Piltóver — ilustración oficial de Riot

Historia regional

Piltóver

Una ciudad de progreso donde la invención, el comercio y el prestigio dan forma al futuro.

Ilustración · Riot Games

Piltóver · ilustración regional oficial · Riot Games

Mira antes de leer

Piltóver en movimiento

Videos oficiales · reproduce aquí

Cine · Riot Games

Relatos de Runaterra: Piltóver y Zaun

El aprendiz de Heimerdinger cruza entre la ciudad del progreso y la subciudad.

Ver en el canal oficial ↗

Música · Riot Games

Enemy — Imagine Dragons y JID · Arcane

Obra oficial relacionada con la región o sus personajes. Es una publicación independiente y puede mostrar otra época.

Escenas oficiales y música de Arcane. Pueden revelar acontecimientos de la serie; no son episodios completos.

Ver en el canal oficial ↗

The Rune · Historia regional

Piltóver

La ciudad de un cruce de caminos

La influencia de Piltover comienza con su geografía. Su posición entre continentes y mares la convierte en un punto de encuentro para comerciantes, viajeros e inventos. Las Puertas del Sol transforman esa posición en infraestructura y permiten beneficiarse del movimiento por el puerto. El comercio aporta riqueza, y la riqueza sostiene las instituciones que hacen famosa a la Ciudad del Progreso.

Sus cimientos pertenecen a una historia más larga compartida con Zaun. El puerto antiguo, el desastre del canal recordado en la biografía de Janna y las construcciones posteriores no deben comprimirse en un único momento fundacional. Piltover creció sobre un paisaje ya habitado y transformado. Esa continuidad importa cuando su perfil luminoso se presenta como un triunfo conseguido de forma aislada.

Las Puertas del Sol de Piltover, el paso marítimo que convirtió la ciudad en un centro comercial. El arte conceptual regional oficial aporta contexto sobre su riqueza.Riot Games

Mecenas, prestigio e invención

Las familias mercantiles y las instituciones académicas convierten los descubrimientos en una vía de prestigio. Un dispositivo exitoso puede atraer patrocinio, transformar una industria y dar influencia política a su creador. Los logros de Piltover son reales, pero el talento por sí solo no decide quién obtiene un laboratorio o quién es escuchado. El dinero y los mecenas respetados determinan qué ideas entran en su celebrado relato del progreso.

Arcane y la biografía actualizada de Viktor sitúan el desarrollo de la hextech en su colaboración con Jayce. Su trabajo abre posibilidades extraordinarias para el comercio y las capacidades humanas y arrastra la invención hacia el gobierno y la competencia militar. El mismo logro que promete una vida mejor puede producir miedo cuando su poder se concentra en instituciones ya divididas por riqueza y procedencia.

La protección de bienes y personas

Las investigaciones de Caitlyn revelan delitos que una imagen pública próspera no puede borrar. La historia publicada de Camille expone otra forma de protección, mediante la fuerza encubierta de una familia poderosa para conservar su posición. Estos relatos abordan el orden desde direcciones distintas. Una ciudad segura puede defender a sus habitantes, pero también puede defender acuerdos que dejan a algunos con mucho menos poder que a otros.

La frontera con Zaun hace visible esa tensión en las calles, el trabajo y el aire. Piltover se beneficia de una economía cuya contaminación y peligros se concentran abajo. Las ideas y mercancías cruzan entre ambas sociedades con más facilidad que el trato igualitario. Comprender la ciudad exige seguir a quienes trabajan y viven a su lado, además de a los inventores homenajeados arriba.

El progreso bajo presión

El interés de Ambessa por la hextech conecta la innovación local con el poder noxiano, mientras el conflicto de Arcane muestra cómo las pérdidas familiares y decisiones políticas pueden desestabilizar la ciudad entera. Los relatos antiguos de Universe siguen siendo publicaciones completas valiosas, pero sus orígenes distintos deben leerse con contexto. Piltover sigue preguntando quién puede definir el progreso cuando sus beneficios, peligros y decisiones se reparten tan desigualmente.

Fin de esta lectura

Riot Games · Descripción regional completa

Piltóver

Piltóver es una ciudad próspera y progresista cuyo poder e influencia van en ascenso. Es el centro cultural de Valoran, donde el arte, la producción artesanal, el comercio y la innovación van de la mano. Su poder no viene del poder militar, sino de los motores del comercio y las ideas avanzadas. Ubicada en los acantilados sobre el distrito de Zaun y con vista al océano, flotas de barcos pasan por sus titánicas compuertas con artículos de todas partes del mundo. La riqueza que esto genera ha dado lugar a un crecimiento de la ciudad sin prececedentes. Piltóver se ha reinventado como una ciudad donde se pueden amasar enormes fortunas y hacer realidad los sueños. Pujantes clanes de mercaderes pudieron desarrollarse en las actividades más increíbles: imponentes disparates artísticos, arcanas investigaciones sobre hextech y monumentos arquitectónicos enalteciendo su poder. Con una creciente cantidad de inventores en el emergente conocimiento de hextech, Piltóver se convirtió en un imán para los artesanos más habilidosos del mundo.

Fin de esta lectura

Lee las historias originales

Textos oficiales completos

Estas ediciones conservan el texto del editor. Sus acontecimientos y contextos de publicación pueden ser distintos.

2 lecturas

Graham McNeill · Relato completo

El Día del Progreso

Publicado 2016-12-02

Tamara se obliga a despertar temprano. Es fácil acostumbrarse cuando duermes sobre tierra y te arropas con hojas caídas. Sin embargo, es difícil cuando puedes hundirte en un colchón relleno de plumas y taparte con sábanas de algodón. Las cortinas están abiertas y los rayos cálidos de luz caen sobre su habitación en el tercer piso de la posada. Había cerrado las cortinas en su primera noche en Piltóver y se había hasta dos horas después del amanecer. Eso la había preocupado tanto que no volvió a cerrarlas.

Después de salir de la cama, Tamara camina desnuda hasta la ventana y toca el vidrio colorido con un dedo calloso y cubierto con el polvo del taller. La luz cubre su piel y resalta su complexión esbelta y musculosa. A pesar de eso, se toca el vientre como si temiera descubrir que se volvió blando. Debajo, la calle adoquinada ya rebosa de vendedores que quieren aprovechar el comercio antes del Día del Progreso. Todos los edificios están adornados con banderines que dan a las estrechas calles una atmósfera festiva muy distinta de la ciudad que Tamara suele llamar hogar. Los estandartes de tuercas y llaves de seda dorada y escarlata cuelgan de las torres distantes en las laderas más altas de los distritos de los clanes. Esas torres son la fuente de los ríos de oro que supuestamente fluyen por las calles de Piltóver.

Tamara sonríe pensativa y le da la espalda a la ventana. Su habitación está de lo más ordenada. Todo está en su lugar. Las libretas están apiladas una sobre otra en su mesa de trabajo, al lado de unas herramientas, unos hexcalibradores y diagramas plegados. El almuerzo del día anterior de pan negro, queso y frutas secas sigue intacto, envuelto en muselina, junto a sus herramientas. Hay una pequeña forja para metales construida de forma ingeniosa en el muro de ladrillos. El humo de ella sube hacia el techo por medio de una serie de tubos de hierro. En el centro del escritorio hay una caja de madera en la cual reposa el dispositivo que le tomó tantos meses de esfuerzo construir. Los planos son rollos de papel encerado ocultos debajo del colchón.

Se agacha para tomar el orinal debajo de la cama para aliviarse y se refresca rápidamente con los polvos e infusiones que su anfitrión proporcionó. Procede a vestirse con las ropas resistentes de una aprendiz: unas mallas sencillas, una camiseta con numerosos bolsillos y una almilla doble con un ingenioso sistema de ganchos y sujetadores que pueden quitarse de un tirón. No había entendido el propósito de eso hasta que Gysbert le dijo, sonrojado, que era para que fuera más fácil quitárselo en caso de que se prendiera fuego en el taller.

Revisa su reflejo en un espejo de vidrio pulido que cuelga de un gancho de latón detrás de la puerta, se acomoda el cabello negro detrás de las orejas y lo ata con una banda de cuero y sujetadores de cobre. Tamara recorre sus pómulos altos con los dedos y luego su mentón. Está satisfecha con lo que ve. Colette le sigue diciendo que podría verse mejor, pero su amiga es joven y aún no conoce los peligros de ser fácil de recordar.

Tamara coloca la caja de madera en su bolso junto al almuerzo envuelto en muselina y un par de libros y lápices. Está nerviosa, pero es entendible. Hoy es su gran día y no quiere fallar.

Procede a quitar la silla que bloquea la puerta y gira la rueda de cierre para liberar las barras que la mantienen cerrada. Comparado con su hogar, Piltóver es un lugar seguro. La tasa de crimen aquí es muchísimo más baja. Sus habitantes no están preocupados por la violencia cotidiana que se vive en otras ciudades, pero no son ingenuos, también usan candados en sus puertas.

Sobre todo durante las semanas previas al Día del Progreso.

Tamara cierra la puerta y mientras baja las escaleras se detiene para vaciar el orinal en el vertedero de desechos central de la posada. Solía preguntarse adónde iba todo, antes de darse cuenta de que toda la mierda solo va hacia abajo. En alguna parte de Zaun, seguro hay un jardín que florece como ningún otro. Coloca el orinal en el compartimiento designado para lavar y baja la escalera en espiral hacia el comedor comunal. Otros aprendices están desayunando o ajustando frenéticamente los dispositivos que esperan que les gane el reconocimiento de uno de los clanes. Tamara coloca una mano sobre el bolso, orgullosa de lo que ella misma creó. Había seguido los planes al pie de la letra, a pesar de que los toques finales iban contra su estoico profesionalismo.

Devuelve los saludos que recibe, pero no se detienen a charlar. Muy pocos han dormido más de una o dos horas en las últimas semanas, y se sorprendería si alguno de ellos no se quedara dormido durante las audiciones. Antes de que alguien pueda detenerla, sale a la calle y se ve asombrada con el brillo del sol.

Los edificios altos de las calles están construidos con piedra caliza y madera biselada, adornados con revestimientos de bronce, vidrio emplomado y aleros de cobre. La luz destella en todas las superficies. Las calles están abarrotadas y llenas de ruido. Decenas de hombres y mujeres bien vestidos caminan en todas direcciones. Los mensajeros se abren paso entre empresarios, mercaderes y escribas que reclaman con puños cerrados y molestos. Unos cuantos hojalateros muestran su mercancía sospechosa en telas de lona sobre barriles, listos para correr apenas vean a un guardia. Los oportunistas que lograron llegar a bordo del Aullido Ascendente desde Zaun deambulan por los rincones, en búsqueda de una presa a la que robarle. Son los jóvenes sin experiencia, forzados a alejarse de los blancos fáciles de los puentes de cruce por los más grandes y fuertes.

Tamara los vigila mientras recorre la calle con pasos precisos y calculados. No tiene mucho de valor, pero lo último que necesita hoy es que uno de esos rufianes le quite algo que le pertenece. El olor a pescado frito y a pan solar shurimano recién horneado de un comedor que acaba de abrir le hace agua la boca. Sin embargo, se detiene frente a una mujer que empuja un barril rodeado de tuberías seseantes para comprarle una tisana caliente y uno de esos postres azucarados que están empezando a gustarle demasiado.

‘‘¡Feliz Día del Progreso, linda!’’, le dice la mujer mientras Tamara coloca un engrane de plata en su mano y le dice que guarde el cambio. ‘‘¡Que los engranes vayan en sentido del reloj para ti hoy, querida!’’

El acento de la mujer es pausado, algo extraño para Tamara, como si tuviera todo el tiempo del mundo para decir todo lo que quiera. Pero no es raro oírlo en los Mercados Linderos: es una mezcla del amaneramiento piltoviano y la familiaridad de Zaun.

‘‘Gracias’’, responde Tamara. ‘‘Que el Gris nunca llegue a las puertas de tu hogar’’.

La mujer se toca la cabeza y el corazón, una señal de que nació de padres del mundo de arriba y de abajo. Por más que los ciudadanos de Piltóver y Zaun quieren creer que son entidades separadas, están más unidos de lo que están dispuestos a admitir. Tamara acaba rápidamente con su postre y sigue su camino hasta el final, justo a veinte pasos de distancia, para llegar a la Avenida Horológica. Gira a la derecha, termina su tisana y cuenta los pasos mientras cruza cada calle perpendicular. Los edificios aquí son más elegantes que los del distrito de aprendices en el que está alojada, con columnas de granito y hierro.

