ZED: MARCA DE LA MUERTE
Zed y sus sombras en una animación oficial del personaje.
Historias y presentaciones de personajes ambientadas en Runaterra.
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Historia regional · Jonia
Las escuelas, órdenes y divisiones ideológicas de Jonia.
Portada oficial de Zed: Edición #6, cómic de Riot Runaterra. · Riot Games
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Zed y sus sombras en una animación oficial del personaje.
Historias y presentaciones de personajes ambientadas en Runaterra.
Ver en el canal oficial ↗Akali y Shen responden a una perturbación del equilibrio de Jonia; un breve complemento al papel del Kinkou.
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Estas cinemáticas reúnen distintos personajes y momentos. El orden de estreno no es el orden de los acontecimientos.
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Las tradiciones marciales y espirituales de Jonia se desarrollaron sin convertirse en departamentos de un mismo Estado. Sus discípulos pueden compartir una patria y discrepar sobre qué deben proteger y cómo hacerlo. Los Kinkou vigilan la relación entre la vida material y la espiritual. Los practicantes de Wuju conservan otra disciplina, mientras los monjes vinculados a Lee Sin siguen su propia y exigente relación con el poder espiritual.
Estas diferencias no eran decorativas. La formación determinaba lo que podía hacer un discípulo, pero también lo que sus maestros consideraban que debía seguir prohibido. Una técnica capaz de derrotar a un enemigo podía amenazar a quien la utilizara o alterar algo más allá del campo de batalla. La contención formaba parte del propósito de una tradición; no era simplemente un obstáculo para su eficacia.
La invasión noxiana convirtió esas distinciones en decisiones urgentes. El maestro Yi llevó el Wuju al conflicto y después encontró su hogar devastado por un ataque químico. La pérdida lo convirtió en uno de los últimos portadores de una tradición que antes pertenecía a toda una comunidad. Su posterior enseñanza a Wukong plantea si un conocimiento marcado por la guerra todavía puede construir un futuro.
En el entorno de los Kinkou, Zed rechazó los límites que impedían a la orden combatir como él consideraba necesario. La magia de las sombras ofrecía poder para construir otra forma de defensa. Shen heredó la responsabilidad del Ojo del Crepúsculo, mientras Kennen ayudó a conservar la orden durante la crisis. Un pasado compartido sostenía ahora compromisos incompatibles.
La marcha de Akali complica cualquier división sencilla entre Shen y Zed. No necesitaba aceptar todo el proyecto de Zed para considerar insuficientes los métodos de los Kinkou. Su decisión de actuar por cuenta propia nació de una preocupación directa por quienes sufrían. Puede haber más de dos respuestas al fracaso de una institución, especialmente cuando la lealtad a las personas y la lealtad a una orden se separan.
Las órdenes supervivientes deben decidir qué significa preservar. Mantener viva una enseñanza puede exigir nuevos discípulos, cambios en sus prácticas o una confrontación honesta con los errores de un maestro. Sus conflictos forman parte de la búsqueda de un futuro para Jonia: la sabiduría heredada sigue siendo poderosa, pero ningún grupo puede devolver al país a un tiempo anterior al descubrimiento de su propia vulnerabilidad.
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Riot Games · Relato completo
Publicado 2016-01-26
''No era una tormenta. Era un espíritu'', dijo el pescador, aún desconcertado por haber sobrevivido al naufragio hace dos noches. El hombre contó que su barco pesquero fue hundido por una criatura, tan grande como una casa y más rápida que el viento.
Shen escuchó el relato, sopesando en silencio los hechos tal como ocurrieron.
''Muéstrame dónde sucedió'', dijo Shen.
El hombre lo llevó a una playa en la bahía, donde un grupo de aldeanos trabajaban para recuperar los cadáveres de los marineros ahogados. Shen se arrodilló para examinar una pieza del naufragio. Los cortes en la madera eran profundos y salvajes, producto de poderosas garras.
''¿Cuántos murieron?'', preguntó.
''Todos excepto yo... seis'', respondió el marinero.
Los espíritus son fuertes, pensó Shen, buscando más evidencias entre las maderas flotantes del naufragio.
