Todo lo que existirá — Bel’Veth
Obra oficial relacionada con la región o sus personajes. Es una publicación independiente y puede mostrar otra época.
Historias y presentaciones de personajes ambientadas en Runaterra.
Ver en el canal oficial ↗
Colección de lectura · El Vacío
Disfruta las lecturas completas; aquí encontrarás también a sus personajes y las fuentes originales.
Un poder incognoscible: la ilustración regional de Riot de el Vacío. · Riot Games
Mira antes de leer
Obra oficial relacionada con la región o sus personajes. Es una publicación independiente y puede mostrar otra época.
Historias y presentaciones de personajes ambientadas en Runaterra.
Ver en el canal oficial ↗The Rune · Relato regional
El Vacío no es una nación distante tras una costa inexplorada. Sus descripciones más antiguas hablan de la ausencia incognoscible más allá de la existencia material, perturbada por la aparición de un universo. La respuesta de los Vigilantes busca deshacer esa perturbación. Su propósito opera a una escala que vuelve insuficiente compararlo con una conquista: el territorio significa poco para una fuerza que pretende acabar con el mundo que lo contiene.
Los encuentros con Runaterra dan a ese peligro cuerpos, rutas y oportunidades de aprender. Las criaturas del Vacío se forman para consumir, adaptarse o reunir información. La disección del mundo por Vel'Koz convierte el conocimiento en amenaza cuando comprender sirve para destruir. Las criaturas cumplen funciones distintas, por lo que sus formas variadas no deben confundirse con una población corriente que comparte necesidades humanas.
El acuerdo secreto de Lissandra con los Vigilantes pertenece a la historia antigua del Freljord. Los dones ofrecidos la acercaron a un poder que no podía controlar. Cuando los seres entraron en el mundo, sacrificó a quienes la rodeaban para encerrarlos bajo Hielo Puro. La prisión evitó una catástrofe inmediata, pero no mató a sus cautivos ni convirtió el pacto en un error inofensivo.
Sus esfuerzos por mantenerlos dormidos conectan el Vacío con secretos y sueños además de grietas físicas. Esta historia septentrional es distinta del desastre posterior de Icathia. Tratarlas como un único acontecimiento borra las decisiones y sociedades implicadas. Comparten el peligro de acercarse a una fuerza incomprensible como si pudiera seguir siendo una fuente de ventaja controlable.
Los rebeldes de Icathia buscaron un medio para derrotar a los Ascendidos shurimanos. El Vacío que liberaron atacó las condiciones de su propia supervivencia con la misma facilidad con que amenazó al ejército imperial. Donde una vez estuvo Icathia sigue el paso de la esperanza al horror mediante personas que creían cercana su liberación. Los dioses guerreros que enfrentaron el desastre conservaron heridas que las historias posteriores llevarían hasta las guerras de los darkin.
Kai'Sa es una superviviente humana que estableció una relación simbiótica con una criatura del Vacío, no otra criatura nacida de él. Kassadin respondió a la pérdida mediante un viaje peligroso, armado con reliquias y determinación. Malzahar, en cambio, abrazó una visión profética de su llegada. Sus caminos muestran que el contacto no produce una respuesta humana inevitable, aunque la amenaza sea compartida.
Las aldeas y los viajeros suelen encontrar el peligro mediante una desaparición, una abertura bajo el suelo o una criatura ya adaptada para cazarlos. El origen cósmico permanece lejano y la supervivencia es inmediata. Estos relatos conectan la posibilidad abstracta de deshacer el mundo con quienes intentan conservar una vida o un asentamiento cada vez.
Bel'Veth complica la idea de un propósito único del Vacío. Nacida de la devoración de un puerto shurimano y de la acumulación de experiencias robadas, busca rehacer la existencia a su imagen. Su Mar Lavanda es un proyecto de sustitución monstruosa, distinto del deseo de aniquilación de los Vigilantes. Amenaza tanto a su orden como a Runaterra, sin convertirse por ello en una aliada cuya victoria conservaría la libertad humana.
La historia del Vacío sigue repartida entre prisiones selladas, tierras dañadas e incursiones continuas. Ninguna victoria descrita aquí cierra todas las grietas ni resuelve el conflicto entre sus poderes. Seguir por separado el Freljord, Icathia y las vidas shurimanas actuales conserva la escala del peligro y permite comprender sus causas. Cada encuentro pregunta qué se sacrificará para sobrevivir y si ese sacrificio protege al mundo o abre otra forma de destruirlo.
Fin de esta lectura
Lee las historias originales
Estas ediciones conservan el texto del editor. Sus acontecimientos y contextos de publicación pueden ser distintos.
Graham McNeill · Relato completo
Publicado 2018-03-02
Mi nombre es Axamuk Var-Choi Kohari Icath'or.
Axamuk era el nombre de mi abuelo. El nombre de un guerrero, significa guardián de las fronteras, y es un título de buen augurio. Axamuk fue el último de los Magos Reyes, el último gobernador en caer ante la Emperatriz del Sol Shurimano, cuando ella lideró a sus hombres y dioses dorados al reino de Icathia.
Var es mi madre y Choi mi padre. Icath'or es el nombre del clan en el que nací, con una historia honorable de servicio a los Magos Reyes.
He llevado estos nombres desde que nací.
Mi nombre es Axamuk Var-Choi Kohari Icath'or.
Solo Kohari es de reciente adquisición. La adecuación es nueva, pero ya se siente natural. El nombre ya es parte de mí y lo porto con un gran orgullo que arde ferozmente en mi corazón. Los Kohari fueron alguna vez los protectores de vida de los Magos Reyes; eran guerreros letales que dedicaron sus vidas al servicio de su señor. Cuando el Rey Axamuk cayó ante los dioses guerreros de la Emperatriz del Sol e Icathia se convirtió en un estado vasallo de Shurima, cada uno de ellos se extinguió bajo el filo de sus espadas.
Pero los Kohari renacieron, levantándose para servir al nuevo Mago Rey y reivindicar su honor. Yo llevo su emblema grabado en mi brazo: la espada envuelta en un pergamino.
Mi nombre es Axamuk Var-Choi Kohari Icath'or. Lo repito una y otra vez, aferrándome a lo que representa.
No quiero olvidarlo. Es lo único que me queda.
¿Acaso fue apenas esta mañana que yo y el resto de los Kohari reformados marchamos por las calles de Icathia? Siento que fue hace muchísimo tiempo.
Las amplias avenidas estaban atestadas con cientos de hombres, mujeres y niños vitoreando. Vestidos con sus atuendos más brillantes y usando sus joyas más finas para honrar nuestra marcha, habían ido para presenciar el renacimiento de su reino.
Porque también Icathia renacía este mismo día, no solo los Kohari. Todos teníamos las cabezas en alto y mi pecho estaba hinchado de orgullo.
Marchábamos codo con codo, sujetando las correas de cuero de los escudos de mimbre, y las empuñaduras enrolladas con alambre de nuestros arqueados sables nimcha. Portar armamento icathiano había estado prohibido por la ley shurimana, pero se había fabricado suficiente en forjas clandestinas y se había ocultado en escondites por toda la ciudad en preparación para el día del levantamiento.
Recuerdo con claridad ese día.
La ciudad resonaba con gritos, conforme multitudes aullantes perseguían y asesinaban a todos los oficiales shurimanos que pudieron encontrar. El resentimiento por siglos de leyes degradantes para erradicar nuestra cultura, y las correspondientes ejecuciones despiadadas como consecuencia de la ruptura de esas leyes, alcanzó su punto crítico en un día de violencia y sangre. No tuvo importancia que la mayoría de las personas fueran tan solo escribanos, comerciantes y cobradores del diezmo. Eran sirvientes del odiado Emperador del Sol, y merecían morir.
¡De la noche a la mañana, Icathia volvía a pertenecernos!
Las efigies del Disco Solar fueron arrancadas de los tejados y destrozadas en medio de los vítores de las multitudes. Las escrituras shurimanas fueron quemadas y sus tesoros saqueados. Las estatuas de emperadores muertos fueron profanadas, incluso yo vandalicé uno de los frescos más valiosos con obscenidades de tal grado que habrían hecho que mi madre se sonrojara.
Recuerdo el aroma a humo y fuego. Era el aroma de la libertad.
Me aferré a ese sentimiento mientras marchábamos.
Mi memoria evocó rostros felices y exclamaciones de alegría, pero no puedo recordar palabras específicas. La luz del sol era muy brillante, los sonidos eran demasiado intensos y el palpitar en mi cabeza era incesante.
No había conseguido dormir la noche anterior, estaba demasiado nervioso ante la posibilidad de una batalla. Mi habilidad con el sable nimcha era promedio, pero realmente era letal con el arco recurvo que colgaba de mi hombro. Su madera estaba curada, protegida contra la humedad por una capa de laca color rojo. Mis flechas tenían plumas de aves rapaces celestes y había tallado las puntas afiladas con obsidiana proveniente de la taumaturgia, la magia de la piedra y de la tierra. Los viajes largos por la vegetación de Icathia, los bosques costeros y los recorridos por los senderos de las altas montañas habían ayudado a conseguir una buena condición y fuerza en las extremidades para manejar bien el arco, y la resistencia para pelear todo el día.
Una chica joven con el cabello recogido con un alambre de plata y con los ojos verdes más profundos que yo había visto, colocó una guirnalda de flores sobre mi cabeza. El aroma de los capullos era intoxicante, pero todo pareció quedar atrás cuando me acercó hacia ella para besar mis labios. Usaba un collar, un ópalo en un lazo arremolinado de oro, y sonreí cuando reconocí la artesanía hecha por mi padre.
Intenté quedarme con ella, pero nuestra marcha me alejó. Sin embargo, fijé su rostro en mi mente.
Ya no puedo recordarlo, solo recuerdo sus ojos, eran de color verde profundo como los bosques de mi juventud...
Pronto, incluso eso se desvanecerá.
''Tranquilo, Axa'', dijo Saijax Cail-Rynx Kohari Icath'un mientras colocaba un huevo ya sin cáscara en su boca. ''Estará esperándote cuando el día llegue a su fin''.
''Así será'', dijo Colgrim Avel-Essa Kohari Icath'un, clavando su codo en mi costado. ''A él y a otros veinte jóvenes fornidos''.
Me sonrojé al escuchar las palabras de Colgrim, y él soltó una carcajada.
''Hazle un buen collar de oro shurimano'', continuó. ''Así, será tuya por siempre. ¡O al menos hasta el amanecer!''
Debí decir algo para reprender a Colgrim por ofender el honor de la chica, pero yo era joven y estaba ansioso por demostrar mi valor ante estos guerreros veteranos. Saijax era el corazón palpitante de los Kohari, un gigante de cabeza rapada con la piel llena de marcas por los estragos de una enfermedad de infancia, y una barba bifurcada y rigidizada en puntas con cera y tiza blanca. Colgrim era su mano derecha, un salvaje con mirada fría y un tatuaje como promesa de matrimonio, aunque nunca lo había escuchado mencionar a su esposa. Estos hombres habían crecido juntos y habían aprendido los misterios de los guerreros desde que tenían la edad suficiente para empuñar una espada.
Pero, para mí, esta vida era algo nuevo. Mi padre me había entrenado como un lapidario, un artesano de las piedras y un fabricante de joyas. Era un hombre minucioso y fastidioso, el lenguaje soez era anatema para él y desconocido para mí. Yo, por supuesto, lo disfrutaba, ansioso de encajar con estos hombres resistentes como el cuero.
''No seas duro con el chico, Colgrim'', dijo Saijax, golpeando mi espalda con una de sus enormes manos. Pretendiendo ser una palmada fraternal, llegó a sacudir los dientes de mi cráneo, pero aún así lo agradecí. ''Será un héroe para el anochecer''.
