Xayah y Rakan: magia salvaje
La cinemática de Xayah y Rakan proporciona un compañero a las historias de resistencia; también cuenta con Zed.
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Historia regional · Jonia
Una entrada a la espiritualidad jonia y a las dificultades de mantener el equilibrio.
El El Lago de Lirios Luminosos, una ilustración de lugar jónico de Universo de Riot. · Riot Games
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La cinemática de Xayah y Rakan proporciona un compañero a las historias de resistencia; también cuenta con Zed.
Ver en el canal oficial ↗Akali y Shen responden a una perturbación del equilibrio de Jonia; un breve complemento al papel del Kinkou.
Ver en el canal oficial ↗Obra oficial relacionada con la región o sus personajes. Es una publicación independiente y puede mostrar otra época.
Historias y presentaciones de personajes ambientadas en Runaterra.
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Estas cinemáticas reúnen distintos personajes y momentos. El orden de estreno no es el orden de los acontecimientos.
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El mundo material y el espiritual se encuentran en toda Runaterra, pero su relación resulta especialmente visible en Jonia. Un bosque, un sueño o un ritual puede conectar la vida cotidiana con seres y fuerzas que no comparten las prioridades humanas. La vida espiritual forma parte de cómo las comunidades habitan su entorno; no es una materia separada y reservada a dioses lejanos.
El equilibrio no significa paz constante. Describe una relación que debe mantenerse incluso cuando exige decisiones dolorosas o aterradoras. Un espíritu que perjudica a un asentamiento y un asentamiento que daña un lugar sagrado pueden formar parte de una misma alteración. Resolver únicamente lo que ven los humanos puede dejar intacta su causa e incluso agravarla.
Shen ejerce como Ojo del Crepúsculo dentro de los Kinkou, una orden dedicada al equilibrio entre ambos mundos. Su formación le exige apartar los vínculos personales cuando interfieren con esa responsabilidad. La disciplina es difícil precisamente porque sí tiene sentimientos. Sus amigos, su familia y otros jonios pueden sufrir mientras el camino que exige su deber sigue siendo distinto de una represalia inmediata.
La invasión expuso el coste de esa posición. Zed recurrió al poder prohibido de las sombras para defender Jonia, mientras Akali acabó abandonando la orden para combatir las amenazas de forma más directa. Estas rupturas no demuestran que el equilibrio espiritual carezca de valor. Revelan una discrepancia sobre si las obligaciones generales de una institución responden suficientemente al sufrimiento de personas concretas.
Karma lleva los recuerdos y el poder de una presencia espiritual duradera dentro de una vida mortal. La relación de Ahri con los recuerdos y la esencia produce otro conflicto, entre hambre, empatía e identidad. Lillia sale de un árbol de los sueños hacia un mundo cuyos sueños están perturbados. Estas historias se encuentran en la frontera entre mundos, pero no deben reducirse a una regla que explique a todos los seres mágicos.
La guerra puede dañar las relaciones que hacían habitable un lugar incluso después de que sus ejércitos se retiren. La transformación de Ivern, de humano violento a guardián, ofrece otra perspectiva sobre cuánto puede cambiar la relación con la naturaleza. En estos relatos, restaurar exige prestar atención a lo que fue dañado. El equilibrio es un trabajo entre personas, espíritus y lugares, sin garantía de que sus distintos guardianes se pongan de acuerdo.
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Estas ediciones conservan el texto del editor. Sus acontecimientos y contextos de publicación pueden ser distintos.
Dana Luery Shaw · Relato completo
Publicado 2020-04-20
Muchos temían que las flores espirituales nunca más regresarían a Jonia, como un signo del desequilibrio que aún permeaba esa tierra y a sus habitantes. Casi una generación completa alcanzó la adultez sin la presencia de las flores espirituales, sin el festival.
Pero Paskoma aprendió a lo largo de su vida que, sin importar cuánto tiempo estuvieran ausentes las flores, siempre regresaban.
Ahora, por primera vez desde el comienzo de la guerra, había capullos frescos en los árboles espirituales: delicados y perlados, su perfume llenaba el aire con una dulzura penetrante. Paskoma recordaba muy bien el último festival. Se había llevado a cabo unos cuantos veranos después del nacimiento de su nieta. Ella y su esposo Okerei bebieron el té espiritual juntos y hablaron con sus seres queridos, ya fallecidos, para asegurarse de que estuvieran bien y recordarles que no los habían olvidado. Era una manera de dejarlos ir para encontrar la paz y seguir adelante tras las pérdidas. Después de esos encuentros, sus seres queridos regresaban al reino espiritual, felices de saber que su familia continuaría prosperando.
No obstante, en esta ocasión Okerei no estaría a su lado. Él había muerto en la lucha contra los noxianos, poco después de que invadieran por primera vez. Había mucho que contarle. Mucho que preguntar.
Pero primero, ella necesitaba hacer los preparativos.
La casa de té de Paskoma no tenía nombre. Los visitantes de Weh'le la identificaban gracias a la peculiar escultura de tetera afuera de la puerta principal. Cuando Paskoma construyó la casa de té, le pidió a un talentoso labrador de madera que la creara a partir de la mezcla de árboles diferentes que, al florecer, desplegaran distintos colores de acuerdo con la temporada. En esta estación, la taza de té era de un fucsia intenso, semicubierta por faroles rosa pálido.
''¿Ituren?'', llamó Paskoma a alguien que estaba adentro de la casa de té. ''Necesito tu ayuda experta''. Gracias a su altura, él alcanzaba a colgar los faroles en las ramas que se encontraban más arriba.
''Enseguida, mi amor''. Ituren, un hombre de pocas palabras, colocó los faroles en los sitios que Paskoma señalaba, mientras le sonreía todo el tiempo. Pero era una sonrisa triste. Una sonrisa de preocupación.
Ituren había sido el amor y el compañero de Paskoma desde los últimos días de la guerra. Pero con la ausencia del festival de la Flor Espiritual, no tuvieron la oportunidad de conversar con el espíritu del esposo de Paskoma. Okerei nunca pudo darles su bendición, por lo que Paskoma no se sentía lista para casarse de nuevo. Ituren era paciente y comprensivo; había perdido a su esposa hace ya bastante tiempo, pero igual se mostraba preocupado. Paskoma se esforzaba por decirle que todo estaría bien, pero en sus adentros no sabía bien qué haría si Okerei no les daba su aprobación.
Tras colgar los faroles, Paskoma e Ituren alistaron los cuartos de invitados y las áreas comunes: lavaron los pisos con vino, colocaron dos velas frente a todos los espejos y dividieron las habitaciones para la llegada de los visitantes que esperaban para el festival. Comenzaron temprano por la mañana, pero fue cuando la luz dorada del atardecer resplandecía sobre ellos que escucharon un llamado a su puerta. ''¡Que florezcan las alegrías pasadas, Emai!'', dijo una voz familiar.
Ituren y Paskoma intercambiaron miradas de confusión mientras ambos pronunciaban la tradicional respuesta: ''Y que se marchiten las penas del presente''. Esa voz sonaba como la de Turasi, la hija de Paskoma, pero no podía ser ella. Turasi vivía en Siatueh, una aldea al otro lado de la bahía, a casi un mes de viaje de distancia a través de las montañas.
Pero cuando abrieron la puerta, ahí estaba Turasi. Su sonrisa era igual a la de su padre. Paskoma corrió hacia su hija y la abrazó con fuerza. ''¡Turasi, no sabía que vendrías! Qué grata sorpresa. ¿Dónde está Satokka? ¿Y Kumohi?''.
''Satokka está afuera con nuestras cosas. Kumohi... decidió quedarse en la aldea''. Paskoma reconoció cómo se le hacía un nudo en la garganta a Turasi mientras hablaba de su esposo. ''Queríamos sorprenderte para el festival de la Flor Espiritual. Así Satokka podrá conocer a su o-fa''.
Confundido, Ituren miró a Turasi. ''Pero si los capullos brotaron apenas la semana pasada''.
Turasi frunció el ceño, lista para responder, pero en ese momento azotó la puerta una joven larguirucha con una expresión hosca mientras arrastraba un baúl de madera dentro del cuarto. Ituren se agachó para ayudarla, pero ella lo ignoró. Turasi miró con exasperación a su hija. ''Satokka, deja que Ituren te ayude''.
''Puedo hacerlo sola''. Sin decir otra palabra, Satokka dejó caer el baúl en medio del piso y salió de nueva cuenta.
Paskoma miró a Turasi. ''¿Vinieron por el festival?''.
Tras un momento de duda, Turasi asintió. ''Sí. Vinimos por el festival''.
No importaba que no estuviera diciendo la verdad. Paskoma sabía que, por las ojeras en el rostro de su hija, necesitaba tiempo. Se arrodilló junto a la estufa para encender un pequeño fuego antes de mirarla con una sonrisa alentadora. ''Entonces nos aseguraremos de que este sea un festival inolvidable''.
Hace mucho tiempo, el mundo se encontraba en un equilibrio perfecto. Era como un inmenso árbol lleno de vida: cada rama, cada hoja, cada flor posicionada con cuidado y consideración, de tal forma que el sol y la lluvia pudieran nutrirlos a todos. Las personas, los animales y los espíritus estaban en paz. No existía una palabra para la ''guerra'', puesto que ni batallas ni derramamientos de sangre habían tenido lugar.
Un día, la Guarda y el Recolector cruzaron sus caminos. El Recolector vio cuántos espíritus había guiado la Guarda a través del reino espiritual hacia la paz y la felicidad, por lo que sintió envidia de ella.
''Espera. ¿La Guarda? Querrás decir la Vulpina''.
Ituren pausó la historia con la interrupción de Satokka. Le había pedido que lo ayudara a enterrar todas las cuchillas de la casa: los cuchillos de cocina, su sierra y su hoz, y la espada oxidada que Paskoma había heredado de su tía.
''Se dice que es un zorro, un perro o incluso un leopardo'', dijo Ituren con una sonrisa. Satokka no hablaba mucho desde que ella y Turasi habían llegado. Ituren esperaba que una tarea y una historia la ayudaran a conversar un poco. ''¿Te la imaginas como un zorro?''.
Satokka volteó la mirada. ''No soy una niña. No tienes por qué hablarme así''.
Continuaron cavando en silencio.
Ituren era paciente. Podía esperar.
''Cuando Fa-ir me cuenta las historias'', dijo con calma Satokka, ''se refiere a ella como la Vulpina. Así que debe ser un zorro''.
''Me gusta imaginar que es una nutria'', dijo Ituren suavemente. Él siempre pensó en el reino espiritual como un río sin fin, lleno de corrientes que podían apartarte de tu camino, con una ágil nutria explicándoles a los espíritus recién llegados cómo navegar a través de las aguas traicioneras.
Satokka lo miró de reojo. ''Sigue'', murmuró. ''Aún quiero saber por qué entierras estas cosas''.
Ituren carraspeó y comenzó a hablar de nuevo.
El Recolector se puso celoso de todos los espíritus a los que ayudaba la Guarda a encontrar la paz, así que ideó un plan. Tomó dos de sus campanas más pesadas y ruidosas, y las fundió. Después, durante doce noches, las forjó hasta convertirlas en dos espadas. A la primera de ellas le vertió un poco de su envidia. A la segunda, un poco de su obsesión. Después, cuando comenzó la primavera, dejó que los espíritus de aquellas espadas florecieran en el mundo material: las espadas crecieron en medio de la tierra como retoños.
Retoños. O al menos eso pensaron los dos hermanos al toparse con las espadas en medio del bosque.
Los hermanos eran los mejores amigos, fieles el uno con el otro, cada uno certero del papel que le correspondía en el mundo. El hermano mayor algún día heredaría la afamada espada de su padre y sus tierras, mientras que el menor heredaría el barco de su progenitor. Ambos creían que serían grandes héroes, uno en casa y otro allá afuera. Una primavera, se encontraron con los dos retoños-espada creciendo en medio del bosque. Ninguno de los hermanos había visto antes a ningún árbol crecer de esa forma tan brillante y afilada. Juntos, los cortaron y los llevaron sobre sus hombros de vuelta a casa.
