DEMACIA & NOXUS — ilustración oficial de Riot

Historia regional · Noxus

Demacia y Noxus

Ideales rivales, conflictos fronterizos y certezas difíciles de sostener.

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Demacia y Noxus

Dos promesas de fuerza

Demacia y Noxus suelen aparecer como respuestas opuestas a la pregunta de qué hace fuerte a una nación. Demacia valora el deber, la resistencia y la protección de un refugio conquistado con esfuerzo. Noxus sostiene que debe reconocer la fuerza útil allí donde la encuentre y se expande para incorporar más territorios a su orden. Sus diferencias son reales, pero ninguna sociedad cabe por completo dentro de sus ideales públicos.

El origen de Demacia entre quienes huían de la devastación mágica ayuda a explicar su cultura defensiva. El miedo que protegió a los refugiados terminó respaldando leyes capaces de convertir a ciudadanos en sospechosos. Las casas nobles, el servicio militar y las expectativas heredadas influyen en quién puede actuar y quién debe guardar silencio.

Estudio de diseño: Demacia El ejército de élite permanente es pequeño, disciplinado y conducido desde el frente.Riot Games

Noxus ofrece oportunidades de ascenso a personas excluidas en otros lugares, incluidos quienes poseen dones mágicos. Esa apertura convive con la conquista. Para un recluta, el imperio puede representar un futuro; para una comunidad que afronta sus ejércitos, puede representar la pérdida del suyo. Ambas experiencias pueden existir al mismo tiempo.

Sus enfrentamientos se entienden mejor mediante la geografía, las instituciones y las decisiones individuales que mediante una división permanente entre héroes y villanos. Garen y Darius encarnan formas de servicio, mientras Lux, Sylas y Riven revelan tensiones internas. El conflicto regional da contexto a esas vidas, pero no convierte cada relato de Demacia y Noxus en parte de una guerra ininterrumpida.

La frontera se vive además de trazarse

Para las comunidades cercanas a territorios disputados, la diferencia entre ambas potencias se mide en exigencias inmediatas: quién recluta soldados, quién protege los caminos y qué ocurre cuando se acerca un ejército. La imagen pública de cada nación no cuenta toda la historia. Un estado defensivo puede perjudicar a quienes viven dentro de sus fronteras; un imperio expansivo puede ofrecer oportunidades mientras elimina la independencia de una comunidad. Esa contradicción forma parte del mundo y no desaparece gracias a las virtudes de un campeón.

La última luz sigue a Lux y las difíciles elecciones que rodean su magia oculta.Riot Games

La vida de Xin Zhao resulta especialmente reveladora al pasar entre ambos sistemas. Su experiencia de cautiverio noxiano y su lugar posterior en Demacia muestran que la pertenencia nacional puede cambiar mediante decisiones y relaciones. No debe utilizarse para demostrar que todos viven lo mismo a cada lado. Su historia vuelve humana la frontera: las instituciones pueden reclamar a una persona, pero sus lealtades siguen teniendo una historia propia.

Una comparación que permite el cambio

Ambas sociedades han atravesado crisis internas. El ascenso de Swain cambió el gobierno noxiano, mientras el conflicto de los magos demacianos cuestionó el significado de la protección y de la ciudadanía. Comparar a las naciones en momentos distintos sin reconocer esos cambios puede dar una imagen engañosa. Su rivalidad es una relación permanente entre instituciones que cambian, no una discusión fija que se resuelve eligiendo el estandarte más atractivo.

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Riot Games · Relato completo

Tumulto

Publicado 2019-01-25

''¿Por qué nos enviaron a todos aquí?'', dijo el soldado recargado contra el muro de la garita, los brazos cruzados sobre su pecho. ''Hay sangre derramándose en las calles de la Gran Ciudad, ¿y nos envían a la frontera?''.

Se llamaba Bakker y Cithria nunca había estado entusiasmada con él: Bakker se empeñaba en ver lo malo de cada situación, aunque, para ser justos, en este caso en particular sus palabras tenían algo de verdad.

El resto de sus camaradas permaneció cerca. Ninguno de ellos lucía precisamente feliz sobre su predicamento.

Cithria permaneció en silencio. Ella era la más joven de los soldados demacianos, pero no por ello una recluta menos digna. En el año que había sido parte de sus filas, había demostrado ser una soldado capaz y una de las más veloces con la espada. Aun así, había ocasiones como esta, en las que se sentía fuera de lugar e insegura.

Al igual que todos, portaba una brillante armadura plateada. Llevaba un escudo en su espalda y su casco bajo un brazo, dejando libre una larga trenza de cabello oscuro.

Los soldados permanecían ante la inmensa Puerta Gris; resguardando la frontera noreste de Demacia. El nombre era anómalo, ya que el bastión estaba construido con piedra blanca inmaculada. Por lo general, se sobreentendía que el nombre provenía de los acantilados de lutitas grises que estaban cerca, aunque los soldados acuartelados ahí (particularmente los que provenían del sur o de la costa de Demacia) insistían que tenía más que ver con los cielos del norte, constantemente nublados.

A ambos extremos de la torre de la puerta se erguían altos muros de piedra blanca. Los banderines revoloteaban con la brisa que se filtraba por los relieves, y los centinelas hacían guardia en el frío viento, con la mirada hacia el este.

''Deberían desplegarnos con el resto del batallón, recorriendo los bosques en busca de ese traidor y su gentuza'', dijo otro soldado.

''Magos'', dijo Bakker, con un tono que denotaba repugnancia. ''Deberíamos deshacernos de la mayor parte de ellos''.

La conversación incomodaba a Cithria. Jamás se había enfrentado a la magia, o al menos no que ella supiera, pero le habían inculcado un gran miedo y desconfianza hacia quienes fueran capaces de portarla. Las noticias de la capital hacían parecer que ese miedo tenía fundamentos.

Apenas había transcurrido un mes desde que Sylas, el mago corrupto, había escapado de la prisión, destrozando por completo el corazón de Demacia. Ese rebelde demencial y sumamente poderoso había desatado una oleada de disturbios en todo el reino, e incluso ahora la gran ciudad estaba en estado de sitio y la milicia controlaba las avenidas para asegurar el orden.

Cithria coincidía en que ellos serían más útiles en otro sitio, pero el veneno que emanaba de la voz de su camarada la perturbaba.

''Yo digo que no solo a la mayoría, sino que a todos...'', comenzó a decir Bakker, pero Cithria lo interrumpió.

''Atentos. El sargento escudo volvió''.

La figura bajita y robusta del Sargento-Escudo Gunthar se dirigía hacia ellos a paso rápido. Un par de hombres encapuchados caminaban junto a él; uno a cada lado.

''¿Quiénes son ellos?''.

''No lo sé'', contestó Cithria.

Los soldados se pusieron en firmes abruptamente en cuanto el sargento y sus misteriosos acompañantes se aproximaron.

''Muy bien, todos'', dijo Gunthar. ''Sé que se están preguntando por qué en nombre del Protector nos enviaron hasta aquí''.

El sargento dirigió la mirada entre sus filas.

''Un enviado extranjero desde la Pergomarca llegará pronto aquí a la frontera y nos asignaron la tarea de escoltarlo hasta la capital y mantenerlo a salvo''.

¿Labor de escolta?

Incluso a Cithria le parecía una tarea extrañamente trivial. Sin embargo, tanto ella como el resto de los soldados permanecieron en silencio, con la mirada fija hacia delante.

''La protección del emisario es nuestra prioridad'', continuó Gunthar. ''Aunque solo se dañara uno de los cabellos de su cabeza bajo nuestra guardia, el honor de Demacia quedaría manchado. La región Pergomarca ha sido nuestra aliada durante mucho tiempo y no debemos permitir que nada dañe esa relación. Se espera que llevemos a cabo esta tarea con honor, elegancia y buena fe''.

La expresión de Gunthar se endureció. ''Incluso si eso va en contra de nuestro mejor criterio'', añadió.

Los soldados tenían una gran disciplina, así que no dejaron ver reacción alguna ante las palabras finales del sargento, pero Cithria sentía y reflejaba su malestar. ¿Qué significaba eso?

Gunthar le hizo una seña a sus acompañantes, quienes dieron un paso al frente y descubrieron sus rostros.

Los ojos de Cithria se abrieron más.

El mayor de ellos era un hombre de mediana edad con apariencia seria, su cabello corto comenzaba a tornarse grisáceo y en su piel se notaban arrugas profundas y múltiples cicatrices. El otro era un hombre más joven: de constitución esbelta y de aspecto nervioso, con un mechón de cabello oscuro atravesando un lado de su rostro.

Ambos portaban medias máscaras doradas a la medida, así como discos de piedra grabada color gris en los hombros, los cuales mantenían sus capas en su lugar.

Cithria dejó escapar un lento suspiro, sin haberse percatado antes que estaba conteniéndolo.

Cazadores de magos.

''Él es Cadstone, un experto perteneciente a la orden de cazadores de magos, y su compañero Arno'', dijo Gunthar, presentándolos. Los cazadores de magos hicieron una ligera reverencia. ''Ellos nos acompañarán mientras escoltamos al emisario hasta la capital''.