Muchos portan lámparas químicas que dan a la mañana un aire nítido y actínico. No tiene sentido que estén encendidas a esta hora, pero Tamara sabe que una gran parte de la sociedad piltoviana está dominada por el poder y la riqueza percibidos, donde uno es el factor del otro. Está por todos lados: en el corte de la ropa que la gente viste, los vívidos colores y el alcance de la publicidad de su filantropía. Tamara ve varias parejas dando un paseo diurno; son hombres y mujeres bien vestidos con amplificaciones sutiles. Una mujer usa un implante de acero en la mejilla y un monóculo hextech que parece una gema en uno de los ojos. Camina del brazo con un hombre que lleva un guantelete de acero en el que destellan tracerías de luz. En frente, un hombre jorobado en overoles lleva una especie de dispositivo para respirar en la espalda: tanques llenos de un líquido burbujeante verdoso cuyos respiraderos exhalan vapor atomizado.

Tamara observa cómo la gente lo mira con admiración y asombro, pero su mirada está entrenada para notar cosas que otros no.

Las dos amplificaciones hextech son falsas.

Tamara estudió la tecnología emergente de Piltóver en detalle y sabe qué es y qué no lo es. La placa en la mejilla es plata moldeada y está pegada al rostro de la mujer, su monóculo no es más que un lente lapidario grabado con el sello de un fabricante que supone es ficticio. La mano de su galán es un guantelete común de bronce con canales de vidrio llenos de algas bioluminiscentes extraídas de los cultivos de Zaun. Solo el aparato de respiración es genuino. Los ojos rojos del jorobado, junto con el aspecto gastado de los overoles, le indican a Tamara que proviene de uno de los niveles más bajos de Zaun.

Ahora viaja desde la Avenida Horológica hasta la Calle Glasswell, pasando por el sinuoso Bulevar de las Cien Tabernas hasta la Avenida Sideral, y luego hacia la Plaza Incognia, donde permanece inactiva la gran esfera de Zindelo, como lo ha hecho desde la misteriosa desaparición del inventor el año pasado. La gente se amontona alrededor del artefacto de seño intricado. Decenas de aspirantes a inventores, artistas y zaunitas pálidos por tanto toser que llegaron a la ciudad por el día.

Un día, pasado de copas, Gysbert le contó que el Día del Progreso se contempla de manera distinta en Zaun, su hogar. Insiste que esta era la Ciudad del Progreso original, antes de que llegara Piltóver. Arriba, el Día del Progreso marca el momento en el que las Puertas del Sol se abrieron por primera vez para permitir al comercio pasar fácilmente del este al oeste de Valoran. También marca el momento en que los impuestos sobre ese comercio convirtieron ese pequeño ingreso de oro a los arcones de la ciudad en un río bravo de oro. Abajo, en Zaun, es un día para recordar a los muertos en el accidente geológico que creó el paso de este a oeste y sumergió distritos enteros bajo agua.

Mismo día, dos percepciones muy distintas.

Tamara camina por la plaza mientras evita a los recaderos entubados que van a toda prisa para entregar mensajes a sus destinos. Una cortesana, Noami Kimba, la saluda y le manda un beso. Ya se encontraron tres veces en el sofocante aire del atardecer y todas las veces Kimba le ofreció una oportunidad de pasar la noche en sus brazos. Tamara la rechazó siempre, pues está muy ocupada para distracciones, pero si puede quedarse más tiempo después de hoy, tal vez acepte la siguiente oferta. Por fin llega al arco del norte de la plaza; en ese momento, se acerca un hombre de barba bien poblada con hombreras de metal y un casquete de hierro. Sus brazos son monstruosidades neumáticas con pistones. Tamara reconoce a uno de los sectarios hierofantes sin nombre de los Magníficos Evolucionados. El coloso le gruñe antes de entrar a la plaza y comenzar a arengar a los transeúntes con su mezcla fanática de teología y tecnohechicería. Sin prestarle atención, gira hacia la Vía Oblicua y se dirige al Puente de Tecmaturgía. Sigue contando los pasos mientras avanza.

La ciudad se abre ante ella y desvela la gran división que separa al norte y el sur de Piltóver. El ancho abismo tiene apariencia de ser ancestral, resultado de fuerzas geológicas naturales, pero nació en esta era y su origen no fue para nada natural. La arrogancia del hombre y su deseo por dominar los elementos le dieron origen. Tamara admira la fuerza de voluntad que debió hacer falta para llevar a cabo semejante plan audaz, la necesaria para aceptar el precio de la división de la tierra y la destrucción de la mitad de Zaun para alcanzar la prosperidad.

La gran torre de la Escuela de Tecmaturgía se alza altiva desde el amplio cañón, anclada en los riscos superiores por medio de puentes colgantes y gruesos cables de hierro que retumban como cuerdas musicales cuando soplan los fuertes vientos del mar. El puente principal es una maravilla de acero y piedra atiborrado de gente que viaja entre las dos mitades de Piltóver mientras maldicen a los vinateros y los proveedores de caramelos porque sus puestos crearon un cuello de botella en el centro. Los juerguistas, aún ebrios desde la noche anterior, van escoltados por guardias de chaquetas azules, botas relucientes y pantalones a cuadros. En cualquier otra ciudad se verían ridículos, pero aquí su llamativa apariencia es normal. Los malhechores, con anillos filosos, se desplazan entre la multitud. Más de un juerguista volverá a casa con los restos de su monedero cortado y vacío.

El norte de la ciudad es donde se concentra la mayoría de los clanes. Es ahí donde tienen sus mansiones y talleres con mucha seguridad. La mayor parte del tráfico de hoy se dirige hacia esa dirección. Tamara ve muchos aprendices cruzando el puente. Todos llevan sus inventos con un cuidado parecido al de una madre con su bebé recién nacido. Intenta buscar los rostros familiares de Gysbert y Colette, pero hay demasiada gente como para ubicar a sus colegas. Llega al final del puente y respira. En general, no la asustan las grandes alturas, pero la gran diferencia en altura entre Piltóver y Zaun es estremecedora.

Dos estatuas de oficiales están a los costados del sendero que desemboca del puente. Uno representa el espíritu de la riqueza, el otro, la esencia de la honestidad. Tamara busca una arandela de bronce y coloca la moneda en la palma abierta de la primera estatua. Su peso activa un mecanismo interno que hace que se cierre la palma. Poco después, se vuelve a abrir, pero la moneda ya no está.

‘‘Yo siempre elijo a la otra’’, le dice un hombre a su lado. Es guapo, morocho y de piel tersa, lo que significa que es rico. Su aliento huele a vino centella. ‘‘Me parece mejor pagar por lo que no tengo’’.

Tamara lo ignora y sigue su camino.

La persigue, persistente debido a los sentidos anestesiados por la resaca y la gran cantidad de dinero en su bolsillo.

‘‘Espere un momento, señorita. No hay razón para no tener modales’’.

‘‘No me faltan modales. Tengo un lugar al que ir y no quiero hablar usted’’, le responde.

El hombre la sigue hasta el puente con una risa que le advierte que solo es un desafío para él. Alguien a quien puede comprar con un poco de oro.

‘‘Ah, eres una aprendiz, ¿correcto?’’, dice cuando por fin nota su ropa y el bolso que carga. ‘‘Vas de camino a las audiciones, ¿no? Esperas llamar la atención de algún artífice para que una de las grandes casas te acoja, ¿eh?’’

‘‘No es asunto suyo, pero sí’’, le responde con la esperanza de que su tono brusco lo aleje. En vez, el hombre aumenta la velocidad, se para frente a ella y le bloquea el paso. La revisa de pies a cabeza, como si estuviera examinando un espécimen de ganado que está por comprar.

‘‘No estás nada mal, señorita. Te falta algo de carne, pero nada que un par de cenas en Lacabro no puedan resolver. ¿Qué te parece? Es el Día del Progreso, todos deben divertirse un poco’’.

‘‘No me interesa’’, responde Tamara mientras lo empuja. ‘‘Fuera de mi camino y déjame en paz’’.

‘‘Escúchame, señorita. Me llamo Cella Allabroxus, y conozco a gente importante del norte’’, dice, mientras sigue bloqueando su paso. ‘‘Pasa la mañana conmigo y hablaré bien de ti. Me aseguraré de que tu audición tenga algo de ayuda, si me entiendes’’.

‘‘No, gracias’’, dice Tamara, y ya sabe qué viene a continuación. La toma del brazo, pero Tamara atrapa su mano justo antes de que haga contacto y la retuerce hasta que el hombre jadea con dolor. Si aplicara un poco de más fuerza, le rompería la muñeca como si fuera una mera rama. Aprovecha su dolor para moverlo hacia el parapeto del puente. Se olvida de su temor a las alturas y empuja a Cella Allabroxus contra la construcción que apenas le llega a la cintura.

‘‘Te pedí amablemente que me dejaras sola’’, dice mientras oprime con fuerza la muñeca de Allabroxus y le arranca un quejido de dolor. ‘‘Te lo estoy pidiendo de nuevo, solo que ya sin amabilidad. Déjame en paz o te empujaré de este puente, y cuando hallen lo que quede de tus restos esparcidos por los techos de Zaun, pensarán que solo eras otro borracho que no podía caminar en línea recta por el puente. ¿Te quedó claro?’’

El hombre asiente, mudo de dolor.

‘‘No necesito de tu ‘caridad’ ni de tu ‘ayuda’. Soy bastante buena en lo que hago y mi éxito o fracaso dependerá de mis propios méritos. Gracias. Ahora, dame una sonrisa y lárgate a tu casa. Arregla esa resaca y recuerda este momento cada vez que tengas ganas de ser descortés con una dama’’.

Cella Allabroxus jadea cuando Tamara le suelta la muñeca. Por un momento, parece que está tentado a responder con algo ofensivo, pero la ceja alzada de Tamara lo hace reconsiderar. Se toma la muñeca y se aleja rápidamente por donde vino. Tamara suspira. Llama la atención de una banda de rufianes vagando al otro lado del camino y señala a Allabroxus con un gesto. Los bribones entienden qué quiere decir y corren tras el hombre.

‘‘¿Qué fue todo eso?’’, pregunta una voz juvenil detrás de ella.

La tensión se evapora del cuerpo de Tamara y vuelve a relajarse. La fría determinación que Allabroxus vio se esfuma de su rostro y la reemplaza una sonrisa de oreja a oreja.

‘‘Nada’’, responde, mientras voltea a ver a Gysbert y Colette. ‘‘Solo un borracho que intentó probar suerte conmigo’’.

‘‘Llegas tarde’’, dice Gysbert mientras señala sobre el parapeto hacia los costados metálicos de una torre de reloj debajo del puente. ‘‘Mira’’.

‘‘¿De qué hablas?’’, responde Tamara. ‘‘Hace años que el Viejo Cascarrabias no indica la hora correcta’’.

‘‘Es cierto’’, dice Gysbert y, aunque intenta parecer molesto, su mirada delata una pizca de enamoramiento. ‘‘Pero acordamos vernos antes de que la sombra del Cascarrabias pasara la torre de Tecmaturgía’’.

Procede a señalar el contorno de la sombra del misterioso reloj, que ya cubre la sección del laboratorio de la torre, de donde proviene una neblina verduzca y grisácea que sale por las tuberías. ‘‘¿Ves?’’

Tamara sonríe y coloca una mano sobre el hombro de él. Gysbert mira el punto de contacto y cualquier enojo que estuviera sintiendo se esfuma.

Colette pone los ojos en blanco y dice: ‘‘Vámonos, ya es hora. Puede que Gysbert sea tan tonto como para perdonar tu impuntualidad, pero el clan Medarda no lo hará. Cierran las puertas a la tercera campanada y ya hicieron sonar la segunda antes de llegar al puente’’.

La mansión del clan Medarda no está lejos del extremo norte del puente, pero las calles están atiborradas y habrá muchos buscando una forma de entrar para mostrar sus creaciones en las audiciones.

‘‘Tienes razón’’, dice Tamara mientras alza el bolso y le da unas palmaditas al dispositivo dentro de él. ‘‘Vayamos y mostrémosles a esos inútiles adinerados lo que podemos hacer’’.

Las puertas de la mansión del clan Medarda son unas imponentes creaciones de acero templado sobre un muro de piedra blanca de alabastro. Los bustos de bronce de los ilustres miembros de la familia descansan en varios nichos a lo largo del muro, incluida la cabeza del líder actual, Jago Medarda. Los grupos de aprendices ansiosos están reunidos en las puertas abiertas. Cada uno carga su más grande invención con la esperanza de les consiga un contrato de servidumbre con esta noble casa. Los modales de los demás causan ternura a Tamara. Todos los aprendices tienen el cuidado de no acercarse a la creación de su vecino.