Al final, en el borde de una sección astillada del casco, lo encontró: un pequeño mechón de cabello fino. La mayoría de las personas lo hubiesen pasado por alto, y si lo vieran, nunca pensarían que una criatura capaz de hundir un barco dejaría algo tan delicado. Pero Shen ya había visto un cabello como ese. Cualquier duda que podría haber tenido acerca de la veracidad del relato del pescador se esfumó al ver el fino mechón plateado disolverse con tan solo tocarlo.
''Un demonio'', afirmó Shen. ''Debes haber navegado por su camino''.
El pescador asintió con la mirada sombría. Era bien sabido que espíritus de todos los tipos vagaban por el mundo físico, especialmente en Jonia, donde la barrera entre ambos reinos era muy débil y atravesable. Los planos material y etéreo estaban en contacto constante, deslizándose serenamente uno con el otro como aceite sobre agua.
Como el Ojo del Crepúsculo, era deber de Shen caminar entre ambos mundos, asegurándose de que ninguno de ellos suprima al otro. Era un fantasma para los humanos, que se desvanecía en un abrir y cerrar de ojos, para reaparecer a varias millas de distancia. Y era un humano para los espíritus, un ser de carne y hueso que jamás se atrevería a aventurarse en los reinos etéreos.
Se arrodilló en la playa para examinar uno de los cadáveres recuperados. El hombre había sido partido en dos, justo debajo de las costillas. Lo que quedaba de sus vísceras pendía de un torso pálido e hinchado.
''No hay de qué preocuparse. Derrotaré al monstruo antes del anochecer'', dijo una voz desde atrás.
Shen dio la vuelta y vio a un hombre santo sentado cerca del templo local. Varios acólitos lo rodeaban, acarreando una selección de talismanes y aceites místicos. Estaban realizando un ritual de purificación para interrumpir cualquier perturbación espiritual presente en el área. El hombre santo miraba fijamente a Shen, como si estuviera analizando su valía.
''¿Contamos con su ayuda, señor?'', preguntó el hombre.
''El equilibrio será restaurado'', dijo Shen mientras asentía seguro.
Se despidió del hombre santo para partir en busca del débil rastro del cabello fino. Pensó en los marineros muertos y en el costo que tendría derrotar al monstruo. Las palabras de su padre seguían siendo muy ciertas: ''La parte más dura radica en encontrar el equilibro en todas las cosas''. La neutralidad verdadera, el centro preciso de todas las fuerzas que dominan el mundo, eso es lo que el Ojo debe ser capaz de distinguir.
Hacer cumplir ese equilibrio era su propia lucha. Para la tarea, Shen llevaba dos espadas en la espalda. Una de ellas era un sable de acero jonio capaz de atravesar a una persona de un solo golpe. La otra era una espada fabricada de energía arcana pura. Era utilizada para enfrentar a los espíritus, y había pasado por varias generaciones de los ancestros de Shen. Con ella había aniquilado a numerosos demonios, fantasmas, espectros y espíritus durante los años, y esperaba derrotar a uno más antes del anochecer.
Al fin, Shen llegó a una ensenada aislada, tranquila y alejada de la actividad humana. En un banco de arena cercano a la orilla yacía el demonio, con su fina y brillante vestimenta resplandeciendo en el atardecer. La criatura recostada se veía enorme, hinchada por consumir las esencias mortales de sus víctimas. Shen reptó entre los juncos, dirigiéndose silenciosamente hacia el demonio durmiente. Podía ver su enorme caja torácica expandiéndose y contrayéndose con sus respiraciones profundas y relajadas. Cuando estaba a solo unos pasos del banco de arena, Shen desenvainó su espada espiritual, alistándose para el impacto.
De pronto, un perturbador sonido lo interrumpió. Era un grito estridente y espantoso, que emanaba del propio aire. Le sonaba familiar, pero antes de que Shen pudiera identificar el sonido, volvió a escucharlo. Otra vez. Y otra vez, finalizando en un coro de chillidos que helaban la sangre. Eran los llantos de los espíritus moribundos. Los ojos de Shen apuntaron al demonio, que comenzaba a despertar de su letargo. Shen miró su espada espiritual una vez más, analizando sus opciones disponibles con calma. Luego, apretó las manos fuertemente, concentrando su ki, para desaparecer en un vórtice de energía chispeante, dejando solo al demonio en su banco de arena.
