Piltóver & Zaun: dos fases del progreso — ilustración oficial de Riot

Colección de lectura · Piltóver

Piltóver y Zaun: las dos caras del progreso

Disfruta las lecturas completas; aquí encontrarás también a sus personajes y las fuentes originales.

75 min de lectura ◆ 3 historias completas

Ilustración · Riot Games

Los mercados fronterizos ocupan el lugar de reunión de Piltóver y Zaun. · Riot Games

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Cine · Riot Games

Ekko: segundos

El cortometraje de Ekko hace tangible el tiempo, el peligro y la supervivencia cotidiana en Zaun.

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Cine · Riot Games

Relatos de Runaterra: Piltóver y Zaun

El aprendiz de Heimerdinger cruza entre la ciudad del progreso y la subciudad.

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Música · Riot Games

Enemy — Imagine Dragons y JID · Arcane

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Escenas oficiales y música de Arcane. Pueden revelar acontecimientos de la serie; no son episodios completos.

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Animación · Riot Games

Arcane — Una cuenta pendiente

Obra oficial relacionada con la región o sus personajes. Es una publicación independiente y puede mostrar otra época.

Escenas oficiales y música de Arcane. Pueden revelar acontecimientos de la serie; no son episodios completos.

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Cine · Riot Games

El ascenso

Obra oficial relacionada con la región o sus personajes. Es una publicación independiente y puede mostrar otra época.

Estas cinemáticas reúnen distintos personajes y momentos. El orden de estreno no es el orden de los acontecimientos.

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Música · Riot Games

League of Legends Música: Obtener Jinxed

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Música inspirada en Runaterra y sus personajes. Un video musical no es una entrada de la cronología.

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The Rune · Relato regional

Piltóver y Zaun: las dos caras del progreso

Un puerto antes de la Ciudad del Progreso

Piltover y Zaun ocupan un paso estratégico entre continentes y mares. Su relación comienza con el comercio, mucho antes del contraste conocido entre torres luminosas y profundidades contaminadas. Las historias regionales de Universe sitúan los orígenes de Zaun en un antiguo asentamiento comercial shurimano, mientras la biografía de Janna recuerda al pueblo marinero de Oshra Va'Zaun. Los navegantes dependían del viento, y la devoción a un espíritu protector creció junto al tráfico que sostenía su hogar.

El dominio shurimano enfrentó la fe de la ciudad con el culto imperial a los Ascendidos. Los seguidores de Janna continuaron buscando protección incluso cuando se prohibieron sus manifestaciones públicas. Tras caer el imperio, el puerto sobrevivió y desarrolló ambiciones propias. Esa historia importa porque Zaun no es simplemente un barrio pobre que apareció cuando Piltover se enriqueció. El lugar bajo la ciudad moderna conserva una memoria mucho más antigua que su jerarquía actual.

El canal y el precio de la ambición

En el relato de Janna, los habitantes intentaron abrir un canal a través del istmo para conectar los mares circundantes. El proyecto prometía transformar el comercio, pero la excavación desestabilizó grandes partes del asentamiento. Se hundieron distritos y el agua invadió zonas habitadas. Quienes habían puesto su esperanza en la ingeniería llamaron de pronto a la antigua guardiana cuando sus hogares se convirtieron en una zona de desastre.

La intervención de Janna salvó a muchos, aunque no evitó pérdidas enormes. Las posteriores Puertas del Sol y la ciudad próspera de arriba pertenecen a una historia más larga de reconstrucción y desarrollo, no a una invención instantánea. El relato regional conservado vincula el éxito comercial con un paisaje alterado físicamente por la ambición. Recordar el desastre incorpora a los cimientos de la ciudad los costes que quedan bajo su perfil luminoso.

Cómo asciende la riqueza

La posición de Piltover le permite beneficiarse del movimiento de mercancías, personas e ideas. Las familias mercantiles financian inventos, las instituciones académicas convierten conocimientos en prestigio y las infraestructuras seguras atraen más inversión. La Ciudad del Progreso se construye mediante ingenio real. Su promesa se vuelve menos universal cuando el acceso a mecenas, educación e influencia política determina qué ingenio recibe reconocimiento y recompensa.

Zaun aporta trabajo, producción y mercados que siguen conectados con la economía superior. Las mercancías y los inventos cruzan la frontera incluso cuando el respeto social no lo hace. La contaminación, el trabajo peligroso y la protección desigual se concentran abajo, permitiendo que la imagen limpia de Piltover conviva con su dependencia de una producción dañina. Ambas sociedades son distintas, pero su prosperidad y sufrimiento no pueden entenderse de forma aislada.

Las Puertas del Sol de Piltover, el paso marítimo que convirtió la ciudad en un centro comercial. El arte conceptual regional oficial aporta contexto sobre su riqueza.Riot Games

Quienes mantienen viva la ciudad subterránea

La cultura de Zaun es más que el daño que sufre. Mercados, talleres, música y comunidades improvisadas convierten un entorno difícil en un hogar. La historia de Ekko hace explícito ese vínculo: las oportunidades de arriba no superan automáticamente a las personas y posibilidades que reconoce abajo. El ingenio nace de la necesidad, pero también expresa afecto y orgullo por un lugar que los extranjeros suelen describir únicamente mediante sus peligros.

El poder dentro de Zaun también puede ser explotador. Los magnates industriales y los intereses criminales convierten la escasez en dependencia, mientras los experimentos peligrosos ponen en riesgo a personas vulnerables. Singed representa una búsqueda de resultados que trata repetidamente los cuerpos como material. El conflicto regional no se resuelve suponiendo que toda autoridad local protege a sus vecinos. Los zaunitas deben afrontar presiones externas y las de sus propios poderosos.

La hextech cambia lo que parece posible

Arcane y la biografía actualizada de Viktor sitúan su colaboración con Jayce en el centro del desarrollo de la hextech. El trabajo científico permite producir efectos mágicos mediante dispositivos y transforma el comercio y las ambiciones de la ciudad. Para Jayce, el reconocimiento público trae responsabilidad política. Para Viktor, criado entre enfermedad y contaminación, el mismo avance ofrece una posibilidad profundamente personal de curar cuerpos y reducir el sufrimiento.

El propósito compartido no mantiene alineadas todas sus decisiones. El deterioro de Viktor lo impulsa hacia el núcleo hex y hacia intentos de transformación cada vez más peligrosos. Jayce debe afrontar la manera en que los inventos se entrelazan con las armas y el gobierno. La tecnología no es simplemente una recompensa neutral a la inteligencia: sus usos dependen de las instituciones y necesidades desesperadas que rodean a sus creadores.

Una ciudad dividida se convierte en historia familiar

Arcane sigue la división mediante Vi y Powder, cuyas pérdidas infantiles y separación se vuelven inseparables del conflicto entre las ciudades. La transformación de Powder en Jinx es una historia personal de afecto, violencia y confianza rota, mientras la búsqueda de Vi la lleva a colaborar con Caitlyn. Su relación cruza la frontera entre una superviviente de la ciudad subterránea y alguien criada bajo la protección de Piltover.

La lucha más amplia también atrae a extranjeros interesados en el potencial militar de la hextech. La intervención de Ambessa conecta el conflicto local con ambiciones noxianas y muestra cómo un invento asociado a la prosperidad puede atraer a fuerzas que buscan poder mucho más allá del puerto. Las consecuencias recorren familias e instituciones a la vez. Las decisiones del consejo pueden convertirse en incursiones abajo; el miedo y el dolor de abajo pueden regresar como violencia contra la ciudad superior.

Cómo leer las distintas publicaciones

Riot ha incorporado Arcane a su enfoque compartido de Runaterra, mientras publicaciones antiguas de Universe conservan versiones con diferencias importantes. El mecenazgo de Jayce, las transformaciones de Viktor y las historias de varios campeones zaunitas no se han contado de forma idéntica en todas las obras. Los relatos antiguos completos siguen disponibles aquí con su contexto de publicación. No deben combinarse silenciosamente en acontecimientos adicionales que ninguna fuente representa.

A través de esas publicaciones en evolución, la pregunta regional permanece clara: ¿quién recibe los beneficios del progreso y quién debe soportar su coste? Una ciudad puede inventar maravillas mientras abandona a sus vecinos. La historia de Piltover y Zaun mantiene su fuerza porque sus habitantes siguen disputando ese fracaso mediante ciencia, resistencia, cuidado y poder. Comprender ambos lados del río exige seguir esas vidas tan de cerca como las máquinas que construyen.

Fin de esta lectura

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Textos oficiales completos

Estas ediciones conservan el texto del editor. Sus acontecimientos y contextos de publicación pueden ser distintos.

3 lecturas

Graham McNeill · Relato completo

El Día del Progreso

Publicado 2016-12-02

Tamara se obliga a despertar temprano. Es fácil acostumbrarse cuando duermes sobre tierra y te arropas con hojas caídas. Sin embargo, es difícil cuando puedes hundirte en un colchón relleno de plumas y taparte con sábanas de algodón. Las cortinas están abiertas y los rayos cálidos de luz caen sobre su habitación en el tercer piso de la posada. Había cerrado las cortinas en su primera noche en Piltóver y se había hasta dos horas después del amanecer. Eso la había preocupado tanto que no volvió a cerrarlas.

Después de salir de la cama, Tamara camina desnuda hasta la ventana y toca el vidrio colorido con un dedo calloso y cubierto con el polvo del taller. La luz cubre su piel y resalta su complexión esbelta y musculosa. A pesar de eso, se toca el vientre como si temiera descubrir que se volvió blando. Debajo, la calle adoquinada ya rebosa de vendedores que quieren aprovechar el comercio antes del Día del Progreso. Todos los edificios están adornados con banderines que dan a las estrechas calles una atmósfera festiva muy distinta de la ciudad que Tamara suele llamar hogar. Los estandartes de tuercas y llaves de seda dorada y escarlata cuelgan de las torres distantes en las laderas más altas de los distritos de los clanes. Esas torres son la fuente de los ríos de oro que supuestamente fluyen por las calles de Piltóver.

Tamara sonríe pensativa y le da la espalda a la ventana. Su habitación está de lo más ordenada. Todo está en su lugar. Las libretas están apiladas una sobre otra en su mesa de trabajo, al lado de unas herramientas, unos hexcalibradores y diagramas plegados. El almuerzo del día anterior de pan negro, queso y frutas secas sigue intacto, envuelto en muselina, junto a sus herramientas. Hay una pequeña forja para metales construida de forma ingeniosa en el muro de ladrillos. El humo de ella sube hacia el techo por medio de una serie de tubos de hierro. En el centro del escritorio hay una caja de madera en la cual reposa el dispositivo que le tomó tantos meses de esfuerzo construir. Los planos son rollos de papel encerado ocultos debajo del colchón.

Se agacha para tomar el orinal debajo de la cama para aliviarse y se refresca rápidamente con los polvos e infusiones que su anfitrión proporcionó. Procede a vestirse con las ropas resistentes de una aprendiz: unas mallas sencillas, una camiseta con numerosos bolsillos y una almilla doble con un ingenioso sistema de ganchos y sujetadores que pueden quitarse de un tirón. No había entendido el propósito de eso hasta que Gysbert le dijo, sonrojado, que era para que fuera más fácil quitárselo en caso de que se prendiera fuego en el taller.

Revisa su reflejo en un espejo de vidrio pulido que cuelga de un gancho de latón detrás de la puerta, se acomoda el cabello negro detrás de las orejas y lo ata con una banda de cuero y sujetadores de cobre. Tamara recorre sus pómulos altos con los dedos y luego su mentón. Está satisfecha con lo que ve. Colette le sigue diciendo que podría verse mejor, pero su amiga es joven y aún no conoce los peligros de ser fácil de recordar.

Tamara coloca la caja de madera en su bolso junto al almuerzo envuelto en muselina y un par de libros y lápices. Está nerviosa, pero es entendible. Hoy es su gran día y no quiere fallar.

Procede a quitar la silla que bloquea la puerta y gira la rueda de cierre para liberar las barras que la mantienen cerrada. Comparado con su hogar, Piltóver es un lugar seguro. La tasa de crimen aquí es muchísimo más baja. Sus habitantes no están preocupados por la violencia cotidiana que se vive en otras ciudades, pero no son ingenuos, también usan candados en sus puertas.

Sobre todo durante las semanas previas al Día del Progreso.

Tamara cierra la puerta y mientras baja las escaleras se detiene para vaciar el orinal en el vertedero de desechos central de la posada. Solía preguntarse adónde iba todo, antes de darse cuenta de que toda la mierda solo va hacia abajo. En alguna parte de Zaun, seguro hay un jardín que florece como ningún otro. Coloca el orinal en el compartimiento designado para lavar y baja la escalera en espiral hacia el comedor comunal. Otros aprendices están desayunando o ajustando frenéticamente los dispositivos que esperan que les gane el reconocimiento de uno de los clanes. Tamara coloca una mano sobre el bolso, orgullosa de lo que ella misma creó. Había seguido los planes al pie de la letra, a pesar de que los toques finales iban contra su estoico profesionalismo.