El Día del Progreso · ilustración de la publicación originalRiot Games

Unos hombres que visten los colores del clan, armados con espadas y lanzas, cuidan la entrada mientras revisan la autenticidad de los papeles de cada suplicante antes de dejarlo pasar. Tamara observa cómo trabajan y admira su profesionalismo y rigurosidad. Algunos aprendices son rechazados, ya sea porque sus papeles están mal sellados o son fraudulentos. Se van sin replicar, solo voltean con miradas resignadas.

Cuando es su turno, Tamara, Colette y Gysbert son aceptados sin problema. Colette se había encargado de que los papeles estuvieran en orden, pues la joven es bastante detallista. Es una característica que Tamara cree que llevará a la niña muy lejos en los años venideros.

Justo cuando terminan de cruzar la entrada, se escucha la tercera campanada del edificio de tesorería de Piltóver. Tamara siente cómo se le erizan los vellos de la nuca. Aprendió a confiar en su instinto a través de los años. Se detiene un momento y hace como si fuera a ajustar las correas de su bolso para poder mirar hacia atrás. Sentada en el borde de una fuente de mármol se encuentra una mujer que viste la chaqueta de comisario de Piltóver. Un sombrero personalizado cubre sus facciones en sombras. Tiene una pierna cruzada y su codo reposa sobre ella mientras su mirada recorre la muchedumbre de aprendices. Sobre el hombro carga un rifle de alto calibre, con tiene algo que parece una resplandeciente gema incrustada en alambre de plata. Su mirada se centra en Tamara por un instante. Tamara se da vuelta antes de que pueda verla mejor.

Conoce esa mirada. Es la mirada de un cazador.

Las puertas se cierran y se apresura a alcanzar a Colette y Gysbert, quienes están en medio de una muchedumbre de personas que miran boquiabiertos a lo que parece ser un simple carruaje. Entonces, Tamara nota el contenedor hextech suspendido, y el nudo de cables de oro y plata que lo conectan con los ejes delanteros y traseros. Una tenue luz brilla dentro del contenedor y Tamara siente el gusto del cobre.

‘‘Es una autolocomotora’’, dice Gysbert. ‘‘Uno de los diseños de Uberti, si no me equivoco’’.

‘‘No puede ser’’, responde Tamara. ‘‘Ella solo trabaja para el clan Cadwalder’’.

‘‘No por mucho más’’, responde Colette.

‘‘¿Qué quieres decir?’’, pregunta Gysbert.

‘‘Se cuenta por la mesa de trabajo que uno de los agentes de Medarda robó una copia de los planos’’, dice Colette en un susurro. ‘‘También dicen que las cosas se pusieron muy sangrientas. Cadáveres mutilados, ese tipo de cosas. La gente dice que el clan Torek está intentando llevársela, pero el clan Cadwalder no dice nada al respecto, por supuesto’’.

‘‘Bueno, no lo harían, ¿o sí?’’, dice Tamara al tiempo que la puerta barnizada negra de la casa se abre. ‘‘Una confesión pública de que los diseños de su diseñadora más grande fueron robados los haría ver débiles’’.

Un mayordomo con un bastón negro y largo, vestido con el dorado y carmesí del clan Medarda, acompaña a los aprendices esperanzados a la mansión. Tamara escucha suspiros de asombro mientras los lleva por las antecámaras abovedadas, recepciones lujosas y enormes galerías. La riqueza evidente del clan está a la vista de todos en cuadros dorados que cubren las paredes, enormes estatuas de arenisca de guerreros con cabezas de bestia traídas desde Shurima y armas cruzadas que portan las marcas distintivas de diseños de Jonia. Los pisos están hechos de relucientes losas de mármol, la enorme escalera es amplia y está fabricada con la madera de los árboles de jabí de Fréljord.

Tamara nota que todo en esta casa está colocado cuidadosamente para intimidar y recordarles a sus visitantes lo poco que sus logros importan comparados con lo que ha logrado el clan Medarda. Voltea a tiempo para ver a una mujer con un vestido largo y gris con felpa rojiza siendo escoltada por otro mayordomo en la entreplanta. Los tacones de sus botas retumban en una percusión metálica mientras mira hacia abajo para ver al rebaño de aprendices con una pequeña sonrisa, antes de desaparecer.

Al fin, el mayordomo termina el recorrido en una sala de espera relativamente pequeña que tiene patrones de espigas y un reloj hecho de marfil y nácar que señala la hora con precisión metronómica. Un conjunto imponente de puertas negras barnizadas con una pequeña rendija al nivel del ojo se abre, pero el mayordomo golpea con su bastón para indicar que deben esperar y sentarse en las bancas colocadas junto a la pared.

‘‘Cuando escuchen su nombre, entren a la sala de pruebas’’, les dice. ‘‘Diríjanse hacia el atril y digan su nombre. Den una breve explicación de lo que van a demostrar, seguido de una explicación corta, y les repito, por favor, que sea corta, de su funcionamiento. Serán juzgados por los eruditos del clan Medarda, así que den por sentado que saben más que ustedes. Les sugiero que sus respuestas sean cortas, pues se aburren rápido. Si tienen éxito, salgan por la puerta de la izquierda. Si no, diríjanse hacia la derecha. Eso es todo. Buena suerte’’.

El mayordomo pronunció este discurso muchas veces, pero Tamara percibe sinceridad en estas últimas palabras. Coloca una mano en el bolso sabiendo que, en cualquier circunstancia, el dispositivo dentro sería suficiente para asegurarle un puesto en las casas de los clanes de Piltóver. Intercambia una mirada con Gysbert y Colette. Ambos están nerviosos, y ella misma se sorprende de notar que su corazón palpita con fuerza. Pasó tanto tiempo preparándose para la audición del Día del Progreso que la idea de un tropiezo a estas alturas le revuelve el estómago. Hace mucho tiempo que no se sentía así y le alegra volver a tener esa sensación. Eso la mantendrá concentrada. Se extiende para tomar la mano de Gysbert y le da un ligero apretón. Una gota de sudor recorre su ceja y le sonríe vagamente en agradecimiento. Colette tiene la mirada fija al frente. Analiza los rostros del otro lado de la habitación; sin duda se pregunta quién lo logrará y quién saldrá por la puerta derecha.

La rendija de la puerta negra se corre. Todos se tensan. Suena un nombre y una chica se pone de pie. La puerta se abre del otro lado y entra con nerviosismo. El olor a madera vieja y la atmósfera cargada que proviene de la sala de pruebas se esparcen, y Tamara intenta imaginar cómo será.

Pasan otros seis aprendices antes de escuchar uno de sus nombres. Colette es la primera y se levanta con determinación. Exhala y luego se dirige hacia la puerta sin mirar hacia atrás.

‘‘Le irá bien’’, murmura Gysbert. ‘‘Lo sé’’.

‘‘También a ti, Gys’’, responde Tamara, aunque sospecha que los nervios lo traicionarán. El chico de Zaun es hábil, pero tiene más desventajas que solo sus nervios en los salones de un clan piltoviano.

Llaman a otros dos aprendices. Tamara mira el reloj y se da cuenta de que cada audición es cada vez más corta. ¿Ya se estarán aburriendo los eruditos del clan Medarda? ¿Eso es una ventaja o una desventaja para los que restan?

Gysbert se levanta de un salto al escuchar su nombre. Casi deja caer su bolso, pero lo atrapa en el último segundo. Su rostro está rojo por los nervios y cubierto de sudor.

‘‘Respira profundo’’, le aconseja Tamara. ‘‘Tú sabes de esto. Eres bueno en lo que haces’’.

‘‘Pero, ¿será suficiente?’’, pregunta.

Tamara cree saber la respuesta, pero asiente y le dice: ‘‘Sí’’.

Gysbert desaparece tras la puerta. Más aprendices son llamados hasta que solo queda ella. La habitación está vacía, pero no puede evitar sentir que la observan. Cuando por fin escucha su nombre, siente un alivio. Se toma un momento para recuperar su compostura antes de atravesar la puerta hacia la sala de pruebas.

La sala es circular y está iluminada por esferas brillantes de vidrio que flotan sobre candelabros con forma de palmas abiertas, como si otorgaran luz al mundo. Tamara apenas puede contener las ganas de hacer una mueca ante tal gesto de egolatría. Es una sala de conferencias con gradas que se alzan por los anillos concéntricos del muero trasero. Un atril sencillo de madera y una mesa de trabajo están en el centro de la sala, con una puerta a cada lado. La izquierda es éxito; la derecha, fracaso.

Las gradas tienen capacidad para, al menos, cien personas, pero solo hay cinco sentadas. Dos hombres y tres mujeres, todos vistiendo las túnicas carmesíes de los maestros. Escriben en grandes libros con plumas cubiertas de oro que generan un ruidoso eco debido a la ingeniosa acústica de la sala. Cada uno de ellos usa una amplificación hextech genuina, y Tamara percibe sus deseos de terminar rápido con esto.

‘‘¿Nombre?’’, dice una de las mujeres sin subir la mirada.

‘‘Tamara Lautari’’.

‘‘¿Qué vas a demostrar?’’, pregunta uno de los hombres. Sus labios no se mueven; su voz proviene de un collar de malla de forma artificial.

Tamara baja el bolso y lo coloca en la mesa de trabajo para dejar salir su creación. Es un conjunto de cables organizados en forma de cubo con una esfera grabada con ácido en el centro.

‘‘Lo llamo el amplificador hexarmilar’’.

‘‘¿Y cómo funciona?’’, le pregunta de nuevo. Tamara intenta no mostrar lo mucho que le molesta su voz generada de forma artificial.

‘‘Utiliza las propiedades de un cristal y amplifica de forma exponencial la energía, más allá de lo que se ha logrado hasta ahora’’.

Aunque lo dice en un tono neutral, la arrogancia de su tono sale a flote. Todos los maestros fijan su mirada en ella. Deben estar acostumbrados a declaraciones pretenciosas de aprendices, pero la confianza de su tono despierta su interés.

‘‘¿Y cómo harás eso?’’, pregunta un hombre de cabello blanco y con un ojo de diamante sobre una placa de porcelana en un rostro quemado por el fuego.

‘‘La geometría de un cristal es vital, así como el eje sobre el que gira’’, responde Tamara mientras abre una delicada escotilla en la esfera para revelar una horquilla de diseño preciso. Cuelgan unas delgadas cadenas, como las de un collar costoso, con las que se sujetaría un cristal de energía. ‘‘Mi dispositivo analiza la velocidad y el ángulo de giro, y los ajusta para lograr una producción óptima de energía’’.

‘‘Eso es absurdo’’, dice la mujer de brazo artificial, con la mirada penetrante de una persona que ha escuchado miles de ideas disparadas de sus estudiantes y las ha rechazado todas. ‘‘No hay tiempo durante la descarga de energía de un cristal para ajustarlo con un grado de control. Praveen intentó lo mismo hace dos años y casi derrumba la mitad del distrito de los orfebres’’.

‘‘Con todo respeto, señora, no estoy de acuerdo’’.

‘‘Tu opinión es irrelevante, aprendiz. ¿Puedes demostrarlo? ¿Puedes demostrar lo que dices?’’

‘‘Creo que sí’’, contesta Tamara.

‘‘La ciencia no se basa la creencia’’, le dice la mujer, como si le hablara a una niña confiada pero necia. ‘‘Lo que se necesita es evidencia empírica’’.

‘‘Puedo hacerlo’’, promete Tamara.

La mujer no se ve convencida, pero asiente y responde: ‘‘Muy bien, puedes comenzar’’.

Se abre una pequeña ranura en la mesa de trabajo al lado de Tamara. Un soporte con grecas se alza desde abajo. Contiene un pequeño cristal facetado color azul zafiro que brilla con su propia luz.

Es un cristal hextech.

El cristal es diminuto, pero es el futuro.

Esto es lo que podría convertir a los clanes de Piltóver en los líderes del mundo, si así lo quisieran. O, si no a ellos, a quien sea que pueda fabricarlo de forma más eficiente y sin los años de trabajo que toman producir apenas solo uno. A este cristal solo le queda un nivel bajo de energía, pero sigue siendo inmensamente poderoso y muy valioso.

Ella no esperaba que fuera tan hermoso.

‘‘Bueno, adelante’’, dice el hombre de rostro quemado. ‘‘Sorpréndenos’’.