Él traslado su larga arma de asta con cabeza de hacha a su hombro. El arma era inmensa, la empuñadura de ébano estaba grabada con los nombres de sus antepasados y la hoja estaba forjada con bronce afilado. Pocos de nuestro grupo podían cargarla, sin mencionar siquiera blandirla, pero Saijax era un maestro de las armas.
Volteé para intentar entrever a mi chica de ojos verdes, pero no pude verla entre las apretadas filas de soldados y los brazos de las multitudes moviéndose.
''Es momento de concentrarse, Axa'', dijo Saijax. ''Los adivinos dicen que los shurimanos están a menos de medio día de marcha de Icathia''.
''¿Y... están los dioses guerreros con ellos?'', pregunté.
''Eso dicen, chico. Eso dicen''.
''¿Es malo que no pueda esperar a verlos?''
Saijax negó con la cabeza. ''No, porque son poderosos. Pero, en cuanto los veas, desearás no haberlo hecho''.
No comprendí a qué se refería Saijax, y pregunté: ''¿Por qué?''
Me miró de reojo. ''Porque son monstruos''.
''¿Tú ya has visto uno?''
Sentía un intenso entusiasmo juvenil, pero aún recuerdo la mirada entre Saijax y Colgrim.
''Así es, Axa'', me contestó Saijax. ''Peleamos contra uno en Bai-Zhek''.
''Tuvimos que derribar la mitad de una montaña para acabar con el bastardo'', añadió Colgrim. ''E incluso así, solo Saijax tenía un arma lo suficientemente grande para degollarlo''.
Recuerdo la historia con una sensación de emoción. ''¿Fuiste tú?''
Saijax asintió con la cabeza, pero no dijo nada. Supe que no debía preguntar nada más. El cadáver desfiló por la ciudad recién liberada para que todos pudieran verlo, como prueba de que los dioses guerreros de Shurima eran mortales. Mi padre no quiso que yo lo viera, temiendo que eso solo enardecería el deseo de rebelarse que había permanecido latente en cada corazón icathiano durante siglos.
El recuerdo de cómo se veía exactamente se ha desvanecido, pero recuerdo que era más grande de lo que cualquiera podría imaginar, inhumano y terrible...
Vería a los dioses guerreros más tarde ese mismo día.
Solo entonces comprendí a lo que se refería Saijax.
Nos formamos en las suaves pendientes ante las ruinas de los muros de la ciudad. Desde la llegada de la Emperatriz del Sol, hace más de mil años, nos habían prohibido recoger las piedras y reconstruir el muro, forzándonos a dejar los restos como recordatorio de la derrota de nuestros ancestros.
Y ahora, un ejército de pedreros, trabajadores y taumaturgos estaban moviendo bloques gigantescos de granito recién labrado al lugar, con tornos como mecanismos que crepitaban con magia.
Sentí orgullo al avistar el levantamiento de los muros. Icathia estaba renaciendo gloriosa ante mis propios ojos.
Algo también impresionante era el ejército tomando posición transversalmente al compacto camino de tierra que conducía a la ciudad. Diez mil hombres y mujeres cubiertos en armaduras de cuero y armados con hachas, picos y lanzas. Las forjas habían trabajado día y noche para producir espadas, escudos y cabezas de flechas en los días previos al levantamiento, pero no había posibilidad de producir lo suficiente antes de que el Emperador del Sol dirigiera su mirada a la sátrapa rebelión y marchara hacia el este.
Había visto imágenes de los antiguos ejércitos icathianos en los textos prohibidos; valientes guerreros desplegados en filas apretadas de oro y plata y, a pesar de que éramos una sombra de esas fuerzas, no sentíamos menos orgullo. Dos mil jinetes fueron enviados en los flancos, sus enormes y emplumadas bestias resoplaban, y sus pezuñas con garras pateaban de impaciencia. Mil arqueros se arrodillaron en dos largas líneas, a quince metros por delante de nosotros, con astas construidas con plumas de color azul colocadas en la arcilla suave frente a ellos.
Tres bloques de una compleja infantería formaban la mayor parte de nuestra línea, un bastión de valentía para repeler a nuestros opresores de antaño.
A lo largo de nuestra fila, las energías crepitantes del vehículo de tierra de nuestros magos hacían que la atmósfera se tornara nublada. Con seguridad, los shurimanos tendrían magos en sus filas, pero enfrentaríamos sus poderes con nuestra propia magia.
''Nunca había visto a tantos guerreros'', dije.
Colgrim se encogió de hombros. ''Ninguno de nosotros, no en lo que llevamos de vida''.
''No te impresiones demasiado'', dijo Saijax. ''El Emperador del Sol tiene cinco ejércitos, e incluso el menor de ellos nos supera en número, tres a uno''.
Intenté imaginar tal fuerza, pero no lo conseguí. ''¿Cómo derrotaremos a esa multitud?'', pregunté.
Saijax no me contestó, pero llevó a los Kohari hacia nuestra posición, en la línea delante de una estructura de bloques de granito. Había cadáveres shurimanos empalados en estacas de madera, clavadas en la tierra en su base, y bandadas de aves carroñeras sobrevolaban en círculos la zona. Un pabellón de seda de color carmesí y azul índigo había sido levantado en la cima, pero no podía ver qué había dentro. Clérigos en túnicas lo rodeaban, cada uno dibujando patrones complejos en el aire con sus báculos metálicos en forma de estrella.
Desconocía lo que estaban haciendo, pero escuchaba un zumbido constante, como una colmena de insectos intentando abrirse paso hacia mi cráneo.
El contorno del pabellón se agitó como un espejismo en el desierto. Tuve que retirar la vista conforme mis ojos comenzaron a llenarse de lágrimas. Mis dientes se sentían flojos en las encías y mi boca se llenó con el sabor de leche agria. Me dieron nauseas y limpié mis labios con el dorso de mi mano, sorprendido y muy alarmado de ver una mancha de sangre.
''¿Qué es eso?'', pregunté. ''¿Qué hay ahí dentro?''
Saijax se encogió de hombros. ''Escuché que es una nueva arma. Algo que encontraron los taumaturgos en las profundidades del suelo, tras el terremoto de Saabera''.
''¿Qué clase de arma?''
''¿Acaso importa?'', preguntó Colgrim. ''Dicen que va a acabar con todos los comedores de excremento con armaduras de oro del mundo. Incluso con esos dioses guerreros malnacidos''.
El sol estaba por alcanzar su cénit, pero un escalofrío recorrió mi espalda. Mi boca se secó repentinamente. Sentía un cosquilleo en la punta de mis dedos.
¿Era una sensación de miedo? Tal vez.
O tal vez, solo tal vez, era una premonición de lo que estaba por suceder.
Una hora después, el ejército shurimano llegó.
Nunca antes había visto una multitud de esa magnitud, nunca imaginé a tantos hombres reunidos en un solo lugar. Columnas de polvo originaron nubes que ascendieron como una tormenta inminente, dispuestas a terminar con el reino mortal.
Fue ahí, a través del polvo, que vi en todas direcciones las lanzas de bronce de los guerreros shurimanos. Marchaban hacia delante, una línea extensa de luchadores con estandartes dorados y con tótems de disco solar brillando bajo el sol de mediodía.
Desde nuestra posición, divisamos oleadas tras oleadas de decenas de miles de hombres que no conocían la derrota y cuyos ancestros habían conquistado nuestras tierras. Jinetes sobre monturas doradas cubrían los flancos mientras que cientos de carrozas flotantes avanzaban por delante del ejército. Grandes caravanas del tamaño de barcas soportaban máquinas de guerra similares a astrolabios náuticos; globos giratorios orbitaban a esferas ardientes y relámpagos chispeantes. Clérigos en túnicas las custodiaban, cada uno con un báculo recubierto de llamas y un séquito de esclavos cegados.
En el corazón del ejército se encontraban los dioses guerreros.
Muchas otras cosas abandonaron mi mente; la sangre, el horror y el miedo. Pero el avistamiento de los dioses guerreros me seguirá a lo que sea que se encuentre más allá de este momento...
Vi a nueve de ellos, sobresaliendo entre los hombres a los que lideraban. Sus rasgos y cuerpos eran una terrible mezcla de seres humanos y animales, además de cosas que jamás han habitado este mundo, y jamás deberían. Eran titanes: monstruos inhumanos que desafiaban cualquier creencia, cubiertos por armaduras de jade y bronce.
Su líder, con la piel tan pálida y suave como el marfil, dirigió su monstruosa cabeza hacia nosotros. Delimitado por un casco dorado labrado para asemejarse a un león rugiente, su rostro estaba oculto, afortunadamente, pero podía sentir su poder mientras ella observaba con desprecio nuestra línea.
Una oleada de terror palpable se produjo casi al instante.
Nuestro ejército se vio aun más pequeño en comparación con las fuerzas enemigas, y más de uno estuvo al borde de huir incluso antes de que la batalla comenzara. Nuestros valientes líderes elevaron la voz, transmitiendo un mensaje de tranquilidad, por lo que una derrota inminente fue interrumpida. Pero el miedo en sus voces era evidente.
Yo también sentí una urgencia casi incontrolable por vaciar mi vejiga, pero reprimí la sensación. Yo era un Kohari. No me orinaría encima en mi primera batalla.
Aún así, mis manos estaban sudando y sentía un nudo en el estómago.
Yo quería huir. Yo necesitaba huir.
No había manera de enfrentarnos a una fuerza de tal magnitud.
''Grandes bastardos, ¿no es así?'', dijo Colgrim, provocando risas nerviosas en nuestras filas. Mi miedo disminuyó.
''Tal vez luzcan como dioses'', dijo Saijax, alzando la voz. ''Pero son mortales. Pueden sangrar y pueden morir''.
Recuperé la fuerza gracias a sus palabras, pero ahora me pregunto si él sabía en ese momento lo equivocado que estaba.
''¡Somos icathianos!'', rugió. ''¡Somos los herederos de los reyes y reinas que se establecieron en estas tierras en primer lugar! Son nuestras por derecho y desde nuestro nacimiento. Sí, nos superan en número, pero los guerreros que han enviado nuestros enemigos son esclavos y hombres cuya lealtad está dirigida hacia el dinero''.
Levantó su arma en lo alto y la luz del sol resplandeció en su hoja pulida. Él era glorioso en ese instante. Yo lo hubiera seguido hasta el fin del mundo si me lo hubiera pedido.
''¡Peleamos para vivir en libertad, no en esclavitud! ¡Este es nuestro hogar, es tierra de gente orgullosa, de gente libre! ¡No hay nada más fuerte que eso, así que venceremos!''
Vítores comenzaron en las filas de los Kohari y se extendieron rápidamente a los otros regimientos de nuestro ejército.
''¡I-ca-thi-a! ¡I-ca-thi-a! ¡I-ca-thi-a!''
Las voces resonaban en los muros que ahora se levantaban en nuestra ciudad, llegando a los oídos de las multitudes shurimanas. Los dioses guerreros hablaron con celeridad a sus acompañantes, quienes dieron la vuelta y corrieron para llevar sus órdenes a las alas del ejército. Casi de inmediato, nuestro enemigo comenzó a movilizarse cuesta arriba.
Se movían despacio, a un ritmo pausado. Cada tercer paso, los guerreros golpeaban las empuñaduras de sus lanzas contra sus escudos. El sonido que producían era extremadamente inquietante, un lento redoble que consumía la voluntad de los que estábamos por sentir las puntas de esas armas.
Mi boca estaba seca, mi corazón palpitaba bruscamente dentro de mi pecho. Observé a Saijax para recobrar valentía, para obtener coraje de su indómita presencia. Su quijada estaba endurecida y su mirada decidida. Esta era un alma que no conocía el miedo, que rechazaba las dudas y que permanecía firme ante el rostro del destino.