Un momento más tarde, Shen reapareció en el sitio del naufragio. Por todos lados rezumaban pozas negruzcas que se evaporaban en el aire, acompañadas del prolongado hedor del terror.
Shen contó los charcos negros disipándose, los vestigios de espíritus asesinados. Su recuento fue interrumpido cuando el hombre santo ingresó al claro junto a sus acólitos. Uno de ellos llevaba una soga de lino y plata. Atado al otro extremo había un pequeño espíritu, un diablillo sin importancia. Luchaba con todas sus fuerzas para soltarse de la cuerda. Gemía al ver los restos de sus hermanos.
''¿Te importaría deshacerte de este también?'', preguntó con desinterés el hombre santo a Shen, como si le estuviera ofreciendo un plato de sopa durante la cena.
Shen observó las pozas pegajosas y ardientes que hace unos instantes aún eran poderosos seres del otro mundo. Entonces, volvió la mirada hacia el sacerdote y el pobre diablillo.
''Lo siento, Su Santidad'', dijo. Regresó su espada espiritual a su vaina y en su lugar desenfundó su sable de acero. Hoy no había planeado utilizar esa espada.
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Michael McCarthy · Relato completo
Publicado 2018-07-30
''Ah... ¡Oye! ¡Bo'lii!'', grito. ''Me cortaste de más ¿no crees?''
Levanto la cabeza y giro sobre el tapete de mimbre sobre el que me encuentro boca abajo, para mirar directamente a los ojos del vastaya arrodillado sobre mí. Puedo sentir cómo la sangre escurre por mi espalda.
''¿Qué te parece si lo haces con un poco más de cuidado?'', añado.
Bo'lii retira de mi hombro su qua'lo y mulee, las herramientas de un tatuador, como un martillo y un cincel, hechas con hueso de serpiente. Algunos usan otros animales o metal, pero los huesos de serpiente son lo suficientemente huecos para dar a la tinta la delgada línea que un maestro como Bo'lii requiere para trabajar. Un poco más de mi sangre gotea del mulee y cae sobre mi espalda. Él sonríe, la limpia con un retazo de lino viejo y sacude su cabeza. Después, levanta las manos y se encoge de hombros, como si me preguntara ¿quieres que me detenga?
Las palabras no salen de su boca. Los soldados noxianos le arrancaron la mayor parte de su lengua mucho antes de que yo comenzara a venir aquí. Pero lo conozco lo suficientemente bien para saber lo que dice con una mirada. Su trabajo hace que un poco de incomodidad valga la pena.
¿Y la sangre? Puedo soportar un poco de sangre. Mucha, si no es la mía.
''Solo limpia un poco, ¿sí? Creo que no tenemos mucho tiempo'', le digo.
Bo'lii comienza a golpetear el mulee con el qua'lo y añade la tinta. Él tiene las mejores tintas, de tonos variados hechos con frutos silvestres Raikkon triturados, y con pétalos de flores encantados que solo se encuentran en el lado sur de los acantilados Vlonqo. Es un artista y me honra ser su lienzo.
Comencé a venir a Weh'le poco tiempo después de que dejé de escuchar a Shen. ¿Todos esos años en la Orden Kinkou ''procediendo con precaución''? No. Shen estaba equivocado sobre eso. Estaba equivocado de mí.
Las restricciones nunca han sido lo mío.
Vuelvo a girar sobre el tapete y apoyo mi barbilla sobre mis manos. Mantengo la mirada hacia la puerta que conduce al interior de la taberna de Bo'lii. El lugar es limpio, pero en el aire se respira una culpa densa. La taberna alberga a todo tipo de ladrones, renegados y malas decisiones. La gente viene a este lugar para negociar una forma de salir de Weh'le. Para salir de Jonia. Porque entrar a Weh'le es difícil... pero salir lo es aún más.
Weh'le es un puerto fantasma, una aldea costera oculta, protegida de las propiedades místicas de Jonia. A diferencia de Fae'lor, no admite forasteros, y no la hallarás en los mapas. De hecho, si Weh'le llega a aparecer, siempre es bajo sus propios términos, desafiando a la gente a hacer estupideces.