No imaginaban que eso sería lo último que harían juntos como hermanos mientras vivieran. Puesto que, mientras caminaban a casa, la extraña savia de las espadas comenzó a fluir por sus cuellos y los llenaron de pensamientos y sentimientos horribles: los del Recolector. Si bien ese mismo día no se convirtieron en enemigos de inmediato, con el tiempo esas dos espadas que llevaban a cuestas colisionarían y sus sonidos metálicos se escucharían de una manera nunca antes conocida tanto en el reino físico como en el espiritual..
Satokka frunció el ceño. ''Así no ocurrió. Los hermanos fabrican esas espadas por sí mismos. Derriten la espada de su padre después de que él muere y cada uno de ellos piensa que el otro tiene una espada mejor. Así comenzó la guerra. El 'Recolector' no tuvo nada que ver''.
Tras limpiarse la tierra de las manos, Ituren miró hacia el hoyo que acababa de abrir en medio del suelo del cuarto de invitados. Las raíces de la habitación eran gruesas y saludables. Tras aplicar un poco de presión, deslizó con cuidado la primera cuchilla bajo aquellas raíces. ''Estas historias son muy antiguas'', dijo él, ''las han relatado una y otra vez, cientos y miles de veces, a lo largo de muchas vidas. Estoy seguro de que cada uno de nosotros tiene una parte de verdad en ellas. Esta es la versión que yo conozco mejor''.
Satokka lo pensó por un momento mientras, absorta, pasaba el dedo por la espada oxidada. ''¿Así es que entierras estas espadas por los hermanos?''.
''Sí. Cuando los hermanos no tienen al alcance las armas para pelear entre sí, no lo hacen. Esto asegura un festival pacífico en el que dejamos de lado los conflictos pasados. Mira''. Ituren señaló la hoz, atorada bajo otra raíz. ''Si entregas las armas a las raíces que crecen en paz, las cuchillas no podrán crecer como lo hicieron los retoños-espada, enraizados en la violencia''.
Se preguntó si ella querría escuchar el resto de su historia, pero decidió no arriesgarse y preservar la delgada conexión que estaban tejiendo. Por el contrario, extendió su mano para pedirle la espada.
Satokka la aferró a su pecho en un gesto de protección. ''No. Yo la enterraré. Solo dime en dónde''.
Eso le bastaba.
Ituren le mostró a Satokka cuál era la mejor forma de cavar bajo las raíces sin inquietarlas. Se desplazaron a lo largo de la casa y enterraron cuchillas bajo las raíces de cada habitación, lo que les permitió a las mujeres tener un momento para hablar con seriedad por primera vez desde su llegada.
Después de la cena, mientras Ituren y Satokka enterraban las cuchillas, Paskoma y Turasi abrieron un buen vino. Tenía un potente sabor a cacao y ciruela que permanecía en la lengua y facilitaba la conversación con una interlocutora reticente. Después de tres vasos, Turasi hacía girar el vino dentro de su copa mientras observaba al fuego danzar en el reflejo del líquido.
''¿Turasi?''. Hubo un silencio, en lo que Paskoma evaluaba cómo preguntárselo. Turasi miró a su madre. ''¿Por qué se quedó Kumohi en tu aldea? ¿Por qué no vino contigo y con Satokka al festival?''.
Turasi aún no quería hablar de esto, Paskoma lo sabía, pero ya llevaban tres días en la casa de té. Necesitaba saber si esta era la clase de problema que las seguiría hasta Weh'le o si había algo que ella o Ituren tuvieran que hacer para cerciorarse de que estuvieran a salvo. Sobre todo, durante los días del festival, en donde había muchos extraños en la aldea.
Con un suspiro, Turasi comenzó a hablar. ''Hay barcos noxianos que navegan a lo largo de la bahía para realizar tratos comerciales con Siatueh y otras aldeas ubicadas en el borde de los acantilados. Ellos son muy... cautelosos. Tratan de asegurarse de que sepamos que no van a hacer nada. Que no lastimarán a nadie''. Apretó su vaso con tanta fuerza entre sus manos que Paskoma temió que el vidrio fuera a romperse. ''Pero algunos en Siatueh juran haber visto cómo esos mismos noxianos descendían a tierra firme e inspeccionaban el área o enviaban a sus aves para que lo hicieran por ellos. No creen que los noxianos se desharán jamás de sus intenciones con respecto a Jonia''.
Paskoma asintió. La invasión comenzó después de varias exploraciones similares, así es que comprendió por qué su hija estaba nerviosa. ''¿Y Kumohi?''.
''Kumohi no lo ha visto con sus propios ojos, pero confía en la palabra de nuestros amigos y vecinos al respecto''.
''Así es que eligió quedarse para confirmar los avistamientos''.
''No exactamente''. Las manos de Turasi temblaban mientras bebía un gran trago de vino. ''Quieren que los noxianos se marchen, Emai. Se suben a sus embarcaciones y tiran por la borda todo lo que no esté clavado a la cubierta. Por el momento, eso es todo lo que hacen, pero...''. Su voz se hizo más débil.
''La resistencia''. Okerei formó parte de aquellos grupos con anterioridad.
''Los noxianos se dieron cuenta. Están enviando más embarcaciones. Barcos con soldados. Supe que era momento de partir''. Turasi abrazó sus rodillas. ''Kumohi no estuvo de acuerdo''.
Paskoma se puso de pie y le dio un beso tierno en la frente mientras sus manos cubrían las de su hija. ''Es hermoso que Satokka y tú estén con nosotros. No tienen por qué irse una vez que termine el festival''.
Un suspiro desgarrador, empapado en lágrimas. ''Emai...''.
''No''. Apretó las manos de Turasi. ''No quiero perder a ningún otro ser querido a causa de la guerra. Quédense''.
Al día siguiente, Satokka trató de concentrarse en su tarea asignada mientras recorría los pasillos del mercado. Ituren conseguiría campanas decorativas para reemplazar algunas que se habían roto, mientras que ella acababa de recoger dos máscaras que su o-ma mandó a hacer para su madre y para ella. El plan era cumplir con ese encargo y después reencontrarse con Ituren para volver a casa. Bueno. A la casa de té.
Pero quedó asombrada por todo lo que se vendía para el festival. Las túnicas, los pasteles, las flores. Ella era tan solo una niña la última vez que había asistido al festival de la Flor Espiritual; sus recuerdos sobre esa experiencia eran difusos.
El puesto de pasteles había captado toda su atención hasta que vio un gigantesco espectáculo de marionetas un poco más allá. El teatro, compuesto por una larga pared de madera con ruedas y un papel traslúcido en el centro, estaba instalado en el centro de la plaza. Los titiriteros movían intrincadamente marionetas hechas de papel recortado, mientras un mago de fuego creaba la luz para proyectar las sombras. Al frente, un narrador contaba la historia representada por las marionetas ante una muy atenta audiencia.
''Entonces, el espíritu de la Desesperanza le preguntó a nuestra heroína Tsetsegua: '¿En verdad crees que lo podrás encontrar?'. Tsetsegua asintió, a sabiendas de que hablar sobre sus esperanzas frente a la Desesperanza haría que estas se desvanecieran en la nada''.
Satokka frunció el ceño. Estaba embelesada por la hermosura de la interpretación, pero la historia le causó rechazo. Cuando se aventuró en el reino espiritual en busca de su amor perdido, no se suponía que Tsetsegua hablara con la Desesperanza, pues esta nunca hablaba con nadie.
''La Desesperanza alzó una ceja. 'Tal vez yo pueda ayudarte. ¿Cuál es tu nombre, mujer mortal?'. Rápido, Tsetsegua respondió: 'Nargui'. Nadie. Esto obligaba a la Desesperanza a ayudar a Tsetsegua a encontrar el espíritu de su amor perdido. Y, puesto que la Desesperanza no conocía su nombre verdadero, Tsetsegua estaría a salvo de sus artimañas. Al menos por el momento''.
Las historias que le contaba su fa-ir brillaban con fuerza en su mente mientras observaba esta otra versión errónea del cuento de Tsetsegua. Satokka deseó haberse podido quedar en Siatueh con su padre. Habría podido ayudar a la resistencia. Era alta y fuerte, podía ayudar a lanzar las provisiones noxianas al mar. Merecían cosas peores. No recordaba los tiempos antes de la guerra, pero Satokka sabía que algo se había perdido y que Jonia aún no lo reclamaba.
Decepcionada, dio media vuelta para partir. Pero había comenzado a formarse una multitud aún más grande. Una para la que no estaba preparada.
Había noxianos en Weh'le.
No llevaban puestas sus armaduras ni portaban sus armas, pero siempre había algo en la expresión de los noxianos que permitía identificarlos. Una hostilidad innata, tal vez, o una sensación de creerse mejor que el resto.
Pero estos noxianos (eran seis, de mediana edad o más jóvenes) se conducían de manera distinta. Sus miradas eran de arrepentimiento, como si supieran que este festival no era para ellos. Y, sin embargo, aquí estaban. Satokka sintió náuseas.
Los jonios trataban de evitarlos en todo el mercado. Los susurros se colaban entre los puestos, pero nadie se atrevía a decirles que no eran bienvenidos allí. Una de las mujeres noxianas más jóvenes sonreía dubitativa. Con una pequeña bolsa de monedas en mano, caminó hasta el puesto de los pasteles.
Satokka miró a su alrededor, en espera de que alguien dijera algo. Que alguien hiciera algo.
Tendría que hacerlo ella.
Satokka miró con desdén a la mujer noxiana que se acercaba a los pasteles, hasta que sus miradas se cruzaron. La mujer extendió su mano para presentarse.
Sin dejar de mirarla, Satokka escupió a sus pies.
Un suspiro de asombro estremeció a la multitud. Satokka no pudo ver cómo reaccionaron los noxianos, porque en ese momento alguien la jaló bruscamente del hombro. Alzó su mirada: era Ituren, quien ahora hacía una reverencia y se disculpaba por sus acciones mientras la alejaba del lugar.
Una simple mirada más allá de Ituren mientras doblaba en la esquina le demostró a Satokka que los noxianos simplemente se quedaron ahí. La mujer a la que le escupió se veía desorientada. Satokka infló su pecho de orgullo. Bien. Los noxianos deben sentirse inferiores.
Le dieron la vuelta al perímetro del festival para disminuir la posibilidad de que los siguieran. Pero Ituren acababa de comprar campanas, las que repicaban con cada paso. Finalmente, Ituren tiró las campanas al suelo y la guio de vuelta a la casa de té.
Antes de entrar por la puerta trasera, Ituren giró para quedar frente a Satokka. Ella parpadeó sorprendida al ver su expresión: nunca lo había visto de una forma que no fuera feliz o cansado. Pero ahora, había miedo en su mirada. ''Vinieron aquí en paz, para celebrar el festival con nosotros, Satokka''. Su voz nunca había sido tan cortante. ''No tenías que hacer eso''.
Satokka pensó en su padre en Siatueh, en la resistencia, en los soldados noxianos dirigiéndose a su aldea en este preciso momento.
''Sí, tenía que hacerlo''.
Turasi irrumpió en la sala, al borde del pánico, y corrió hasta donde se encontraba su madre. Paskoma acababa de darle a una nueva huésped una taza de té y un juego limpio de sábanas y toallas; al ver el terror y el enojo en el rostro de Turasi, se apartó de la mujer para atender a su hija.
''¿Qué sucede?'', preguntó con gentileza Paskoma. Con los dientes apretados, Turasi le contó la historia de lo ocurrido en el mercado con su hija e Ituren. Si bien le tomó algo de tiempo obtener más información de Ituren que una simple disculpa boba por no haber conseguido las campanas, lograr que Satokka hablara de su ofensa fue como tratar de sacar agua de una piedra.
''¡No puedo creer que hizo algo tan descabellado y peligroso!''. Turasi estaba feliz de haber llevado a su familia a la seguridad de Weh'le y a la casa de su madre. Pero ahora no solo había noxianos en el pueblo, sino que Satokka había atraído su atención. Ese era el motivo principal por el cual habían partido de Siatueh.
''Ella ya casi es una adulta, Turasi. Está estirando sus límites para poder definirlos''.
