamente a su hermano, horrorizada. Este era un giro del que ella no tenía conocimiento; su mente se tambaleaba ante las posibles implicaciones. El Sin Rostro continuó observándola directamente, detrás de la brillante máscara.
''Ya veo'', finalmente dijo Swain. ''Creo conocer el verdadero propósito de su padre de enviarlos aquí, pero la pregunta es... ¿ustedes lo conocen?''
Oram asintió hacia Alyssa. ''Muéstraselos'', le ordenó. Sus ojos destellaban furia.
Ella respiró profundamente y sacó un estuche para pergaminos. Desenganchando su borde con sus temblorosos dedos, desenrolló un antiguo pergamino cubierto con una compleja caligrafía angular noxiana. Contenía tanto el sello de la Alcazaba Ahondada como el emblema de color rojo sangre de Noxus. Lo colocó sobre la mesa y lo alisó antes de regresar al costado de su hermano, ciertamente un paso más atrás, como era su lugar de acuerdo con las costumbres de las Montañas de Hierro.
Darius aparentaba desinterés, pero tanto Swain como el Sin Rostro se inclinaron para ver el documento. Una vez más, Alyssa se encontró intentando descifrar quién se ocultaba detrás de la máscara.
''Cuando la Alcazaba Ahondada se sometió al régimen noxiano, ochenta y siete años atrás'', dijo Oram, ''nuestros ancestros cedieron sus derechos soberanos y se inclinaron ante el trono de Noxus... el mismo trono que tengo frente a mí, vacío''.
Darius lo fulminó con la mirada. ''¿Y...?''
''Las condiciones son claras, como pueden ver ustedes mismos, así como donde juramos nuestra lealtad. El último hombre en sentarse en ese trono murió hace un poco más de siete años'', dijo Oram, señalando hacia el estrado. ''En lo que concierne a nuestro padre, este pedazo de papel ya no tiene ningún valor. La Alcazaba Ahondada no tiene la obligación de continuar pagando un diezmo, pero lo ha seguido haciendo como un acto de buena fe. No obstante, si no se cumplen nuestras concesiones, la Alcazaba Ahondada se verá forzada a abandonar el imperio. La región de las Montañas de Hierro ya no estará bajo nuestra protección inmediata''.
Alyssa quería desviar la mirada, salir huyendo, pero se encontró anclada a ese lugar mientras esperaba la reacción del concejo.
''La historia solo recuerda a los vencedores'', les advirtió Darius. ''Sé parte de Noxus y serás recordado por siempre. Enfréntate a nosotros y serás derrotado y olvidado''.
''Ningún ejército ha logrado penetrar la Alcazaba Ahondada'', dijo Oram. ''Nuestros ancestros le abrieron las puertas a Noxus por voluntad propia, recuérdenlo. No hubo sangre derramada de por medio.''
''Estás jugando un juego muy peligroso, chico''. Darius señaló a los guerreros que estaban parados unos pasos atrás de Alyssa y Oram. ''Bastarían dos miembros de la Legión Trifariana para entrar y apoderarse de tu preciosa Alcazaba Ahondada. Yo ni siquiera me tomaría la molestia de ir con ellos''.
Para enfatizar este punto, los dos legionarios golpearon la base de sus alabardas contra el suelo; el sonido retumbó como un trueno.
Oram se burló ante la demostración, pero la confianza de Darius impresionó a Alyssa. No parecía ser el tipo de hombre que solo alardea.
''Basta'', dijo Swain, con un movimiento de su mano. ''Dinos en qué consistirían estas concesiones''.
La luna había pasado su cenit en el oscuro cielo para el momento en que Alyssa y Oram salieron del palacio. Se pusieron en marcha hacia una finca cercana que servía como su base de operaciones dentro de la capital.
Alyssa estaba pensativa y silenciosa, su estómago era un nudo de ansiedad, pero su hermano parecía vigorizado por el encuentro con los líderes de Noxus.
''¡Swain aceptará nuestras condiciones! Estoy seguro de eso'', dijo con efusividad. ''Sabe que la Alcazaba Ahondada es muy importante para el imperio como para permitir que nuestro padre cierre sus puertas''.
