Lazos de la espada manchada
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Historia regional · Jonia
Una ruta por el equilibrio, la invasión y las vidas que cambiaron después.
El jardín del olvido sigue Ahri a través de la memoria, la pérdida y los lugares ocultos de Jonia. · Riot Games
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Lee la historia regional antes de elegir a un campeón. El paisaje vivo y las comunidades descentralizadas de Jonia explican por qué sus defensores discrepan tanto sobre una misma invasión. Después sigue el relato de Noxus y Jonia, desde las ambiciones de Darkwill hasta las consecuencias de la guerra. Así conocerás los acontecimientos compartidos sin pedir a una sola biografía que represente a todo un continente.
El relato de Irelia muestra el coste personal del Placidium. La historia de Karma presenta otra carga: llevar una responsabilidad espiritual heredada mientras quienes la rodean necesitan ayuda inmediata. Leerlas juntas permite entender por qué el liderazgo militar y el espiritual no pueden sustituirse sin más, aunque ambos busquen proteger un hogar.
Continúa con Shen, Zed, Akali y Kennen, y después lee el cómic de Zed para conocer la historia oculta alrededor de Kusho. El cómic cambia la información disponible para el lector, de modo que tomar la primera biografía como la última palabra puede producir una interpretación engañosa. Distingue lo que sabe cada personaje de lo que revela la narración posterior.
Para conocer las consecuencias íntimas de la guerra, pasa a Yasuo y Riven. Lee en orden los tres actos de Confesiones de una espada rota y después las tres partes de Hermandad de guerra. Son narraciones completas, con testimonios, cambios de perspectiva y consecuencias que una descripción breve no puede conservar. Su secuencia interna importa más que asignar una fecha exacta inventada a cada escena.
Los relatos de Ahri se orientan hacia los recuerdos, el hambre y la pertenencia. Lillia ofrece una mirada a través de los sueños, mientras Xayah y Rakan muestran las tensiones entre los asentamientos humanos y la supervivencia vastaya. El maestro Yi y Wukong añaden la continuidad de una enseñanza después de perder a su comunidad. Estas líneas amplían Jonia más allá de la invasión y muestran las vidas que una historia militar puede dejar fuera.
Termina volviendo a los capítulos regionales sobre el equilibrio y las órdenes. Ahora conectarán a personas cuyas decisiones habrás conocido de cerca. El objetivo no es forzar todos los relatos dentro de una única marcha hacia la guerra, sino comprender por qué defender Jonia puede significar proteger una aldea, preservar un sueño, enseñar a un discípulo o cuestionar una institución que ya no parece capaz de ayudar.
Fin de esta lectura
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Estas ediciones conservan el texto del editor. Sus acontecimientos y contextos de publicación pueden ser distintos.
Dana Luery Shaw · Relato completo
Publicado 2020-04-20
Muchos temían que las flores espirituales nunca más regresarían a Jonia, como un signo del desequilibrio que aún permeaba esa tierra y a sus habitantes. Casi una generación completa alcanzó la adultez sin la presencia de las flores espirituales, sin el festival.
Pero Paskoma aprendió a lo largo de su vida que, sin importar cuánto tiempo estuvieran ausentes las flores, siempre regresaban.
Ahora, por primera vez desde el comienzo de la guerra, había capullos frescos en los árboles espirituales: delicados y perlados, su perfume llenaba el aire con una dulzura penetrante. Paskoma recordaba muy bien el último festival. Se había llevado a cabo unos cuantos veranos después del nacimiento de su nieta. Ella y su esposo Okerei bebieron el té espiritual juntos y hablaron con sus seres queridos, ya fallecidos, para asegurarse de que estuvieran bien y recordarles que no los habían olvidado. Era una manera de dejarlos ir para encontrar la paz y seguir adelante tras las pérdidas. Después de esos encuentros, sus seres queridos regresaban al reino espiritual, felices de saber que su familia continuaría prosperando.
No obstante, en esta ocasión Okerei no estaría a su lado. Él había muerto en la lucha contra los noxianos, poco después de que invadieran por primera vez. Había mucho que contarle. Mucho que preguntar.
Pero primero, ella necesitaba hacer los preparativos.
La casa de té de Paskoma no tenía nombre. Los visitantes de Weh'le la identificaban gracias a la peculiar escultura de tetera afuera de la puerta principal. Cuando Paskoma construyó la casa de té, le pidió a un talentoso labrador de madera que la creara a partir de la mezcla de árboles diferentes que, al florecer, desplegaran distintos colores de acuerdo con la temporada. En esta estación, la taza de té era de un fucsia intenso, semicubierta por faroles rosa pálido.
''¿Ituren?'', llamó Paskoma a alguien que estaba adentro de la casa de té. ''Necesito tu ayuda experta''. Gracias a su altura, él alcanzaba a colgar los faroles en las ramas que se encontraban más arriba.
''Enseguida, mi amor''. Ituren, un hombre de pocas palabras, colocó los faroles en los sitios que Paskoma señalaba, mientras le sonreía todo el tiempo. Pero era una sonrisa triste. Una sonrisa de preocupación.
Ituren había sido el amor y el compañero de Paskoma desde los últimos días de la guerra. Pero con la ausencia del festival de la Flor Espiritual, no tuvieron la oportunidad de conversar con el espíritu del esposo de Paskoma. Okerei nunca pudo darles su bendición, por lo que Paskoma no se sentía lista para casarse de nuevo. Ituren era paciente y comprensivo; había perdido a su esposa hace ya bastante tiempo, pero igual se mostraba preocupado. Paskoma se esforzaba por decirle que todo estaría bien, pero en sus adentros no sabía bien qué haría si Okerei no les daba su aprobación.
Tras colgar los faroles, Paskoma e Ituren alistaron los cuartos de invitados y las áreas comunes: lavaron los pisos con vino, colocaron dos velas frente a todos los espejos y dividieron las habitaciones para la llegada de los visitantes que esperaban para el festival. Comenzaron temprano por la mañana, pero fue cuando la luz dorada del atardecer resplandecía sobre ellos que escucharon un llamado a su puerta. ''¡Que florezcan las alegrías pasadas, Emai!'', dijo una voz familiar.
Ituren y Paskoma intercambiaron miradas de confusión mientras ambos pronunciaban la tradicional respuesta: ''Y que se marchiten las penas del presente''. Esa voz sonaba como la de Turasi, la hija de Paskoma, pero no podía ser ella. Turasi vivía en Siatueh, una aldea al otro lado de la bahía, a casi un mes de viaje de distancia a través de las montañas.
Pero cuando abrieron la puerta, ahí estaba Turasi. Su sonrisa era igual a la de su padre. Paskoma corrió hacia su hija y la abrazó con fuerza. ''¡Turasi, no sabía que vendrías! Qué grata sorpresa. ¿Dónde está Satokka? ¿Y Kumohi?''.
''Satokka está afuera con nuestras cosas. Kumohi... decidió quedarse en la aldea''. Paskoma reconoció cómo se le hacía un nudo en la garganta a Turasi mientras hablaba de su esposo. ''Queríamos sorprenderte para el festival de la Flor Espiritual. Así Satokka podrá conocer a su o-fa''.
Confundido, Ituren miró a Turasi. ''Pero si los capullos brotaron apenas la semana pasada''.
Turasi frunció el ceño, lista para responder, pero en ese momento azotó la puerta una joven larguirucha con una expresión hosca mientras arrastraba un baúl de madera dentro del cuarto. Ituren se agachó para ayudarla, pero ella lo ignoró. Turasi miró con exasperación a su hija. ''Satokka, deja que Ituren te ayude''.
''Puedo hacerlo sola''. Sin decir otra palabra, Satokka dejó caer el baúl en medio del piso y salió de nueva cuenta.
Paskoma miró a Turasi. ''¿Vinieron por el festival?''.