Percibiendo mi mirada, volteó a verme. ''¿Un huevo?'', preguntó.
Tenía un par de huevos sin cáscara en la palma de su mano.
Negué con la cabeza. No podía comer. Al menos, no por ahora.
''Yo tomaré un huevo'', dijo Colgrim, tomando uno y mordiéndolo por la mitad. Saijax tomó el otro, y ambos los masticaron con un semblante reflexivo.
Los shurimanos se acercaron aún más.
''Buen huevo'', señaló Colgrim.
''Les añado un poco de vinagre cuando los pongo a hervir'', contestó Saijax. ''Hace que sea más sencillo pelarlos''.
''Muy astuto''.
''Gracias''.
Dirigí la mirada hacia los dos, de un lado a otro, sin ser capaz de conciliar la naturaleza mundana de sus palabras, especialmente cuando un ejército conquistador marchaba directamente hacia nosotros. No obstante, me sentí aliviado al escucharlos.
Me reí, y esa risa se extendió rápidamente.
Los Kohari estaban riendo y muy pronto, sin saber por qué, el ejército completo estaba riéndose. El miedo que había amenazado con destruirnos nos abandonó. Una determinación renovada llenó nuestros corazones y recubrió con hierro nuestras espadas.
Los shurimanos se detuvieron a menos de doscientos metros de nosotros. Noté una extraña textura en el aire, como si mordiera un pedazo de metal. Levanté la mirada justo a tiempo para ver los globos giratorios de las máquinas de guerra ardiendo con luz abrasadora. Los clérigos custodios bajaron sus báculos.
Una de las esferas ardientes se separó del globo y formó un arco en el aire, dirigiéndose hacia nosotros.
Aterrizó en el medio de nuestra infantería y estalló, el fuego era de color verde cristalino, se escucharon gritos de pavor. Otra esfera le siguió, y después otra.
Sentí nauseas ante el olor de la carne quemándose, proveniente de las filas, horrorizado por la masacre que estaba aconteciendo, pero nuestros guerreros se mantuvieron firmes.
Más esferas se aproximaron a nosotros pero, en lugar de colisionar con nuestras filas, se tambalearon en el aire y regresaron sobre su propia trayectoria, haciendo añicos el corazón de los lanceros shurimanos.
Asombrado, vi a nuestros taumaturgos sosteniendo sus báculos en lo alto, expidiendo destellos mágicos. Los vellos de mis brazos y piernas se erizaron en el aire centellante, como si un velo se dibujara sobre nosotros.
Más esferas ardientes salieron de las máquinas de guerra de los shurimanos, pero explotaron en pleno vuelo al colisionar con la barrera invisible tejida alrededor de nuestras fuerzas.
El júbilo superó los llantos de dolor en nuestras filas. Exhalé, aliviado por no haber estado entre los objetivos de las máquinas de guerra. Observé a esos pobres hombres heridos que estaban siendo arrastrados a la retaguardia por sus camaradas. La tentación por permanecer ahí debió ser extraordinaria, pero los icathianos descendemos de reyes exploradores, y todos los guerreros regresaron a su posición en la línea de batalla.
El agotamiento en nuestros magos era evidente, pero su poder estaba reteniendo el ataque shurimano. Miré sobre mi hombro al pabellón que estaba encima de la pirámide. Allí, los clérigos también estaban luchando con todo su poder. No podía yo imaginar con qué fin. ¿Qué clase de arma yacía ahí dentro y cuándo la desencadenaríamos?
''Resistan'', dijo Saijax, y mi atención volvió a enfocarse en el ejército ante nosotros. ''Vendrán hacia nosotros ahora. Una gran oleada para ponernos a prueba''.
Observé a los shurimanos viniendo a toda velocidad. Flechas destellaron desde las líneas de arqueros que estaban ante nosotros, y decenas de guerreros enemigos murieron. Las placas de bronce y los escudos salvaron a algunos, pero estaban tan cerca que muchos cayeron con flechas que atravesaron su armadura.
Otra ráfaga atacó a los shurimanos, rápidamente seguida por otra.
Cientos perecieron. Su línea se encontraba desgarrada y desorganizada.
''¡Ahora!'', rugió Saijax. ''¡A ellos!''
Nuestra infantería avanzó formando una brecha, bajando las lanzas conforme embestían. Fui arrastrado por la oleada de hombres detrás de mí, pero logré sacar mi espada de su vaina mientras corría. Grité para mantener mi miedo bajo control, preocupado de tropezarme y aterrizar sobre mi propio sable.
Vi el rostro de los shurimanos, las trenzas de sus rostros, sus emblemas dorados y la sangre ensuciando sus túnicas. Estábamos tan cerca que yo podría haber susurrado y ellos podrían haberme escuchado.
Impactamos sus débiles líneas como un relámpago. Las lanzas se propulsaban y se estremecían, las empuñaduras se fragmentaban por el impacto. Conducidos por absoluta voluntad y por mil años de enojo reprimido, el ímpetu de nuestra carga perforó sus filas, separándolas y rompiendo su formación por completo.
El enojo me llenó de fuerza y blandí mi espada. Atravesó carne y la sangre me salpicó.
Escuché gritos. Tal vez fui yo. No estoy seguro.
Intenté mantenerme cerca de Saijax y Colgrim, sabiendo que en su zona de batalla habría shurimanos muriendo. Vi a Saijax destrozando a decenas de hombres con su gigantesca arma, pero no encontré a Colgrim. Pronto perdí de vista a Saijax entre los empujones y el vaivén de la oleada de guerreros.
Lo llamé por su nombre, pero mi grito se ahogó en el rugido de la batalla.
Los cuerpos chocaban contra mí, jalándome, arañando mi rostro... manos icathianas o shurimanas, no lo sé.
Una lanza se clavó hacia mi corazón, pero la punta resbaló en mi pechera y desgarró mi brazo. Recuerdo haber sentido dolor, pero poco más. Clavé mi espada en el rostro de un hombre que gritaba. Él cayó, y yo presioné con más fuerza, impávido por el miedo y el gozo salvaje. Rugí y blandí mi espada como un demente.
Ser hábil no era de ninguna utilidad. Era un carnicero en búsqueda de carne.
Vi a hombres morir a pesar de que sus habilidades eran muy superiores a las mías. Seguí avanzando, perdido en la corriente de carne y huesos. Donde viera un cuello o espalda expuestos, yo atacaba. Sentía un placer macabro en mi matanza. Sin importar el resultado de este día, podría tener la frente en alto en compañía de guerreros. Más flechas atravesaron los cielos, y los vítores, cada vez mayores, eran canciones de libertad.
Fue entonces que los shurimanos se quebraron.
Todo comenzó con un solo guerrero esclavo dando la espalda y huyendo, pero su pánico se extendió como fuego en una planicie y, dentro de muy poco tiempo, la formación completa estaba volviendo cuesta abajo.
En los días que procedieron a este momento, Saijax me había dicho que el momento más peligroso para cualquier guerrero es cuando un regimiento se quiebra. Es ahí cuando la matanza verdaderamente comienza.
Despedazamos a los shurimanos derrotados, las lanzas atravesaban espaldas expuestas y las hachas partían cráneos. Ya no se defendían, simplemente se pisaban entre ellos para intentar escapar. La masacre era atroz, aún así, me deleité con los cientos de cuerpos que estaban siendo destrozados.
Vi a Saijax nuevamente, manteniéndose firme, con su arma a un lado. ''¡Alto!'', gritó. ''¡Alto!''
Quise maldecir su apocamiento. Nuestra sangre hervía y los shurimanos huían, presas del pánico.
No lo supe en ese momento, pero Saijax había visto lo peligrosa que realmente era nuestra posición.
''¡Retrocedan!'', gritó, y otros guerreros emitieron el mismo grito al descubrir lo que él había visto.
Al principio, parecía que nuestro ejército haría caso omiso de sus palabras, embriagados de victoria y ansiosos por seguir adelante. Teníamos el propósito de asesinar a cada uno de los enemigos, cobrando venganza en los soldados que habían mantenido secuestradas nuestras tierras durante siglos.
No había vislumbrado el peligro, pero pronto lo comprendí.
Gritos y fuentes de sangre se derramaban desde los bordes de la vanguardia de nuestra línea de batalla. Cabezas cercenadas caían hacia atrás, girando como rocas sobre un charco. Después siguieron cuerpos, apartados sin esfuerzo alguno.
Se desataron gritos y llantos de terror, y los cánticos de libertad se extinguieron.
Los dioses guerreros habían entrado al combate.
Tres de ellos se abalanzaron hacia nuestras filas; algunos moviéndose como hombres, otros como bestias rapaces. Cada uno tenía un arma más grande de lo que cualquier hombre podría cargar, imparables e invencibles. Arremetieron nuestras filas con estallidos arrasadores que degollaron a decenas de hombres con cada giro. Los icathianos volaron en pedazos por sus espadas crepitantes, fueron destrozados a su paso o fueron partidos en dos como paños ensangrentados.
''¡Atrás!'', gritó Saijax. ''¡Vuelvan a los muros!''
Nadie podía perforar las armaduras de los dioses guerreros, y su ferocidad era tan primitiva y tan inhumana que me paralicé por completo. Las lanzas se quebraron contra sus pieles, tan duras como el hierro, y sus bramidos me helaron la sangre, convirtiéndome en presa del terror. Uno de ellos, una bestia que graznaba con alas emplumadas desiguales y un pico similar al de un buitre, saltó en el aire; un fuego abrasador color azul se encendió en sus extendidas garras. Solté un alarido de dolor al ver cómo mis compatriotas se convertían en cenizas.
El júbilo que habíamos sentido tan solo hacía unos momentos y que nos llenaba con pensamientos de victoria y gloria, ahora estaba hecho añicos, como un vidrio roto en mil pedazos. En su lugar, podía sentir que aún nos aguardaban momentos tortuosos y agonizantes. La represalia de un déspota inconcebiblemente cruel que no conoce la misericordia.
Sentí una mano sobre mi hombro, y levanté mi espada ensangrentada.
''Muévete, Axa'', me dijo Saijax, forzándome a retroceder. ''¡Aún queda mucho por luchar!''
Fui llevado por la fuerza de su mano sobre mi hombro, siendo apenas capaz de mantener el ritmo. Lloré mientras retrocedimos hasta llegar al lugar de nuestra formación inicial. Nuestra línea se había quebrantado e indudablemente habíamos perdido la batalla.
Pero los dioses guerreros se quedaron de pie entre los muertos, ni siquiera se tomaron la molestia de perseguirnos.
''Dijiste que teníamos un arma'', dije entre llantos. ''¿Por qué no están haciendo nada?''
''Sí lo hacen'', me contestó Saijax. ''¡Mira!''
Lo que ocurrió después desafía completamente mi entendimiento. Mis ojos mortales jamás habían visto algo similar.
El pabellón explotó con bifurcaciones en las tracerías de luz. Una sobrecarga de destellos de energía color morado desgarró el cielo y se azotó contra el suelo como olas que rompen. La fuerza de la explosión provocó que todos cayeran al suelo. Cubrí mis oídos al escuchar un grito ensordecedor que invadió el ambiente.
El grito tenía tal potencia que perforó con intensidad mi mente mientras me aferraba al suelo, como si el mundo mismo gritara de horror. Giré sobre mi costado, dando arcadas por la puñalada de nausea que atravesó mi estómago. El cielo, que alguna vez había sido brillante y azul, tenía el color de un moretón que lleva una semana. Un ocaso antinatural predominó, y vi destellos de imágenes que se consumían en las profundidades de mi mente.
Garras afiladas... Fauces enormes... Ojos que todo lo ven...
Sollocé aterrado ante la visión de tales horrores.
De todas las cosas de las que me habían despojado, esto sería algo que cedería encantado.