La mayoría de las personas se aproximan desde los mares, soñando con riquezas, descubrimientos, o incluso con nuevos comienzos... pero sus esperanzas se derrumban en un instante. Primero, la costa que los invocaba se desvanece detrás de un denso muro de niebla azul cobalto, crepitando con poder arcano. La marea sube y cae violentamente antes de liberar torrentes de olas devastadoras. Mientras los sobrevivientes intentan aferrarse a su embarcación fragmentada, la niebla se desvanece por un breve momento, permitiéndoles ver las linternas parpadeantes de Weh'le despidiéndose cruelmente antes de que el agua los arrastre hacia el fondo de la Bahía Sin Aliento.
No puedo hacer nada por esas personas. No son mi gente. No son mi problema.
Bo'lii deja de golpetear. Estoy aquí por alguien completamente diferente.
Siento el fardo que tengo contra el muslo. Me tranquiliza, aunque preferiría tenerlo a mi espalda. Desde ahí, podría lanzar tres kunai directo a tres corazones, guiada por mi instinto. Tres asesinatos sin premeditarlos. Pero, desde donde está ahora, tendría que pensarlo un poco.
Levanto la vista justo a tiempo para ver al hombre entrar por la puerta delantera. Está rodeado por tres guardias, con sus trajes de batalla.
''Bueno, eso lo hace fácil... me pregunto, ¿a cuál se supone que debo matar?'', me burlo.
Bo'lii se ríe. Aún puede hacerlo, aunque no tenga lengua. Tiene un sonido un poco extraño, pero es una risa auténtica. Vuelve a negar con la cabeza y hace eso que suele hacer. Con una serie de movimientos de manos y asentimientos con la cabeza me dice que, esta vez, intente hacer mis negocios afuera, después de que salgan de su establecimiento.
''Sabes que no puedo prometerte eso'', digo mientras reviso mi fardo, y giro hacia el alboroto de la taberna.
Me detengo en la entrada y lo volteo a ver.
''Haré lo que pueda'', le afirmo, antes de colocar la máscara sobre mi rostro. No tengo problema con que me vean, pero si ven que me estoy riendo de ellos, creo que sería demasiado.
El hombre con los guardias es de mi gente... un concejal superior de Puboe, un lugar cerca de la Orden Kinkou. Pero, al igual que muchos otros, vendió a su gente a los invasores a cambio de oro y tránsito seguro hacia Weh'le, y más allá. Así que, ahora él es mi problema.
Pero no llegará más lejos. Por supuesto, pude haber acabado con él mientras dormía en la posada o cuando acampaban en la carretera camino a Weh'le, pero ¿qué tendría eso de divertido? Quiero que pruebe el aire salado. Quiero que sienta alivio antes de que llegue el fin. Pero también quiero que los demás lo vean pagar por sus crímenes y comprendan que no serán tolerados.
Las acciones tienen consecuencias.
Me acerco sin emitir un solo sonido. Sus manos están temblando mientras dirige un tarro de malta hacia sus labios. Los guardias se colocan en posición defensiva cuando se percatan de mi presencia. Estoy impresionada.
''Es agradable ver modales por aquí, para variar'', digo con una sonrisa que no pueden ver.
''¿Qué te trae por aquí, chica?'', pregunta uno de ellos a través de una manchada y dañada placa de acero.
''Él'', digo señalando con mi kama. Brilla con las tonalidades de magia con las que fue forjado. ''Él es lo que me trae por aquí''.
Los guardias sacan sus armas, pero antes de que puedan dar un paso hacia mí, desaparecen en un anillo cegador de humo denso. Los kunai comienzan a volar, golpeando a sus objetivos con un placentero chasquido de carne y huesos.
Uno. Dos. Tres.
Pasos.
Lanzo dos kunai más en esa dirección. Un golpe metálico, seguido del TONK, TONK que generan al rebotar en los muros.
Más pasos.
''Ahh, ¡vas a sangrar!'', advierto, lanzando un shuriken desde mi cadera mientras recorro la habitación, siguiendo su rastro.
Me abro paso a través del humo y veo al último guardia desplomándose al suelo, a un lado de la puerta. Los tres filos están incrustados profundamente en su tráquea... puedo ver cómo su pecho asciende y desciende con gran ligereza. Lo tomo por el cuello y lo levanto, solo para asegurarme.
''Casi...'', susurro.
En ese instante, escucho un gorgoteo a mis espaldas. Me doy la vuelta y encuentro al concejal entre el humo menguante, desangrándose en el suelo. Tiene los ojos abiertos, apuntando hacia atrás y hacia delante por toda la taberna, cuestionándose qué acaba de ocurrir.