Tras un momento de duda, Turasi asintió. ''Sí. Vinimos por el festival''.
No importaba que no estuviera diciendo la verdad. Paskoma sabía que, por las ojeras en el rostro de su hija, necesitaba tiempo. Se arrodilló junto a la estufa para encender un pequeño fuego antes de mirarla con una sonrisa alentadora. ''Entonces nos aseguraremos de que este sea un festival inolvidable''.
Hace mucho tiempo, el mundo se encontraba en un equilibrio perfecto. Era como un inmenso árbol lleno de vida: cada rama, cada hoja, cada flor posicionada con cuidado y consideración, de tal forma que el sol y la lluvia pudieran nutrirlos a todos. Las personas, los animales y los espíritus estaban en paz. No existía una palabra para la ''guerra'', puesto que ni batallas ni derramamientos de sangre habían tenido lugar.
Un día, la Guarda y el Recolector cruzaron sus caminos. El Recolector vio cuántos espíritus había guiado la Guarda a través del reino espiritual hacia la paz y la felicidad, por lo que sintió envidia de ella.
''Espera. ¿La Guarda? Querrás decir la Vulpina''.
Ituren pausó la historia con la interrupción de Satokka. Le había pedido que lo ayudara a enterrar todas las cuchillas de la casa: los cuchillos de cocina, su sierra y su hoz, y la espada oxidada que Paskoma había heredado de su tía.
''Se dice que es un zorro, un perro o incluso un leopardo'', dijo Ituren con una sonrisa. Satokka no hablaba mucho desde que ella y Turasi habían llegado. Ituren esperaba que una tarea y una historia la ayudaran a conversar un poco. ''¿Te la imaginas como un zorro?''.
Satokka volteó la mirada. ''No soy una niña. No tienes por qué hablarme así''.
Continuaron cavando en silencio.
Ituren era paciente. Podía esperar.
''Cuando Fa-ir me cuenta las historias'', dijo con calma Satokka, ''se refiere a ella como la Vulpina. Así que debe ser un zorro''.
''Me gusta imaginar que es una nutria'', dijo Ituren suavemente. Él siempre pensó en el reino espiritual como un río sin fin, lleno de corrientes que podían apartarte de tu camino, con una ágil nutria explicándoles a los espíritus recién llegados cómo navegar a través de las aguas traicioneras.
Satokka lo miró de reojo. ''Sigue'', murmuró. ''Aún quiero saber por qué entierras estas cosas''.
Ituren carraspeó y comenzó a hablar de nuevo.
El Recolector se puso celoso de todos los espíritus a los que ayudaba la Guarda a encontrar la paz, así que ideó un plan. Tomó dos de sus campanas más pesadas y ruidosas, y las fundió. Después, durante doce noches, las forjó hasta convertirlas en dos espadas. A la primera de ellas le vertió un poco de su envidia. A la segunda, un poco de su obsesión. Después, cuando comenzó la primavera, dejó que los espíritus de aquellas espadas florecieran en el mundo material: las espadas crecieron en medio de la tierra como retoños.
Retoños. O al menos eso pensaron los dos hermanos al toparse con las espadas en medio del bosque.
Los hermanos eran los mejores amigos, fieles el uno con el otro, cada uno certero del papel que le correspondía en el mundo. El hermano mayor algún día heredaría la afamada espada de su padre y sus tierras, mientras que el menor heredaría el barco de su progenitor. Ambos creían que serían grandes héroes, uno en casa y otro allá afuera. Una primavera, se encontraron con los dos retoños-espada creciendo en medio del bosque. Ninguno de los hermanos había visto antes a ningún árbol crecer de esa forma tan brillante y afilada. Juntos, los cortaron y los llevaron sobre sus hombros de vuelta a casa.
No imaginaban que eso sería lo último que harían juntos como hermanos mientras vivieran. Puesto que, mientras caminaban a casa, la extraña savia de las espadas comenzó a fluir por sus cuellos y los llenaron de pensamientos y sentimientos horribles: los del Recolector. Si bien ese mismo día no se convirtieron en enemigos de inmediato, con el tiempo esas dos espadas que llevaban a cuestas colisionarían y sus sonidos metálicos se escucharían de una manera nunca antes conocida tanto en el reino físico como en el espiritual..
Satokka frunció el ceño. ''Así no ocurrió. Los hermanos fabrican esas espadas por sí mismos. Derriten la espada de su padre después de que él muere y cada uno de ellos piensa que el otro tiene una espada mejor. Así comenzó la guerra. El 'Recolector' no tuvo nada que ver''.
Tras limpiarse la tierra de las manos, Ituren miró hacia el hoyo que acababa de abrir en medio del suelo del cuarto de invitados. Las raíces de la habitación eran gruesas y saludables. Tras aplicar un poco de presión, deslizó con cuidado la primera cuchilla bajo aquellas raíces. ''Estas historias son muy antiguas'', dijo él, ''las han relatado una y otra vez, cientos y miles de veces, a lo largo de muchas vidas. Estoy seguro de que cada uno de nosotros tiene una parte de verdad en ellas. Esta es la versión que yo conozco mejor''.
Satokka lo pensó por un momento mientras, absorta, pasaba el dedo por la espada oxidada. ''¿Así es que entierras estas espadas por los hermanos?''.
''Sí. Cuando los hermanos no tienen al alcance las armas para pelear entre sí, no lo hacen. Esto asegura un festival pacífico en el que dejamos de lado los conflictos pasados. Mira''. Ituren señaló la hoz, atorada bajo otra raíz. ''Si entregas las armas a las raíces que crecen en paz, las cuchillas no podrán crecer como lo hicieron los retoños-espada, enraizados en la violencia''.
Se preguntó si ella querría escuchar el resto de su historia, pero decidió no arriesgarse y preservar la delgada conexión que estaban tejiendo. Por el contrario, extendió su mano para pedirle la espada.
Satokka la aferró a su pecho en un gesto de protección. ''No. Yo la enterraré. Solo dime en dónde''.
Eso le bastaba.
Ituren le mostró a Satokka cuál era la mejor forma de cavar bajo las raíces sin inquietarlas. Se desplazaron a lo largo de la casa y enterraron cuchillas bajo las raíces de cada habitación, lo que les permitió a las mujeres tener un momento para hablar con seriedad por primera vez desde su llegada.
Después de la cena, mientras Ituren y Satokka enterraban las cuchillas, Paskoma y Turasi abrieron un buen vino. Tenía un potente sabor a cacao y ciruela que permanecía en la lengua y facilitaba la conversación con una interlocutora reticente. Después de tres vasos, Turasi hacía girar el vino dentro de su copa mientras observaba al fuego danzar en el reflejo del líquido.
''¿Turasi?''. Hubo un silencio, en lo que Paskoma evaluaba cómo preguntárselo. Turasi miró a su madre. ''¿Por qué se quedó Kumohi en tu aldea? ¿Por qué no vino contigo y con Satokka al festival?''.
Turasi aún no quería hablar de esto, Paskoma lo sabía, pero ya llevaban tres días en la casa de té. Necesitaba saber si esta era la clase de problema que las seguiría hasta Weh'le o si había algo que ella o Ituren tuvieran que hacer para cerciorarse de que estuvieran a salvo. Sobre todo, durante los días del festival, en donde había muchos extraños en la aldea.
Con un suspiro, Turasi comenzó a hablar. ''Hay barcos noxianos que navegan a lo largo de la bahía para realizar tratos comerciales con Siatueh y otras aldeas ubicadas en el borde de los acantilados. Ellos son muy... cautelosos. Tratan de asegurarse de que sepamos que no van a hacer nada. Que no lastimarán a nadie''. Apretó su vaso con tanta fuerza entre sus manos que Paskoma temió que el vidrio fuera a romperse. ''Pero algunos en Siatueh juran haber visto cómo esos mismos noxianos descendían a tierra firme e inspeccionaban el área o enviaban a sus aves para que lo hicieran por ellos. No creen que los noxianos se desharán jamás de sus intenciones con respecto a Jonia''.