Tamara levanta el cristal de su base. Es cálido y vibra con tal sutilidad que es difícil de detectar. Es más pesado de lo que esperaba. Con mucho cuidado, Tamara coloca el cristal en su esfera y lo sujeta con las delicadas cadenas. Se asegura de que no vaya a caerse y sella el dispositivo. El mecanismo sobre el cubo es móvil, y Tamara gira las partes entrelazadas para calibrar los puntos cardinales de contacto hasta sus posiciones.

El dispositivo comienza a zumbar cuando los conductos detectan al cristal como fuente de poder. Una tenue luz azul emana desde su interior. Tamara sonríe mientras su dispositivo comienza a girar. El zumbido crece y el sabor a metal en su boca se hace más fuerte. Se hace más fuerte aún, de forma poco placentera, y comienza a pulsar en oleadas.

Las esferas de luz en la sala pulsan en sincronía con las vibraciones del rugido que proviene de su dispositivo. Comienza a moverse por la mesa; las vibraciones lo desplazan de derecha a izquierda y de arriba a abajo. Chispas de energía destellan alrededor de la esfera, como si fueran rayos que se disparan al revés.

‘‘¡Apáguelo, señorita Lautari!’’

Tamara intenta alcanzar el dispositivo, pero un látigo de luz azul la repele y le deja una marca roja en el dorso de la mano. Retrocede y se aleja un poco del dispositivo que se sobrecarga rápidamente.

‘‘No puedo’’, dice Tamara consternada. ‘‘¡Se está optimizando demasiado rápido!’’

Jago Medarda · contexto regional de Universo de RiotPublicado en Universo de Riot

Siempre supo que pasaría esto, pero esperaba que los cambios que le había hecho al diseño no fallarían de manera tan catastrófica como esta. Un rayo de luz azul sale disparado de su máquina hacia una de las esferas de luz. Esta explota en un espectáculo de chispas de magnesio.

Otra le sigue y, luego, tres más. Muy pronto, la única luz es el destello azul y violento del dispositivo cargado de Tamara. La mujer con el brazo hextech se pone de pie y forma un puño. En un instante, se abre una compuerta de metal y toda la mesa cae, antes de que se vuelva a sellar. El contorno de la trampilla queda iluminado por un instante de luz azul y se puede escuchar la detonación que ruge desde las profundidades.

‘‘Una cámara de seguridad’’, dice Tamara, aliviada al ver que su dispositivo no estalló unos segundos antes.

‘‘Así es, señorita Lautari’’, le dice la mujer mientras se sienta y recupera su pluma de oro. ‘‘¿Acaso cree que es la primera aprendiz que viene con un dispositivo potencialmente letal?’’

‘‘Supongo que no’’, responde Tamara. Está decepcionada, pero no sorprendida. Ese era el resultado que esperaba, a pesar de los mejores esfuerzos de su orgullo profesional para sabotear su meta.

El hombre con el ojo hextech escribe en su registro y habla sin mirarla:

‘‘Creo que ya sabe por qué puerta salir’’.

La salida de Tamara de la mansión del clan Medarda es menos grandiosa que su entrada. La puerta que está más a la derecha se abre hacia un pasillo que se dirige hacia abajo por los riscos rocosos hasta alcanzar una puerta de acero que está tan reforzada que podría aguantar un ariete de asedio. Un sujeto corpulento con brazos hexdráulicos y un casco (aunque Tamara no está segura de que sea un casco) le abre la puerta. Apenas alcanza a salir de la puerta antes de que se azote detrás de ella.

Llega a un callejón en las partes bajas de la ciudad con vista a los riscos. No es como Zaun, pero ya no parece Piltóver. La calle está pavimentada con adoquines asimétricos y cubiertos con el Gris de Zaun. Gysbert está sentado sobre un muro de ladrillos desmoronado. Los restos de su dispositivo aplastado se encuentran a sus pies.

Le sonríe y le dice: ‘‘¿No te fue bien?’’

‘‘No exactamente’’.

‘‘¿Qué pasó?’’

‘‘Explotó’’.

Gysbert se ve sorprendido. Se ríe y luego se tapa la boca con la mano. ‘‘Perdona, no debería reírme. ¿Explotó?’’

Tamara asiente y sonríe. Él vuelve a reír.

‘‘Al menos el mío solo se cayó en pedazos’’, le dice. ‘‘Aunque no importa. ¡Como si Medarda fuera a permitir que un zaunita se uniera a sus sagradas filas!’’

Tamara ignora su amargura y le pregunta: ‘‘¿Has visto a Colette?’’

Los ojos de Gysbert se iluminan ante la oportunidad de entregar buenas noticias.

‘‘No. Creo que lo logró’’.

Tamara deja salir un suspiro de alivio.

‘‘Bueno, al menos uno de nosotros logró entrar’’, dice. ‘‘Así que... ¿quieres ir a ahogar nuestras penas? Después de todo, es el Día del Progreso. Creo que nos ganamos una recompensa por casi haber hecho explotar a los eruditos’’.

Al final de la calle aparece una silueta contrastada por a luz. Hay otros con ella, pero están claramente bajo sus órdenes ya que es la que tiene el rifle de alto calibre sobre un hombro. El cañón del arma está firme y apunta directamente a la cabeza de Tamara.

‘‘Lo siento, señorita Lautari’’, dice la comisaria que vio antes, ‘‘pero no creo que disfrutará de esa recompensa’’.

Las objeciones de Gysbert caen en oídos sordos mientras la comisaria y sus hombres se llevan a Tamara. Sin embargo, no tiene las agallas para seguirla, y eso la alivia. Tamara no quiere que Gysbert se involucre en esto. La obligan a ir hacia el borde del risco y por un momento piensa que van a arrojarla.

Pero esto es Piltóver. Aquí sí siguen las reglas. En su hogar, ya tendría un cuchillo clavado en las entrañas o estaría en caída libre hasta impactar contra las agujas debajo de la ciudad. En vez, giran por una estrecha calle que sobresale por el borde de los acantilados hacia el gran funicular que conduce a los ajetreados muelles en el paso del océano de la ciudad.

‘‘¿Me están arrestando?’’, pregunta Tamara, ‘‘¿qué hice?’’

‘‘¿Hablas en serio? ¿Vas a fingir que no sabes nada?’’, pregunta la comisaria. ‘‘Revisamos tu habitación y encontramos todo. Los diarios hextech, los planos’’.

‘‘Soy una aprendiz’’, responde Tamara, ‘‘se supone que tenga planos’’.

Llegan a una plataforma de malla de hierro unida a una serie colimada de rieles inclinados hacia el océano y los muelles debajo. Cientos de buques se abultan en el ancho canal, amarrados a la sombra de la forma titánica de las Puertas del Sol que permiten el tránsito marítimo de este a oeste. Algunos están de paso, mientras que otros descargan mercancías antes de llenar sus bodegas con la recompensa que les ofrecen Piltóver y Zaun. Tamara ve rompehielos de Fréljord, barcos de transporte militar de Noxus, galeras de granos de Shurima y algunos buques que se ven sospechosos, como si hubieran zarpado del hogar de los ladrones, Aguasturbias.

Los escuadrones de buques de guerra de Piltóver los vigilan: buques elegantes, con cascos de ébano, remos y arietes cubiertos de hierro. Se dice que, además de la fuerza de los remeros, estos buques cuentan con otra fuente de poder: una poderosa batería de armamento hextech. Tamara no sabe si eso es cierto, pero la gente cree que es verdad y eso es todo lo que importa.

Sale de sus pensamientos de barcos cuando tres de los hombres de la comisaria la empujan hacia el elevador. La sujetan más fuerte de lo necesario.

‘‘Tal vez, pero no creo que muchos aprendices tengan mapas detallados de Piltóver escondidos entre su trabajo. Soy Caitlyn y he patrullado esta ciudad durante más años de los que me importa contar, así que la conozco mejor que la mayoría. Y debo decir que hiciste un trabajo muy bueno. Incluso Vi podría caminar a ciegas por todo Piltóver con uno de esos planos sin perderse’’.

‘‘No entiendo’’, insiste Tamara mientras Caitlyn baja una palanca y el elevador inclinado comienza su mecánico descenso hasta los niveles más bajos de la ciudad.

‘‘Eres una pionera, no una seguidora, ¿eh?’’

‘‘¿Qué significa eso?’’

La comisaria no responde. Tamara sacude la cabeza y sus ojos se llenan de lágrimas.

‘‘Mire, juro que no sé de qué se trata todo esto’’, dice mientras su voz se quiebra y su pecho refleja su respiración entrecortada. ‘‘Por favor, solo soy una aprendiz que intenta ganarse la vida. Firmar un contrato con el clan Medarda era mi última oportunidad de lograr algo por mi cuenta, antes de que se acabe el dinero de papá y tenga que entrar a trabajar a las forjas químicas de Zaun. ¡Por favor, tiene que creerme!’’

Ni la comisaria ni sus hombres prestan atención a sus súplicas y no se molestan en responderle a pesar del incremento histriónico de compasión y comprensión, mientras siguen descendiendo. Cuando el elevador por fin se detiene en el muelle, se encuentran en la sombra de un galeón de Shurima en plena marea alta con sus bienes recién descargados. Tamara ve todas sus posesiones amontonadas en un carro de metal usado para transportar granos hasta los compartimentos de esos buques. Sus diarios y planos enrollados están dentro con páginas arrancadas. Meses de arduo trabajo están descartados como basura. Huele combustible y sabe qué ocurrirá. Logra zafarse de los hombres que la sostienen y cae de rodillas a los pies de Caitlyn.

‘‘¡No! Por favor, no’’, solloza. ‘‘Por favor. ¡Se lo suplico!’’

Caitlyn la ignora y se dirige hacia el carro. Procede a levantar una pipa de un estibador que pasaba por ahí y arroja las cenizas incandescentes sobre el carro. Los papeles del trabajo de Tamara, cubiertos de combustible, estallan es un espectáculo de llamas. El fuego consume todo rápidamente y quema todo en cuestión de minutos. El humo se eleva de lo que queda del trabajo de Tamara, y ella escupe a los pies de Caitlyn.

‘‘Maldita’’, gruñe. ‘‘¡Que el Gris por siempre te pise los talones!’’

‘‘Buen intento’’, dice Caitlyn mientras la pone de pie. ‘‘Eres muy astuta con ese acento. Te sale bien, no voy a negarlo. Tiene la jerga, tiene lo tosco, pero he escuchado cada voz de esta ciudad, de todo tipo de gente, y la tuya no cuadra, ¿entiendes? Pero se nota la suciedad y el rencor de tu ciudad natal’’.

‘‘¿De qué habla?’’, protesta Tamara. ‘‘Crecí en las partes más altas de Piltóver. ¡Soy una chica de Goldview! ¡Nací frente a las Bóvedas Eclípticas! ¡Juro que no estoy mintiendo!’’

Caitlyn sacude la cabeza. Está cansada de esta farsa.

‘‘No, tu acento es bueno, pero no logra enmascarar la superioridad gutural noxiana’’, le dice al tiempo que golpea el pecho de Tamara con un dedo para remarcar sus palabras. ‘‘Y sé lo que eres. Sí, he escuchado de las leyendas de los guerreros masones. Guerreros que se infiltran en territorio enemigo y lo analizan. Registran en mapas el terreno, encuentran los mejores senderos para que avancen ejércitos. Dejan las bases para una invasión exitosa’’.

Tamara no tiene oportunidad de negar las acusaciones pues los hombres de Caitlyn la escoltan por la plancha hacia un galeón. La dejan a merced de un par de espadachines de Shurima; asesinos de mirada penetrante que venderían a sus propias abuelas a cambio de un par de engranes de plata.

‘‘Y no vuelvas jamás a Piltóver’’, dice Caitlyn mientras acomoda su rifle en sus brazos. ‘‘Si te vuelvo a ver, pondré una bala entre tus ojos. ¿Entendido?’’

Tamara no responde. Se da cuenta de que Caitlyn dice la verdad.

‘‘Manténganla abajo, luego arrójenla en algún lugar desagradable de Bel'zhun’’, le dice Caitlyn al capitán. ‘‘O solo arrójenla por la borda cuando estén lo suficientemente lejos. No me importa’’.

La nave está ya muy lejos en el mar cuando le dejan subir a cubierta. Demasiado lejos para nadar, pero Tamara no planea mojarse. Observa cómo la resplandeciente joya de Piltóver se aleja en el horizonte. Está triste, pero satisfecha de haber cumplido su misión.