''Esto es una locura'', murmuró Alyssa. ''¿Entramos y los amenazas? ¿Ese era tu plan?''
''Eso era lo que nuestro padre había planeado.''
''¿Por qué no me dijiste?''
''¿Habrías accedido si hubieras tenido conocimiento de ello?''
''Por supuesto que no'', respondió Alyssa. ''Esto es inútil. Mejor nos hubiéramos ofrecido para el siguiente despellejamiento...''
''Si Swain está convencido, lo único que necesitamos es que uno de los otros dos se una a él para que se cumplan nuestras condiciones'', dijo Oram, aparentando no escuchar sus preocupaciones. ''Es así como funciona la Trifarix. No existe punto muerto en su liderazgo cuando solo dos de ellos necesitan estar de acuerdo para llevar a cabo las cosas''.
''Darius jamás estará de acuerdo''.
''Darius es un perro arrogante. ¿Piensa que puede enviar a dos hombres a tomar la Alcazaba Ahondada? ¡Bah! Pero me temo que tienes razón. Si él se opone, solo nos queda el Sin Rostro. Nuestra prosperidad futura depende del voto de quien sea que está detrás de esa máscara''.
''Entonces, no nos queda más que esperar a escuchar cuál será nuestro destino'', dijo Alyssa, con una sensación de amargura en su voz.
Los ojos de Oram brillaron peligrosamente. ''No necesariamente''.
El nudo en el estómago de Alyssa se tensó más conforme él comenzó a explicar.
El amanecer no llegaría hasta dentro de algunas horas, pero Alyssa ya tenía mucho calor mientras se deslizaba silenciosamente por las calles de la capital. Al frente de un contingente de Guardias de la Ahondada, ella usaba un casco ajustado de acero oscuro y ya podía sentir su cabello escurriendo sudor debajo de este.
Había decenas de ellos en total, con capas y capuchas sobre las armaduras. Todos llevaban ballestas pesadas y espadas atadas a sus cinturas. En esta ciudad, no era inusual ver a grupos de guerra armados de todo el imperio; si alguien los veía, sus armas no alertarían a nadie y, a pesar de ello, Alyssa no podía evitar sentirse observada.
Y que, de alguna manera, el observador conocía sus intenciones.
Las calles y callejones de Noxus eran estrechos y serpenteantes, diseñados para reprimir y frustrar cualquier fuerza atacante que lograra penetrar las defensas de las afueras de la ciudad. Los tejados eran planos y almenados, como los puestos de batalla de los castillos, lo que permitía que los soldados dominaran a cualquier enemigo que se encontrara debajo de ellos. Alyssa vigilaba esos oscuros tejados con cautela. Cualquiera podía estar ahí arriba, observando su avance. Podían estar yendo directamente a una emboscada...
Un aleteo de alas negras sobre ella la hizo detenerse, dirigiendo su ballesta hacia el cielo. Se maldijo a sí misma por ser tan asustadiza, e hizo que sus subordinados avanzaran.
''Esto es mala idea'', Alyssa pensó por vigésima vez desde que había dejado la finca.
Se lo había dicho a su hermano en repetidas ocasiones para tratar de disuadirlo de esta forma de actuar, pero él estaba decidido. Esta era la voluntad de su padre, Oram había dicho irrevocablemente. Regresarían a casa habiendo asegurado un nuevo trato o no regresarían en absoluto. No había otro camino.
Ahora que había tenido tiempo de digerirlo, Alyssa no estaba sorprendida de que este fuera el plan del gobernador durante todo este tiempo. Por supuesto que lo era. Si bien podía terminar en la captura y ejecución de ella y de su hermano, ¿qué más le daba a su padre? Nunca había mostrado un gran interés en ambos y reservaba todo su afecto y cuidado a su heredero: el hermano mayor de Alyssa, Herok. Y si los capturaban y la Trifarix intentara retenerlos como rehenes para mantener la Alcazaba Ahondada dentro del imperio noxiano, ella sabía cuál sería la respuesta de su padre.
Para él, Alyssa y Oram eran prescindibles.
