Xayah y Rakan: magia salvaje
La cinemática de Xayah y Rakan proporciona un compañero a las historias de resistencia; también cuenta con Zed.
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The Rune · una guía del lore publicado
Muchos pueblos, distintas tradiciones y una profunda conexión entre la vida mortal y la magia espiritual.
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La cinemática de Xayah y Rakan proporciona un compañero a las historias de resistencia; también cuenta con Zed.
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Historias y presentaciones de personajes ambientadas en Runaterra.
Ver en el canal oficial ↗Síntesis original de The Rune. Las fuentes y los límites de cada relato aparecen abajo.
01
El relato de Riot sitúa los antepasados de los vastaya en las Tierras Originarias, donde los mortales afrontaron una amenaza de titanes celestes. Algunos recurrieron al mundo espiritual y se convirtieron en los vastayashai'rei, seres extraordinarios cuyo poder ayudó a vencer el peligro. Los vastaya descienden de esos seres y de los mortales que convivieron con ellos. Sus rasgos animales pertenecen a esa herencia mágica; no son humanos corrientes con otra apariencia.
Generaciones de descendientes desarrollaron formas y relaciones distintas con su entorno. El origen los conecta sin imponer una sola cultura o lealtad política. La ascendencia compartida es un comienzo para comprender sus historias, no una razón para suponer que la comunidad de un campeón representa a todos los pueblos vastaya de Runaterra.
02
La magia espiritual forma parte del entorno del que dependen las comunidades vastaya. Las construcciones humanas y la alteración de corrientes mágicas pueden amenazar algo más que una preferencia sagrada: pueden cambiar las condiciones de vida de un pueblo. Esto da a las disputas territoriales de Jonia una dimensión que los extranjeros quizá no perciban si solo ven tierra vacía o recursos aprovechables.
Xayah responde resistiendo la pérdida de libertad y magia de su pueblo. Rakan comparte su lucha y aporta otro temperamento y una capacidad distinta de conexión. Su relación une propósito político y afecto. No establece que todos los vastaya elijan los mismos métodos ni que cada relación entre un humano y un vastaya deba volverse hostil.
03
La historia de Ahri sigue el hambre, los recuerdos y la recuperación de sus orígenes. Su experiencia con la esencia ajena convierte la identidad en una pregunta personal difícil, no en una categoría resuelta por la apariencia. La supervivencia de Neeko y sus encuentros con desconocidos ofrecen otra ruta por la pérdida y la conexión. Sus relatos muestran que la ascendencia puede importar mucho sin proporcionar una comunidad inmediata a la que volver.
04
Los marai de Nami viven con responsabilidades moldeadas por el océano y por un ciclo protector ligado a una piedra lunar. Su viaje para renovar esa protección conecta a su comunidad con poderes asociados a Targon. Es una vida cotidiana muy distinta de la resistencia de Xayah en los bosques o de los viajes de Ahri. Seguir las necesidades de cada pueblo da sustancia a sus diferencias más allá de una lista de rasgos animales.
05
El diario de Eduard Santangelo recoge las observaciones de un explorador del propio mundo. Es valioso como un relato situado, con curiosidad, suposiciones y conocimientos incompletos. Conviene leerlo junto a las biografías de quienes intenta describir. La comprensión se amplía cuando la clasificación exterior se equilibra con vidas donde la familia, la supervivencia, el amor y los deberes espirituales tienen significados propios.
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Estas ediciones conservan el texto del editor. Sus acontecimientos y contextos de publicación pueden ser distintos.
Riot Games · Relato completo
Publicado 2017-04-04
(Un diario de observaciones, teorías y reflexiones sobre las criaturas quiméricas del norte de Jonia tal como las describe el prestigioso
EDUARD SANTANGELO: caballero, explorador, cronista)
Conocí por primera vez a las criaturas quiméricas conocidas como los vastaya tras desembarcar en las fértiles costas de Jonia. Ahí, yo esperaba encontrar la cura para un peculiar padecimiento piltoviano conocido como melancolía, un leve aburrimiento de los pormenores de la vida diaria en la fiable y brillante Ciudad del Progreso, donde me gano la vida como autor con cierto renombre.
Dentro del suave y mágico interior de Jonia, un territorio que rara vez exploran los cartógrafos no nacidos en sus inmensas costas, emprendí la tarea de encontrar algo completamente fuera del marco de mi especialización. Algo maravilloso, mágico, hermoso y aterrador.
En cuanto descubrí a los vastaya, supe que había encontrado lo que tanto había estado buscando.
Conocí a la primera criatura vastaya en plena noche, mientras esta hurgaba en mi campamento en busca de algo que pudiera engullir. Aunque casi huyó por el terror que le había causado mi aparición, un puñado de panecillos dulces y la melodiosa interpretación de una tranquilizante canción de cuna que me enseñó mi madre (mi rango vocal es soprano, por tanto, poseo los recursos adecuados para deleitar a los demás con la ocasional serenata de canciones de relajación) la convencieron para quedarse por un momento en mi campamento.
Aunque caminaba en dos piernas como humano, sus características se combinaban en una amalgama quimérica de muchas otras criaturas que yo había visto en libros o en mis innumerables viajes: tenía los largos bigotes y la nariz puntiaguda de un gato, escamas de serpiente en todo el cuerpo y la fuerza física de una bestia salitre de Aguasturbias (que descubrí cuando, al terminar sus panecillos dulces, la criatura me levantó sobre su cabeza con el mismo esfuerzo que uno emplearía para rascarse la nariz y me sostuvo en los aires hasta convencerse de que ya no escondía más suculencias en mi saco de dormir).