Paskoma asintió. La invasión comenzó después de varias exploraciones similares, así es que comprendió por qué su hija estaba nerviosa. ''¿Y Kumohi?''.
''Kumohi no lo ha visto con sus propios ojos, pero confía en la palabra de nuestros amigos y vecinos al respecto''.
''Así es que eligió quedarse para confirmar los avistamientos''.
''No exactamente''. Las manos de Turasi temblaban mientras bebía un gran trago de vino. ''Quieren que los noxianos se marchen, Emai. Se suben a sus embarcaciones y tiran por la borda todo lo que no esté clavado a la cubierta. Por el momento, eso es todo lo que hacen, pero...''. Su voz se hizo más débil.
''La resistencia''. Okerei formó parte de aquellos grupos con anterioridad.
''Los noxianos se dieron cuenta. Están enviando más embarcaciones. Barcos con soldados. Supe que era momento de partir''. Turasi abrazó sus rodillas. ''Kumohi no estuvo de acuerdo''.
Paskoma se puso de pie y le dio un beso tierno en la frente mientras sus manos cubrían las de su hija. ''Es hermoso que Satokka y tú estén con nosotros. No tienen por qué irse una vez que termine el festival''.
Un suspiro desgarrador, empapado en lágrimas. ''Emai...''.
''No''. Apretó las manos de Turasi. ''No quiero perder a ningún otro ser querido a causa de la guerra. Quédense''.
Al día siguiente, Satokka trató de concentrarse en su tarea asignada mientras recorría los pasillos del mercado. Ituren conseguiría campanas decorativas para reemplazar algunas que se habían roto, mientras que ella acababa de recoger dos máscaras que su o-ma mandó a hacer para su madre y para ella. El plan era cumplir con ese encargo y después reencontrarse con Ituren para volver a casa. Bueno. A la casa de té.
Pero quedó asombrada por todo lo que se vendía para el festival. Las túnicas, los pasteles, las flores. Ella era tan solo una niña la última vez que había asistido al festival de la Flor Espiritual; sus recuerdos sobre esa experiencia eran difusos.
El puesto de pasteles había captado toda su atención hasta que vio un gigantesco espectáculo de marionetas un poco más allá. El teatro, compuesto por una larga pared de madera con ruedas y un papel traslúcido en el centro, estaba instalado en el centro de la plaza. Los titiriteros movían intrincadamente marionetas hechas de papel recortado, mientras un mago de fuego creaba la luz para proyectar las sombras. Al frente, un narrador contaba la historia representada por las marionetas ante una muy atenta audiencia.
''Entonces, el espíritu de la Desesperanza le preguntó a nuestra heroína Tsetsegua: '¿En verdad crees que lo podrás encontrar?'. Tsetsegua asintió, a sabiendas de que hablar sobre sus esperanzas frente a la Desesperanza haría que estas se desvanecieran en la nada''.
Satokka frunció el ceño. Estaba embelesada por la hermosura de la interpretación, pero la historia le causó rechazo. Cuando se aventuró en el reino espiritual en busca de su amor perdido, no se suponía que Tsetsegua hablara con la Desesperanza, pues esta nunca hablaba con nadie.
''La Desesperanza alzó una ceja. 'Tal vez yo pueda ayudarte. ¿Cuál es tu nombre, mujer mortal?'. Rápido, Tsetsegua respondió: 'Nargui'. Nadie. Esto obligaba a la Desesperanza a ayudar a Tsetsegua a encontrar el espíritu de su amor perdido. Y, puesto que la Desesperanza no conocía su nombre verdadero, Tsetsegua estaría a salvo de sus artimañas. Al menos por el momento''.
Las historias que le contaba su fa-ir brillaban con fuerza en su mente mientras observaba esta otra versión errónea del cuento de Tsetsegua. Satokka deseó haberse podido quedar en Siatueh con su padre. Habría podido ayudar a la resistencia. Era alta y fuerte, podía ayudar a lanzar las provisiones noxianas al mar. Merecían cosas peores. No recordaba los tiempos antes de la guerra, pero Satokka sabía que algo se había perdido y que Jonia aún no lo reclamaba.
Decepcionada, dio media vuelta para partir. Pero había comenzado a formarse una multitud aún más grande. Una para la que no estaba preparada.
Había noxianos en Weh'le.
No llevaban puestas sus armaduras ni portaban sus armas, pero siempre había algo en la expresión de los noxianos que permitía identificarlos. Una hostilidad innata, tal vez, o una sensación de creerse mejor que el resto.
Pero estos noxianos (eran seis, de mediana edad o más jóvenes) se conducían de manera distinta. Sus miradas eran de arrepentimiento, como si supieran que este festival no era para ellos. Y, sin embargo, aquí estaban. Satokka sintió náuseas.
Los jonios trataban de evitarlos en todo el mercado. Los susurros se colaban entre los puestos, pero nadie se atrevía a decirles que no eran bienvenidos allí. Una de las mujeres noxianas más jóvenes sonreía dubitativa. Con una pequeña bolsa de monedas en mano, caminó hasta el puesto de los pasteles.
Satokka miró a su alrededor, en espera de que alguien dijera algo. Que alguien hiciera algo.
Tendría que hacerlo ella.
Satokka miró con desdén a la mujer noxiana que se acercaba a los pasteles, hasta que sus miradas se cruzaron. La mujer extendió su mano para presentarse.
Sin dejar de mirarla, Satokka escupió a sus pies.
Un suspiro de asombro estremeció a la multitud. Satokka no pudo ver cómo reaccionaron los noxianos, porque en ese momento alguien la jaló bruscamente del hombro. Alzó su mirada: era Ituren, quien ahora hacía una reverencia y se disculpaba por sus acciones mientras la alejaba del lugar.
Una simple mirada más allá de Ituren mientras doblaba en la esquina le demostró a Satokka que los noxianos simplemente se quedaron ahí. La mujer a la que le escupió se veía desorientada. Satokka infló su pecho de orgullo. Bien. Los noxianos deben sentirse inferiores.
Le dieron la vuelta al perímetro del festival para disminuir la posibilidad de que los siguieran. Pero Ituren acababa de comprar campanas, las que repicaban con cada paso. Finalmente, Ituren tiró las campanas al suelo y la guio de vuelta a la casa de té.
Antes de entrar por la puerta trasera, Ituren giró para quedar frente a Satokka. Ella parpadeó sorprendida al ver su expresión: nunca lo había visto de una forma que no fuera feliz o cansado. Pero ahora, había miedo en su mirada. ''Vinieron aquí en paz, para celebrar el festival con nosotros, Satokka''. Su voz nunca había sido tan cortante. ''No tenías que hacer eso''.
Satokka pensó en su padre en Siatueh, en la resistencia, en los soldados noxianos dirigiéndose a su aldea en este preciso momento.
''Sí, tenía que hacerlo''.
Turasi irrumpió en la sala, al borde del pánico, y corrió hasta donde se encontraba su madre. Paskoma acababa de darle a una nueva huésped una taza de té y un juego limpio de sábanas y toallas; al ver el terror y el enojo en el rostro de Turasi, se apartó de la mujer para atender a su hija.
''¿Qué sucede?'', preguntó con gentileza Paskoma. Con los dientes apretados, Turasi le contó la historia de lo ocurrido en el mercado con su hija e Ituren. Si bien le tomó algo de tiempo obtener más información de Ituren que una simple disculpa boba por no haber conseguido las campanas, lograr que Satokka hablara de su ofensa fue como tratar de sacar agua de una piedra.