Ella y sus hombres se adentraron en las sombras hasta el Templo del Lobo, el cual estaba detrás de los antiguos baluartes al sur del mismo Bastión Inmortal. Su hermano debía estar a unas calles hacia el este, con más de sus subordinados armados.
En las semanas antes de que el contingente llegara a la capital, espías a su servicio habían estado observando las idas y venidas alrededor del palacio. Una de las observaciones había levantado un interés en particular, y era por esa información que Alyssa y su hermano estaban en la operación.
Se estaban acercando. Alyssa levantó una mano y los Guardias de la Ahondada se dirigieron hacia ella, deteniéndose en las sombras de un pasaje estrecho con vista hacia el Templo del Lobo. Era una torre alta de múltiples niveles con los costados abiertos, cada uno de los niveles estaba sostenido por columnas de piedra negra. En el centro de la torre, casi quince metros arriba, se erguía una gigantesca y amenazante estatua de obsidiana de un lobo sentado.
Esperaron ahí durante un largo minuto, hasta que vieron dos destellos breves de luz a la distancia: las chispas de una espada contra un pedernal. Esa era la señal de que Oram estaba en posición y que el camino estaba despejado.
''Hay que movernos'', dijo Alyssa con voz firme y, como si fueran uno solo, ella y sus subordinados se pusieron en marcha, saliendo de su escondite y apresurándose hacia el templo, atentos a la presencia de guardias. No había ninguno. Parecía que su hermano y sus hombres habían cumplido con su parte.
Alyssa subió a zancadas los escalones hacia el templo, indicando con un movimiento de su mano a los guerreros que se dispersaran. Entraron, atravesaron el umbral y rodearon la estatua de lobo. Se adentraron en las sombras, apoyándose contra las columnas, fundiéndose con la oscuridad, y aguardaron.
Ella levantó la mirada. En las antiguas costumbres de Valoran, la muerte se representaba constantemente como una dualidad de la naturaleza: tomaba la forma del Cordero ante la muerte pacífica, y la del Lobo para los finales violentos. En Noxus, este último era honrado de forma rigurosa. Morir pacíficamente en cama no era la forma de asegurar el honor en un imperio que veneraba la fuerza.
Alyssa normalizó su respiración, intentando reducir las pulsaciones de su corazón agitado. Sus manos estaban sudorosas. Las secó en su capa.
La espera siempre era la peor parte.
Volvió a echar un vistazo y se encontró apenas capaz de distinguir a sus subordinados. Bien. Si los descubrían antes de tiempo, todo habría sido en vano. Alyssa se estiró y sujetó un velo finamente labrado de cota de malla a su casco, para que colgara debajo de sus ojos y ocultara sus rasgos.
Una torre de vigilancia distante repicó en la hora cuatro. Alyssa se preparó. Si la información proporcionada por sus espías era correcta, el objetivo se estaría acercando en cualquier momento...
Y, justo a tiempo, emergió una figura cubierta por una gran túnica.
Provenía de la dirección del Bastión Inmortal, acompañada de cuatro guardias del palacio. La figura principal era casi invisible en la oscuridad previa al amanecer, vestida de pies a cabeza de color negro.
Era el tercer miembro de la Trifarix... el Sin Rostro.
La figura anónima caminó lentamente hacia el templo, volteando su cabeza de lado a lado, como si estuviera buscando entre las sombras. Sus manos estaban entrelazadas, ocultas debajo de las pesadas mangas.
Los guardias se detuvieron al pie del templo. Parecía que el Sin Rostro conversaba con ellos brevemente, aunque Alyssa estaba muy lejos como para poder escuchar sus palabras. Luego, la figura enmascarada continuó en solitario, aparentemente para rendir tributo al Lobo.
Aunque los guerreros de los grupos de guerra y los luchadores de los fosos de gladiadores eran los visitantes más comunes de los templos marciales distribuidos en toda la capital, incluso los burócratas, los comerciantes y los sirvientes hacían ofrendas con frecuencia. Según las observaciones, el Sin Rostro visitaba este templo cada cinco días en la cuarta hora, siempre vigilado y oculto por el manto de la oscuridad.
Afortunadamente, aunque las lealtades hacia la Legión Trifariana eran absolutas, era posible sobornar a los guardias del palacio para que hicieran la vista gorda.