Poco después, la criatura voló adentrándose en la oscuridad y supe lo que tenía que hacer: decidí que debía aprender más acerca de los vastaya (como los locales los llaman).
Lo que sigue son mis apuntes sobre las variedades de vastaya que encontré en mis viajes a través del misterioso continente.
Si yo fuera a plantear una hipótesis acerca del origen de estos seres (y siendo un caballero conocedor de las ciencias físicas, me considero más que calificado para hacerlo), mi teoría sería que los vastaya no son una especie individual, sino una clasificación taxonómica del tipo de un orden o una estirpe.
En pocas palabras, si bien muchos vastaya se parecen entre ellos (como lo descubrí al seguir al joven gato-serpiente-simio hasta su aldea y ser perseguido de manera descortés por sus idénticos compañeros híbridos. Probablemente me confundieron con algún tipo de infame espía o un depredador superior, lo que explicaría la razón por la que me siguieron hasta mi campamento para luego tomar todos mis alimentos), las diferentes tribus y agrupaciones familiares lucen y actúan en formas drásticamente disímiles.
Días después de mi encuentro con los vastaya, seguí el curso del Río Susurrante (así lo nombré porque era exasperantemente ruidoso y, como hombre sofisticado, ostento cierta inclinación hacia la ironía) cerca de su aldea y, sabiendo que otros se sentirían atraídos a esa fuente de agua, descubrí una tribu completamente diferente. Estos vastaya tenían los rostros adorables y peludos de las nutrias, pero con la cintura de focas.
Tras el fallido intento de darles mis anteojos como una ofrenda de paz (muchas de las criaturas cargaban sacos llenos de cachivaches, objetos brillantes y cosillas, probablemente eran una sociedad mercantil), comencé una improvisada danza interpretativa de ''vengo en paz y no les haré daño'' (este particular bailoteo consistía en mover las rodillas; sepa el lector, por cierto, que mis rótulas son impecables), que inspiró a mis acompañantes a acogerme y a darme una cena que solo puedo describir como una especie de pescado ligeramente cocido.
Aunque no pronunciaron una sola palabra mientras yo ejecutaba mis giros ritualistas, después revelaron, con una educada petición para que les diera una copa de polvo amarillento que olía a sal y a fuego, que hablaban mi idioma con sorprendente fluidez. No conocía ninguno de sus diversos dialectos y coloquialismos, pero, con un poco de esfuerzo, pude comprender exactamente lo que decían. Ahora tan hambriento de conocimiento como lo había estado antes por la comida, les pregunté apresuradamente acerca de la historia de su especie.
Aprendí que los orígenes vastayanos podían remontarse mucho tiempo atrás, en un rincón oculto de Jonia, donde un grupo de humanos se fugó para huir de la infinidad de horrores de la Gran Guerra del Vacío (un asunto sobre el que he escrito numerosos tomos, que pueden encontrarse en las mejores tiendas piltovianas de libros a precios más que razonables). Estos refugiados tuvieron contacto con una tribu de metamorfos inteligentes que estaban en enorme sintonía con las magias naturales de Jonia. Los dos grupos se juntaron y así nacieron las criaturas a las que con el tiempo aprendí a llamar vastaya. Después de un tiempo, la descendencia de estas criaturas se asentó en una variedad de regiones y, por lo tanto, adoptó diversas formas, desde los humanoides alados de Jonia o los arrastradores de arena con extremidades esporádicas de Shurima, hasta los manatí escamosos del Fréljord y su mirada de malestar perpetuo en el rostro.
Hubiera deseado quedarme y hablar más con la gente nutria, pero una de mis preguntas les causó una enorme ofensa, fui bruscamente expulsado de la aldea y en un santiamén perdí la buena voluntad de las criaturas. Mi pregunta, para aquellos que quieran evitar el mismo error, era si el apareamiento de las dos especies era completamente mágico o más (digámoslo así) físico en naturaleza.
Tras haber perdido mis suministros y mi tranquilidad, pero nunca mi sed por la aventura, me dirigí en una dirección diferente sin ningún tipo de protección, si exceptuamos mi iniciativa y mi vocabulario multisilábico. Los meses transcurrieron mientras me alimentaba de los abundantes frutos y vegetales de Jonia, recogiéndolos del suelo y de los árboles con la misma sencillez con que se obtendrían en un puesto de los Mercados Linderos.
Marcaba la hora del día solo con la salida y la puesta del sol, y felizmente olvidé todos los engorrosos hábitos piltovianos a los que estaba acostumbrado. Es decir, después de pasar varios días caminando en Jonia, había desarrollado algo de mal olor.
Me detuve, me desvestí (después de corroborar que estaba solo, un caballero nunca impone su desnudez a los demás) y me metí en un lago cercano que olía a bayas y pasto.
Fue ahí donde vi la cosa más maravillosa que jamás hubiese visto y que seguramente jamás veré, aunque viviera mil años.
Mucho más humana que cualquiera de los vastaya que hasta entonces había encontrado, esta criatura, quien tomaba un baño en la orilla opuesta del lago, tenía las orejas y cola(s) de un zorro, pero estaba desvestida (debo mantener ambiguas mis descripciones para no ofender a los jóvenes o a los lectores más sensibles) y, en lo demás, lucía muy similar a una mujer humana.
Demasiado similar.