Las trompetas sonaron desde la cima de la garita.

''¡Se acercan jinetes con el estandarte de Pergomarca!'', vociferó uno de los centinelas que se encontraba arriba.

El Sargento-Escudo Gunthar asintió hacia los guardias, y las gigantescas puertas se abrieron con fuerza, las bisagras crujieron por el peso. La compuerta de rejas de hierro se elevó, las cadenas rechinaron y el inmenso puente levadizo descendió hacia el suelo. Resonó tan fuerte como un trueno. La luz de la mañana se filtró a través de la puerta abierta.

''Conmigo'', ordenó Gunthar, avanzando a la par de los cazadores de magos. Cithria y los otros soldados se movilizaron detrás de ellos, moviéndose con gran precisión.




Cithria no estaba segura de qué estaba esperando en cuanto al emisario, pero definitivamente no era el hombre gigantesco de piel oscura que aguardaba por ellos. Estaba cubierto en pieles de oso y portaba un báculo de madera pesada. En su rostro se dibujó una gran sonrisa conforme los demacianos marchaban a su encuentro.

Cithria lo observó con cautela.

El hombre montaba al caballo más grande que Cithria había visto jamás: negro azabache y con gruesas plumas que cubrían sus herraduras de hierro. Lo acompañaban veinte jinetes, todos ellos usando grandes cotas de malla y empuñando hachas y escudos. Uno de ellos portaba un estandarte con dos hachas cruzadas, representando la heráldica de la Pergomarca, reflejándose en los escudos de los guerreros.

El emisario desmontó su caballo y avanzó hacia Gunthar y su séquito, portando aún una gran sonrisa. Tenía la constitución musculosa de un soldado o de un herrero; definitivamente no era lo que se esperaba de un mago. Cithria siempre los había imaginado como tipos furtivos y astutos que preferían esconderse y engañar a utilizar la fuerza física.

Se detuvo frente a los demacianos, tocó la palma de su mano izquierda con su frente y la extendió apuntando al cielo. Ella colocó su mano alrededor de la empuñadura de su espada, pensando que él estaba ejecutando alguna especie de conjuro arcano, pero se percató de que probablemente era un saludo propio de Pergomarca. Sintiendo que sus mejillas se habían sonrojado, se maldijo a sí misma por actuar como una tonta.

El Sargento-Escudo Gunthar saludó al hombre como los suyos lo hacían.

''Mi nombre es Arjen y me presento en nombre del Señor de Pergomarca'', dijo el emisario, inclinando la cabeza.

''Bienvenido. Soy el Sargento-Escudo Gunthar, del séptimo batallón. Y él'', añadió, ''es Cadstone, perteneciente a la orden de los cazadores de magos''.

''Ya lo habían invitado anteriormente a las fronteras de Demacia, ¿no es así?'', dijo Cadstone, sin intención alguna por tener una charla trivial. ''¿Está al tanto de las Leyes de Piedra?''.

''Sí, ya he estado aquí antes, buen cazador'', contestó Arjen, ''y estoy al tanto de las reglas y normas de su reino. Honraré las Leyes de Piedra y no haré uso de mis... talentos... mientras permanezca en su reino. Le doy mi palabra''.

''Bien'', dijo Cadstone. ''El cazador de magos Arno y yo estaremos con usted, desde ahora hasta el momento en que se retire de Demacia. Nuestro deber es asegurarnos de que cumpla con su palabra. Sepa que habrá repercusiones si no actúa conforme a nuestras leyes. Pero si se abstiene de usar sus... talentos, como usted les llama... entonces todo saldrá bien''.

Arjen ofreció una profunda reverencia, aún sonriendo.

''Entonces pongámonos en marcha'', dijo Gunthar. ''Su guardia personal deberá permanecer afuera de la frontera, claro está''.

''Por supuesto, por supuesto'', dijo Arjen, dio la vuelta y le indicó al resto de sus jinetes que se marcharan. ''¡Shu!'', dijo. ''¡Márchense!''.

Cithria reprimió la sonrisa que le provocaba el extraño comportamiento del hombre. Los estoicos jinetes se dieron la vuelta, uno de ellos tomó las riendas del caballo del emisario y se alejaron galopando sin decir una sola palabra.

''¡Pongámonos en marcha!'', dijo Arjen, juntando sus palmas.




Caminaron durante tres horas a un ritmo constante hasta llegar a la Cordillera Deshielo, un pequeño pueblo junto al río, donde abordarían una embarcación que los aguardaba para navegar hasta la capital. A Cithria le asombraba el hecho de que el emisario proveniente de Pergomarca no los retrasara, sino que era capaz mantener el ritmo castigador que había establecido Gunthar, con su pesado báculo golpeando el suelo con firmeza a cada paso.

El andar los llevó por valles y senderos azotados por el viento. Los vendavales que provenían del norte helado hacían que Cithria sintiera que el frío calaba hasta los huesos. Los demacianos continuaron avanzando, abrochándose las capas alrededor de sus cuellos para abrigarse lo mejor posible. Al emisario, envuelto en pieles de oso, no parecían afectarle las condiciones climáticas.

A pesar del recelo de Cithria, Arjen era un hombre bastante afable y que agradaba con facilidad. Sin embargo, ella se obligó a no dejarse llevar por un falso sentido de seguridad. El actuar de los arcanos estaba lleno de engaños y trampas. Si bien los demacianos permanecían estoicos y en silencio, evidentemente incómodos con la presencia del mago, Arjen no paraba de contar historias sobre su tierra natal. La mayoría de ellas involucraba mucha cerveza, proezas de fuerza y un heroísmo inverosímil, pero Arjen tenía un gran talento para narrar historias y definitivamente el tiempo transcurría de manera más amena, contrario a que si hubieran permanecido en silencio.

''... y entonces, la gran bestia rugió. 'No viniste aquí a cazar, ¿verdad?', dijo''.

El gigantesco hombre reía a carcajadas por su propia broma de mal gusto, golpeando uno de sus carnosos muslos con alegría. Cithria, quien marchaba al costado del emisario, se encontró sonriendo a su pesar, incluso mientras negaba con la cabeza por lo inapropiado de la historia.

''¿Lo entendiste, muchacha?'', preguntó Arjen, dirigiéndose directamente a Cithria. ''Él dice eso porque piensa que el hombre...''.

''Ah, sí lo entendí'', contestó Cithria, levantando su mano apresuradamente para detener la explicación de Arjen.

La nieve comenzó a caer a la mitad de su trayecto. Al principio, los copos eran pequeños y ligeros, pero rápidamente aumentaron su tamaño hasta que la visibilidad se redujo drásticamente. Pronto, el suelo y el camino quedaron completamente cubiertos. La caída de la nieve atenuaba los sonidos. Cithria caminaba cerca del emisario, quien estaba en el centro de una columna de soldados que lo custodiaba. Mirando por encima de su hombro, ella pudo ver que los dos cazadores de magos se habían rezagado un poco, lo suficiente como para que no pudieran escucharlos. Ambos habían colocado sus capuchas sobre sus cabezas para resguardarse del frío.

''Tengo curiosidad'', dijo Cithria en voz baja, con la esperanza de que solo el emisario la escuchara.

''La curiosidad es algo muy poderoso'', dijo Arjen. ''Y, a veces, peligroso''.

Un soldado cercano le dirigió una mirada, como si deseara que guardara silencio. Cithria hizo una pausa, cuestionándose si debía terminar la idea o dejarla ir. La curiosidad se apoderó de ella.

''Has escuchado hablar sobre las Leyes de Piedra y, por lo menos, algo sobre los... desafíos que actualmente asolan Demacia'', dijo ella.

''Así es'', contestó Arjen. Toda la ligereza lo abandonó y su expresión se tornó lúgubre. ''Es por esa razón que estoy aquí, por lo que me envió mi señor. Es por esa razón que hay emisarios viniendo desde todas las naciones aliadas''.

''Pero sabiendo todo eso, ¿por qué tu señor te envió a ti?''

Arjen la miró, alzando una ceja. ''Soy el consejero principal del concejo de Pergomarca, así que me corresponde venir'', dijo. Arjen pudo ver la sorpresa en su rostro y sonrió con ironía. ''Las cosas son distintas más allá de tus fronteras. Si quisieras discutir asuntos de una fragua, llamarías a un herrero, ¿no es verdad? En momentos como este, ¿quién sería mejor que un mago?''.

Cithria abrió la boca para decir algo, pero la cerró inmediatamente.

Solo llevémoslo hasta la capital a salvo, se dijo a sí misma.

Mientras más pronto completaran la misión, mejor.

Tumulto · ilustración de la publicación originalRiot Games




Conforme se acercaban a Cordillera Deshielo, un pueblo de muros blancos, el sol comenzaba a ponerse. Los guardias de la puerta saludaron y los habitantes del lugar se mantuvieron respetuosamente a un costado mientras el grupo avanzaba por la avenida principal.

''Iremos hacia el noroeste en la siguiente intersección'', dijo Cadstone. La caída de nieve comenzaba a disminuir, por lo que Cadstone bajó su capucha y señaló. ''Los muelles yacen al pie de esa colina''.