Una luz catastrófica de color azul enfermizo y un morado desagradable, sofocó al mundo, apremiante de arriba hacia abajo y proliferando desde las profundidades de la tierra. Me obligué a mantenerme erguido, girando lentamente mientras el mundo a mi alrededor llegaba a su fin.
Los shurimanos estaban retrocediendo de la ciudad, aterrados por la fuerza que habían desatado nuestros clérigos. Mis enemigos estaban siendo destruidos y sabía que debía alegrarme por el triunfo, pero esto... Esta no era una victoria de la que ninguna persona en su sano juicio podría deleitarse.
Esto era la extinción.
Un abismo que emanaba luz morada se abrió entre los shurimanos, y vi cómo su general de piel de marfil era derrotada por cintas de materia dando latigazos. Luchó para liberarse de forma salvaje con su espada, pero el poder que habíamos liberado, la superaba. La brillante y pulsante luz cubrió su cuerpo como un desagradable capullo.
Adonde mirara, veía a los escurridizos espirales surgiendo de la tierra, o del aire mismo, para apoderarse de la carne de los mortales. Hombres y mujeres eran arrastrados y engullidos. Vi a un shurimano arañando la tierra mientras se desplazaba, su cuerpo parecía disolverse mientras los tentáculos de inmunda energía lo abrumaban.
Comencé a esperar, y a rezar, esperando que esta destrucción hubiera estado planificada desde el comienzo.
Vi formas en la luz titilante, demasiado fugaces e ininteligibles para distinguirlas con claridad. Extremidades hinchadas de una extraña materia similar al alquitrán, estirándose. Los hombres estaban siendo desgarrados y despedazados. Escuché el borboteo de los bramidos y aullidos de cosas que jamás deberían pisar la superficie de este mundo.
Por horrible que se hubiera tornado el día, me pregunté si este era el precio de la grandiosa arma cuyo poder habían desatado nuestros clérigos. Endurecí mi corazón ante el sufrimiento de los shurimanos, recordando los siglos de miseria que nos habían hecho vivir.
Una vez más, había perdido de vista a Saijax y a Colgrim. Pero ya no necesitaba su presencia para tranquilizarme. Había demostrado que era digno del nombre de mi abuelo, y digno de la marca en mi brazo.
¡Yo era un Kohari!
El cielo crujió y se retorció, con el sonido de una enorme lona desgarrándose en una tormenta. Me di la vuelta y corrí hacia la ciudad, uniéndome a otros soldados. Pude observar sus expresiones de desesperación y horror, y pensé que muy probablemente yo tendría el mismo semblante.
¿Habíamos ganado? Ninguno de nosotros conocía la respuesta a esa incógnita. Los shurimanos habían desaparecido, los había ingerido el terror que habíamos desatado en el mundo. No sentí arrepentimientos. Ni remordimiento. Mi horror había sido sustituido por justificación.
Perdí mi sable nimcha en algún lugar bajo el frenesí de la batalla, así que tomé el arco de mi hombro y lo levanté hacia el cielo. ''¡Icathia!'', grité. ''¡Icathia!''
El cántico fue retomado por los soldados que me rodeaban, y nos detuvimos para observar cómo el enemigo había sido finalmente vencido. La incandescente materia que los había derrotado, yacía como un manto sobre la carne que había consumido. Su superficie era ondulante, y ampollas de materia resplandeciente se abrieron con placentas que echaban espuma, se retorcían y se desplegaban como animales recién nacidos.
Me di la vuelta cuando escuché un ensordecedor sonido del rechinar de rocas.
Grietas en auge resonaron conforme más y más abismos desgarraron el paisaje. Caí sobre mis rodillas por el estremecimiento de la tierra, y los muros de Icathia, que alguna vez habían sido derribados y que ahora estaban otra vez en pie, fueron destrozados por un rugido de frecuencias graves que partió la tierra.
Géiseres de polvo y humo surgieron dentro de la ciudad. Observé a hombres gritando, pero no podía escucharlos por el impacto de las rocas cayendo y de la tierra dividiéndose. Torres y palacios que habían existido desde que el primer Mago Rey había colocado su báculo metálico con forma de estrella, estaban siendo ingeridos por las cada vez más amplias brechas. Solo quedaron escombros y fragmentos, mi amada ciudad reducida a un armazón carbonizado.
El fuego salió despedido hacia el cielo, y los gemidos de mi gente fueron magnificados por los barrancos de la ciudad, mientras caían en la horrible fatalidad.
''¡Icathia!'', grité por última vez.
Vi un destello de movimiento y me sobresalté cuando algo voló por los aires sobre mí. Reconocí al dios guerrero con cabeza de buitre que había visto en la batalla. Su vuelo era inestable, sus extremidades estaban parcialmente arruinadas y deshechas por la extraña materia que surgía entre las brechas en la tierra.
Voló hacia el pabellón con aleteos desesperados, y supe que debía detenerlo. Corrí hacia la gigantesca criatura y coloqué una flecha de punta de obsidiana en mi arco.
La cosa se tambaleó al aterrizar. Sus patas estaban torcidas y su espalda estaba cubierta de tentáculos devoradores. Plumas y piel se desprendieron de su cabeza mientras cojeaba entre los cuerpos de los clérigos muertos cuya carne burbujeaba y se enturbiaba aún con movimientos internos.
Surgió fuego alrededor de las manos del dios guerrero, preparado para quemar el pabellón con lo último que le quedaba de poder.
Saijax había dicho que el Emperador del Sol tenía más ejércitos y que necesitaríamos que nuestra arma permaneciera intacta si pretendíamos vencerlos. Apunté la flecha de obsidiana hacia el dios guerrero.
Solté la flecha, la cual perforó con gran velocidad la materia disolvente de su cráneo.
El dios guerrero cayó y el fuego se desvaneció de sus manos. Se dio la vuelta sobre su costado, su carne se separaba de los huesos... observé hebras de músculos y materia pálida formándose debajo.
El dios guerrero se percató de mi presencia y giró su cabeza de buitre hacia mí. Uno de sus ojos estaba blancuzco y dilatado por una extraña sustancia similar al moho, que se extendía por todo su cráneo. El otro tenía mi flecha sobresaliendo.
''¿Acaso... sabes... lo que... has hecho... icathiano... estúpido?'', logró decir el ahora ciego dios guerrero, su voz era un gruñido de cuerdas vocales disolviéndose.
Intenté pensar en palabras poderosas, algo que marcara el momento en que maté a un dios guerrero.
Lo único que pude pensar fue en la verdad. ''Nos liberamos'', dije.
''Ustedes... abrieron la puerta... a... un lugar... que jamás... debería abrirse...'', murmuró. ''Nos han... condenado a todos...''
''Llegó tu hora de morir'', le dije.
El dios guerrero intentó reír, pero en lugar de una risa, surgió un gorgoteo inquietante y agonizante. ''¿Morir...? No... Lo que está por venir... será mucho peor... Será... como si ninguno de nosotros... hubiera existido...''
Dejé la flecha incrustada en el cráneo del dios guerrero. Había hombres cojeando por la batalla, ensangrentados y desgastados, con la misma mirada de horror incrédulo. Ninguno de nosotros comprendía en realidad lo que había ocurrido, pero los shurimanos estaban muertos, y eso nos bastaba.
¿O no?
Estábamos completamente confundidos, nadie sabía qué decir o qué hacer. El entorno de la ciudad giraba con movimientos forzados, la carne del ejército shurimano estaba completamente cubierta por pálidos tentáculos de materia repugnante. Podía observar que su superficie se oscurecía, fragmentándose donde se endurecía, como una especie de caparazón. Un fluido viscoso se derramaba, y la sensación de que esto apenas era el comienzo de algo mucho peor se apoderaba de mí.
La luz seguía irradiando desde las brechas del suelo. Sonidos irreconocibles, una mezcla de chillidos, murmullos y aullidos de locura, resonaban desde las profundidades. Podía sentir las vibraciones ascendentes desde las entrañas de la tierra, como el lento rechinar del cimiento que antecede a un terremoto.
''¿Qué hay ahí abajo?'', preguntó un hombre al que no conocía. Su brazo estaba encapsulado en una membrana translúcida que lentamente se arrastraba hasta su cuello. Me pregunté si él se había percatado de ello. ''Parece ser un nido. O una madriguera, o... algo así.''
Yo no sabía qué cosas repugnantes vivían ahí abajo. Y no quería saberlo.
Escuché una voz llamando mi nombre, y levanté la vista para encontrarme con Saijax cojeando hacia mí. Su rostro era una máscara de sangre provocada por una herida profunda que iba desde su ojo derecho hasta su mandíbula.
Nunca pensé que Saijax fuera capaz de sangrar.
''Estás herido'', dije.
''Es peor de lo que parece''.
''¿Es este el fin?'', le pregunté.
''Me temo que para Icathia lo es'', contestó, alejándose para tomar las riendas de la bestia de un soldado. Esta se encontraba asustada, pero Saijax la tomó y saltó sobre la silla de montar.
''Hubiera dado lo que fuera para ver a los shurimanos derrotados'', murmuré.
''Me temo que lo hicimos'', dijo Saijax.
''Pero... ganamos''.
''Los shurimanos están muertos, pero no estoy seguro de que sea lo mismo'', explicó Saijax. ''Ahora, busca una bestia, debemos irnos''.
''¿Irnos? ¿De qué estás hablando?''
''Icathia está condenada'', contestó. ''Lo ves, ¿cierto? No solo la ciudad, sino nuestras tierras. Mira a tu alrededor. Ese también será nuestro destino''.
Sabía que él tenía razón, pero la idea de simplemente huir de ahí... No sabía si podría hacerlo.
''Icathia es mi hogar'', le dije.
''No queda nada de Icathia. O, al menos, no quedará nada dentro de poco tiempo''.
Extendió la mano para tomar la mía, y la estrechó.
''Axa...'', dijo, dando un vistazo hacia el creciente horror. ''No queda más esperanza aquí''.
Negué con la cabeza y dije: ''Nací aquí y moriré aquí''.
''Entonces, aférrate a quien eres mientras puedas, chico'', dijo, y sentí el peso de su tristeza y culpa. ''Es lo único que te queda''.
Saijax giró a la bestia y se alejó cabalgando. Nunca volví a verlo.
Mi nombre es Axamuk Var-Choi Kohari Icath'or.
Creo... Creo que Axamuk era el nombre de mi abuelo. Tiene un significado, pero ya no recuerdo cuál.
Deambulé por las ruinas donde alguna vez existió una gran ciudad. Lo único que queda es un cráter extremadamente amplio, escombros y una ruptura en el tejido del mundo.
Siento un vacío abrumador ante mí.
Axamuk fue un rey, eso creo. No recuerdo dónde. ¿Fue aquí? ¿En esta ciudad hundida y arruinada?
No sé qué significan Var o Choi. Icath'or debería tener algún significado para mí, pero sea lo que sea, no puedo recordarlo. Hay un terrible vacío donde alguna vez mi mente y mis recuerdos habitaban.
Mi nombre es Axamuk Var-Choi Kohari.
¿Kohari? ¿Qué es eso?
Hay una marca en mi brazo, una espada cubierta en un pergamino. ¿Es una marca de esclavitud? ¿Acaso fui propiedad de un conquistador? Recuerdo a una chica de ojos color verde y un collar de ópalo. ¿Quién era ella? ¿Era mi esposa o mi hermana? ¿Una hija? No lo sé, pero recuerdo el aroma de sus flores.
Mi nombre es Axamuk Var-Choi.
Lo repito una y otra vez, aferrándome a él como si pudiera evitar esta lenta desintegración.
No quiero olvidarlo. Es lo único que me queda.
Mi nombre es Axamuk.
Estoy desapareciendo. Lo sé, pero no sé por qué o cómo.