Solo pude vislumbrarla mientras me sumergía en el estanque. Estaba boquiabierto, riachuelos de agua fluían de mi demacrado semblante mientras intentaba pensar en las palabras perfectas que pudiera expeler para saludarla. Tal vez podría presentarme como un escritor de renombre, citando algunas de mis reseñas más efusivas. O podría cantarle una de las tantas baladas románticas que había compuesto y memorizado para situaciones como esta.
Sin embargo, instantes después, un murmullo en los arbustos detrás de mí me sobresaltó. Por instinto, me giré para enfrentar al origen de aquel ruidajo; pero, al no ver ninguna amenaza lo suficientemente valiente para mostrarse, me di la vuelta otra vez solo para descubrir que la gloriosa mujer zorro había desaparecido, dejándome con millones de preguntas y las primeras estrofas de ''Oh, mi amor, mi sueño, mi futura consorte'' rebotando en mi cabeza, además de un innegable gesto de bochorno en el rostro.
El ruidajo aquel, al que estaba determinado a golpear hasta dejarlo inconsciente por ahuyentar al amor de mi vida, resultó ser un humano comerciante de una aldea lejana que se especializaba en vender jengifruta, aparentemente un manjar que preferí no probar ya que no tenía la certeza de resistirme a la tentación de estrellar uno en el sonriente rostro del intruso.
Shai (tal era su nombre) me reprendió por haberme bañado en el estanque, y me informó que este y la mujer zorro que era conocida por bañarse ahí serían dañinos para mi salud. Yo le informé que espiar a hombres desnudos y enamorados sería mucho más dañino para la suya, pero solo rio.
Después de vestirme, el comerciante accedió a guiarme de vuelta hacia la civilización humana y contestar algunas de mis preguntas a cambio de mi sombrero (Mercería de Jeanreaux, precio al por menor de cincuenta y tres engranes).
Me informó que su familia conocía a la extraña mujer desde hacía generaciones, que ella, al igual que los otros vastaya, tienen vidas mucho más largas que nosotros los humanos. Algunos han vivido durante cientos de años, y otros, según rumores y leyendas, podrían ser inmortales. Fue Shai quien me hizo saber el nombre que los jonianos tenían para estas criaturas. Hasta este punto yo me había referido a ellas como ''fantasma'', pero el comerciante se mofó de mi nomenclatura. Cambié retroactivamente todas las menciones de ''fantasma'' a ''vastaya'' meramente por empatía cultural, ya que mi vocabulario está solo a la altura de mi humildad.
Caminamos juntos durante varios días. A veces, él se detenía a olfatear el aire como un sabueso hambriento. Cuando le pedí que explicara su comportamiento, apenas sonreía y me explicaba que estaba buscando tesoros. Aunque me pareció que su confusa conducta tenía un dejo exasperante, el olfateo me llevó a un pensamiento que compartí de inmediato con él: si los vastaya eran la fusión de humanos y los ancestrales metamorfos, entonces, ¿qué ocurriría si esa sangre se diluyera extremadamente a través de la reproducción de la diáspora? ¿Qué ocurriría, digamos, si uno tuviera sangre vastaya, pero no la suficiente para adquirir una forma quimérica de animal? ¿Qué ocurriría entonces?
Fue ahí cuando dejó de olfatear el aire y sus ojos se abrieron de par en par. Me miró, sonrió y dijo: ''Bueno, serían capaces de cambiar de forma, ¿no?'', justo antes de que el bastardo se convirtiera en un cerdo y sacara de la tierra una trufa de seda.
Me quedé por completo sorprendido al conocer al tercer metamorfo, pues haberme encontrado a TRES variedades diferentes de vastaya en tan solo unos pocos meses va más allá de la suerte, incluso para un merecido erudito como su servidor. De cualquier manera, no pude evitar notar que ''el hombre cerdo'' era muy inferior a la ''voluptuosa mujer zorro''.
A este paso, la próxima criatura vastayana que viera podría parecerse a una cucaracha erguida.
Pasé los últimos meses recorriendo Jonia en busca de cualquier información que pudiera recopilar acerca de las varias especies de vastaya, en un intento de crear una guía taxonómica integral de Runaterra y su fauna.
Aunque he acumulado una increíble cantidad de información sobre los vastaya, aún queda mucho por descubrir. Sospecho que, al limitar mi investigación a Jonia, he cubierto solo una fracción de la diversidad total que puede encontrarse dentro de esta clasificación.
Aun así, por ahora, es momento de dar vuelta a la página. Apenas he abierto la puerta de los vastaya y será el trabajo de otro cronista entrar por ella. Hoy, concentro mi atención en las otras criaturas de Runaterra de las que aún faltan historias por contar: Las horribles armas vivas conocidas como Darkin. Las nocivas criaturas del Vacío. Esas ilusorias criaturas de leyenda, los yordles. Estas historias deben de ser contadas y, les doy mi palabra, seré yo el explorador que lo haga. Por supuesto, tal vez yo sea el único que pueda hacerlo.
NOTA DEL EDITOR:
Tan solo dos semanas después de presentar este manuscrito, el Sr. Santangelo se embarcó en un viaje extraoficial de regreso a Jonia para, cito: ''Hacer más preguntas a la mujer zorro, solo con el propósito de crear una segunda edición''.
