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La historia de Zaahen
Rhaast y yo nos enfrentamos sobre lo que alguna vez fue la cima de una montaña. Hemos luchado durante muchos días y muchas noches. No nos detuvimos ni siquiera cuando los ejércitos mortales que nos acompañaban hicieron tregua para contar sus bajas. Puedo ver su enorme malicia en su rostro. Le da una expresión cruel que lo vuelve casi irreconocible… casi.
''Has caído muy bajo, hermano, pero este no eres tú''. Le tiendo la mano. ''Ven, lucha a mi lado. Recuperemos nuestra verdadera gloria''. A todo caído le muestro misericordia... Pero sé que no servirá de nada.
Rhaast suelta una carcajada. ''Esa gloria no era nada. Solo tienes miedo de nuestro presente. Me repugnas.''
Arquea la espalda y se prepara para atacar. Me mantengo erguido. La mano que le ofrecí se convierte en un puño detrás de mí. Hay un momento de silencio. El sol contempla a sus otrora hijos divinos y, sin más… arremetemos.
El choque de nuestras hojas retumba en los cielos. Cada golpe de mi guja destella con el velo dorado del sol que se refleja sobre su filo dorado. El firmamento se tiñe de rojo, el reflejo de una guerra que ha arrasado regiones enteras durante siglos. Doy una estocada. Él, un corte. Ambos sangramos. Con cada herida que nos infligimos, Rhaast ruge de alegría. Al ver su sonrisa desquiciada, al ver lo bajo que ha caído, se despierta en mí una ira fría, un odio mortal, pues su rostro es una clara muestra de mi fracaso.
''¿Por qué no te unes a nosotros, Zaahen?'', me dice, mofándose de mí mientras concentra un poder maldito en una de sus manos. Recorre sus heridas con la punta de sus garras y su magia corrupta las cierra. ''Este mundo ha olvidado a sus amos y señores. ¡La devastación es su único perdón!''.
No puedo negar que hay una pequeña astilla de mi ser que anhela la destrucción. Pero alzarme contra este mundo sería perderme en la furia, en la sed de sangre, sería aceptar el fin de nuestra especie. Pero... Al menos no estaría solo... Si nos rebelamos contra este mundo unidos, nadie podrá detenernos.
Arranco el pensamiento de mi mente y levanto mi guja. Arremetemos el uno contra el otro una vez más.
La carne se desgarra. El corte en mi pecho es tan profundo. Hay tanta sangre. Sé que es mortal. Una sensación de calidez se apodera de mí. Mi divinidad se manifiesta en un desesperado intento por curar la herida. Pero no es suficiente. Una de mis piernas cede. La sangre mancha mis plumas, el hedor del hierro colma el aire.
Oigo mi nombre desde lo lejos. Es una vieja amiga, clamando a un dios roto.
Deslizo las garras por la herida, derramo sangre sobre la sangre. Se me oscurecen las venas, mi cuerpo entero hierve conforme los músculos y los tendones se vuelven a unir.
''No somos amos y señores de nada. Somos Darkin''. Me pongo de pie. ''Somos nosotros quienes deben ser destruidos''.
Me alzo con desprecio por lo que somos ahora y con un respeto anhelante por las deidades que fuimos. Me alzo con el orgullo de nuestro gran linaje y con el dolor de haberlo manchado de sangre. Aferrándose a promesas y hermandades rotas, lo divino y lo profano libran una batalla dentro de mí. Sin embargo, ambos lados buscan lo mismo: seguir luchando. En la contradicción, encuentro mi equilibrio. En esta contradicción, puedo silenciar las inquietudes, extinguir las dudas, dominar el sufrimiento.
Si los Darkin no tenemos salvación, merecemos desaparecer.
El recuerdo se desvanece y solo queda el vacío de mi prisión, el arma que me mantiene cautivo.
Más allá de sus confines, percibo movimiento: una serie de pasos que retumban en los pasillos del templo. El andar de una aliada… mi vieja amiga, siempre alerta. Por momentos parece acercarse, pero nunca cruza el umbral.
¿Acaso piensa liberarme? No puede... No debe. Sabe tan bien como yo que la sangre Darkin y el linaje divino pelean dentro de mí.
Aun así, en medio de esa interminable batalla, mi verdadera naturaleza despierta y recuerda…
Subo por la escalinata de la Ascensión. Camino, guja en mano, bajo una luz dorada. Soy un dios de alas plateadas.
Ante mí, se extiende una joven Shurima, destinada a convertirse en un imperio. Los tambores del ritual retumban; un océano de voces entona una ovación. Entre la multitud, una hueste de guerreros divinos con resplandecientes armaduras se regocijan de recibirme entre sus filas.
Y así también había guiado a muchos por aquellos escalones. Fue mi deber, mi honor, mi vocación lo que me otorgó un lugar en el estrado sacro. Llegué a ellos durante los últimos días de su mortalidad. Di certeza de su divinidad, y juré guiarlos a la eternidad.
Los recuerdo tal y como eran: el joven Rhaast, con un ingenio y ambición tan tajantes como su guadaña; Xolaani, de corazón bondadoso y reticente a la guerra; Varus, la voz de la razón que nos devolvía la templanza; Setaka, cuyo valor lo convirtió en el orgullo de nuestra especie y a quien juré mi lealtad…
En aquel entonces, mi espíritu rebosaba de devoción por ellos, por la raza que habríamos de ser. Alcé mi guja y prometí luchar a su lado para proteger la luz que nos había engendrado.
El brillo del recuerdo se atenúa, al igual que el sonido de las pisadas de mi aliada. Una vez más, mis pensamientos son mi única compañía en esta guerra interminable.
Así será por toda la eternidad. El tiempo olvida, pero yo recuerdo cada promesa, cada rostro, cada fracaso. Si he de caminar nuevamente por el mundo, volveré a salvarlo… o terminaré lo que mis desdichados hermanos comenzaron.
