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La historia de Ivern
Ivern el Cruel era conocido como un feroz guerrero en los últimos días de la antigua Vorrijaard. Su clan veneraba a los dioses antiguos más belicosos y no se arrodillaba ante las engreídas ''Tres Hermanas'', como muchos otros.
Sin embargo, la magia oscura que fortalecía a sus ejércitos era innegable. Ivern y los suyos conspiraron durante mucho tiempo para derrocar a los odiosos Hijos del Hielo. Finalmente, zarparon hacia el este en búsqueda de la tierra donde el sol se alzaba primero; se decía que era allí donde se originaba toda la magia del mundo. Si Ivern lograba adueñarse de todo ese poder, entonces podría derrotar a cualquier enemigo.
Después de que su flota se alejó hasta perderse de vista en el horizonte, tanto él como los suyos cayeron en el olvido y se convirtieron en un mito, pues nunca más se supo de ellos.
Lo cierto es que Ivern el Cruel llegó a las costas de Jonia. Después de atacar una docena de asentamientos costeros, descubrió junto con sus guerreros una arboleda sagrada conocida como Omikayalan, ''el corazón del mundo''. Y allí, en aquel extraño y verde vergel, encontraron la resistencia más feroz. Bestias quiméricas, mitad humanas mitad animales, se lanzaron contra ellos una y otra vez, a la sombra de las ramas retorcidas.
Impertérrito, Ivern siguió luchando y condujo a los pocos sobrevivientes de su expedición hasta aquello tan sagrado para los jonios: el legendario Sauce Divino.
Ivern se quedó paralizado mientras sus hombres eran masacrados. Era en verdad un árbol colosal, repleto de hojas largas y finas que emitían destellos de luz verde y dorada. Estaba en presencia de una magia que no había visto nunca, y estaba claro que estas criaturas inhumanas harían lo que fuera para protegerlo. Dispuesto a minar su voluntad, tomó su hacha de guerra y rugió con odio mientras golpeaba al Sauce Divino una y otra vez.
El gran árbol cayó. En una revuelta de energía vital, Ivern el Cruel quedó deshecho de inmediato.
Abstraído y a la deriva, vio que la batalla había terminado. La carne de los caídos alimentaba a insectos y aves carroñeras por igual, o se descomponía para dar lugar a legiones de hongos. Los huesos se pudrieron hasta convertirse en tierra fértil, y las semillas de la fruta que habían comido los conquistadores germinaron hasta ser árboles repletos de fruta. El latido de las hojas y los pétalos se sentía con fuerza. Toda la muerte que había a su alrededor dio lugar a una increíble explosión de vida.
Ivern nunca había contemplado tal belleza. Todas las formas de vida estaban unidas como un nudo imposible que no quería ser desatado. Lloró y sus lágrimas se deslizaron por su nuevo cuerpo. Era más alto de lo que recordaba y sus extremidades estaban cubiertas de corteza y hojas. La magia de un mundo completamente distinto fluía a través de él. No sabía por qué, o cómo, pero ahora él era todo lo que quedaba del Sauce Divino.
Cuando lo comprendió, escuchó el sollozo de las colinas, el lamento de los árboles y las lágrimas del musgo. Reflexionó sobre todos los errores que había cometido y la crueldad con la que había tratado a los demás. El remordimiento invadió a Ivern y rompió en llanto ansiando el perdón.
Cuando por fin se movió, había pasado mucho tiempo y el mundo parecía... ¿nuevo? La violencia y la crueldad ya no eran más que un eco de su pasado, y descubrió que podía enterrar sus pies y comulgar con las raíces y los insectos. ¡Incluso con la tierra misma!
Ivern deambuló muy lejos, por todo Jonia y más allá, y la extraña magia de Omikayalan lo acompañó en todo momento. Entabló amistad con todos los seres, grandes y pequeños. Contempló sus rarezas, se deleitó en sus pequeños hábitos y a veces incluso les echaba una mano. Acercó a la oruga a su destino, jugó con traviesos ancestros ígneos, abrazó a elmarks y rio largo y tendido con hongos ancianos.
Una vez, se encontró a una gólem de piedra con heridas graves. La pobre se encontraba al borde de la muerte, así que le hizo un nuevo corazón con un guijarro de río y la gólem se convirtió en amiga de Ivern de por vida. Decidió llamarla Daisy por las margaritas que comenzaron a brotar de su cuerpo de piedra.
A veces, Ivern se encontraba con mortales y la mayoría eran más o menos pacíficos. Lo llamaban Pies de Espino, o Árbol Padre, o Viejo Leñador, y contaban historias sobre su curiosa benevolencia. Pero a Ivern le perturbaba ver cómo tomaban más de lo que daban y lo crueles e imprudentes que podían llegar a ser. Al final, se apartó de ellos.
Si iba a continuar con el legado del Sauce Divino, tenía que cultivar a la humanidad, ayudarlos a que vieran, oyeran y crecieran. Ivern había sido mortal y sabía lo difícil que eso iba a ser, pero sonrió y asumió el reto de conseguirlo antes de que el sol se pusiera por última vez.
Tenía tiempo suficiente.