''¿Entonces ya ha estado aquí, señor cazador?'', preguntó Cithria, justo después de que Gunthar les ordenó a los soldados seguir las indicaciones del cazador de magos. El cazador asintió.

''Una pequeña niña vivía aquí'', respondió. ''Una poderosa maga''.

''Usted... ¿la capturó?'', preguntó Cithria, abriendo mucho los ojos.

''Ella se entregó'', intervino Arno. ''Ella era benévola. Estaba registrada. En general, no habríamos aprehendido a alguien como ella, pero desde que...''

''¡Arno!'' chistó Cadstone.

Escarmentado, el joven cazador de magos guardó silencio.

''Prosigamos'', dijo Cadstone. ''Será mejor que no nos detengamos''.




A esa hora de la tarde, el estrecho camino hacia los muelles estaba abarrotado.

Los barqueros que terminaban el trabajo del día ascendían por la colina, encaminándose a sus casas o a una de las tabernas que había por el rumbo. Los niños iban y venían, corriendo y persiguiéndose entre ellos a través de la nieve, seguidos por un par de sabuesos inquietos que mantenían su ritmo. Los comerciantes estaban de pie frente a las puertas de sus negocios, mientras que los vendedores ambulantes gritaban los precios de sus mercancías en medio de la calle.

Los soldados no habían llegado ni a una tercera parte del camino colina abajo cuando Cithria percibió cómo cambió el ambiente de la calle.

En un principio, fueron solo unas miradas oscuras y unas cuantas palabras murmuradas por transeúntes. Cúmulos de vecinos se agolpaban en puertas y callejones, hablando en voz baja y señalando. Un pescador escupió al suelo, sus ojos estallaban de furia.

''Muévase, ciudadano'', gruñó Gunthar. Renuente, el hombre se hizo a un lado.

Cithria estaba conmocionada. No esperaba ese tipo de hostilidad descarada por parte de los demacianos, a pesar de que todo eso ya sucedía en la capital.

''Cierren filas'', ordenó Gunthar, y los soldados respondieron de inmediato, resguardando en el centro de la columna al mago y a los cazadores.

Una roca golpeó a uno de los soldados en el costado de su casco. Otra roca, proveniente de otra dirección, golpeó a Cadstone en la frente, sacándole sangre.

Cithria maldijo en voz baja la estrechez de la calle. El espacio para maniobrar era reducido y ya habían avanzado demasiado como para retroceder. Tenían que continuar hacia los muelles.

''¡Escudos arriba!'', gritó Gunthar; el sargento-escudo había llegado a la misma conclusión que ella. ''¡Hacia delante, redoblen el paso!''.

Los soldados apresuraron su marcha, disparándose hacia delante a lo largo de la calle.

''¡En nombre de la corona, despejen el camino! ¡Muévanse!'', gritó Gunthar. La mayoría de los ciudadanos obedeció, retirándose del camino de los soldados, pero, más adelante, Cithria vio algo que le heló la sangre.

Un par de carretas bloqueaba su paso, a tan solo unos callejones de donde estaban. Una turba furiosa de habitantes se amontonó frente a ellos. Cithria miró hacia la izquierda y hacia la derecha. Los muros de piedra blanca de las fachadas de las tiendas los acorralaban, como si fueran los extremos de un desfiladero. Se percató de que todas las puertas estaban cerradas y enrejadas, al igual que las ventanas.

''¡Es una trampa!'', dijo entre dientes.

''Sí'', respondió Gunthar. Maldijo en voz baja.

''¡Alto! ¡Media vuelta!'', vociferó el sargento-escudo. Los soldados acataron la orden de inmediato, girando sobre sus pies. Todos tenían sus escudos levantados; no obstante, ninguno había desenfundado sus armas.

Los cazadores de magos permanecieron cerca del emisario, uno a cada lado. Los tres estaban protegidos en el centro de la formación de los soldados.

''¡No sirve!'', gritó Cithria. ''Este camino también está bloqueado''.

Mirando el camino por el que vinieron, pudieron ver cómo los habitantes se habían apresurado a empujar otra carreta, bloqueando su ruta de escape.

''¡Entréguenlo a nosotros y nadie saldrá herido!'', gritó un hombre fornido desde lo alto de la carreta. Parecía ser el herrero local, ataviado con un delantal de cuero grueso y sosteniendo un martillo en la mano.

''¡Despejen la calle!'', ordenó Gunthar.

El herrero, quien fungía como el portavoz de la turba enojada, no se inmutó.

''Ni lo sueñes, muchacho'', dijo mientras golpeaba suavemente la palma de su mano libre con el martillo, a modo de amenaza.

Mientras algunas personas corrían, apartándose de la tensa pelea, más vecinos se sumaron a los reunidos en ambos lados de la calle. La mayoría llevaba consigo herramientas agrícolas, hachas de leñador y otras armas improvisadas, pero algunos tenían espadas enfundadas en la cintura. A pesar de que los soldados a quienes enfrentaban los aventajaban, no estaban dispuestos a dejarse intimidar.

''Repito, despejen el camino'', dijo Gunthar.

Una piedra golpeó el escudo de Cithria como respuesta. Bakker, el soldado que estaba junto a ella, hizo el intento de desenvainar su espada, la hoja siseando mientras la extraía de su funda.

''¡Sin espadas!'', gritó Cithria, colocando su mano sobre la empuñadura. ''¡Son demacianos, aquellos a los que juramos proteger!''

Bakker, quien era mayor y contaba con más experiencia que Cithria, frunció el ceño y la hizo a un lado, pero el sargento-escudo lo detuvo con una orden cortante.

''Ella tiene razón'', gruñó Gunthar. ''No desenfundarán ninguna espada a menos que yo lo ordene''.

La multitud se tornó más agresiva, gritando y acorralándolos de forma amenazadora.

Entre el escándalo, Cithria alcanzó a distinguir algunas voces individuales.

''¡Pagarás por ello, cerdo!'', gritó una mujer.

''¡Atrápenlo, atrápenlo!'' clamaba un hombre ya más bien anciano que parecía ser un exsoldado.

''Deberíamos entregárselo'', masculló Bakker.

Cithria le lanzó una mirada fulminante. ''¡El emisario Arjen está bajo nuestra protección jurada!'', chistó. ''¿Dónde está tu honor?''.

''No es más que un mago'', dijo otro soldado, a quien Cithria no alcanzó a ver.

Una pesada jarra de barro colisionó contra la formación de los soldados, haciéndose añicos contra un escudo. Un pesado trozo de mampostería, lanzado desde arriba, golpeó a un soldado en su hombrera, tumbándolo sobre sus rodillas. Sus compañeros lo ayudaron rápidamente a ponerse de pie y, al alzar la mirada, Cithria vio gente que aparecía en los techos que los rodeaban.

Observó cómo un hombre encapuchado lanzaba algo. De forma instintiva, Cithria levantó su escudo por lo alto para proteger al emisario, quien estaba parado detrás de ella. Una herradura oxidada golpeó su superficie curva antes de rebotar, sin causar daños. Si hubiera golpeado en el lugar correcto, habría sido letal.

El mago asintió a modo de agradecimiento. Ya no sonreía.

''Te sacaremos de aquí ileso, lo juro por mi honor'', dijo Cithria.

Los habitantes los habían acorralado, aún gritando, aunque ninguno de ellos daba señales de querer acercarse demasiado. No obstante, Cithria sabía que solo era cuestión de tiempo antes de que alguien fuera a la carga, y temía lo que podía suceder una vez que eso pasara.

''¡Tenemos que salir de aquí!'', gritó, mientras más piedras, ladrillos y escombros rebotaban contra la armadura de los soldados.

''Si arremetemos contra ellos, habrá víctimas civiles'', dijo el sargento-escudo Gunthar.

''Puede que no tengamos otra opción'', dijo Cadstone. A regañadientes, Cithria estuvo de acuerdo. A menos que...

''¡Esa puerta!'', gritó, señalando una fachada cerrada y enrejada cercana.

''Vale la pena intentarlo'', dijo Gunthar. ''¡Semicírculo, a mi señal!''

Los demacianos cambiaron su formación sutilmente, ensamblando una barrera de escudos curva, con sus espaldas contra la fachada.

''¡Cithria! ¡Bakker!'', ordenó Gunthar. ''¡Derriben esas puertas!''.

El par rompió filas. Los cazadores de magos y Arjen permanecieron dentro del cordón de protección de los soldados, mientras Bakker empujaba impacientemente al emisario.

''Quítate, mago'', gruñó.

Cithria vio cómo Arjen respiró hondo para mantener la calma y no responderle. Se apresuró hacia las puertas, rodeando al mago, y le hizo un gesto afirmativo a Bakker.

''A la cuenta de tres'', dijo él. ''Uno, dos, ¡tres!''

Al unísono, patearon la puerta doble con fuerza.

''¡De nuevo!''.

Golpearon tres veces más, poniendo todo su peso en las patadas, hasta que hubo un crujido agudo y las puertas se abrieron hacia dentro.