Devuelve los saludos que recibe, pero no se detienen a charlar. Muy pocos han dormido más de una o dos horas en las últimas semanas, y se sorprendería si alguno de ellos no se quedara dormido durante las audiciones. Antes de que alguien pueda detenerla, sale a la calle y se ve asombrada con el brillo del sol.

Los edificios altos de las calles están construidos con piedra caliza y madera biselada, adornados con revestimientos de bronce, vidrio emplomado y aleros de cobre. La luz destella en todas las superficies. Las calles están abarrotadas y llenas de ruido. Decenas de hombres y mujeres bien vestidos caminan en todas direcciones. Los mensajeros se abren paso entre empresarios, mercaderes y escribas que reclaman con puños cerrados y molestos. Unos cuantos hojalateros muestran su mercancía sospechosa en telas de lona sobre barriles, listos para correr apenas vean a un guardia. Los oportunistas que lograron llegar a bordo del Aullido Ascendente desde Zaun deambulan por los rincones, en búsqueda de una presa a la que robarle. Son los jóvenes sin experiencia, forzados a alejarse de los blancos fáciles de los puentes de cruce por los más grandes y fuertes.

Tamara los vigila mientras recorre la calle con pasos precisos y calculados. No tiene mucho de valor, pero lo último que necesita hoy es que uno de esos rufianes le quite algo que le pertenece. El olor a pescado frito y a pan solar shurimano recién horneado de un comedor que acaba de abrir le hace agua la boca. Sin embargo, se detiene frente a una mujer que empuja un barril rodeado de tuberías seseantes para comprarle una tisana caliente y uno de esos postres azucarados que están empezando a gustarle demasiado.

‘‘¡Feliz Día del Progreso, linda!’’, le dice la mujer mientras Tamara coloca un engrane de plata en su mano y le dice que guarde el cambio. ‘‘¡Que los engranes vayan en sentido del reloj para ti hoy, querida!’’

El acento de la mujer es pausado, algo extraño para Tamara, como si tuviera todo el tiempo del mundo para decir todo lo que quiera. Pero no es raro oírlo en los Mercados Linderos: es una mezcla del amaneramiento piltoviano y la familiaridad de Zaun.

‘‘Gracias’’, responde Tamara. ‘‘Que el Gris nunca llegue a las puertas de tu hogar’’.

La mujer se toca la cabeza y el corazón, una señal de que nació de padres del mundo de arriba y de abajo. Por más que los ciudadanos de Piltóver y Zaun quieren creer que son entidades separadas, están más unidos de lo que están dispuestos a admitir. Tamara acaba rápidamente con su postre y sigue su camino hasta el final, justo a veinte pasos de distancia, para llegar a la Avenida Horológica. Gira a la derecha, termina su tisana y cuenta los pasos mientras cruza cada calle perpendicular. Los edificios aquí son más elegantes que los del distrito de aprendices en el que está alojada, con columnas de granito y hierro.

Muchos portan lámparas químicas que dan a la mañana un aire nítido y actínico. No tiene sentido que estén encendidas a esta hora, pero Tamara sabe que una gran parte de la sociedad piltoviana está dominada por el poder y la riqueza percibidos, donde uno es el factor del otro. Está por todos lados: en el corte de la ropa que la gente viste, los vívidos colores y el alcance de la publicidad de su filantropía. Tamara ve varias parejas dando un paseo diurno; son hombres y mujeres bien vestidos con amplificaciones sutiles. Una mujer usa un implante de acero en la mejilla y un monóculo hextech que parece una gema en uno de los ojos. Camina del brazo con un hombre que lleva un guantelete de acero en el que destellan tracerías de luz. En frente, un hombre jorobado en overoles lleva una especie de dispositivo para respirar en la espalda: tanques llenos de un líquido burbujeante verdoso cuyos respiraderos exhalan vapor atomizado.

Tamara observa cómo la gente lo mira con admiración y asombro, pero su mirada está entrenada para notar cosas que otros no.

Las dos amplificaciones hextech son falsas.

Tamara estudió la tecnología emergente de Piltóver en detalle y sabe qué es y qué no lo es. La placa en la mejilla es plata moldeada y está pegada al rostro de la mujer, su monóculo no es más que un lente lapidario grabado con el sello de un fabricante que supone es ficticio. La mano de su galán es un guantelete común de bronce con canales de vidrio llenos de algas bioluminiscentes extraídas de los cultivos de Zaun. Solo el aparato de respiración es genuino. Los ojos rojos del jorobado, junto con el aspecto gastado de los overoles, le indican a Tamara que proviene de uno de los niveles más bajos de Zaun.

Ahora viaja desde la Avenida Horológica hasta la Calle Glasswell, pasando por el sinuoso Bulevar de las Cien Tabernas hasta la Avenida Sideral, y luego hacia la Plaza Incognia, donde permanece inactiva la gran esfera de Zindelo, como lo ha hecho desde la misteriosa desaparición del inventor el año pasado. La gente se amontona alrededor del artefacto de seño intricado. Decenas de aspirantes a inventores, artistas y zaunitas pálidos por tanto toser que llegaron a la ciudad por el día.

Un día, pasado de copas, Gysbert le contó que el Día del Progreso se contempla de manera distinta en Zaun, su hogar. Insiste que esta era la Ciudad del Progreso original, antes de que llegara Piltóver. Arriba, el Día del Progreso marca el momento en el que las Puertas del Sol se abrieron por primera vez para permitir al comercio pasar fácilmente del este al oeste de Valoran. También marca el momento en que los impuestos sobre ese comercio convirtieron ese pequeño ingreso de oro a los arcones de la ciudad en un río bravo de oro. Abajo, en Zaun, es un día para recordar a los muertos en el accidente geológico que creó el paso de este a oeste y sumergió distritos enteros bajo agua.

Mismo día, dos percepciones muy distintas.

Tamara camina por la plaza mientras evita a los recaderos entubados que van a toda prisa para entregar mensajes a sus destinos. Una cortesana, Noami Kimba, la saluda y le manda un beso. Ya se encontraron tres veces en el sofocante aire del atardecer y todas las veces Kimba le ofreció una oportunidad de pasar la noche en sus brazos. Tamara la rechazó siempre, pues está muy ocupada para distracciones, pero si puede quedarse más tiempo después de hoy, tal vez acepte la siguiente oferta. Por fin llega al arco del norte de la plaza; en ese momento, se acerca un hombre de barba bien poblada con hombreras de metal y un casquete de hierro. Sus brazos son monstruosidades neumáticas con pistones. Tamara reconoce a uno de los sectarios hierofantes sin nombre de los Magníficos Evolucionados. El coloso le gruñe antes de entrar a la plaza y comenzar a arengar a los transeúntes con su mezcla fanática de teología y tecnohechicería. Sin prestarle atención, gira hacia la Vía Oblicua y se dirige al Puente de Tecmaturgía. Sigue contando los pasos mientras avanza.

La ciudad se abre ante ella y desvela la gran división que separa al norte y el sur de Piltóver. El ancho abismo tiene apariencia de ser ancestral, resultado de fuerzas geológicas naturales, pero nació en esta era y su origen no fue para nada natural. La arrogancia del hombre y su deseo por dominar los elementos le dieron origen. Tamara admira la fuerza de voluntad que debió hacer falta para llevar a cabo semejante plan audaz, la necesaria para aceptar el precio de la división de la tierra y la destrucción de la mitad de Zaun para alcanzar la prosperidad.

La gran torre de la Escuela de Tecmaturgía se alza altiva desde el amplio cañón, anclada en los riscos superiores por medio de puentes colgantes y gruesos cables de hierro que retumban como cuerdas musicales cuando soplan los fuertes vientos del mar. El puente principal es una maravilla de acero y piedra atiborrado de gente que viaja entre las dos mitades de Piltóver mientras maldicen a los vinateros y los proveedores de caramelos porque sus puestos crearon un cuello de botella en el centro. Los juerguistas, aún ebrios desde la noche anterior, van escoltados por guardias de chaquetas azules, botas relucientes y pantalones a cuadros. En cualquier otra ciudad se verían ridículos, pero aquí su llamativa apariencia es normal. Los malhechores, con anillos filosos, se desplazan entre la multitud. Más de un juerguista volverá a casa con los restos de su monedero cortado y vacío.

El norte de la ciudad es donde se concentra la mayoría de los clanes. Es ahí donde tienen sus mansiones y talleres con mucha seguridad. La mayor parte del tráfico de hoy se dirige hacia esa dirección. Tamara ve muchos aprendices cruzando el puente. Todos llevan sus inventos con un cuidado parecido al de una madre con su bebé recién nacido. Intenta buscar los rostros familiares de Gysbert y Colette, pero hay demasiada gente como para ubicar a sus colegas. Llega al final del puente y respira. En general, no la asustan las grandes alturas, pero la gran diferencia en altura entre Piltóver y Zaun es estremecedora.

Dos estatuas de oficiales están a los costados del sendero que desemboca del puente. Uno representa el espíritu de la riqueza, el otro, la esencia de la honestidad. Tamara busca una arandela de bronce y coloca la moneda en la palma abierta de la primera estatua. Su peso activa un mecanismo interno que hace que se cierre la palma. Poco después, se vuelve a abrir, pero la moneda ya no está.

‘‘Yo siempre elijo a la otra’’, le dice un hombre a su lado. Es guapo, morocho y de piel tersa, lo que significa que es rico. Su aliento huele a vino centella. ‘‘Me parece mejor pagar por lo que no tengo’’.

Tamara lo ignora y sigue su camino.

La persigue, persistente debido a los sentidos anestesiados por la resaca y la gran cantidad de dinero en su bolsillo.

‘‘Espere un momento, señorita. No hay razón para no tener modales’’.

‘‘No me faltan modales. Tengo un lugar al que ir y no quiero hablar usted’’, le responde.

El hombre la sigue hasta el puente con una risa que le advierte que solo es un desafío para él. Alguien a quien puede comprar con un poco de oro.

‘‘Ah, eres una aprendiz, ¿correcto?’’, dice cuando por fin nota su ropa y el bolso que carga. ‘‘Vas de camino a las audiciones, ¿no? Esperas llamar la atención de algún artífice para que una de las grandes casas te acoja, ¿eh?’’

‘‘No es asunto suyo, pero sí’’, le responde con la esperanza de que su tono brusco lo aleje. En vez, el hombre aumenta la velocidad, se para frente a ella y le bloquea el paso. La revisa de pies a cabeza, como si estuviera examinando un espécimen de ganado que está por comprar.

‘‘No estás nada mal, señorita. Te falta algo de carne, pero nada que un par de cenas en Lacabro no puedan resolver. ¿Qué te parece? Es el Día del Progreso, todos deben divertirse un poco’’.

‘‘No me interesa’’, responde Tamara mientras lo empuja. ‘‘Fuera de mi camino y déjame en paz’’.

‘‘Escúchame, señorita. Me llamo Cella Allabroxus, y conozco a gente importante del norte’’, dice, mientras sigue bloqueando su paso. ‘‘Pasa la mañana conmigo y hablaré bien de ti. Me aseguraré de que tu audición tenga algo de ayuda, si me entiendes’’.

‘‘No, gracias’’, dice Tamara, y ya sabe qué viene a continuación. La toma del brazo, pero Tamara atrapa su mano justo antes de que haga contacto y la retuerce hasta que el hombre jadea con dolor. Si aplicara un poco de más fuerza, le rompería la muñeca como si fuera una mera rama. Aprovecha su dolor para moverlo hacia el parapeto del puente. Se olvida de su temor a las alturas y empuja a Cella Allabroxus contra la construcción que apenas le llega a la cintura.

‘‘Te pedí amablemente que me dejaras sola’’, dice mientras oprime con fuerza la muñeca de Allabroxus y le arranca un quejido de dolor. ‘‘Te lo estoy pidiendo de nuevo, solo que ya sin amabilidad. Déjame en paz o te empujaré de este puente, y cuando hallen lo que quede de tus restos esparcidos por los techos de Zaun, pensarán que solo eras otro borracho que no podía caminar en línea recta por el puente. ¿Te quedó claro?’’

El hombre asiente, mudo de dolor.

‘‘No necesito de tu ‘caridad’ ni de tu ‘ayuda’. Soy bastante buena en lo que hago y mi éxito o fracaso dependerá de mis propios méritos. Gracias. Ahora, dame una sonrisa y lárgate a tu casa. Arregla esa resaca y recuerda este momento cada vez que tengas ganas de ser descortés con una dama’’.

Cella Allabroxus jadea cuando Tamara le suelta la muñeca. Por un momento, parece que está tentado a responder con algo ofensivo, pero la ceja alzada de Tamara lo hace reconsiderar. Se toma la muñeca y se aleja rápidamente por donde vino. Tamara suspira. Llama la atención de una banda de rufianes vagando al otro lado del camino y señala a Allabroxus con un gesto. Los bribones entienden qué quiere decir y corren tras el hombre.

‘‘¿Qué fue todo eso?’’, pregunta una voz juvenil detrás de ella.

La tensión se evapora del cuerpo de Tamara y vuelve a relajarse. La fría determinación que Allabroxus vio se esfuma de su rostro y la reemplaza una sonrisa de oreja a oreja.

‘‘Nada’’, responde, mientras voltea a ver a Gysbert y Colette. ‘‘Solo un borracho que intentó probar suerte conmigo’’.