Semanas después, recibimos una carta del Sr. Santangelo que decía lo siguiente:
''He experimentado el enorme infortunio de ser secuestrado. Mis captores, un grupo hosco que se hace llamar la Hermandad Navori, sospechan que soy un espía piltoviano. Naturalmente, siendo un hombre del mundo con varias habilidades intelectuales, atléticas y románticas como [editado para brevedad], me sentí ofendido por la acusación.
Aun así, los convencí de que demandaran un rescate, en lugar de que me ejecutaran en el acto. Si usted pudiera entonces, enviar minerales preciosos, comida o armas en una cantidad apropiada a lo que consideren mi valor abstracto como su escritor, sería muy bien recibido. Es, por supuesto, SU decisión el cuánto gastar para que yo regrese, pero imagino que tendrán que mandar a la quiebra a la casa editorial y a todos sus inversionistas, como mínimo. De cualquier forma, el precio obviamente habrá valido la pena''.
Tras recibir esta nota de rescate, subsecuentemente enviamos al Sr. Santangelo las ganancias previstas de su nuevo libro: un puñado de monedas y un pastelillo podrido.
Desde entonces, no supimos más de él.
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Matt Dunn · Relato completo
Publicado 2017-04-10
Rakan es el peor.
No está escuchando. Está concentrado en sus plumas doradas, como si hubieran cambiado de cuando las limpió por la mañana. Voy a tener que repetir el plan. Aunque, ahora que lo pienso, tal vez era demasiado complicado para una misión de rescate. Lo simple es mejor.
''Me matarán si me atrapan'', le digo.
''¡¿Quiénes?!''. Ante la sola idea de que alguien me haga daño, se ve preparado para matar.
''Los guardias'', le digo. ''Siempre son los guardias''.
''¡Entonces los distraeré!''. Infla el pecho. ''¿Cuándo?''.
''Busca un destello verde antes de que el sol se ponga. Luego distrae a los guardias para que se alejen de los muros del oeste mientras atravieso las murallas corriendo, hacia las celdas''.
''Les daré un espectáculo en cuanto el sol se ponga'', dice, como si fuera su idea. ''¿En dónde nos encontramos?''.
''En la puerta. Arrojaré una hoja dorada hacia el cielo. Pero tienes que estar ahí en diez respiraciones''. Arranco una pluma de su capa. Se siente tibia en mis manos. El recuerdo de estar en sus brazos en la Cascada Aphae me inunda. El sol filtrándose a través de las hojas, alcanzando los bordes de nuestras plumas, unas sobre otras. Fue un día maravilloso.
''Estaré en la puerta en el momento en que arrojes la cuchilla'', me jura.
Tomo su mano y me acerco a él. ''Lo sé''.
En su rostro aparece esa sonrisa arrogante y segura. Quiero abofetearlo. O besarlo. O ambos.
''Ahora, querido, si yo fuera tú, me ocultaría detrás de la línea de los árboles, para pasar desapercibido''.
Nuestro abrazo es tan cálido que desearía que durara toda la noche. Pero el sol está ya muy cerca del horizonte y nuestro estimado cónsul no va a escapar de una mazmorra vigilada por una horda de acólitos de las sombras por sí solo.
Rakan me dice que tenga cuidado mientras se aleja, viendo hacia el cielo. Cada vez que se va, mi corazón se hunde. Estoy segura de que no será la última vez que lo vea. Aunque, algún día, podría ser.
''Recuerda, corazón de fuego'', susurro a sus espaldas. ''Puesta del sol''.
Me deslizo entre los parapetos de la fortaleza sin ser vista. Años evitando las miradas humanas me enseñaron sus puntos ciegos.
Seis acólitos protegen la puerta que lleva a las mazmorras. Traen consigo ballestas de disparo doble, espadas metidas en sus cinturones y quién sabe qué más en las faltriqueras de sus cinturas. Me escabullo por el muro interno, detrás de ellos, para quedar a distancia de ataque. Me arranco cinco plumas y las junto ordenadamente en la palma de la mano, manteniéndolas entre mi dedo índice y mi pulgar, preparada para mandarlas a volar.
Se escucha un sonido desde afuera de los muros. El estallido de un gong. Gritos. Hombres confundidos. Debe ser Rakan.
Los guardias de la prisión también lo escuchan. Se me estruja el corazón de la preocupación. Espero que mi amor esté bien. Yo sé que va a estar bien. Más le vale que esté bien u obligaré a un nigromante a revivirlo para poder asesinarlo yo misma. Sabe que soy capaz de hacerlo. Me las arreglaré.
Los guardias abandonan sus posiciones, distraídos. Rakan se adelantó, pero es el momento perfecto. Puedo entrar sin tener que noquear a ninguno de ellos.
Casi llego a la puerta de las mazmorras cuando veo a otro guardia escalando el parapeto, apuntando letalmente con su rifle. Nadie le apunta con nada a mi Rakan. Le arrancaría el corazón a cualquiera que se atreviera a lastimar siquiera una sola de sus plumas. Haría un lindo collar de corazón palpitante.
Me detengo. Los prisioneros no se irán a ninguna parte. Tengo tiempo para convertir a este guardia en un colador.
Retrocedo hacia el parapeto. La primera pluma que aviento rebana el cañón de la pistola. Cae al suelo con un estruendo. Las otras rebanan su pecho, atravesándolo. Se desploma como una bolsa de nabos.
''¡Intruso!'', grita uno de los guardias de la puerta.