Conforme la figura enmascarada se acercaba a la enorme estatua, Alyssa surgió del encubrimiento de la oscuridad. Al recibir la señal, los guardias sobornados dieron la vuelta en dirección hacia el Bastión Inmortal. Alyssa tenía su ballesta apuntada hacia el Sin Rostro, mientras que cautelosamente se dirigió hacia la luz parpadeante de los candelabros que rodeaban la estatua.
''No te muevas ni grites'', dijo ella con firmeza. ''Tus guardias se han ido. Doce ballestas están apuntándote justo ahora.''
La figura en la túnica hizo un sonido ahogado, tal vez sorprendido, y se acercó a ella. Había algo muy familiar en ella, tanto en el sonido como en sus movimientos torpes...
''No te muevas, te lo advierto'', dijo Alyssa. El Sin Rostro se paralizó.
Nadie en Noxus parecía saber quién era el tercer miembro de la Trifarix... al menos nadie que Alyssa y Oram conocieran. Esa era la fuerza del engaño, el principio de la astucia representado en el Concejo de Tres.
Pero Alyssa planeaba poner fin a eso.
''Todo se trata de sacar ventaja'', había dicho su hermano. ''Si podemos descubrir su identidad, podemos usarla a nuestro favor''.
''No queremos hacerte daño'', declaró Alyssa, con la mayor valentía que fue capaz de reunir. ''Quítate la máscara y no habrá necesidad de derramar sangre''.
La figura encapuchada miró a su alrededor, tal vez en busca de los guardias o intentando detectar a los hombres armados con ballestas que había mencionado Alyssa, ocultos en la oscuridad. Luego, la figura se acercó un poco más, casi al alcance de las armas, con las manos aún ocultas a la vista.
Alyssa apuntó su ballesta hacia el pecho de la figura. ''No. Des. Otro. Paso.''
La figura produjo otro sonido ahogado, agitando la máscara enfáticamente. Alyssa entrecerró los ojos.
Después, exhaló lentamente mientras caía en cuenta.
‘‘Ah. Eso lo facilita todo''.
Tiró del gatillo y la flecha atravesó a la figura encapuchada justo en la garganta.
Un hombre de su séquito llegó junto a ella al instante, exhortándola a huir. ''Debemos irnos'', dijo. ''Tenemos que estar fuera de la ciudad antes del amanecer, antes de que alguien se entere de lo sucedido''.
''Ya es demasiado tarde'', contestó Alyssa.
Se arrodilló junto a la figura jadeante, en el suelo. La sangre brotaba por debajo del cuerpo. Alyssa había visto muchas heridas para reconocer que esta era fatal.
Estiró su brazo y arrancó la máscara de la figura.
Oram la observó fijamente.
El rostro de su hermano estaba pálido, sus ojos estaban desorbitados y tenía una mordaza en la boca. Se sacudió y se retorció mientras la muerte se apoderaba de él. El movimiento retrajo sus mangas, revelando sus manos atadas con un cordón.
En sus últimos momentos, su mirada se enfocó en Alyssa y después en la gigantesca estatua del Lobo amenazante sobre ellos.
Fue entonces cuando los legionarios surgieron de la oscuridad como perros de caza, rodeando el templo.
El sol estaba en lo alto del cielo despejado, enviando destellos de luz a través de las estrechas ventanas a la sala de audiencia.
Alyssa estuvo de nuevo frente a la Trifarix, con la cabeza en alto y con las muñecas atadas a su espalda. Los miembros del concejo la observaban con cautela. Para Alyssa, el impenetrable rostro enmascarado del Sin Rostro era, en ese momento, tal vez el más intimidante de los tres.
Fue Swain quien finalmente rompió el silencio.
''Déjame explicarte sin rodeos'', dijo él. ''La Alcazaba Ahondada es muy valiosa para Noxus, pero no tanto como para que aceptemos las exigencias y amenazas de su gobernante. Eso sería una señal de debilidad. En el plazo de una semana, diez provincias más estarían haciendo fila con exigencias propias. No, eso nunca sucedería. Pero eso ya lo sabías''.
''Así fue'', contestó Alyssa. ''Mi hermano evidentemente no lo sabía''.