''¡Vayan!'', gritó Gunthar. ''¡Llévense al emisario y a los cazadores, y encuentren una salida! ¡Los retendremos aquí!''.

Al ver cómo el objeto de su furia estaba por escapar, la turba se abalanzó contra la barrera de escudos.

''¡Ven conmigo!'', ordenó Cithria, entrando a la tienda oscura, con el escudo arriba frente a ella. ''Tiene que haber una puerta trasera''.

Al parecer, la tienda le pertenecía a un fabricante de velas. Cientos de velas de cera estaban alineadas en los estantes, y un amplio surtido de esencias florales bombardeó a Cithria.

''¡Aquí!'', gritó Bakker, desapareciendo hacia el fondo de la tienda.

''Quédate cerca'', dijo Cithria, y el emisario de Pergomarca, flanqueado por los cazadores de magos, pasó tras ella mientras seguía a Bakker, quien se adentraba en la tienda.

Encontró una puerta que llevaba a un depósito lleno de barriles, pilas de cajas y costales. Estaba tan oscuro que Cithria apenas podía ver la silueta de Bakker a solo unos metros frente a ella.

Sylas · ilustración de personaje de Riot GamesRiot Games

''Si tan solo tuviéramos una vela...'', mencionó Arjen afablemente, provocando que Cithria resoplara de la risa; tuvo que cubrirse la boca para contenerse. No era momento para ligerezas.

Entonces, se escuchó un sonido de madera crujiendo y la luz entró de repente al depósito, mientras Bakker abría la puerta trasera de una patada. El callejón que se vislumbraba estaba despejado.

Bakker le abrió paso a Cithria y a los demás.

''¡Muévanse!'', dijo. ''¡Yo cubriré la retaguardia!''

Cithria asintió y avanzó hacia delante, guiando a Arjen y a los cazadores de magos. No había dado ni diez pasos cuando alguien salió de las sombras de un callejón lateral, bloqueando su camino.

Era una mujer pelirroja con una pesada ballesta entre sus brazos. En cuanto Cithria se detuvo, con una mano en alto para alertar a los que venían detrás, la mujer alzó el arma en su dirección.

El tiempo pareció detenerse.

La nieve caía de nuevo, los copos pesados descendían silenciosamente. Aquí, en el callejón detrás de la avenida principal, el clamor de la multitud y los gritos de sus compañeros soldados apenas eran audibles.

Cithria vio que los ojos de la mujer estaban rojos, como si hubiera estado llorando, su semblante delataba su desesperación.

¿Qué había conducido a este pueblo a este estado? La gente de la tierra natal de Cithria era honesta y estoica. ¿Por qué en este pueblo todos estaban tan enojados?

''Hazte a un lado'', dijo la mujer a Cithria, implorando con su mirada. Su voz se quebraba y se ahogaba por el sentimiento. ''Por favor''.

''Este hombre es un emisario proveniente de una nación aliada'', dijo Cithria tranquila, de la misma manera en que le hablaría a un corcel asustadizo. ''No puedo permitir que le ocurra algo malo''.

''¿Qué?'', preguntó la mujer, frunciendo el ceño.

''No lo hagas'', contestó Cithria. ''Este hombre está bajo la protección de Demacia''.

Fue entonces que la mujer rio; el sonido era desesperado y casi maníaco.

''No es él a quien quiero'', dijo ella. ''Es al cazador. A él''.

Ese fue el instante en que Cithria se percató de que la ballesta apuntaba a Cadstone.

''¡Mi hija nunca hizo nada malo!'', dijo la mujer, con lágrimas cayendo por sus mejillas. ''Kyra eligió dar un paso adelante, para advertir a los cazadores de magos sobre su poder. Ella no quería meter a nadie en problemas, ni quería causarle dolor a su familia ni a la ciudad. ¡Todos la querían! Todos estos problemas... ¡Ustedes los causaron!''.

''Te llevaste a su hija...'', exclamó profundamente Cithria, mirando a Cadstone.

El cazador de magos asintió sombríamente.

''Tuvimos que hacerlo'', dijo él. ''La ley fue modificada. Todo ciudadano con poderes mágicos conocidos, ya sean benignos o malignos, ahora tiene que someterse a juicio. Todos los magos del reino''.

''¡Ella era apenas una niña!'', gritó la mujer, con la ballesta dirigida hacia el cazador de magos. ''¡Usted la encerró! ¡Con todos esos criminales! ¡O probablemente fue exiliada y ahora se encuentra más allá de las fronteras, sola! ¡Usted la condenó!''.

Cithria inhaló sorprendida, convencida de que dispararía una flecha... pero no fue así. Al menos no por el momento.

''¡Kyra no era amenaza para nadie!'', lloró la mujer. ''Solía llorar hasta quedarse dormida, deseando haber nacido como los demás. Y usted se la llevó. Es un monstruo''.

''La ley es la ley'', dijo Cadstone.

''Entonces la ley está mal'', dijo la mujer. ''Ella era mi vida y usted me la arrebató. Ahora le arrebataré la suya''.

Su dedo se tensó en el gatillo... pero dudó en el instante en que Cithria se interpuso entre ella y el cazador de magos.

''Hazte a un lado, por favor'', dijo la mujer, llorando. ''No quiero ver a nadie afectado más que al responsable de esto''.

''No puedo dejar que hagas esto'', dijo Cithria. ''Baja la ballesta''.

''Mi vida se terminó'', dijo la mujer. ''La de él también debería terminar''.

''Si haces esto, ya no habrá marcha atrás'', dijo Cithria. ''¿Qué ocurrirá cuando tu hija regrese a casa, pero tú no estés aquí por la decisión que tomes ahora?''.

''Nunca se ha vuelto a ver a alguien que los cazadores de magos se hayan llevado'', dijo la mujer. ''Kyra jamás regresará a casa''.

La profundidad que tenía la desesperación en su voz era desgarradora, y Cithria podía sentir cómo la hería en sus adentros.

''Eso no lo sabes'', le rogó Cithria. ''Ella merece que estés aquí si regresa. Te necesitará''.

El rostro de la mujer se arrugó por el dolor, sus ojos se cerraron y las lágrimas no paraban de correr por sus mejillas. Pero no bajó la ballesta.

Cithria avanzó un paso, llegando hasta ella.

''Yo te ayudaré'', le dijo a la mujer. ''Te prometo que haré todo lo que esté en mi poder para averiguar dónde está tu hija''.

Cithria sabía que su intento por llegar hasta la mujer estaba fracasando. A esa distancia, la potencia de una ballesta grande perforaría directamente su armadura.

''Por favor'', dijo. ''Debes ser fuerte. Por Kyra''.

La mujer colapsó sobre sus rodillas, la fuerza la abandonó por completo. Pero al dejarse caer, finalmente cediendo ante el dolor y el agotamiento, su dedo apretó el gatillo.

Se escuchó un clic, seguido de un chasquido agudo y la ballesta disparó.

La flecha cruzó los aires y rebotó en uno de los muros blancos de piedra del callejón. Cithria giró cuando la letal flecha pasó siseando junto a Cadstone y Arno, sin atinarle al joven y nervioso cazador de magos por unos pocos centímetros; no obstante, se dirigía directamente contra Bakker.

Cithria observó cómo el emisario de Pergomarca hizo un ligero movimiento con sus dedos, un giro sutil de su mano. La flecha cambió de rumbo, como si se hubiera estrellado contra un muro angulado invisible que estaba justo frente a Bakker, y giró inofensivamente sobre su hombro.

La piel de la nuca de Cithria se erizó por lo que acababa de presenciar.

Bakker estaba atónito. La flecha debió haberlo herido en el cuello y Cithria pudo ver en su expresión que él lo sabía. El gigantesco emisario cubierto con pieles de oso le dirigió un ligero guiño.

El joven cazador de magos yacía en el suelo, respirando con dificultad. Cadstone estaba apoyado contra uno de los muros del callejón. La mujer estaba arrodillada en el suelo cubierto de nieve, su cuerpo estaba destrozado de tanto sollozar.

Cithria se apresuró hacia ella y, con gentileza, le quitó de sus temblorosas manos la ballesta. Después, abrazó a la mujer.

''No la arresten'', dijo Cithria, mirando a Cadstone. ''Solo fue un accidente''.

Atribulado, el cazador de magos dudó.

''Nadie resultó herido'', continuó Cithria. ''Ella ya ha sufrido demasiado. Por favor''.

Cadstone suspiró y se talló los ojos.

''Este no es un asunto que le concierna a mi orden'', dijo finalmente. ''Como no hubo magia involucrada, te dejo esa decisión a ti''.

Cithria cruzó miradas con Bakker... pero él no dijo nada.




La turba de gente se abalanzó contra la barrera de escudos demaciana, pateando y subiendo la intensidad de su embestida. Botellas y rocas se estrellaban contra los escudos y cascos, pero los soldados no desenfundaron sus armas.

Hubo un grito cuando Cithria salió una vez más de la tienda de velas, conduciendo a la mujer de cabello rojo con un brazo sobre su hombro; en ese momento, los vecinos retrocedieron.

''¿Rosalyn?'', exclamó el corpulento herrero.