Me agacho y ruedo mientras las flechas de ballesta chocan contra el muro de piedra detrás de mí y atraviesan los postes de madera. Sin erguirme, corro hacia los acólitos que se están desplegando para colocarse en mejores ángulos. Salto. Disparan hacia donde creen que la gravedad me llevará, en lugar de hacia donde estoy: planeando en el aire.
Lanzo otro puñado de plumas y las convierto en cuchillas a mitad del vuelo.
Cinco de los guardias se desploman, las plumas clavadas en sus pechos. El acólito restante estrecha los ojos y yergue los hombros, listo para pelear. Desenvaina su espada antes de que mis pies toquen el suelo.
''Tu alma me servirá para siempre'', gruñe. Puedo sentir la magia sombría que cubre su espada, la esencia de cada vida que ha tomado.
Me río. ''He matado a más personas en los últimos veinte pasos que tú en toda tu vida''.
El acólito duda antes de embestir salvajemente hacia mí. Su pequeña espada deja rastros fluctuantes de oscuridad. No tengo tiempo para esto, el sol se está ocultando. Me doy la vuelta.
Con el chasquido de mis dedos, mis plumas se liberan de los cadáveres detrás del acólito, volando de vuelta hacia mí.
Escucho la espada caer al suelo un momento antes del ruido sordo de su cuerpo. Estoy segura de que la Orden de las Sombras encontrará alguna forma de utilizar el alma de estos hombres en una resortera o algo así. No sé bien realmente cómo trabajan estos tipos, pero bien por ellos por ser tan económicos. Uno no debería desperdiciar la esencia de la vida.
Tomo la pluma de Rakan y la lanzo hacia el aire. Se queda suspendida en el cielo, un mensaje dorado que llamará la atención de algunos. Pero solo hay uno que sabe qué significa.
Mientras tanto, tengo una cita en las mazmorras con el cónsul.
Se ve terrible sentado en una jaula. Demacrado. Débil. Derrotado. Pensando que soy uno de los guardias, no levanta la vista. Él y su compañera son Sodjoko, pero su séquito está conformado por vastayas de otras tribus. Sus ojos destrozados me agradecen más que sus palabras. Saben bien que no es momento para la gratitud. Aún no estamos fuera de la fortaleza.
Mientras guío a los prisioneros hacia la puerta del este, quedo perpleja ante la terrible falta de guardias. Casi todos los puestos están desiertos. ¿No se supone que esto es una fortaleza? ¿Quién se encarga de sus horarios?
Dejamos atrás la armería y los cuarteles. Ahí está la puerta. Parece que Rakan encontró a los guardias. Docenas de ellos. Lo están rodeando. Mis plumas se erizan. Collar hecho de corazón palpitante, ¡allá voy!
Rakan nos alcanza. Su sonrisa pasa de satisfecha a desconcertada mientras habla con el cónsul. Akunir es uno de los más viejos amigos de mi padre y nuestro embajador más importante. Tengo mucho que discutir con él cuando hayamos acabado con esto.
''Todos, corran hacia la línea de árboles'', ordeno.
Están en pánico, pero agradecidos de que Rakan haya eliminado a los tiradores. Así podremos sobrevivir al cruce por el campo. ''¡Corran!'', grito.
Akunir es demasiado lento. Rakan empieza a guiarlo hacia el bosque.
El cónsul se aferra a Rakan. ''No, por favor, protejan a Coll''. Rakan se vuelve hacia ella.
Yo niego con la cabeza. Rakan lo comprende. Arrastra al cónsul detrás de él.
Asiento hacia el más fuerte de los juloah. Él levanta a Coll en sus brazos. Ella lo llama Jurelv y él jura, por sus cuernos, mantenerla a salvo.
Logra dar diez pazos antes de que la primera flecha lo alcance, pero no se detiene. Lleva a Coll hacia el bosque. Los acólitos de las sombras corren tras ellos.
''¡Xayah!'', grita Rakan. ''¡¿Tubiarco o arquiubo?!''.
Me encantaría tener tiempo para jugar, pero no lo tengo.
En lugar de eso, me uno a la pelea.
Y no es agradable.
Para los acólitos.
Estábamos a salvo bajo el follaje del bosque cuando se llegó el momento en que el cuerpo de Jurelv no pudo seguir ignorando sus heridas.
Coll se arrodilla al lado de su cadáver. Su sangre cubre las hojas. Ya hemos rezado para que su espíritu encuentre a nuestros ancestros y se una a ellos en paz y con alegría. Su familia estará en duelo durante muchas lunas.
Estoy acostumbrada a la muerte. Ya no me afecta en la forma que alguna vez lo hizo. A Rakan le afecta mucho; tengo que ser fuerte para él.
Al menos el cónsul está a salvo. Después de retirar la mano del hombro de su esposa, se dirige a mí.
''Tengo amigos en el sur'', dice. ''Los Kinkou deben de ser informados''.
''Los humanos rompieron el pacto''. Siento mi presión sanguínea elevarse. ''¿Cómo es que no ves que esto es una grave infracción? Para ellos, la magia es poder. Para nosotros, es la vida. Nunca respetarán nuestros límites''.
''Los humanos son una raza dividida, Xayah. Solo Zed y sus sombras rompieron el pacto. No representan a todos los humanos''.
''Eres ingenuo. Tus amigos en el sur te traicionarán. Y luego a todos nosotros''.
''Los Kinkou son honorables. Ellos me creerán. Confío en ellos''.
''Entonces no eres ingenuo, eres un idiota''. Akunir queda impactado ante mi atrevimiento para hablarle de esa forma. Yo rechazo el concepto de ser diplomático. La diplomacia no le devolverá la vida a los muertos.