''Y eso será lo que la mate. Esos noxianos... tal vez no portaban armas en ese momento, pero sabemos que cada soldado de ese ejército es un asesino a sangre fría''.
''Disculpen''. Ambas mujeres voltearon, sorprendidas. Era la nueva huésped, de pie en la entrada de su habitación. Era alta, su cabello era oscuro y sus ojos eran de un color ámbar poco frecuente, algo oscurecidos por la capucha de su capa. ''¿Están hablando de guerreros en Weh'le?''.
''Así es'', dijo Turasi, desconcertada. No se percató de que habían comenzado a caminar hacia la nueva huésped mientras hablaban. El aire alrededor de aquella mujer parecía brillar de una extraña manera: se movía de forma distinta con respecto a cómo circulaba en el resto de la casa de té. Por un momento, Turasi se preguntó si no estaría soñando. ''Están entrenados a la usanza de la guerra. Y deben marcharse, pero yo no...''.
''Oh, no'', interrumpió la huésped con una sonrisa afable. ''No me malinterpreten. Estoy buscando a alguien que pueda servirme como protector. Un guardia. Algún peleador fuerte del pueblo a quien le interese trabajar para mí. ¿Tendrían la amabilidad de guiarme en esa búsqueda?''.
''No''. La voz de Paskoma fue firme e insistente. ''Me niego a hospedar aquí a alguien que represente un peligro durante el festival. Si insiste en conseguir un guardia, entonces tendré que insistir en que se busque otra casa de té''. Estiró sus manos, preparada para que la huésped le devolviera las sábanas.
En cambio, ella rio airosa, encantada por la actitud de Paskoma. ''Esta es la mejor casa de té en el pueblo, ¿cierto? No estoy dispuesta a hospedarme en ningún lugar que no sea el mejor. Respetaré sus deseos y no haré que nadie peligroso cruce esas puertas''.
Con un guiño, entró a su habitación. Paskoma suspiró y miró a su hija. ''Ella estará bien, Turasi. Satokka es demasiado inteligente como para convertirse en un blanco fácil''.
Turasi asintió. Las palabras se le atoraron en la garganta, pero le sonrió a su madre. Había olvidado el alivio que le brindaban los cuidados de su madre, volver a asumir los papeles que habían interpretado a lo largo de la infancia de Turasi.
Por supuesto, había diferencias. Cuando era niña, Turasi nunca vio las preocupaciones ni los miedos de sus padres. Ellos eran fuertes y siempre estaban presentes, como las montañas o el mar. Tras la muerte de su padre, Turasi vio a su madre por primera vez perdida e indecisa.
Y ahora, con las flores espirituales a punto de abrirse, esa incertidumbre ante Okerei había vuelto. ¿Qué haría su madre si no obtenía la respuesta que buscaba?
Pero, en ese momento, Turasi no supo si Paskoma sabía con precisión cuál era la respuesta que anhelaba.
Satokka nunca había visto un festín como ese en toda su vida. Para celebrar la primera noche del festival, Paskoma cocinó una gran cena para las cerca de veinte personas que se alojaban en la casa de té. Satokka llenó su plato y su estómago y puso en práctica aquello que más disfrutaba desde que llegó a la casa de su abuela: hablar con los otros huéspedes y escuchar sus historias.
Todos portaban sus máscaras o disfraces. Turasi le indicó a Satokka que debía usar su máscara cuando estuviera afuera, en el festival, y que no debía quitársela por ningún motivo. Los noxianos podían estar al acecho, listos para vengarse. Eso no era ningún problema para Satokka. Le encantaba su máscara. Era intrincada, con grandes cuernos de adorno y ojos que hacían que el rostro tomara la forma de una mueca retorcida. Era la cara de la Arrebatadora, la pequeña niña que estaba allí, en el momento de cada muerte.
Durante la cena, Satokka conversó acaloradamente sobre la Arrebatadora con la huésped de ojos ámbar. Ella estaba vestida como la Vulpina (o la Guarda, como la llamaban en Weh'le), con unas orejas peludas muy realistas sobre su cabeza y rayas dibujadas sobre su rostro que representaban sus bigotes.
''Pero la Arrebatadora es quien está ahí cuando una persona muere'', insistió Satokka. ''Así es que tiene más sentido que sea ella quien guíe a los espíritus al reino espiritual''.
''Entonces'', preguntó la huésped, entretenida mientras alargaba las palabras, ''¿por qué le quitamos el diente más afilado a la persona difunta y lo colocamos en la palma de su mano? No es para la Arrebatadora, de eso estoy segura''.
Satokka se encogió de hombros. ''Es el precio a pagar para cruzar el velo''.
''¿A quién deben pagárselo? ¿Quién les daría algún uso a esos dientes? La Khumaia''.
''¿La qué?''.
''Tu Guarda. Ella porta cada diente que le dan en un collar infinito para entender la vida del espíritu al que guía hacia el reino espiritual. Cuando por fin llegan, ya sabe si ese espíritu seguirá su camino de paz o si irá por el camino del tormento de Rakhsasum, incluso antes de que el propio espíritu lo sepa. Ella hará todo lo que pueda para ayudar a aquellos destinados al dolor, pero su destino se revela en ese diente''.
''¿En serio?''. A lo largo de las últimas semanas, Satokka ya se había acostumbrado a las diferencias entre las historias de Weh'le y de Siatueh. Ahora, anhelaba contarle todas estas historias a su padre la próxima vez que lo viera.
La mujer se rio. ''No, lo acabo de inventar''.
''Oh''.
''Si no me equivoco, los dientes sirven para que podamos recordar la edad de la persona fallecida. El diente desgastado de una persona mayor sabia, la afilada juventud de un soldado caído en su apogeo''. Hizo una pausa y le sonrió a Satokka. ''Pero me gusta contar historias que aún no se han narrado''.
Cuando llegó la hora del postre, Satokka comió con entusiasmo los pasteles que Ituren horneó a lo largo de dos días para esa noche. Estaban un poco quemados en la parte de abajo, pero su centro dulce y pegajoso estaba lleno de sabor.
Ituren los pasó de mano en mano: comenzó con Satokka y terminó con la huésped de las espléndidas orejas de disfraz. La huésped puso su mano sobre el antebrazo de Ituren y lo miró a los ojos intensamente mientras le hacía una pregunta en voz baja.
Satokka vio cómo los ojos de Ituren se desenfocaron, para después asentir y responder: ''Por supuesto. Recibiremos con los brazos abiertos a quien desee hospedarse aquí, ya sea hábil en las artes de la espada o no. Aquí no discriminamos''.
La huésped apretó su brazo en un gesto de agradecimiento. ''Gracias. Por favor, avísele a su mujer, ella no es tan comprensiva como usted''.
El asintió de nuevo, pero cuando Ituren se dio la vuelta para regresar a la cocina, Satokka pudo ver que sus ojos habían cambiado de color. Por un instante, tan breve que pudo haber sido obra de la luz, sus ojos marrones adquirieron una tonalidad ámbar y dorada, igual que la de los ojos de la mujer de orejas de zorro sentada a su lado.
Mientras los últimos rayos del sol desaparecían sobre el agua, las flores espirituales, abiertas en su totalidad, comenzaron a brillar a la luz de la luna. Los asistentes del festival exclamaron felices: por fin, después de tanto tiempo, las flores habían vuelto. Encendieron los faroles mientras marchaban hacia el templo de las montañas; era una luz cálida y alegre que contrarrestaba el inquietante color plateado de las flores en las ramas.
A Paskoma le habría gustado sentirse tan eufórica como todos los demás. Tras el festín, tanto ella como la enmascarada Satokka se vistieron con sus mejores galas y salieron a buscar la flor de Okerei, aquella que les permitiría conectarse con su espíritu y hablar con él. En el pasado, a Paskoma nunca le había tomado tanto tiempo encontrar la flor que buscaba. Se decía que siempre quedaba un hilo entre el corazón palpitante de los vivos y el corazón quieto de sus seres queridos.
Sin embargo, en esta ocasión, había muchos espíritus en los árboles.
Nunca había visto las ramas tan repletas y rebosantes. Algunos murmuraban que los jonios no eran los únicos en aquellos árboles, que los noxianos habían envenenado su festival, incluso muertos. El graznido de los cuervos a la distancia parecía confirmar sus miedos. Paskoma no creía en ello. Había una explicación más simple: eran muchos quienes necesitaban regresar en ese momento, muchos más que antes. Los árboles estaban repletos de las esperanzas de aquellos que intentaban comunicarse.
Y ella todavía no encontraba a Okerei.
Temía que estuviera perdido o atribulado, o que simplemente no deseara hablar con ella. Tal vez su vínculo se había cortado después de tanto tiempo separados.
Paskoma mantuvo su sonrisa a través de las lágrimas que amenazaban con derramarse y alentó a Satokka para que continuara con la búsqueda. No permitiría que el primer festival de la Flor Espiritual de su nieta se arruinara por su dolor. Esto debía ser una celebración y sabía lo importante que era que Satokka comprendiera la alegría del reencuentro en estas reuniones.
Turasi e Ituren las alcanzaron cuando terminaron de limpiar lo que quedó del festín. ''¿Encontraste a Fa-ir?'', preguntó Turasi mientras se ponía su máscara, el rostro hermosamente pintado de Tsetsegua con lágrimas grabadas en sus mejillas. Paskoma negó con la cabeza, el nudo en su garganta no le permitía hablar. ''Satokka y yo seguiremos buscando. ¿Por qué no descansas un momento?''.
Paskoma dejó que Ituren la llevara a una banca, en donde se sentó a observar. Vio a familias llorar alrededor de vasijas de té espiritual, rogándoles a sus seres queridos que se quedaran solo un rato más. Vio a niños jugando a ser soldados, con palos en vez de espadas, con una seriedad en sus expresiones que no debería estar allí. Percibió la preocupación y escuchó los murmullos de aquellos que estaban en los alrededores del festival, atentos a los graznidos de los cuervos y observando con desconfianza y desprecio los árboles espirituales.
Este no era el festival de la Flor Espiritual que ella recordaba. Se preguntó si alguna vez volvería a ser lo mismo.
A lo lejos, unos nuevos y regulares sonidos de tambores, así como las ardientes llamas en la cima de una montaña cercana, llamaron su atención. Paskoma puso su mano sobre su pecho: conocía este sonido. Lo había escuchado al final de feroces batallas, cuando los noxianos quemaban a sus muertos en inmensas piras.
''Desearía'', suspiró, ''que no hubiéramos gastado tanto tiempo mirando el pasado''.
''¿Pero no se trata de eso el festival?''.
''No''. Miró los árboles y después hacia las llamas. ''Se trata de dejar ir el pasado y avanzar hacia el futuro. Mucha gente suele olvidarlo''. A pesar de que no podía verlo, Paskoma pensó que podía sentir el calor del fuego envolviéndola, amenazando con devorarlos: a ella, a su familia, a todo aquello que la rodeaba, todo lo que había sido y todo lo que vendría. ''Esto se siente diferente''.
''¿Diferente en qué sentido?''.
''¿Te parece que esto es dejar ir?'', preguntó Paskoma. En su voz era audible la tristeza, mientras señalaba a su alrededor. ''¿O más bien pareciera que nos aferramos a algo con tanta fuerza que se ve obligado a regresar?''.
Una mano tibia envolvió la suya. Miró a Ituren a los ojos mientras él le hablaba con dulzura.
''Estás molesta porque no hemos encontrado todavía la flor de Okerei''.
Una lágrima corrió por su mejilla. ''Yo... todo es diferente. Las flores espirituales regresaron, pero ¿podremos nosotros volver a ser como antes? ¿Algo podrá enmendarse?''.
Ituren apretó su mano con ternura. ''Todavía tenemos tiempo. Lo encontraremos, mi amor. El vínculo de tu corazón con el suyo era... es el más fuerte que jamás haya visto. Hablarás con él y verás que, a pesar de que algunas cosas cambien, otras jamás lo harán. Él siempre te amará, como tú siempre lo amarás. Y cualquiera que sea la respuesta...''. Hizo una pausa mientras llevaba la palma de la mano de Paskoma a sus labios. ''Hablar con él te traerá a ti y a tu familia mucha paz. Y eso es todo lo que yo quiero para ti''.