''Kyra no querría esto'', dijo la mujer. ''No querría que nadie saliera lastimado por su culpa''.

Su aparición repentina provocó que la multitud se detuviera por un momento. Algunos de ellos siguieron luchando, embistiendo contra la barrera de escudos, pero otros retrocedieron, abruptamente inseguros de sí mismos.

''¡Despejen la calle!'', rugió Gunthar. ''¡Márchense ahora y no habrá repercusiones!''

Los habitantes observaron al herrero.

''Hagan lo que él dice'', dijo finalmente. ''Se terminó''.

La furia y el rencor de la multitud se disiparon como la neblina del amanecer bajo los rayos del sol. Al poco tiempo, lucían nuevamente como ciudadanos normales, sus rostros ya no estaban retorcidos por el enojo y la furia. Varios murmuraron y bajaron la mirada, avergonzados.

A la señal de Gunthar, los soldados abrieron filas para permitir que el herrero pasara entre ellos y tomara a la mujer entre sus brazos.

''¡El resto de ustedes, váyanse a casa!'', le ordenó Gunthar a la multitud ambulante. Pudo haberlos reunido y encerrado con cadenas, pero a Cithria le alegró que él optara por ser indulgente.

Cithria miró a su alrededor. Milagrosamente, además de algunos rasguños y moretones, nadie había resultado realmente herido, ni los soldados ni los ciudadanos de Cordillera Deshielo. La gente del pueblo se alejó, llevándose las carretas con ellos.

Su sargento-escudo, Gunthar, miró a Cithria con alivio.

''No sé qué fue lo que hiciste'', dijo, sacudiendo su cabeza, ''pero lo que haya sido, ayudaste a evitar el desastre hoy, soldado''.

Cithria se sintió cansada de golpe, y no tuvo la energía suficiente para responder. Asintió aturdida y se dejó caer con fuerza en un escalón cercano.

Los soldados aún vigilaban a los últimos habitantes de la aldea con recelo. Bakker permaneció cerca, su expresión se nubló. La mirada de Cithria se desvió hacia el par de cazadores de magos, cuyas expresiones eran sombrías. Después miró a la mujer, Rosalyn, quien lloraba en los brazos del herrero.

Todos ellos eran demacianos y todos eran de buen corazón, pero las acciones recientes los habían puesto unos en contra de otros.

Tiempos difíciles se avecinaban para Demacia, pensó.

No, se corrigió a sí misma.

Ya estaban aquí.

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Ian St Martin · Relato completo

En el fin del mundo

Publicado 2018-12-05

''Siete veces'', dijo Ysard Tomyri, conteniéndose para no subir el volumen de su voz y mantener una expresión neutra.

El Capitán Oditz no respondió a su primer oficial con inmediatez, ya que su atención estaba centrada en los mapas e informes que cubrían su mesa, o al menos simulaba estarlo. Había sido Oditz quien la había llamado y, al igual que muchas otras cosas que habían ocurrido durante su breve servicio juntos, hacer que se parara en firmes en sus aposentos a bordo del Kironya era, sobre todas las cosas, una demostración de poder.

''Solicito una audiencia con el alto mando'', dijo Ysard, esta vez no estaba dispuesta a participar en el juego del capitán.

''Yo hablo por el alto mando aquí, Comandante Tomyri'', contestó Oditz sin levantar la mirada. ''Un hecho que parece ignorar o que simplemente se niega a aceptar''.

''Siete veces'', repitió Ysard. ''Solicité una audiencia, no para pedir ni para rogar, sino para prometer''.

''¿Para prometer?'' el Capitán alzó la vista de los pergaminos extendidos, finalmente mirando a Ysard.

''Así es'', contestó ella. ''Para prometerles la gloria de la victoria que obtendré para ellos, las tierras y las personas que traeré al imperio, ya sea por palabra o por la espada. Todos los días se están movilizando expansiones, se envían representantes fuera de nuestras fronteras para asegurar nuevas tierras para Noxus. Puedo ganarlas para ellos. Lo único que requiero es un comando bajo mis órdenes''.

''Ya hemos discutido al respecto'', murmuró Oditz. ''Siete veces, como bien lo sabe. Es el alto mando quien decide cómo interpretar la voluntad de la Trifarix, no sus subordinados''.

Ysard se tensó. La frustración desgastaba su paciencia. ''Cuando el Capitán Hurad cayó ante los piratas en la costa de Ruug, fui yo quien llevó a la tripulación del Kironya a la victoria, no usted. Fui yo quien lideró el abordaje de la embarcación de los corsarios y, cuando el último de ellos cayó, fue mi nombre el que se vitoreó. Se sintió bien. Después de semejante victoria, yo esperaba...''

''¿Qué?'', preguntó Oditz. ''¿Su propio comando? ¿Tras derrotar a una turba de freljordianos desnutridos y enviarlos de vuelta al mar? Usted cree que debería estar sentada en este puesto, y no yo. Y debido a que no lo está, ignoró mi autoridad y solicitó una audiencia con el alto mando''.

Con calma, el Capitán Oditz dejó su pluma y se levantó de su asiento. Se irguió ante Ysard. La luz dejaba ver unas viejas cicatrices en sus rasgos, consecuencia de una vida de guerra. ''Yo me habría encargado de que usted fuera despojada de su rango y arrojada a los fosos por su falta de respeto, Comandante Tomyri'', dijo tenso. ''Pero tal parece que el destino intervino a su favor''.

Presentó un pergamino y lo extendió hacia ella.

El sello del pergamino estaba roto, por lo que el contenido ya era conocido para Oditz o para sus asistentes, como su derecho lo estipulaba.

''Tómelo. Y salga de aquí''.

Tras un instante de duda por la sorpresa, Ysard tomó el mensaje. Se despidió y se dirigió hacia sus aposentos, desenrollándolo y leyendo rápidamente su contenido.

Era como si una corriente de acero fundido se hubiera vertido desde un crisol hasta su corazón. Ysard sintió fortuna en el viento por primera vez en su espalda. Por fin sus habilidades podrían aprovecharse al máximo.

La habían llamado a la capital. Por fin, un comando le pertenecía.




El puerto estaba rebosante de actividad. Mercaderes, comerciantes y trabajadores portuarios se amontonaban junto a las tripulaciones en un flujo constante de embarque y desembarque de navíos. Extrañas bestias dejaban escapar lamentos desde sus jaulas de hierro, destinadas a estar en las arenas para las competencias o en los hogares de la élite para unirse a sus colecciones exóticas. Cargamentos con alimentos de todos los rincones de Runaterra eran descargados de embarcaciones comerciales y distribuidos para alimentar al sinnúmero de ciudadanos de la infértil tierra natal de Ysard. Era una escena asombrosa: un estuario viviente donde nuevos bienes, culturas e ideas llegaban al imperio, expandiéndolo, enriqueciéndolo y haciéndolo cada vez más fuerte.

Todo esto, junto con la ciudad en crecimiento constante, estaba a la sombra del Bastión Inmortal. Ysard contempló la majestuosidad de la antigua estructura desde una calle del puerto, sus altos e inmensos muros y torres estaban cubiertos con los estandartes del imperio. No existía una mejor manifestación del poder noxiano; el poder mismo que surgía dentro de su corazón.

Ysard se tomó unos breves minutos para absorber la vibrante escena que tomaba lugar a su alrededor, antes de que su rostro adoptara una expresión brusca y la mente eficiente de una comandante se apoderara de sus pensamientos.

Una gran expedición la aguardaba y se desplazó rápidamente hacia donde su embarcación estaba atracada.

El Ardentius le daba la impresión a Ysard de ser una nave de una época pasada con cicatrices que le hacían juego. Las heridas acumuladas a lo largo de décadas de servicio se extendían y picaban el casco como si fueran telarañas, desde la maltratada punta de lanza de la proa hasta la madera crujiente de su castillo de popa. Estas fragatas de menor tamaño fungieron como escoltas para los navíos de guerra más grandes, como el Kironya. Estaban diseñadas para convertirse en astillas contra las estacas enemigas, para absorber impactos como interceptores y para ser útiles hasta el último momento antes de ser destruidas o hundidas. Ante los ojos de Ysard, ambos escenarios parecían muy probables en el caso del Ardentius.

La tripulación en su cubierta era apenas mejor. Una variedad de hombres y mujeres mugrientos trabajaban juntos en una turba desordenada, y pasaban más tiempo intercambiando insultos que acarreando provisiones o cargamento. No eran más de sesenta personas, apenas suficiente para considerarse una tripulación. Ysard hizo una mueca de desagrado.

Se obligó a desalojar el desprecio de su rostro. Las herramientas que le habían proporcionado eran modestas, pero no tenía importancia. Eso haría aún mejores las victorias que obtendría.

''Tú'', llamó al capataz provocando que se apartara de la tripulación reunida a la que estaba dando órdenes. Este se giró, se alisó el cuello de su desgastado impermeable de piel y se acercó con una sonrisa de calma y seguridad que hizo que Ysard rechinara sus dientes.

''Asegúrate de que el cargamento y la tripulación estén preparados para partir de inmediato'', dijo Ysard secamente. ''No pretendo que mi navío zarpe con retrasos''.