Coll se pone de pie. Su rostro está nublado por el dolor y el enojo. ''Volveré al norte, Akunir. Les informaré lo que nos hicieron''.
Honestamente no pensé que ella fuera así.
El brillo se desvanece de los ojos de Akunir. ''Coll, no''.
''Daré la noticia del destino de Jurelv a sus parientes y viviré el duelo con ellos. Después, llamaré a las armas y prepararé a la tribu para pelear''.
''¡No puedes hacer eso!'', proclama el cónsul.
Coll lo ignora. ''Renuncio a mi compromiso hacia ti. Renuncio a tu compromiso hacia mí''.
''Coll... por favor''. Su voz se quiebra.
''No'', dice ella.
El cónsul se acerca para sujetarla, pero Rakan lo detiene.
''Hablaré con mi compañera'', dice Akunir a Rakan. A sus guardias.
Pero Coll ya se ha alejado. Me observa y ya no veo más a la esposa de un diplomático. Veo a una guerrera. Ella reúne a sus fieles, todos excepto a dos del séquito del cónsul.
''Gracias, Xayah'', me dice Coll antes de encaminarse hacia el norte y adentrarse en el bosque.
Akunir y sus guardias la observan alejarse y, sin mediar palabra, se dirigen hacia el sur.
Rakan se acerca a mí. Siento su corazón palpitar al mismo ritmo que el mío.
''Prométeme que nada nos separará de esa forma, mieli'', le digo.
''No somos como ellos, miella'', Rakan me asegura. ''Nunca seremos como ellos''.
Miro a Coll mientras desaparece entre los árboles.
''¿Hacia dónde vamos ahora, Xayah?''.
''Quedémonos aquí un momento'', murmullo.
Entierro la cabeza en su pecho. Él me envuelve con su capa y con sus brazos. Mi cabeza se mueve al ritmo de su respiración. Podría quedarme aquí por siempre.
''Dímelo una vez más'', le pido.
''No somos como ellos'', dice. ''No somos como ellos''.
Sonríe y besa mi frente. Los votos que hicimos en la Cascada Aphae surgen en mi mente. Su corazón late por mí y el mío por él. Mi hogar está en sus brazos, en su aliento, en su sonrisa.
No hay nadie mejor que Rakan.
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Odin Austin Shafer · Relato completo
Publicado 2017-04-10
''Hay dos caminos que conducen a la fortaleza del monasterio desde las aldeas debajo de este'', comienza Xayah.
Sigo sus ojos y veo un par de escalinatas doradas que se extienden desde el templo de la montaña hasta las granjas de abajo. En cada una de las casas de madera probablemente haya familias enteras. Ahí, los mortales nacen, mueren y, lo más importante, crean nuevas canciones.
Seguro con arpas y tambores. ¿Tal vez con flautas? Más tarde debería hacer una flauta de caña. Primero, necesito esponjar mi capa. ¿Recordé limpiar mis plumas? El poblado de abajo debe tener una posada. Una botella de vino vendría perfecta ahora mismo.
''Rakan...'', dice Xayah.
Maldición. Me estaba contando el plan. Me concentro de nuevo en su rostro, en su sonrisa torcida. Los últimos rayos del atardecer se reflejan en sus ojos. Me encantan sus pestañas. Quisiera...
''Repítemelo''.
Algo en el monasterio. Ella estaba... Eh...
''Yo me encuentro contigo en...'', digo, pero ya no sé ni adónde iba. Arranco una de las plumas de mi cabeza, esperando que me surja una idea de ella.
Un tenue destello de luz brilla en su suculento labio inferior. ¿Sus labios son morados hoy? Ayer eran violetas.
''Me matarán si me atrapan'', dice ella.
El impacto de la idea me deja sin aliento. Siento que mi expresión se torna violenta. ''¡¿Quiénes?!'', exijo.
''Los guardias'', me contesta. ''Siempre son los guardias''.
''¡Entonces los distraeré! ¿Cuándo?''.
Ella señala el cielo. ''Busca un destello verde antes de que el sol se ponga. Luego distrae a los guardias para que se alejen de los muros del oeste mientras atravieso las murallas corriendo, hacia las celdas''.
''Les daré un espectáculo en cuanto el sol se ponga'', digo. ''¿En dónde nos encontramos?''.
''En la puerta. Arrojaré una hoja dorada hacia el cielo. Pero tienes que estar ahí en diez respiraciones'', dice Xayah, recolectando una pluma de mi capa.
''Estaré en la puerta en el momento en que arrojes la cuchilla'', digo. Nada en mi vida es más certero que eso.
''Lo sé''.
Asiente y comienza a decirme qué camino es más seguro para tomar. Ella planea las cosas y es por eso que sé que estará a salvo. Guau, el cielo está hermoso justo ahora. Esa nube tiene forma de berenjena. En una ocasión vi un perro...
La canción del bosque se abre paso hasta mi cabeza y comienzo a cantarla.
''¿Qué fue eso?'', una voz retumba desde arriba.
¡Una entrada! Un guardia humano aparece. Su vestimenta es tan oscura como la sombra.
''¿Quién eres?'', me dice.
''¡Soy Rakan!'', contesto. ¿Cómo es posible que alguien no lo sepa?
''¿Quién?''
No me agrada. De hecho, lo odio más que a los escalones.
''¡Soy Rakan! El guerrero bailarín de la tribu Lhotlan. Soy la canción del amanecer. Soy el baile lunar de medianoche. Soy el encanto que...''.