La sonrisa apretada de Paskoma se suavizó en un gesto honesto al ver al hombre al que había amado por tanto tiempo. Apretó la mano de Ituren como respuesta. ''Nuestra familia, Ituren''.
Él cerró los ojos antes de que las lágrimas se escaparan y colocó la mano de Paskoma sobre su pecho. Ella podía sentir el latido de su corazón bajo las yemas de sus dedos: fuerte, constante, vivo.
Por primera vez, supo qué quería. Más allá de lo que Okerei pudiera decir.
Estaba lista para dejar ir el pasado y seguir adelante con su futuro, con Ituren a su lado.
Los seis noxianos trataron de llevar a cabo su ceremonia en privado, pero era demasiado notoria: todos debían honrar a los caídos de Noxus. Habían viajado desde una pequeña isla en medio de la bahía para celebrar a los muertos de acuerdo con las costumbres jonias, pero los habían expulsado del festival de la Flor Espiritual en Weh'le hacía solo unos días. Se vieron forzados a seguir las tradiciones de los suyos y recordar a sus muertos de la única manera que conocían. A pesar de que los noxianos no habían traído muchas cosas para el viaje, su ceremonia de rememoración era fácil de improvisar.
Laurna tocaba el tambor del lobo, Giotto y Samtha atizaban el fuego, Helia y Arnaut construían las efigies con troncos y ramas caídos. Jacrut arrojó el pastel intacto del festival que compró Samtha a las brasas. Tras el incidente en el mercado, nadie quiso comérselo, así es que fue la primera ofrenda, que esparció por el aire un aroma a miel quemada. Después, con un dramático estilo procedente de su crianza noble y su entrenamiento sacerdotal, Jacrut lanzó las efigies hacia las llamas.
''Enviamos estas almas al cielo'', recitó Jacrut; su voz retumbaba en aquella noche despejada y tranquila. ''Para que sus cenizas puedan caer a lo largo de todo el mundo''.
''Que sus muertes lleven a Noxus más allá de los mares'', murmuraron los demás.
''Que sus cuerpos nutran el suelo para que nosotros podamos crecer''.
''Que no hayan muerto en vano''.
''Y que sus almas...''.
Jacrut se detuvo abruptamente conforme una ráfaga de viento avivaba las llamas en una espiral hacia las estrellas. Lo abrumó por un momento, hasta orillarlo al silencio.
Esta era la promesa de Noxus. Una llama que abrasaría con todo en su camino, incluso a los suyos. Tanto sus compañeros como él se habían dado cuenta de ello incluso antes de que terminara la guerra. Todos ellos eran desertores que intentaban ganarse la vida por su cuenta, apartados de aquellos a quienes habían abandonado y lastimado.
Nadie los quería.
Esto no era Noxus. Esta no era su tierra y él no tenía la certeza de que sus dioses pudieran escucharlos aquí. Tampoco sabía si quería que lo escucharan. Conocía bien los rezos, sí, pero ya no sabía si aún creía en ellos.
Las flores de los árboles espirituales brillaban, como si vibraran a la luz del fuego. Jacrut tragó saliva con dificultad. No, esto no era Noxus. Esto era algo hermoso, peligroso, atemorizante. Ellas eran quienes lo ponían nervioso. Las flores, abriéndose por primera vez desde la guerra.
Porque si los dioses no estaban mirando, eso quería decir que los únicos ojos sobre ellos eran los de los espíritus de los jonios. Personas que sus compañeros y él habían matado, personas que solo podían sentir odio y rencor hacia ellos.
Personas con las que esperaba no tener que pelear de nuevo. Porque todos habían visto los barcos y los soldados. Sabían lo que eso significaba. Lo que no sabían era lo que eso significaría para ellos. Para sus vidas en Jonia. Para su servicio con Noxus.
''Que sus almas encuentren descanso entre nuestros ancestros'', gritó con la garganta seca, ''y que nos otorguen su fuerza para las batallas venideras''.
No quería que los espíritus escucharan sus oraciones.
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Publicado 2016-01-26
''No era una tormenta. Era un espíritu'', dijo el pescador, aún desconcertado por haber sobrevivido al naufragio hace dos noches. El hombre contó que su barco pesquero fue hundido por una criatura, tan grande como una casa y más rápida que el viento.
Shen escuchó el relato, sopesando en silencio los hechos tal como ocurrieron.
''Muéstrame dónde sucedió'', dijo Shen.
El hombre lo llevó a una playa en la bahía, donde un grupo de aldeanos trabajaban para recuperar los cadáveres de los marineros ahogados. Shen se arrodilló para examinar una pieza del naufragio. Los cortes en la madera eran profundos y salvajes, producto de poderosas garras.
''¿Cuántos murieron?'', preguntó.
''Todos excepto yo... seis'', respondió el marinero.
Los espíritus son fuertes, pensó Shen, buscando más evidencias entre las maderas flotantes del naufragio.
Al final, en el borde de una sección astillada del casco, lo encontró: un pequeño mechón de cabello fino. La mayoría de las personas lo hubiesen pasado por alto, y si lo vieran, nunca pensarían que una criatura capaz de hundir un barco dejaría algo tan delicado. Pero Shen ya había visto un cabello como ese. Cualquier duda que podría haber tenido acerca de la veracidad del relato del pescador se esfumó al ver el fino mechón plateado disolverse con tan solo tocarlo.
''Un demonio'', afirmó Shen. ''Debes haber navegado por su camino''.
El pescador asintió con la mirada sombría. Era bien sabido que espíritus de todos los tipos vagaban por el mundo físico, especialmente en Jonia, donde la barrera entre ambos reinos era muy débil y atravesable. Los planos material y etéreo estaban en contacto constante, deslizándose serenamente uno con el otro como aceite sobre agua.
Como el Ojo del Crepúsculo, era deber de Shen caminar entre ambos mundos, asegurándose de que ninguno de ellos suprima al otro. Era un fantasma para los humanos, que se desvanecía en un abrir y cerrar de ojos, para reaparecer a varias millas de distancia. Y era un humano para los espíritus, un ser de carne y hueso que jamás se atrevería a aventurarse en los reinos etéreos.
Se arrodilló en la playa para examinar uno de los cadáveres recuperados. El hombre había sido partido en dos, justo debajo de las costillas. Lo que quedaba de sus vísceras pendía de un torso pálido e hinchado.
''No hay de qué preocuparse. Derrotaré al monstruo antes del anochecer'', dijo una voz desde atrás.
Shen dio la vuelta y vio a un hombre santo sentado cerca del templo local. Varios acólitos lo rodeaban, acarreando una selección de talismanes y aceites místicos. Estaban realizando un ritual de purificación para interrumpir cualquier perturbación espiritual presente en el área. El hombre santo miraba fijamente a Shen, como si estuviera analizando su valía.
''¿Contamos con su ayuda, señor?'', preguntó el hombre.
''El equilibrio será restaurado'', dijo Shen mientras asentía seguro.
Se despidió del hombre santo para partir en busca del débil rastro del cabello fino. Pensó en los marineros muertos y en el costo que tendría derrotar al monstruo. Las palabras de su padre seguían siendo muy ciertas: ''La parte más dura radica en encontrar el equilibro en todas las cosas''. La neutralidad verdadera, el centro preciso de todas las fuerzas que dominan el mundo, eso es lo que el Ojo debe ser capaz de distinguir.
Hacer cumplir ese equilibrio era su propia lucha. Para la tarea, Shen llevaba dos espadas en la espalda. Una de ellas era un sable de acero jonio capaz de atravesar a una persona de un solo golpe. La otra era una espada fabricada de energía arcana pura. Era utilizada para enfrentar a los espíritus, y había pasado por varias generaciones de los ancestros de Shen. Con ella había aniquilado a numerosos demonios, fantasmas, espectros y espíritus durante los años, y esperaba derrotar a uno más antes del anochecer.
Al fin, Shen llegó a una ensenada aislada, tranquila y alejada de la actividad humana. En un banco de arena cercano a la orilla yacía el demonio, con su fina y brillante vestimenta resplandeciendo en el atardecer. La criatura recostada se veía enorme, hinchada por consumir las esencias mortales de sus víctimas. Shen reptó entre los juncos, dirigiéndose silenciosamente hacia el demonio durmiente. Podía ver su enorme caja torácica expandiéndose y contrayéndose con sus respiraciones profundas y relajadas. Cuando estaba a solo unos pasos del banco de arena, Shen desenvainó su espada espiritual, alistándose para el impacto.
De pronto, un perturbador sonido lo interrumpió. Era un grito estridente y espantoso, que emanaba del propio aire. Le sonaba familiar, pero antes de que Shen pudiera identificar el sonido, volvió a escucharlo. Otra vez. Y otra vez, finalizando en un coro de chillidos que helaban la sangre. Eran los llantos de los espíritus moribundos. Los ojos de Shen apuntaron al demonio, que comenzaba a despertar de su letargo. Shen miró su espada espiritual una vez más, analizando sus opciones disponibles con calma. Luego, apretó las manos fuertemente, concentrando su ki, para desaparecer en un vórtice de energía chispeante, dejando solo al demonio en su banco de arena.
Un momento más tarde, Shen reapareció en el sitio del naufragio. Por todos lados rezumaban pozas negruzcas que se evaporaban en el aire, acompañadas del prolongado hedor del terror.
Shen contó los charcos negros disipándose, los vestigios de espíritus asesinados. Su recuento fue interrumpido cuando el hombre santo ingresó al claro junto a sus acólitos. Uno de ellos llevaba una soga de lino y plata. Atado al otro extremo había un pequeño espíritu, un diablillo sin importancia. Luchaba con todas sus fuerzas para soltarse de la cuerda. Gemía al ver los restos de sus hermanos.
''¿Te importaría deshacerte de este también?'', preguntó con desinterés el hombre santo a Shen, como si le estuviera ofreciendo un plato de sopa durante la cena.
Shen observó las pozas pegajosas y ardientes que hace unos instantes aún eran poderosos seres del otro mundo. Entonces, volvió la mirada hacia el sacerdote y el pobre diablillo.
''Lo siento, Su Santidad'', dijo. Regresó su espada espiritual a su vaina y en su lugar desenfundó su sable de acero. Hoy no había planeado utilizar esa espada.
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Anthony Reynolds · Relato completo
Publicado 2018-06-30
Las centelleantes alas se batían y bailaban en la penumbra, dejando rastros luminiscentes a su paso, pero ella las ahuyentaba de su rostro, ajena a su efímera gracia. Con la mirada abatida, pateó una roca y esta se deslizó sobre las raíces que se retorcían en su camino, sin levantar la vista ante un glorioso atardecer vislumbrado a través de la enramada. Los delicados pétalos de una iris nocturna en flor se desplegaron para liberar su radiante polen en la cálida tarde, pero ella extendió su mano para arrancar la flor de su tallo.
Su rostro ardía de vergüenza y rabia. La reprimenda de su madre aún perduraba, y la risa de su hermano y de los demás parecía seguirla.
Se detuvo, miró los pétalos destrozados en el camino y frunció el ceño. Había algo extrañamente familiar en todo esto... casi como si ya lo hubiera vivido antes. Negó con la cabeza y continuó adentrándose en el bosque.
Finalmente, se detuvo ante el sagrado sauce espectral. Sus extremidades se movían lánguidamente, como si estuvieran bajo el agua, acompañadas por el débil susurro musical de campanillas hechas de huesos.
Conforme una intensa ira recorría sus venas, cerró los ojos y se obligó a aflojar sus puños. Inhaló lentamente, justo como le había enseñado su antiguo maestro, e intentó hacer que su ira retrocediera.
Algo la golpeó con fuerza en la parte trasera de su cabeza y cayó de rodillas. Colocó una mano en la zona del golpe y sus dedos regresaron ensangrentados. Después, escuchó la risa, y su furia resurgió.