''¡No puedo creer que hizo algo tan descabellado y peligroso!''. Turasi estaba feliz de haber llevado a su familia a la seguridad de Weh'le y a la casa de su madre. Pero ahora no solo había noxianos en el pueblo, sino que Satokka había atraído su atención. Ese era el motivo principal por el cual habían partido de Siatueh.
''Ella ya casi es una adulta, Turasi. Está estirando sus límites para poder definirlos''.
''Y eso será lo que la mate. Esos noxianos... tal vez no portaban armas en ese momento, pero sabemos que cada soldado de ese ejército es un asesino a sangre fría''.
''Disculpen''. Ambas mujeres voltearon, sorprendidas. Era la nueva huésped, de pie en la entrada de su habitación. Era alta, su cabello era oscuro y sus ojos eran de un color ámbar poco frecuente, algo oscurecidos por la capucha de su capa. ''¿Están hablando de guerreros en Weh'le?''.
''Así es'', dijo Turasi, desconcertada. No se percató de que habían comenzado a caminar hacia la nueva huésped mientras hablaban. El aire alrededor de aquella mujer parecía brillar de una extraña manera: se movía de forma distinta con respecto a cómo circulaba en el resto de la casa de té. Por un momento, Turasi se preguntó si no estaría soñando. ''Están entrenados a la usanza de la guerra. Y deben marcharse, pero yo no...''.
''Oh, no'', interrumpió la huésped con una sonrisa afable. ''No me malinterpreten. Estoy buscando a alguien que pueda servirme como protector. Un guardia. Algún peleador fuerte del pueblo a quien le interese trabajar para mí. ¿Tendrían la amabilidad de guiarme en esa búsqueda?''.
''No''. La voz de Paskoma fue firme e insistente. ''Me niego a hospedar aquí a alguien que represente un peligro durante el festival. Si insiste en conseguir un guardia, entonces tendré que insistir en que se busque otra casa de té''. Estiró sus manos, preparada para que la huésped le devolviera las sábanas.
En cambio, ella rio airosa, encantada por la actitud de Paskoma. ''Esta es la mejor casa de té en el pueblo, ¿cierto? No estoy dispuesta a hospedarme en ningún lugar que no sea el mejor. Respetaré sus deseos y no haré que nadie peligroso cruce esas puertas''.
Con un guiño, entró a su habitación. Paskoma suspiró y miró a su hija. ''Ella estará bien, Turasi. Satokka es demasiado inteligente como para convertirse en un blanco fácil''.
Turasi asintió. Las palabras se le atoraron en la garganta, pero le sonrió a su madre. Había olvidado el alivio que le brindaban los cuidados de su madre, volver a asumir los papeles que habían interpretado a lo largo de la infancia de Turasi.
Por supuesto, había diferencias. Cuando era niña, Turasi nunca vio las preocupaciones ni los miedos de sus padres. Ellos eran fuertes y siempre estaban presentes, como las montañas o el mar. Tras la muerte de su padre, Turasi vio a su madre por primera vez perdida e indecisa.
Y ahora, con las flores espirituales a punto de abrirse, esa incertidumbre ante Okerei había vuelto. ¿Qué haría su madre si no obtenía la respuesta que buscaba?
Pero, en ese momento, Turasi no supo si Paskoma sabía con precisión cuál era la respuesta que anhelaba.
Satokka nunca había visto un festín como ese en toda su vida. Para celebrar la primera noche del festival, Paskoma cocinó una gran cena para las cerca de veinte personas que se alojaban en la casa de té. Satokka llenó su plato y su estómago y puso en práctica aquello que más disfrutaba desde que llegó a la casa de su abuela: hablar con los otros huéspedes y escuchar sus historias.
Todos portaban sus máscaras o disfraces. Turasi le indicó a Satokka que debía usar su máscara cuando estuviera afuera, en el festival, y que no debía quitársela por ningún motivo. Los noxianos podían estar al acecho, listos para vengarse. Eso no era ningún problema para Satokka. Le encantaba su máscara. Era intrincada, con grandes cuernos de adorno y ojos que hacían que el rostro tomara la forma de una mueca retorcida. Era la cara de la Arrebatadora, la pequeña niña que estaba allí, en el momento de cada muerte.
Durante la cena, Satokka conversó acaloradamente sobre la Arrebatadora con la huésped de ojos ámbar. Ella estaba vestida como la Vulpina (o la Guarda, como la llamaban en Weh'le), con unas orejas peludas muy realistas sobre su cabeza y rayas dibujadas sobre su rostro que representaban sus bigotes.
''Pero la Arrebatadora es quien está ahí cuando una persona muere'', insistió Satokka. ''Así es que tiene más sentido que sea ella quien guíe a los espíritus al reino espiritual''.
''Entonces'', preguntó la huésped, entretenida mientras alargaba las palabras, ''¿por qué le quitamos el diente más afilado a la persona difunta y lo colocamos en la palma de su mano? No es para la Arrebatadora, de eso estoy segura''.
Satokka se encogió de hombros. ''Es el precio a pagar para cruzar el velo''.
''¿A quién deben pagárselo? ¿Quién les daría algún uso a esos dientes? La Khumaia''.
''¿La qué?''.
''Tu Guarda. Ella porta cada diente que le dan en un collar infinito para entender la vida del espíritu al que guía hacia el reino espiritual. Cuando por fin llegan, ya sabe si ese espíritu seguirá su camino de paz o si irá por el camino del tormento de Rakhsasum, incluso antes de que el propio espíritu lo sepa. Ella hará todo lo que pueda para ayudar a aquellos destinados al dolor, pero su destino se revela en ese diente''.
''¿En serio?''. A lo largo de las últimas semanas, Satokka ya se había acostumbrado a las diferencias entre las historias de Weh'le y de Siatueh. Ahora, anhelaba contarle todas estas historias a su padre la próxima vez que lo viera.
La mujer se rio. ''No, lo acabo de inventar''.
''Oh''.
''Si no me equivoco, los dientes sirven para que podamos recordar la edad de la persona fallecida. El diente desgastado de una persona mayor sabia, la afilada juventud de un soldado caído en su apogeo''. Hizo una pausa y le sonrió a Satokka. ''Pero me gusta contar historias que aún no se han narrado''.
Cuando llegó la hora del postre, Satokka comió con entusiasmo los pasteles que Ituren horneó a lo largo de dos días para esa noche. Estaban un poco quemados en la parte de abajo, pero su centro dulce y pegajoso estaba lleno de sabor.
Ituren los pasó de mano en mano: comenzó con Satokka y terminó con la huésped de las espléndidas orejas de disfraz. La huésped puso su mano sobre el antebrazo de Ituren y lo miró a los ojos intensamente mientras le hacía una pregunta en voz baja.
Satokka vio cómo los ojos de Ituren se desenfocaron, para después asentir y responder: ''Por supuesto. Recibiremos con los brazos abiertos a quien desee hospedarse aquí, ya sea hábil en las artes de la espada o no. Aquí no discriminamos''.
La huésped apretó su brazo en un gesto de agradecimiento. ''Gracias. Por favor, avísele a su mujer, ella no es tan comprensiva como usted''.
El asintió de nuevo, pero cuando Ituren se dio la vuelta para regresar a la cocina, Satokka pudo ver que sus ojos habían cambiado de color. Por un instante, tan breve que pudo haber sido obra de la luz, sus ojos marrones adquirieron una tonalidad ámbar y dorada, igual que la de los ojos de la mujer de orejas de zorro sentada a su lado.
Mientras los últimos rayos del sol desaparecían sobre el agua, las flores espirituales, abiertas en su totalidad, comenzaron a brillar a la luz de la luna. Los asistentes del festival exclamaron felices: por fin, después de tanto tiempo, las flores habían vuelto. Encendieron los faroles mientras marchaban hacia el templo de las montañas; era una luz cálida y alegre que contrarrestaba el inquietante color plateado de las flores en las ramas.