Algo terrible se retuerce en mi interior.
Todo lo que soy se desmorona.
Me estoy deshaciendo.
Mi nombre es
Mi nombre
Mi
Fin de esta lectura
Abrir esta lectura por separado · Publicación original · Riot Games ↗
Graham McNeill · Relato completo
Publicado 2020-06-01
Hay luz bajo la tierra, si sabes dónde buscarla.
Si sabes cómo buscarla.
Yo no necesito luz para ver. Ya no más.
Mis ojos solo podían ver bajo ciertos grados de oscuridad, pero la vista que ahora poseo me muestra mucho más de lo que alguna vez creí posible. Ahora percibo colores que no existen en la naturaleza, así como tonalidades y sombras que revelan cómo los muros que les impiden el paso a los monstruos no son tan sólidos como aparentan; de hecho, son tan delgados como un telón de teatro.
A veces desearía no ver las cosas que veo, pero después caigo en la cuenta de que habría muerto hace ya mucho tiempo si no me hubiera adaptado a la vida aquí abajo.
Y a veces me pregunto si morir no habría sido mejor.
El hombre al que arrastro detrás mío no ve como yo veo. De hecho, él es prácticamente ciego en la oscuridad. La única luz es un tenue brillo que arde en las cápsulas bulbosas que crecen en mis hombros.
No emiten suficiente luz para que los ojos humanos puedan ver con claridad, al menos no a la velocidad en la que nos estamos moviendo.
Tiene miedo y se tropieza a cada paso que da.
Aquí abajo él es nadie, pero en la superficie es un líder, el atamán de un asentamiento en el desierto.
Por eso lo capturé. Necesita ver el peligro de lo que está aquí abajo, para entender por completo el riesgo que acecha a su gente.
Por momentos lo arrastro y por otros parece que lo estoy cargando, lo cual sería sumamente difícil si no fuera por la fuerza que me da mi armadura viva.
Se prende a mi piel, por todo mi cuerpo, como si mil ganchos diminutos se clavaran en mi carne. Ya no estoy segura de dónde termina su superficie flexible y rígida, y dónde comienzo yo. Solía lastimarme y yo aborrecía la sensación rasposa que me envolvía, como si fuera la lengua de un gato.
Pero ahora ya no me importa, pues significa que nunca estoy del todo sola.
Solía pensar que podía escucharla susurrar en mi cabeza mientras crecía y se expandía por mi cuerpo, pero creo que esa era solo mi propia voz tratando de no caer en la locura provocada por el dolor y la soledad.
Por lo menos, eso espero que fuera.
La piedra debajo de mí es lisa y cristalina; las características de su superficie no dependieron de la piedra fundida, sino del paso de las cosas que viven en las profundidades de la tierra cuando brotan del subsuelo como gusanos a través de una fruta podrida.
La gente que habita en la superficie nombra este inframundo por lo que hace, por lo que es.
Vacío.
He estado aquí abajo lo suficiente como para saber que ese nombre no alcanza a reflejar la verdadera amenaza y el horror de lo que se arrastra en esta oscuridad subterránea, de lo que es el Vacío en realidad. Los monstruos que llegan a la superficie para cazar y matar solo son la vanguardia de lo que vive debajo, y no se parecen a nada que la gente de la superficie pueda comprender.
Si conocieran la verdad, no se acercarían ni a mil kilómetros de donde alguna vez estuvo Icathia, pero los mortales son especialistas en el olvido. El paso de los años les resta importancia a los horrores del pasado. Lo que se aprendió por medio de sangre y sufrimiento ahora sobrevive a través de las historias de terror que los viajeros relatan alrededor de las fogatas o en las tradiciones populares. Cuelga algunas perlas de la luna sobre tu chimenea, reza a Nasus para que cuide tu casa o deja algunas cabras afuera para que calmen el hambre monstruosa de las bestias.
Pero las criaturas del Vacío no son depredadores ordinarios.
Cuando era pequeña, recuerdo haber visto cómo una manada de kmiros cazadores derribaba a un skallashi herido. Lloré, pero aun así no sentía odio hacia los kmiros por haber matado al amable gigante. Era parte de su naturaleza. Las criaturas de la superficie matan para alimentarse. Tienen hambre, eso no las hace malas.
Los nacidos del Vacío te matarán por el simple hecho de estar vivo.
''Por favor'', ruega el hombre que va detrás de mí. Ya casi me había olvidado de él. ''Por favor, déjame ir''.
Él emite un sollozo demoledor cuando me detengo y lo empujo con fuerza contra la pared.
No logro discernir si piensa que lo voy a matar o si lo voy a liberar.
Un brillo violeta crece alrededor de mis manos, centelleantes cuchillas de luz mortal.
Su aparición repentina cambia mi visión y observo los radiantes hilos de magia en la sangre que corre por su cuerpo.
Unas cuantas volutas de ella se alzan por los aires con cada respiración aterrada y con cada lágrima que corre por sus mejillas. Es muy tenue, casi inexistente, pero los depredadores del Vacío lo detectarán y serán atraídos como moscas al estiércol.
Mi piel blindada quiere alimentarse de él y yo retrocedo al percatarme de que una parte de mí también desea lo mismo.
Él es débil, como todos los de la superficie. Sería un acto piadoso enterrar mis cuchillas de luz en su cuerpo, en vez de dejar que los monstruos de las profundidades destrocen su alma.
¡No! Yo protejo a las personas de la superficie. Es por ello que yo soy la chica que regresó.
Contengo las ansias homicidas de mi armadura y el brillo se desvanece de mis dedos tiesos. Respiro temblorosamente y cierro mis manos en puños.
Mi visión regresa a la normalidad y echo un vistazo para comprobar que no estamos en donde esperaba.
Estamos mucho más cerca de la superficie de lo planeado, lo cual vuelve doblemente peligroso lo que estoy viendo. La roca del túnel brilla como la bóveda de una cueva sobre un lago subterráneo, propagándose con la luz desde una dimensión desconocida para las razas de la superficie.
Estamos al borde de un abismo sin fondo en el que los límites entre los dos reinos oscilan como los mares de arena en Zoantha. Se parece a un océano brillante con una luz enfermiza, inscrito en un vaivén constante de revelaciones y renacimientos. Se revuelve con energías titánicas que en ocasiones forman siluetas espantosas, como los leviatanes submarinos que habitaban en las profundidades de los océanos a los cuales conocía solo a través de historias.
Es peligroso estar así de cerca, pero necesito que este hombre lo vea.
Los ojos negros y desalmados se unen para mirar desde abajo.
Los espirales de materia cobran una forma horrenda.
Cientos de espinas se despliegan, los miembros avariciosos se estiran y las garras torcidas se crean en la locura líquida, una evolución lunática que teje monstruos translúcidos hasta llevarlos a la vida con penetrantes chillidos de nacimiento.
Están aquí...
''Abre tus ojos'', le digo al atamán.
Mi voz se distorsiona a través de la máscara moldeable de la armadura; un gruñido animal húmedo que no se parece a ninguna lengua mortal. Él niega con la cabeza. No puede entenderme.
Las palabras suenan como si me estuviera ahogando con sangre.
Con tan solo pensarlo, las placas de quitina de mi yelmo se abren, una se desliza sobre la otra, mientras se repliegan como el caparazón de un insecto que retrae las alas.
''Abre tus ojos'', le repito; ahora sí me entiende.
Grita de miedo al ver mi rostro humano.
¿Cómo me veo ahora?
¿Soy muy diferente a lo que era? ¿Parece que pertenezco aquí?
No he visto mi cara en mucho tiempo. Espero que aún luzca como la recuerdo.
La luz se incrementa y él mira hacia el abismo.
La creciente marabunta de las cosas que hay ahí trata de alcanzarnos; los ojos del hombre se ensanchan de miedo cuando ve por fin por qué lo traje hasta aquí.Miles de monstruos ruidosos emergiendo de un océano de locura que alcanza el corazón del mundo y más allá. No sé con certeza qué es ni de dónde viene.
Lo único que sé es que engendra una horda interminable de pesadillas descabelladas que suben clavándose en las rocas con implacables ansias de matar y destruir el mundo de la superficie.
Su marea está ascendiendo y yo soy la única que puede detenerla.
Me acerco al hombre y le digo: ''¿Los ves? ¿Entiendes?''.
Aterrorizado, asiente; lo libero.
Veo cómo el atamán se arrastra hacia la luz de la superficie y después me doy la vuelta al escuchar el rasguño de las garras sobre las rocas detrás de mí. Unos brazos completamente antinaturales cuelgan del borde del abismo, arrastrando un horror monstruoso de placas de armadura chirriantes, protuberancias huesudas y carnosidades del color de un mortinato. Sigue húmedo y brillante de su llegada al mundo, pero tiene una malicia infinita en sus ojos negros que cobra vida a través de su caparazón superior. Sus extremidades afiladas se despliegan desde su vientre pálido, mientras que una boca sin labios se abre a través de su garganta, revelando un tajo ancho de brillantes colmillos blancos e icor salivoso.
Los otros rápidamente lo siguen; son más pequeños, pero igual de despiadados. Su mera presencia distorsiona el aire; delgadas tajadas de materia en disolución emergen como humo negro de la roca bajo sus garras.
La peste de su cercanía es aterradora y un calor intenso se expande por todo mi cuerpo.
La respuesta ante la amenaza llena mis extremidades de fuerza.
Antes solía combatir esas ansias, pero ahora entiendo que son las que me mantienen con vida, las que me permiten defenderme y pelear.
La máscara de caparazón vuelve a recubrir mi rostro. Mi visión cambia nuevamente.
Antes, esa transición me resultaba estremecedora, pero ahora la agradezco.
Veo en la luz. Veo la vida y los puntos débiles de mi presa. Vuelvo a ser una depredadora.
Las placas ajustadas a mis hombros cambian y se reconstruyen conforme las cápsulas brillantes se encienden. Una luz cegadora se forja en ellas y yo grito cuando una dolorosa ráfaga de rayos abrasadores se estrella contra las criaturas.
Las más pequeñas explotan instantáneamente en estallidos de fluidos morados y carnosidades antinaturales.
Su sangre me salpica y las placas curvilíneas de mi armadura la beben vorazmente.
Mi ira se acrecienta por la repulsión, a pesar de que me nutre.
Corro hacia delante, extendiendo mis brazos y transformando mis manos en cuchillas de luz. Salto hacia el aire, empujando la pared del túnel para hacer estallar al gran monstruo con ráfagas palpitantes de fuego violeta. Su cuerpo se desgarra y un icor color negro brea se derrama.
Chilla de dolor, atacando con sus extremidades angulosas.
Aterrizo cerca y ruedo bajo sus cuchillas, posicionándome en cuclillas y desatando otra ráfaga de rayos. Queman su carne con furia incandescente, como si el fuego conjurado por los suyos fuera más letal que cualquier otro.
Giro hacia atrás mientras su cuerpo cae, pero no está muerto... lo que sea que eso signifique para los nacidos del Vacío.
Chupa la sangre de las criaturas más pequeñas hacia sus extremidades, embebiéndose con su esencia. Redes de luz y materia espasmódica regeneran su carne, como un tejedor cosiendo una manta desgarrada. Su cuerpo gigantesco se convulsiona, ondulándose mientras rehabilita los tejidos heridos y permite que broten nuevas extremidades, endureciendo las áreas vulnerables. De su carne rasgada brotan enredaderas ardientes de luz oscura, chasqueando como látigos contra el suelo.
La roca sólida fluye como si fuera cera, puesto que su misma permanencia es la de un proceso inacabado. Un latigazo golpea mi rodilla y yo me tambaleo mientras un pedazo de mi armadura sangra en medio de una nube de humo negro.