Se puso de pie y giró con ojos oscuros y deslumbrantes hacia su hermano y los demás. Su respiración era pesada y agitada, y sus puños se cerraron a sus costados una vez más. Todo el esfuerzo que había hecho para tranquilizarse hacía un momento se había esfumado en un relámpago de enojo. Mientras la ira se acumulaba en su interior, agravándose y creciendo como una enfermedad maligna, el aire que la rodeaba parecía resplandecer, y el sauce espectral comenzó a desvanecerse y marchitarse detrás de ella. Supuraba savia roja y sus hojas se rizaban y oscurecían.
Desde tiempos inmemoriales, la magia de este lugar había alimentado al sauce espectral, al igual que había alimentado a su tierra y a su gente, pero ahora estaba muriendo; sus flexibles extremidades se secaban y quebraban, y sus raíces se doblaban de dolor. Sus campanillas resonaban un triste y fúnebre traqueteo, pero la chica, embebida en su incandescente furia, no las escuchó.
Conforme el árbol ancestral perecía, la pequeña niña comenzó a despegarse del suelo, levitando por los aires. Tres esferas succionadoras de luz, de una oscuridad absoluta, orbitaban alrededor de la chica.
Sus torturadores ya no se reían...
Kalan estaba sobre las almenas de Fae'lor, mirando por el mar angosto hacia la costa de las Tierras Originarias, lo que los humanos hoy conocen como Jonia..
Era una noche oscura y sin luna, pero su visión era tan buena como si fuera de día; las pupilas de sus ojos felinos estaban completamente dilatadas. Ocasionalmente, captaban el brillo de la luz de antorchas y lo reflejaban intensamente. Tenía los ojos de espejo de un depredador nocturno.
Kalan era un vastaya, un descendiente del antiguo linaje. Su pelo era rojizo y colgaba por su espalda en trenzas largas, enrevesadas y anudadas que ahora tenían algunos mechones grises. Su orgulloso rostro era semejante al de un gran gato cazador, con cicatrices cruzadas como consecuencia de una vida llena de batallas. El lado izquierdo de su rostro no tenía pelo y unas furiosas marcas rojas evidenciaban las terribles quemaduras que había sufrido cuando era un joven guerrero. Cuernos ondulados salían de su sien, ambos grabados con patrones rúnicos en espiral, y sus tres colas se movían detrás de él, cada una cubierta con placas segmentadas. La armadura que usaba era de hierro noxiano oscuro y portaba los ornamentos de su imperio adoptado sin estar muy complacido.
Algunos lo consideraban un traidor, tanto a Jonia como a su linaje vastaya, pero eso no le importaba. Lo que ellos pensaran no importaba.
La fortaleza de Fae'lor se había construido sobre la isla del extremo occidental de Jonia. Altamente defendido, durante siglos este lugar se enfrentó a innumerables enemigos antes de que finalmente fuera sobrepasado tras una larga batalla durante la invasión noxiana.
Eso ocurrió antes de que Kalan se uniera a Noxus, antes de la fatídica Batalla del Placidium, donde juró lealtad a Swain. Ocurrió antes de que solicitara el puesto de gobernador de Fae'lor como recompensa por su servicio.
Kalan sabía que los noxianos se burlaban de él a sus espaldas. Podría haber tenido un puesto en un lugar de mucho más prestigio, pero había elegido Fae'lor, ubicado en el borde olvidado del imperio.
Ellos no lo comprendían, y eso no tenía importancia para él. Kalan necesitaba estar ahí.
Sin duda, Noxus no había ganado la guerra... pero tampoco lo había hecho Jonia. No obstante, incluso muchos meses tras el fin de la campaña, Fae'lor permaneció bajo el dominio de los invasores.
Treinta y tres navíos de guerra estaban atracados ahí, al igual que más de una decena de barcos mercantiles. Más de cien guerreros noxianos (una mezcla de batallones de veteranos provenientes de los extremos lejanos del imperio) estaban situados ahí, bajo su mandato.
Una patrulla de guardias marchó por las almenas. Saludaron, chocando sus puños contra las corazas, y él asintió para devolverles el saludo. La forma oscura en que lo miraron no pasó desapercibida por él. Lo odiaban casi tanto como lo hacía su propia gente, pero le temían y lo respetaban, y eso era más que suficiente.
Se dio la vuelta para continuar observando el mar, pensativo sobre el pasado. ¿Por qué estaba ahí?Esa era una pregunta que veía en los ojos de sus subordinados día tras día, y que se acercaba sigilosamente a él en las noches más oscuras... aquellas noches donde el bosque y la caza lo invocaban. No obstante, la respuesta era simple.
Él permanecía ahí para cuidar de ella..
Un par de figuras cubiertas de negro, una femenina y otra masculina, emergieron del mar sigilosamente, pasando desapercibidas. Rápidamente, moviéndose como arañas, escalaron el casco casi vertical del navío de guerra La Cazadora Escarlata y se escabulleron por la borda. Sus cuchillas centellearon y los vigilantes nocturnos del navío fueron eliminados en silencio, uno a uno, sin que ninguna alarma se activara.
En poco tiempo, los cinco noxianos estaban muertos y su sangre goteaba sobre la cubierta.
''Buen trabajo, hermanito'', dijo una de las figuras, agazapada en la sombra de la cubierta superior. Lo único visible de su rostro eran sus ojos y los tatuajes índigo arremolinados que los rodeaban.
''Tuve una maestra medianamente decente'', contestó la otra figura. Él también estaba completamente revestido en color negro y agazapado en la sombra. En lugar de tener tatuajes arremolinados como su hermana, su piel era un bloque sólido de piel grabada.
''Medianamente decente, Okin?'', contestó, alzando una ceja.
''No hay necesidad de alimentar tu ego, Sirik'', contestó su hermano.
''Basta de bromas'', dijo Sirik. Abrió una bolsa de cuero negro que tenía atada en la cadera y retiró un objeto con delicadeza, el cual estaba herméticamente cubierto en cuero encerado. Ella lo desenvolvió cautelosamente y reveló un cristal negro del tamaño de un puño.
''¿Está seco?'', susurró Okin.
Sirik agitó con cuidado el cristal como respuesta. Un haz de brillo anaranjado se encendió dentro del cristal por un breve instante, como una brasa avivada.
''Eso parece. Le encontraré un lugar adecuado'', dijo, asintiendo hacia la puerta más cercana, que conducía debajo de la cubierta. ''Tú avisa a los demás''.
Okin asintió. Sirik se escabulló sigilosamente debajo de la cubierta y su hermano regresó en silencio a la borda. Se inclinó por el borde e hizo señas. Siete figuras revestidas en negro surgieron de las oscuras aguas y subieron silenciosamente a la cubierta del navío, abrazando las sombras.
Eran los despojados, los últimos guerreros que habían servido a la fortaleza de Fae'lor antes de que los noxianos se la arrebataran. La vergüenza de esa derrota aún ardía en sus corazones, al igual que el deseo de ver a cada noxiano expulsado de sus tierras natales ancestrales.
En cuanto estuvieron todos sobre la cubierta, esperaron a Sirik, quien emergió después de unos minutos.
''Está hecho'', dijo ella.
Los nueve jonios despojados se trasladaron cautelosamente por el costado del navío, siguiendo a la pareja líder. Se movían con la misma fluidez del agua y corrían con una gran ligereza por el muelle de piedra, dirigiéndose a la fortaleza de Fae'lor.
Cada una de las sombras se puso en marcha, como si fueran espectros, hasta que llegaron al primer muro. Fundiéndose con la oscuridad, permanecieron en absoluta quietud mientras una patrulla pasaba marchando; guerreros noxianos conversando y riendo en su lengua gutural, ajenos a los jonios casi invisibles, agazapados apenas a unos metros de distancia.
En cuanto la patrulla giró en una esquina, los infiltrados se pusieron nuevamente en marcha, trepando por la escarpada superficie del muro, avanzando con rapidez, mano sobre mano. Lo hacían parecer sencillo, como si estuvieran trepando una escalera, pero en realidad no había agarraderas.
Sirik fue la primera en llegar a las almenas. Se asomó y volvió a agacharse, quedándose completamente quieta, aferrada con solo una mano al almenaje. Los demás se paralizaron, después subieron aprisa para llegar hasta donde estaba ella, quien les hacía una serie de movimientos con la mano. Cerró el puño antes de subir a la cima del muro acompañada de su hermano, Okin. Ningún noxiano vio a la pareja de jonios escabulléndose detrás de ellos, dando un ligero salto hacia la parte superior de las almenas.
Después, Sirik y Okin saltaron sobre el enemigo. Los cuatro guardias murieron antes de poder sacar una sola arma.
El último de ellos se aferró a su garganta mientras la sangre escurría por su mano y se tambaleó en el borde del muro. Sirik lo agarró, como una persona que envuelve a su amante en sus brazos, y lo bajó con delicadeza al suelo. Si hubiera caído, indudablemente el sonido habría activado la alarma.
Dos guardias cercanos fueron rápidamente eliminados, en absoluto silencio y sin piedad, y los otros jonios subieron a la parte superior del muro. Después, como si fueran uno solo, avanzaron los nueve, deslizándose por un patio abierto y escalando un segundo muro interno.
Cada uno de ellos conocía su objetivo, así como el diseño exacto de la fortaleza, ya que su propia gente estuvo encargada de la construcción. Los noxianos solo eran los inquilinos actuales.
Subieron por el muro interior y anduvieron por el parapeto; su sincronización era prácticamente perfecta y gracias a ello consiguieron evitar a dos parejas de centinelas en la cima del muro. Se escondieron en las sombras del acantilado de piedra que colindaba con Fae'lor y se hicieron uno solo con la oscuridad.
Fue en ese instante que se escuchó un grito, resonando desde los muelles.
Okin maldijo en voz baja. ''Saben que estamos aquí'', murmuró.
''Esperaba que estuviéramos más lejos cuando descubrieran el primer cuerpo'', dijo Sirik, ''pero eso no cambia nada. El plan es el mismo''.
Al primer grito le siguieron otros, y una campana comenzó a repicar, retumbando en toda la fortaleza.
''Es momento de poner en marcha nuestra distracción'', dijo Sirik. Cerró los ojos y silenció sus pensamientos internos. Con la vista de su mente, pudo ver el cristal negro que había ocultado debajo de la cubierta del navío de guerra noxiano. Extendió una mano hacia él, avivando su energía interna.
Ella no era una hechicera ni una maga espiritual, pero, al igual que muchos de su pueblo, podía sentir y manipular sutilmente la magia de la tierra de formas casi insignificantes. Un don como el suyo era común y de poca importancia, similar al que tenían los granjeros en su aldea, quienes lo usaban para añadir un poco de magia a sus cosechas. Para las personas ajenas era muy impactante, pero entre su gente, esos dones simples eran muy comunes y no provocaban admiración ni temor. Era como tener la habilidad para silbar o para enrollar la lengua... algunos podían hacerlo, otros no.
Sirik comenzó a respirar con mayor profundidad e intensificó sus plegarias silenciosas, alentando a la piedra incandescente a hacer lo que naturalmente hacía.
Tal vez su don era insignificante, pero el efecto que tenía conforme guiaba al cristal a cobrar vida no lo era. Eso estaba directamente relacionado con la naturaleza volátil que tenía el cristal de piedra incandescente, y no con el innato poder que ella poseía. Aun así, el resultado era impresionante.Abajo, en el puerto, el navío de guerra noxiano La Cazadora Escarlata explotó, encendiendo la noche en una bola de fuego humeante. Los soldados que respondían al repiquetear de las campanas de alarma en Fae'lor se detuvieron en seco y se dirigieron hacia el súbito infierno.
Sirik abrió los ojos. ''Vamos'', dijo.
Kalan se dirigió al muelle de piedra, flanqueado por guardias, y sus tres colas se movían peligrosamente.
''Mi señor, al parecer se trata del trabajo de saboteadores jonios'', dijo un oficial de mirada nerviosa, el cual trotaba para seguir el ritmo de las largas zancadas de Kalan. ''Seguramente fue una detonación de pólvora negra''.