A Paskoma le habría gustado sentirse tan eufórica como todos los demás. Tras el festín, tanto ella como la enmascarada Satokka se vistieron con sus mejores galas y salieron a buscar la flor de Okerei, aquella que les permitiría conectarse con su espíritu y hablar con él. En el pasado, a Paskoma nunca le había tomado tanto tiempo encontrar la flor que buscaba. Se decía que siempre quedaba un hilo entre el corazón palpitante de los vivos y el corazón quieto de sus seres queridos.
Sin embargo, en esta ocasión, había muchos espíritus en los árboles.
Nunca había visto las ramas tan repletas y rebosantes. Algunos murmuraban que los jonios no eran los únicos en aquellos árboles, que los noxianos habían envenenado su festival, incluso muertos. El graznido de los cuervos a la distancia parecía confirmar sus miedos. Paskoma no creía en ello. Había una explicación más simple: eran muchos quienes necesitaban regresar en ese momento, muchos más que antes. Los árboles estaban repletos de las esperanzas de aquellos que intentaban comunicarse.
Y ella todavía no encontraba a Okerei.
Temía que estuviera perdido o atribulado, o que simplemente no deseara hablar con ella. Tal vez su vínculo se había cortado después de tanto tiempo separados.
Paskoma mantuvo su sonrisa a través de las lágrimas que amenazaban con derramarse y alentó a Satokka para que continuara con la búsqueda. No permitiría que el primer festival de la Flor Espiritual de su nieta se arruinara por su dolor. Esto debía ser una celebración y sabía lo importante que era que Satokka comprendiera la alegría del reencuentro en estas reuniones.
Turasi e Ituren las alcanzaron cuando terminaron de limpiar lo que quedó del festín. ''¿Encontraste a Fa-ir?'', preguntó Turasi mientras se ponía su máscara, el rostro hermosamente pintado de Tsetsegua con lágrimas grabadas en sus mejillas. Paskoma negó con la cabeza, el nudo en su garganta no le permitía hablar. ''Satokka y yo seguiremos buscando. ¿Por qué no descansas un momento?''.
Paskoma dejó que Ituren la llevara a una banca, en donde se sentó a observar. Vio a familias llorar alrededor de vasijas de té espiritual, rogándoles a sus seres queridos que se quedaran solo un rato más. Vio a niños jugando a ser soldados, con palos en vez de espadas, con una seriedad en sus expresiones que no debería estar allí. Percibió la preocupación y escuchó los murmullos de aquellos que estaban en los alrededores del festival, atentos a los graznidos de los cuervos y observando con desconfianza y desprecio los árboles espirituales.
Este no era el festival de la Flor Espiritual que ella recordaba. Se preguntó si alguna vez volvería a ser lo mismo.
A lo lejos, unos nuevos y regulares sonidos de tambores, así como las ardientes llamas en la cima de una montaña cercana, llamaron su atención. Paskoma puso su mano sobre su pecho: conocía este sonido. Lo había escuchado al final de feroces batallas, cuando los noxianos quemaban a sus muertos en inmensas piras.
''Desearía'', suspiró, ''que no hubiéramos gastado tanto tiempo mirando el pasado''.
''¿Pero no se trata de eso el festival?''.
''No''. Miró los árboles y después hacia las llamas. ''Se trata de dejar ir el pasado y avanzar hacia el futuro. Mucha gente suele olvidarlo''. A pesar de que no podía verlo, Paskoma pensó que podía sentir el calor del fuego envolviéndola, amenazando con devorarlos: a ella, a su familia, a todo aquello que la rodeaba, todo lo que había sido y todo lo que vendría. ''Esto se siente diferente''.
''¿Diferente en qué sentido?''.
''¿Te parece que esto es dejar ir?'', preguntó Paskoma. En su voz era audible la tristeza, mientras señalaba a su alrededor. ''¿O más bien pareciera que nos aferramos a algo con tanta fuerza que se ve obligado a regresar?''.
Una mano tibia envolvió la suya. Miró a Ituren a los ojos mientras él le hablaba con dulzura.
''Estás molesta porque no hemos encontrado todavía la flor de Okerei''.
Una lágrima corrió por su mejilla. ''Yo... todo es diferente. Las flores espirituales regresaron, pero ¿podremos nosotros volver a ser como antes? ¿Algo podrá enmendarse?''.
Ituren apretó su mano con ternura. ''Todavía tenemos tiempo. Lo encontraremos, mi amor. El vínculo de tu corazón con el suyo era... es el más fuerte que jamás haya visto. Hablarás con él y verás que, a pesar de que algunas cosas cambien, otras jamás lo harán. Él siempre te amará, como tú siempre lo amarás. Y cualquiera que sea la respuesta...''. Hizo una pausa mientras llevaba la palma de la mano de Paskoma a sus labios. ''Hablar con él te traerá a ti y a tu familia mucha paz. Y eso es todo lo que yo quiero para ti''.
La sonrisa apretada de Paskoma se suavizó en un gesto honesto al ver al hombre al que había amado por tanto tiempo. Apretó la mano de Ituren como respuesta. ''Nuestra familia, Ituren''.
Él cerró los ojos antes de que las lágrimas se escaparan y colocó la mano de Paskoma sobre su pecho. Ella podía sentir el latido de su corazón bajo las yemas de sus dedos: fuerte, constante, vivo.
Por primera vez, supo qué quería. Más allá de lo que Okerei pudiera decir.
Estaba lista para dejar ir el pasado y seguir adelante con su futuro, con Ituren a su lado.
Los seis noxianos trataron de llevar a cabo su ceremonia en privado, pero era demasiado notoria: todos debían honrar a los caídos de Noxus. Habían viajado desde una pequeña isla en medio de la bahía para celebrar a los muertos de acuerdo con las costumbres jonias, pero los habían expulsado del festival de la Flor Espiritual en Weh'le hacía solo unos días. Se vieron forzados a seguir las tradiciones de los suyos y recordar a sus muertos de la única manera que conocían. A pesar de que los noxianos no habían traído muchas cosas para el viaje, su ceremonia de rememoración era fácil de improvisar.
Laurna tocaba el tambor del lobo, Giotto y Samtha atizaban el fuego, Helia y Arnaut construían las efigies con troncos y ramas caídos. Jacrut arrojó el pastel intacto del festival que compró Samtha a las brasas. Tras el incidente en el mercado, nadie quiso comérselo, así es que fue la primera ofrenda, que esparció por el aire un aroma a miel quemada. Después, con un dramático estilo procedente de su crianza noble y su entrenamiento sacerdotal, Jacrut lanzó las efigies hacia las llamas.
''Enviamos estas almas al cielo'', recitó Jacrut; su voz retumbaba en aquella noche despejada y tranquila. ''Para que sus cenizas puedan caer a lo largo de todo el mundo''.
''Que sus muertes lleven a Noxus más allá de los mares'', murmuraron los demás.
''Que sus cuerpos nutran el suelo para que nosotros podamos crecer''.
''Que no hayan muerto en vano''.
''Y que sus almas...''.
Jacrut se detuvo abruptamente conforme una ráfaga de viento avivaba las llamas en una espiral hacia las estrellas. Lo abrumó por un momento, hasta orillarlo al silencio.
Esta era la promesa de Noxus. Una llama que abrasaría con todo en su camino, incluso a los suyos. Tanto sus compañeros como él se habían dado cuenta de ello incluso antes de que terminara la guerra. Todos ellos eran desertores que intentaban ganarse la vida por su cuenta, apartados de aquellos a quienes habían abandonado y lastimado.
Nadie los quería.