''Es el artista vastaya'', interrumpe otro guardia. Él también usa una vestimenta aburrida, una vestimenta que no había visto antes en esta área.
El primer guardia usa un brillante amuleto dorado en su pecho. Se lo arranco.
''¡Oye!''.
''¿Qué es esto?'', pregunto. Él no se merece algo así.. Lo que sea que esto sea.
Intenta agarrarlo, pero lo giro alrededor de mi mano mientras sigo haciendo malabares con las piedras en la otra mano.
''¡Devuélvemelo!''.
Le doy un golpecito en el rostro con cada una de las piedras.
''No'', contesto. Entonces, de la forma más inocente, le pregunto: ''¿Es importante?''.
Él extrae un par de espadas gancho. Le arrebato una de ellas antes de que pueda alzarlas.
''Abre la puerta y te regresaré tu... eh... objeto brillante'', le ofrezco, mientras doy vueltas al amuleto en la palma de mi mano para después hacerlo girar hasta mi brazo.
En cambio, ¡el muy tonto me ataca! Doy un giro para esquivar su ataque y aterrizo detrás de él. Se da vuelta para dar otro espadazo. Me zambullo debajo de su espada y uso mi retaguardia para hacerlo perder el equilibrio. Cae de las escaleras con un grito.
El otro guardia observa a su amigo dar tumbos, después vuelve a mirarme. Agito la cabeza en desaprobación.
''En serio, ¿cómo es posible que supiera quién soy?''.
Este intenta apuñalarme con su lanza. Doy una vuelta esquivándolo y dejo que mi capa emplumada lo envuelva por un instante. Cegado, se tambalea y se tropieza. Cae sobre su escudo y sale disparado por las escaleras con un estruendo. Bueno, hasta que choca contra su amigo, que aterrizó primero.
El impacto hace que ambos queden tumbados. Me rio. Ahora sigo con los escalones.
''Son terribles bailarines'', digo mientras reviso si mi capa se ensució.
Las dos personas se ponen de pie torpemente y me observan.
''¿Están bien?'', pregunto, agradecido por la diversión.
Rugen mientras se apresuran a subir los escalones. Tontos desagradecidos.
Doy un salto para alejarme de ellos y pregunto: ''¿Quieren saber cuál es la diferencia entre una fiesta y una pelea?''.
Intentan atacarme con sus armas una y otra vez.
''La primera es un día de entretenimiento'', les digo mientras los derribo por las escaleras. ''La segunda es... más corta''.
El sonido de un gong ensordecedor retumba detrás de mí. Sonrío. Lo divertido comienza ahora.
''¡Tendrán que hacerlo mejor que eso!'', grito, burlándome de mis perseguidores mientras corro. En realidad necesito salir de aquí. Ahora hay veinte guardias. Bueno, ¿tal vez treinta? Más que montones de ellos.
Correr a través de sus dormitorios fue una mala idea. De cualquier forma, me dio la oportunidad de refrescarme.
Algunos de los hombres tienen esas extrañas ballestas. Usan fuego de un tubo. Tenían un nombre. Voy a llamarlos arquiubos. Sus disparos explotan a mi alrededor, agujereando los muros mientras me escabullo fuera de la habitación.
Me deslizo hacia el patio, ejecutando un giro completo para agregarle un poco de estilo. La puerta está abierta. Podría correr hacia esta, pero Xayah me necesita.
Escondido en un rincón, un guardia me apunta con un gran arquiubo. ¿O es mejor tubiarco? Aprieta el gatillo. Salto hacia él y el disparo me pasa por arriba.
''¿Qué rima con arquiubo?'', pregunto en voz alta.
Pateo al guardia para lanzarlo por los aires. Mientras cae, doy un giro y le presento mi mano a su mejilla. El sonido es más estruendoso que el de su arma.
''¡Bofetada!'', digo e imito su intensidad. El humano rueda, se pone de pie y saca una espada corta. ''¡¿Por qué no estás entendiendo el mensaje?!''.
Me pregunto si podría encontrar una cocina. Ahí deberían tener el chocolate.
La luz en el cielo está cambiando. Retrocedo dando un salto para revisar la ubicación del sol. Está desapareciendo detrás de las colinas y un orbe de luz verde destella sobre este.
''¡Hora de la fiesta!'', grito. Ahora, el castillo entero está persiguiéndome.
''¡Entrégate!'', grita un guardia con un sombrero metálico.
''¡No! ¡Los estoy distrayendo!'', contesto. Me mira confundido. Decido que lo voy a abofetear a él ahora.
Una lluvia de flechas sale disparada desde el muro opuesto. Me aparto de esta, disfrutando el ruido que hacen las flechas cuando pasan cerca de mí.
¿Me vería bien con ese sombrero metálico?
La hoja dorada se mantiene en el aire durante un segundo, antes de caer. Xayah está preparada.
Hago la primera respiración. Dijo que hiciera diez, pero cuatro respiraciones ya es bastante. Necesito saber que ella está a salvo.
''¿Quieres ver algunos movimientos geniales?'', le pregunto al humano que está más cerca.
No parece muy entusiasmado. Doy giros entre el grupo y aparezco detrás de él. Se voltea justo a tiempo para encontrarse con mi capa a mitad del camino. Mis plumas lo levantan por los aires como si fuera un trompo. Doce giros es mi récord, pero eso fue en una colina.