‘‘Llegas tarde’’, dice Gysbert mientras señala sobre el parapeto hacia los costados metálicos de una torre de reloj debajo del puente. ‘‘Mira’’.

‘‘¿De qué hablas?’’, responde Tamara. ‘‘Hace años que el Viejo Cascarrabias no indica la hora correcta’’.

‘‘Es cierto’’, dice Gysbert y, aunque intenta parecer molesto, su mirada delata una pizca de enamoramiento. ‘‘Pero acordamos vernos antes de que la sombra del Cascarrabias pasara la torre de Tecmaturgía’’.

Procede a señalar el contorno de la sombra del misterioso reloj, que ya cubre la sección del laboratorio de la torre, de donde proviene una neblina verduzca y grisácea que sale por las tuberías. ‘‘¿Ves?’’

Tamara sonríe y coloca una mano sobre el hombro de él. Gysbert mira el punto de contacto y cualquier enojo que estuviera sintiendo se esfuma.

Colette pone los ojos en blanco y dice: ‘‘Vámonos, ya es hora. Puede que Gysbert sea tan tonto como para perdonar tu impuntualidad, pero el clan Medarda no lo hará. Cierran las puertas a la tercera campanada y ya hicieron sonar la segunda antes de llegar al puente’’.

La mansión del clan Medarda no está lejos del extremo norte del puente, pero las calles están atiborradas y habrá muchos buscando una forma de entrar para mostrar sus creaciones en las audiciones.

‘‘Tienes razón’’, dice Tamara mientras alza el bolso y le da unas palmaditas al dispositivo dentro de él. ‘‘Vayamos y mostrémosles a esos inútiles adinerados lo que podemos hacer’’.

Las puertas de la mansión del clan Medarda son unas imponentes creaciones de acero templado sobre un muro de piedra blanca de alabastro. Los bustos de bronce de los ilustres miembros de la familia descansan en varios nichos a lo largo del muro, incluida la cabeza del líder actual, Jago Medarda. Los grupos de aprendices ansiosos están reunidos en las puertas abiertas. Cada uno carga su más grande invención con la esperanza de les consiga un contrato de servidumbre con esta noble casa. Los modales de los demás causan ternura a Tamara. Todos los aprendices tienen el cuidado de no acercarse a la creación de su vecino.

El Día del Progreso · ilustración de la publicación originalRiot Games

Unos hombres que visten los colores del clan, armados con espadas y lanzas, cuidan la entrada mientras revisan la autenticidad de los papeles de cada suplicante antes de dejarlo pasar. Tamara observa cómo trabajan y admira su profesionalismo y rigurosidad. Algunos aprendices son rechazados, ya sea porque sus papeles están mal sellados o son fraudulentos. Se van sin replicar, solo voltean con miradas resignadas.

Cuando es su turno, Tamara, Colette y Gysbert son aceptados sin problema. Colette se había encargado de que los papeles estuvieran en orden, pues la joven es bastante detallista. Es una característica que Tamara cree que llevará a la niña muy lejos en los años venideros.

Justo cuando terminan de cruzar la entrada, se escucha la tercera campanada del edificio de tesorería de Piltóver. Tamara siente cómo se le erizan los vellos de la nuca. Aprendió a confiar en su instinto a través de los años. Se detiene un momento y hace como si fuera a ajustar las correas de su bolso para poder mirar hacia atrás. Sentada en el borde de una fuente de mármol se encuentra una mujer que viste la chaqueta de comisario de Piltóver. Un sombrero personalizado cubre sus facciones en sombras. Tiene una pierna cruzada y su codo reposa sobre ella mientras su mirada recorre la muchedumbre de aprendices. Sobre el hombro carga un rifle de alto calibre, con tiene algo que parece una resplandeciente gema incrustada en alambre de plata. Su mirada se centra en Tamara por un instante. Tamara se da vuelta antes de que pueda verla mejor.

Conoce esa mirada. Es la mirada de un cazador.

Las puertas se cierran y se apresura a alcanzar a Colette y Gysbert, quienes están en medio de una muchedumbre de personas que miran boquiabiertos a lo que parece ser un simple carruaje. Entonces, Tamara nota el contenedor hextech suspendido, y el nudo de cables de oro y plata que lo conectan con los ejes delanteros y traseros. Una tenue luz brilla dentro del contenedor y Tamara siente el gusto del cobre.

‘‘Es una autolocomotora’’, dice Gysbert. ‘‘Uno de los diseños de Uberti, si no me equivoco’’.

‘‘No puede ser’’, responde Tamara. ‘‘Ella solo trabaja para el clan Cadwalder’’.

‘‘No por mucho más’’, responde Colette.

‘‘¿Qué quieres decir?’’, pregunta Gysbert.

‘‘Se cuenta por la mesa de trabajo que uno de los agentes de Medarda robó una copia de los planos’’, dice Colette en un susurro. ‘‘También dicen que las cosas se pusieron muy sangrientas. Cadáveres mutilados, ese tipo de cosas. La gente dice que el clan Torek está intentando llevársela, pero el clan Cadwalder no dice nada al respecto, por supuesto’’.

‘‘Bueno, no lo harían, ¿o sí?’’, dice Tamara al tiempo que la puerta barnizada negra de la casa se abre. ‘‘Una confesión pública de que los diseños de su diseñadora más grande fueron robados los haría ver débiles’’.

Un mayordomo con un bastón negro y largo, vestido con el dorado y carmesí del clan Medarda, acompaña a los aprendices esperanzados a la mansión. Tamara escucha suspiros de asombro mientras los lleva por las antecámaras abovedadas, recepciones lujosas y enormes galerías. La riqueza evidente del clan está a la vista de todos en cuadros dorados que cubren las paredes, enormes estatuas de arenisca de guerreros con cabezas de bestia traídas desde Shurima y armas cruzadas que portan las marcas distintivas de diseños de Jonia. Los pisos están hechos de relucientes losas de mármol, la enorme escalera es amplia y está fabricada con la madera de los árboles de jabí de Fréljord.

Tamara nota que todo en esta casa está colocado cuidadosamente para intimidar y recordarles a sus visitantes lo poco que sus logros importan comparados con lo que ha logrado el clan Medarda. Voltea a tiempo para ver a una mujer con un vestido largo y gris con felpa rojiza siendo escoltada por otro mayordomo en la entreplanta. Los tacones de sus botas retumban en una percusión metálica mientras mira hacia abajo para ver al rebaño de aprendices con una pequeña sonrisa, antes de desaparecer.

Al fin, el mayordomo termina el recorrido en una sala de espera relativamente pequeña que tiene patrones de espigas y un reloj hecho de marfil y nácar que señala la hora con precisión metronómica. Un conjunto imponente de puertas negras barnizadas con una pequeña rendija al nivel del ojo se abre, pero el mayordomo golpea con su bastón para indicar que deben esperar y sentarse en las bancas colocadas junto a la pared.

‘‘Cuando escuchen su nombre, entren a la sala de pruebas’’, les dice. ‘‘Diríjanse hacia el atril y digan su nombre. Den una breve explicación de lo que van a demostrar, seguido de una explicación corta, y les repito, por favor, que sea corta, de su funcionamiento. Serán juzgados por los eruditos del clan Medarda, así que den por sentado que saben más que ustedes. Les sugiero que sus respuestas sean cortas, pues se aburren rápido. Si tienen éxito, salgan por la puerta de la izquierda. Si no, diríjanse hacia la derecha. Eso es todo. Buena suerte’’.

El mayordomo pronunció este discurso muchas veces, pero Tamara percibe sinceridad en estas últimas palabras. Coloca una mano en el bolso sabiendo que, en cualquier circunstancia, el dispositivo dentro sería suficiente para asegurarle un puesto en las casas de los clanes de Piltóver. Intercambia una mirada con Gysbert y Colette. Ambos están nerviosos, y ella misma se sorprende de notar que su corazón palpita con fuerza. Pasó tanto tiempo preparándose para la audición del Día del Progreso que la idea de un tropiezo a estas alturas le revuelve el estómago. Hace mucho tiempo que no se sentía así y le alegra volver a tener esa sensación. Eso la mantendrá concentrada. Se extiende para tomar la mano de Gysbert y le da un ligero apretón. Una gota de sudor recorre su ceja y le sonríe vagamente en agradecimiento. Colette tiene la mirada fija al frente. Analiza los rostros del otro lado de la habitación; sin duda se pregunta quién lo logrará y quién saldrá por la puerta derecha.

La rendija de la puerta negra se corre. Todos se tensan. Suena un nombre y una chica se pone de pie. La puerta se abre del otro lado y entra con nerviosismo. El olor a madera vieja y la atmósfera cargada que proviene de la sala de pruebas se esparcen, y Tamara intenta imaginar cómo será.

Pasan otros seis aprendices antes de escuchar uno de sus nombres. Colette es la primera y se levanta con determinación. Exhala y luego se dirige hacia la puerta sin mirar hacia atrás.

‘‘Le irá bien’’, murmura Gysbert. ‘‘Lo sé’’.

‘‘También a ti, Gys’’, responde Tamara, aunque sospecha que los nervios lo traicionarán. El chico de Zaun es hábil, pero tiene más desventajas que solo sus nervios en los salones de un clan piltoviano.

Llaman a otros dos aprendices. Tamara mira el reloj y se da cuenta de que cada audición es cada vez más corta. ¿Ya se estarán aburriendo los eruditos del clan Medarda? ¿Eso es una ventaja o una desventaja para los que restan?

Gysbert se levanta de un salto al escuchar su nombre. Casi deja caer su bolso, pero lo atrapa en el último segundo. Su rostro está rojo por los nervios y cubierto de sudor.

‘‘Respira profundo’’, le aconseja Tamara. ‘‘Tú sabes de esto. Eres bueno en lo que haces’’.

‘‘Pero, ¿será suficiente?’’, pregunta.

Tamara cree saber la respuesta, pero asiente y le dice: ‘‘Sí’’.

Gysbert desaparece tras la puerta. Más aprendices son llamados hasta que solo queda ella. La habitación está vacía, pero no puede evitar sentir que la observan. Cuando por fin escucha su nombre, siente un alivio. Se toma un momento para recuperar su compostura antes de atravesar la puerta hacia la sala de pruebas.

La sala es circular y está iluminada por esferas brillantes de vidrio que flotan sobre candelabros con forma de palmas abiertas, como si otorgaran luz al mundo. Tamara apenas puede contener las ganas de hacer una mueca ante tal gesto de egolatría. Es una sala de conferencias con gradas que se alzan por los anillos concéntricos del muero trasero. Un atril sencillo de madera y una mesa de trabajo están en el centro de la sala, con una puerta a cada lado. La izquierda es éxito; la derecha, fracaso.

Las gradas tienen capacidad para, al menos, cien personas, pero solo hay cinco sentadas. Dos hombres y tres mujeres, todos vistiendo las túnicas carmesíes de los maestros. Escriben en grandes libros con plumas cubiertas de oro que generan un ruidoso eco debido a la ingeniosa acústica de la sala. Cada uno de ellos usa una amplificación hextech genuina, y Tamara percibe sus deseos de terminar rápido con esto.

‘‘¿Nombre?’’, dice una de las mujeres sin subir la mirada.

‘‘Tamara Lautari’’.

‘‘¿Qué vas a demostrar?’’, pregunta uno de los hombres. Sus labios no se mueven; su voz proviene de un collar de malla de forma artificial.

Tamara baja el bolso y lo coloca en la mesa de trabajo para dejar salir su creación. Es un conjunto de cables organizados en forma de cubo con una esfera grabada con ácido en el centro.

‘‘Lo llamo el amplificador hexarmilar’’.

‘‘¿Y cómo funciona?’’, le pregunta de nuevo. Tamara intenta no mostrar lo mucho que le molesta su voz generada de forma artificial.

‘‘Utiliza las propiedades de un cristal y amplifica de forma exponencial la energía, más allá de lo que se ha logrado hasta ahora’’.

Aunque lo dice en un tono neutral, la arrogancia de su tono sale a flote. Todos los maestros fijan su mirada en ella. Deben estar acostumbrados a declaraciones pretenciosas de aprendices, pero la confianza de su tono despierta su interés.

‘‘¿Y cómo harás eso?’’, pregunta un hombre de cabello blanco y con un ojo de diamante sobre una placa de porcelana en un rostro quemado por el fuego.

‘‘La geometría de un cristal es vital, así como el eje sobre el que gira’’, responde Tamara mientras abre una delicada escotilla en la esfera para revelar una horquilla de diseño preciso. Cuelgan unas delgadas cadenas, como las de un collar costoso, con las que se sujetaría un cristal de energía. ‘‘Mi dispositivo analiza la velocidad y el ángulo de giro, y los ajusta para lograr una producción óptima de energía’’.

‘‘Eso es absurdo’’, dice la mujer de brazo artificial, con la mirada penetrante de una persona que ha escuchado miles de ideas disparadas de sus estudiantes y las ha rechazado todas. ‘‘No hay tiempo durante la descarga de energía de un cristal para ajustarlo con un grado de control. Praveen intentó lo mismo hace dos años y casi derrumba la mitad del distrito de los orfebres’’.