Kalan se detuvo y su rostro reflejó una gran desaprobación conforme examinaba el caos total en los muelles.La
Cazadora Escarlata había desaparecido, convirtiéndose solo en una marca de agua. Los maderos que quedaron aún ardían. Tres embarcaciones cercanas también eran víctimas del fuego y, a pesar de que las tripulaciones trataban de apagar las llamas, Kalan podía distinguir a primera vista que, al menos una de estas, era una causa perdida. Gruñó por la frustración, dejando expuestos sus dientes.
''Ya aseguramos los muelles y está en curso una búsqueda exhaustiva en las otras embarcaciones'', dijo el oficial nervioso. ''Si hay más explosivos, los encontraremos''.
Kalan lo ignoró y entrecerró los ojos. Se puso sobre una rodilla y arañó el suelo. Después, dirigió su mano hacia su nariz y olfateó.
''Señor, si aún están aquí, los encontraremos'', dijo el oficial, evidentemente incómodo con el silencio de su superior. ''Aunque supongo que partieron hace tiempo''.
Kalan se puso de pie y miró hacia atrás, lejos del mar, hacia los imponentes muros.
''Un acto cobarde'', remarcó el oficial. ''Saben que no pueden derrotarnos en un asedio, así que buscan otras formas de hacernos daño. ¡Pero no nos asustarán! ¡Somos Noxus! ''Somos...''
''Silencio'', gruñó Kalan. Por primera vez, sus ojos amarillos sin parpadear miraban directamente al oficial. El hombre palideció ante su mirada, y pareció encogerse un poco, como un sapo regresando a su guarida. ''Fue una piedra incandescente, no pólvora negra. Y ellos siguen aquí. Este no fue un acto de cobardía''.
El oficial se quedó boquiabierto, como un pez fuera del agua. ''¿No?'', pudo decir finalmente, con una voz que superaba ligeramente un gemido.
''No''. Kalan se alejó de él y se dirigió dando zancadas hacia la fortaleza de Fae'lor. ''Esto es una distracción''.
Kalan estaba furioso. Se encargaría de ese tonto después. Ahora mismo, tenía algo mucho más importante en lo que debía enfocarse.
''Se dirigen al estanque de las ilusiones'', dijo gruñendo.
Sirik sujetó con su mano la boca del noxiano hasta que su forcejeo cesó, y dejó el cuerpo inerte en el suelo. Limpió la sangre de su daga en la túnica del hombre y echó un vistazo a su alrededor; vio cómo su hermano y los demás lidiaban con el resto de los noxianos en el nivel inferior de la torre.
Ya estaban cerca. Se vislumbraba un acantilado rocoso en el cielo nocturno, en el patio más allá de su posición, y su cima atrajo a los ojos de Sirik. Una estructura sobresaliente que tapaba las estrellas marcó su objetivo.
Las campanas repiqueteaban la señal de alarma, resonando en todo Fae'lor.
Sirik guio el camino para llegar hasta el patio, saliendo de la torre y corriendo hacia los escalones de piedra que estaban tallados en el acantilado. Ya no le importaba quién los viera. El tiempo para actuar bajo subterfugio se había agotado. Ahora, la velocidad era su mejor aliada.
Se escucharon gritos desde las torres, y las flechas persiguieron a los jonios que corrían por el espacio abierto. Ninguna dio en el blanco, solo impactaban contra el adoquín bajo sus pies. Un puñado de guardias emergió de una puerta cercana, corriendo para interceptarlos. Sirik y su compañía no disminuyeron el paso, ni siquiera al desenvainar sus armas: espadas curvas, hoces, dardos envenenados y abanicos afilados. En un instante, los jonios se encontraban entre los noxianos, deslizándose y dando saltos para evitar fuertes golpes, bailando entre ellos con espadas que desataban estragos sangrientos.
Un primer jonio cayó, víctima de un fuerte golpe de una alabarda directo al cuello. Sirik contuvo la instantánea punzada de dolor en su interior y siguió adelante, abriéndose paso entre el enemigo con su hermano a su lado, dejando a unos cuantos de ellos sangrando a su paso.
Llegaron a los disparejos escalones tallados, mucho más antiguos que la fortaleza misma, y comenzaron su trayecto hacia la cima, subiendo tres escalones por vez, a gran velocidad. Las lamparillas colocadas dentro de la roca en los costados de los escalones permanecían apagadas.
Antes de que Noxus se apropiara de este sagrado lugar, las lamparillas jamás habían estado apagadas, sin importar qué hora del día fuera.
Otro jonio cayó, con dos flechas atravesando su pecho. Sin emitir sonido alguno, abandonó el camino, cayendo en el patio que se encontraba debajo. Sin parar, los jonios sobrevivientes seguían a toda prisa, trepando por el camino en espiral, rodeando el acantilado de piedra para poder alcanzar la cima. Más flechas impactaron contra el muro de piedra que se encontraba al lado de ellos, pero afortunadamente ningún otro jonio fue alcanzado.
Lograron recorrer la curva en poco tiempo. Un destello metálico en medio de la noche fue toda la advertencia que Sirik tuvo e instintivamente lo esquivó, dando una voltereta. Una gran lanza, arrojada con gran fuerza, impactó a centímetros de ella a uno de los hombres que venían detrás. Atravesó su pecho, levantándolo del suelo y derribándolo del acantilado.
En la cima de este, dos guardias estaban de pie, en la entrada del templo. Ambos eran bloques inmensos de músculo y portaban una gran armadura negra. Además, tenían gigantescos escudos y cuchillas dentadas colocadas en sus brutales puños.
Los seis jonios restantes atacaron como uno solo, a toda velocidad, saltando y dando volteretas hacia los inmensos noxianos, reluciendo sus espadas.
Rápidamente, Sirik subió a un costado del acantilado, dando dos pasos en la superficie vertical antes de saltar, impulsando a sus cortas cuchillas a encontrar el cuello del primer guardia, con su hermano atacando desde abajo. Okin rodó debajo de un poderoso ataque oscilante, y consiguió colocarse detrás del noxiano, atacando de forma inversa la pierna del enemigo, provocando que se tambaleara. Sirik se abalanzó por los aires, con sus cuchillas por delante, e hizo dos grandes surcos en la sólida carne del cuello del noxiano.
Aun así, él no cayó y, mientras Sirik aterrizaba con ligereza en cuclillas y con una mano en el suelo para equilibrarse, el lesionado guerrero profirió un gran rugido y golpeó con la superficie de su escudo a uno de los jonios despojados contra el suelo. Antes de que Sirik pudiera intervenir, el inmenso noxiano dejó caer el filo del escudo en el cuello de su camarada caído, aniquilándolo al instante.
La otra noxiana estaba demostrando ser igual de resistente ante los ataques, bramando como un toro herido, agitándose de forma salvaje a pesar de que sus sangrantes heridas habrían matado a la mayoría de los individuos de tamaño normal.
Okin perforó las costillas de la noxiana, justo a un costado de su gruesa coraza, y continuó moviéndose mientras su enemiga se dirigía hacia él. En ese momento, Sirik se abalanzó, asestando un segundo golpe, y conforme su enemiga blandía su arma en su dirección, uno de sus camaradas hizo lo mismo, golpeando a la noxiana desde atrás. Pelearon como una manada despiadada luchando contra una presa de gran tamaño y, por fin, la noxiana cayó sobre sus rodillas, derramando sangre por las rocas. Se mantuvo en posición vertical por un momento, maldiciendo, hasta que cayó bocabajo, completamente inmóvil.
Su compañero rugió lleno de furia y dolor, y atacó a uno de los despojados con un brutal movimiento de su cuchilla. Después, corrió hacia su compañera caída; se dejó caer de rodillas y la meció entre sus gigantescos brazos. Había perdido todo el interés en la pelea y profirió un terrible gemido de angustia hacia el cielo nocturno.
Okin y sus compañeros lo rodearon, preparados para dar el golpe final, pero Sirik negó con la cabeza. ''Déjenlo'', dijo ella. ''Vamos. Terminemos con esto''.
El noxiano no comprendió sus palabras, pero reconoció su intención. Alzó la vista, con una mirada llena de dolor, y se puso de pie, tomando su espada. Después, con un grito, se lanzó sobre Sirik. Lo atacaron antes de que pudiera dar unos cuantos pasos, como él esperaba, y se desplomó a un lado de la noxiana. En su último aliento, se acercó a ella y quedó inerte a su lado.
A pesar de ser un enemigo, su muerte entristeció a Sirik. ¿Ellos dos habían sido familia? ¿Amantes? ¿Amigos? Mediante una respiración profunda, hizo a un lado esos sentimientos con el fin de concentrarse en la tarea en cuestión.
Asintiendo con la cabeza, guio a los cuatro despojados jonios restantes al interior del templo, conocido por su gente como el Dael'eh Ahira, el estanque de las ilusiones
Originalmente, Fae'lor no se había diseñado para ser una fortaleza. Por el contrario, alguna vez fue un centro de tranquilidad y de orientación, en donde jóvenes jonios asistían desde las lejanías para aprender cómo encauzar de la mejor forma posible sus dones innatos. Todo eso llegó a su fin años antes de Sirik siquiera hubiera nacido, y la isla que una vez había estado llena de vida, estudios y serenidad, se convirtió en poco más que una desolada prisión. La vegetación era muy escasa, tanto en la isla como alrededor de la fortaleza; tan solo arbustos quebradizos, secos y llenos de espinas, y liquen color grisáceo eran capaces de prosperar. Los pájaros y el resto de la vida silvestre, que abundaban en las islas cercanas, habían rehuido de Fae'lor, a excepción de los despreciables cuervos negros que llegaron con los noxianos.
Durante todo el tiempo que Sirik estuvo ahí, antes de la invasión, ella y otros guardias habían sido centinelas, vigilantes del Dael'eh Ahira. Su trabajo era asegurar que el ser que habitaba en su interior nunca fuera liberado.
Sirik los llevó hacia la oscuridad dentro de las rocas, sosteniendo en lo alto una esfera de vidrio llena de centellantes alas batiéndose para alumbrar el camino. Mientras más profundo llegaban, la temperatura bajaba más, y ella se estremeció y sintió una punzada en su piel.
Los escalones de piedra estaban resbaladizos por la humedad, pero ella avanzó con agilidad, sabiendo que no transcurriría demasiado tiempo antes de que los noxianos llegaran con una fuerza abrumadora. Ninguno de ellos tenía la esperanza de regresar de la misión; lo único que realmente importaba era cumplir con la tarea que tenían y terminar de una vez por todas con la amenaza que se encontraba aprisionada en el estanque de las ilusiones.
Finalmente, llegaron al punto más profundo del Dael'eh Ahira, deslizándose los últimos metros por las desniveladas rocas, y aterrizaron salpicando en las aguas de escasa profundidad que yacían ahí abajo.
Alguna vez, el templo fue hermoso, pero el desastre había derrumbado la belleza de la cueva durante los últimos años.
Aquí estaba encerrado el ser al que habían vigilado durante tantos años.
El ser al que Sirik había venido a asesinar.
Kalan ascendió hacia la cima del acantilado de piedra dando poderosos saltos, avanzando diez escalones por impulso y con facilidad dejando atrás a sus soldados. Llegó solo a la cumbre, y emitió un gruñido de frustración al ver los cadáveres que había ahí: dos noxianos y dos jonios.
Sin esperar a sus guerreros, se zambulló al interior del Dael'eh Ahira. Descendió por la oscuridad, sus ojos felinos se adaptaron instantáneamente. Podía percibir en el aire un aroma humano, mostrándole el camino.
Adentrándose en la penumbra, Kalan comenzó la cacería.
El oscuro bosque estaba inundado de belleza, pero la chica era incapaz de percibirla mientras daba pasos firmes por el sinuoso camino.
Las centelleantes alas se batían y bailaban en la penumbra, dejando rastros luminiscentes a su paso, pero ella las ahuyentaba de su rostro, ajena a su efímera gracia. Con la mirada abatida, pateó una roca y esta se deslizó sobre las raíces que se retorcían en su camino, sin levantar la vista ante un glorioso atardecer vislumbrado a través de la enramada. Los delicados pétalos de una iris nocturna en flor se desplegaron para liberar su radiante polen en la cálida tarde, pero ella extendió su mano para arrancar la flor de su tallo.