Esto no era Noxus. Esta no era su tierra y él no tenía la certeza de que sus dioses pudieran escucharlos aquí. Tampoco sabía si quería que lo escucharan. Conocía bien los rezos, sí, pero ya no sabía si aún creía en ellos.
Las flores de los árboles espirituales brillaban, como si vibraran a la luz del fuego. Jacrut tragó saliva con dificultad. No, esto no era Noxus. Esto era algo hermoso, peligroso, atemorizante. Ellas eran quienes lo ponían nervioso. Las flores, abriéndose por primera vez desde la guerra.
Porque si los dioses no estaban mirando, eso quería decir que los únicos ojos sobre ellos eran los de los espíritus de los jonios. Personas que sus compañeros y él habían matado, personas que solo podían sentir odio y rencor hacia ellos.
Personas con las que esperaba no tener que pelear de nuevo. Porque todos habían visto los barcos y los soldados. Sabían lo que eso significaba. Lo que no sabían era lo que eso significaría para ellos. Para sus vidas en Jonia. Para su servicio con Noxus.
''Que sus almas encuentren descanso entre nuestros ancestros'', gritó con la garganta seca, ''y que nos otorguen su fuerza para las batallas venideras''.
No quería que los espíritus escucharan sus oraciones.
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John O’Bryan · Relato completo
Publicado 2018-04-02
''¡Creí en ti, Cuchilla Danzante!'', dijo el hombre ahogándose, sus labios llenos de espuma color rojo. ''Nos mostraste el camino...''.
Irelia mantuvo su postura. Lo miró desde arriba, a este devoto de la Hermandad que estaba de rodillas en el lodo. Sus cuchillas lo habían perforado una y otra vez.
''Pudimos ser fuertes... unidos como uno solo...''.
''Esa no es la senda del Espíritu'', contestó ella. ''Si eso es lo que piensas, entonces te equivocas''.
Él había llegado a la aldea, esperando el momento perfecto para hacer su jugada, pero era torpe e inepto. Ella bailaba a su alrededor con una gran facilidad.
Él estaba decidido a matarla. Lo peor... era que no era el primero. Las cuchillas de Irelia flotaban sobre sus hombros, siguiendo los elegantes movimientos circulares de sus manos. Con un simple gesto, todo se habría terminado.
Escupió sangre en el suelo y su mirada ardía con odio. ''Si tú no guías a Navori, lo hará la Hermandad''.
El hombre hizo un débil intento de levantar su daga contra ella. Nunca lo capturarían con vida.
''Yo creí en ti'', dijo nuevamente. ''Todos lo hicimos''.
Ella suspiró. ''No te pedí que lo hicieras. Lo lamento''.
Mientras flexionaba sus extremidades alrededor de su cuerpo Irelia giró hacia un lado, enviando las cuchillas en un arco letal. Atravesaron limpiamente la carne, un acto tanto de piedad como de autodefensa.
Un simple giro, solo un paso delicado, trajo las cuchillas de vuelta a ella; sus bordes estaban manchados con sangre. El cuerpo sin vida del hombre se derrumbó.
''Que el Espíritu te guíe hacia la paz'', dijo Irelia.
Cerró sus ojos.
''Padre'', susurró. ''Manché con sangre el honor de nuestra familia una vez más. Perdóname''.
Irelia desplegó las cuchillas ante ella. Al igual que Jonia, eran fragmentos de lo que alguna vez fue grandioso, y hoy se reducían a finales violentos. Sirvió agua en un cuenco pequeño de madera y sumergió un pedazo de tela. El simple acto de limpiar los fragmentos se había convertido en un ritual que se sentía forzada a cumplir después de cada batalla que peleaba.
Lentamente, el agua se tornó de color rojo y debajo de la sangre fresca, el metal estaba manchado con rastros más antiguos y oscuros que nunca podría quitar por completo.
Era la sangre de su gente, la sangre de la propia Navori.
Perdida en sus pensamientos, comenzó a deslizar las cuchillas para formar la figura del escudo de su familia. Sus tres símbolos yacían resquebrajados ante ella, representando el nombre Xan, su tierra natal y el resto de las Tierras Originarias, todo coexistiendo en armonía. Sus ancestros siempre habían vivido bajo las enseñanzas de Karma. No hacían daño a nadie, sin importar las circunstancias.
Pero ahora, su emblema y su escudo se habían convertido en armas, responsables de cobrar muchas vidas.
Podía sentir la mirada de sus hermanos sobre ella. Aunque estuvieran en su eterno descanso, siendo uno con el Espíritu de Jonia, ella temía que sintieran decepción y resentimiento. Se imaginó a su querida abuelita, destrozada y sollozando, devastada por cada asesinato.
Muchas veces, ese pensamiento hacía que Irelia llorara más que con cualquier otro.
Las cuchillas jamás estarían limpias. Eso lo sabía, pero aun así haría lo correcto por la sangre que había provocado.
Vio a muchos de sus seguidores de camino al cementerio. Aunque la percibían como un símbolo de liderazgo, ahora más que nunca, ella reconoció a muy pocos. Al paso de cada invierno, sus rostros se volvían menos familiares conforme la antigua resistencia era reemplazada por nuevos guerreros fervientes. Venían de provincias lejanas y de pueblos de los que nunca había escuchado hablar.
Aun así, ella se detenía para regresar sus saludos y reverencias poco entusiastas, y no aceptó su ayuda para arrastrar el destrozado cadáver de su atacante por el camino.
Encontró un espacio debajo de las floridas ramas de un árbol, lo dejó en el suelo con precaución, y se dio la vuelta para unirse a los lamentos de las viudas, los viudos y los hijos huérfanos.
''Sé que nunca es sencillo'', dijo, poniendo su mano consoladora sobre el hombro de un hombre que estaba arrodillado ante un par de tumbas frescas, ''pero cada vida y cada muerte son parte de...''.
Él retiró su mano, mirándola fijamente hasta que se marchó.
''Era necesario'', se susurró a sí misma mientras se preparaba para excavar, nada convencida con sus palabras. ''Todo es necesario. La Hermandad dominaría esta tierra con puño de hierro. No sería mejor que Noxus...''
Su mirada se encontró con una mujer anciana sentada en un taburete de madera al pie de un árbol, cantando una suave melodía de lamento. Ríos de lágrimas se habían secado en su rostro. Su atuendo era sencillo y tenía una de sus manos apoyada en la lápida junto a ella. Estaba adornada con ofrendas de comida para los difuntos.
Para la sorpresa de Irelia, la mujer interrumpió su canción.
''Nos traes algo de compañía, ¿no es así, hija de Xan?'', dijo. ''Ya no queda mucho espacio aquí, pero cualquier amigo tuyo es amigo nuestro''.
.''No conocía a este hombre, pero gracias. Merecía algo mejor de lo que obtuvo en la vida''. Irelia se acercó, dudosa. ''Estaba cantando una de las melodías antiguas''.
''Me ayuda a distraerme de las cosas malas'', dijo la anciana, aplanando un poco de tierra sobre la tumba. ''Este es mi sobrino''.
''Lo... lo siento mucho''.
''Estoy segura de que hiciste todo lo que pudiste. Además, esto es parte de la senda del Espíritu, ¿sabes?''.
Su amable comportamiento había dado calma a Irelia. ''Algunas veces no estoy tan segura'', confesó.
La anciana se incorporó, esperando más. Irelia continuó y dijo en voz alta las dudas que la habían acechado durante mucho tiempo.
''A veces... a veces me pregunto si asesiné nuestra paz''.
''¿Asesinaste nuestra paz?''.
''En la invasión noxiana, tal vez perdimos algo cuando nos defendimos, algo que nunca podremos recuperar''.
La mujer se puso de pie, intentando en vano abrir una gran nuez. ''Hija, recuerdo bien la paz'', dijo, poniendo un dedo nudoso sobre Irelia. ''¡Esos eran buenos tiempos! Nadie echa tanto de menos la paz como yo''.