Es una pena que sus planos y registros hechos con cuidado se hayan evaporado, pero ese siempre fue un riesgo y puede volver a hacerlos de memoria. Cierra los ojos y recorre, con ejercicios mentales que le permiten recordar, las calles de Piltóver de noche. Cuenta los pasos y mentaliza un mapa en cada esquina, calle y pasadizo.

Se pregunta cuál miga de las que dejó a su paso llevó a Caitlyn a atraparla, pero supone que ya no importa ahora. La comisaria de Piltóver es astuta, pero Tamara tiene una extraña sensación de que no fue Caitlyn quien la descubrió. Eso le preocupa a Tamara, pues significa que hay alguien en Piltóver a quien no conoce que puede desenmascarar a un guerrero masón.

Sea quien sea, no importa cuánto crean saber de la secreta Orden de los Guerreros Masones, hay una sola cosa de la que no se han dado cuenta:

Los guerreros masones trabajan en pares y a veces vale la pena sacrificar a uno para permitirle al otro adentrarse más en territorio extranjero.

Tamara sonríe, pues ya se imagina la invaluable información que Colette recolectará para Noxus en el núcleo del clan Medarda.

Se recuesta en una cama de sacos de granos vacíos y se prepara para dormir.

Fin de esta lectura

Abrir esta lectura por separado · Publicación original · Riot Games ↗

Ariel Lawrence · Relato completo

El corazón más débil

Publicado 2016-12-02

"Deberías haberla matado".

Mi hermano colocó dos pequeños cubos de azúcar sobre una cucharilla suspendida en el fino canto de su taza de té. Su jubilosa atención se centró en el vertido del té. Las arrugas de su rostro se movieron hacia atrás para dibujar una sonrisa y una risita de felicidad escapó al tiempo que observaba cómo las formas se fundían y caían una sobre otra. Sin escapatoria, los remanentes de dulzura colapsaron ante la oscura infusión.

“Lady Sofía no será un problema”, dijo.

Stevan hizo un gesto de fastidio con la mano. “Hoy quizás, ¿pero mañana? Las emociones se infectan si no se tratan, hermana”. En su mirada pude ver un interrogante. “Mejor ahogar la llama antes de que incendie todo el lugar, ¿no crees?”

“Hablé con la recabadora de información principal de Arvino...”

“Ustedes los recabadores y sus tratos. Aún creo que traicionó a su casa y que debe pagarlo con su vida”.

“Ya llegará el momento”, respondí, suavizando mi tono. “Pero tenemos un acuerdo. Adalbert se encargará de que ella no se meta en problemas. Es su responsabilidad”.

Mi parte en la discusión había acabado. Stevan se reclinó en la silla con una mirada de aceptación de mala gana y levantó la manta que tenía en su regazo.

“A ese hombre le serviría otro par de ojos en su cabeza”, expresó Stevan en voz baja, indignado. Para Stevan, nunca se trató de la búsqueda de una solución, lo único que importaba era el resultado final. Para mi hermano, los arreglos a los que llegaba podían hacer desaparecer muchos de los problemas de Piltóver. Rara vez consideraba las elecciones que llevaban a tales decisiones.

Sostuve mi taza con una mano y dejé que la otra se tendiera distraídamente sobre la cadera, reconfortándome en la línea de agarre que llevaba allí. En parte, Stevan tenía razón. Los resultados importan, pero siempre preferí la caza.

Observé a Stevan a través del vapor de mi bebida. Fruncía los labios como si estuviera decidiendo algo. La presión emblanqueció la piel de su barbilla y resaltó las marcas de edad que trepaban por la seda que envolvía su cuello.

“Hay algo más”, agregué.

“¿Soy tan obvio, hermana?”

Creo que se habría sonrojado si su débil pulso se lo permitiera. En su lugar, me lanzó una sonrisa llena de dolor y sacó un trozo de papel doblado y un rosario de uno de los cajones del escritorio que nos separaba. Stevan retrocedió en su silla de ruedas y tosió con esfuerzo. En la silla, haló de las pequeñas palancas. Ese esfuerzo simple puso en movimiento una serie de pequeños engranajes que activaron unos más grandes hasta que el mecanismo empujó las ruedas hacia mí, y a Stevan con ellas.

“El corto compromiso de Lady Arvino no fue lo único que descubrimos en todo este desastre”, dijo. “Encontramos esto en uno de los hombres del Barón durante la limpieza”.

Puse mi taza en el platillo blanquecino y tomé el trozo de papel y el rosario que me ofrecía. Cambié de posición las cuchillas debajo de mí, sus afiladas puntas se clavaron aún más en la fina alfombra.

Los bordes de la nota estaban carbonizados y un tinte verdoso atravesaba el papel desde la parte quemada. El rosario había sido protegido con amor; las caras de las piedras de cristal eran pulidas y finas.

“Camille”.

Mi hermano solo pronunciaba mi nombre de esa manera cuando era importante. O cuando quería algo. Desdoblé la nota, el olor acre de los disgustos de Zaun salió de ella. Observé las líneas sólidas. La diagramación era limpia y ordenada; el texto, preciso. Mis ojos encontraron la marca del artífice al tiempo que Stevan lo confirmaba.

“Si Naderi regresó...”

“Hakim Naderi ya no está”. Las palabras salieron de mi boca como un reflejo.

Habían pasado más que unos años desde que el cristalógrafo se había desempeñado como artífice principal de nuestra casa, había pasado toda una vida.

Stevan contempló su siguiente movimiento. “Hermana, sabes qué es esto”.

“Sí”. Observé el papel; el diagrama reproducía la construcción mecánica y cristalina que latía bajo mi pecho.

Sostenía el diseño de mi propio corazón.

“Creímos que todos habían sido destruidos. Si esto existe, bien pueden hacerlo otros. Por fin podré liberarme de esta silla”, agregó. “Para recorrer mi casa tal como el maestro de un clan debe hacerlo”.

“Tal vez es momento de dejar que otro tome la responsabilidad como el maestro del clan”, repliqué.

Habían pasado años desde la última vez que Stevan pudo recorrer los salones por cuenta propia. Algo que sus hijos y nietos nunca permitirían que olvidara. Este no era solo un trozo de papel y una serie de oraciones. Para Stevan, este era un mapa hacia la inmortalidad.

“Es solo un diagrama”, continué. “Crees que si encontramos el resto de los diseños de Naderi, nuestros artífices podrán recrear su trabajo. Pero todavía está la cuestión de cómo obtener energía...”

“Camille, por favor”.

Miré a mi hermano. El tiempo no había sido amable con su frágil cuerpo. Pero sus ojos, después de todos estos años, sus ojos eran como los míos, azules, el azul de los Ferros. Ese cerúleo profundo no se marchitaría con la edad ni la enfermedad. Sus ojos tenían el mismo color brillante que los cristales hex que iluminaban el dibujo que sostenía ante mí. Su mirada me rogaba.

“Tú y yo juntos hemos llevado a esta casa mucho más lejos que lo que Madre y Padre alguna vez soñaron”, dijo él. “Si tu amplificación puede repetirse, este éxito, nuestro éxito, Camille, continuará por siempre. Esta casa garantizará el futuro de Piltóver. De hecho, garantizaremos el progreso de todos en Valoran”.

Stevan siempre había tenido afinación para lo dramático. Por su constitución débil, había sido difícil para nuestros padres negarle algo.

“No soy la recabadora de información para todo Valoran. Quizás no encuentre nada”.

Stevan soltó un suspiro de alivio. “¿Pero buscarás?”

Asentí y le devolví el diagrama, pero conservé el rosario y metí los aros retorcidos de nuevo en mi bolsillo. Me di vuelta para abandonar el estudio.

“Y Camille... Si está vivo, si lo encuentras...”

“Será igual que antes”, respondí mientras detenía a mi hermano antes de que pudiera desenterrar más de mi pasado. “Mi deber, como siempre, está con el futuro de esta casa”.

La muchedumbre del final de la tarde cerca del Comercio del Ala Norte seguía palpitando en anticipación por las fiestas del Día del Progreso. Los rostros de los asistentes estaban enrojecidos por el esfuerzo de los preparativos en ocasión de la fiesta anual de la innovación. Sin embargo, no fueron ellos, sino un mercader extranjero que se tambaleaba por la bebida quien reveló mi segunda sombra.

“Por las mamas congeladas de Ursino”, dijo el mercader, frustrado por la presión de la multitud. Empujó a quienes se habían detenido para ayudarlo. “No necesito ayuda”.

Las abejas trabajadoras de Piltóver zumbaban a nuestro alrededor, todas excepto un zángano rubio en una de las esquinas de la plaza. La mantuve a la vista mientras me inclinaba hacia el mercader en frente.

“Entonces levántate”, le dije.

El freljordiano me miró. Su enojo había hecho que intentara alcanzar su daga de colmillo tallado que colgaba de la cintura. Respondí a su mirada y la observé recorrer el cristal hex en mi pecho hasta llegar a mis piernas con cuchillas. El hombre soltó la empuñadura del cuchillo.

“Buen chico”, le dije. “Ahora lárgate”.

Asintió sin chistar. El mercader retrocedió, y la mente de colmena mercantil de Piltóver se abrió para reformarse a su alrededor mientras tropezaba por toda la calle. Solo mi escolta sombría permanecía inmóvil, observándome desde un puesto a la distancia.

Continué a través de la multitud; la gente se abría paso al notar mi presencia. Cuando la oportunidad se presentó, me escabullí hacia un callejón sin salida y disparé mi gancho hacia una cruz de madera en lo alto, encima del corredor. Subí hacia la oscuridad y aguardé.

Unos segundos después, mi escolta entró al callejón. Sus prendas estaban cubiertas y eran lo suficiente anodinas como para no llamar la atención en los atestados niveles de Zaun, pero el látigo ornamentado en su costado gritaba Piltóver, o al menos un mecenas muy generoso. Dejé que avanzara unos cuantos pasos hacia un rayo de luz que seguro la cegaría. Tan pronto estuvo en posición, caí a su espalda y las puntas de mis espadas se incrustaron cuidadosamente en los adoquines.

“¿Perdiste algo, niña?”, Le dije en un tono amenazante.

Llevó la mano rápidamente al mango de cuero negro de su látigo. Se sintió tentada, pero el sentido común pareció ganar.

“Parece que lo encontré”. La muchacha levantó las manos abiertas hasta los hombros. “Traigo un mensaje”.

Arqueé una de mis cejas.

“De su hermano, señora”, agregó.

El drama de Stevan acabaría con la vida de alguien si no tenía cuidado.

“Dámelo”.

La muchacha mantuvo una mano en el aire y usó la otra para sacar una pequeña nota de la manga. El sello de cera mostraba el sigilo de Ferros y la marca personal de Stevan.

“Mueve algo más que tus pestañas y te rebanaré la garganta”, le dije.

Abrí la nota. Podía sentir cómo mi ira subía como si fuera fiebre. Stevan se había tomado la molestia de buscarme una ayudante. En caso de que mi investigación despertara cualquier "sentimentalismo durmiente" que evitara que cumpliera con mi labor.

Me convencí de que quería lo mejor, pero después de todos esos años, parece que aún no confiaba en mí con Hakim. Fue cobarde ocultar estos sentimientos debajo de la manta y no decirme esto a la cara antes de irme.

“Debería matarte por entregar el insulto”, le dije, sopesando su respuesta. “Tu nombre”.

“Aviet. Sus manos y su voz se mantuvieron estables. Era joven, ni siquiera un dedo amplificado”.

“¿Y tomaste esta misión conociendo la posible consecuencia de mi irritación?”

“Sí, mi señora”, respondió. “Esperaba que, si le agradaba, habría un... cargo más permanente dentro de su casa”.

“Ya veo”.

Le di la espalda y empecé a salir del callejón. Le di una oportunidad de matarme, si esa era su verdadera intención. Escuchaba su respiración exaltada y un tintineo áspero mientras arreglaba el acero enrollado del látigo en su costado. Y luego siguieron sus pasos.

“¿Tenemos un destino, señora?”

“La iglesia”, respondí mientras sentía el rosario en mi bolsillo. “Muévete”.

El Primer Grupo de los Magníficos Evolucionados, técnicamente, seguía dentro de Piltóver, pero solo apenas. Aquí, más allá de los mercados limítrofes, el pernicioso hedor de la ciudad superaba el aroma festivo de carne asada y pasteles dulces. El Zaun Gris se movía como una marea baja. Se apoyaba en las piernas y se condensaba a lo largo de toldos de mercaderes cubiertos de hollín sobre charcos de fango oscuro.