Ahora luce muy apacible.
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Michael McCarthy · Relato completo
Publicado 2017-07-12
Kayn, parado con seguridad a la sombra de la Noxtoraa y rodeado de soldados muertos, sonrió frente a la ironía. Aquellos arcos de piedra oscura fueron erigidos para honrar la triunfal fuerza de Noxus, para infundir miedo y para demandar lealtad de todo aquel que los cruzara. Pero ahora eran una lápida, un monumento a la falsa fuerza y la arrogancia, así como un símbolo de los guerreros caídos traicionados por su propio miedo.
Kayn disfrutaba el miedo. Contaba con él. Era un arma y, así como sus hermanos en la Orden de la Sombra habían dominado las katanas y los shuriken, Kayn había dominado el miedo.
Pero al sentir el suelo noxiano debajo de sus pies por primera vez en años, parado entre los soldados enemigos asesinados que pronto pasarían al olvido, lo invadió la desazón. Impregnaba el aire como la pesadumbre antes de una tormenta, rogando ser liberada.
Nakuri, su compañero aprendiz de la orden, cambió la forma en la que empuñaba su espada y se preparó para una pelea más personal. Kayn tenía que darle un pequeño reconocimiento: casi lograba ocultar el temblor de su voz. ''¿Qué va a ser, hermano?''.
Kayn no respondió. Sus brazos permanecían inmóviles a sus costados. Sabía que él controlaba la situación. Aun así, percibió una sensación intermitente de déjà vu, como algo salido de un sueño. Llegó como un destello y después se esfumó.
Una voz se elevó desde el espacio vacío entre ellos, una voz sombría y llena de odio que resonaba con los aullidos de dolor de mil campos de batalla, retando a ambos a accionar.
''¿Quién demostrará ser digno?''.
Zed había convocado a su mejor estudiante.
Los espías de la orden habían confirmado los desalentadores rumores. Los tan odiados noxianos habían descubierto una antigua guadaña de origen darkin, tan poderosa como cualquier otra magia en Jonia. Un solo ojo de odio carmesí mira desde la base de su hoja, tentando a los hombres más poderosos a blandirla en batalla. Evidentemente, ninguno había demostrado ser digno. Todos aquellos que la tocaban eran consumidos rápida y dolorosamente por su maldad, por lo que había sido envuelta en cota de malla y arpillera, y resguardada por una caravana de custodia en su camino al Bastión Inmortal en Valoran.
Shieda Kayn sabía lo que se le pediría. Su prueba final.
Había llegado a los márgenes de la ciudad costera de Vindor antes de siquiera considerar el significado de la travesía. Llevar la pelea al enemigo en su propio territorio era osado. Pero Kayn también lo era. No había otro que pudiera igualar sus talentos, ninguno a quien Zed confiara el destino de Jonia, por lo tanto no había duda: Kayn estaba destinado a la grandeza.
Tendió su trampa poco antes del atardecer. La caravana que se aproximaba apenas podía verse a la distancia, las pisadas levantaban polvaredas por el cielo anaranjado. Había tiempo suficiente para deshacerse de los tres guardias en la Noxtoraa.
Se movió en silencio a través de la larga sombra de los arcos mientras el primer guardia patrullaba. Kayn invocó su magia sombría y entró por el muro de piedra oscura como si fuera un pasaje abierto solo para él. Podía ver la silueta de los guardias, que agarraban firmemente sus picas.
Embistió desde el edificio envuelto en sombra y arrebató la vida del segundo guardia con sus manos desnudas. Antes de que el tercero pudiera reaccionar, Kayn se disolvió en zarcillos de oscuridad pura y salió disparado por el camino empedrado para reaparecer frente a su víctima. En un destello, torció la cabeza del hombre y le rompió el cuello como si nada.
El primer guardia escuchó los cuerpos caer, inertes y flácidos, y volteó hacia Kayn.
El asesino sonrió, tomándose su tiempo para saborear el momento. ''Paraliza, ¿verdad?'', siseó, escurriéndose hacia la sombra de la Noxtoraa una vez más. ''El miedo...''.
Se elevó desde la temblorosa sombra del soldado.