''¿Tu navío?'' La voz del hombre tenía un timbre barítono áspero. Frunció el ceño por un instante antes de caer en cuenta. ''Ah, así que tú eres la pródiga noxiana con la que estoy atrapado. Puedes manejar tu navío como quieras, y si dejas de molestar, podremos zarpar tan pronto tenga preparado el resto de mis cosas''.

''¿Cómo te atreves?'', dijo Ysard enrojecida por su impertinencia y con la mano cerrándose en la empuñadura de la ornamentada espada en su cadera. ''Dime tu nombre''.

''Ordylon'', contestó el hombre aparentemente despreocupado. ''Aunque mis amigos me llaman Niander''.

''Niander Ordylon'', Ysard repitió su nombre. Observó los pesados contenedores que se cargaban en el Ardentius, marcados como arneses de carga, redes y carcasas de jaulas. ''¿El Amo de las bestias?''

''Ah, entonces sí has oído hablar de mí''.

Eran pocos en la capital los que no habían escuchado sobre él. A pesar de que había pasado muy poco de su preciado tiempo en las arenas (después de todo, había un imperio por el que luchar), Ysard sabía que el nombre ''Ordylon'' era sinónimo de demostraciones teatrales de criaturas letales peleando, acompañadas del rugido de la multitud.

¿Qué hacía él aquí?

Ysard recuperó la compostura. ''No me informaron que también estarías a bordo''.

''Bueno, pues aquí estoy''. Le entregó a Ysard un pergamino con el emblema del Capitán Oditz. Ordylon se percató de su ceño fruncido y le dirigió una sonrisa conspiratoria mostrando todos sus dientes. ''Parece que seremos camaradas''.




Ysard se paró en la proa de su fragata examinando el horizonte. Luego de zarpar, la embarcación se había formado en la fila de naves que buscaban atravesar por la boca del río hacia el océano. Las horas de espera desembocaron en una inspección áspera y meticulosa por parte de los soldados encargados de las instalaciones fortificadas que protegían la entrada a Noxus por vía marítima. Después de haber revisado cada centímetro del Ardentius y tras escudriñar las órdenes de Ysard al menos en seis ocasiones, le otorgaron la autorización para partir.

Ysard había visto el océano varias veces, pero nunca desde una embarcación a su cargo. Siempre le resultaba tanto impactante como hermoso: un plano ilimitado de azul profundo, separado del cielo por un delicado vapor proveniente del calor del sol de mediodía.

Y ahora, en algún lugar frente a ellos, aguardaba el destino de Ysard. Una nueva tierra a explorar, conquistar e incorporar al imperio noxiano.

Había probado la gloria, la cual ganó con el filo de su espada, pero ese episodio difícilmente sería una hazaña que resonara eternamente. Y aunque tratara de olvidarlo, Ysard siempre llevaba consigo los recuerdos de ser una solitaria niña de la calle, jamás entregándose del todo a la colectividad y nunca confiando en nadie, salvo en ella misma.

Mientras ella cargara con eso, no se detendría.

Miró hacia atrás, por encima de su hombro, al escuchar unas fuertes pisadas sobre la cubierta. Al ver que se acercaba el Amo de las bestias, se apresuró a escribir una última anotación en un diario con una cubierta de cuero gastado, antes de cerrarlo y guardarlo en el bolsillo de su abrigo.

''Qué vista, ¿eh?'' dijo Ordylon, apoyando sus nudillos contra el barandal.

Ysard se enfureció. ''¿Por qué estás aquí?''

''Necesitaba un barco''.

''Este es mi barco'', dijo Ysard. ''Y mi expedición. Mientras no lo olvides, no tendremos problemas''.

Ordylon se encogió de hombros. ''Juega al soldado todo lo que quieras. Lo único que me importa es que lleguemos allá sin percances, así que mantente fuera de mi camino mientras encuentro lo que estoy buscando''.

Ysard lo miró. ''¿Y eso es?''

''Un monstruo, querida''. Él sonrió. ''Uno espectacular. Algo que me alejará de mi lecho de muerte''.




Tres semanas en mar abierto, por fin los llevaron al borde más alejado del Delta Sinuoso. Decenas de masas continentales salpicaban el área, desde pequeños montones de arena y barro apenas resistentes para pararse sobre ellos, hasta islas lo suficientemente grandes como para albergar aldeas enteras. El archipiélago era la puerta de entrada hacia el continente austral de Shurima, así como a las regiones inexploradas en sus límites orientales.

Los canales estaban repletos de botes pequeños y balsas. Los pescadores y los comerciantes locales intentaban hacer negocios. La llegada de un buque noxiano, incluso uno de escolta como el Ardentius, era un acontecimiento extraño que causaba gran conmoción. Muy pocos habitantes de los ríos del archipiélago dejarían pasar una oportunidad de hacer negocios como esta.

Al caminar de su camarote a la cubierta principal, Ysard notó que el casco de su barco estaba rodeado por lugareños. Hombres y mujeres clamaban de pie desde el vaivén de sus botes, sostenían manojos de pescados y un sinfín de baratijas para incitar a los soldados navales y a la tripulación a mirar hacia abajo desde las barandas. Ordylon estaba abajo con ellos hablando en su lengua nativa mientras sus cazadores negociaban y cotejaban el conocimiento local con sus mapas.

''No tenemos tiempo para esto'', dijo Ysard. Por un breve momento pensó en dirigir las armas del barco hacia los botes y sampanes que bloqueaban el camino, pero pronto desechó la idea. Habría sido un gasto innecesario de recursos de la expedición, que ya de por sí eran escasos, y los lugareños le eran más valiosos vivos.

''Relájate'', le dijo Ordylon al inspeccionar una pieza de madera intrincadamente tallada, antes de lanzarla de vuelta a un comerciante desilusionado. ''Las aguas se tornan peligrosas después de este punto. No te apresures a rechazar un rostro amigable''.

Ysard no cedería. ''Nos abastecemos de provisiones, agua fresca y un guía. Nadie irá hacia la orilla''.

Ordylon le envió un saludo irritantemente sincero antes de retomar su conversación con los lugareños. Ysard dejó de pensar en el Amo de las bestias para observar el cuadro de soldados navales noxianos a bordo, asegurándose de que vigilaran algunos puntos a lo largo de la embarcación. Cuando terminó de inspeccionar los cañones del barco y a sus artilleros, miró cómo Ordylon le gritó a un hombre en un sampán que subiera a la cubierta.

''Ya tenemos un guía'', dijo él, reclinándose mientras el hombre le hablaba en la lengua local. ''Nos da la bienvenida al Delta Sinuoso y dice que nos puede llevar río arriba''.

''Bien'', dijo rápidamente Ysard, ansiosa de ponerse en marcha.

El guía volvió a dirigirse a Ordylon. ''Pero él pregunta, ¿por qué vamos río arriba?'' dijo el maestro cazador. ''¿Por qué quieren ir para allá?''

''Dile'', dijo Ysard, ''que una vez que terminemos, esto le pertenecerá a Noxus''.




Después de reabastecer sus provisiones con una atípica selección de frutas locales y de conserva de pescado, la expedición zarpó dejando atrás el centro comercial flotante. El archipiélago se condensó y los caminos laberínticos entre las islas se estrecharon hasta que la única ruta disponible para el Ardentius fue un río ancho y oscuro que los adentraba más hacia la jungla.

Los días transcurrieron en un tramo sin novedades mientras la naturaleza impoluta los confrontaba. El corazón de Ysard se hinchaba de orgullo al pensar que ella y su tripulación eran los primeros noxianos en ver esta jungla indómita. Aquí había belleza, la vibrante flora explotaba con árboles gigantescos y frondosos envueltos en deslumbrantes flores multicolores.

Había algo más aquí.

Mientras el guía del río los conducía renuentemente hacia las profundidades, señalando los puntos de referencia y manteniendo la embarcación lejos de los arrecifes y de las aguas poco profundas, un mal presentimiento se apoderó de Ysard: primero como una fantasía para luego tornarse en algo más real e insistente. Una oscuridad permeaba cada centímetro alrededor del río, como si estuviera ahogado en una sombra que no podía verse, solo sentirse.

Ysard se dio cuenta de que su mano se acercaba a la espada que pendía de su cadera sin siquiera pensarlo. Alejaba su mano antes de cruzar deliberadamente los brazos sobre su pecho y forzar a su mente a concentrarse.

Pero el horror mudo seguía allí saturando todo aquello que podía ver.




Ysard se encargó de que su comando se mantuviera alerta, consultaba al timonel del barco mientras él trabajaba trazando el curso del río, seguido por una inspección de los depósitos de la embarcación. Se encaminó de nuevo hacia la cubierta principal sacando un gusano roedor de su porción de galletas Acantilados Sangrientos, cuando escuchó unos gritos.

''¿Qué sucede?'' preguntó mientras subía a la cubierta principal.

Ordylon estaba escuchando al guía. ''Dice que no continuará más''.

Ysard frunció el ceño. ''¿Por qué aquí?”, miró a su alrededor. El río y la jungla no aparentaban ser diferentes a nada de lo que hubiera visto durante los últimos días. No obstante, el hombre del río estaba aterrorizado, como si hubieran atravesado una barrera invisible que nunca debieron haber cruzado.