‘‘Con todo respeto, señora, no estoy de acuerdo’’.

‘‘Tu opinión es irrelevante, aprendiz. ¿Puedes demostrarlo? ¿Puedes demostrar lo que dices?’’

‘‘Creo que sí’’, contesta Tamara.

‘‘La ciencia no se basa la creencia’’, le dice la mujer, como si le hablara a una niña confiada pero necia. ‘‘Lo que se necesita es evidencia empírica’’.

‘‘Puedo hacerlo’’, promete Tamara.

La mujer no se ve convencida, pero asiente y responde: ‘‘Muy bien, puedes comenzar’’.

Se abre una pequeña ranura en la mesa de trabajo al lado de Tamara. Un soporte con grecas se alza desde abajo. Contiene un pequeño cristal facetado color azul zafiro que brilla con su propia luz.

Es un cristal hextech.

El cristal es diminuto, pero es el futuro.

Esto es lo que podría convertir a los clanes de Piltóver en los líderes del mundo, si así lo quisieran. O, si no a ellos, a quien sea que pueda fabricarlo de forma más eficiente y sin los años de trabajo que toman producir apenas solo uno. A este cristal solo le queda un nivel bajo de energía, pero sigue siendo inmensamente poderoso y muy valioso.

Ella no esperaba que fuera tan hermoso.

‘‘Bueno, adelante’’, dice el hombre de rostro quemado. ‘‘Sorpréndenos’’.

Tamara levanta el cristal de su base. Es cálido y vibra con tal sutilidad que es difícil de detectar. Es más pesado de lo que esperaba. Con mucho cuidado, Tamara coloca el cristal en su esfera y lo sujeta con las delicadas cadenas. Se asegura de que no vaya a caerse y sella el dispositivo. El mecanismo sobre el cubo es móvil, y Tamara gira las partes entrelazadas para calibrar los puntos cardinales de contacto hasta sus posiciones.

El dispositivo comienza a zumbar cuando los conductos detectan al cristal como fuente de poder. Una tenue luz azul emana desde su interior. Tamara sonríe mientras su dispositivo comienza a girar. El zumbido crece y el sabor a metal en su boca se hace más fuerte. Se hace más fuerte aún, de forma poco placentera, y comienza a pulsar en oleadas.

Las esferas de luz en la sala pulsan en sincronía con las vibraciones del rugido que proviene de su dispositivo. Comienza a moverse por la mesa; las vibraciones lo desplazan de derecha a izquierda y de arriba a abajo. Chispas de energía destellan alrededor de la esfera, como si fueran rayos que se disparan al revés.

‘‘¡Apáguelo, señorita Lautari!’’

Tamara intenta alcanzar el dispositivo, pero un látigo de luz azul la repele y le deja una marca roja en el dorso de la mano. Retrocede y se aleja un poco del dispositivo que se sobrecarga rápidamente.

‘‘No puedo’’, dice Tamara consternada. ‘‘¡Se está optimizando demasiado rápido!’’

Jago Medarda · contexto regional de Universo de RiotPublicado en Universo de Riot

Siempre supo que pasaría esto, pero esperaba que los cambios que le había hecho al diseño no fallarían de manera tan catastrófica como esta. Un rayo de luz azul sale disparado de su máquina hacia una de las esferas de luz. Esta explota en un espectáculo de chispas de magnesio.

Otra le sigue y, luego, tres más. Muy pronto, la única luz es el destello azul y violento del dispositivo cargado de Tamara. La mujer con el brazo hextech se pone de pie y forma un puño. En un instante, se abre una compuerta de metal y toda la mesa cae, antes de que se vuelva a sellar. El contorno de la trampilla queda iluminado por un instante de luz azul y se puede escuchar la detonación que ruge desde las profundidades.

‘‘Una cámara de seguridad’’, dice Tamara, aliviada al ver que su dispositivo no estalló unos segundos antes.

‘‘Así es, señorita Lautari’’, le dice la mujer mientras se sienta y recupera su pluma de oro. ‘‘¿Acaso cree que es la primera aprendiz que viene con un dispositivo potencialmente letal?’’

‘‘Supongo que no’’, responde Tamara. Está decepcionada, pero no sorprendida. Ese era el resultado que esperaba, a pesar de los mejores esfuerzos de su orgullo profesional para sabotear su meta.

El hombre con el ojo hextech escribe en su registro y habla sin mirarla:

‘‘Creo que ya sabe por qué puerta salir’’.

La salida de Tamara de la mansión del clan Medarda es menos grandiosa que su entrada. La puerta que está más a la derecha se abre hacia un pasillo que se dirige hacia abajo por los riscos rocosos hasta alcanzar una puerta de acero que está tan reforzada que podría aguantar un ariete de asedio. Un sujeto corpulento con brazos hexdráulicos y un casco (aunque Tamara no está segura de que sea un casco) le abre la puerta. Apenas alcanza a salir de la puerta antes de que se azote detrás de ella.

Llega a un callejón en las partes bajas de la ciudad con vista a los riscos. No es como Zaun, pero ya no parece Piltóver. La calle está pavimentada con adoquines asimétricos y cubiertos con el Gris de Zaun. Gysbert está sentado sobre un muro de ladrillos desmoronado. Los restos de su dispositivo aplastado se encuentran a sus pies.

Le sonríe y le dice: ‘‘¿No te fue bien?’’

‘‘No exactamente’’.

‘‘¿Qué pasó?’’

‘‘Explotó’’.

Gysbert se ve sorprendido. Se ríe y luego se tapa la boca con la mano. ‘‘Perdona, no debería reírme. ¿Explotó?’’

Tamara asiente y sonríe. Él vuelve a reír.

‘‘Al menos el mío solo se cayó en pedazos’’, le dice. ‘‘Aunque no importa. ¡Como si Medarda fuera a permitir que un zaunita se uniera a sus sagradas filas!’’

Tamara ignora su amargura y le pregunta: ‘‘¿Has visto a Colette?’’

Los ojos de Gysbert se iluminan ante la oportunidad de entregar buenas noticias.

‘‘No. Creo que lo logró’’.

Tamara deja salir un suspiro de alivio.

‘‘Bueno, al menos uno de nosotros logró entrar’’, dice. ‘‘Así que... ¿quieres ir a ahogar nuestras penas? Después de todo, es el Día del Progreso. Creo que nos ganamos una recompensa por casi haber hecho explotar a los eruditos’’.

Al final de la calle aparece una silueta contrastada por a luz. Hay otros con ella, pero están claramente bajo sus órdenes ya que es la que tiene el rifle de alto calibre sobre un hombro. El cañón del arma está firme y apunta directamente a la cabeza de Tamara.

‘‘Lo siento, señorita Lautari’’, dice la comisaria que vio antes, ‘‘pero no creo que disfrutará de esa recompensa’’.

Las objeciones de Gysbert caen en oídos sordos mientras la comisaria y sus hombres se llevan a Tamara. Sin embargo, no tiene las agallas para seguirla, y eso la alivia. Tamara no quiere que Gysbert se involucre en esto. La obligan a ir hacia el borde del risco y por un momento piensa que van a arrojarla.

Pero esto es Piltóver. Aquí sí siguen las reglas. En su hogar, ya tendría un cuchillo clavado en las entrañas o estaría en caída libre hasta impactar contra las agujas debajo de la ciudad. En vez, giran por una estrecha calle que sobresale por el borde de los acantilados hacia el gran funicular que conduce a los ajetreados muelles en el paso del océano de la ciudad.

‘‘¿Me están arrestando?’’, pregunta Tamara, ‘‘¿qué hice?’’

‘‘¿Hablas en serio? ¿Vas a fingir que no sabes nada?’’, pregunta la comisaria. ‘‘Revisamos tu habitación y encontramos todo. Los diarios hextech, los planos’’.

‘‘Soy una aprendiz’’, responde Tamara, ‘‘se supone que tenga planos’’.

Llegan a una plataforma de malla de hierro unida a una serie colimada de rieles inclinados hacia el océano y los muelles debajo. Cientos de buques se abultan en el ancho canal, amarrados a la sombra de la forma titánica de las Puertas del Sol que permiten el tránsito marítimo de este a oeste. Algunos están de paso, mientras que otros descargan mercancías antes de llenar sus bodegas con la recompensa que les ofrecen Piltóver y Zaun. Tamara ve rompehielos de Fréljord, barcos de transporte militar de Noxus, galeras de granos de Shurima y algunos buques que se ven sospechosos, como si hubieran zarpado del hogar de los ladrones, Aguasturbias.

Los escuadrones de buques de guerra de Piltóver los vigilan: buques elegantes, con cascos de ébano, remos y arietes cubiertos de hierro. Se dice que, además de la fuerza de los remeros, estos buques cuentan con otra fuente de poder: una poderosa batería de armamento hextech. Tamara no sabe si eso es cierto, pero la gente cree que es verdad y eso es todo lo que importa.

Sale de sus pensamientos de barcos cuando tres de los hombres de la comisaria la empujan hacia el elevador. La sujetan más fuerte de lo necesario.

‘‘Tal vez, pero no creo que muchos aprendices tengan mapas detallados de Piltóver escondidos entre su trabajo. Soy Caitlyn y he patrullado esta ciudad durante más años de los que me importa contar, así que la conozco mejor que la mayoría. Y debo decir que hiciste un trabajo muy bueno. Incluso Vi podría caminar a ciegas por todo Piltóver con uno de esos planos sin perderse’’.

‘‘No entiendo’’, insiste Tamara mientras Caitlyn baja una palanca y el elevador inclinado comienza su mecánico descenso hasta los niveles más bajos de la ciudad.

‘‘Eres una pionera, no una seguidora, ¿eh?’’

‘‘¿Qué significa eso?’’

La comisaria no responde. Tamara sacude la cabeza y sus ojos se llenan de lágrimas.

‘‘Mire, juro que no sé de qué se trata todo esto’’, dice mientras su voz se quiebra y su pecho refleja su respiración entrecortada. ‘‘Por favor, solo soy una aprendiz que intenta ganarse la vida. Firmar un contrato con el clan Medarda era mi última oportunidad de lograr algo por mi cuenta, antes de que se acabe el dinero de papá y tenga que entrar a trabajar a las forjas químicas de Zaun. ¡Por favor, tiene que creerme!’’

Ni la comisaria ni sus hombres prestan atención a sus súplicas y no se molestan en responderle a pesar del incremento histriónico de compasión y comprensión, mientras siguen descendiendo. Cuando el elevador por fin se detiene en el muelle, se encuentran en la sombra de un galeón de Shurima en plena marea alta con sus bienes recién descargados. Tamara ve todas sus posesiones amontonadas en un carro de metal usado para transportar granos hasta los compartimentos de esos buques. Sus diarios y planos enrollados están dentro con páginas arrancadas. Meses de arduo trabajo están descartados como basura. Huele combustible y sabe qué ocurrirá. Logra zafarse de los hombres que la sostienen y cae de rodillas a los pies de Caitlyn.

‘‘¡No! Por favor, no’’, solloza. ‘‘Por favor. ¡Se lo suplico!’’

Caitlyn la ignora y se dirige hacia el carro. Procede a levantar una pipa de un estibador que pasaba por ahí y arroja las cenizas incandescentes sobre el carro. Los papeles del trabajo de Tamara, cubiertos de combustible, estallan es un espectáculo de llamas. El fuego consume todo rápidamente y quema todo en cuestión de minutos. El humo se eleva de lo que queda del trabajo de Tamara, y ella escupe a los pies de Caitlyn.

‘‘Maldita’’, gruñe. ‘‘¡Que el Gris por siempre te pise los talones!’’

‘‘Buen intento’’, dice Caitlyn mientras la pone de pie. ‘‘Eres muy astuta con ese acento. Te sale bien, no voy a negarlo. Tiene la jerga, tiene lo tosco, pero he escuchado cada voz de esta ciudad, de todo tipo de gente, y la tuya no cuadra, ¿entiendes? Pero se nota la suciedad y el rencor de tu ciudad natal’’.

‘‘¿De qué habla?’’, protesta Tamara. ‘‘Crecí en las partes más altas de Piltóver. ¡Soy una chica de Goldview! ¡Nací frente a las Bóvedas Eclípticas! ¡Juro que no estoy mintiendo!’’

Caitlyn sacude la cabeza. Está cansada de esta farsa.

‘‘No, tu acento es bueno, pero no logra enmascarar la superioridad gutural noxiana’’, le dice al tiempo que golpea el pecho de Tamara con un dedo para remarcar sus palabras. ‘‘Y sé lo que eres. Sí, he escuchado de las leyendas de los guerreros masones. Guerreros que se infiltran en territorio enemigo y lo analizan. Registran en mapas el terreno, encuentran los mejores senderos para que avancen ejércitos. Dejan las bases para una invasión exitosa’’.

Tamara no tiene oportunidad de negar las acusaciones pues los hombres de Caitlyn la escoltan por la plancha hacia un galeón. La dejan a merced de un par de espadachines de Shurima; asesinos de mirada penetrante que venderían a sus propias abuelas a cambio de un par de engranes de plata.