Sacó un cuchillo de su cinturón y empezó a forzar la cáscara de nuez.
''Pero ahora, el mundo es un lugar diferente. Lo que funcionaba antes, no funciona hoy. Afligirse por ello no tiene ningún sentido''.
Por fin, la cáscara se abrió y colocó la semilla rota en un cuenco, sobre la tumba.
''¿Lo ves? Yo era capaz de abrir las cáscaras con mis manos, pero ahora necesito un cuchillo. Mi yo joven se habría puesto furiosa al respecto, y habría arremetido contra la nuez, pero eso ya no tiene importancia porque no tiene que vivir en el aquí y en el ahora''. La anciana asintió con amabilidad y regresó a su melodía.
Por primera vez desde hace mucho tiempo, Irelia sonrió. Dentro de su bolso, envueltas en tela de protección, estaban las afiladas cuchillas de su escudo familiar. Sabía que nunca estarían limpias de nuevo, nunca estarían completas.
Siempre estaban preparadas, y eso debería de ser suficiente.
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Rayla Heide · Relato completo
Publicado 2017-04-03
Una ráfaga de viento frío corría desde el jardín, acompañada de la tentadora fragancia de fruta pasada y pimpollos en flor. Ahri se encontraba en la entrada del jardín, donde la piedra se transformaba en tierra y las angostas cuevas laberínticas se abrían hacia el cielo en una caldera profunda. La espesura de los árboles y las zarzas crecía salvajemente bajo la luz de la luna, mientras las flores brotaban en espléndida abundancia. Ahri dudó, conociendo bien la naturaleza dual del peligro y la belleza. Había escuchado leyendas de la arboleda sagrada desde su infancia, pero nunca había atravesado las cuevas sureñas para encontrarla. Según las historias, aquellos que atravesaban el umbral del jardín entraban como una persona y salían como alguien completamente distinto, o no salían.
Cualquiera que fuera la verdad, Ahri ya estaba decidida. Mientras entraba al jardín, sintió un cosquilleo en la nuca, como si alguien la estuviera observando. No había ninguna figura visible entre los árboles, pero el jardín estaba lleno de vida. A donde quiera que Ahri miraba, surgían nuevas flores con cada segundo transcurrido. Ahri caminó por un sendero sinuoso a través de marañas de plantas, esquivando raíces estrepitosas bajo la tierra. Se escabulló debajo de vides colgantes que se acercaban a ella como si necesitaran afecto. Podría jurar que acababa de escuchar un shh proveniente del suave crujido de las hojas.
Los rayos de luna brillaban a través del dosel y revelaban árboles con hojas plateadas y doradas. Los tallos de las flores se enredaban alrededor de sus troncos, curvándose para mostrar deslumbrantes pimpollos, más brillantes que cualquier piedra preciosa. Regordetas cerezas especiadas cubiertas en una capa de escarcha repiqueteaban suavemente al balancearse entre la salvaje maleza.
Un lirio nevado se extendió hacia el rostro de Ahri y acarició su mejilla con suavidad. Era demasiado cautivante para resistirse. Ahri acercó el rostro hacia los pétalos para inhalar su aroma embriagador. Su nariz se enfrió y apreció el ligero olor a naranjas, la brisa veraniega y el olor de una matanza reciente. La flor se estremeció mientras se cubría de color y la respiración de Ahri se entrecortó. Se tambaleó un momento, mareada por el perfume de la flor.
Un corte.
El lirio nevado cayó a la tierra, separado del tallo. Un líquido viscoso se escurrió por el corte. Ahri exhaló, sus nueve colas se sacudían mientras su mente se despejaba.
Se sobresaltó al ver a una mujer con mechones de cabello grisáceo parada frente a ella, tijeras en mano. Estaba envuelta en mantos coloridos y sus pestañas centelleaban con rocío.
Cuando la mujer dirigió su mirada verde mar hacia Ahri, esta se sintió inquieta, como si la mujer pudiera rebanar sus entrañas con la misma facilidad con la que había cortado el tallo. El rostro de la mujer, arrugado como la corteza de un árbol, era imposible de leer. Pero Ahri ya no estaba preocupada por su seguridad.
''Me asustó, Ighilya'' dijo Ahri. En las leyendas, la mujer anciana era conocida como la Devoradora de Secretos, la Olvidada, o la Bruja Jardinera. Queriendo mostrar respeto por alguien tan poderoso, Ahri decidió llamarla Ighilya. Bisabuela.
''Las flores quieren algo de nosotros'', dijo la anciana. ''Tal como nosotros buscamos algo de ellas. Sería sabio no meter tu nariz donde no es bienvenida. Sé de lo que hablo. Yo misma alimento a estos bebés hambrientos''.
''Así que usted es la Jardinera'', dijo Ahri.
''Uno de mis nombres más amables, sí. Pero ese no es el punto. Sé por qué estás aquí, Iminha''.
Pequeña. Ahri se sintió incómoda con la palabra, que en general se usaba en una relación familiar, aunque no estaba segura de la razón.
''Buscas absolución. Dejar de sentir dolor'', dijo la Jardinera.
Pasó por arriba de un helecho encogido y le hizo señas a Ahri para que se acercara.
''Ven''.
Conforme avanzaban por el jardín iluminado por la luna, las flores giraron hacia la anciana como si fuera el sol que calentaba sus hojas y las ayudaba a crecer. O tal vez las flores no deseaban darle la espalda.
La anciana condujo a Ahri hacia un banco en frente de un árbol retorcido de fruta nubis y se sentó en frente.
''Déjame adivinar. Estabas enamorada'', dijo la Jardinera con una sonrisa curiosa en las comisuras de los labios.
Ahri frunció el ceño.
''No te preocupes, no eres la primera'', dijo la anciana. ''Así que, ¿quién era? ¿Un soldado? ¿Un aventurero? ¿Un guerrero exiliado?''
''Un artista'', contestó Ahri. No había pronunciado las sílabas de su nombre por más de un año y no podía decirlo ahora. Se sentía como tragar vidrio roto. ''Él pintaba... flores''.
''Ah. Un romántico'', dijo la Jardinera.
''Lo asesiné'', dijo Ahri de repente.
Mientras decía la verdad en voz alta, Ahri no podía tapar la aguda amargura en su lengua.
''Succioné la vida de sus labios cuando yacía moribundo en mis brazos'', continuó. ''Era bondadoso, más desinteresado de lo que cualquiera tiene derecho a ser. Pensé que podría suprimir mis instintos. Pero el sabor de sus sueños y recuerdos era demasiado tentador. Él me alentó. No me resistí. Y ahora... ahora no puedo seguir adelante sabiendo lo que hice. Por favor, Ighilya. ¿Puedes otorgarme el don del olvido? ¿Puedes hacerme olvidar?''
La Jardinera no contestó. Se levantó y tomó una fruta nubis madura del árbol, la peló lenta y cuidadosamente para que la cáscara quedara en una sola pieza. La pulpa se dividía en seis segmentos color bermellón y la Jardinera se los ofreció a Ahri.
''¿Quieres una rebanada?''
Ahri la miró fijo.
''No te preocupes, no quiere nada de ti. No es como las flores. La fruta nunca quiere nada. Es la parte más generosa de una planta, se empeña en ser exquisita y jugosa, además de tentadora. Solo quiere atraer''.
''La comida se convierte en cenizas dentro de mi boca'', dijo Ahri. ''¿Cómo puedo alimentarme cuando no soy más que un monstruo?''
''¿Sabes? Incluso los monstruos necesitan comer'', dijo la Jardinera, sonriendo con gentileza.
Puso uno de los segmentos de la fruta nubis en su boca y masticó antes de hacer una mueca.
''¡Está agria! En todos mis años en el jardín, nunca me acostumbre al sabor fuerte''.