''Este es el momento en el que corres, noxiano. Diles a los demás de lo que fuiste testigo aquí''.
El soldado soltó su pica y corrió velozmente hacia la seguridad de Vindor. No llegó muy lejos.
Ataviado en túnicas tan oscuras como las de Kayn, Naruki saltó por detrás de la Noxtoraa y hundió su katana en el estómago del soldado que huía. El otro aprendiz cruzó su mirada con la de Kayn. ''¿Dónde está la fuerza de Noxus de la que tanto presumen? Qué desilusión...''.
''Sabía que eras impetuoso, hermano'', soltó Kayn. ''¿Pero hacer esto? ¿Seguirme hasta acá, esperando compartir mi gloria?''.
No hubo tiempo para continuar con la exhortación. Podían escuchar la caravana de soldados aproximándose.
''Fuera de aquí, Naruki. Me encargaré de ti después. Si es que sobrevives''.
Las largas sombras del crepúsculo escondieron los cuerpos hasta que los soldados estuvieron casi debajo del gran arco.
''¡Aguarden!'', gritó el primer soldado, desenvainando su espada. ''¡Dispérsense! ¡Ahora!''.
La confusión se instaló entre los demás mientras descendían de sus caballos y, por vez primera, Kayn observó su cargamento. Era justo como Zed lo había descrito. Envuelta en cota de malla y arpillera, atada a la parte trasera de un robusto corcel vindoriano.
La paciencia era una virtud que Naruki no poseía y se abalanzó sin pensarlo contra el soldado más cercano. Kayn siempre seleccionaba a sus blancos minuciosamente, por lo que golpeó con precisión al jinete que encabezaba la vanguardia, derribándolo con su propia espada.
Giró de nuevo hacia el vindoriano, pero la guadaña no estaba ahí.
No... Había llegado demasiado lejos para fracasar.
''¡Kayn!''. Naruki gritó mientras eliminaba a un soldado tras otro. ''¡Detrás de ti!''.
Un noxiano desesperado había liberado el arma; el ojo carmesí brillaba con una rabia inhumana. Los ojos del soldado se agrandaron al tiempo que blandía el arma contra sus propios compañeros. Claramente, no tenía el control y trataba en vano de soltar la guadaña.
Los rumores eran ciertos.
Conjurando de nuevo su magia sombría, Kayn se metió dentro de la carne del noxiano, que se retorcía bajo el poder darkin. Durante el más breve de los momentos, pudo ver a través de los ojos del ser eterno sellado en la guadaña, y observó milenios de dolor y sufrimiento infligidos, gritos y lamentos. Esta cosa era la muerte renacida una y otra vez. Era la maldad más pura y tenía que ser detenida.
Kayn emergió de lo que quedaba del noxiano, la carne del soldado se había transformado en una rígida coraza de escamas y se quebró en esquirlas negras y polvo asfixiante. Lo único que quedó fue la guadaña, su ojo ahora cerrado. Kayn fue a buscarla mientras Naruki despachaba al último de sus enemigos.
''¡Hermano, detente!'', gritó el aprendiz mientras la sangre se deslizaba por su katana. ''¿Qué estás haciendo? ¡Tú viste lo que puede hacer! ¡Debe ser destruida!''.
Kayn lo enfrentó. ''No. Es mía''.
Ambos se acercaron, sin ninguna intención de retroceder. Más allá de los límites de la ciudad, las campanas de alarma comenzaron a repicar. El momento pareció prolongarse una eternidad.
Naruki cambió la forma en la que empuñaba su espada. ''¿Qué va a ser, hermano?''.
Luego, la guadaña le habló a Kayn. Parecía que resonaba únicamente en su mente y, sin embargo, los ojos del otro aprendiz demostraban que él la había oído también.
''¿Quién demostrará ser digno?''.
Kayn conjuró una mano hecha de oscuridad que tomó el arma, la levantó hacia la noche y se la entregó. Se sentía parte de él. Como si siempre hubiera sido parte de él. Como si hubiera nacido para blandirla. La balanceó con un ademán ostentoso y apuntó la cuchilla hacia la garganta de Naruki.
''Haz lo que debes hacer''.
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Sus vidas tienen su propia historia
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El relato original de The Rune, con ilustraciones oficiales con subtítulos separados. Fuentes distingue la historia regional de las biografías individuales.
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