‘‘Y no vuelvas jamás a Piltóver’’, dice Caitlyn mientras acomoda su rifle en sus brazos. ‘‘Si te vuelvo a ver, pondré una bala entre tus ojos. ¿Entendido?’’

Tamara no responde. Se da cuenta de que Caitlyn dice la verdad.

‘‘Manténganla abajo, luego arrójenla en algún lugar desagradable de Bel'zhun’’, le dice Caitlyn al capitán. ‘‘O solo arrójenla por la borda cuando estén lo suficientemente lejos. No me importa’’.

La nave está ya muy lejos en el mar cuando le dejan subir a cubierta. Demasiado lejos para nadar, pero Tamara no planea mojarse. Observa cómo la resplandeciente joya de Piltóver se aleja en el horizonte. Está triste, pero satisfecha de haber cumplido su misión.

Es una pena que sus planos y registros hechos con cuidado se hayan evaporado, pero ese siempre fue un riesgo y puede volver a hacerlos de memoria. Cierra los ojos y recorre, con ejercicios mentales que le permiten recordar, las calles de Piltóver de noche. Cuenta los pasos y mentaliza un mapa en cada esquina, calle y pasadizo.

Se pregunta cuál miga de las que dejó a su paso llevó a Caitlyn a atraparla, pero supone que ya no importa ahora. La comisaria de Piltóver es astuta, pero Tamara tiene una extraña sensación de que no fue Caitlyn quien la descubrió. Eso le preocupa a Tamara, pues significa que hay alguien en Piltóver a quien no conoce que puede desenmascarar a un guerrero masón.

Sea quien sea, no importa cuánto crean saber de la secreta Orden de los Guerreros Masones, hay una sola cosa de la que no se han dado cuenta:

Los guerreros masones trabajan en pares y a veces vale la pena sacrificar a uno para permitirle al otro adentrarse más en territorio extranjero.

Tamara sonríe, pues ya se imagina la invaluable información que Colette recolectará para Noxus en el núcleo del clan Medarda.

Se recuesta en una cama de sacos de granos vacíos y se prepara para dormir.

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Graham McNeill · Relato completo

Ciudad de Hierro y Cristal

Publicado 2016-12-02

''¡Apresúrate, Wyn!'', gritó Janke. ''¡El Aullido Ascendente está cerca!''.

''¡Lo sé! ¡No tienes que repetírmelo!''.

Wyn podía sentir el chirrido del acero engrasado y el sabor del metal entre sus dientes. El interior de la tubería de ventilación que escalaba vibraba conforme se acercaba el elevador hexdráulico.

Empujó la espalda contra el hierro biselado y apoyó sus adoloridas piernas en el lado opuesto. Al mirar hacia arriba, el cuadrado de luz que era la salida de la tubería se veía demasiado alejado. Se asomó una cabeza. Era su hermano mayor, Nico.

''Ya casi llegas, chico'', dijo Nico mientras le extendía la mano a Wyn. ''¿Quieres que baje?''.

Wyn negó con la cabeza y, con todas sus fuerzas, se empujó hacia arriba mientras le ardían los músculos de las piernas. Paso a paso, siguió ascendiendo hasta que pudo alcanzar la mano de su hermano.

Nico lo tomó de la muñeca y tiró para sacarlo de la tubería. Wyn aterrizó mal, tropezó y se dio la cara contra el hueco del risco que todos los niños de Zaun conocían. El espacio apenas alcanzaba para que se pudieran parar uno al lado del otro cerca del precipicio. A unos nueve metros del borde estaban las tres columnas del elevador, cada una medía casi dos metros de ancho y estaban hechas de hierro reforzado.

Feen estaba en el extremo más alejado de la cornisa y miraba hacia abajo con una sonrisa maniática. El viento soplaba a su alrededor, agitando su ropa parchada y su cabello. Kez estaba al lado de Nico, con las mejillas sonrojadas de la emoción. Janke se palmeaba el muslo con nerviosismo y miraba enojado a Wyn.

''Casi haces que lo perdamos''.

''El Aullido aún no está aquí'', respondió Wyn. ''No perdimos nada''.

Janke fulminó a Wyn con la mirada, pero con Nico ahí, no se atrevió a decir o hacer nada más. En la Casa de la esperanza para niños abandonados, Janke era un bravucón, pero de esos que es bueno tenerlos cerca cuando los matones del quimobarón buscaban problemas.

Kez se acercó para ayudar a Wyn. Wyn le sonrió y tomó su mano.

''Gracias''.

''No es nada'', respondió mientras se inclinaba para que la escuchara.

Wyn olió el aroma del jabón cáustico con el que se había lavado esa mañana, parecía jugo de limón químico. Debido a la naturaleza de esta excursión, también se había esmerado con la ropa y sacado un viejo vestido de las cajas de ropa donada de los niños a los que ya no les quedaba o que se habían ido del orfanato debido a su edad. Wyn había desempolvado y limpiado bastante su ropa, pero de repente se sintió bastante desaliñado al lado de Kez.

''Nunca me subí al Aullido'', dijo ella, sin soltarle la mano. ''¿Tú sí?''.

El estruendoso rugido se hacía aún más fuerte. Los mecanismos del elevador hacían un ruido ensordecedor en los goteantes muros musgosos del hueco. Feen lo estaba mirando y Janke tenía una fea sonrisa de oreja a oreja. El temor a quedar como un tonto hacía que la mentira fuera más fácil de decir.

''¿Yo? ¡Sí, muchas veces!'', respondió y en seguida se dio cuenta de que había cometido un error. Wyn miró sobre su hombro. Los otros estaban reunidos en el borde, bien agarrados con las piernas, inclinados hacia el viento.

Wyn se inclinó hacia Kez.

''Lo siento, no sé por qué dije eso'', confesó. ''Nunca lo he hecho antes. Ni una sola vez. No le digas a los demás, pero me muero de miedo''.

Kez suspiró aliviada.

''Genial. No quería ser la única''.

Subirse al Aullido Ascendente era uno de los rituales de iniciación de los niños de Zaun. Como llegar a la cima del Viejo Cascarrabias con las extremidades intactas, robarle a uno de los hombres de un barón o jugarle una broma a un chatarrero del Sumidero. Zaun tenía una interminable lista de pruebas extremadamente peligrosas que debías pasar para volverte un chico de la calle duro.

Pero reunir el valor para saltar de la cornisa de roca era la prueba que a Wyn le parecía la más demente. El alarido del elevador que cada vez se acercaba más se hacía más fuerte, hasta llenar el hueco en con chirridos de metal chocando contra más metal y el sonido explosivo de los engranajes.

Nico se levantó, se inclinó hacia adelante y miró hacia abajo antes de voltear con una sonrisa y un pulgar hacia arriba. Flexionó las rodillas y se arrojó hacia el vacío. Con los brazos y las piernas en caída libre, se desvaneció de la vista de todos. Como a Janke no le gustaba ser menos, en seguida se arrojó desde el borde con un salvaje grito. Feen siguió a su amigo, pero con una risa maniática.

''¿Lista?'', gritó Wyn, aunque sus palabras se las tragó el Aullido Ascendente.

Kez asintió. No había forma de que pudiera escucharlo, pero había captado el mensaje. Aún no le había soltado la mano. Wyn sonrió y luego ambos corrieron hacia el acantilado. Wyn sintió el corazón subir hasta su garganta, palpitando con la fuerza de un martillo neumático en su pecho. Sus pies estaban por frenar, pero ya era demasiado tarde. Al llegar al borde, saltaron, mientras gritaban con valor y terror combinados.

El suelo debajo de él se desvaneció. Entre él y los niveles más bajos de Zaun, a cientos de metros, solo había aire. Un terror inconmensurable se apoderó de Wyn. Lo estrujó con la fuerza de un herrero y le sacó el aire de los pulmones. Wyn se vio cayendo hacia el suelo y comenzó a aletear como si de la nada pudiera aprender a volar como un alcaudón de los riscos. Miró hacia abajo. La silueta ovoide de acero y cristal del Aullido Ascendente estaba debajo y se acercaba a toda velocidad.

Nico, Janke y Feen ya estaban en él, agarrados de los marcos barrocos o aferrados a la estructura. Wyn se estrelló contra el vidrio grueso y rodó. Buscó algo de lo que pudiera agarrarse, mientras resbalaba por la curva de las ventanas externas. Sus manos sudorosas se resbalaron. Sus pies luchaban por aferrarse a algo. Lo que sea que detuviera su caída.

Nada.

''No, no, no... '', jadeó mientras se resbalaba por el borde curvo hacia el vacío. ''¡Janna, apiádate de mí!''.

Una corriente de aire subió y lo empujó hacia el frente. Entonces, logró ver un gancho de bronce erguido al lado del elevador gigante. Se abalanzó sobre él. El viento a su espalda pareció darle el empuje necesario para alcanzarlo. Sus dedos abrazaron el metal y su descenso hacia el vacío se detuvo.

Ahora que había terminado el peligro de la larga caída y un final duro, Wyn logró pararse para buscar a Kez. La vio arriba, riendo histéricamente por haber sobrevivido. Wyn sintió ganas de reír y no podía dejar de sonreír como un lunático mientras escalaba a la parte superior del Aullido Ascendente donde la superficie era menos empinada.

Nico gritó de alegría al verlo y golpeó a Janke en el brazo.

''¿Viste? ¡Te dije que lo lograría!''.

Wyn se dirigió hacia su hermano. Sentía las piernas gomosas como las de un demonio fulgurante después de una noche llena de alcohol. Tomó una gran bocanada de aire limpio. En el Sumidero el aire tenía textura, pero aquí, en la parte más alta, era tan fresco que lo mareaba, de forma agradable.

''Nada mal, chico, nada mal'', dijo Nico mientras le daba una palmada en la espalda. Su hermano mayor tosió y escupió un gargajo de flema grisácea sobre el vidrio. Nico se limpió los labios con la palma y Wyn no pudo evitar notar que le había quedado residuo salobre en la mano.

''Sí, no fue nada'', dijo Wyn.

Nico se rio de su fanfarronería. ''Pero valió la pena, ¿no?''.

''Es hermoso'', dijo Kez.

Wyn estaba de acuerdo. Más abajo, esta parte de Zaun se extendía por todo el rocoso suelo del cañón bajo un baño de luces color verde botella. Los arcoíris de vapor se arqueaban sobre la zona de fábricas y la brillante bruma de neblina gris descendía sobre las forjas químicas. Desde aquí arriba, los pozos de los sumideros ondeaban como espejismos color esmeralda y las luces destellantes de las chimeneas parecían estrellas entre la oscuridad, que casi no podía ver desde la Casa de la Esperanza.

Los ojos de Wyn se llenaron de lágrimas. Se dijo a sí mismo que era culpa del viento. Arriba de ellos, brillaban las torres de marfil, bronce, cobre y oro de Piltóver. También era hermosa, pero la belleza de Zaun era dinámica. Sus calles estaban llenas de vida y convertían a la ciudad en una masa bulliciosa de humanidad. Wyn amaba Zaun. A pesar de sus defectos, que eran muchos, su imprevisibilidad y exuberancia le daban un aire inexistente en Piltóver.

Wyn miró a través del vidrio debajo de él y vio cómo un montón de personas lo observaban. Los pasajeros del Aullido Ascendente estaban acostumbrados a que la gente tomara un aventón hacia arriba, pero eso no significaba que les gustara. Algunos eran zaunitas, pero la mayoría eran piltis que volvían después de pasar la noche en los mercados iluminados con lámparas de gas, los restaurantes con techos de vidrio o los salones musicales de Zaun.

''Malditos piltis'', dijo Janke. ''Vienen a pasarla bien a Zaun. Creen que viven al límite, pero, cuando termina la noche, huyen de regreso a Piltóver''.

''Habría menos dinero en Zaun si no vinieran'', señaló Kez. ''Los piltis aprovechan Zaun y nosotros los aprovechamos a ellos. ¿Y cuántas veces pasamos días geniales en Piltóver? ¿Recuerdas los fuegos artificiales en las Puertas del Sol el último Día del Progreso? ¿Recuerdas a esa pilti a la que tanto veías? Hablas mucho, Janke, pero siempre eres tú el que quiere que subamos''.

Se rieron mientras Janke se sonrojaba.

''Yo les daré algo que ver'', dijo Feen con una sonrisa. El flacucho se quitó los tirantes de los hombros, se bajó los pantalones y aplastó el trasero contra el techo de vidrio. ''¡Piltis! ¡Hoy hay luna llena!''.

Y como un perro restregando su trasero en el piso, Feen dejó resbalar por el vidrio sus posaderas para el deleite de los espectadores debajo.

Los chicos se rieron ante los rostros horrorizados de los pasajeros del elevador. Los hombres cubrían los ojos de sus hijos y alzaron los puños como protesta contra los sucios zaunitas.

''No llegaremos hasta arriba'', dijo Nico mientras recuperaba el aliento y se limpiaba las lágrimas de la risa. ''Lo de Babette está en el nivel del Entresol''.

''Ni siquiera sabemos si Mamá Elodie estará ahí'', dijo Janke.