Me volví hacia la muchacha. “Espera aquí”.

“Debo seguirla”, Aviet respondió. “Su hermano...”

“Esperarás aquí”, dije de nuevo, sin dejar lugar a una réplica. Mi paciencia para el juego de mi hermano se estaba agotando. “Los Magníficos Evolucionados son creyentes fervientes. No son amables con los no amplificados”.

Observé a mi nueva asistente, esperando su respuesta. Aviet se limitó a inclinarse un poco. Ansiaba pelear, probarse a sí misma, pero no estaba segura de si este era el momento.

Sonreí. “Ya tendremos tiempo suficiente para eso, pequeña”.

La entrada del viejo edificio daba paso a un vestíbulo sombrío separado del salón principal por una celosía de hierro. A través de los patrones de diamantes de metal soldado, varios grupos de lámparas termales de color anaranjado iluminaban la congregación. Las cincuenta o más personas que allí esperaban murmuraban en un unísono atronador, dando la impresión de que una gran máquina respiraba a sus pies. Telas de pana en colores oscuros cubrían las partes de sus cuerpos que seguían siendo carne, mientras que sus brazos metálicos y piernas amplificadas estaban expuestas a la cálida luz. Aquí, amplificaciones de alta tecnología se mezclaban con aquellos con una función más utilitaria. Piltoviano o zaunita, no importaba para los Magníficos Evolucionados. Estas designaciones eran secundarias a su objetivo mayor. En el centro del grupo, una joven mujer con codos mecánicos se dirigía a un hombre con una mandíbula de metal brillante.

“El cuerpo es frágil”, le dijo al hombre. “La carne es débil”.

“La máquina nos impulsa hacia adelante”, respondió el grupo. Las palabras hicieron eco en el aire vacío sobre ellos. “El futuro es progreso”.

El corazón más débil · ilustración de la publicación originalRiot Games

No estaba allí para ser testigo. Me mantuve en las sombras, ignorada por el rebaño amplificado, y continué con mi búsqueda.

Escuché el suave gorjeo del esofiltro del hermano Zavier antes de verlo. Su cabeza calva estaba inclinada hacia su pecho tanto como su aparato de respiración se lo permitía. Se disponía a encender un par de luces de chispa en los rincones del lado del altar de la capilla.

Observándolo desde lo alto se encontraba una figura imponente delineada en frío plomo y cristal esmerilado. La Dama Gris, santa patrona de los Magníficos Evolucionados. El vitral resplandecía desde el interior, encendido siniestramente por las lámparas de arco del exterior.

Me acerqué al sagrario. Había un par de frascos con órganos. Ojos flotaban como huevos en escabeche. Había ofrendas envueltas en trozos de lino, algunos elegantes, otros grasosos y harapientos. Algunas moscas volaban sobre las piezas descartadas de la congregación. Uno de los paquetes envueltos se movió. Poco después, una pequeña rata sacó su diminuto hocico, como si me retara a llevarse su premio. La gasa del tesoro nuevo quedó atrapada en uno de los bordes y el resto del paquete cayó al piso, para revelar un dedo disecado. La rata se precipitó hacia abajo, pero el hermano Zavier la ahuyentó de nuevo hacia la oscuridad.

“Camille”, dijo. Podía escuchar la sonrisa en su voz por debajo del húmedo balbuceo. “¿Viniste a reflexionar?”

“Información, hermano”. Saqué el rosario de mi bolsillo, las cuentas de cristal enredadas en la cadena de alambre.

El hermano Zavier se volvió hacia mí. Sus ojos también estaban bajo un cristal, amplificados como aquellos en los frascos, aunque, a diferencia de estos, los suyos se movían llenos de vida. Le entregué el rosario.

“¿Dónde encontraste esto?” Sacudió la cabeza al tiempo que lo examinaba y chasqueaba la lengua. “Olvídalo, ya debería saber que no debo hacer esas preguntas”.

Regresó a vigilar las luces votivas. “Hace varias semanas, conocí a un hombre que traía esto. Vino a encender una luz y a implorar su favor para el Día del Progreso que se avecinaba”. El hermano Zavier señaló con la cabeza la figura representada en la ventana. El manto de la Dama Gris era un mosaico de cristal violeta cenizo, engranajes oxidados y pistones ennegrecidos. Su epíteto a menudo era invocado cuando un inventor se sentía apenado por la inhabilidad o el fracaso. La suya era una bendición que requería un sacrificio.

“Tenía la piel morena de los moradores del desierto. Más viejo que los aprendices extranjeros usuales que buscan las audiciones”, continuó el hermano Zavier.

“¿Sabías qué clan buscaba?”

“Dijo que se hospedaba en una pensión cerca del clan Arvino”. El zumbido de la fábrica de la congregación se oía a lo lejos. “La testificación de esta tarde acabó. El deber me llama”.

El hermano Zavier me palmeó la mano. Recogió su bata oscura, se abrió paso de regreso hacia el salón principal y me dejó con mis pensamientos.

Hakim había regresado y había guardado silencio. Aunque claro, en la última conversación que tuvimos no hablamos sobre cómo comunicarnos. Tomé el frágil dedo del suelo y lo coloqué de nuevo con las demás ofrendas. La idea de él suplicando como un aprendiz cualquiera me molestaba. Hakim estaba muy por encima de los artífices del clan Arvino. A través de los triángulos de cristal tallado y los diamantes en el costado de la ventana de la capilla, pude ver a Aviet de pie bajo una farola. Todavía seguía órdenes... al menos de momento.

Mi silencio indulgente se rompió por un sonido inusual, leve, pero que no podía ser de ninguna rata. Sentí cómo el cristal hex en mi pecho vibraba en anticipación mientras me volvía para enfrentar la amenaza.

“¿Eres ella?”, preguntó una débil voz.

De la esquina oscurecida cerca de una banca de metal apareció una pequeña niña. No podía ser mayor de seis o siete años.

“¿Eres la Dama Gris?”, preguntó de nuevo. Ahora más cerca, las pulsaciones de mi cristal hex se hicieron más lentas e iluminaron su rostro con un tenue brillo azulado. En uno de sus brazos cargaba un paquete envuelto en gasa, muy parecido a los que yacían apilados a mi espalda. La manga opuesta de su vestido oscuro estaba vacía.

Sin perder el equilibrio, me aproximé a ella. Me arrodillé para que nuestros rostros quedaran al mismo nivel y, gentilmente, toqué la banca de metal para arquear un poco de la energía cristalina a través de mis dedos. La niña observó ansiosa el reflejo de la chispa en el metal pulido de mis cuchillas.

“¿Diste tus piernas para el Día del Progreso?”, me preguntó.

Los Magníficos Evolucionados celebraban la antigua tradición zaunita de sacrificar algo personal para el Día del Progreso con la esperanza de que la siguiente iteración de inventos fuera mejor. Era una práctica que podía remontarse a los días antiguos de la ciudad, cuando la gente de Zaun debía enfrentar la reconstrucción de sus vidas luego de la devastación del "incidente". La riqueza y el desarrollo de Piltóver sobre estas ruinas marcadas servía de prueba para muchos de que la tradición tenía méritos.

Miré a la pequeña niña. No habían sido mis piernas la ofrenda que di en el Día del Progreso hace mucho tiempo, sino algo mucho más preciado.

“Elegí estas”, le dije. “Porque sirven mejor a mi propósito”.

La niña asintió. La luz azul entre nosotras se debilitó, pero todavía podía ver las venas negras como arañas en los dedos de la niña que se aferraban al paquete. Era muy extraño que la plaga afectara a alguien tan joven en esta parte de la ciudad. Los Magníficos Evolucionados solían acoger a los enfermos y veían la remoción de la carne moribunda como la clave para transformar la vida y fe de una persona a través de la tecnología.

“El hermano Zavier dijo que se vuelve más fácil”, dijo.

“Así es”, respondí.

El médico que la atendía había descuidado sus deberes. Ambos brazos debieron haber sido amputados a la vez. Seguro que el cirujano había racionalizado su falta de valor mientras sostenía el cuchillo como un acto de bondad, pero esperar no ayudaría en nada a la pequeña. Si no se le realizaba el procedimiento rápido, esas arañas vasculares treparían más y más cerca de su pecho, para ennegrecer, finalmente, su corazón. Las posibilidades de que viviera para ver el siguiente Día del Progreso eran pocas.

La niña se mordió el labio, en señal de duda, antes de su siguiente pensamiento. En ese momento, mis ojos detectaron movimiento a través de uno de los vitrales más grandes. Me puse de pie y noté varias formas oscuras aproximándose. Aviet ya no estaba sola.

Caminé hacia el sombrío corredor para salir.

“¿Las extrañas?”, gritó la pequeña.

No me volví hacia ella. Sabía que el rostro esperanzado de la niña vacilaba como la fila de luces en el altar. Lo sabía porque recordaba el mío sumido en la duda. Hace muchísimos años atrás, Hakim me había hecho una pregunta similar. ¿Mi corazón? ¿Él? ¿Lo extrañaría un poco? Toqué mi amplificación de cristal hex para asegurarme de que siguiera vibrando uniformemente. Justo a la derecha del grabado angular del sigilo de Ferros sentí una caligrafía pequeña y fluida. Era la marca de Hakim Naderi.

“No”, mentí.

Aviet estaba lista para luchar, su cabello rubio estaba encendido como un halo bajo un farol. Cinco hombres la rodeaban como un banco de tiburones. Sus amplificaciones utilitarias dibujaban formas dentadas en sus siluetas.

“Danos esa cosa bonita y a lo mejor no te matamos lentamente”, dijo el más pequeño, borracho, sin perder de vista el látigo en la mano de Aviet. Todas las molestias del día se acumularon, desde la reprensión fraternal de Stevan, pasando por mi nueva e innecesaria compañera, hasta la mera idea del regreso de Hakim. Podía sentir la energía reprimida electrificando mi columna, impaciente por encontrar un escape. Un bribón pretencioso y su muy maltrecho grupo servirían.

“No dijiste por favor”, le grité.

El bocón con la nariz retorcida me miró. “Eh, chicos”, dijo. “Ya no tendremos que preocuparnos. Parece que tendremos más que suficiente para jugar”.

“Qué gentil de su parte que nos acompañe, mi señora”, agregó Aviet.

“Sí, íbamos a permitirnos una pequeña remuneración del Día del Progreso”, dijo uno de los más grandes con una amplificación de cobre. Su compañero del mismo tamaño estiró la visera de un sucio gorro de lana sobre su pieza ocular llena de fluido e hizo una mueca. “Su Excelencia”.

Mi llegada los había distraído, lo que había provocado que su círculo se volviera asimétrico y se abriera una pequeña brecha.

Era más que suficiente.

La velocidad y el pensamiento decisivo siempre han sido mis mejores aliados, así que corrí hacia la brecha y le di al más larguirucho por sobre el hombre con un barrido largo. Mi pierna afilada cortó el tejido sucio y una línea de color rojo oscuro brotó rápidamente de la tela, pero fue el azul arqueado de la subsecuente energía del cristal hex lo que lo dejó inconsciente.

El más rechoncho y el que tenía el acento más marcado tomaron a Aviet, mientras que los altos vinieron por mí. Dejé que una sonrisa sombría se dibujara en mi rostro; después de tanta contemplación, esto era exactamente lo que necesitaba.

Mis dos compañeros de baile no estaban muy contentos. Ambos tenían hombros tan macizos como las campanas dobles que resonaban sobre el Comercio de la Arena de Hierro. Seguían sin decidir quién sería el primero y su indecisión era mi oportunidad. Me encargaría de ambos.

Me abalancé sobre el que tenía el dispositivo ocular y dejé que mi pierna trasera barriera los tubos enrollados de su hermano chapado en cobre. Él había calculado mal mi alcance y se apresuró a reconectar las mangueras seccionadas a una bomba química. Un barrido bajo inutilizó las piernas de su compañero de las rodillas hacia abajo. Esperé un momento a que el bribón enchapado en cobre respondiera con el brazo. Siempre creían que podían ganarle al segundo golpe.

Y siempre se equivocaban.

“Ahora toma tus partes destrozadas y lárgate de mi vista”, le dije. Su hermano ya cojeaba hacia las sombras, su pierna inútil arrastraba el fango.

El metal del látigo de Aviet resonó en el callejón. Se escuchó otro chasquido metálico y llovieron chispas sobre el más rechoncho mientras se encogía de miedo, boca abajo sobre los adoquines y con lágrimas recorriendo sus mejillas cubiertas de mugre. Solo eran cuatro.