La anciana comió los trozos restantes mientras Ahri permanecía en silencio. Cuando terminó, limpió el jugo de su boca.
''Así que robaste una vida que no te correspondía terminar'', dijo la Jardinera. ''Ahora sufres las consecuencias.''
''No lo soporto'', dijo Ahri.
''Me temo que estar viva significa sufrir''.
Una vid con lirios nevados se abrió camino hacia el brazo de la anciana.
''No puedo continuar sabiendo que lo maté'', suplicó Ahri.
''Perderte a ti misma acarrea consecuencias más grandes, Iminha''.
La Jardinera tomó la mano de Ahri y la estrechó. Sus ojos verde mar se iluminaron bajo la luz de luna y Ahri detectó algo de lo que no se había percatado antes, ¿tal vez era anhelo?
''Quedarás destrozada'', dijo la anciana. ''Nunca estarás completa de nuevo''.
''Ya estoy fragmentada'', contestó Ahri, ''y cada segundo que transcurre, me divido en nuevos fragmentos. Por favor, Ighilya. ¡Debo hacer esto!''
La anciana suspiró.
''Este jardín no rechazará un regalo, ya que siempre tiene apetito''.
Con eso, la Jardinera ofreció su brazo a Ahri, aún enredado con la vid de lirios nevados. Los capullos se desplegaron como manos extendidas.
''Da tu aliento a esta flor mientras piensas en los recuerdos de los que deseas deshacerte'', dijo la anciana, señalando el lirio acampanado. ''La flor los consumirá. No vuelvas a inhalar hasta que no sientas nada''.
Ahri sostuvo la flor delicadamente entre sus dedos. La Jardinera asintió. Ahri respiró profundo y exhaló hacia la flor.
...Ahri estaba parada al lado de un hombre de cabello negro como ala de cuervo, en la orilla de un lago. Juntos saltaron al agua y gritaban mientras se divertían en las incesantes olas.
El sufrimiento de Ahri se disolvió como una nube junto con la imagen en su mente.
...en un bosque silenciado por el invierno, Ahri observaba a un hombre de cabello negro como ala de cuervo pintando una flor. ''No soy yo tu flor?'', preguntó ella, retirando la cinta de su vestido. Él levantó la brocha y cubrió con pintura su descubierta espalda. Las cerdas cosquilleaban mientras él recreaba la flor sobre su columna. ''Lo eres, lo eres'', repetía él, besando su hombro con cada palabra.
Ahri sabía que debía temer lo que estaba por ocurrir, pero su corazón se estaba tornando frío e insensible.
...estaba parada en el centro de un lago, sosteniendo el cuerpo sin vida del hombre al que había amado. Lo vio hundirse en el agua, hasta volverse apenas la distorsión de un reflejo vidrioso.
Antes, esta visión le habría causado un dolor punzante, pero Ahri no sentía más que un dolor apagado.
...Ahri estaba inclinada sobre un leñador caído en una caverna de piedra, consumiendo su vida. Al escuchar el sonido de botas sobre la nieve, se sobresaltó. El hombre de cabello negro como ala de cuervo estaba ahí, observando. Ahri se desesperó, no quería que él viera esto.
''No puedo ser lo suficientemente buena para ti'', dijo Ahri. ''Mírame, ávida por el alma de un hombre moribundo. Por favor, déjame. No soy buena. No puedo ser buena''.
Su amor de cabello negro como ala de cuervo respondió: ''No me importa''. Era la primera vez que Ahri recordaba que alguien la amaba por completo, a pesar de su naturaleza. Su voz era cálida y grave por la emoción. ''Soy tuyo''.
El recuerdo se quedó atrapado en la garganta de Ahri y dejó de respirar, rompiendo el hechizo de la flor.
No, pensó. No puedo perder esto.
Ahri intentó inhalar, pero el aire se sentía como una soga alrededor de su cuello. La asfixiaba y sofocaba su garganta, como si estuviera respirando veneno. Su visión se oscureció, pero jadeó hasta que sus pulmones estuvieron a punto de reventar.
Perder esto lo mataría de nuevo.
Las rodillas de Ahri cedieron y colapsó sobre el suelo, con el lirio nevado aún en sus manos. El aroma antinatural que inhaló de la flor se metió en su mente, conjurando visiones extrañas y perturbadoras.
Ahri alucinó. En un silencioso bosque de nieve, imaginó cada una de sus nueve colas arrancadas desde la médula, que volvían a crecer para poder volver a ser arrancadas.
En una cueva de piedra, vio docenas de retratos de ella, pintados con pinceladas de tinta negra. En todas las imágenes, su rostro era blanco y frío.
Flotó, ingrávida, en el centro de un lago, y bajó la mirada para ver que estaba lleno, pero no de agua, sino de sangre.
¿Dónde estás?
En la visión de su mente, vio un rostro distorsionado por los infinitos pliegues de su memoria, uno que ya estaba olvidando. La cara se veía borrosa, como la pintura de un hombre en lugar del hombre en sí. Él la miraba fijo, pero ella no se atrevía a mirarlo.
Ahri abrió los ojos. La Jardinera estaba de pie frente a ella, sosteniendo la vid de lirios nevados que se había tornado color negro.
''¿Aún puedes verlo?'', preguntó la anciana.
Ahri se concentró en las formas difusas en su mente, hasta que se materializaron en un rostro. Su rostro.
''Sí. Está turbio, pero... Lo recuerdo'', dijo Ahri. Fijó la imagen de su rostro en su mente, memorizando todos los detalles. No permitiría que se disolviera.
Los ojos de la anciana destellaron, no con anhelo sino con arrepentimiento.
''Entonces hiciste lo que la mayoría no tiene la fuerza para hacer. No sucumbiste ante la paz'', afirmó la Jardinera.
''No pude'', dijo Ahri, ahogándose con sus palabras. ''No pude renunciar a él. Incluso si soy un monstruo. Incluso si cada día me derrumbo soportando el dolor cientos de veces. El olvido es peor, mucho peor''.
El olvido eran cientos de rostros difuminados observándola con ojos vacíos.
''No puedes recuperar lo que entregaste, Iminha'', dijo la Jardinera. ''Las flores no renuncian a lo que se les dio voluntariamente. Pero puedes conservar lo que queda. Márchate. Sal de este lugar antes de que te consuma'', susurró. Las vides se enroscaron en los hombros de la Jardinera y revelaron lirios de un profundo verde mar. ''Como lo ha hecho con muchos otros''.
Ahri intentó ponerse de pie, pero una vid de lirios nevados se había enredado en una de sus colas. Forcejeó contra las garras aferradas, quitó púas de su pelaje hasta que pudo levantarse y correr. Raíces anudadas salieron del suelo, intentando aprisionarla mientras la vastaya saltaba entre ellas. Una enmarañada cortina de rosas lunares espinosas maniobró para bloquear el camino de Ahri, pero ella contuvo la respiración y se zambulló debajo de las flores, donde quedaron atrapados algunos mechones de cabello.
El camino del jardín se había cubierto de lirios nevados de todos los colores. Sus hojas, afiladas como cuchillas, cortaban la piel de Ahri, mientras altos tallos rodeaban su rostro y cuello para vendar su boca. Ahri soltó una mordida y destrozó las fibras con los dientes, sintió el sabor a sangre amarga. Atravesó el arco hasta las cavernas de piedra a toda velocidad.
Apenas podía distinguir la voz de la Jardinera.
''Una parte de ti permanecerá aquí por siempre'', dijo la mujer. ''A diferencia de nosotros, el jardín nunca olvida.''
Ahri no miró hacia atrás.
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Sus vidas tienen su propia historia
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El relato original de The Rune, con ilustraciones oficiales con subtítulos separados. Fuentes distingue la historia regional de las biografías individuales.
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