''Estará'', respondió Wyn. ''Vi el cartel en su escritorio. Una imagen de ella cantando en el escenario, estoy tan seguro como que el Gris siempre llega cada día. Pero debemos apresurarnos. ¡Comenzará cuando toquen las ocho campanadas y ya van seis!''.

Mamá Elodie era la dueña de la Casa de la Esperanza, un orfanato dedicado al bienestar de muchos niños abandonados como consecuencia del desastre que destrozó a Zaun. Fundada por las familias que se terminarían volviendo los clanes de Piltóver, ha albergado a más de doscientos huérfanos entre sus muros. Pero, aproximadamente un siglo después de su apertura, la fortuna de la institución comenzó a declinar, pues el dinero que provenía de la nueva ciudad dejó de llegar. Al final, las familias opulentas de arriba decidieron que habían mitigado su culpa con suficiente oro y dejaron de enviar dinero.

Mamá Elodie era el único miembro que quedaba del personal después de que se terminaron los fondos. Una mujer de piel morena que decía ser una princesa de Jonia. Wyn sospechaba que solo era una historia que usaba para obtener donaciones de los quimobarones, pero le gustaba cuando le contaba sobre cómo eligió ver el mundo en vez de tener una aburrida vida en un palacio. Wyn no podía concebir la idea de darle la espalda a una fortuna como esa, pero nunca había conocido a nadie de Jonia, ni siquiera cuando había realizado tareas para los marineros en los puertos.

Todos los huérfanos y desamparados de la Casa de la Esperanza habían escuchado la voz de Mamá Elodie cantando cuando cocinaba y aseaba. Su voz era extraordinaria, y más de una vez Wyn se había quedado dormido con sus canciones de cuna cuando era un bebé en sus brazos. Wyn había ido a entregarle una tisana a Mamá Elodie cuando vio el cartel del Emporio Teatral de Babette doblado debajo de un montón de cartas desgastadas. Solo tuvo oportunidad de echar una mirada rápida, pero juraba por un cofre de engranajes dorados que era Mamá Elodie vistiendo sus mejores joyas y cantando en un escenario. Mamá Elodie vio su mirada y lo hizo salir de la habitación después de darle un golpecito en la oreja y un reto por entrometido.

Contó a los demás lo que había visto y, en una hora, habían formado un plan para escabullirse y verla cantar.

''¡Miren!'', gritó Wyn mientras le daba un codazo a Nico.

Nico miró hacia abajo y asintió, tras observar al conductor gritar a través de un altoparlante flexible.

''Le está advirtiendo al personal de arriba que se cuiden de los rufianes zaunitas'', dijo Nico. ''No importa. Recuerden, no vamos a llegar hasta la plataforma''.

Entonces, ¿cuándo nos bajamos?'', preguntó Feen al tiempo que se ponía de pie y, por suerte, se levantaba los pantalones.

''Hay un viejo sistema de manivelas justo debajo de la plataforma de embarque'', dijo Nico mientras señalaba hacia arriba. ''El armazón es estable y ancho, y al lado hay una tubería de ventilación que ya no tiene tapa''.

''¿Vamos a saltar otra vez?'', preguntó Wyn.

Nico sonrió y le guiñó el ojo.

''Claro, pero no será problema para un veterano como tú, ¿no?''.

Ciudad de Hierro y de Cristal · ilustración de la publicación originalRiot Games

Wyn dejó salir un suspiro abrumado. Tenía las manos ensangrentadas donde se había colgado del armazón oxidado. Su segundo salto por los aires fue tan terrible y estresante como el primero, pero, al menos, ya sabía que podía hacerlo. El Aullido Ascendente continuó su viaje hacia arriba y Wyn se alegró de verlo partir.

Al menos volver a Zaun sería más fácil. Caminaron por el paso construido entre las rocas y se deslizaron por las vertiginosas escaleras espirales que se sostenían por las estructuras colgantes a los lados de los riscos.

En efecto, el armazón estaba junto a una tubería descubierta, tal y como Nico había dicho. El interior despedía olores tóxicos, pero al menos estaba casi seco. Por suerte, había lugar para pararse, por lo que era probable que en algún momento había transportado y depositado grandes cantidades de desechos en Zaun.

''¿Adónde va esto?'', preguntó Kez, cuidándose de no tocar la baba verdosa que se estancaba en algunas depresiones del hierro.

''Termina justo detrás de la estación de bombeo Bonscutt, creo'', dijo Nico.

''¿Entonces no sabes?'', preguntó Janke. ''¿No habías hecho esto antes?''

''Sí, pero fue hace un año y no sé si el lugar sigue igual que antes''.

Siguieron subiendo y doblando por la tubería que atravesaba la roca. El metal crujía con el movimiento de los acantilados.

''Los acantilados murmullan de nuevo'', dijo Kez.

''¿Y qué dicen?'', preguntó Wyn.

''Nadie sabe. Mamá Elodie me contó una vez que las rocas siguen tristes por lo que pasó en la separación de la tierra para hacer el canal. Me dijo que, a veces, cuando la tierra se lamenta mucho, llora, y ahí es cuando la tierra tiembla''.

''Así que, ¿esto podría terminar en un muro de rocas o una barrera de metal retorcido?'', preguntó Janke.

''Tal vez'', respondió Nico. ''Pero lo dudo. Mira''.

Nico señaló las delgadas columnas de luz adelante. Había partículas de polvo flotando en el aire, y Wyn vio una escalera oxidada que ascendía a un canal en la tubería.

''Creo que encontramos la salida'', dijo Nico.

Wyn solo había viajado al Entresol de Zaun un par de veces en toda su vida y el lugar siempre le había resultado impresionante. Situado justo debajo de la frontera teórica entre Piltóver y Zaun, una línea fluida y siempre cambiante, el Entresol era una zona emergente de comercios cosmopolitas, restaurantes, salas de recitales y lupanares, por lo que era uno de los distritos más poblados de las ciudades. Las personas que vivían y trabajaban ahí también lo consideraban el lugar en donde se llevaba el verdadero trabajo de Zaun.

Al salir de la tubería, se orientaron rápidamente y se dirigieron hacia una de las vías públicas principales. Wyn y Kez eran los únicos que podían leer y descifrar los letreros de las calles en cursiva, así que Kez los llevó por un amplio bulevar repleto de la gente más increíble que Wyn jamás había visto.

Tanto los hombres como las mujeres de Piltóver y Zaun convivían en la calle adoquinada. Vestían ropa fina y sombreros emplumados. Las mujeres llevaban vestidos plisados con cuellos forrados y fajas de colores brillantes. Los hombres se veían impecables con sus largas gabardinas y botas pulidas que no durarían ni un día en el lodo de abajo.

''Todos sonríen'', dijo mientras sentía que sus labios también se curvaban en una sonrisa. ''Y ríen''.

''Tú también reirías si no tuvieras que preocuparte por comer todos los días'', dijo Janke.

Wyn comenzó a responder, pero Nico negó con la cabeza. Janke había llegado a la Casa de la Esperanza a una edad más alta que el resto de los huérfanos y estaba a punto de tener que buscar su camino en el mundo. No era sorpresa que fuera amargado.

Wyn comprendía su amargura. Después de todo, ¿quién no quiere más de lo que tiene? ¿Quién no querría vivir en un mejor lugar si pudiera? La terrible realidad del mundo es que la gente vive tan bien como puede permitírselo. La mayoría de la gente está conforme con su lugar en el mundo, pero Wyn anhelaba una vida en un lugar donde pudiera caminar de la mano con una hermosa mujer, llevarla a un espectáculo y cenar bajo la luz de la luna cada vez que quisiera.

Sin pensarlo, tomó a Kez de la mano Y, cuando ella no intentó soltarse, su corazón palpitó mucho más fuerte que durante el primer salto. Con Nico a la cabeza, se dirigieron hacia el centro, como si tuvieran todo el derecho de estar ahí. Por supuesto que lo tenían, pero las miradas que atraían su ropa harapienta dejaban claro que, aunque nadie los iba a echar, no eran exactamente bienvenidos.

Por un momento, Wyn fantaseó con poder quedarse ahí para siempre, caminando por la calle de lúmenes químicos, rodeado de gente que los pudieran llevar hacia los bocadillos más deliciosos y cremosos de pato confitado o que les sugirieran obras de teatro que no podían perderse. Se imaginó vestido como todo un dandi que saludaba a los demás ciudadanos y se quitaba el sombrero para saludar a los representantes de los clanes.

''¿Eso es un cultivar?'', preguntó Wyn mientras señalaba el domo de vidrio ahumado y celosía, al borde del risco.

''Creo que sí'', respondió Kez. ''Solo los he visto desde abajo''.

Un puente de hierro y cables tensos estaba atado a la cúpula del domo de vidrio en la roca. Se detuvieron para disfrutar de la belleza en su interior. Detrás del vidrio, un pequeño bosque de árboles altos y frondosos eran atendidos por un jardinero que tenía la cabeza afeitada y muchos tatuajes. Una multitud de flores, con pétalos de rojos, dorados y azules, destacaba en contraste con el verde interior. Wyn nunca había visto algo así de hermoso en toda su vida. Saludó al jardinero, deseando poder caminar con Kez por el bosque, oler los perfumados brotes y sentir el suave césped bajo los pies.

El jardinero sonrió y saludó, antes de volver a sus labores.

Se escuchó una serie de campanadas. Wyn contó un total de siete.

''Vamos'', dijo con urgencia. ''El espectáculo empezará pronto''.

Janke volteó hacia Nico. ''¿Seguro que sabes adónde ir?''.

''¿Lo de Babette? Sí, sí sé'', dijo Nico mientras se cubría la boca para toser de nuevo. ''Una vez fui con Aleeza, cuando tenía algo de dinero por ganarle a ese mercader de Bel'Zhun en una competencia de beber''.

Wyn recordaba muy bien esa noche. No podía creer que su hermano ingería trago tras trago de kouaxi, un potente licor que los shurimanos decían que se hacía de leche de cabra fermentada. Llegaron a los veinte tragos antes de que el mercader colapsara. Nico estuvo con resaca durante toda una semana antes de poder gastar su premio.

''Es por aquí'', dijo Nico al tiempo que entraban a la plaza cavernosa tallada entre los riscos.

Las personas llenaban el amplio espacio abierto hablando, negociando y discutiendo sobre quién sabe qué. Unas cuantas personas con amplificaciones metálicas paseaban por la plaza, cada una con el sello de uno de los quimobarones. Eran muy pocos, pero atraían más de una mirada cautelosa.

En el otro extremo de la plaza había una gran estructura muy colorida y ruidosa. Los anunciantes gritaban incentivos para entrar y entregaban los programas. Columnas estriadas de mármol negro con oro formaban el pórtico gigante del edificio, sobre el que había una serie de estatuas de animales salvajes, dragones y guerreros en armadura. Unas luces químicas verdes las iluminaban y las llamas ondeantes hacían que pareciera como si estuvieran vivas.

''Les presento el Emporio Teatral de Babette'', dijo Nico al tiempo que hacía una reverencia y señalaba a la estructura iluminada.

''¿Cómo que no podemos entrar?'', preguntó Nico.

Los dos porteros vestían elegante, pero la elegancia no ocultaba su experiencia en lastimar gente. Unos tatuajes serpenteaban por sus cuellos y muñecas y uno de ellos tenía un brazo mecánico que vibraba con algo energizado. ¿Quizás era un garrote eléctrico? ¿O algo incluso más mortífero? O, tal vez, solo no funcionaba bien.

''Podemos pagar'', dijo Kez.

''No es el dinero, niñita'', dijo el primer portero, un hombre al que Wyn bautizó mentalmente como ''Aliento químico''.

''Entonces, ¿por qué?''.

''No están vestidos correctamente''.

''Exacto'', agregó el segundo portero, el del brazo mecánico zumbador. ''La señora Babette espera un cierto nivel de... higiene en cuando a la vestimenta de sus invitados. Sus atuendos no cumplen con el mínimo esperado, me temo''.

''Sí, así que regresen por el hoyo de donde vinieron'', dijo el primero.

''¿De dónde vinimos?'', preguntó Kez, incrédula. ''Esto es Zaun, ¿o no? Somos de aquí, ¡estúpido lamesumidero!''.

''Largo de aquí, rufianes'', dijo Aliento químico. ''Esta parte de Zaun no es su Zaun''.

''Como sea'', dijo Nico. Dio la vuelta y empezó a caminar. ''Vámonos''.

''Espera, ¿qué?'', dijo Wyn mientras los demás seguían a Nico. ''¿Solo iremos a casa y ya?''.

Su hermano esperó a que estuvieran a una distancia a la que no pudieran escucharlos antes de responder, asegurándose de que el público los tapara.

''Claro que no'', dijo Nico. ''Fui un idiota. Olvidé la primera regla del Sumidero: Solo los objetivos entran por la puerta principal''.

Se pasearon por toda la plaza durante diez minutos antes de encontrar lo que buscaban. Wyn vigilaba las puertas de la entrada. La gente seguía entrando, así que seguro el espectáculo aún no había comenzado.

''Ahí'', dijo Feen, señalando una repentina corriente de humo esmeralda que salía de un techo cercano. Feen trabajaba para Quitagris Malkev, un técnico de conductos que le daba un par de engranes para que se metiera pos los conductos estrechos y limpiara la porquería cuando las tuberías de ventilación se tapaban.