Segunda respiración. El humano se desploma en el suelo después de nueve rotaciones. Maldición. No tengo tiempo para intentarlo de nuevo.
Tercera respiración. Necesito regresar a donde ella me necesita, de vuelta a Xayah.
Doy un salto sobre la muralla y caigo desde el techo hacia la puerta.
Hago la cuarta respiración mientras estoy en el aire.
Xayah corre hacia la puerta con unos elegantes juloahs, son peludos en vez de tener plumas coloridas. Deben pertenecer a la tribu Sodjoko. Atuendos demasiado formales, aunque me gusta el grueso cabello de su cabeza que fluye hasta la parte trasera de sus antebrazos. Debería hacer que mis plumas hagan lo mismo. Aun así, el pareo del primero me parece una terrible idea.
''No lo lograremos'', grita. ''¡Tienen rifles!''
''¿Te refieres a los arquiubos?'', pregunto.
Akunir me observa atónito.
''Se quedaron sin municiones'', le explico. ''Los arcos largos Xini también''.
''¡¿Qué?! ¿Cómo?''
''Soy Rakan'', digo. Espero esto de los humanos, pero, ¿de mi propia especie?
''Todos, corran hacia la línea de árboles'', ordena Xayah.
Una docena de hombres, cubiertos en harina y chocolate, salen del cuartel. Mezclados con huevos harían una cosa llamada 'pastel'. Aunque las tartas son mejores...
''¡Corran!'', grita Xayah. Cuando el viejo juloah no se mueve, lo empiezo a arrastrar.
Coll se arrodilla al lado del cuerpo de su guardia. Ella y Xayah rezan para que su espíritu encuentre nuestras tierras. Uno de sus cuernos está quebrado y hay charcos de sangre en las hojas que lo rodean. Coll quita la última flecha de su cadáver. Él la trasladó hasta aquí, incluso cuando los humanos lo hirieron.
Este juloah no debería haber muerto. Alguien lo amaba. Cantarán sus canciones. Pero solo el silencio responderá.
Mis ojos se llenan de lágrimas. De manera suave, canto por su pérdida y por la de su familia.
Xayah tiene los puños apretados. No se afligirá por ahora. En lugar de eso, el dolor la encontrará por la noche, cuando crea que estoy durmiendo. Así es ella. Entonces, la besaré hasta ahuyentar su tristeza.
El nombre del cónsul es Akunir. Tal vez fue un bailarín guerrero en su juventud. Él y Xayah comienzan a discutir de política.
Coll besa la frente del guardia. Su quijada está tensa. Tiene una furia más grande que la de Xayah. Observa a su esposo, Akunir. Ha estado esperando que él la escuche durante demasiado tiempo.
''Volveré al norte, Akunir'', dice Coll mientras se pone de pie. ''Les informaré lo que nos hicieron''. Sus brazos están firmes como ramas, rígidos a sus costados.
''Coll, no'', protesta Akunir.
''Daré la noticia del destino de Jurelv a sus parientes y viviré el duelo con ellos'', dice ella. Ese debe ser el nombre del guardia. Tal vez era bondadoso. Me gustan las arrugas de la sonrisa que tenía su rostro. ''Después, llamaré a las armas y prepararé a la tribu para pelear''.
''¡No puedes hacer eso!'', grita el cónsul.
''Renuncio a mi compromiso hacia ti. Renuncio a tu compromiso hacia mí'', dice ella de forma tajante.
Akunir se ve como si acabaran apuñalarlo. ¿Acaso no vio esto venir en la colina? ¿O en el bosque? ¿O al lado del guardia muerto? Estaba decidido hace mucho tiempo. Hace muchas lunas.
''Coll… por favor''.
''No'', dice ella con franqueza. Él se acerca para agarrarla. Lo bloqueo.
''Hablaré con mi compañera'', dice él.
Puedo sentir su aliento en mi barbilla. Comió fruta guloo hace poco. Mi nariz casi toca su frente. Me mira enojado.
Solo agito mi cabeza en desaprobación y me encojo de hombros. No necesito palabras. Para esto, el silencio es mejor.
Sus guardias restantes están tensos. No quieren bailar conmigo. Soy Rakan. Conocen mi nombre. Con nerviosismo, observan a Xayah sosteniendo sus espadas. También conocen su nombre.
''Gracias, Xayah'', dice Coll antes de partir.
Akunir y sus guardias la miran marcharse. Sin decir palabra, se dirigen hacia el sur, dejándonos solos.
Me acerco a Xayah. Siento su tristeza por Jurelv, Coll y Akunir. Tomaré vino esta noche. Después cantaré canciones vulgares.
''Prométeme que nada nos separará de esa forma, mieli'', me dice.
''No somos como ellos, miella.. Nunca seremos como ellos'', le contesto. Puedo sentir su preocupación. Ella es más inteligente que yo en muchas cosas, pero ingenua en el amor, a veces.
''¿Hacia dónde vamos ahora, Xayah?''.
''Quedémonos aquí un momento''.
La envuelvo con mi capa y con mis brazos. En un rato le haré cosquillas. Reiremos y beberemos. Ella hará planes y yo cantaré. Siento su mejilla en mi pecho. Me alegra que Xayah me necesite ahora.
''Dímelo una vez más'', me pide.
''No somos como ellos'', digo de nuevo. ''No somos como ellos''.
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Una guía editorial que conecta estos relatos publicados; no es una nueva historia oficial de Riot. Revisión de fuentes: 11 de septiembre de 2026.
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