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La historia de Taric
Para los nobles defensores de Demacia, la vida cotidiana es un modelo de dedicación abnegada y centrada en los ideales del rey y del país. Convocado a continuar con la larga tradición familiar de servicio militar, Taric nunca pensó en eludir esa responsabilidad... aunque en ningún momento puso límites sobre a quién o qué proteger.
El joven guerrero entrenó arduamente y era hábil en las artes marciales. Aun así, en su escaso tiempo libre, encontraba otras formas de servir a su tierra natal. Se ofreció como voluntario de los Iluminadores: cuidaba enfermos y ayudaba a reconstruir los hogares destruidos por las inundaciones. Puso sus talentos creativos al servicio de los mamposteros y artesanos que construían monumentos dedicados a la gloria de la Protectora alada y a los nobles ideales que representaba.
Una obra de arte. La vida de un desconocido. Por esas cosas es que valía la pena luchar por Demacia. Taric veía a cada una de ellas como algo hermoso, frágil y digno de salvarse.
Por fortuna, su candor irresistible y su calidez innata le permitían hacer oídos sordos a cualquier crítica proveniente de sus compañeros de milicia u oficiales de mando. Subió modestamente en la jerarquía del ejército e incluso llegó a pelear al lado de un joven Garen Guardia de la Corona.
La ironía quiso que fuera el ascenso estable de Taric lo que lo llevara a su eventual caída, por lo menos en lo que concierne a Demacia.
Tras ascender al prestigioso puesto de Vanguardia Valerosa, de repente se vio obligado a adoptar una conducta más estricta. Ya no podía deambular por el bosque tratando de ver a un raro animal, ni dejar de asistir a simulacros de combate para estar en una taberna escuchando la simple y hermosa balada de un bardo, ni saltarse inspecciones del regimiento para observar cómo el manto plateado de la noche se cernía sobre las afueras. Taric comenzó a sentirse conflictuado y pronto se ganó la reputación de insubordinado.
Garen le rogó que se recompusiera y cumpliera con sus obligaciones. Podía ver que Taric tenía el potencial para convertirse en uno de los mayores héroes de Valoran, y aun así, parecía estar dándole la espalda a su destino y a su país.
Para evitar una degradación, Taric fue destinado a servir al Capitán de la espada de la Vanguardia, aunque ninguno de los dos estaba feliz con la noticia. Sin embargo, cuando asesinaron en batalla al anciano junto con el resto de su séquito personal, se descubrió que Taric había abandonado su puesto, y se rumoreó que se lo había visto vagando por los claustros de un antiguo templo en ruinas.
No había nada más que agregar. Una docena de guerreros habían fallecido y Taric debía enfrentarse a la ejecución a manos de un verdugo.
No obstante, Garen intervino para ayudar a su amigo. Como el sucesor del Capitán de la espada, sentenció a Taric a la ''Corona de piedra'': de acuerdo con las tradiciones más antiguas de Demacia, debería ascender el Monte Targón, una prueba que muy pocos sobrevivían.
Aunque la Corona de piedra servía por lo general para que el soldado sin honor huyera de Demacia y empezara una nueva vida en el exilio, Taric se zarpó en el primer barco hacia el sur, decidido a expiar su error de verdad.
La ascensión casi le costó la vida varias veces, en cuerpo y alma, pero Taric siguió avanzando a pesar del dolor, de los fantasmas de sus compañeros caídos y del resto de las pruebas que le impuso la montaña. Cuando se acercaba a la cima, se vio asolado por una ola de nuevas visiones de pérdida y destrucción...
Vio la gran Biblioteca de alabastro engullida por las llamas y, a pesar de ello, se adentró en aquel infierno para recuperar la poesía celestial de Tung. Gritó de angustia cuando la Guardia de Hielo empujó al último de los venados oníricos por el Abismo de los Lamentos... y saltó al vacío en un intento desesperado por salvarlo. Se encontró ante las puertas del Bastión Inmortal y cayó de rodillas al contemplar el cuerpo de Garen destrozado y colgado de una horca... antes de alzar su escudo y cargar de cabeza contra las hordas expectantes de Noxus.
Cuando las visiones por fin se desvanecieron, Taric vio que se encontraba en la cima de la montaña y que no estaba solo. Ante él había algo con forma humana, aunque sus rasgos casi cristalinos resplandecían con la luz de las propias estrellas y su voz sonaba como un millar de susurros que cortaban a Taric como una cuchilla.
Le contó verdades que de alguna manera él ya sabía de toda la vida. Le habló de la envestidura para la que, sin él saberlo, se había estado preparando toda su vida, con cada decisión y acción que lo habían llevado allí, a Targón.
Él sería el Escudo de Valoran en las grandes guerras futuras.
Renacido como el Aspecto del Protector y dotado de un poder y de un propósito inimaginables para la mayoría de los mortales, Taric aceptó con gusto este nuevo llamado como el firme guardián del mundo entero.