La fuente del humo era un restaurante que parecía servir una fusión de comida callejera de Zaun y cocina de lujo piltoviana. Los comensales eran artistas lánguidos y la comida era tan bella que daba lástima comerla.

''Esa es una tubería compartida, sin duda'', dijo Feen. ''¿Ven? Puedes oler la comida de las cocinas y el humo de los quemadores de cristal de lo de Babette''.

''Sabía que había una razón por la que te trajimos, Feen'', dijo Nico, mientras los llevaba por el callejón de la roca entre el restaurante y el teatro. Había muchas cajas pesadas apiladas que venían de los muelles contra el muro. Encima colgaban unas tuberías seseantes. Unos hombres fornidos, gruñendo por el esfuerzo, cargaban las cajas adentro. Ninguno de ellos prestó mucha atención a los niños.

Feen trazó la ruta de los conductos con los dedos. Contaba y escuchaba mientras ellos gruñían y balbuceaban. Olfateó el aire y sonrió.

''Es por ahí'', dijo mientras señalaba hacia una estrecha ventilación entre las rocas.

''¿Seguro?'', preguntó Janke. ''No quiero que te equivoques y terminemos en el drenaje fuera de Zaun''.

''Es el camino correcto, rata de sumidero'', dijo Feen. ''Si te revolcaras en tanta baba y desechos como yo, podrías orientarte mejor''.

Esperaron hasta que los hombres que trabajaban en el restaurante descansaran antes de usar las cajas para escalar hacia el techo. Feen rápidamente halló una escotilla al lado de la tubería y procedió a abrirla. Wyn casi se desmaya al oler el vapor que salió de ahí.

''¿Es seguro?'', preguntó.

''Suficiente para un rufián del sumidero'', dijo Feen. ''Créeme, tus pulmones se llenarían de más mugre caminando por las Vías Negras que por pasar por aquí''.

Wyn no estaba tan seguro de eso, pero Feen se adentró, seguido de Janke y Kez. Después de que entraran, Nico le señaló la entrada a la tubería.

''Tu turno, hombrecito''.

Janna · ilustración de personaje de Riot GamesRiot Games

Wyn asintió, se adentró y siguió los sonidos de rodillas arrastrándose, groserías y tos. Feen tenía razón en algo: el aire de aquí era bastante fétido, pero nada como cuando el Gris se acercaba y se hacía imposible respirar. Nico lo siguió, y se arrastró sobre las rodillas y los codos a un ritmo constante. La luz se filtraba por los orificios donde el metal se había roto, pero eso se acabó cuando subieron más por el risco.

''¿Cuánto falta?'', preguntó Nico detrás de él. Su voz sonaba peculiar al resonar por la tubería. No recibió respuesta más que ecos. Wyn intentó no pensar en todas las razones por las que solo había silencio. ¿Acaso la tubería los expulsó por el risco como Janke temía? ¿Habían encontrado un cúmulo de gas que los había dejado inconscientes o sofocado? O, tal vez, la tierra también estaba triste en este lugar y decidió aplastarlos como pequeños insectos subiendo por ella.

Justo antes de que la idea de ser aplastado hasta la muerte por culpa de riscos melancólicos paralizara a Wyn del terror, una mano encima de él lo tomó del cuello.

''¡Te tengo!'', silbó una voz mientras lo levantaba por la escotilla, invisible en la oscuridad. Gritó asustado y forcejeó antes de darse cuenta de que era Janke quien lo subía. Lo dejó en el piso de madera de una habitación sin luz. Al menos, casi sin luz. Había una delgada línea de luz que provenía debajo de una puerta cercana. Mientras Wyn se acostumbrada a la luz, pudo ver la gran cantidad de parafernalia de los artistas apilada de forma desordenada por toda la habitación. Estantes sobre estantes de máscaras, disfraces llamativos, fondos de teatro y utilería.

Feen reía mientras jugueteaba por la habitación con la parte superior de un disfraz de caballo en la cabeza. Kez se había puesto una corona dorada incrustada con gemas falsas en los bordes y una brillante roca rojiza en el centro. Janke blandía una espada de madera. La hoja estaba pintada para que pareciera de plata resplandeciente.

Wyn sonrió mientras Nico terminaba de escalar la tubería detrás de él. Se sentía mareado, pero no sabía si era por culpa del humo o de la emoción de haber llegado.

''Buen trabajo, Feen'', dijo Nico mientras se desempolvaba y tosía una flema grisácea.

Feen se quitó el traje de caballo y sonrió, desacostumbrado a recibir elogios. Comenzó a hablar, pero entonces escucharon el repicar de los tambores y el son de gaitas.

''Empezó'', dijo Kez.

El interior de lo de Babette era tan impresionante como el exterior. La sala principal estaba adornada con telas coloridas, terrazas doradas y un techo abovedado decorado con impresionantes vistas panorámicas de bosques, altas montañas y lagos de color azul profundo. Un enorme candelabro de cristales brillantes colgaba del centro del techo. Trazaba constelaciones que emitían rayos de luz astillada a través de la sala.

Cientos de personas llenaban el lugar. Juerguistas de trajes elegantes y bailarines que se habían despojado de sus abrigos e inhibiciones. Un escenario elevado en un extremo era la sede de los músicos que tocaban con todo su corazón. Era una melodía que les enfriaba la sangre a todos y animaba a sus pies a seguir el son. La música era contagiosa y Wyn rio cuando Kez lo llevó a la pista de baile. La sola presencia de cinco chicos del sumidero, en cualquier otro lugar, hubiera causado una conmoción. Pero, aquí, en medio de los bailarines y cantantes, apenas llamaba la atención.

Los chicos se movían con la facilidad de aquellos que saben cómo escabullirse de los guardias de Piltóver en un instante. Feen daba pisotones y sacudía los brazos como loco, puro codos y rodillas. Janke se sacudía y meneaba la cabeza, perdido en su propio mundo musical. Nico bailaba en un patrón ondulante y con un aire elegante. Cada tanto se detenía para coquetear con alguna chica linda. Wyn saludaba mientras Kez y él giraban por la pista de baile con una euforia muy libre.

La música estaba tan fuerte que no podían hablar.

No le importaba.

Había luces químicas que reflejaban un arcoíris en el candelabro y generaban auroras boreales de colores. Wyn levantó las manos, intentando tocar las luces. Kez le rodeó el cuello con los brazos y también intentó tocar las luces. Wyn olió su jabón y sudor, el perfume de su cabello y el calor de su cuerpo. Quería que este momento no terminara nunca.

Pero lo hizo.

Una mano carnosa tocó el hombro de Wyn, quien sintió una gran decepción al ver que le arrebatan un momento que tal vez jamás volvería a ocurrir. Maldijo la interrupción, pero las blasfemias que estaba por pronunciar se ahogaron cuando vio a Aliento químico, el portero, mirándolo desde arriba.

''¿No te había dicho que regresaras al Sumidero?''.

Wyn miró a Kez y vio que su pecho respiraba agitado. Ella asintió y la respuesta a su pregunta implícita estaba en su mano extendida.

Wyn le tomó la mano y gritó: ''¡Corre!''.

Logró evadir el brazo de Aliento químico mientras corría a toda velocidad hacia el centro de la pista de baile. Kez dio un fuerte grito y se movieron entre los bailarines como si jugaran a las atrapadas en el Sumidero. Corrían sin soltarse de la mano. Aliento químico les pisaba los talones. Empujaba a la gente, pero los chicos habían corrido por las calles de Zaun desde que aprendieron a usar las piernas. Ya habían escapado de guardias, matones químicos y viginautas.

Un portero gordo apenas y era un reto.

Escucharon los gritos iracundos de Aliento químico sobre la música, como si cantara con ella. Lo obligaron a perseguirlos mientras corrían por debajo de los bailarines y los cantantes. Kez no le soltaba la mano. Wyn no pudo evitar reír, incluso mientras dejaban que Aliento químico se acercara. Entonces, justo cuando la mano del sujeto alcanzaba su hombro, Aliento químico se cayó en la pista de baile. El codo agitado de Feen le había dado un golpe directo en el rostro.

Lo dejaron rodando en el piso. Wyn no nunca se había sentido tan emocionado. Cada paso de baile. Cada pisada. Todo estaba en sincronía con la música. Cada coro se sentía como si se hubiera escrito específicamente para este momento. Todos reían como lunáticos entre la luz y los sonidos. Estaban unidos de una forma que no conocían.

Pero la música paró. Las luces se extinguieron y un solo quemador químico enfocaba su iluminación en el escenario. Los bailarines, repentinamente inertes, exhalaron de forma colectiva cuando una mujer emergió del centro del escenario. Fuera magia o espectáculo, a Wyn no le importaba. Fue una entrada magnífica.

''Mamá Elodie'', dijo Kez.

Wyn sabía que era ella, pero seguía sin comprender del todo que la matrona de la Casa de la Esperanza era esta diosa ante él. Llevaba su largo cabello atado en una serie de trenzas unidas por cuentas de nácar y jade que brillaban como estrellas recién nacidas. Llevaba puesto un radiante vestido que colgaba en varios pliegues y destellaba como una suave telaraña.

Era la mujer más hermosa que jamás había visto.

Mamá Elodie subió la mirada y la melodía ascendió pasó de un ritmo lento a un latido más rápido. Movía la cabeza al ritmo de la música y su morena piel brillaba con polvo de diamante. Sus ojos recorrieron a la multitud y parecía que su mirada conmovedora se fijaba en cada persona. Sonrió, como si le sorprendiera ver a tanta gente, y la calidez de sus ojos almendrados llegó a todos los que la miraban. Wyn sintió que todo su porte celestial lo abrazaba, como si se llevara todos los pesares que no sabía que tenía.

Comenzó a cantar.

No reconocía las palabras, pero fluían como la miel. Una mitad hablada, la otra cantada. Cada nota navegaba como las hojas en una cálida noche de verano dando vueltas en espiral por toda la sala. Su voz subió de tono y volumen, y Wyn sintió cosquilleos en su piel cuando lo tocó. Dejó que la canción de Mamá Elodie lo llevara a la deriva. Wyn sintió una creciente conexión entre Kez y él. Sus miradas se cruzaron. Se dio cuenta de que ella sentía lo mismo.

Pero era más que eso.

Wyn sintió una conexión entre él y todas las demás personas. Una sensación de unificación y armonía que nunca creyó que podía ser posible. Las manos de Mamá Elodie esculpían el aire al tiempo que su poderosa voz llenaba la sala con tonadas que penetraban hasta la médula y volvía cada uno de sus bordes en algo suave. Su piel brillaba con sudor y las venas sobresalían de su cuello.

Fuera como fuera la forma en que hacía esta música, le costaba mucho esfuerzo.

La luz que llenaba la sala se atenuó conforme su voz se hacía más suave. Las notas se derritieron como nieve en primavera, como el atardecer en un mar invernal. Unas lágrimas recorrieron el rostro de Wyn y sabía que no era el único que estaba llorando. Muchas de las personas sollozaban mientras se acercaban a Mamá Elodie para suplicarle que continuara. Se bamboleó el escenario. La canción estaba por terminar.

Muy lentamente, descendió por una trampilla en el escenario hasta desaparecer. La voz de Mamá Elodie se hizo más y más suave, hasta convertirse en un suspiro.

Y pronto, se esfumó.

La sala ahora estaba completamente a oscuras. Wyn dejó salir un suspiro estremecedor cuando las luces del lugar comenzaron a volver. Parpadeó hasta que se acostumbró a la luz. Vio cómo se quemaban las luces químicas. ¿Cuánto había durado la canción de Mamá Elodie? ¿Horas? ¿Minutos? No tenía forma de saberlo. Estaba exhausto, pero a la vez se sentía renovado. Sentía los pensamientos ligeros. Sus pulmones estaban más limpios de lo que habían estado en meses. Volteó hacia Kez y vio que ella también tenía la misma sensación de rejuvenecimiento. Los miembros de la audiencia sonreían; amigos y extraños se abrazaban tras compartir la magia de lo que acababan de experimentar.

Nico, Feen y Janke se acercaron, y cada uno había vivido una revelación profunda. Fuera lo que fuera, Wyn no podía descifrarlo, pero que todos se sentían cambiados estaba claro.

''¿Sintieron...?''.

''Sí'', respondió Nico.

Se abrazaron. Cinco huérfanos de Zaun compartiendo un breve momento de pertenencia que nunca volverían a sentir. Cuando se separaron, vieron a los dos porteros: Aliento químico y Brazo zumbador, parados a su lado con las manos hechas puños. La nariz de Aliento químico estaba chueca. Se le ve mejor, pensó Wyn.

''Creo que les dijimos que se fueran a casa'', dijo Brazo zumbador.

''Malditas ratas de sumidero'', refunfuñó Aliento químico, que aún se tocaba la nariz sangrante. ''Creen que se pueden burlar de nosotros''.

Golpeó una palma con el puño carnoso para hacer énfasis.

''Es hora de que se vayan y no puedo prometer que no será doloroso'', dijo Brazo zumbador, casi disculpándose.

''No hay necesidad de eso'', dijo una melodiosa voz detrás de ellos.