Su rostro ardía de vergüenza y rabia. La reprimenda de su madre aún perduraba, y la risa de su hermano y de los demás parecía seguirla.
Se detuvo, miró los pétalos destrozados en el camino y frunció el ceño. Había algo extrañamente familiar en todo esto... casi como si...—
Oscuras figuras aparecieron en su visión periférica, y ella miró a su alrededor, intentando verlas con claridad. Eran cuatro figuras, pero ella solo lograba distinguirlas si no las veía directamente.
Frunció una ceja, confundida. Esto no era como debía ser.
Algo estaba muy mal.
Sirik y sus tres acompañantes permanecieron de pie formando un círculo, mirando hacia lo más profundo de las aguas. Una mujer yacía ahí, debajo de la superficie; su cabello blanco, largo y ondulante, flotaba a su alrededor lánguidamente.
Syndra. Ese era su nombre, y era sinónimo de destrucción, pues te hacía rendirte ante tus miedos más oscuros y ante la ira. Era un nombre maldito entre las provincias.
Sirik retiró la capucha negra que ocultaba su rostro y la dejó a un lado. Los delicados tatuajes índigo que rodeaban sus ojos parecían retorcerse bajo la luz cambiante emitida por las alas batiéndose que se encontraban dentro de la esfera de vidrio que mantenía en el aire. Los demás también retiraron las telas que cubrían sus cabezas. Todos ellos tenían tatuajes similares en sus rostros, los cuales los identificaban como guardianes de Fae'lor. Todos bajaron la mirada hacia Syndra con expresiones duras.
Las raíces de un árbol ancestral, lo único que evitaba el desplome de las inmensas rocas dentro de la caverna prácticamente ya colapsada, se enroscaron en sus extremidades. Dependiendo de la perspectiva con la que se viera, podrían estar meciéndola, como una madre protectora, o podrían estar conteniéndola y atrapándola. Con facilidad, se podría pensar que estaba muerta, salvo por el tranquilo subir y bajar de su pecho mientras inhalaba dentro del agua.
Syndra no aparentaba ser peligrosa, pero Sirik sabía muy bien lo engañosa que era su imagen. Ella había sido responsable de la destrucción del otrora pacífico templo en el corazón de Fae'lor. Solo fue posible contenerla cuando el espíritu de la tierra misma la había expulsado hacia esas profundidades, tirando de ella y atrapándola en esa inusual existencia suspendida.
Alguna vez, Sirik había expresado en voz alta su confusión respecto a dejar con vida a Syndra. ¿Por qué no solo acabar con su vida y terminar con la amenaza de que ella pudiera despertar de su letargo? Ante la pregunta, su antiguo maestro sonrió y le preguntó que si la tierra deseaba que muriera, ¿por qué la sustentaba? Sirik no tenía una respuesta, no en ese momento y mucho menos ahora. Su antiguo maestro hablaba de equilibrio, pero estaba muerto, asesinado por una espada noxiana, al igual que la mayoría de los que habían servido como los carceleros de la mujer aletargada, la cual seguía con vida. ¿Qué clase de equilibrio era ese?
Mientras estuviera con vida, Syndra era una amenaza, aunque había sido una amenaza contenida cuando ella y los demás vigilaban el Dael'eh Ahira. Sin embargo, ahora que estaba bajo el control noxiano... los insensatos seguramente la liberarían, ya fuera por accidente o en un intento mal intencionado de utilizar su poder destructivo.
No, ese peligro era demasiado grande para arriesgarse. Syndra debía morir. Esa misma noche..
Sirik entregó la esfera con alas batientes centelleantes a su hermano y se adentró en las profundas aguas, con la espada desenvainada.
''Espera'', dijo Okin.
''No hay tiempo, hermano'', dijo Sirik. ''Los noxianos estarán sobre nosotros en cualquier momento. Debemos de terminar con esto ahora.''
''Pero tal vez ella sea nuestra mejor arma contra ellos''.
Sirik se detuvo en seco y giró lentamente hacia su hermano, con una expresión de incredulidad.
''Después de todo, ella es jonia'', continuó Okin. ''Podría ser una gran aliada. ¡Con ella, podríamos desterrar a Noxus de Jonia, de una vez por todas!''
¿Y después qué, hermano? ¿Crees que podríamos controlarla?''
''No necesitaríamos controlarla''. Okin dio un paso al frente, su voz estaba llena de pasión. ''¡Podríamos atacar a Noxus en su propio núcleo! Podríamos...''
''Eres un tonto, hermano'', lo interrumpió Sirik, su voz estaba teñida de escarnio. Dio la vuelta, y se dirigió hacia la figura inmóvil de Syndra.
''No puedo permitirte que lo hagas, hermana. Nosotros no podemos permitirlo''.
Fue hasta ese momento que Sirik se percató de que su hermano y los dos jonios restantes se habían desplegado a su alrededor con las armas en alto. ''¿No pueden permitirme hacerlo?'', preguntó.
''No nos obligues, hermana''.
Su mirada los recorrió, analizando la distancia entre ellos y determinando si podría lograr matar a Syndra antes de que la alcanzaran. Estaría cerca de lograrlo.
''Yo no los estoy obligando a nada'', dijo ella. ''Vinimos aquí para terminar con una amenaza para Jonia, no para liberarla''.
''Esta podría ser nuestra oportunidad de...''
''No'', dijo Sirik ''¿No lo ven? Este tipo de división dentro de Jonia está acabando con nosotros y está jugando a favor de los noxianos. Estamos divididos, discutiendo y trabajando en contra de nosotros mismos, cuando deberíamos estar trabajando juntos''.
''Entonces, trabaja con nosotros'', le rogó Okin.
Sirik señaló la inmóvil figura de Syndra. ''Ella es una amenaza mayor para esta tierra que Noxus. Pensar lo contrario es un torpe acto de desesperación''.
''¡Por una vez en tu vida, no seas tan necia!''
''No me convencerás, hermano'', contestó ella. ''¿Y ahora qué? ¿Vas a matarme?''
''Por favor, no dejes que lleguemos a eso'', dijo Okin.
Los cuatro permanecieron paralizados por un segundo, sin estar preparados aún para que la situación escalara.
Luego, una sombra surgió de la oscuridad y se abalanzó sobre ellos con intenciones letales.
Sirik gritó para advertirles y se abrió paso hacia delante. El movimiento sorprendió a Okin y a sus compañeros, quienes levantaron sus armas pensando que era ella quien los estaba atacando. Uno de ellos arrojó dos cuchillas con un movimiento de su brazo; el ataque había sido una reacción instintiva.
Sirik logró esquivar la primera daga, pero la segunda dio en el blanco y se incrustó en su hombro. Siseó de dolor y se tambaleó hacia atrás, cayendo torpemente en el agua.
El atacante de Sirik se percató demasiado tarde de que la verdadera amenaza estaba a sus espaldas. El jonio fue alzado del suelo, con una espada surgiendo de su pecho, atravesándolo por completo. Después, el atacante sombrío lo arrojó hacia un lado y avanzó, abandonando su espada y dirigiéndose hacia donde estaba Okin.
Era un vastaya cubierto con una armadura noxiana. Cuando rugió, los labios abiertos revelaron su boca de depredador. El sonido reverberó dolorosamente en el interior de la cueva.
Por supuesto que Sirik lo reconoció, y forcejeó para ponerse de pie. Él era Kalan, el traidor repudiado del Placidium, conocido por haberle dado la espalda a su gente y a Jonia para unirse al enemigo. Le habían otorgado Fae'lor como recompensa, un hueso arrojado a una mascota subordinada y leal. Ella y su hermano habían perdido a varios de sus amigos por causa suya.
''¡Lamebotas noxiano!'', rugió Okin en cuclillas, con la espada en posición. ''¡Traicionaste a nuestra gente! ¡Traicionaste a Jonia!''
Kalan se rio amargamente mientras se acercaba a Okin. Flexionó sus manos, y largas garras surgieron de la punta de sus dedos, al igual que un filo de sus antebrazos.
''Jonia no existe'', gruñó el guerrero vastaya. ''Nunca existió. Cientos de culturas mortales están desperdigadas por las Tierras Originarias, cada una con sus propias creencias, costumbres, historia y rivalidades. Ustedes nunca han estado unidos, nunca han trabajado juntos''.
''Entonces, tal vez sea momento de cambiar eso'', dijo Okin. ''Aunque elegiste el bando perdedor''.
''¿Perdedor? Aún falta mucho para que termine la guerra, niño'', dijo Kalan.
Con una mueca de dolor, Sirik arrancó la daga de su hombro y su sangre comenzó a derramarse por el agua, como un listón carmesí flotando en la brisa. La arrojó con una gran destreza por los aires, giró sobre su mismo eje, y la atrapó, tomándola del filo. Con un rápido movimiento de muñeca, la lanzó hacia el traidor, que se acercaba cada vez más a Okin.
La daga se clavó en el costado de su cuello, sumergiéndose profundamente. A pesar de ello, Sirik se maldijo, porque su puntería no fue perfecta. No fue un ataque letal. Sin embargo, Okin y su última acompañante aprovecharon la situación y se dispusieron a atacar.
Okin se abalanzó hacia el frente, arremetiendo contra su enemigo, pero Kalan detuvo su ataque con la palma de la mano y luego lo derribó de una fuerte patada. La acompañante jonia avanzó con gran velocidad por un flanco, lanzando abanicos afilados por los aires, pero el vastaya, a pesar de estar herido, era demasiado rápido y demasiado poderoso.
Se balanceó hacia un lado y después en dirección contraria, evitando los filos que iban hacia él. Después, embistió hacia delante y tomó a su enemiga por la túnica con ambas manos, e impactó su cabeza contra un muro. Un terrible crujido se escuchó al romperse su cuello.
Los amarillos ojos felinos de Kalan se enfocaron en Okin.
Sirik supo de inmediato que estaba muy lejos para poder ayudar. En cambio, dio la vuelta y comenzó a desplazarse hacia Syndra. Haría lo que había venido a hacer en primer lugar. De cualquier manera, ella no tenía la esperanza de salir con vida de esta travesía, pero ahora estaba determinada a asegurar que sus muertes no fueran en vano.
Escuchó cómo su hermano gritó, desafiante, y cómo el vastaya rugió, pero no se atrevió a voltear su mirada. Se adentró aún más en las profundas aguas y alcanzó a su objetivo. Rodeó con sus dedos la garganta de Syndra. Su piel era cálida al contacto. En la otra mano, la cuchilla de Sirik tomó impulso para el golpe mortal.
Esto no era como debía ser.
Algo estaba muy mal.
La chica aún podía escuchar los sonidos del bosque nocturno a su alrededor. Aún podía ver los helechos, las raíces retorcidas y los últimos colores del atardecer más allá del frondoso follaje que yacía ante ella.
>Pero, al mismo tiempo, podía escuchar gritos y rugidos, aunque eran sonidos ahogados, como si los escuchara a la distancia... ¿O debajo del agua?
Por un instante, sintió su garganta llena de líquido y súbitamente fue presa de pánico. ¡Se estaba ahogando! Pero no, eso era imposible. Ella estaba aquí, una niña en la penumbra de un bosque, en las afueras de su aldea. No estaba cerca del agua.
Una forma sombría apareció ante ella, como un terror nocturno con una apariencia incorpórea. Sintió repentinamente una opresión alrededor de su garganta, y forcejeó por tomar aire.
Sus ojos parpadearon. Vislumbró a una mujer joven con el rostro cubierto de tatuajes en espiral. Pero era una visión extraña y ambigua, como si estuviera viendo a esa persona a través del agua. Una mano se aferró su garganta, ahorcándola, y una espada se alzó, lista para clavarse en...
No.
Estaba de vuelta en el bosque. Estaba soñando despierta, una horrible pesadilla. Acababa de llegar corriendo a ese lugar, con las mejillas sonrojadas por vergüenza y enojo. Estaba yendo hacia el sauce espectral para poder tranquilizar la furia que sentía en su interior.
No, eso ya lo había hecho. Lo había hecho una y otra vez, cientos y miles de veces. Revivía ese momento, continuamente.
¿Y si este era el sueño y la otra visión era real?