El hombrecillo gesticuló frenéticamente hacia la tripulación que lo rodeaba. Señaló las manchas rojas de carne viva que brotaban en sus cuerpos. Ysard ya había notado que este padecimiento se esparcía entre su tripulación, a pesar de sus esfuerzos por adivinar su causa. Incluso encontró señales de eso en ella misma.

''Es la jungla'', tradujo Ordylon mientras el guía pataleaba. ''Dice que nos está castigando. No nos dejará entrar''.

Pequeño cobarde, pensó Ysard.

Miró a Ordylon. ''Que así sea. Expúlsalo de mi barco ahora mismo, arrójalo por la borda si es necesario. No daremos marcha atrás''.




El Ardentius continuó navegando, ahora por más de una semana de viaje hacia el interior. Durante los días anteriores el viento no sopló para hinchar sus velas, ni hubo una pequeña brisa que lo impulsara. Bajo las órdenes de Ysard, algunos equipos de la tripulación habían desembarcado, vadeando hasta sus hombros mientras batallaban para arrastrar la fragata con cuerdas y pesadas cadenas. El esfuerzo fue enorme y, por culpa de la traición de las riberas movedizas del río, la tripulación continuó después de encontrar la corriente con nueve almas menos.

La bruma envolvía el río bloqueando la visión. La línea de árboles primordiales aumentaba expandiéndose sobre el agua para unir las riberas opuestas a través de las profundas copas de los árboles que se cerraban y robaban el más mínimo rastro de luz. Ysard tenía la clara sensación de que la embarcación se movía cuesta abajo y no hacia delante, adentrándose en el corazón oscuro de esta tierra inexplorada.

La jungla se los estaba tragando.

La lluvia llegó sin aviso y prosiguió durante días perforando, de alguna manera, el impenetrable dosel arbóreo de la jungla para empapar al Ardentius y a su tripulación. Era como si este lugar buscara activamente desarmarlos castigando a los intrusos por atreverse a allanar su territorio. La tripulación creía lo mismo.

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La partida del guía del río repercutió sobre ellos con la fuerza opresora de un nubarrón. Los más supersticiosos murmuraban, veían presagios oscuros en cada árbol y en la forma de cada ola que creaba el casco de la fragata al atravesar las sombrías aguas del río. Incluso los soldados navales más incrédulos estaban nerviosos, capaces de escuchar tales divagaciones hasta el punto de comenzar a ver patrones ellos mismos.

En su corazón, Ysard sabía que no faltaba mucho para que la tensión quebrara a algunos de ellos, por lo que tendría que sentar el ejemplo. Antes de lo que pensaba y esperaba, sus predicciones se hicieron realidad.

''¡Haz que el barco dé la vuelta!'”, irrumpió un grito lleno de pánico. ''¡Ahora!'”.

''Tranquilo, Kross'', dijo Ordylon, esforzándose por no alzar la voz.

''Esta es una embarcación de la muerte. Un barco maldito''. El cazador avanzó hacia Ordylon tomándolo por las solapas de su impermeable. ''Todos escucharon al hombre del río: nada regresa de esta jungla. ¡Nada ni nadie!''

Ordylon echó un vistazo sobre la tripulación circundante, grandes gotas de condensación caían de la ancha visera deshilachada de su sombrero. Lo vio en sus ojos, las palabras de Kross se reflejaban en cada uno de ellos.

''Nada de eso'', gritó mientras hacía retroceder a Kross de un empujón. ''Aquí no hablaremos de maldiciones. Contrólate''.

''Tenemos que regresar'', rogaba el cazador delirante con una mirada de locura mientras repetía la súplica una y otra vez. ''Tenemos que...'”.

Kross nunca terminó su oración. Resopló fuerte mientras la punta de una espada emergía de sus costillas. Luego se desplomó sobre la cubierta.

Ysard limpió su espada. En ocasiones, tener la razón era una carga pesada a soportar.

''He cazado junto a ese hombre por más tiempo del que tú llevas viva'', gruñó Ordylon. ''Qué te da el derecho...'”.

''No nos detendremos'', dijo Ysard fríamente. ''Por nada ni por nadie''.




Un chirriante choque tiró a Ysard de su litera. Se puso de pie enseguida, ajustó sus armas y se apresuró hacia la cubierta.

El fin del río había llegado abruptamente. La ensenada parecía como si las marañas de enredaderas y de árboles escurridizos hubieran sepultado el agua, alimentados por un abanico de corrientes que chorreaban de la jungla o que emergían de las profundidades del suelo lodoso.

''El río está obstruido'', dijo Ordylon, señalando el muro de árboles frente a la embarcación. ''Tendremos que dar la vuelta. Encontrar otra vía''.

Ysard elevó su catalejo revisando el horizonte. Arrastrar el Ardentius para encontrar otra ruta requería una cantidad de tiempo que ella no tenía. Al mirar a sus soldados reunidos y a la tripulación experimentada, Ysard dudó que sus sobrevivientes, desgastados y alterados, fueran capaces de mover la embarcación de esa manera.

Diez de ellos habían muerto en los últimos días; uno fue ejecutado cuando se negó a encargarse de su puesto y seis más debido a una enfermedad extraña y contagiosa que los aquejaba. Los otros tres habían desaparecido durante la noche; sus relevos no encontraron rastro alguno de ellos a la mañana siguiente.

''Mantendremos una tripulación mínima a bordo y nos aventuraremos a partir de aquí'', les dijo Ysard a sus filas. ''O encontraremos algo valioso para reclamar para el imperio o estableceremos un puesto de avanzada para iniciar expediciones posteriores tierra adentro. Armero Starm, distribuya espadas al grupo de la costa''.

Starm dudó. ''Comandante... ¿Y las ballestas? ¿Y las bombas de pólvora?'”.

Ysard desenvainó su espada y se dirigió al grupo entero. ''Esas armas serán inútiles en los matorrales. Lo haremos a la antigua usanza''. Miró a Ordylon, quien había reunido a su grupo de caza alrededor suyo. ''A esto viniste, ¿no es así, Amo de las bestias?'”.

El maestro cazador seguía mostrándose seguro y bullicioso, incluso después de la mala experiencia del paso del río. ''Estamos tras uno grande, muchachos'', dijo. ''Traigan todo lo necesario para capturarlo y resguardarlo. Repartan la carga entre todos y alístense para moverse cuando los hombres de la comandante desciendan. Nos mantendremos cerca de ellos''.

Cuando sus hombres se dispersaron, Ysard se acercó a Ordylon. ''Me sorprende que por fin estemos de acuerdo en algo''.




La jungla era brutal. Ninguna otra palabra se le ocurría a Ysard. Todos los problemas del río no fueron nada comparados con esto.

Tuvieron que pelear para atravesarla macheteando y cortando la masa sólida de enredaderas y vegetación espesa. No había aire para respirar, solo una niebla densa y húmeda que escocía la garganta y los ojos. El agotamiento apareció rápidamente.

Ysard tenía una terrible sensación de ser observada desde todos y desde ningún lado a la vez. Uno a uno, los hombres comenzaron a desaparecer de la retaguardia y de los flancos. La mayoría de ellos se desvaneció en silencio, pero unos cuantos gritaron cuando fueron destrozados por la maleza pidiendo ayuda. En tan solo unas horas, la fuerza de treinta soldados navales y cazadores había sido menguada a la mitad. ''¡Manténganse juntos!'' gritó, secándose el sudor chorreante que caía hacia sus ojos.

Batalló por mantener la concentración, su cabeza zumbaba y su piel ardía por las manchas rojas que recubrían por completo su torso y sus extremidades. No podía detenerse ahora. No se detendría ahora. tenían que seguir avanzando.

El explorador que iba al frente emitió un llamado, por lo que Ysard se encaminó arduamente hacia la vanguardia de la fila. Delante de ellos había un pequeño claro dentro de la jungla con una charca superficial de aguas negras y turgentes al centro. Todo estaba muy encimado, pero igual era una bendición comparado con su travesía hasta ese momento.

''No toquen esa agua'', Ysard les ordenó a sus soldados, a pesar de su propia sed. ''Descansaremos por ahora, pero estén preparados para continuar''.

Al sentarse, Ysard alzó la cabeza para ver a Ordylon ofrecerle una golpeada botella de aluminio. Tras un momento, la aceptó a regañadientes mientras él se sentaba junto a ella. Ysard lo miró percatándose de que el aplomo que había sostenido a lo largo de todo su viaje comenzaba a flaquear.

''No te pongas muy sentimental'', dijo el cazador. ''Contigo o sin ti, yo estaría aquí en este lugar maldito. No me queda otra alternativa''.

Ysard frunció su ceño hacia él. Tras cerciorarse de que sus hombres no pudieran escucharlo, Ordylon se le acercó.

''Estoy en bancarrota'', susurró. ''Gasté hasta la última moneda que tenía para venir aquí, es la última oportunidad que tengo para salvar mi reputación. O regreso con una bestia que llene todas las arenas de espectáculos y liquide mis deudas, o mejor no vuelvo más''.