Wyn dejó salir un suspiro de alivio cuando Mamá Elodie puso su mano en su cuello. Sus dedos eran cálidos y sentía mucha calma fluir en él a través de su toque.

''¿Están con usted?'', preguntó Aliento químico.

''Así es''.

Los porteros parecían querer escalar el asunto, pero llegaron a la conclusión de que discutir con el acto estelar frente a su público encantado probablemente no sería buena idea. Los porteros retrocedieron, no sin antes hacer contacto visual con cada uno de los niños para dejarles claro que lograron escapar solo esta vez, pero que volver al Babette sería una muy mala idea.

Wyn volteó para ver a Mamá Elodie, pero toda la magia que había mostrado en el escenario se había ido. La princesa de Jonia se esfumó y la reemplazó la cuidadora zaunita. Los miró enojada, con ojos firmes.

''Debí dejar que les dieran esa paliza para que aprendan la lección'', les dijo mientras los empujaba hacia la puerta principal del teatro. Los demás asintieron, aceptando su ira, pero solo Wyn se dio cuenta de la diversión que ella mostraba en la mirada. Aun así, Wyn ya podía ver una gran cantidad de trabajo doméstico en sus futuros.

''Estuviste increíble'', dijo Kez mientras Mamá Elodie los escoltaba del teatro y daban la vuelta hacia la Calle del Descenso. El elevador nocturno de Zaun tenía una estación ahí, así que, al menos, ya no tendrían que realizar más saltos a elevadores ni subir muchas escaleras. Nico, Feen y Janke se despidieron y se alejaron. Ya tenían edad para marcharse a casa sin pedir permiso. A Wyn no le importaba. Estaba con Kez y Mamá Elodie, así que disfrutaría su descenso hacia la Casa de la Esperanza.

''¿Dónde aprendiste a cantar así?'', preguntó Kez.

''Mi madre me enseñó cuando era una niña'', respondió Mamá Elodie. ''Ella era parte de una… vieja familia joniana, aunque su voz era muy superior a la mía''.

''Fue una hermosa canción'', agregó Wyn.

''Todas las canciones de Vastaya son hermosas. Pero, también son tristes''.

''¿Por qué?'', preguntó Wyn.

''La verdadera belleza solo es bella porque es finita'', dijo Mamá Elodie. ''Por eso algunas de sus canciones son muy tristes para cantarlas ahora''.

Wyn no lo comprendía realmente. ¿Cómo podía una canción ser demasiado triste para cantarla? Quería hacer más preguntas, pero entre más se alejaban de lo de Babette, menos importante parecía.

Miró hacia arriba. Las lámparas químicas y el reflejo de las estrellas tintineaban por la ciudad de acero y cristal mientras navegaban en las calles del risco hacia casa. Wyn vio un pequeño rayo de luz de luna escabullirse entre las nubes y tomó una profunda bocanada de aire, sabiendo que podía ser la última por un tiempo.

''Saben que van a estar tallando pisos y limpiando floreros por el resto de la semana, ¿verdad?'', dijo Mamá Elodie.

Wyn asintió, pero no le importaba. Aún sostenía la mano de Kez. Una semana de limpieza parecía un pequeño precio que pagar.

''Claro'', dijo. ''Me parece bien''.

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Riot Games · Relato completo

Canción de cuna

Publicado 2016-12-02

Había sido un día tan largo como una semana.

Para Ekko, tanto metafórica como literalmente, todo había salido mal y le había tomado una eternidad dejar las cosas en su sitio. Para empezar, Ajuna casi muere intentando escalar el Hambre Antigua. El joven estaba tan desesperado por ser como Ekko que se subió a la torre del reloj en el centro del sumidero antes de que nadie pudiera detenerlo. Fue el primer salto complicado el que casi acaba con el chico. Menos mal que Ekko había activado su Pulsar-Z. Dieciocho veces tuvo que oír el grito desgarrador del chico precipitándose hacia su muerte antes de descubrir cómo y dónde detener la caída y salvar su vida.

Después, mientras buscaba tecnología en un depósito de chatarra vinculado al clan Ferro, una banda especialmente agresiva de vigilnautas lo rodeó. Eran enormes y estaban cubiertos de mejoras que convertían lo feo en horrible. Ekko se sorprendió de su velocidad, pero no tanto de que dispararan a matar. A los piltillos y sus refuerzos no les importan las vidas de los merodeadores de alcantarillas como él. Una suerte que su Pulsar-Z existía para sacarlo de encuentros aparentemente inevitables como aquel. Tras una docena de retrocesos, cambió de estrategia y sacó su último juguete: el Gravitador de Destellos. Se supone que debía estallar en una luz cegadora y atraer todo lo que no estuviera sujeto hacia su centro.

Pero el Gravitador de Destellos no funcionó. Bueno, al menos no como esperaba. Explotó. Y ahí fue cuando las cosas se pusieron interesantes. A diferencia de la mayoría de los experimentos de Ekko que habían hecho explosión, la detonación mágica azulada se detuvo a mitad del estallido. Columnas de energía nebulosa azul se dispersaron desde el epicentro. Trozos de la metralla del disco giraron lentamente en una trayectoria que, si hubiera tenido una velocidad normal de explosión, habría sido mortal. Incluso el destello cegador esférico estaba inmovilizado en el espacio.

Y entonces todo se volvió aún más interesante. La explosión implosionó y se reconvirtió en el minúsculo Gravitador de Destellos, retrocedió hacia atrás en dirección a Ekko y se detuvo en su mano, frío como el viento.

''Genial'', pensó Ekko. Rebobinó el momento para poder lanzárselo a los vigilnautas varias veces más. Con fines científicos, por supuesto.

Cuando por fin Ekko llegó a su casa, su cuerpo estaba agotado, pero su mente estaba despierta. El apartamento era funcional: escasos muebles y poco aparatoso. La habitación de Ekko era un rinconcito separado con una cortina y lleno de libros desechados, restos de tecnología rescatada y escondites para el Pulsar-Z y el Gravitador de Destellos. Hoy era uno de esos días raros en el que sus padres llegarían temprano a casa, y él tenía algo que decirles.

''Mamá, papá'', practicaba mirando su reflejo, que le devolvía la mirada desde la superficie cilíndrica y brillante del Pulsar-Z. ''No voy a solicitar el ingreso a ninguno de esos clanes de clase alta ni a ninguna escuela arrogante piltilla. Me quedaré aquí con ustedes y con mis amigos. Nunca le daré la espalda a Zaun''.

Las palabras rebosaban de la confianza que le proporcionaba el hecho de estar solo en un apartamento vacío, donde los únicos que podían responderle eran su reflejo y las paredes. Y esa respuesta era el silencio.

Oyó el tintineo de las llaves, amortiguado por la puerta delantera. Sin perder ni un segundo, Ekko metió su Pulsar-Z debajo de la mesa y la tapó con una tela negra. No quería que se preocupasen por sus escapadas con un dispositivo hextech inestable que manipulaba el tiempo.

La puerta se abrió y los padres de Ekko volvieron por primera vez esa noche. Parecían desconocidos ante los ojos de su propio hijo; desde que los había visto juntos por última vez unas semanas atrás, su trabajo los había envejecido aún más. Su rutina era predecible. Llegaban a casa reventados, traían una comida exigua comprada con el sueldo del día y guardaban el resto del dinero para impuestos y sobornos. Luego se quedaban dormidos en la silla, con el mentón descansando sobre el pecho, hasta que Ekko les quitaba las botas y los ayudaba a meterse en la cama.

Viginauta · contexto regional de Universo de RiotPublicado en Universo de Riot

Las bolsas que tenían bajo los ojos pesaban lo suficiente para mantener sus cabezas agachadas. Su madre tenía bajo el brazo un paquetito envuelto en papel, atado con cuerda en los extremos.

''Hola, mi pequeño genio'', dijo su madre, gastando una energía que no podía permitirse en un intento de articular estas palabras. No obstante, su expresión al ver a su hijo sentado en la mesa, esperándolos, era algo que no se podía fingir.

''Hola, mamá. Hola, papá'', hacía muchísimo tiempo que no se sentaban en la mesa en familia. Se reprochó a sí mismo en silencio no haber dicho nada significativo.

Su padre irradiaba orgullo. Luego hizo un gesto de burla mientras pasaba los dedos por la cresta de su hijo. Ekko no conseguía recordar una época en la que su padre no pareciese tan mayor, antes del pelo ralo y de las profundas arrugas en la frente.

''Te dije que te cortaras el pelo'', dijo su padre. ''Hará que llames demasiado la atención en las academias de Piltóver''. La Atarazana es el único sitio al que puedes ir así. Aceptan a cualquiera. Y tú no eres cualquiera. ¿Cómo van las solicitudes? ''

Había llegado el momento. Ekko sintió que las palabras que había practicado luchaban para salir de su garganta. La esperanza en los ojos de su padre lo detuvo.

Su madre llenó ese momento de silencio antes que Ekko.

''Tenemos algo para ti'', dijo, poniendo el paquete marrón encima de la mesa. Se arrimaron a la mesa para mirar de cerca mientras Ekko tomaba el paquete y desataba el cordel, enderezaba las dos cuerdas y las colocaba junto a él. Desenvolvió el papel sin rasgarlo. En el centro había un trozo pequeño de pan con la corteza recubierta de miel y nueces confitadas. El pastel era de Elline. Hacía los mejores dulces de toda Zaun, y cobraba un buen dinero por ellos. Ekko y sus amigos solían robar sus postres a la gente rica que pagaba, sin pestañear siquiera, aquel precio desorbitado.

Ekko alzó la cabeza rápidamente para ver la reacción de sus padres. Sus ojos brillaban de felicidad. ''Esto es demasiado'', expresó. Necesitamos carne y comida de verdad, no dulces.

''Nunca nos olvidaríamos de tu cumpleaños'', contestó su padre con una risa. ''Aunque parece que tú sí.''

Ekko había perdido la noción del tiempo y no sabía qué día era en realidad. Aun así, el regalo era excesivo. Sobre todo porque él estaba a punto de hacer trizas sus esperanzas. La culpa le hizo un nudo en la garganta. ''El casero se va a poner furioso si volvemos a retrasarnos con el alquiler. ''

''Deja que nosotros nos encarguemos de eso.'' ''Te mereces algo bueno'', dijo su madre. Vamos, no pasa nada por cenar pastel una vez al año.

La historia detrás de Ekko · ilustración del personaje; no representa esta escenaPublicado en Universo de Riot

''¿Qué van a cenar ustedes?

''Yo no tengo hambre'', le contestó ella.

''Yo comí en el trabajo'', mintió su padre. Queso y un poco de carne de Piltóver. Comida de calidad.''

Vieron cómo Ekko probaba un trocito del pastel. Era dulce y esponjoso, y las migajas se le quedaban pegadas en los dedos. Estaba delicioso; el sabor se le quedaba en la boca. Ekko fue a dividir el pastel en tres trozos, pero su madre meneó la cabeza. Su voz suave canturreó la alegre melodía del cumpleaños feliz y él supo que no se comerían el pastel. Sus padres se lo habían regalado.

Su padre se habría unido a la canción si no se hubiera ya quedado dormido, desplomado en la silla con la barbilla sobre el pecho. Ekko dirigió la mirada hacia su madre: sus ojos se entrecerraban a medida que el sueño la invadía.

Ekko consideró por poco tiempo un futuro viviendo en la Atarazana con un sueldo con el que apenas se sobrevive para el beneficio de otra ciudad, la gloria de otros. No pudo soportar la idea. Recordó fragmentos de conversaciones que había escuchado a lo largo de su infancia, los sueños susurrados de sus padres acerca de invenciones y el ingreso en los clanes. Ideas en las que depositaban sus esperanzas de cambiar el mundo y contribuir a un futuro no escrito por el nacimiento de su hijo. Ekko sabía que lo veían como su única esperanza. Pero él adoraba la vida en Zaun. Si hacía lo que sus padres deseaban, ¿quién cuidaría de ellos y de sus amigos?

No podía arruinar sus sueños. No esa noche, el día de su cumpleaños. Quizá mañana.

Ekko no siguió comiendo después del primer bocado. En lugar de eso, preparó su Pulsar-Z. Su hogar se deshizo en remolinos turbulentos de polvo de colores. El ajetreo diario se sumió en un silencio absoluto. El momento se fragmentó y lo rodeó en un vórtice de luz.

Cuando los fragmentos del futuro se unieron para formar el pasado, los padres de Ekko llegarían por segunda vez esa noche. Seguida de una tercera, una cuarta, una quinta, una sexta y muchas otras veces.

Cada una de las veces que volvió, Ekko no cambió ni una sola cosa: la luz en los ojos de su madre, la sonrisa orgullosa de su padre mientras se quedaba dormido. Pero Ekko luchó contra el sueño para aferrarse para siempre a esos momentos robados, hasta que, por fin, dejó que la suave voz de su madre y la calidez de su pequeño apartamento lo sumieran en un profundo sueño.

Había sido un día tan largo como una semana.

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Las historias de Riot completas conservan su autor original y el texto. The Rune narrativas se acreditan por separado; orden de colección es una opción de lectura.

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