Veo mi piel debajo del recubrimiento, despojada de vida y vigor, como la de los reptiles ciegos que cavan sus madrigueras bajo los peñascos desérticos. Me enferma verla, pero no sé si es porque la carne parece estar muerta o porque me recuerda quién solía ser.
El pensamiento me ralentiza.
Fue solo un instante, pero con eso basta. Los entes y depredadores del Vacío se arremolinan a mi alrededor.
Una criatura de casi el doble de mi tamaño me derriba. Sus garras rasgan mi pecho, sus dientes se cierran sobre mi cabeza. Sus colmillos dejan muescas profundas sobre la placa que recubre mi rostro y miro cómo su demoledora garganta llena de dientes y su lengua probóscide buscan un resquicio para traspasarla.
Golpeo su cuerpo atrabancadamente con mis puños y lanzo un torrente de fuego violeta hasta que no puede soportarlo más. Explota en un revoltijo de cartílago huesudo y carne antinatural. Mi traje se alimenta de las energías desatadas de su muerte.
Uñas y dientes desgarran y muerden. Giro hacia un lado, más llamas violeta salen de mis manos. Salto y me escabullo de sus ataques. El peso de las cifras los favorece, puesto que más criaturas salen del borde del abismo.
Una marea ardiente de placas orgánicas, garras y furia que me sobrepasará rápidamente.
Las cápsulas de mis hombros explotan con ráfagas de fuego asesino cada vez más poderosas, pero no bastarán para detenerlos. No sé si el Vacío es capaz de odiar, pero siento que estos monstruos me odian. Me ven como si fuera algo de su mundo, pero a la vez como algo que debe ser destruido.
Me pregunto si su percepción sobre mí dista de la que tiene la gente de la superficie.
Ellos me rodean y recuerdo el skallashi que fue abatido por los kmiros.
Pero yo no soy una presa. Puedo defenderme.
Giro sobre mi talón mientras dibujo un aro de fuego violeta a mi alrededor con mis puños ardientes.
Su poder hace que retrocedan, dándome espacio para respirar. Veo un camino y lo tomo. Me escabullo entre ellos, dejando un sendero de cuerpos cercenados a mi paso. Mi velocidad es siniestra. Veo a las criaturas a mi alrededor moverse como si estuvieran en estupor. No me pueden seguir el paso y las mato con cada golpe explosivo de mis llamas y con cada ataque de mis manos con cuchillas de fuego.
Es entonces que logro despejar mi camino.
Doy la vuelta y me alejo velozmente del abismo.
No tan rápido como para deshacerme de ellos, pero sí lo suficiente como para conservar la delantera.
Pierdo la noción del tiempo.
Eso es sencillo aquí en la oscuridad.
A veces olvido cómo se ve el sol o cómo solíamos seguir las sombras para saber qué hora era.
Para alguien que nació en las arenas ardientes, olvidar el sol me hace llorar. Tengo algunos recuerdos de su luz abrasadora reflejándose en el agua, de un ojo dorado en el cielo y del calor gozoso llenando mi pecho con cada respiración.
Pero ya no siento esos recuerdos como parte de mí.
Es como recordar algo que alguien me contó, no algo que conocí o que sentí personalmente.
Aparto los recuerdos.
Son distracciones que me ralentizarán y que propiciarán mi muerte.
Pero no puedo evitarlo. Mi núcleo, esa parte que sigue siendo una niña pequeña, continúa mostrándome estas cosas; trata de recordarme aquella que solía ser.
Las criaturas del abismo aún me persiguen, colmando los túneles con sus cuerpos chirriantes y desgarradores. Las he estado alejando del sitio en donde liberé al atamán, atrayéndolas hacia el desierto profundo, de vuelta hacia la tierra perdida de donde vinieron.
He hecho esto muchas veces antes y esta no será la última vez.
Peleo y corro, no permito que me rodeen.
Es una danza.
Una danza interminable.Puedo sentir su hambre. Maté a tantos de ellos, pero siempre hay más.
Trato de no pensar en sus cifras infinitas. Si lo pienso demasiado, debilito mi voluntad para pelear y no puedo permitir que eso ocurra. Al menos no mientras haya gente en el mundo de la superficie que me importa.
Como el sol, sus nombres y rostros se alejan cada vez más de mí.
Pero sé que siguen allá arriba. A veces voy allá solo para recordar lo que se siente ver el cielo sobre mí. O para respirar aire que no está humedecido por el amargo sabor de algo terrible y sumamente hostil. Hace ya un tiempo que no me aventuro hacia la superficie. Mientras más tiempo paso allá, más siento que su aire comienza a quemarme. Me temo que me estoy habituando tanto a la oscuridad que el mundo soleado ya no me quiere.
Recuerdo cuando conocí a una niña allá arriba.
Ella era pequeña, tal y como yo lo fui alguna vez; ella no me odió. Vio lo que yo era y no corrió aterrorizada, como lo hace la mayoría de la gente. Ella vio quien yo solía ser, pero eso no es lo que la mayoría de la gente mira.
Ellos ven el traje y perciben detrás de mi mirada sus ansias primigenias por destruirlos.
No lo pueden evitar y yo no los odio por ello, pero me duele.
Me duele saber que yo era como ellos y ahora...
Ahora no sé lo que soy.
Sin embargo, a pesar de todo lo que he cambiado y de haberme convertido en algo que odian y temen, sigo aferrándome a aquello que me hace humana. Si tan solo logro aferrarme a aquella parte de mí en la que yo fui alguna vez una pequeña niña, puedo hacer que las cosas horribles que me han sucedido se conviertan en algo bueno y noble.
Pero puedo sentir cómo se está esfumando.
¿Qué será de mí cuando ya no la pueda recordar?
Algo cambia en las criaturas del Vacío.
Lo percibo casi inmediatamente, modifican su propósito. Es difícil saber qué, pero me queda claro que dejé de ser el objetivo de su persecución, como si ya no les importara.
Como si hubieran encontrado un blanco mejor para sus feroces ansias de destrucción.
Una sospecha terrible se apodera de mí y acelero mi paso para alejarme de las criaturas que están detrás de mí.
Mi armadura me hace más veloz que ellos y me muevo a través de los túneles como un fantasma, eligiendo los caminos retorcidos que solo yo conozco. Siento cómo se desvanece la fiereza de la persecución mientras doy la vuelta y asciendo nuevamente a la superficie, en donde percibo la candente tensión del mundo de arriba.
Había estado tratando de mantener a los monstruos cerca de mí, engatusándolos para que se alejaran de los asentamientos de la superficie, pero cuando emerjo hacia la luz del sol a través de una grieta escondida en la cima de una aguja solitaria de roca descubierta, me percato de mi terrible equivocación.
Pensé que estaba ahuyentando a los monstruos, de verdad lo pensé.
Un cráneo gigantesco fue colocado sobre un peñasco en la cima de la aguja, como una especie de indicador.
Es una advertencia. Un signo que anuncia que estas tierras corren peligro.
Sé lo que es porque yo lo puse aquí.
Con un pie sobre el cráneo, miro hacia abajo, al asentamiento lleno de gente.
Mi yelmo se retrae sobre mi cara y puedo ver con mis propios ojos.
Debajo de mí hay calles limpias y ordenadas, las cuales se despliegan entre edificios prolijos de ladrillos cocidos por el sol. En el extremo sur del asentamiento se vislumbran los toldos sedosos de un mercado bullicioso y veo un disco dorado en el techo de lo que parece ser un templo. Los sonidos de la risa llegan hasta mí en la aguja de piedra.
Huelo carne asada, estiércol animal y el aroma embriagador de las especias.
Son los olores de la vida, la textura cotidiana del mundo de arriba.
Por un segundo, me transportan a mi juventud casi olvidada y las comisuras de mi boca gesticulan una sonrisa.
Luego, recuerdo lo que merodea bajo la arena y mi media sonrisa desaparece de mi rostro.
Mi corazón late en mi pecho y me cuesta trabajo respirar.
¿Acaso no se dan cuenta del peligro en el que están?
Las superficies internas de mi armadura se enganchan con fuerza en mi piel; del dolor, caigo sobre una rodilla. Tiene hambre y me pregunto qué parte de mi camino la he escogido yo y cuánto ha sido elegido por su diseño.
Mis sentidos están calibrados finamente con los moradores del Vacío.
Están cerca, demasiado cerca, elevándose hacia la superficie. En algún lugar allá afuera en el desierto.
Siento la inminencia de una fisura como si fuera el cambio de presión atmosférica antes de una tormenta.
Mi máscara vuelve a recubrir mi rostro, colmando mi visión con patrones de luz y calor.
Vuelvo a mirar el asentamiento mientras escucho el choque del acero y una voz que grita.
Mi mirada deambula por un campo militar ubicado en los márgenes, en donde muchos hombres y mujeres están formados. Los observo confundida, sin saber con certeza qué es lo que están haciendo, hasta que caigo en la cuenta.
Están entrenando para pelear.
Un hombre les grita, llenando sus corazones con valentía y sus almas con fuego.
No puedo escuchar sus palabras, pero puedo ver su rostro con una claridad impresionante, como si estuviera parado a mi lado.
Es el atamán al que arrastré conmigo a las profundidades subterráneas.
Salto de roca en roca hasta descender al asentamiento.
La cercanía de las criaturas del Vacío genera presión en mi cráneo.
En poco tiempo estarán aquí.
Salto a un corral de animales y el ganado entra en pánico cuando detectan mi aroma.
Los habitantes del asentamiento no se dan cuenta de mi presencia en un principio. Pero después escucho cómo se propagan los gritos de alarma al ver mi forma blindada en su terreno. Me dirijo hacia el atamán; puedo sentir cómo la furia corre por mis venas.
¡Yo se lo mostré! ¿Por qué no me escuchó? Lo llevé a ver los horrores subterráneos. Quería que sintiera el terror de su existencia y que lo compartiera con su gente.
Pero lo único que logré fue fortalecer su resolución de pelear.
Cada persona que muera aquí habrá sido mi culpa. Su sangre estará en mis manos.
Yo quería prevenir esto, pero conseguí que sus muertes sean inevitables.
Al verme, hombres y mujeres se dispersan, atemorizados a pesar de portar armas. El rostro del atamán se endurece. La última vez que lo vi, estaba aterrorizado, pero su miedo se había transformado en odio.
Sus ojos me dicen que él piensa que yo estoy aquí para asesinarlo, tal vez así sea.
Mi máscara se abre cuando me paro frente a él.
''¿Por qué sigues aquí?'' grito, probando el aire caliente del desierto. Debajo de los olores del asentamiento, percibo la presencia creciente del Vacío. Es como morder una moneda de cobre. ''¡Vete!''.
''¡Atrás, demonio!'', gruñe. ''¡Eres un heraldo de las bestias!''.
No logro entender qué es lo que quiere decirme con eso. Pero después comprendo.
''¿Tú crees que yo traigo los monstruos...?''.
''Te conozco'', espeta, acercándose hacia mí. ''Eres la hija del Vacío. Adonde sea que camines, los monstruos te seguirán''.
Niego con mi cabeza, lista para refutar esa acusación...
Después, me cuestiono si tiene razón.
Yo lucho contra los nacidos del Vacío cada vez que puedo, en todos los lugares en que los encuentro.
Alzo mi mano para mirarla de frente y observo con atención los delgados hilos de luz violeta que brillan en las placas amoldadas de mi armadura. Hasta ahora, siempre había pensado que era parte de mí, que yo controlaba eso, pero ¿era posible que mi control no fuera tan férreo como suponía? Corroboro mi intuición y las venas de luz se desvanecen.
¿Es acaso posible? ¿Que atraiga a las criaturas del Vacío?
No, lo sabría. Yo sabría si las estuviera llevando, de alguna manera, a las profundidades del mundo.
Mi duda se convierte en enojo y las cuchillas de luz resplandecen alrededor de mis manos.