Miré a mi alrededor. El que tenía cara de roedor con el ego inflado no estaba. Lo encontré escabulléndose hacia el Salón de Ensamblaje.

La púa de mi gancho se enterró en la piedra angulada sobre la entrada del salón. Me dejé caer rápidamente y usé su peso y el mío para abrazarnos en un rollo apretado.

Cuando nos detuvimos, yo estaba arriba. Su fétida respiración era rápida y superficial.

“¿De verdad crees que puedes huir?”, le pregunté en voz baja y tranquila.

Su cabeza dibujó un no lleno de miedo, pero extendió una mano grasosa para tomar el cuchillo que guardaba en el cinturón. Cerró los ojos por el brillo cegador de mi cristal hex tan cerca de su rostro. Estaba desesperado por enterrar ese cuchillo en mi muslo, hacer algo para que me alejara de él.

“Hazlo”, le susurré.

Sorprendido, abrió los ojos, pero no dejó que mi permiso quedara en el aire. La punta de su cuchillo perforó el cuero negro, pero no avanzó más, se detuvo en el metal de mi pierna. La sorpresa se registró en su rostro. La mano resbaló por la fuerza del golpe y la carne del puño se enterró en el filo de su cuchillo.

A diferencia de los otros, este no se tragó los gritos, que resonaron en la piedra húmeda de los edificios.

Levanté la mirada mientras el eco recorría el Salón de Ensamblaje. La Dama Gris, en su vitral, nos observaba desde arriba. Y un pequeño rostro nos vigilaba desde el colorido vidrio.

Me incliné y dejé que la cuchilla en mi rodilla casi tocara el pulso agitado en el cuello del hombre bajo mis pies.

“Intenta cazar aquí otra vez y terminaré contigo”, le prometí.

Al darse cuenta que se le había otorgado otra vida, mi presa logró zafarse y se alejó a rastras, como si fuera un cangrejo. Cuando logró poner algo de distancia entre nosotros, se levantó con la mano ensangrentada bien agarrada y corrió hacia algún agujero oscuro para lamerse las heridas.

Podía escuchar cómo Aviet enrollaba el metal de su látigo.

“Escuché que no tenía un corazón bajo todo ese metal”, dijo mientras su interés se disparaba. “Quizás los rumores se equivocan”.

“Cuida tus modales, niña”, le respondí fríamente mientras salía del callejón. “O lo haré por ti”.

Los mercados limítrofes y el Salón de Ensamblaje siempre estaban inmersos en las sombras, agobiados por tanto progreso encima de ellos. Para cuando llegamos a la posada cerca del clan Arvino, la noche ya era dueña de todo. Luego de un estímulo adecuado, el posadero se volvió bastante generoso con su registro, aunque su letra dejaba mucho que desear. Naderi podía estar en el sótano o en el tercer piso. Dejé que Aviet se encargara del sótano, mientras que un gancho me dio acceso a una ventana abierta en el tercer piso.

La pequeña forja en la parte trasera de la habitación había consumido las brasas que ardían bajo una capa de cenizas. Me agaché para pasar por la ventana y entré. La habitación estaba a oscuras, solo una pequeña lámpara iluminaba un pequeño escritorio. Pero fue el hombre que dormía sobre este quien me quitó el aliento, los rizos de cabello oscuro y la piel bronceada en el desierto. La vibración de mi cristal hex se volvió errática. Quizás él también había detenido el tiempo para él.

“Hakim”, dije suavemente. La figura en el escritorio se movió y despertó de su sueño con lentitud. Se estiró con la gracia de un gato y giró. El joven borró el sueño de sus ojos con incredulidad. Era tan parecido a Hakim que dolía.

Pero no era él.

“¿Señora Ferros?”, Se agitó para despertarse un poco más. “¿Qué hace aquí?”

“¿Nos conocemos?”, pregunté.

“No, no exactamente, señora”, respondió, casi avergonzado. “Pero he visto su cara con frecuencia”.

Regresó a su escritorio, buscó algo en sus papeles y sacó uno un poco más viejo y más gastado que los demás. Me lo entregó.

Las líneas eran sólidas, el trabajo con tinta era pulcro y ordenado, y las formas, precisas. Era el trabajo de Hakim, pero no era ningún diagrama. Era un dibujo de mi rostro. No recordaba haber posado para él. Debió haberlo dibujado de memoria luego de trabajar en el laboratorio alguna noche. Mi cabello estaba suelto. Sonreía. Era una mujer enamorada.

La punzada fue tan aguda, que no pude evitar inhalar aire. No le dije nada al joven frente a mí. No pude.

“Es como si lo hubieran dibujado ayer, señora”, dijo, llenando el silencio.

Lo dijo como un cumplido, pero solo reafirmaba las leguas de tiempo que se extendían en mi mente.

Camille · ilustración de personaje de Riot GamesRiot Games

“Mi tío llevó esto consigo hasta que murió”.

“¿Tu tío, muerto?”

“Sí, Hakim Naderi. ¿Lo recuerda?”, preguntó.

“Sí”. La palabra se aferró a mi boca y me llevó a una pregunta egoísta que había cargado durante demasiado tiempo. Una de la que no estaba segura querer escuchar la respuesta. Si el dolor del recuerdo me agobiaría con miles de pequeños cortes, sería mejor abrirlos todos a la vez y ponerle fin. Miré al joven que se parecía demasiado a Hakim. “Dime, ¿tu tío se casó?”

“No, señora”, respondió, inseguro de si iba a decepcionarme. “El tío Hakim decía que amar el trabajo era más de lo que podía pedirse en la vida”.

Hace mucho que derramé todas mis lágrimas, así que ahora ya no me quedaban más. Tomé la pila de papeles y dejé el dibujo de mi rostro en lo más alto. Las líneas de tinta temblaban a la luz azul de la máquina que había reemplazado mi corazón. Lo que era. A lo que había renunciado. Todo el sacrificio afilado que me había convertido en lo que soy hoy. Todo reproducido con minuciosos detalles. Podía aferrarme al pasado, pero nunca tenerlo de nuevo.

“¿Esto es todo? ¿Todo el trabajo?”, Mis palabras salieron como un susurro oscuro.

“Sí, señora, pero...”, su voz se entrecortó con incrédulo horror cuando lancé el paquete sobre las brasas acumuladas y las aticé con cuidado. El pergamino aceitado se encendió y se quemó rápidamente en un caos rojo y naranja. Observé al pasado bullir y oscurecerse hasta que no quedaron más que cenizas y polvo. Fue el joven quien me trajo de vuelta al presente.

El sobrino de Hakim movió la cabeza lentamente, su incredulidad era palpable; yo más que nadie entendía cómo la conmoción de perder tanto en tan poco tiempo podía ser abrumadora. Estaba paralizado. Lo ayudé a bajar las escaleras y a salir a la calle. Se ajustó el bolso de cuero sobre los hombros y miró los adoquines.

Luego, volvió su mirada hacia mí; el aire de la derrota había sido reemplazado por uno de un miedo creciente. Estando tan perdida en mi pasado, presté poca atención a las sombras en la calle. Apenas pude escuchar el tintineo metálico del alambre. El latigazo entró rápido y ató mis brazos a mi costado.

“Es suficiente, señora”, dijo Aviet. El orgullo se distinguía en su voz. La observé mirar al sobrino de Hakim.

“¿Para esto te pagó mi hermano?” Ya lo sospechaba. Aviet había estado esperando la oportunidad toda la tarde. Y mi distracción al encontrar al sobrino de Hakim sin duda era una.

“Sí”, respondió. “A todos”.

Dos gorilas aparecieron sobre los adoquines, sus amplificaciones reparadas capturaban la luz de la calle. El más rechoncho y el pequeño con cara de rata los seguían de cerca. Eran los mismos hombres del callejón detrás del Salón de Ensamblaje. El regordete enterró su cuchillo en el cuerpo del sobrino de Hakim, mientras que el otro sonreía como roedor y ataba y amordazaba al joven aprendiz.

El gigante con los tubos químicos recién conectados dio un paso al frente. Sus dedos se retorcían, ansiosos por devolver la violencia que le había propinado más temprano.

“Cuidado con los cristales, Emef”, dijo Aviet. El abrazo del látigo se intensificó y sentí unas esposas de metal alrededor de mis muñecas. Aviet avanzó un poco hasta situarse junto al sobrino de Hakim. “Tenemos que llevarlos a ellos y a Naderi o nadie recibe su paga”.

¿Todo esto por los celos de mi hermano? Sabía que Stevan sentía el flujo de los años escurriéndose por sus dedos y que me veía inmortal a su lado. Pero, en verdad, no tenía idea del costo de mi deber con la familia. ¿Acaso no veía lo que le costaría ahora?

“¿Y el resto?”, preguntó el hombre de cobre mientras me sonreía como si estuviera a punto de devorar uno de los festines del Día del Progreso.

“Toda tuya”, respondió Aviet.

“Qué considerado de su parte, su Excelencia, el demostrarnos sus talentos antes”, dijo mientras convertía su brazo amplificado en un puño. Era obvio que no sentía la necesidad de ocultar su emoción a la hora de enfrentar a un oponente atado. Su sonrisa se hizo más amplia. “Hará que esto sea más rápido”.

Los nudillos metálicos conectaron con mi mentón. Él esperaba que luchara, pero en su lugar dejé que su golpe me derribara y me hiciera caer de rodillas. La inercia hizo que su pesado brazo amplificado me acompañara hasta el suelo. Saboreé la sangre en mis labios, pero era él quien había perdido el equilibrio por un segundo. La cháchara del resto de la pandilla se detuvo.

“No has visto todos mis trucos”, le dije mientras me ponía de pie.

La energía de mis cristales hex recorría todo mi ser, el poder se erguía como una muralla. El hermano del gigante intentó intervenir abalanzando su puño amplificado contra mi brillante defensa. El escudo explotó y siseó, pero resistió. Ahora a mí me tocaba sonreír.

Aviet tomó el mango del látigo para sacarme del campo de energía. Tiró con fuerza en un intento por desequilibrarme. No tenía idea de que había tenido que hacer equilibrio toda mi vida.

Con las manos aún atadas, salté hacia adelante con una patada giratoria, rebané la garganta del segundo gigante y al descender empalé al primero. La cola del látigo se escapó de las manos de Aviet. Aviet llamó la atención de los dos hombres que sostenían al sobrino de Hakim.

“Si abandonan el trabajo, los mataré a los dos”.

“¿Aún crees que tengo corazón?”, pregunté, mientras sus dos descomunales secuaces yacían muertos a mis pies.

Aviet dudó, pero permaneció en su lugar.

“Soy la espada y el escudo del clan Ferros”, le dije con un aire gélido que cubría cada palabra. “Mi hermano quiere matarme para extender su frágil vida por unos cuantos momentos egoístas más. Sus deseos han traicionado su deber y a nuestra casa”.

Las pulsaciones de los cristales se aceleraron.

“Y tú no vivirás para ver el alba”, agregué.

Canalicé la energía del cristal durante unos instantes para acumular su intensidad hasta que el escudo que me había rodeado se convirtió en una prisión electrificada. No habría escapatoria.

Salté en el aire, más alto que antes, y bajé con fuerza. El golpe destrozó el metal que aprisionaba mis muñecas y los adoquines debajo. La fuerza del impacto derribó a Aviet, sus otros dos matones y al sobrino de Naderi. La calle se había abierto y formado un cráter, el polvo colmaba el aire. La pelea que Aviet tanto ansiaba desde que nos conocimos, para demostrar su valor a mi hermano, no estaba saliendo según lo planeado. Los tacones de sus botas de cuero marcaban las rocas de la calle, su cuerpo anunciaba su retirada antes de que su mente pudiera decidirse por completo. Parada frente a mí, pude sentir su miedo. Lo que sea que mi hermano le haya dicho, ella lo había subestimado. Aviet vio que cualquier vestigio de la piedad que había tenido hasta ahora se había evaporado debido a la revelación completa de la traición de mi hermano.

Di un paso adelante y dejé que mi pierna trasera dibujara un arco. Me apoyé sobre la cuchilla al tiempo que esta conectaba. Aviet luchó para evitar que el contenido de su estómago se esparciera por el piso, pero fue un esfuerzo fútil. En unos instantes terminé de encargarme de sus otros dos matones, y el callejón detrás de la posada quedó en silencio de nuevo. Tomé el látigo de Aviet, cubierto de sangre, de la calle.