Ordylon suspiró quitándole su botella y tomando un trago corto.

''¿Y tú? ¿Qué te trajo aquí?'”.

''El deber'', respondió Ysard contemplando la jungla. ''Una vez que regrese de aquí llevándole este lugar a Noxus, lo nombrarán en mi honor. El nombre noble de Tomyri solía significar algo... antes del Gran General Swain y de sus purgas. Mi conquista pasará a la historia, será un legado para la eternidad''.

''Dijeron que eras vanidosa'', se rio entre dientes Ordylon. ''Supongo que se hartaron y organizaron esta misión imposible. Ahora veo a lo que se referían'', dijo con una curiosa suavidad. ''Y por eso lo siento''.

''Espera'', Ysard frunció el ceño mientras buscaba el significado de sus palabras, antes de que el sonido de un chapuzón de agua interrumpiera su descanso. ''¡Dije que se mantuvieran alejados de ahí!'' gritó.

''No somos nosotros'', dijo Ordylon, mirando hacia la jungla.

Ysard miró el estanque, observó en su reflejo cómo los árboles de arriba se sacudían. Las ramas se desprendían y caían sobre el suelo y el agua.

Fue entonces cuando lo escuchó.

Unas pisadas palpitantes, acompañadas por el sonido de árboles quebrándose y un retumbo grave y húmedo. Una forma comenzó a vislumbrarse desde la jungla, abriéndose paso entre la densa vegetación para asomar una enorme cabeza con colmillos.

Ysard se paralizó. Había visto basiliscos antes: como monturas de jinetes o bestias de carga. Había visto adultos tan grandes que podían demoler los muros de ciudades fortificadas.

Este era más grande.

La criatura los miró con furia y emitió un rugido tan fuerte que derribó a los que estaban de pie.

''¡Sí!'”.

La voz triunfal sobresaltó a Ysard sacándola de su estado de shock. Se dio la vuelta para ver al Amo de las bestias, quien golpeaba un arpón y unas boleadoras entre sí mientras le sonreía al monstruo.

''¡Anda, ven, hermosura!'”. Ordylon gritaba, la locura se apoderaba de su voz mientras blandía las herramientas de su oficio. ''¡Veamos quién es más grande, tú o yo!'”.

Ysard sentía cómo el suelo bajo sus pies temblaba con cada paso que el monstruo daba, era tan fuerte que le costaba mantenerse de pie. Escuchó el rugido primordial del basilisco, así como los gritos de los hombres, sabiendo que entre ellos estaba el del famoso Amo de las bestias.

Pero no volteó a ver lo que le había sucedido. Estaba demasiado ocupada corriendo en la dirección contraria.




Finalmente, Ysard se derrapó hasta detenerse en la orilla de un claro en la jungla. Colocó la mano contra un árbol para apoyarse mientras recuperaba el aliento. Ya no podía escuchar el alboroto de Ordylon ni al basilisco, pero imaginaba lo que había pasado al final. Tras varias bocanadas de aire, miró a su alrededor para constatar qué quedaba de su comando.

Había seis personas en total, ella incluida. Harapientos, agotados y aterrorizados, solo tres de ellos aún llevaban armas. Los cazadores de Ordylon se quedaron con su jefe hasta el final. La desolación se apoderó de Ysard como un golpe físico, por lo que batalló para no desplomarse sobre sus rodillas.

''¡Miren!'', exclamó uno de sus soldados, apuntando con su espada. Ysard miró por el claro y lo vio. Una forma arqueada cubierta por enredaderas, pero totalmente ajena a este ambiente sofocante.

Era una estructura de piedra. Se apresuraron hacia ella. Enredaderas y arbustos espinosos los golpearon mientras cruzaban el paso de la maleza.

El edificio era simple, una construcción austera completamente invadida por la jungla. Las gruesas enredaderas penetraban a través de la piedra derruida, probablemente eran lo único que la mantenía de pie. El crecimiento desmedido parecía antinatural, como si el lugar estuviera buscando intencionalmente subsumirlo y reducirlo a polvo.

Los sobrevivientes se dividieron y examinaron por todos lados el cubo bajo de piedra recubierto por plantas. Ysard se detuvo frente a él con una sensación que brotó de su garganta y no supo cómo definir. Arrancó el racimo de enredaderas que cubría la superficie para mirar la inscripción tallada en la piedra. Estaba en un idioma que había conocido toda su vida.

''Esto...'', su lengua se tornó gruesa y seca mientras batallaba por formar las palabras. ''Esto... esto es una Noxtoraa''.

Las revelaciones llegaron a Ysard como una marea revuelta. No eran los primeros del imperio en venir aquí. Hubo otros y, a juzgar por la experiencia de su propio viaje y el estado de este puesto de avanzada, su destino estaba claro. Como el de ella. La habían enviado aquí a morir.

Le otorgaron un comando que desesperadamente tomó llevándola al fin del mundo y a un lugar del cual nadie había regresado. Ysard había entregado cada fibra de su ser para forjar un legado.

En cambio, ahora estaba al borde del precipicio para tachar el nombre Tomyri de la historia en esta naturaleza sofocante.




No había nada para ellos en ese puesto de avanzada abandonado. Ysard guio al resto de los sobrevivientes de vuelta a la jungla macheteando un nuevo camino a través de la espesa maleza. Para sus mentes febriles, parecía como si las raíces frescas y las enredaderas se reacomodaran en su lugar tras su paso.

Cuando se encontraron con el Ardentius fue casi por accidente. Prácticamente corrieron hacia su proa.

La vegetación había consumido la fragata, incluso acaparando la ensenada que la rodeaba. Parecía como si la propia embarcación hubiera emergido de la jungla. Ysard observó formas que sobresalían de la cubierta como pilares rotos.

Su sangre se heló.

La tripulación había sido devorada y cubierta por la vegetación, al igual que el barco. Hombres y mujeres estaban de pie como estatuas cubiertas por enredaderas. ''La jungla'', tartamudeó. ''Lo ha tomado''.

El pánico se apoderó de los soldados restantes. ''¿Qué hacemos?'', gritó el armero Starm. ''¿Qué hacemos?'”.

''Vamos por el río'', murmuró Ysard. “Encontraremos una manera de volver a la ribera y la seguiremos hasta el delta''.

''No hay manera de que lo logremos a pie. Usted vio lo que les sucedió a los otros, comandante. La jungla...'”.

''¡Al diablo con la jungla!'' gritó. ''Son árboles y enredaderas, insectos y bestias. Tú eres un soldado de Noxus, no hay nada aquí que pueda derrotarte''.

Ysard no estaba segura de que ella misma creyera en lo que estaba diciendo. Había algo diferente en este lugar. Había una presencia oscura e imposible aquí, algo que ni siquiera el esplendor del imperio podía domar, pero ella no se rendiría ante la desolación.

''Si quieren morir aquí, solos y olvidados, que así sea''. Reunió lo último que quedaba de su fuerza. ''No aceptaré ese destino. Quien tenga la fuerza de seguirme, adelante. Este lugar no será el fin de Ysard Tomyri''.




El rugido grave de su estómago y los pensamientos sobre su familia esperándolo en casa, en la aldea, habían hecho que el chico atara su concentración a su cuerda de pescar mientras se acuclillaba junto a la ribera.

Como recompensa, sintió con un tirón firme. Exclamó un grito de triunfo aliviado al sacar al pez del agua, sacudiéndose y brillando con la luz. No se dio cuenta de la forma que flotaba hacia él hasta que estuvo a la distancia de un remo.

El chico frunció el ceño olvidando el pescado en su cubeta mientras el objeto se aproximaba. Anduvo por el agua hacia el suave lecho del río, tomándolo y llevándolo consigo hasta la ribera. La madera que arrastraban las corrientes tenía varios usos en la aldea y se podía comerciar... si lograba llevarla de vuelta a casa.

Pero no era madera. El muchacho se quedó sin aliento al ver que un rostro lo miraba a través de las capas de plantas trepadoras y musgo. Era una persona muerta, aunque no podía determinar si era hombre o mujer. Le recordó a los ancianos preservados que la aldea exhibía cada año para las fiestas de los ancestros. Estaba recubierta con trozos de una armadura oscura y golpeada, cuyos bordes eran de un rojo manchado, adornada con un símbolo oxidado que no significaba nada para él.

Había algo sujeto en sus manos enjutas y sin vida. Haciendo un esfuerzo, logró liberarlo.

Era un libro pequeño, envuelto ceñidamente en cuero desgastado y anegado.

Mientras el chico le daba la vuelta al diario entre sus manos, el cadáver estalló y de su interior se deslizaron lentamente enredaderas de un verde brillante. Una nube de esporas brillantes se elevó de la cavidad y el chico retrocedió tosiendo.

Con el libro en la mano, corrió rascándose por una insistente comezón que había comenzado en la parte trasera de su cuello; todos los pensamientos sobre el pescado quedaron en el olvido mientras huía a su casa.

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El relato original de The Rune, con ilustraciones oficiales con subtítulos separados. Fuentes distingue la historia regional de las biografías individuales.

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