''Entonces, podría hacer que personas de mentes inferiores se cuestionen... ¿Por qué una joven inteligente como tú seguiría un plan tan absurdo?''
''Por el deber'', respondió Alyssa.
''El deber hacia el imperio siempre debe anteponerse al deber hacia la familia'', dijo Swain.
Tal vez solo haya sido la imaginación de Alyssa, pero creyó ver la expresión de Darius ensombrecerse ligeramente ante esas palabras. Aun así, la Mano de Noxus permaneció en silencio.
''Estoy completamente de acuerdo'', dijo Alyssa. ''Es por esa razón que le disparé a mi hermano cuando descubrí que era él quien estaba debajo de la máscara.''
Swain se giró hacia el enmascarado Sin Rostro. ''Una táctica riesgosa, amordazar y disfrazar a tu prisionero. Había otras maneras de ponerla a prueba''.
Se volvió a dirigir a Alyssa.
''Hazme el favor de explicarme, por el beneficio de mis compañeros miembros del concejo. ¿Cómo es que le disparaste y mataste a tu hermano con conocimiento de causa?''
''Mi padre nos envió aquí para morir'', respondió Alyssa, ''y hubiera usado nuestras muertes para justificar el cierre de las puertas de la Alcazaba Ahondada a Noxus''.
''Continúa''.
''Mi padre y mi hermano son tontos. Su deseo de volver a gobernar las Montañas de Hierro como reyes los ha cegado, una vez más, tal como lo hicieron nuestros ancestros. Llevarían a mi gente a la perdición por un orgullo fugaz''.
Un mínimo indicio de una sonrisa fría surgió en la boca de Swain.
''Entonces, Alyssa Roshka Gloriana val-Lokan... ¿Cuál sería tu propuesta?''
El anciano Gobernador val-Lokan levantó la mirada con una expresión de indignación en su rostro cuando Alyssa abrió las puertas de su salón.
''¿Qué significa esto, niña?'' gruñó, poniéndose de pie. ''¿Regresas sin anunciarte? ¿Dónde está Oram?''
Dos guerreros de la Legión Trifariana, imponentes y siniestros en su armadura de hierro, caminaban detrás de ella empuñando sus alabardas.
A un lado de su padre se encontraba su hermano Herok, heredero de la Alcazaba Ahondada. Sus ojos estaban muy abiertos con una expresión temerosa.
''¡Guardias!'', gritó el gobernador. ''¡Deténganlos!''
Sin embargo, su guardia personal no intervino. La reputación de la Legión era conocida en todo Valoran, incluso entre los que nunca habían peleado a su lado o contra ellos. Marchaban con la autoridad de la Mano de Noxus. Desafiarlos significaba desafiar a la Trifarix.
Alyssa había pensado mucho en las palabras que Darius había dicho, las palabras de las que su hermano se había burlado.
Bastarían dos miembros de la Legión Trifariana para entrar y apoderarse de tu preciosa Alcazaba Ahondada.
Se había demostrado que no había sido una fanfarronería.
''¿Qué es lo que has hecho?'', dijo su padre, hundiéndose en su asiento.
''Lo que era necesario''.
Alyssa extrajo un pergamino enrollado recién escrito y sellado con el emblema de Noxus, el emblema de la Trifarix, y lo colocó bruscamente sobre la mesa ante su padre, haciendo que se sobresaltara.
''Por órdenes del Gran General, lo relevo de su cargo'', dijo Alyssa. ''A partir de ahora, yo gobernaré este lugar, por el bien del imperio''.
''¿Tú?'', se burló su padre. ''¡Una mujer jamás ha gobernado la Alcazaba Ahondada!''
''Entonces tal vez sea hora de hacer un cambio. Es hora de que surja alguien que cuide del futuro de nuestra gente y que no esté obsesionado con los reyes y su gloria desvanecida del pasado''.
Alyssa asintió y los guardias de su padre dieron un paso hacia delante, sujetándolo.
''¡No puedes hacer esto!'', chilló. ''¡Soy tu padre! ¡Soy tu señor!''
''No eres ningún señor'', dijo Alyssa. ''Mucho menos el mío''.
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