El sobrino de Hakim Naderi se apoyaba contra una pared, sumido en el pánico. La respiración del joven llegaba en oleadas jadeantes a través de la sucia tela que lo amordazaba. Me acerqué a él como si fuera un animal al que no quieres alarmar. Liberé sus muñecas de sus ataduras y le tendí la mano, sus dedos no dejaban de temblar. Tan pronto como se puso de pie, me soltó.

Había visto la faceta violenta de mi deber, algo que nunca había querido mostrarle a Hakim, y había permitido que pasara. La mujer bondadosa que alguna vez fui había desaparecido hacía mucho. Solo quedaba una fría oscuridad y cenizas grises.

“Las pruebas”, dijo, su mentón se estremecía con un tipo de terror distinto. La realidad del ocaso empezaba a hacerse notar ahora que se daba cuenta de que nada de esto era un sueño. “¿Qué voy a mostrarles a los artífices mañana?”

“¿Estudiaste con tu tío?”

“Sí. Me enseñó todo, pero los diseños...”

El sobrino de Hakim conocía sus opciones, podía trabajar para mí o renunciar al trabajo de su vida. Mi posición como la recabadora de información no permitiría que el conocimiento que él poseía cayera en manos de otra casa. En sus ojos temerosos vi la inocencia sobre el mundo sacrificada. Yo era su salvadora homicida y su protectora oscura. En este momento de cruel entendimiento, me había convertido en su Dama Gris, una sombra de acero que debía ser temida y venerada.

“Mañana crearás unos mejores”, le respondí.

Incapaz de convertir sus pensamientos en palabras, asintió y tambaleó hacia la noche. Recé para que reconstruyera su determinación antes del alba. De lo contrario, jamás podría esconderse de mí.

Me puse de pie y contemplé la vista desde el balcón del estudio de mi hermano. Una brisa helada agitaba los banderines que colgaban de los aleros de la casa. La ciudad entera se abría ante mí.

Las puertas del estudio se abrieron y, por un momento, pude escuchar los preparativos para la llegada de aprendices de mañana. En aquellas voces y pasos apurados escuché cómo se desplegaban todos los años pasados, todos ellos demasiado similares como para separarlos. Todos salvo dos: el año en que un apuesto hombre de las Arenas se robó mi corazón. Y el año en el que le exigí al mismo hombre que me lo arrancara.

¿Con cuánta frecuencia había venido Hakim a este lugar conmigo entre esos dos momentos? La brisa que jugaba con los banderines despeinaría de los rizos de su cabello, ahí parado en el balcón. —Cuánta promesa —diría mientras sus ojos danzaban por las relucientes torres de la ciudad, el brillo de Zaun iluminando los edificios desde abajo—, una máquina tan delicada, todas estas partes trabajando al unísono.

Le dije lo que mi padre me había dicho, que esta era la promesa del progreso, la promesa de Piltóver. Hizo que nuestra ciudad avanzara, pero, le advertí, un engranaje en el lugar incorrecto pondría todo en peligro. Un solo pistón que se rehusara a cumplir su papel podría destruir la totalidad de la máquina.

La silla de Stevan rechinaba sobre la alfombra. Mis dedos añoraban los rizos del cabello de Hakim o el consuelo del rosario de cristal pulido en mi bolsillo. En su lugar, enrollé en mi mano el látigo de Aviet para formar círculos apretados. Hakim siempre intentó sacarme de esta oscuridad, solo para darse cuenta, demasiado tarde, de que mi trabajo, mi deber para con mi familia, era algo tan arraigado en mí como mi propia sombra.

“¿Camille?”

No dije nada, incapaz de separar mis ojos de la frágil vista y mis aún más frágiles pensamientos del pasado. El mecanismo seguía en marcha y las ruedas de la silla de Stevan lo trajeron a mi espalda.

“Regresaste”, dijo. “¿Aviet?”

En ese momento, lancé el látigo de Aviet sobre la manta de lana en su regazo.

“Ya veo”.

“Cumplió su propósito”, agregué.

“¿Y cuál era?” Para haber estado sentado durante tanto tiempo, mi hermano era un bailarín astuto. Tiró del alambre del látigo.

“Recordarme el mío”, respondí.

“¿Tu propósito?” El nerviosismo inicial de Stevan dio paso a la agitación. Sabía que moriría esta misma noche. Lo habían atrapado, no tenía escapatoria, y menos de mí. Su único consuelo era intentar herirme con la misma profundidad antes de que su tiempo se agotara. Atado como estaba por su fragilidad, las únicas armas que le quedaban eran las palabras.

“Tu deber es conmigo”, dijo. “Así como fue con nuestro padre”.

Deber. Mi padre. Una palabra puede ser más filosa que una navaja.

“Estás aquí para servirme”, gruñó.

“No, mi servidumbre es con esta casa”. El juramento que había tomado retumbaba en mi mente, el juramento de todos los recabadores. Lo repetí sin ningún esfuerzo o arrepentimiento. “A esta casa, seré fiel y leal, sus necesidades vendrán antes que las mías. Para esto, comprometeré mi alma, mi cuerpo y mi corazón”.

Fueron las mismas palabras que le dije a Hakim la noche que terminé todo entre nosotros. Nunca podría ser suya pues ya me había prometido a otro.

“El deber del recabador debía ser mío”. La voz de Stevan me trajo de vuelta al presente. Apretó los brazos de la silla hasta que los nudillos se le pudieron blancos. “Tomaste un juramento con nuestro padre, ¿y qué hiciste? Murió porque no tenías la fuerza suficiente. Y luego casi abandonas esta casa. ¿Por qué? ¿Amor? ¿Atención? ¿Dónde estaba tu deber entonces?”

Escupió las palabras en el espacio entre nosotros. Estas venas ennegrecidas, esta plaga, había dejado que se infectara durante mucho tiempo. ¿Qué tipo de favor le había hecho a esta casa al ignorar su locura?

“Arranqué mi corazón por la familia. Por ti, Stevan”, le contesté. “Di todo lo que soy. Después de todos estos años, ¿puedes decir lo mismo?”

Stevan chisporroteaba como una chispa mojada, desesperada por avivar su vida, pero sabía que le quedaba poco tiempo para encenderse.

“Padre solo te dio esto, pero fui yo el que pasó toda su vida probándole que era yo quien lo merecía”, dijo. Sus palabras estaban cargadas de repulsión. La ira de mi hermano se apoderó de él rápidamente, la toxicidad envenenaba el aire como un derrame químico. “Quizás me veas como tu traidor, pero tú eres la responsable, hermana. Si hubiera podido confiar en ti, en que tomarías las decisiones correctas, no habría tenido que intervenir”.

Yo había permitido que se convirtiera en este monstruo. Había tolerado sus nefastos planes y motivaciones solo porque no estaba dispuesta a enfrentar un futuro sin él, un futuro en el que nadie recordara la mujer que fui. Si mi determinación hubiera sido más fuerte, podría haber acabado esto años atrás. Había renunciado partes de mí misma, pero en todo ese tiempo, nunca tuve el coraje para sacrificar la pieza que sabía que contaminaba nuestra casa.

“Esa noche habría huido con Hakim si no te hubieras esforzado por recordarme mi deber”, le respondí.

Él había venido ante mí, ensangrentado y quebrado, para obligarme a enfrentar la realidad de haber abandonado mi cargo. Incluso cuando descubrí la verdad un par de años después, que él era el responsable de su propio ataque, me había sentido aliviada. Al borde de una decisión nublada por los sentimientos, mi hermano me había dado el empujón que me había permitido separar el honor de la emoción. Sabía que, sin él, habría renunciado a quien se supone que debía ser. Fue su motivación oscura la que me permitió adoptar por completo el manto que llevo hoy.

Me moví hacia él y dejé que mis dedos descansaran en su hombro. Podía sentir sus huesos envejecidos bajo la rica seda y su piel marchita. Las vibraciones en mi pecho se intensificaron. Stevan me miró, el azul de sus ojos se endureció como fragmentos de cristal destrozado mientras la energía alrededor de mi amplificación se hacía más fuerte.

“Siempre has sido mi responsabilidad, hermano”. El frío en el aire se apoderó de mis palabras. “Stevan, ya no te fallaré más”.

Pude sentir cómo la carga electrificaba los vellos de mi nuca. Dejé que mi mano se arrastrara desde su hombro hasta el borde de su rostro. El mechón de cabello de aspecto juvenil que caía sobre su frente había disminuido y desaparecido hacía varios años. La chispa se arqueó a través de mis yemas y envolvió a Stevan.

Su corazón no tardó mucho en llegar al límite, el músculo atrofiado que impulsaba a mi hermano a esos lugares oscuros por fin cedió en su pecho. Se le cerraron los ojos y el mentón se apoyó sobre mi mano.

La vibración de los cristales en mi pecho se hizo más lenta, hasta alcanzar un ritmo tranquilo. Me volví para contemplar la ciudad. El frío de esta noche se adentraría en sus huesos metálicos, pero mañana continuaría avanzando, llena de vida. Hacia el progreso.

Una máquina tan delicada.

Fin de esta lectura

Abrir esta lectura por separado · Publicación original · Riot Games ↗

Un mundo lleno de vida

Lugares y vida cotidiana · Piltóver

Comercio y progresoRiot Games

Comercio y progreso

La antigua ciudad de Zaun solía ser un punto de comercio shurimano, pero la creación de las puertas marítimas de Piltóver, hace más de tres mil años, aportó una prosperidad mucho mayor.

Universo de Riot · Archivo regional

Las Puertas del SolRiot Games

Las Puertas del Sol

La construcción de estas puertas marítimas convirtió a Piltóver en un centro de intercambio comercial entre Valoran y Shurima, lo cual trajo grandes riquezas a los gobernantes de la ciudad.

Universo de Riot · Archivo regional

Taller del Instituto HorológicoRiot Games

Taller del Instituto Horológico

Los talleres de los investigadores de Hextech son ejemplos magníficos de lo que un patrón adinerado puede hacer por un inventor.

Universo de Riot · Archivo regional

Influencia en todo ValoranRiot Games

Influencia en todo Valoran

El comercio es el alma de Piltóver, y su dominio de la ruta marítima principal entre el este y el oeste ha hinchado de oro sus arcas. La rápida expansión del imperio noxiano es una consecuencia de lo anterior, puesto que sus ejércitos y suministros ahora viajan a lo largo y ancho de Valoran con cierta facilidad. También le ha permitido a Aguasturbias prosperar como un refugio de saqueadores que acechan embarcaciones viajando desde y hacia Piltóver.

Universo de Riot · Archivo regional

Estructuras de maravillaRiot Games

Estructuras de maravilla

Las estructuras más nuevas de Piltóver combinan elegantemente mármol pulido, celosías de bronce y cristal resplandeciente, los cuales conviven con edificaciones antiguas de piedra labrada y madera curtida. Las estriadas torres con incrustaciones de oro y plata ascienden hasta los cielos despejados, mientras que los puentes arqueados cruzan los abismos entre los acantilados.

Universo de Riot · Archivo regional

Riqueza y reputaciónRiot Games

Riqueza y reputación

Las entradas a los edificios mercantiles suelen ser increíblemente rebuscadas. Incluso aquellas viviendas que son anteriores al Hextech se han ornamentado con detalles recargados que refuerzan la impresión de que Piltóver es una ciudad bañada en oro.

Universo de Riot · Archivo regional

La historia de la región

Descubre lo que pasó aquí

  1. Piltóver y ZaunHilo regional paralelo · distinguir cuentas Universe y Arcane

Historias personales

Campeones · Piltóver

Historias relacionadas · Piltóver

Historias relacionadas con los personajes de la región; algunos viajes continúan más allá de sus fronteras.

Las publicaciones originales

Fuentes y lecturas relacionadas

El panorama regional de Riot y las descripciones de lugares se conservan con atribución. Los relatos regionales describen su período de publicación; las historias posteriores pueden cambiar la situación.

  1. piltover · Universo de Riot ↗
  2. janna · biografía ↗
  3. viktor · biografía ↗
  4. caitlyn · biografía ↗
  5. camille · biografía ↗
  6. ambessa · biografía ↗
  7. Riot · shared lore ↗
  8. Cuentos de Runaterra: Piltóver y Zaun ↗
  9. Enemy — Imagine Dragons y JID · Arcane ↗

El Círculo de las Runas

¿Qué pregunta te dejó esta historia?

Comparte una duda o una teoría con los lectores del Círculo.

Conversar sobre esta lectura ↗

Publicación oficial

Se abrirá el sitio del editor. Si no carga, utiliza el enlace directo. Abrir el original en otra pestaña ↗