''Yo escapé de ti en una ocasión'', dijo el atamán, alzando su espada. ''Y pelearemos contra las bestias que lideras''.
''¿Tú escapaste de mí?'' digo con incredulidad. ''¿Eso es lo que piensas que pasó?''.
Él blande su espada, pero yo la bloqueo con facilidad. No tiene mucha experiencia utilizándola, motivo por el cual esquivo sus ataques sin mayor esfuerzo. Lo rodeo mientras balancea su espada una y otra vez. Los aldeanos me rodean, gritándole a su líder para que aseste el golpe mortal. Mi armadura contesta cada ataque y se estimula con las agresiones que recibo, inundando mi cuerpo con ansias de pelear, de matar.
Ellos ven la segunda piel que me recubre, pero no se dan cuenta del peligro al cual están expuestos en este momento.
No me refiero al Vacío. Sino a mí.
No pueden ver a la chica que está debajo. No quieren verla.
Es más sencillo para ellos pensar que soy un monstruo.
Siento cómo la furia y la traición endurecen mi corazón hacia ellos. ¿Por qué debería pelear para salvarlos? ¿Por qué peleo para aferrarme a mi humanidad, cuando me duele tanto recordar todo lo que perdí?
¿Por qué no mejor me convierto en el monstruo que ellos creen que soy?
¿No sería más fácil eso?
Pero en ese momento logro ver más allá de la cara iracunda del atamán y me percato de los abuelos que me observan desde las puertas de sus casas, aquellas moradas que construyeron con sus propias manos. Observo a las madres jóvenes que sujetan a los recién nacidos contra su regazo. Puedo mirar incluso más allá de ellos y me encuentro con las miles de demostraciones de amor cotidianas y los pequeños actos de bondad que pasan desapercibidos todos los días en el mundo.
Es por eso que peleo contra los monstruos.
Defiendo a aquellos que no pueden hacerlo, puesto que no hay nadie que luche como yo.
Porque si yo no los defiendo, ¿quién lo hará?
¿Y qué quedará de la chica que regresó si no lo hago?
Pero toda guerra exige un sacrificio. Ya he hecho tantos, pero en este preciso momento sé que tengo que llevar a cabo otro más. Esta vez no seré yo quien pague con sangre, pero el peso caerá sobre mí de todos modos.
Doy una vuelta completa. Todos observan al atamán. Él representa su fuerza, el único motivo por el cual aún siguen aquí. Él llenó sus corazones con valentía y voluntad para enfrentarse a un enemigo que no puede ser combatido, sin posibilidades de negociar, el cual solo se fortalece con cada vida que consume.
Solo hay una forma de terminar con esto sin que todos mueran.
Bloqueo otro movimiento torpe y, cuando su espada se desvía, penetro su defensa y golpeo su pecho con las cuchillas luminosas de mis puños.
La energía abrasadora se vierte sobre él, llenando su cuerpo de luz. Cada vena, cada terminación nerviosa y cada hueso arden con un brillo punzante por un instante antes de que su cuerpo explote.
Es horrible, pero ya no hay vuelta atrás. Siento la cercanía del Vacío como un dolor terrible y retorcido en mis entrañas. La textura del aire cambia abruptamente y sé que el Vacío ha llegado al mundo de arriba.
Está sobre la superficie y viene en camino ahora mismo.
Me alejo de los restos derretidos y desintegrados del atamán mientras su cuerpo cae sobre la arena, un despojo apenas reconocible como algo que alguna vez fue un humano. La gente corre despavorida mientras las cápsulas de mis hombros se deslizan hacia arriba y se llenan de luz asesina. Siento la presión feroz dentro de mí, desesperada por ser liberada.
Desato un bombardeo de espirales de luz, haciendo explotar una tienda de granos abandonada y reduciéndola a escombros centelleantes. Semillas ardiendo y canastas se desparraman entre las ruinas. Destruyo el mercado por completo con más ráfagas resplandecientes y sus toldos de seda se elevan como velas ardientes de un barco de arena mientras se encienden.
Un fuego violáceo y blanquecino arrasa con el asentamiento y explota con una fuerza devastadora. La gente corre gritando mientras destruyo sus hogares. Piensan que estoy tratando de matarlos, que estoy haciendo esto porque me convertí en algo monstruoso, pero eso es falso.
Solo destruyo las construcciones que mi yelmo me indica que están vacías.
Derribo muros y barricadas sin población, cualquier cosa que pueda darles algún tipo de esperanza de que tienen una oportunidad si enfrentan al Vacío.
No estoy tratando de matarlos. Solo quiero que huyan.
La noche cae mientras observo desde la aguja de roca el asentamiento en llamas, con un pie sobre el cráneo que dejé como marca de advertencia. La horda de los nacidos del Vacío asciende hacia mí en una avalancha de colmillos que chasquean, extremidades deformes y formas inhumanas.
Suena como un enjambre de insectos voraces devorando los cultivos de una cosecha.
Son demasiados para poder contarlos, no hay forma de determinar dónde termina una bestia y dónde comienza la otra. Es solo un amasijo de dientes y garras. La forma que adquiere la destrucción desbocada.
Perciben mi presencia aquí y no hago ningún intento por correr.
Si vienen por mí, no irán por los habitantes del asentamiento.
El horizonte arde con una luz enfermiza que no pertenece a este mundo y las tracerías bifurcadas de un vívido relámpago morado alumbran desde la tierra desgarrada en las profundidades del desierto.
Los habitantes del asentamiento huyeron hace mucho tiempo, guiando a sus animales detrás de carretas coloridas, llevando a cuestas las posesiones que no soportarían abandonar. Ya se encuentran a muchos kilómetros hacia el oeste, moviéndose en una larga columna como los jinetes dormun de antaño.
Seguirán los caminos de arena hacia nuevas aguas corrientes, avanzando hasta que puedan comenzar de nuevo.
Ese es el punto. Para comenzar de nuevo, necesitan estar vivos.
Recuerdo la expresión en sus caras al mirar sus casas destruidas. Me señalaron en las alturas de la aguja y me juzgaron. Aún me duele el recuerdo de sus rostros. Llenos de miedo y odio.
Llevarán ese odio consigo, contando historias sobre la niña desamparada que dejó de ser una niña. Narrarán cómo mató a su heroico líder antes de destruir sus hogares. El relato crecerá cada vez que se cuente, un rasgo habitual de las historias shurimanas, hasta ser conocida como una asesina despiadada, homicida de mujeres y niños.
El caparazón se desliza de nuevo sobre mi rostro mientras el primero de los monstruos se aproxima a la cornisa. El fuego violeta enfunda mis manos. Siento la familiar avalancha de emoción mientras mi cuerpo se calienta.
Si esto es lo que necesito ser para mantener vivos a los míos, que así sea.
Esa es una carga que estoy dispuesta a soportar.
Yo seré su monstruo.
Fin de esta lectura
Abrir esta lectura por separado · Publicación original · Riot Games ↗
Jared Rosen · Relato completo
Publicado 2022-05-20
''Bien'', jadea Kai'Sa, mientras su mirada recorre la figura que se extiende en todas direcciones ante ella.
Las alas del monstruo se despliegan catorce metros en cada dirección, dominando todo su campo visual... y no habría podido apartar su mirada, aunque quisiera; media docena de brazos humanos sostenían su cabeza contra la pared. El volumen de la criatura continúa expandiéndose, envolviendo el océano de pesadilla al que llama hogar. Cada colmillo reluciente ahora tiene el tamaño de una persona adulta… y su tamaño seguía aumentando. Sus cuatro ojos de depredador se fijan en Kai'Sa con frialdad desapasionada. Quizá con hambre. A esta escala, es difícil saberlo.
La prefería con forma humana.
''Bien'', repitió. No podía mover su armadura, que se encontraba inmóvil y parecía estar completamente... ¿fascinada? El traje es un parásito, y una de las criaturas más vulgares que el Vacío puede engendrar. ¿Era siquiera capaz de sentir fascinación? Sea como fuere, su cuerpo está inmovilizado. A menos que algo cambie drásticamente, probablemente este sea el fin. Kai'Sa hace una lista mental de algunas maniobras desesperadas: disparar sus cañones traseros hacia la pared, dispararlos hacia la... ¿boca de esta cosa? ¿Mandíbulas? De pronto recuerda lo rápido que es el monstruo. Y cuán grande.
Rápido y grande. Fantástico.
Su intento desesperado podría no servir de mucho, y Kai'Sa definitivamente moriría. Pero al menos sería algo. Podría hacer que le costara.
''Mi verdadero yo te disgusta'', sentencia el monstruo con mucha calma. Su voz es tan fuerte que estremece todo el espacio, agrietando los mosaicos geométricos mientras miles de rémoras del Vacío brotan de entre las grietas. Es una voz que se curva y se contrae, susurra y grita. Las capas continúan sin parar, como un aria a una sola voz, sino millones.
Los ojos de Kai'Sa se abren de par en par al darse cuenta. Ahí es donde está toda la gente.
El Vacío había destrozado, en menos de una hora, la ahora muy antigua ciudad de Belveth. Kai'Sa no había llegado a tiempo, y la que en otro tiempo fue una bulliciosa metrópolis, había desaparecido. Todo. Todos. Los restos ahora se asemejaban a un resplandeciente cráter gigante de piezas destrozadas que se reordenaban en algo irreconociblemente extraño: las estructuras cambiaban como para recrear figuras de criaturas y figuras humanoides congeladas. Como un niño recreando una ciudad con juguetes.
¿Pero... dónde estaba la gente? ¿Los vastaya? ¿Los animales y los árboles? Se había abierto camino a través de la ciudad destrozada, adentrándose en el túnel del centro hacia la bahía despoblada, sin ver señales de nadie... solo los nuevos horrores engendrados por el Vacío, como tentáculos iridiscentes de más de un kilómetro de alto y masas que ella consideraba ''masas de torsos gritando''. No tenía ningún sentido. Los vestigios de un ataque del Vacío nunca son una vista agradable, pero suele quedar algo.
Ahora Kai'Sa sabe por qué.
''Tú eres la ciudad'', le suelta a través de la resonante barrera de sonido. ''Tú eres Belveth''.
''Sí'', responde Be'Veth, ondulando suavemente sus alas. Los componentes brutos de sus vidas fueron el génesis para mi nacimiento. Recuerdos. Emociones. Historias. Hay tanto de Belveth en mí como lo hubo en ellos. Y reclamo el título como mío''.
El titánico cuerpo de Bel'Veth se eriza. Los haces dorados salpican suavemente luz sobre su forma de mantarraya, enmarcando el falso sol del mar del Vacío como anillos de un mundo moribundo. La piel nueva respira mientras se extiende contra el facsímil de una corriente marina; las venas se iluminan brevemente antes de alejarse de la superficie del cuerpo del monstruo, cada una de alguna manera viva e independiente, como naciones en sí mismas. Cardúmenes de rémoras, decenas de miles, nadan alrededor de su emperatriz como pájaros que vuelan en círculos en la cima de una montaña distante. Es una vista hermosa, a su manera. Si el Vacío tuviera un dios, se vería exactamente así. Horroroso, monstruoso, y hermoso.
Kai'Sa está tan deslumbrada por la inmensidad de lo que está presenciando que no se da cuenta cuando los brazos en la pared no solo la dejan ir, sino que la bajan al suelo. Es difícil asimilar todo de una vez.
Eligió su propio nombre, piensa ella mientras quita instintivamente una mano del Vacío rezagada de su hombro. Es imposible.
Las entidades del Vacío no se nombran a sí mismas. La mayoría, como los xer'sai, deben su nombre a conceptos de la historia shurimana. Comúnmente por aquellos afortunados (o desafortunados) que lograron sobrevivir al encuentro con uno de los monstruos de las dunas. No tienen la capacidad mental para hacerlo, ni la consciencia. Pero más importante aún, las criaturas del Vacío no ven el valor de los nombres. Son una invención del mundo en que vivimos y ellos no los quieren.