La oscuridad del odio y la furia de Syndra surgieron en su interior.
Y despertó de su interminable sueño.
Sirik vio cómo los ojos de Syndra se abrieron de golpe.
Con un gemido de desesperación, impulsó su arma hacia abajo, pero no logró impactarla contra ella; una repentina fuerza invisible la arrastró por los aires. Luchó contra ella, agitándose con fuerza, pero era tan inservible como pelear contra la marea ascendente. Era igual de indefensa que un gatito en la boca de su madre.
Syndra se liberó de las raíces retorcidas que habían envuelto sus extremidades durante muchos años y emergió, jadeando. El agua cayó a torrentes conforme ella se elevó en el aire, flotando varios metros sobre la superficie del estanque que brillaba y palpitaba debajo de ella. Un poder oscuro irradió de una de sus manos mientras mantenía a Sirik por los aires, flotando indefensa, y sus ojos ardieron con fuego helado.Mientras Sirik observaba, tanto horrorizada como maravillada, un casco... o tal vez era una corona, surgió sobre la cabeza de Syndra. Se enroscó en su frente, como si la oscuridad tuviera vida, y formó un par de cornamentas grandes y curveadas. Una gota de sombras se formó en su centro y se endureció tanto como una gema, ardiendo con el mismo poder que escurría de ella en oleadas.
Sirik giró por los aires al tiempo que Okin logró liberarse de Kalan. Al hacerlo, vio a Syndra, y una expresión de asombro se dibujó en su rostro. Por su parte, el vastaya parecía estar igual de asombrado, sus labios felinos estaban retraídos, ciceantes, y sus ojos estaban muy abiertos.
Con un horrible sonido succionador, tres orbes de absoluta oscuridad se materializaron alrededor de Syndra y lentamente comenzaron a orbitar a su alrededor. Parecían ingerir la escasa luz de la caverna y tiraban del alma de Sirik; una sensación vil de repulsión y desesperación la envolvía.
''¿Por cuánto tiempo?'', exigió Syndra, su voz era inestable y quebradiza por la falta de uso. ''¿Cuánto tiempo he estado encerrada aquí?''
''Años'', escupió Sirik. ''Décadas. Debimos matarte hace mucho tiempo''.
Ella sintió el odio de Syndra surgiendo, como una dolorosa puñalada en su interior, y jadeó. Después, Syndra gruñó de furia y con un movimiento lanzó a Sirik a toda velocidad por la caverna.
Se estrelló contra un muro, a seis metros de distancia, y sufrió una caída brusca y dolorosa. Después, la oscura mirada de Syndra se dirigió hacia Okin y hacia la criatura noxiana.
La expresión de Sirik era de dolor. Mientras forcejeaba para incorporarse, advirtió que su pierna izquierda y más de una costilla estaban rotas. Gritó al ver a su hermano Okin tambalearse y caer en el agua, manteniendo sus manos en alto en forma de súplica.
''No, hermano...'', logró decir, débilmente.
''¡No soy tu enemigo!'', vociferó Okin. ''¡Ambos somos hijos de Jonia! ¡Únete a nosotros!''
Syndra bajó la mirada hacia él, irradiando poder.
''¡Los noxianos atacaron nuestras tierras y asesinaron a nuestra gente!'', continuó. ''Los hicimos retroceder, pero siguen ocupando nuestras tierras ancestrales. ¡Aún no terminan con nosotros! ¡Jonia está dividida y vulnerable! ¡Tienes que ayudar! ¡Ayúdanos a pelear contra la nueva tiranía!''
''Desconozco a estos noxianos de los que hablas'', contestó Syndra. ''Pero si asesinaron a mi gente, tal vez les debo mi agradecimiento. La única tiranía que he vivido fue a manos de aquellos a los que consideré familia''.
El rostro de Okin intentaba enmascarar el horror, tal vez se estaba percatando por fin de su propia insensatez, y se desplomó sobre sus rodillas, derrotado.
Con un sonido repugnante y desgarrador, Syndra conjuró otra esfera oscura... toda su amargura, resentimiento y enojo se manifestaron. La esfera fluctuó sobre su mano, girando lentamente.
''Y si tú eres jonio, entonces tú eres mi enemigo'', murmuró.
Sirik gritó, pero no había nada que pudiera hacer. Con un movimiento de su muñeca, Syndra envió a la orbe girando hacia adelante, para después atravesar a su hermano. Él suspiró, todo el color abandonó su carne, y se hundió en la profundidad de las aguas.
Fue entonces cuando Kalan atacó, saltando desde las sombras y con las garras extendidas, pero otro movimiento de mano de Syndra envió las tres esferas que la rodeaban hacia él, derrumbándolo sobre su espalda.
''Tú...'', dijo Syndra, inclinando la cabeza hacia un lado, como si intentara recordarlo. ''Reconozco tu alma. Tú traías penumbras a mis sueños'', su expresión se tornó aún más oscura. ''Tú fuiste mi carcelero. Tú... tú me mantuviste aquí''
Desde su posición, Sirik vio al vastaya colocarse en una rodilla.
''Eres una abominación'', siseó.
La mano de Syndra profirió una puñalada y la criatura que gruñía se elevó por los aires.
Las aguas del estanque de las ilusiones se agitaron y Sirik miró sorprendida cómo las raíces que contenían a Syndra salían para reclamarla.
''¡Entonces, mátame!'', rugió Kalan. ''Pero hazlo sabiendo que jamás encontrarás la calma. Adondequiera que vayas, serás odiada y perseguida. Nunca vivirás con libertad''.
''¿Matarte?'', dijo Syndra, con su labio estremecido por la ira. ''No. Ese sería un final demasiado limpio para ti''.
Agitando su brazo, Syndra envió a Kalan hacia las aguas, directo hacia las raíces que se retorcían. Rodearon sus extremidades y lo mantuvieron bajo el agua. Burbujas de aire lo rodearon mientras gritaba... hasta que se quedó inmóvil.
Sirik observó desafiante a Syndra, sabiendo que probablemente le quedaban momentos breves de vida, pero para su sorpresa, la poderosa hechicera la ignoró. En cambio, Syndra dirigió su atención hacia el cielo. Sus dos manos estaban ceñidas en energía oscura y, profiriendo un grito, las levantó. La piedra crujió y un derrumbe de polvo y rocas cayó en el estanque, generando increíbles ondulaciones que se extendían en todas direcciones.
Con un violento movimiento de corte de sus brazos y un estruendo ensordecedor, Syndra despedazó la roca que estaba encima de su cabeza. Gigantescos pedazos de piedra cayeron a su alrededor, chocando contra el suelo con una fuerza titánica. Sirik retrocedió desesperadamente, cada movimiento hacía que un dolor intenso recorriera su pierna y su costado.
Las estrellas titilaron en el cielo y Syndra comenzó a elevarse, flotando hacia su libertad. Ella miró una vez hacia abajo, hacia la inmóvil y sumergida figura de Kalan, envuelta por las raíces.
''Es tu turno de soñar, carcelero'', susurró, y con un movimiento de sus brazos, lo enterró completamente debajo de las rocas caídas.
Estremeciéndose con cada movimiento, Sirik se arrastró tan lejos como pudo, con la certeza de que en cualquier momento quedaría aplastada...
La isla vibró como si hubiera sido desgarrada por un terremoto. Duró lo que pareció ser una eternidad.
Cuando finalmente cesó, un silencio inquietante cubrió todo Fae'lor.
Sirik salió de las penumbras, respiró aire fresco, y sus ojos, desconcertados y abiertos, miraron a su alrededor. Por lo menos la mitad de la fortaleza ya no estaba ahí.
Levantó la mirada. Al principio, solo vio oscuridad donde debió encontrar estrellas. Dando una gran bocanada de aire, se percató de que estaba viendo la silueta de las grandes torres y murallas, colgando en el cielo nocturno. No había colapsado hacia el mar... había sido arrancada de la isla y levantada hacia el cielo.
Ella miró fijamente, boquiabierta. Sabía que Syndra era poderosa, ¿pero tanto? Este era un poder que jamás se habría imaginado.
Mientras Sirik observaba, paralizada por el panorama, pudo distinguir a uno de los navíos de guerra noxianos que estaban atracados en el muelle elevándose sobre el mar. Los hombres caían de la cubierta como hormigas y encontraban la muerte en las rocas debajo, mientras que la embarcación se elevaba cada vez más alto. Después cayó sobre dos embarcaciones, convirtiéndolas en solo astillas. La destrucción fue catastrófica.
El castillo en ruinas del cielo comenzó a desviarse hacia el norte. Sola, en la fragmentada cima del Dael'eh Ahira, Sirik lo vio partir, hasta que los primeros rayos del amanecer surgieron en el horizonte.
La trascendencia de la noche le pesaba como una enorme carga sobre sus hombros. Su hermano y el último de los guardianes de Fae'lor habían muerto. Todos excepto ella.
Y si bien la destrucción provocada a los noxianos esta noche habría sido causa de un gran regocijo en cualquier otro momento, su corazón estaba muy angustiado.
Syndra estaba nuevamente en el mundo.
Habían fracasado.
Kalan se arrodilló, inmóvil y silencioso, mientras esperaba que la vidente hablara. Era una criatura curiosa, de piel violeta, con una sola cornamenta nacarada creciendo en su frente. Algunos la habrían confundido con alguien de su linaje, una niña perteneciente a los Vastayashai'rei, pero cualquiera de la estirpe sabría que no era así.
Los videntes provenían de gente incluso más antigua que sus ancestros.
Cuando abrió sus ojos, aquellos ojos extraños, amables y cubiertos de manchitas doradas que veían más de lo que debían, pudo distinguir que estaban teñidos de tristeza, y su corazón se hundió.
''Te enfrentas a una decisión imposible'', dijo ella. Hablaba en una voz tan baja como el crujido de las hojas otoñales.
''Entonces, dime qué debo hacer'', dijo Kalan.
''No está en mí tomar la decisión. Hay dos caminos que se abren ante ti, pero solo puedes elegir uno. Aunque te advierto que... ambos te conducirán a la tragedia y a la tristeza''.
Kalan no parpadeó. ꞌꞌDímeloꞌꞌ.
''El primer camino. Peleas contra los invasores. Habrá una gran batalla en el Placidium de Navori. Aunque será sangrienta, saldrás victorioso. Serás proclamado un héroe. Tanto tú, como la luz de tu corazón, viven en paz durante muchos años. Eres feliz. Y aun así, estás destinado a enterrar a tus dos crías, quienes te serán arrebatadas antes de tiempo''.
Kalan inhaló profundamente. ''¿Y el otro?'', preguntó.
''Peleas en el bando enemigo. Nunca vuelves a ver la luz de tu corazón ni a tus hijos. Te llaman traidor y maldicen tu nombre. Tu camino es el de la oscuridad, la amargura y el desprecio. Serás odiado por tu estirpe y despreciado por tus aliados invasores. Después de la derrota en el Placidium, debes vigilar la isla de Fae'lor, resguardando el lugar de las ilusiones. Y ahí te quedarás''.
''Y mis pequeños?''
''Viven. Prosperan. Si no lo hacen en esta tierra, en alguna otra. Pero jamás volverás a ver sus rostros, y si alguna vez te desvías de este camino oscuro, ellos estarán perdidos''.
Kalan asintió, y se puso de pie. La tristeza amenazaba con derrumbarlo, pero la contuvo, empujándola hacia lo más profundo de su ser.
Mientras observaba su entorno, absorbiendo los detalles del templo de la vidente, sintió que había algo extrañamente familiar al respecto... una ambigua sensación de que había estado aquí antes y que había sentido esta terrible angustia y pérdida más de una vez.
Luca negó con la cabeza. ¿Estar atrapado en este detestable momento por siempre? Ese sí sería un destino mucho peor que la muerte.
''Lo siento, hijo mío'', dijo la vidente. ''La decisión que debes tomar es atroz''.
''No'', dijo Kalan. ''La decisión es muy sencilla''.
Fin de esta lectura
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Las publicaciones originales
El relato original de The Rune, con ilustraciones oficiales con subtítulos separados. Fuentes distingue la historia regional de las biografías individuales.
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