Entonces, ¿por qué ella sí?
''Pelearé... contra ti'', declara Kai'Sa, desafiante aunque sin saber qué hacer ni dónde atacar. ''Te mataré''.
''No lo harás'', responden las muchas voces de Bel'Veth. ''Eres incapaz de resistirte hasta de la forma más básica. Otros han venido antes de ti, en un tiempo anterior a mi nacimiento. Cada uno de estos aspirantes a héroe empuñó armas que creyeron capaces de repeler al Vacío. Pero todos fueron consumidos al final. Los escasos fragmentos que quedaron, si es que quedó algo, sirvieron como sal para el Mar Lavanda. Solo dos siguen vivos, y de ellos, solo tú conservas tu mente intacta''.
''¿Dos?''.
''Tu padre y tú''.
Kai'Sa siente un espasmo en el pecho. La cabeza le da vueltas con violencia y está al borde del pánico, pero tiene que concentrarse en este momento. No se puede confiar en la emperatriz. Es una abominación viviente, la personificación del concepto de genocidio global e insensible.
''Mientes,'' responde Kai'Sa con furia. ''Es imposible''.
''Yo no miento, Kai'Sa'', continúa la emperatriz. ''No tengo necesidad. El futuro triunfo del Vacío es una verdad absoluta e inmutable. No acepta mentiras, ni verdades a medias, ni preguntas. Abre tu mente y te lo mostraré''.
El espacio se encoge. El cuerpo gigantesco de Bel'Veth se contrae y se distorsiona para retraerse a una figura más pequeña y reconocible. Flota sin ruido alguno hacia abajo, cerniéndose sobre Kai'Sa mientras zarcillos y pedúnculos se reacomodan para formar la imitación de cabeza humana alargada y segmentada. Los dos rostros de Bel'Veth observan a su audiencia antes de envolverse con sus alas y aparecer una vez más como una mujer imponente de gran importancia.
Kai'Sa concluye que el encogimiento de la criatura es mucho más desagradable que su crecimiento. Carece de la dignidad y majestuosidad del leviatán, pero todavía se ve y se escucha originalmente grotesca.
''Estás viva porque yo te permito vivir'', masculla la emperatriz, y las palabras salen ahora de su cabeza humana con una voz grave, perpetuamente decepcionada. ''Ya deberías haber llegado a esa conclusión''.
Kai'Sa quiere objetar, pero mira rápidamente la grieta de veinte metros de largo en el suelo, prueba del único golpe que recibió y que la hizo volar por los aires tan solo un momento atrás. Bel'Veth había atacado tan rápido que Kai'Sa no había tenido tiempo siquiera de procesar lo que estaba pasando, y luego la emperatriz había multiplicado sus proporciones a la décima potencia en menos de un minuto.
Además, presuntamente controla este pedazo de infierno ondulante; el llamado ''Mar Lavanda'' que la rodea. No es momento de discutir.
Kai'Sa hace algunos cálculos rápidos mientras sus ojos recorren como un rayo el lugar para intentar descifrar a qué se enfrenta. El rostro humano de Bel'Veth se ilumina con interés, sus labios se curvan y entonces comienza a imitarla.
Kai'Sa ya sabe que está perdida.
¿Cuán rápido puede pensar una persona? ¿Cuán rápido puede reaccionar? En comparación con toda esa biología humana combinada... Toda esa potencia mental. En el tiempo que le lleva a un táctico experimentado formular un plan, cientos de millones de posibilidades pasan por la mente de Bel'Veth en un solo segundo, ya que se nutre de los recuerdos robados de todo y todos los que alguna vez pasaron por la antigua ciudad: un número incalculable de vidas. Cada oponente cautivo que se hubiera enfrentado a un poderoso enemigo desde la creación de Runaterra podría entrar y salir de la consciencia sináptica de esta cosa, con sus emociones catalogadas, disecadas y contempladas con fascinación infinita antes incluso de que Kai'Sa pestañara.
''Entonces, ¿qué sigue?'', pregunta Kai'Sa.
¿Qué es una respuesta cuando tu oponente tiene mil?
''Me seguirás'', responde la emperatriz, girando y flotando a través de conjuntos de gruesos corales mutantes que se apartan con respeto a su paso. Kai'Sa hace una pausa para observar cómo su anfitriona se desliza silenciosamente por el caótico desorden de restos de edificios, extremidades fantasmales, semiobjetos cosidos entre ellos y estructuras nacaradas que se asemejan crudamente a seres humanos caminando por un jardín.
Genial, piensa. Incluso para el Vacío, esto es extraño.
''Puedes preguntarme lo que quieras'', agrega Bel'Veth. La última parte capta la atención de Kai'Sa.
''Bien. Bueno, primera pregunta… ¿Qué eres?'', interroga Kai'Sa, con su armadura ahora relajada y móvil, mientras sigue a Bel'Veth a una distancia prudencial. Ignora a un oso de peluche flotante fusionado con una docena de alas de gaviota que aletean y contiene el impulso de reírse cuando la criatura lucha contra su propio peso desbalanceado. ''¿Qué es todo esto? ¿De qué parte del Vacío provienes?''.
''Yo soy el Vacío'', responde Bel'Veth. ''Y esto es en lo que nos convertiremos''.
Kai'Sa tartamudea. ''Pero dijiste que te crearon a partir de la gente. De la ciudad. ¿Dices que quieres convertirte en la ciudad?''.
''No'', dice Bel'Veth. ''El Vacío ha existido por miles de años. Antes de que las estrellas se encendieran en la vacuidad más allá del mundo, nosotros simplemente existíamos. Perfectos, singulares y silenciosos. Y luego, vino el sonido.
La realidad nació de esos susurros y nos consumió. Su influencia nos retorció. Nos rompió. Nos transformó. No podíamos volver a lo que éramos sin importar cuánto lucháramos. Mis progenitores, los Vigilantes, intentaron invadir y destruir la existencia, pero en su lugar, fueron corrompidos por ella. Los impulsó a desear adoración, a obtener un mayor entendimiento…
''Y en un instante, fueron traicionados. Cambiar tan contundentemente… enteramente… solo para ser ignorados después. Esto los llenó de una ira indescifrable. Destruirían toda la realidad sin pensarlo dos veces''.
Bel'Veth se desliza hacia un acantilado con vista a un formidable abismo. En la distancia, Kai'Sa ve agujeros gigantescos más allá de la moteada luz solar falsa.
Túneles de criaturas del Vacío. Eso es lo que se está comiendo al pueblo de Taliyah, lo que destruyó Belveth y lo que brotó para tragarse la zona de carpas al sureste de Shurima. Todo lo que devora el Vacío termina aquí.
''Pero'', continúa Bel'Veth, ''su metamorfosis estaba incompleta. Ahora es cuando comienza la verdadera transformación'', declara la emperatriz. ''No quiero convertirme en una ciudad. Nosotros nos convertiremos en todos ustedes''.
Kai'Sa llega al borde del precipicio y ahoga un grito. Ella y Bel'Veth contemplan algo que no es del todo una ciudad, sino corales del Vacío con la forma de un tapiz extraño y aparentemente infinito de edificios invertidos de estilo shurimano. Cardúmenes de rémoras del Vacío nadan entre ellos y figuras oscuras se mueven a lo largo de las calles sinuosas y torcidas.
Nada está bien. Nada es correcto. Todo está a medio terminar, como si no hubiera suficiente información para continuar. Como si solo le faltara…
''No'', protesta Kai'Sa, casi para sus adentros. ''El Vacío quiere erradicarlo todo. No puede existir. Para terminar esto, necesitarías tenerlo... todo''.
''Sí'', responde Bel'Veth. ''Todo. Yo soy el Vacío. Beberé sorbo a sorbo tu mundo hasta que no quede nada. Y existiré, porque no hay nada que puedas hacer para detenerme''.
La emperatriz se gira hacia Kai'Sa con frialdad. Deliberadamente.
''Te ofrezco esto, Hija del Vacío. Tu mundo debe terminar para beneficio del mío. Pero para aquellos que vinieron antes que nosotros, los Vigilantes... soy una afrenta. La creación los quema, y te destruirán a ti, a mí y a todo para frenar ese dolor. Si escapan de su prisión, no habrá forma de romper su marea. El tiempo llegará a su fin y todas las cosas terminarán''.
Kai'Sa contempla los ojos falsos de Bel'Veth, con un creciente sentimiento de furia invadiéndola. ''Quieres aniquilarnos. ¿En qué mundo te ayudaría a hacerlo?''.
''Ayúdame con la destrucción de los Vigilantes y entonces perdonaré a los de tu especie... por un tiempo. Un mes. Un año. O más. Tal vez, en ese tiempo, logres encontrar un arma que pueda matarme o un héroe que me enfrente. Sé que no lo harás... pero puedes intentarlo. Te ofrezco esta única oportunidad. Es más de lo que ellos te darán''.
La ira de Kai'Sa se desborda mientras Bel'Veth se vuelve para mirar hacia abajo, a su nuevo mundo que va tomando forma.
''¿Y qué pasa si me rehúso?'', gruñe Kai'Sa. ''¿Si te mato aquí mismo?''.
''No puedes,'' responde Bel'Veth. ''No tienes la voluntad, el conocimiento, o la fuerza. Soy tu única salvación''.
La armadura de Kai'Sa vibra violentamente, los cañones se calientan mientras el traje se estremece con temor. Kai'Sa intenta controlarlo con sus pensamientos, pero el parásito aparentemente sabe algo que ella no. Intenta arrebatarle el control, sus ojos se posan en Bel'Veth solo por un momento para...
Ay, no.
La punta del ala de la emperatriz, afilada como un cuchillo, golpea a Kai'Sa en el pecho y la levanta del suelo mientras ella lucha por liberarse. Kai'Sa dispara con todo lo que tiene: una lluvia de misiles desciende sobre la emperatriz, proyectiles de energía púrpura silban alrededor su cuerpo y vigas de luz, que han partido a criaturas del Vacío menores por la mitad, danzan por toda su piel semitransparente.
Nada. No la afecta.
''Hija del Vacío. Encontrarás a los Vigilantes y confirmarás la verdad, o tu luz se extinguirá junto a todas las demás. Esto no es una amenaza; es mi promesa''.
Bel'Veth la libera, y Kai'Sa despega hacia el falso cielo que cubre el mar alienígena de la criatura. La ciudad gemela de lavanda brilla debajo, con sus ventanas resbaladizas por la bioluminiscencia y sus cosas desplomadas, sin forma y espantosas.
Mientras Kai'Sa atraviesa uno de los túneles del Vacío que desembocan en la luz cegadora del día, la emperatriz se da la vuelta y contempla una vez más su mundo de deseo.
Kai'Sa emerge de las arenas al sur de Shurima, cayendo con fuerza contra las dunas mientras jadea, todo su cuerpo golpeado y arrojado como una pelota de goma. Los restos brillantes de la ciudad de Belveth arden silenciosamente en la distancia, desprovista de cualquier tipo de vida reconocible, al tiempo que nuevas criaturas se escabullen en de ella y construyen la tierra que se extenderá por encima de todo... un cáncer que consumirá al mundo.
El paisaje entero es desconcertantemente espantoso, como si toda la realidad diera vueltas sin control en el viento.
Fin de esta lectura
Abrir esta lectura por separado · Publicación original · Riot Games ↗
Sus vidas tienen su propia historia
Las publicaciones originales
Las historias de Riot completas conservan su autor original y el texto. The Rune narrativas se acreditan por separado; orden de colección es una opción de lectura.
El Círculo de las Runas
Comparte una duda o una teoría con los lectores del Círculo.